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El capitalismo por dentro (Parte I)

Jueves 12 de abril de 2012 por CEPRID

Alejandro Teitelbaum

Argenpress/CEPRID

Me propongo tratar de examinar de manera resumida el funcionamiento del capitalismo contemporáneo en sus aspectos económicos, sociales, políticos, culturales e ideológicos.

Será una versión resumida, reestructurada y actualizada de mi libro publicado en Argentina en 2003 con el título El papel de las sociedades transnacionales en el mundo contemporáneo, (edición de la Asociación Americana de Juristas), y que fue objeto de otras dos ediciones ampliadas y actualizadas publicadas en Colombia en 2007 (Al margen de la ley. Sociedades transnacionales y derechos humanos, edición de la Corporación Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, del Instituto Latinoamericano de Servicios Legales Alternativos y del Observatorio Social de Empresas Transnacionales) y en España en 2010 (La armadura del capitalismo. El poder de las transnacionales en el mundo contemporáneo, Editorial Icaria, con el auspicio de las Asociaciones Paz con Dignidad y el Observatorio de Multinacionales en América Latina) Estudiar el funcionamiento del capitalismo, como cualquier otro estudio de un fenómeno social, exige una teoría, un instrumento epistemológico o método de conocimiento adecuado que permita examinar los hechos a fin de poder abstraer de los mismos sus rasgos esenciales, sus regularidades, hasta lograr reconstruir en el pensamiento esas “múltiples determinaciones” en una unidad , en “lo concreto pensado”, como lo llamó Marx. Ese es un proceso permanente, pues ese “concreto pensado” requiere un “feedback”, una realimentación permanente a través de su verificación en los hechos mediante la práctica.

Marx escribió al respecto: “Lo concreto es concreto, porque es la síntesis de múltiples determinaciones y, por lo tanto, unidad de la diversidad. Aparece en el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida, aunque sea el verdadero punto de partida real y, en consecuencia, también el punto de partida de la intuición inmediata y de la representación. El primer paso ha reducido la plenitud de la representación a una determinación abstracta; con el segundo las determinaciones abstractas conducen a la reproducción de lo concreto por el camino del pensamiento. Por ello Hegel cayó en la ilusión de concebir lo real como resultado del pensamiento, que se concentra en sí mismo, en tanto que el método que consiste en elevarse de lo abstracto a lo concreto no es para el pensamiento, otra cosa que apropiarse de lo concreto, de reproducirlo en forma de concreto pensado” (Introducción a la crítica de la economía política, 1857, Cap. III, El método).

El cerebro humano está “equipado” para realizar esas operaciones (véase, por ejemplo, Jean-Pierre Changeux, neurobiólogo, El hombre de verdad, en particular el Cap. VII , La investigación científica en la búsqueda de la verdad, último párrafo del punto 2 y punto 3).

De modo que para darle coherencia en una visión global y objetiva de la sociedad actual a los datos y a la información que he podido reunir, he intentado utilizar como instrumento de análisis el método dialéctico materialista de Marx y las principales teorías que elaboró estudiando la economía capitalista: el valor, el valor de uso y el valor de cambio, la concentración capitalista, las crisis, la reproducción ampliada como una necesidad inherente al sistema, la plusvalía en tanto teoría de la explotación capitalista, etc.

Y para tratar de comprender y, en lo posible explicar el comportamiento de los individuos y de las colectividades también me he remitido a la explicación de Marx: ...”El resultado general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis estudios puede resumirse así: en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”. (Marx, primera página del Prólogo a la Introducción a la Crítica de la economía política, 1859).

Explicación ésta que no se puede interpretar con el esquema simplista de que la conciencia de un individuo refleja automáticamente su condición de trabajador o de burgués. Porque el “ser social” a que se refiere Marx incluye, entre otras cosas, el papel dominante que desempeña la ideología y la cultura del sistema capitalista en la conciencia de los seres humanos.

Los hechos no se perciben con la mente en blanco, sin ideas previas. La percepción de la realidad está condicionada en todos los seres humanos por conceptos anteriores, por categorías inscritas en la mente por la educación que se ha recibido, por el medio ideológico y sociocultural dominante en que se vive, etc.

Un trabajador manual o intelectual, por el sólo hecho de serlo, no siempre tiene conciencia de que es un explotado y que su compromiso debe ser luchar colectivamente por abolir la explotación. E inversamente ese automatismo tampoco funciona cuando un individuo o grupo, cualquiera sea su clase social, alcanza a superar la conciencia espontánea que le impone la ideología y la cultura capitalista hegemónicas y logra tomar conciencia de las contradicciones inherentes al sistema capitalista y de su nefasta esencia explotadora, no sólo de los seres humanos sino del hábitat natural de éstos.

Como ejemplos pueden citarse al mismo Marx, a Lenin y al Che Guevara, que no eran obreros pero que tuvieron una extrema sensibilidad para percibir los sufrimientos de los explotados y una gran inteligencia para investigar y encontrar la explicación racional de su causa: el sistema capitalista.

Pero hay que agregar una precisión importante. En el método de investigación propuesto por Marx el investigador que reúne los datos empíricos selecciona entre ellos, en función de los objetivos de la investigación, para pasar a la etapa de la abstracción.

Rolando García, doctor en física y epistemólogo, que trabajó con Jean Piaget durante muchos años y que se ocupa de esta cuestión con mucha solvencia, da el siguiente ejemplo: “Un proyecto de investigación diseñado para contestar a la pregunta “¿cómo se puede aumentar la producción de elementos básicos en la región X?”, será muy diferente del proyecto diseñado para responder a la pregunta, “¿por qué aumentó la malnutrición de ciertos sectores de la región X?”. En los dos casos se trata de problemas concernientes a la productividad y suficiencia de alimentos, pero desde perspectivas muy diferentes. Al interior de la segunda pregunta encontramos también la posibilidad de diferentes proyectos de investigación que dependerán de las concepciones del investigador”... “Las preguntas no surgen de un investigador “neutro” sino que involucran su concepción del mundo y de la sociedad (su Weltanschauung”) que hemos denominado “marco epistémico””. (Rolando García, El conocimiento en construcción. De las formulaciones de Jean Piaget a la teoría de sistemas complejos, Editorial Gedisa, España, año 2000, págs. 71 y 72).

Y esto vale, según Rolando García, no sólo para las ciencias económicas y sociales, sino también para las llamadas ciencias “duras”. García escribe en la página 62 del mismo libro: “En todo dominio de la realidad (físico, biológico, social) las interacciones del sujeto con los objetos del conocimiento dan lugar a procesos cognoscitivos que se construyen con los mismos mecanismos, independientemente del dominio. Por consiguiente, en tanto se trate de la asimilación de objetos de conocimiento, no hay dicotomía, en el nivel psicogenético, entre los fenómenos del mundo físico y los fenómenos del mundo social. El sujeto de conocimiento se desarrolla desde el inicio en un contexto social. La influencia del medio social (que comienza con la relación familiar) se incrementa con la adquisición del lenguaje y luego a través de múltiples instituciones sociales, incluida la misma ciencia. Su acción se ejerce condicionando y modulando los instrumentos y mecanismos de asimilación de los objetos de conocimiento, así como el aprendizaje.”

Marx, imaginando las posibilidades de realización del ser humano en una sociedad donde no impera la explotación capitalista escribió en los Grundrisse (1857- 58) que los progresos tecnológicos, la ciencia aplicada y la automatización de la producción finalmente liberarían al ser humano de la necesidad, de los trabajos físicos y del trabajo alienado en general, lo que permitiría su plena realización pasando a ser el tiempo libre (“disposable time”, decía Marx) y no el trabajo, la medida del valor (nuestro el subrayado). Y agregaba lo siguiente: « Desarrollo libre de las individualidades y por ende no reducción del tiempo de trabajo necesario con miras a poner plustrabajo, sino en general reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, al cual corresponde entonces la formación artística, científica, etc., de los individuos gracias al tiempo que se ha vuelto libre y a los medios creados para todos ». (Carlos Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), Siglo XXI Editores, 12ª edición, 1989, tomo 2, págs. 227 y ss. [Contradicción entre la base de la producción burguesa (medida del valor) y su propio desarrollo. Máquinas, etc.]).

Marx anticipó hace 160 años la posibilidad, alcanzado cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas, de pasar, como medida del valor, del valor trabajo al valor tiempo libre en una sociedad sin explotadores ni explotados.

Es decir una sociedad en la que el trabajo, la vida, la salud, la educación, la alimentación, el aire que respiramos, etc. cesen de ser una mercancía.

Pero fácil es constatar que a pesar de que los progresos alcanzados por la ciencia y la tecnología son deslumbrantes, incluso las necesidades mínimas de buena parte de la población mundial permanecen insatisfechas. Y que pese a la automatización y la robotización, los seres humanos están psíquica y físicamente cada vez más alienados al trabajo con horarios y tensiones agotadoras, cualquiera sea su jerarquía en el sistema productivo. A comienzos del siglo XIX (hace 200 años) escribió Hegel: “El hombre disminuye el trabajo para el conjunto, no para los individuos, para los cuales, al contrario, lo acrecienta, porque cuanto más el trabajo se hace mecánico, menos valor tiene y más el hombre debe trabajar”…”La disminuación del valor del trabajo es proporcional al aumento de la productividad del trabajo”…”las fábricas y las manufacturas basan su existencia en la miseria de una clase” (G. F. Hegel, Realphilosophie, 1805-6).

Esta es la contradicción principal inherente al sistema capitalista cuya raíz está en que la esencia del sistema consiste en que entre la producción social y el consumo social se interpone la apropiación privada, es decir la explotación capitalista.

Dicho de otra manera, la plena realización del ser humano como la anticipó Marx en los Grundrisse, requiere la abolición del capitalismo y no “mejorarlo”, emparcharlo o disfrazarlo con un discurso liberal o populista.

La explotación capitalista (I)

En los primeros párrafos de El Capital (Libro primero, Sección primera, Capitulo I, La mercancía, 1. Los dos factores de la mercancía: valor de uso y valor (sustancia del valor, magnitud del valor)), Marx escribe: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un "enorme cúmulo de mercancías", y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía. La mercancía es, en primer lugar, un objeto exterior, una cosa que merced a sus propiedades satisface necesidades humanas del tipo que fueran. La naturaleza de esas necesidades, el que se originen, por ejemplo, en el estómago o en la fantasía, en nada modifica el problema. Tampoco se trata aquí de cómo esa cosa satisface la necesidad humana: de si lo hace directamente, como medio de subsistencia, es decir, como objeto de disfrute, o a través de un rodeo, como medio de producción”.

Toda cosa útil, sigue explicando Marx, lo es por sus cualidades, que hacen de ella un valor de uso para una finalidad determinada. Pero como mercancía destinada a ser vendida presenta otro aspecto: su valor de cambio y surge el problema de cómo se mide ese valor de cambio, lo que requiere encontrar el denominador común de todos los valores de uso (objetos, servicios) que se intercambian –se venden- como mercancías.

Ese denominador común de todas las mercancías no es otro que ser el resultado del trabajo humano, que se puede definir como el gasto en energía física, en tensión nerviosa y la aplicación por parte del trabajador (manual o intelectual) de su destreza y conocimientos (y a veces también de su inventiva) en el acto de la producción. De modo que el denominador común de todas las mercancías que sirve para establecer su valor de cambio es el trabajo humano, que produce valores de uso.

“En la relación misma de intercambio entre las mercancías, -escribe Marx- su valor de cambio se nos puso de manifiesto como algo por entero independiente de sus valores de uso. Si luego se hace efectivamente abstracción del valor de uso que tienen los productos del trabajo, se obtiene su valor, tal como acaba de señalarse. Ese algo común que se manifiesta en la relación de intercambio o en el valor de cambio de las mercancías es, pues, su valor. El desenvolvimiento de la investigación volverá a conducirnos al valor de cambio como modo de expresión o forma de manifestación necesaria del valor, al que por de pronto, sin embargo, se ha de considerar independientemente de esa forma.

Un valor de uso o un bien, por ende, sólo tiene valor porque en él está objetivado o materializado trabajo humano abstracto. ¿Cómo medir, entonces, la magnitud de su valor? Por la cantidad de "sustancia generadora de valor" —por la cantidad de trabajo— contenida en ese valor de uso. La cantidad de trabajo misma se mide por su duración, y el tiempo de trabajo, a su vez, reconoce su patrón de medida en determinadas fracciones temporales, tales como hora, día, etcétera.

Podría parecer que si el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo gastada en su producción, cuanto más perezoso o torpe fuera un hombre tanto más valiosa sería su mercancía, porque aquél necesitaría tanto más tiempo para fabricarla. Sin embargo, el trabajo que genera la sustancia de los valores es trabajo humano indiferenciado, gasto de la misma fuerza humana de trabajo. El conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad, representado en los valores del mundo de las mercancías, hace las veces aquí de una y la misma fuerza humana de trabajo, por más que se componga de innumerables fuerzas de trabajo individuales. Cada una de esas fuerzas de trabajo individuales es la misma fuerza de trabajo humana que las demás, en cuanto posee el carácter de fuerza de trabajo social media y opera como tal fuerza de trabajo social media, es decir, en cuanto, en la producción de una mercancía, sólo utiliza el tiempo de trabajo promedialmente necesario, o tiempo de trabajo socialmente necesario. El tiempo de trabajo socialmente necesario es el requerido para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad de trabajo”.

La explotación capitalista (II)

Pero, si, como explica Marx, la única fuente del valor de los bienes que se encuentran en el mercado es el trabajo humano ¿cómo se produce el beneficio capitalista y la acumulación creciente de enormes riquezas en pocas personas? Personas que, evidentemente, no han producido con su propio trabajo –sea manual o intelectual, en el supuesto de que trabajen- las enormes riquezas que poseen.

Para desarrollar este aspecto del análisis de Marx citaremos “in extenso” a John Eaton (Economía Política, un análisis marxista, Edición Amorrortu Buenos Aires, 1966, páginas 74 a 85). Escribe Eaton: “Qué es el beneficio? Los capitalistas utilizan muchos subterfugios para simular que los montos que reciben en concepto de beneficios no son elevados; pero los hechos indican que en realidad existe una enorme suma total percibida por la clase propietaria a titulo de renta, interés y beneficio… …En la antigua sociedad esclavista, la fuente de donde surgía la riqueza del dueño de esclavos era manifiesta. Este poseía lo que el esclavo producía. De modo similar, la explotación feudal era franca y carecía de misterios; el siervo sabía, demasiado bien, para quién trabajaba y en qué medida lo hacía. Tanto el esclavo como el siervo podían ser legalmente obligados por sus amos a trabajar. Pero la explotación capitalista es diferente. No existe una legislación que obligue al obrero a trabajar para el capitalista. Ni las leyes ni las costumbres prescriben cuánto debe ganar el capitalista y cuánto el obrero. Para percibir la fuente del beneficio capitalista es necesario estudiar economía política. El obrero vende su fuerza de trabajo y el capitalista la compra. El obrero sigue siendo pobre y el capitalista se vuelve rico y poderoso. ¿Cuál es el secreto de la riqueza del capitalista y de la pobreza del obrero? ¿Qué es el beneficio y de dónde proviene?

El beneficio, fuerza motriz del capitalismo

El proceso de circulación del capital está representado por la fórmula D-M-D’. El capitalista comienza con una suma de dinero (D) que convierte en mercancías (M), maquinarias, materias primas y poder laboral; luego hace que el poder laboral trabaje con las materias primas y vende el producto por una cantidad mayor de dinero que, la que poseyó en un principio (D’). Esta cantidad adicional de dinero que consigue por medio de la venta del producto es su beneficio. El objetivo persistente e incesante del capitalista es lograr beneficios cada vez mayores. A medida que se desarrolla el capitalismo, se desarrolla también el verdadero tipo de capitalista, el que con cabal determinación busca acumular más y más riqueza. No es la satisfacción de sus necesidades personales lo que lo impulsa a alcanzar este único propósito. Satisfacción que, por supuesto, tanto pueden depararle una gran fortuna como una fortuna inmensa, y que por ende tiene un límite-, sino una condición necesaria de sistema económico en sí, es decir, la competencia. La teoría económica que deje de lado esto y arguya que las actividades de los capitalistas tienen como única finalidad la satisfacción racional de deseos y gustos se hallará exenta de realismo.

Las condiciones mismas de la producción y el intercambio capitalistas crean inevitablemente un insaciable apetito por mayor capital y, en consecuencia, por mayor beneficio. El hecho de no aprovechar una oportunidad de percibir un beneficio significa reducir la fuerza competitiva frente a otros capitales y constituye un paso hacia la eliminación en la carrera entre los capitales. El aprovechar repetidamente las oportunidades de incrementar los recursos del capital es la condición básica de supervivencia en el sistema de la competencia capitalista.

Escribió Marx: "La repetición o renovación del acto de vender a fin de comprar es obtenido dentro de límites por el mismo objetivo hacia el cual apunta, es decir, el consumo o la satisfacción de necesidades definidas, objetivo que yace totalmente fuera de la esfera de la circulación. Pero cuando se compra para vender, por el contrario, el proceso comienza y acaba con el mismo artículo, dinero, valor de cambio; y de este modo el movimiento se hace interminable (...) La circulación del capital, por lo tanto, no tiene límites. En carácter de representante consciente de este movimiento, el poseedor de dinero se torna capitalista, y es sólo en la medida en que la apropiación de cantidades cada vez mayores de riqueza abstracta se convierte en la única motivación de sus operaciones, que actúa como capitalista, es decir, como capitalista personificado y dotado de conciencia y voluntad. En consecuencia, nunca deben considerarse los valores de uso el objetivo real del capitalista, y lo mismo sucede con respecto al beneficio que proceda de cualquier transacción. Su único objetivo es el proceso inquieto e incesante que conduce al logro de beneficios" (Marx, El Capital, Libro I).

Como logró beneficios el capitalista mercantil

La forma más primitiva de capital -mucho antes del desenvolvimiento de la producción capitalista- fue el capital mercantil. En la época precapitalista el mercader obtenía beneficios en forma muy distinta de como los logra el capitalista moderno. Y esta diferencia es sumamente instructiva.

En la antigüedad y el medievo una importante clase de mercaderes vivía, por decir así, en las brechas o poros existentes entre comunidades que dependían en grado ínfimo del comercio, comunidades que en la mayoría de los casos su autoabastecían. Estos mercaderes combinaban las transacciones con la piratería y se enriquecían mediante el pillaje y la violencia. En su tráfico percibían beneficios al comprar cuando había abundancia y vender cuando había escasez; compraban barato y vendían caro. Los mercados que surtían estaban por lo general muy distantes entre sí y las condiciones que prevalecían en el mercado donde compraban no eran conocidas en el mercado donde vendían. Así los mercaderes se enriquecían a expensas de aquellos con quienes ejercían su comercio y se hallaban separados de las actividades productivas de las comunidades con las que efectuaban transacciones de compra y venta. No estaban asociados con la producción de los excedentes de que se apropiaban.

El beneficio en la sociedad capitalista moderna

En la sociedad capitalista moderna, por supuesto, ocurre que se perciben beneficios al comprar barato y vender caro, pero la clase capitalista como totalidad no obtiene sus ganancias de este modo. En el capitalismo moderno el intercambio ya no constituye un vínculo incidental entre comunidades que generalmente se autoabastecen sino que la producción íntegra está destinada al intercambio; el intercambio aparece en todas partes. "La riqueza de aquellas sociedades en que prevalece el modo capitalista de producción se presenta como "una inmensa acumulación de mercancías", o sea, bienes producidos para su venta en el mercado. El grueso de las ventas se efectúa entre capitalistas; el capitalista cuyos obreros producen materias primas (tales como mineral de hierro) los vende a aquel cuyos obreros producen bienes semielaborados (tales como tubos de acero), quien a su vez los vende a otro capitalista cuyos obreros fabrican un producto terminado (por ejemplo, bicicletas),y que a su vez los vende a un mayorista, quien los vende a un minorista. Al mismo tiempo, existe toda una serie de transacciones con subcontratistas que surten los componentes (verbigracia, timbres o frenos), con proveedores de maquinarias, combustible, etc. Resulta bien evidente, por lo tanto, que, si se percibe un beneficio al comprar por debajo del valor y vender por encima de este, la ganancia de un capitalista representa la pérdida de otro, y la clase capitalista como totalidad no está en mejores condiciones. La clase capitalista como totalidad no puede ir más allá de sus fuerzas. Los grandes beneficios de los capitalistas … no pueden, por consiguiente, explicarse en esta forma.

Las transacciones que no se realizan entre un capitalista y otro pueden efectuarse en el comercio entre capitalistas y campesinos y otros productores no capitalistas. Como ejemplo podemos señalar el comercio entre los grandes monopolios europeos y norteamericanos y los productores coloniales o rurales de materias primas. Aquí las firmas poderosas utilizan su posición de dominio a fin de percibir beneficios extras para sí a expensas de los pequeños productores. Sin embargo, estos beneficios especiales logrados al margen de la sociedad capitalista no explican la fuente del beneficio como totalidad; explican meramente una parte de los beneficios de un grupo especial de capitalistas. Por lo general, se obtiene un beneficio extra de este género sólo cuando una firma en particular o un grupo de firmas que actúan en conjunto está en condiciones de evitar la competencia emanada de otros capitalistas que pudieran ofrecer mayor cantidad de dinero.

Las únicas transacciones restantes (dejando de lado el mercado de trabajo, del que nos ocuparemos más adelante) son las ventas a los consumidores finales. El grueso de los consumidores a quienes se venden los productos finales son los obreros. ¿Obedece la explotación de los obreros a que éstos deben comprar en términos más desventajosos? A veces sí, pero no es esta la causa principal de la explotación en la sociedad capitalista. Empero, esto ha sido en verdad utilizado como medio subsidiario para explotar y estafar a los obreros. ….Que la estafa en el mercado no constituye la base de la explotación capitalista es algo que evidencia el hecho de que la explotación capitalista continúa cuando los obreros compran en un mercado abierto a todos por igual. Hablando en términos generales, el mercado no hace discriminación -al menos en las condiciones del capitalismo competitivo- contra ninguna clase de compradores en especial; y el beneficio capitalista como totalidad en una sociedad capitalista no se origina al comprar barato y vender caro.

El ciclo de la producción capitalista

“Acompañados por el señor Ricacho y por el poseedor de la fuerza de trabajo -escribe Marx-, nos alejaremos por un tiempo de esta esfera ruidosa (es decir, el intercambio de mercancías, el mercado) donde todo sucede en la superficie y a la vista de todos los hombres, y seguiremos a ambos hasta la oculta morada de la producción, en cuyo umbral nos mira fijo el siguiente cartel: "Sólo se permite la entrada por cuestiones de negocios! ( ... ) Al abandonar esta esfera de la circulación simple o del intercambio de mercancías, que proporciona al libre cambista vulgaris sus puntos de vista e ideas, y la pauta mediante la cual juzga a una sociedad basada en el capital y los salarios, nos parece que podemos percibir un cambio en la fisonomía de los personajes de este drama. Quien antes era el poseedor del dinero pasa ahora a un primer plano como capitalista, y el poseedor de la fuerza de trabajo lo sigue transformado en obrero suyo. El primero tiene un aire de importancia, se sonríe con afectación, concentrado en los negocios; el segundo se muestra tímido y receloso, como alguien que lleva su propio pellejo al mercado y sólo puede esperar que se lo quiten" (El Capital, Libro I). El secreto del beneficio capitalista no ha de encontrarse en la esfera del intercambio de mercancías y de la circulación; debe buscarse en la esfera de la producción. Un rasgo distintivo del enfoque marxista de la ciencia económica -punto en común con los economistas clásicos- es que su análisis se centra en las relaciones productivas; y a fin de explicar las relaciones de las mercancías en el mercado rompe con la esfera de la circulación y se aleja de ella.

Cuando el capitalista se inicia en la producción, comienza con capital bajo una forma conocida, es decir dinero, con el cual adquiere los medios de producción. Los medios que necesita para emprender la producción incluyen normalmente una fábrica en la que se produzcan maquinaria y herramientas para dar forma a sus materias primas y las materias primas en sí, además de materiales auxiliares, tales como combustible y aceites lubricantes. Sin embargo, esto es tan sólo una preparación para la producción. Si realmente se propone producir, el capitalista debe conseguir obreros y ponerlos a trabajar. El capitalista, entonces, compra materias primas, contrata fuerza de trabajo, alquila (o adquiere) una fábrica y maquinarias -en resumen, cambia su dinero por diversas mercancías (D-M), y su intención no es simplemente venderlas (como hacían los mercaderes) sino utilizarlas en el proceso productivo-. Pone a los obreros a trabajar en una fábrica, haciendo uso de las maquinarias para elaborar y transformar las materias primas. Al final, las mercancías con las que comenzó se han convertido en otras diferentes. Se ha efectuado y completado el proceso de producción. Las nuevas mercancías producidas se venden luego, y el capitalista tiene otra vez dinero en sus manos, o sea capital, bajo la misma forma que tenía en sus comienzos, pero existe una cantidad de dinero considerablemente mayor que la que poseía al principio -de lo contrario sufrirá una desilusión-. Este ciclo integro, mediante el cual el capitalista ha trocado el dinero en más dinero, puede expresarse simbólicamente así: * Que han sido transformadas en el proceso de producción. El problema a resolver es el siguiente: ¿Cómo se convierte D en D’, cómo se convierte el dinero en más dinero y de dónde proviene el dinero extra, el beneficio?

Composición del valor del producto

Según lo que ocurre en general, cuando el capitalista compra a otros capitalistas las materias primas…, el valor de éstas -que cabe suponer fueron adquiridas de acuerdo con su valor correcto- constituye una parte del valor del producto terminado.

Una segunda parte del valor del producto terminado es el valor de la porción correspondiente al edificio, planta y maquinarias que se desgastan durante el proceso de producción. Desde luego que en realidad, no se consumen los ladrillos ni las maquinarias en un solo proceso productivo; se desgastan gradualmente a lo largo de un período de años. En consecuencia, el capitalista agrega a los otros costos un rubro denominado "depreciación" que se basa en el promedio de vida de los edificios, plantas y maquinarias que utiliza; este costo de depreciación constituye el reconocimiento del hecho de que una porción del valor de estos rubros se transfiere al producto en el curso del proceso de producción.

La tercera parte del valor del producto terminado representa el "nuevo" valor "agregado" por el trabajo de los obreros que transforman las materias primas en producto terminado, mediante la utilización de la planta, etc.

Pero, mientras que el valor de las materias primas, plantas, etc., utilizadas en la fabricación del producto corresponde al valor que compró, y pasa sin modificarse al valor del producto terminado, el nuevo valor agregado por la mano de obra de sus obreros es más alto que el valor por el cual les paga. En términos de dinero en efectivo, se les paga menos en salarios que el valor que su mano de obra agrega al producto.

Los salarios

El capitalista considera que los salarios son el precio pagado por el trabajo. El precio es valor expresado en dinero. El interrogante que debe contestarse es, pues, el siguiente: "¿Cuál es el valor del trabajo?” -o por lo menos así parece a primera vista-. Sin embargo, reflexionando un poco se ve que se trata de una pregunta carente de sentido. El valor en sí depende del trabajo, y, por lo tanto inquirir, “¿Cuál es el valor del trabajo?” es como preguntar "¿cuál es el peso del peso?, ¿cómo podríamos definir, digamos, el valor de un día de trabajo de diez horas? ¿cuánto trabajo contiene esa jornada? Diez horas de trabajo. Decir que el valor de un día de trabajo de diez horas equivale a diez horas de trabajo, o a la cantidad de trabajo que contiene, sería una expresión tautológica, y más aún, absurda" (Marx, "Salario, precio y beneficio").

Evidentemente es necesario estudiar esta cuestión más a fondo e intentar descubrir qué es con exactitud lo que el obrero vende a cambio del salario que recibe. Cuando un obrero acepta un empleo, cuando "se alquila" a un capitalista, en realidad pone a disposición de este, durante un período específico de tiempo -una hora, un día o una semana-, su capacidad de trabajo, es decir, la suma de aquellas capacidades mentales y físicas existentes en un ser humano, que este pone en acción al producir un valor de uso de cualquier clase" (Marx: El capital). El obrero no vende su trabajo sino su capacidad de trabajar, su fuerza de trabajo, que pone temporariamente a disposición del capitalista. Este hace trabajar al obrero y puede utilizar sus capacidades bien o mal, desperdiciándolas o usándolas económicamente. El obrero no vende la contribución real que hace a la creación de productos; vende su fuerza de trabajo. Esta distinción entre trabajo -el gasto real de capacidades y energías humanas (de las que depende el valor de las mercancías)- y fuerza de trabajo -la capacidad o poder de trabajar (que el obrero vende a cambio de salarios)- es de gran importancia. Los salarios son el precio de la fuerza de trabajo. Puesto que el precio es la expresión del valor en dinero, debemos averiguar cómo se determina el valor de la fuerza de trabajo.

El valor de la fuerza de trabajo

Según se ha demostrado, el valor de las mercancías depende del tiempo de trabajo requerido para su producción. Resulta, en realidad, tan cierto respecto de la fuerza de trabajo como de otras mercancías. "El valor de la fuerza de trabajo está determinado, como el de cualquier otra mercancía, por el tiempo necesario para la producción y, por consiguiente, también para la producción de este artículo específico. En la medida en que tiene valor, representa tan sólo una determinada cantidad del trabajo social medio materializado en ella" (El Capital, Libro I). El valor de la fuerza de trabajo depende, pues, de la cantidad de tiempo de trabajo que debe insumirse a fin de que aquella pueda existir. La fuerza de trabajo existe solamente en hombres y mujeres vivientes. Para vivir, los hombres deben contar con medios de subsistencia, alimentos, vestimentas, combustible, vivienda, etc. Para que la fuerza de trabajo pueda continuar existiendo los obreros deben reproducirse, tener hijos; por lo tanto, deben contar con suficientes medios de subsistencia, no sólo para sí sino también para sus hijos. "El valor de la fuerza de trabajo está determinado por el valor de los artículos necesarios para producir, desarrollar, mantener y perpetuar la fuerza de trabajo" (Marx, "Salario, precio y beneficio").

Las cantidades y la índole de los alimentos, ropas, etc., que se requieren varían de acuerdo con la naturaleza del trabajo efectuado. En consecuencia, variará el valor de las diferentes especies de fuerza de trabajo. Variará también porque ciertos tipos de capacidad o habilidad demandan una educación o adiestramiento especial que exige determinado período durante el cual el obrero tiene que vivir y quizá deba incurrir en otros gastos; todos estos gastos componen el valor de la fuerza de trabajo. Nuevamente, las necesidades naturales del obrero, tales como víveres, vestimentas, combustible, y vivienda varían de acuerdo con las condiciones climáticas y las demás condiciones físicas de su país. Por otra parte, el número y extensión de sus así llamadas necesidades naturales, al igual que los modos de satisfacerlas, son de suyo productos del desarrollo histórico (...) y dependen por lo tanto en gran medida del grado de civilización de un país, y más especialmente de las condiciones y, por consiguiente, de los hábitos y grados de confort bajo los cuales se haya formado la clase de los obreros libres. En consecuencia, en contraste con el caso otras mercancías, entra en la determinación del valor de la fuerza de trabajo un elemento histórico y moral. No obstante, en un país y período dados, la cantidad media de los recursos de subsistencia necesarios para el obrero constituye un factor fijo" (Marx, El Capital).

En la actualidad la distinción entre "salarios reales y salarios monetarios" reviste especial importancia puesto que el valor del dinero es susceptible de fluctuaciones en gran escala. Por "salarios reales" entendemos los medidos, no en términos de dinero, sino de los bienes que con ellos se pueden adquirir. Los movimientos de los salarios reales se miden normalmente comparando el cambio en el índice del costo de vicia con el cambio en los salarios monetarios.

La existencia de una masa de obreros desposeídos, “libres" de trabajar o perecer de inanición, constituye una condición necesaria para la producción capitalista. Siempre que existan otros obreros a mano para reemplazarlos, !a clase capitalista puede por lo general impedir que los salarios de los trabajadores aumenten por encima del nivel de subsistencia (conforme a lo definido precedentemente), o sea que los salarios no exceden normalmente el valor de la fuerza da trabajo. En síntesis, pues, vemos que el valor de la fuerza de trabajo se resuelve en una cantidad definida de medios de subsistencia que dependen de a) necesidades físicas; b) necesidades desarrolladas por la historia y las costumbres; c) requisitos para la manutención de la familia, y d) gastos de educación y adiestramiento”.

Cabe agregar a lo que escribe Eaton que el valor de la fuerza de trabajo en los países centrales tiende a mantenerse bajo o a disminuir porque los trabajadores de esos países cubren algunas de sus necesidades (ropa y otras) con productos a bajo precio provenientes de los países donde los salarios son mucho más bajos, como China, Pakistán, Indonesia, algunos países del norte de África, etc. Es decir que los capitalistas de los países centrales aprovechan indirectamente de la explotación exacerbada de los trabajadores en los países periféricos.

Más adelante (en la página 89 de su libro) Eaton escribe: “Todo gira alrededor de la diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo del obrero que el capitalista adquiere y el valor que el obrero crea cuando se pone a trabajar. La fuerza de trabajo es, en realidad, una mercancía que reviste la propiedad particular de crear, cuando se la utiliza, un valor mayor que la que ella misma posee”... …”Una vez comprendido esto, se penetra en el secreto del beneficio; la fuente del beneficio es la diferencia existente entre el valor de la fuerza del trabajo del obrero y el valor que éste produce. El valor que el obrero produce por encima del valor de su fuerza de trabajo se denomina plusvalía”.

Veremos más adelante que la apropiación de las riquezas producidas por el trabajo humano en la producción de bienes materiales e inmateriales (apropiación que se concreta en el mercado mediante la venta de mercancías, incluida entre éstas la fuerza de trabajo) se concreta también al margen de la esfera de la producción, ya no como extracción directa de plusvalía, sino a través del saqueo de las personas y de los pueblos por intermedio del capital financiero. Ya no se puede decir que los capitalistas ganan “honestamente” su vida “dando trabajo” en sus empresas porque también roban y estafan a la gente y a los pueblos fuera de la esfera de la producción con las operaciones del capital financiero especulativo y parasitario. Conviene aclarar que, contrariamente a la expresión utilizada habitualmente, en realidad quienes “dan” trabajo no son los patrones sino los trabajadores, en parte a cambio de un salario y en parte gratuitamente (el resultado del trabajo excedente –plusvalía- del que se apropia el capitalista).

Esta idea de que los empresarios son los que “dan” trabajo a los trabajadores, forma parte del arsenal ideológico de las clases dominantes, al que nos referiremos en la Séptima parte de estas entregas. El mensaje es que, si no fuera por los capitalistas, los trabajadores no tendrían trabajo y se morirían de hambre.

La explotación capitalista (III)

El trabajo teórico de Marx y de otros investigadores marxistas lleva a comprender la esencia y las peculiaridades del sistema capitalista, última etapa de un periodo de la historia de la humanidad (en realidad de la prehistoria) que comenzó con la esclavitud, caracterizado por la apropiación por una minoría de la mayor parte del producto del trabajo de la inmensa mayoría, con reajustes periódicos de acentuación o disminución de la explotación en función de la relación de fuerzas entre las clases en pugna.

Aunque la crisis actual y las “curas de austeridad” impuestas por las clases dominantes confirman ampliamente las tesis marxistas sobre el sistema capitalista, podría argumentarse, como lo hacen sus ideólogos conservadores o “reformistas” y los que “están de vuelta” del socialismo, que la situación actual es coyuntural o que, en el peor de los casos, no es inherente al capitalismo, sino al funcionamiento de “los mercados”, según ellos librados, por el momento, a las tendencias “ultraliberales”. Bastaría “regular” o “humanizar” los mercados para resolver el problema.

Queremos agregar algunos elementos que muestran la explotación capitalista en concreto, la que está en un período de fuerte acentuación a causa de una relación de fuerzas actualmente desfavorable a los explotados.

En los países periféricos y también en los países centrales, la movilidad de las grandes empresas (posibilidad de cambiar rápidamente su implantación de un país a otro) limita la capacidad de negociación de los trabajadores: la empresa amenaza con retirarse del lugar de implantación o segmentar su producción en diversos lugares si considera excesivas las reivindicaciones de los trabajadores, o simplemente las sociedades “deslocalizan” sus plantas hacia países donde los salarios son más bajos. Y con la esperanza de evitar la deslocalización y conservar los empleos, los trabajadores aceptan la degradación de sus condiciones de trabajo en materia de salarios, horarios, estabilidad, seguridad social, etc.

Esto ocurre porque las diferencias de salario entre los países “centrales” y los países “periféricos” de Asia, África, América Latina y Europa del Este son del orden de 10 a 1 y a veces llegan a ser de 20 a 1, con un nivel de productividad que tiende a igualarse. Pero estos procesos de deslocalización no se producen solamente de los países ricos a los países pobres, sino también entre países pobres: las empresas deslocalizan sus implantaciones de los países donde los salarios son muy bajos a otros países donde éstos son aun más bajos (por ejemplo de China a Vietnam).

En otras condiciones (una relación de fuerzas favorable a los trabajadores) el aumento de la productividad del trabajo debería estar lógicamente acompañada por una reducción del tiempo de trabajo (diario, semanal y anual) y de la reducción de la intensidad del mismo. Ello ocurrió así de manera general hasta culminar en el decenio de 1920 cuando las luchas de los trabajadores, ayudadas por el temor de los capitalistas al ejemplo de la Revolución de Octubre en Rusia, lograron la jornada hebdomadaria de 48 horas.

Pero con el fordismo aumentó la intensidad del trabajo, como muestra agudamente Chaplin en el film Tiempos Modernos. Desde entonces la jornada de trabajo se mantuvo estable, aunque disminuyó la jornada anual como resultado de las vacaciones más prolongadas y en algunos países disminuyó también la jornada semanal.

Pero en los últimos años, pese a que continuó aumentando la productividad, esa tendencia a la reducción de la jornada laboral se invirtió y también aumentó la intensidad del trabajo y se generalizó la flexibilidad laboral, que es una manera de tener al trabajador siempre a disposición del patrón, aunque no trabaje.

El aumento de la jornada de trabajo se acentúa de hecho a causa de la necesidad que tiene mucha gente de trabajar más tiempo (en el mismo empleo o en un trabajo adicional) a fin de ganar lo mínimo necesario para sobrevivir.

Las mujeres y los niños son las primeras víctimas de la explotación laboral en todo el mundo.

En febrero de 2007 la Confederación Sindical Internacional (CSI), publicó un Informe sobre Las normas fundamentales del trabajo reconocidas internacionalmente en la Unión Europea, donde se analizaba la situación en este aspecto país por país. Entre otras cosas, en el Informe se decía: Todos los Estados miembros de la Unión Europea han ratificado los dos convenios fundamentales de la OIT sobre trabajo forzoso. Con todo, la trata de personas, esencialmente mujeres y niñas para destinarlas a trabajos forzosos y a la explotación sexual, es un problema en cierta medida en prácticamente todos los países... En las Conclusiones del Informe se puede leer: En los Estados miembros de la UE sigue habiendo una profunda brecha entre la legislación y la práctica con respecto a la igualdad entre hombres y mujeres. En Europa las mujeres ganan hasta un 40 por ciento menos que sus colegas masculinos, registran índices de desempleo más elevados y están escasamente representadas en los cargos directivos. La discriminación económica que sufre la mujer es particularmente grave en algunos de los Estados miembros de Europa Oriental, donde las diferencias salariales en el sector público muchas veces son incluso mayores a las del sector privado. En cualquier caso, la importante concentración de mujeres en puestos de trabajo a tiempo parcial y en el sector de servicios también ha cambiado de manera desfavorable la situación de las mujeres en algunos países de Europa Occidental. El aumento de la carga (física, mental y nerviosa) ha hecho más penoso el trabajo en los últimos años y la flexibilidad laboral y el incremento de la jornada de trabajo parasita o fagocita el tiempo fuera del trabajo, es decir lo que queda del tiempo libre. Se está cada vez más lejos de la prometida sociedad post industrial del tiempo libre.

Inclusive los empleados y los técnicos superiores sufren esa carga, víctimas de las presiones en el mismo empleo y por la angustia que les produce el temor de perderlo. Son frecuentes los suicidios en esas categorías de trabajadores.

Los hechos confirman que, como señaló Marx en el Capítulo VI (llamado inédito) del Libro I de El Capital, no sólo el trabajo manual sino también el trabajo asalariado productor de bienes intangibles o inmateriales (como es el trabajo de los investigadores, técnicos, docentes, informáticos, trabajadores de la salud, artistas, etc.) es objeto de explotación pues crea valor y es fuente de ganancia (plusvalía) para los capitalistas. Y ocurre lo mismo en el caso de los asalariados que trabajan en los servicios (transportes, comunicaciones, bancos, etc). De manera general, la higiene y la seguridad en el trabajo tiende a empeorar: según un informe de la OIT destinado al XVI Congreso Mundial sobre Seguridad y Salud en el Trabajo que se celebró en Viena en mayo de 2002, cada año mueren en el mundo dos millones de trabajadores a causa de accidentes y enfermedades relacionados con el trabajo. Esto último, entre otras cosas, como resultado de la utilización de agentes tóxicos en los lugares de trabajo (agrícolas e industriales). Las grandes empresas eluden su responsabilidad en materia de higiene y seguridad subcontratando las tareas penosas y/o peligrosas con lo cual la situación del trabajador se agrava aun más frente a subcontratistas que violan regularmente la legislación laboral y carecen de solvencia económica para asumir sus responsabilidades. Inclusive no faltan casos de utilización de mano de obra esclava o semiesclava

En Myanmar (antiguamente Birmania), tres empresas, la estadounidense Union Oil of California (UNOCAL), la británica Premier Oil y la francesa Total, han aprovechado de las"ventajas comparativas" que ofrece el régimen dictatorial de dicho país, que recurre al trabajo esclavo en la construcción de los oleoductos de Yadana (UNOCAL y Total) y Yetagun (Premier Oil).

Las sociedades transnacionales aprovechan otras prácticas que se aproximan al trabajo esclavo. Por ejemplo Disney tiene subcontratistas en China que hacen trabajar a sus obreros 13 a 17 horas por día, siete días sobre siete por un salario diario de un poco más de un dólar. Otra forma de trabajo semiesclavo es el realizado en las prisiones para empresas privadas (en muchos casos transnacionales), que se practica en China y en muchos países ricos, como Estados Unidos, Francia y Alemania. Según informa el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, en dicho país 30 Estados han legalizado la contratación exterior del trabajo carcelario desde 1990. Y de ese trabajo semiesclavo y mal pagado aprovechan grandes transnacionales como Microsoft, Boeing y TransWorld Airways.

Ello a pesar de que el Convenio 29 de la OIT de 1930 en su artículo primero propuso hace 82 años suprimir el trabajo obligatorio en el más breve plazo, voluntad reiterada en la Declaración de la OIT de 1998 relativa a los principios y derechos fundamentales en el trabajo. Y que el artículo 2 inciso c) del Convenio 29 prohibe que el trabajo carcelario "sea cedido o puesto a disposición de particulares, compañías o personas jurídicas de carácter privado".

Se podrían dar muchos otros ejemplos de trabajo esclavo o semiesclavo, como el que se practica en diferentes plantaciones en América Latina y en otros continentes.

En resumen, la explotación capitalista de la fuerza de trabajo no es sólo la apropiación -retribuida por debajo de su valor- de la fuerza física del ser humano, muchas veces en condiciones insoportables, sino también de sus habilidades y conocimientos, de su capacidad de imaginar, de crear y de inventar.

Paralelamente con la degradación de las condiciones de trabajo se puede constatar una regresión en las normas laborales internacionales de la Organización Internacional del Trabajo

En la Organización Internacional del Trabajo la regresión en materia de normas laborales para adaptarlas a la “mundialización” comenzó abiertamente en 1998 con la Declaración de Principios y Derechos Fundamentales en el Trabajo, continuó en 1999 con el Convenio 182 sobre la Prohibición de las peores formas del trabajo infantil (¿por qué peores y no reforzar el convenio 138 de 1973 para tender a la abolición del trabajo infantil? , siguió en el 2000 con el Convenio 183 sobre protección de la maternidad, que modificó regresivamente el Convenio 103 de 1952 y continuó en 2001 con el Convenio 184 relativo a la seguridad y la salud en la agricultura.

Esto refleja una tendencia a sustituir las normas laborales obligatorias por compromisos voluntarios de las empresas, del tipo de códigos de conducta, cuya aplicación depende de la buena voluntad de las empresas. Es lo que se denomina la “responsabilidad social de las empresas”, un concepto que se trata de popularizar con la contribución de ciertas ONGs, de empresas y de Estados.

Esta “responsabilidad social de las empresas” no logra escamotear la realidad: naciones enteras sometidas al saqueo de las empresas transnacionales y del capitalismo financiero transnacional. ¿Por qué calificamos de regresiva la Declaración de Principios y Derechos Fundamentales en el Trabajo, aprobada en junio de 1998? Una apreciación desprevenida de dicha Declaración lleva a suponer que es un intento de promover el núcleo fundamental de los derechos de los trabajadores.

Pero si se la analiza más detalladamente se puede constatar:

1) que se trata de una Declaración y no de un Convenio, es decir que no tiene carácter obligatorio;

2) que los derechos enumerados en la Declaración son ya objeto de Convenios obligatorios: trabajo forzoso (Convenios 29 y 105), libertad sindical (Convenio 87), derecho de sindicación y de negociación colectiva (Convenio 98), igualdad de remuneración de hombres y mujeres (Convenio 100), no discriminación (Convenio 111) y edad mínima, referido a la abolición del trabajo infantil (Convenio 138);

3) que la Declaración ha omitido derechos tanto o más fundamentales para los trabajadores (también contemplados en convenios internacionales) que los que ha incluido.

Los derechos omitidos tienen en común ser el objeto de una embestida generalizada en nombre de la mundialización y la competitividad, entre ellos:

a) Salario mínimo (Convenio 131),

b) Trabajo de mujeres (Convenios 45, 89 y 103),

c) Jornada máxima de trabajo (Convenios 1, 30, 43, 47 de 1935 (sobre las 40 horas), 49, 153 y Recomendación 116 de 1962, sobre la reducción de la duración del trabajo,

d) Seguridad e higiene en el trabajo (Convenios con disposiciones generales Nos. 31, 97, 155, y 161 y varios Convenios y Recomendaciones sobre riesgos específicos o ramas de actividad),

e) Tiempo libre (Recomendación 21 de 1924 sobre la utilización del tiempo libre de los trabajadores) y

f) Seguridad social (Convenios con normas generales Nos. 102, 118 y 157) y numerosos Convenios con normas específicas.

g) Y, por cierto, se han omitido los Convenios y Recomendaciones relativos al derecho al trabajo: Convenios 122 de 1964 sobre política del empleo y 158 de 1982 sobre terminación de la relación de trabajo y Recomendaciones 122 sobre política de empleo y 169 de 1984 con disposiciones complementarias sobre el mismo tema.

Hemos incluido en la enumeración precedente la Recomendación 21, sobre el tiempo libre y la 116, sobre la reducción del tiempo de trabajo sin reducción del salario, porque son de rigurosa actualidad.

Sin una visión de conjunto sobre cómo funciona realmente el sistema capitalista, el resultado es el sometimiento a alguna de las variantes de la ideología dominante que atribuye al mercado “desregulado” todos los males de la sociedad actual, cuando la raíz de esos males está en el sistema mismo, es decir en la propiedad privada de los instrumentos y medios de producción y de cambio.

Dicho de otra manera, las “alternativas” que sólo proponen reformas dentro del sistema y caminos supuestamente intermedios y no se sitúan en la perspectiva de la abolición del capitalismo, conducen inevitablemente a un callejón sin salida, a la agravación creciente de las condiciones de vida materiales y espirituales de los seres humanos y al deterioro cada vez más acelerado del ecosistema.

Esto se verifica también en los países ex socialistas que han restablecido el capitalismo (de Estado y privado) –donde las diferencias sociales ahora son enormes y hasta ha disminuido la esperanza de vida- y vale asimismo para analizar las tendencias dominantes en los países donde se habla de “modernizar” el socialismo o de un “socialismo del siglo XXI”. Con fuertes dosis de mercado capitalista. Pero la opción es de hierro: el capitalismo genera inevitablemente la dictadura del mercado (o dictadura de la burguesía como la llamó Lenin) como se está viendo claramente ahora en las “grandes democracias occidentales” que imponen a sus propios pueblos drásticas políticas de austeridad y a otros Estados (como a Grecia) le exigen desprenderse de su patrimonio nacional y, de hecho, le han prohibido organizar un plebiscito para consultar al pueblo. Ahora pura y simplemente las “grandes democracias” quieren que se suspendan las elecciones generales en Grecia, previstas para abril porque los sondeos de opinión atribuyen a los partidos de izquierda tantos votos como a los de la derecha y de los socialdemócratas sumados.


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