CEPRID

La violencia política en India (III)

Viernes 1ro de mayo de 2009 por CEPRID

Alberto Cruz

CEPRID/HUMANIA DEL SUR

3.3.- El “envidiable desarrollo” indio

Tanto dentro como fuera del país se vende la tesis de que India es la mayor democracia del mundo, el país con el desarrollo más envidiable del planeta y, como no podía ser menos, se contrapone la India “democrática” a la China “autoritaria” en esa parte de Asia. India dentro del tren de la modernidad occidental. India y Bollywood. Estos son los tópicos y estereotipos de la clase media acomodada de Delhi, Mumbai o cualquier otra de sus ciudades satélites, que comen sus hamburguesas o sus pizzas como en cualquier cafetería de Occidente porque se niegan a comer la comida ladaquí o beber el tradicional té con mantequilla puesto que prefieren los refrescos de cola, compran la ropa en las tiendas Versace o Mango, los relojes en Cartier, hablan inglés, se pasean con sus coches de lujo –ellos no utilizan el tren ni los masificados y casi imposibles medios de transporte públicos- o en sus motos de gran cilindrada y muestran sus móviles de ultimísima generación mientras, condescendientemente, lanzan una moneda a quien hace unas gracias en la acera con piruetas o cualquier tipo de actuación para poder comer algo ese día.

Son los privilegiados, ese poco menos de 250 millones de personas –la población total es de 1.097 millones- que han hecho de India su cortijo particular desde que en 1990-1991, aprovechando la caída de la Unión Soviética, el país arrojase por la borda la política socializante, que no socialista, desarrollada por Nehru y abrazase con la fe del converso el liberalismo económico. El actual primer ministro, Manmohan Singh, era entonces el ministro de Finanzas. Al impulsar el neoliberalismo, el Estado abandonaba, de hecho, cualquier pretensión de igualdad social, tal y como había pretendido Nehru con mayor o menor énfasis durante su gobierno en la primera etapa del país independiente.

Esa política económica, tan alabada por Occidente, ha desintegrado el entramado local de interdependencia, ha debilitado los lazos familiares y comunitarios y ha puesto al consumo en el centro de la vida si se quiere tener reconocimiento social. Por lo tanto, el “envidiable desarrollo” de India se asienta sobre otra realidad mucho menos conocida. Según Arjun Sengupta, Presidente de la Comisión Nacional para las Empresas del Sector No Organizado, “el 77% de la población de la India, 853 millones, es pobre y vulnerable y tiene una capacidad de consumo inferior a las 20 rupias diarias” (0,40 euros aproximadamente). Sengupta clasifica a la población en seis grupos: los extremadamente pobres, los pobres, los marginalmente pobres, los precarios o vulnerables, los que tienen ingresos medios y los de ingresos altos (14). Dice que el porcentaje de extremadamente pobres ha descendido desde 1994 –inicio de las políticas económicas neoliberales- del 30,7% al 21,8% pero sólo para engrosar las filas de los marginalmente pobres y los precarios, cuyo índice de consumo se sitúa en esas 20 rupias diarias. Esos son los prescindibles, las víctimas de los atentados masivos que en los últimos cinco años, por lo menos, viene sufriendo India de forma periódica.

La división entre la enorme mayoría de pobres, esos 853 millones, y el resto, 244 millones, para ser exactos, es total y absoluta. No se mezclan y son los privilegiados, que se pueden dividir a su vez en clase media, más o menos acomodada (unos 200 millones), y ricos (unos 44 millones), quienes controlan el país, quienes controlan el parlamento, quienes controlan los medios de comunicación. Pongamos un ejemplo reciente: a mediados de noviembre de 2008, antes de los atentados de Mumbai que tuvieron lugar a finales de ese mismo mes y que conmocionaron al mundo, se realizaron elecciones locales en varios estados. En uno de ellos, Chhattisgarh, bastión de la guerrilla naxalita, entre los 687 candidatos oficiales figuraban 42 millonarios (en India se considera millonario a cualquiera que posea al menos 10 millones de rupias). De ellos, 19 pertenecían a las listas del Partido del Congreso Nacional Indio, 7 al Bharatiya Janata (Partido del Pueblo, derecha hinduista) y cinco al Bahujan Samaj (clase media). Además, había otros 53 inmersos en procesos por corrupción. Como en muchas otras partes, la historia de India es una historia de clase.

Y es la clase económicamente más poderosa, la oligarquía y los terratenientes, la que, antes de los atentados de Mumbai que les han afectado directamente, se sentía amenazada por la expansión naxalita y presionaba al gobierno central para que el Ejército se sumase a la lucha contra los maoístas. El Ejército indio tiene una larga tradición de fuerza laica y apolítica. Al contrario que la policía, que suele apoyar a los nacionalistas hindúes (hindutva, supremacía hindú) en los enfrentamientos inter-comunitarios, el Ejército siempre ha actuado como una fuerza neutral. Pero para la élite económica eso tenía que cambiar ante el auge naxalita. Sus intereses estaban en juego a largo plazo. Los maoístas indios, llamados naxalitas en India, nutren sus filas de combatientes de todas etnias, castas y religiones. Por ejemplo, en Orissa, la mayoría de naxalitas provienen de las comunidades cristianas, mientras que en otros estados son dalit e, incluso, de origen musulmán. La utilización del Ejército contra los maoístas supone un problema para el gobierno indio, pero no para la oligarquía. Eso es algo que está comenzando a cambiar, puesto que la presión oligárquica es muy fuerte.

El 23 de noviembre de 2008, tres días antes de los ataques de Mumbai, el primer ministro Manmohan Singh había pronunciado un discurso ante un auditorio selecto de altos cargos de la Policía y otros organismos de seguridad en el que, una vez más, consideró a los naxalitas como el principal problema interno de India reconociendo que “a pesar de los esfuerzos que se han y se están realizando, las medidas adoptadas hasta el momento no han dado los resultados deseados", en referencia al plan gubernamental para contener el avance de la guerrilla: iniciar un programa de desarrollo de las zonas más empobrecidas de India, modernización de la Policía, creación de infraestructuras viales que sirvan tanto a las poblaciones como para facilitar el traslado rápido de las fuerzas policiales y la creación de seis escuelas de guerra, es decir, la formación de unidades antiguerrilleras para poder atacar y destruir los campamentos naxalitas en la selva. La idea del gobierno es crear unos batallones específicos para la lucha contra la guerrilla que estén compuestos por 14.000 efectivos y ya hay dos en funcionamiento. En la actualidad la Fuerza Central de Reserva de la Policía, junto a los paramilitares de Salwa Judum, lleva el protagonismo en la lucha contra los maoístas: cuenta con 201 batallones, de los que 32 están desplegados en las zonas donde operan los naxalitas pero se han mostrado altamente ineficaces y reciben cada vez con más frecuencia contundentes golpes militares.

Los éxitos maoístas en el campo son incuestionables: ni la policía ni los funcionarios estatales se atreven a entrar en Bastar, una extensa zona del estado de Chhattisgarh de unos 100.000 kilómetros cuadrados, y sus acciones contra los paramilitares de Salwa Judum están provocando la desmoralización y deserción de estos mercenarios en cuanto se produce un combate ante las constantes bajas que sufren. El periódico “Indian Express” relataba con crudeza lo ocurrido tras un ataque maoísta que causó 55 muertos a una fuerza conjunta de policías y paramilitares al hacerse eco de un informe oficial en el que se recogía la investigación llevada a cabo: “la cobardía, la deserción, la excesiva dependencia de los oficiales de policía respecto de la Policía Especial Local [los paramilitares de Salwa Judum tienen la categoría de agentes policiales rurales], la carencia de un entrenamiento apropiado y el consumo de sustancias tóxicas influyeron en las causas de la matanza de los 19 policías y 39 PEL [Salwa Judum]”. Para minimizar un tanto el efecto de la derrota, el informe recogía que dicho ataque había sido efectuado por una fuerza de “por lo menos 400 naxalitas” (15). Aunque este ha sido, hasta el momento, el ataque con un mayor número de muertos, constantemente se reportan bajas entre los policías y paramilitares, incluyendo los comandos de élite de Andhra Pradesh, denominados “Galgos”, que en junio de 2008 sufrieron 38 bajas mortales al ser atacado el barco en el que se dirigían a realizar una operación militar contra un campamento maoísta (16).

Los naxalitas han dado el paso de la guerra de guerrillas a la de movimientos, con una mayor acumulación de fuerzas y siguiendo el esquema clásico maoísta de “diez contra uno, uno contra diez”, es decir, obligar a las fuerzas estatales, bien sea el Ejército o la Policía, a asumir una posición defensiva táctica –que es fácilmente atacable en base a la superioridad de fuerzas- para, debido a estos golpes militares, obligarles posteriormente a asumir una posición defensiva estratégica, o sea, la inmovilidad y la concentración de fuerzas en un solo punto para defender una ciudad o un territorio. Se puede afirmar que la guerrilla naxalita actúa en brigadas de hasta 300 combatientes. Si hay que hacer caso a la prensa india, los ataques contra estaciones de policía, locales de los paramilitares, empresas mineras, ferrocarriles, estaciones de telecomunicaciones, construcciones eléctricas e, incluso, asaltos a cárceles –en el mes de diciembre de 2007 atacaron la cárcel de Raipur, la capital de Chhattisgarth, logrando que pudieran fugarse 299 presos, 100 de ellos guerrilleros- se producen por fuerzas de entre 40 y 150 combatientes aunque en ocasiones llegan a los 400. No obstante, eso no quiere decir que los naxalitas mantengan grandes formaciones guerrilleras con carácter permanente, sino que se constituyen en función de la estrategia.

Los datos son esclarecedores: en el año 2007 (en el momento de escribir este texto no había datos aún correspondientes a 2008) los naxalitas realizaron 8.488 ataques a establecimientos policiales en 91 distritos de 11 estados, según un informe presentado por el Ministro del Interior, Sriprakash Jaiswal, en el Parlamento indio (Lok Shaba, Cámara del Pueblo) (17). Y la guerrilla está comenzando a buscar la complicidad de los policías, a quienes realiza llamamientos para que se pasen a sus filas si no quieren seguir sufriendo sus embestidas militares. Desde el mes de junio de 2007, cada vez que se realiza un ataque contra un establecimiento policial los guerrilleros dejan en el lugar panfletos en los que se puede leer “Estás luchando para impedir el levantamiento del pueblo, por lo que tu vida está en juego porque el pueblo, al que estás matando, es de tu propia clase. Levántate contra el sistema” (18). El fracaso de las medidas del gobierno central se debe a dos razones: primera, la expansión naxalita parece imparable –de hecho en un año, de junio de 2007 a octubre de 2008 se habían expandido a otros 17 distritos más, teniendo presencia en un total de 182 distritos- y el propio gobierno considera que entre el 30% y el 35% del territorio de India está bajo control de los maoístas; segunda, , porque los naxalitas han logrado crear su propio sistema de distribución pública en amplias zonas rurales de al menos cuatro estados en los que actúan: Jharkhand, Chhattisgarh, Bihar y Bengala Occidental. A ello hay que sumar que los naxalitas están comenzando a extenderse a las ciudades, especialmente a las zonas obreras e industriales de Delhi, Mumbai, Raipur, Pune y Jammu alternando las acciones propagandísticas con las militares.

Esto, de hecho, supone un gobierno de poder popular y los terratenientes de los estados donde más fuerza tienen los maoístas están muy asustados ante la posibilidad, real, de que los campesinos busquen la protección de los naxalitas en los conflictos de tierras como ya ha ocurrido en Uthar Pradesh. En los últimos meses se han incrementado sustancialmente las acciones maoístas contra destacamentos policiales u ordenado paros armados (como en los distritos de Gajapati, Kandhamal y Rayagada, del estado de Orissa) en protesta por la represión policial contra campesinos y que fueron secundados de forma masiva. Incluso en las elecciones locales que tuvieron lugar en las últimas semanas de 2008, en las zonas donde operan los naxalitas el boicot fue masivo, de forma especial en Chhattisgarh, donde pese a que el porcentaje total de voto se situó en el 53% (y aquí los paramilitares de Salwa Judum tuvieron un papel preponderante, amenazando a quien no fuese a votar) en determinados distritos apenas llegó al 21%, como ocurrió en Bijapur, por mencionar sólo un caso de ese boicot.

3.-4.- La llegada a las ciudades

La élite económica, la oligarquía india, está cada vez más preocupada por el auge naxalita. Los maoístas indios plantean una guerra popular prolongada, mientras que los atentados de Mumbai llegaron a los símbolos de la clase pudiente sin avisar. Pero para la élite económica y la oligarquía india hay un orden de prioridades claro: “a pesar de los ataques terroristas de Mumbai, la nación [India] tiene otra amenaza, más grave, más insidiosa, y la representa la extrema izquierda naxalita. (…) Los maoístas no son un enemigo a tomarse a la ligera. A menos que sean eliminados, pueden causar mucho daño” (19). La realidad es ésta y no otra. Los maoístas, que tratan con una cierta deferencia y hasta con respeto a los empresarios de sus zonas de influencia (a pesar de cobrarles un impuesto, obligarles a que contraten a trabajadores de la zona y que respeten escrupulosamente los derechos laborales y sindicales de sus trabajadores), son implacables en su lucha contra las Zonas Económicas Especiales que está poniendo en marcha el gobierno central, con el apoyo de los gobiernos de los estados, para establecer industrias, incluidas las metalúrgicas y mineras, y que están provocando el desplazamiento de sus hogares de decenas de miles de habitantes rurales, que por consiguiente están perdiendo sus medios de vida. La enorme mayoría de desplazados son aparceros sin tierra, artesanos y pequeños comerciantes, provenientes de las comunidades desfavorecidas de dalit y adivasi y de minorías religiosas, especialmente musulmanes.

Precisamente el trabajo con los dalits, los intocables en el sistema de castas y los parias dentro de India, es con quien está centrando su trabajo político la guerrilla naxalita, según lo acordado en su IX Congreso, realizado en enero de 2007. Esta decisión ha estado en el origen de la expansión guerrillera por toda India. En este congreso se acordó, además, la expansión del movimiento a las ciudades para tener presencia entre las masas urbanas, empobrecidas, y la clase media con la finalidad de “lograr un movimiento masivo contra las políticas neoliberales”. La entrada en las ciudades es “el gran salto adelante” de los maoístas indios. Hay presencia de células naxalitas en las zonas obreras e industriales de Delhi, Mumbai, Raipur, Pune y Jammu. Aunque por el momento la principal actividad es la propagandística, en algunas zonas donde el movimiento naxalita es especialmente fuerte se están ya realizando acciones militares. Es el caso de Nayararh, una de las más importantes ciudades del estado de Orissa, donde un comando naxalita realizó una de sus más audaces acciones hasta el momento: el 16 de febrero de 2008 se produjo el asalto a una comisaría de policía y la requisa de 1.069 armas almacenadas en este establecimiento policial. El gobierno indio sólo dio la cifra sin informar sobre la calidad de las armas capturadas, lo que indica que en poder de la guerrilla hay ahora un material más sofisticado, como se pondría de relieve en las últimas operaciones militares donde se han bombardeado instalaciones policiales con morteros de 80 milímetros y el uso de lanzagranadas para atacar las caravanas de vehículos policiales y paramilitares (20).

La presencia naxalita en las ciudades y centros industriales da un salto cualitativo a la guerra popular prolongada. Desde mediados de 2007 los naxalitas han actuado de forma preferente en las Zonas Económicas Especiales de una franja que comprende las ciudades de Bhilai-Ranchi-Dhanbad-Calcutta, por un lado, y de Mumbai-Pune-Surat-Ahmadabad por otro, al tiempo que han planteado bloqueos que han sido impuestos de forma desigual, dependiendo de las zonas donde tienen más fuerza, como es el caso de los estados de Jharkhand, Orissa, Chhattisgarh y Bengala Occidental y en los que menos, como en Haryana y Punjab. En Bengala Occidental, un estado gobernado por la izquierda, la ZEE prevista ha tenido que ser suspendida tras una revuelta popular campesina, que contó con el apoyo maoísta, sofocada a sangre y fuego.

Este hecho ha provocado un tremendo descrédito de la izquierda tradicional del que se está beneficiando la insurrección naxalita que ve cómo los campesinos pobres se están incorporando en masa a sus filas. Los éxitos militares de los maoístas indios están siendo acompañados de un éxito político demostrable en las zonas bajo su control, donde se ha logrado una eficaz mejora del nivel de vida de la población, básicamente rural, y están en condiciones de ofrecer una alternativa a la izquierda tradicional y reformista. Esto está provocando que un cierto sector de los intelectuales indios vea con agrado y simpatía a la guerrilla y que, como es el caso de Arundhati Roy, se niegue a calificar su lucha de inmoral o como terrorista. O como el conocido músico Ravi Shankar, que ha dicho públicamente que los maoístas son “admirables”. Desde que los naxalitas comenzaron a realizar trabajo político en las ciudades, entre los pobres urbanos, los habitantes de los barrios marginales y de la clase obrera organizada, y especialmente tras la masacre de campesinos ordenada por el gobierno de Bengala Occidental –gobernado por el Frente de Izquierda hegemonizado por el Partido Comunista de India (marxista)- en marzo de 2007 cuando se oponían a la ZEE prevista en Nandigram, las voces para que los maoístas lideren otro frente de izquierda en India, de carácter inequívocamente revolucionario, se están alzando cada vez con mayor fuerza. Se les pide “una nueva dinámica en la propaganda”, una mayor atención hacia los “no iniciados en política” y “una mayor atención a las clases medias”.

Los maoístas están en ello, conscientes que el progreso de su guerra popular prolongada depende de la creación de una plataforma cultural y políticamente diferente de la que ha existido hasta ahora en India –de forma especial en lo que se refiere a la separación de castas, la opresión feudal de la familia y las costumbres- y, sobre todo, alejada de los pasillos del poder que tanto gustan a la izquierda tradicional.

4.- La segregación de los musulmanes

Los atentados de Mumbai (Bombay en castellano) realizados a finales de noviembre de 2008 pusieron de manifiesto otro de los frentes de violencia política existentes en la India de hoy. Sin duda los intereses de los EEEU, Gran Bretaña e Israel –no hay que olvidar que entre India e Israel hay una alianza estratégica que tiene mucho que ver en el reciente auge del islamismo en India- están en juego, así como el intento de “balcanizar” la zona y, de forma especial, Pakistán. Este país es la clave en la región pues tiene fronteras con Irán, Afganistán, India y China además de estar situado muy cerca de las repúblicas ex soviéticas de Asia Central, ricas en recursos energéticos y, sobre todo, en gas. Afganistán, al igual que Irak y a pesar de la guerra y del auge de la insurgencia talibán, ya está lo suficientemente desestructurado como para que represente problema alguno en cuestiones energéticas. Sólo faltan Pakistán e Irán. Esos son los objetivos a largo plazo del eje EEUU-Israel. Y de los dos países, el más débil es el primero y así hay que interpretar lo que está sucediendo en este país y el auge, cada vez mayor, del islamismo que representan los talibanes.

Pero también en India el resurgimiento de los musulmanes se está manifestando en una presencia, cada vez mayor, de la violencia como forma de lograr salir de la marginación en la que viven. Los ataques de Mumbai (noviembre de 2008) fueron un golpe directo a los símbolos de la élite económica india y, por primera vez, este sector privilegiado donde le haya ha sentido miedo de forma directa. En un país donde más de las tres cuartas partes de la población viven con poco más de un euro al día no sorprende que cuando se ha tocado la esencia de la oligarquía india se haya desatado el infierno. Muy al contrario de lo ocurrido en otras ocasiones. En la misma ciudad de Mumbai, en el año 1993, dos atentados masivos e indiscriminados, y coordinados, provocaron 257 muertos en barrios populares. En el año 2006 una serie de ataques coordinados contra la red de trenes ocasionaron 186 muertos en esa misma ciudad. Ni la prensa, ni la élite política, ni la económica mostraron preocupación alguna. A fin de cuentas, estos muertos eran de los otros, de los de siempre, de las clases populares. Era como si pensasen que si no morían en atentados indiscriminados morirían a fin de cuentas por no tener qué comer.

Fueron muy pocas las voces que pudieron traspasar la barrera de clase que se levantó con los atentados de Mumbai. Una de ellas, la de Farzana Versey, escritora, artista y periodista alternativa y freelance residente en Mumbai, ponía el dedo en la llaga cuando afirmó que ella se negaba a meterse en el mismo saco que los demás colegas y no utilizaba la palabra “condena” cuando hablaba de los esos atentados. Farzana Versey ponía el énfasis no en los hoteles de lujo atacados, o en las cafeterías chic, sino en la estación de tren, o en el hospital, o en los policías que se enfrentaron a los atacantes con armas poco menos que de la edad de piedra, según dijo el gobierno. Y eso no gustó a la élite política y económica: les habían acatado a ellos y había que solidarizarse con ellos y sólo con ellos. Las otras víctimas eran prescindibles, ¿por qué preocuparse de los desechables? La Agencia France Press recogía algo parecido en uno de sus cables afirmando que “los millones de privilegiados de este país de 1.100 millones de habitantes tienen la sensación de que esas tragedias [los atentados con víctimas más numerosas que las que ha habido en este último de Mumbai] apenas los conciernen, porque afectan principalmente a las clases populares” (21).

Antes de los ataques de Mumbai en otras ciudades de India (Varanasi, Jaipur, Bangalore, Nueva Delhi, Surat y Ahmadabad) se habían producido atentados masivos e indiscriminados en el mes de septiembre de 2008 sin que nadie mostrase sorpresa alguna o indignación por las matanzas. Apenas un breve o un suelto en páginas interiores de los periódicos y nada en las televisiones. Como en el atentado de Mumbai, también los responsables de los mismos fueron islamistas, pero la diferencia estaba en que las víctimas no eran representantes de la élite económica. Nadie habló de por qué los islamistas comenzaron, al menos desde 2003, una serie de atentados indiscriminados por todo el país. Nadie recordó que en 1992 la demolición de la mezquita de Babri en Ayodhya (Uttar Pradesh) provocó una revuelta que terminó con 900 muertos, que los responsables policiales de la matanza fueron ascendidos y que ni un solo responsable político dimitió; o que en 2002, en Gujarat, tuvo lugar una matanza de más de dos mil musulmanes en una ola de violencia sin precedentes y que se extendió por tres meses siendo de una particular crueldad contra las mujeres, que por lo general eran violadas en serie y después quemadas vivas. Aquí se saquearon e incendiaron hogares, talleres y mezquitas, provocando, además, el éxodo de unos 15.000 musulmanes.

Y es que en India hay 160 millones de musulmanes que son los parias de los parias, es decir, están muy por debajo de los intocables, de los dalit en el sistema de castas, y ningún gobierno ha hecho mucho por cambiar la situación. Lo mismo sucede con los cristianos, los adivasi (indígenas) o los dalit. Y todo ello por no hablar del fundamentalismo hindú que se está extendiendo por toda la sociedad y que ha llevado, tardíamente, a que hayan sido detenidos militares, uno de ellos teniente coronel, de una célula hinduista que habían atentado en la ciudad de Malegaon, una acción que había sido atribuida a los islamistas.

Se habla mucho del “terrorismo islámico” en India y se tiende a considerarlo parte de una especie de Yihad, de guerra santa expansiva contra cualquier cosa que no sea musulmán. Esta variante existe, sin duda, pero es hoy por hoy una variante minoritaria que tiene muy poco que ver con Al Qaeda o con organizaciones de ese corte como Lashkar-e-Toiba, a quien se atribuyó el atentado de Mumbai. La reacción armada islámica tiene que ver, sobre todo, con la situación interna en que vive esta minoría dentro de India y, de forma especial, como una reacción defensiva a la agresión constante que vienen sufriendo desde la independencia por un sector nada desdeñable del fundamentalismo hindú.

Los conflictos hindú-musulmanes han sido endémicos en India desde finales del siglo XIX. En 1857 los musulmanes indios iniciaron la primera revuelta contra el colonialismo británico y a pesar de ser contenidos lograron extender las escuelas de instrucción islámica. De ellas salió una nueva generación de musulmanes que pretendió combinar el Islam con las enseñanzas científicas de occidente, sin faltar una élite política y económica que estudió en Oxford y Cambridge convirtiéndose en los dirigentes de la comunidad musulmana y teniendo grandes oportunidades de optar a puestos de poder importantes dentro de la administración colonial. Como es lógico, también entre ellos había divisiones, pues un importante sector proclamaba la necesidad de la independencia y ya había habido precedentes, en 1906, de secesión y propuestas de creación de un estado islámico. Ese año se fundó la Liga de Toda la India Musulmana, que mantuvo alianzas puntuales con el Congreso Nacional Indio y conversaciones directas con Gandhi en los años álgidos de la lucha contra el colonialismo británico. Después de la Segunda Guerra mundial, y contando con la mayoría de escaños reservados a los musulmanes, la Liga decidió impulsar la vieja idea de crear un estado independiente y musulmán. Surge así Pakistán (palabra nemotécnica formada por las iniciales de las zonas de predominio musulmán en India: Panjab, Afgania, Kashmir, Sind y Beluchistán) y la consiguiente división del territorio colonial en dos estados, India y Pakistán, que provocó cientos de miles de muertes (se estima en medio millón) y el éxodo de unos 12 millones de personas. Este es el origen del enfrentamiento por motivos religiosos que se da hoy en India y que se conoce como comunalismo, es decir, el intento de imponer la hegemonía de una religión, la hindú, sobre cualquier otra, bien sea el Islam o el cristianismo.

Esta práctica político-religiosa se comenzó a asentar en la política india a mediados de la década de 1960, como consecuencia de una serie de derrotas electorales del Congreso Nacional Indio que llevó a los dirigentes de entonces, de forma especial a la primera ministra Indira Ghandi, a establecer una equivalencia entre indio e hindú en una estrategia populista que le dio grandes resultados electorales. Pero ello hizo que las minorías religiosas lo sintiesen como una amenaza directa a su supervivencia y respondieron, a su vez, formando organizaciones políticas que utilizaron el mismo discurso radical-religioso. El odio existente se transformaba, así, en violencia interreligiosa y abrió una caja de Pandora ya imposible de volver a cerrar.

Notas:

(14) “Mumbai, la élite india y los naxalitas”, http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?rubrique16

(15) “The Indian Express”, 1 de septiembre de 2007.

(16) “The Asian Age”, 29 de junio de 2008.

(17) “The Indian Times”, 3 de diciembre de 2007.

(18) “The Hindu”, 13 de febrero de 2008.

(19) “The Pioneer”, 8 de diciembre de 2008.

(20) “La izquierda en India (I): la revolución naxalita” http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article278

(21) AFP, 7 de diciembre de 2008.

Alberto Cruz es periodista y politólogo. Este artículo será publicado en el número 6 de la Revista Humania del Sur del Centro de Estudios de África y Asia “José Manuel Briceño Monzillo” de la Universidad de Los Andes (Mérida - Venezuela) y forma parte de un libro de próxima publicación.


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