CEPRID

Por qué van mal los Derechos Humanos

Sábado 21 de julio de 2018 por CEPRID

Rhada D’Sousa

La Jornada

Traducción: Ramón Vera-Herrera

Una mirada heterodoxa sobre los derechos humanos, que busca ir más allá del papel de sustitutos que les asignan las sociedades capitalistas y el sistema neoliberal. Rhada D’Souza propone devolverle a la libertad, la justicia y la autonomía, la preponderancia que tienen en las luchas de los pueblos: “¿Qué hacían quienes luchaban por libertad en tiempos anticoloniales? Exigían alimentos, no derecho a la alimentación, exigían paz, no derecho a la paz, independencia nacional, no derecho a la independencia...”

¿Por qué ellos quieren derechos? En 1945, cuando se constituyó Naciones Unidas, se calculaban 28 derechos. Hoy existen más de 300. ¿Está mejor hoy la gente que trabaja, los obreros, los campesinos, los trabajadores independientes? Para cada problema económico, social o cultural los movimientos sociales y los académicos críticos piensan que hay un “remedio de derechos”.

Consideren este caso. La International Land Coalition (ILC) [una coalición agraria internacional] se formó en 1995 como alianza global que reconociera los derechos humanos a la tierra. La ILC incluye una membresía con muy diferentes expectativas en torno a los derechos agrarios. Están el G-7 y Estados del Tercer Mundo, organizaciones económicas internacionales como el FMI y el Banco Mundial, organismos internacionales como la OMC, la FAO, el PNUD y otros: instancias bilaterales o multilaterales de asistencia y organismos de desarrollo como NORAD de Noruega o el DFID del Reino Unido, organismos no gubernamentales como Oxfam, la Rainforest Foundation y Transparency International, además de ONG nacionales, movimientos de base y alianzas internacionales por la tierra como La Vía Campesina. Sabemos muy bien por qué el campesinado que une sus movimientos en la Vía Campesina exige derechos agrarios. Pero ¿por qué el BM, el FMI, la OMC, la FAO, los Estados del G-7 quieren que tales campesinos tengan derechos agrarios? Casi nunca preguntamos: ¿por qué quieren derechos ellos?

De hecho, los programas de Buena Gobernanza del Banco Mundial que gastan millones de dólares anuales buscan que los Estados del llamado Tercer Mundo se hagan de un sistema más eficiente de derechos. Entre 1990 y 1996 los programas de Buena Gobernanza del Banco Mundial reestructuraron en directo tales Estados para instituir un régimen de gobernanza basada en derechos. Para 2006, un sexto de los préstamos del BM se otorgaban a reformas en el sector público, 47% de los préstamos del BM y 74% de su organización hermana la Asociación Internacional de Fomento (AIF) tienen por lo menos un componente de programas de Buena Gobernanza.

Se calcula que entre 1993 y 2001 el BM financió 330 proyectos para darle peso al “imperio de la ley”, ligados a la OCDE, mediante reformas legales y jurídicas en más de 100 países gastando 3 mil 800 millones de dólares. Por qué el Banco Mundial, una organización establecida para promover mercados de capital, industrias privadas e infraestructuras físicas e institucionales del movimiento global de capital se interesa en financiar, de hecho coercionar a los gobiernos del Tercer Mundo para establecer derechos humanos y socio-económicos para la población. Es tiempo de que los movimientos sociales comiencen a preguntar: ¿por qué quieren ellos derechos?

La resurgencia de los derechos. Resurgieron los derechos a lo ancho del llamado Segundo Mundo (Europa oriental y Rusia) y en el Tercer Mundo al terminar la Guerra Fría. Por todas partes la gente tuvo embriagadoras expectativas de que la democracia y las libertades humanas se fortalecieran tras este periodo. Pero lo extraño es que la resurgencia de los derechos fue paradójica. La ola de derechos vino blandiendo la democracia en una mano y la expansión de la OTAN y guerras en la otra. Éstas se intensificaron como nunca antes al fin de la Guerra Fría. Las capacidades tecnológicas, las técnicas de movilización al interior de los Estados y a nivel internacional, más la vigilancia global, fueron algo sin precedente. Tras la Guerra Fría el escenario para los derechos y los teatros de las guerras se movieron al Tercer Mundo que se volvió objetivo primordial. El uso de armamento letal, las duras sanciones económicas contra naciones enteras y la manipulación de las instituciones incluidos los medios, las organizaciones internacionales y los regímenes políticos vinieron a justificarse en nombre de los “derechos humanos”.

El antiguo significado de la democracia como el “mandato del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, se trastocó con el uso del “cambio de régimen”, como justificación para la guerra. Cambiar de régimen para establecer una democracia pervierte el pleno significado de ésta. Un cambio de régimen trae consigo las viejas prácticas coloniales de “la gobernanza de los poderes imperiales, por los poderes imperiales, para los poderes imperiales.

Empero, no muchos movimientos sociales hacen conexiones entre el “discurso de la democracia” y el “discurso de la guerra”. Los movimientos sociales tienden a pensar que para cada torcimiento, los derechos humanos son la solución. Lo que casi todos los movimientos sociales quieren cuando exigen derechos es justicia y libertad.

Sin embargo, la articulación de ideas en torno a la justicia y la libertad en el lenguaje de los derechos enreda los deseos profundos de la emancipación humana en las ideologías e instituciones del capitalismo y el colonialismo. Esto es así porque el lenguaje de los derechos humanos oculta que un régimen de derechos incluye un régimen de propiedad y de derechos humanos, incluye los derechos de las corporaciones y los mercados financieros así como los de los trabajadores.

El discurso de los derechos humanos nos invita a enfocar los aspectos humanos de los derechos y nos frena de cuestionar los derechos de las clases propietarias, las entidades corporativas y los mercados de capital. Es precisamente esta desconexión entre propiedad y derechos humanos lo que deja a los movimientos sociales en un dilema. Mientras más derechos tienen, menor poder parecen tener para cambiar sus destinos. ¿Cómo es que los derechos cumplen lo contrario de lo que prometen? Los derechos asignan lo que alguien merece y cuánto. ¿A qué tanta agua tienen derecho las corporaciones, los pueblos originarios, los trabajadores urbanos y a qué precio? ¿A cuánta tierra tienen derecho los campesinos, las comunidades indígenas, los dueños de las fábricas, los inversionistas y el Estado? En tal asignación la igualdad significa tajadas proporcionales. Las asignaciones proporcionales dejan con menos a los pobres y los desposeídos y las entidades corporativas se llevan más.

Así, los regímenes de derechos hablan el lenguaje de la igualdad pero crean desigualdades reales. Cuando los movimientos sociales piden derechos, se ven orillados a una discusión en torno a qué tajadas relativas debe asignarse a la gente que tiene el recurso natural o la riqueza social. Cuando las personas son orilladas a la discusión de cuál es la “tajada justa”, de a cuánta riqueza natural o social tienen derecho, se olvida el punto de que toda la riqueza natural y social producida por sus fatigas pertenece a la sociedad y a las comunidades que la producen. Se olvida que las entidades corporativas y los mercados son criaturas de la ley, que son hechas y deshechas por seres humanos, en tanto la naturaleza y la labor transformadora son atributos naturales de la vida humana.

Las personas corporativas vienen a ser tratadas igual que los seres humanos bajo la ley y emergen como rivales que exigen agua, bosques, tierras y mano de obra sobre una base igual que las personas naturales. Los discursos de los derechos humanos insisten en que debemos participar en conversaciones en torno a la asignación de naturaleza y mano de obra entre corporaciones y personas legales. Al hacerlo, los movimientos sociales se ven forzados a aceptar la personalidad de las corporaciones y los mercados. En vez de exigir la “deshumanización de las corporaciones, el discurso de los derechos humanos “humaniza” más a las corporaciones.

Las demandas de los movimientos sociales se desvían de las causas reales de la injusticia, la pobreza y la miseria. En lugar de demandar que las corporaciones sean despojadas del estatus que las iguala con los seres humanos, los movimientos sociales terminan conversando la posibilidad de que haya derechos iguales para las personas y las corporaciones.

Los movimientos sociales que buscan justicia y libertad necesitan indagar el nexo entre propiedad y derechos humanos, entre la personalidad natural y la corporativa.

Los derechos y el poder de las promesas. Por qué tienen los derechos ese enganche tan poderoso en el imaginario de los movimientos sociales, los abogados progresistas y los académicos. Por qué tienen los derechos tal enganche en sus imaginarios aun cuando tales derechos tienen el récord de no cumplir sus promesas.

Yo sostengo que el enganche del concepto de los derechos en los imaginarios populares tiene que ver con su poder de promesa. Los derechos enarbolan la promesa de algo sin garantizar cosa alguna. El derecho a la igualdad de género en los sitios de trabajo significa que hombres y mujeres serán considerados para un cargo. Una solicitante mujer puede o no ser nombrada pero cabe la posibilidad de que logre obtener su puesto. El derecho a la propiedad no significa que a una persona sin techo se le otorgue una casa. Simplemente significa que si ella o él tienen dinero puede comprar una propiedad. Al mantener la posibilidad de que mañana sea mejor que hoy, los derechos nos invitan a renunciar a lo que tengamos hoy en aras de lo que podamos o no tener mañana. Los campesinos y los pueblos originarios son invitados a ceder sus tierras hoy porque mañana podrán beneficiarse de las riquezas del progreso y las ganancias.

Algunos podrán triunfar pero para la mayoría de la gente ese mañana dorado nunca se materializará. Los derechos producen ganadores y perdedores. Quienes ganan arguyen que los otros también pueden tener logros si se esfuerzan más. Quienes pierden se preguntan por qué deben ceder sus tierras, sus aguas, sus bosques y su mano de obra para que alguna pequeña minoría se beneficie. Así el atractivo y las asignaciones implícitas en la promesa siembran la discordia al interior de las comunidades y las sociedades. Con los derechos viene el litigio, los reclamos conflictivos y los intereses basados en una política divisionista.

Las ideas en torno a la sociedad, la comunidad y el bien común se tornan débiles conforme el individualismo y la competencia fragmentan la cohesión social.

Cuando la primera ministra británica Margaret Thatcher proclamó: no existe la sociedad, no hay tal cosa, expresaba una visión mundial del orden social basado en los derechos.

Otra razón importante para la elasticidad de los derechos en el imaginario popular surge de la historia socialista. Los socialistas nunca pensaron que los derechos fueran la única herramienta de emancipación. Karl Marx argumentaba que en los sistemas capitalistas los derechos organizaban las relaciones entre las personas y la naturaleza (tierra, bosques, agua) y entre las personas (capitalistas y obreros, empleados y obreros, obreros y campesinos). Como el capitalismo es un sistema basado en la producción e intercambio de mercancías, debe haber poseedores de derechos que tengan algo que ofrecer a cambio de algo más. Los derechos establecen relaciones sociales basadas en intercambios y contratos. Pero Marx argumentaba que la gente trabajadora podía tener beneficios limitados de los derechos.

Esto es así porque en las sociedades feudales la gente trabajadora no tenía ningún poder político ni decisión alguna en cómo les gobernaban. Aun las clases mercantiles europeas fueron forzadas a proteger sus derechos civiles y políticos cual si fueran derechos humanos universales aplicables a todos, con tal de ganar el respaldo de los trabajadores y los campesinos en su lucha contra el feudalismo. Marx argumentó que estos derechos civiles y políticos le abrieron a la gente trabajadora algún espacio político que pudieron usar para derrocar al capitalismo.

Así, en la tradición socialista, los derechos son útiles en tanto ayudan a la gente trabajadora a oponerse a sus amos. Cuando los movimientos sociales arguyen en favor de derechos, invocan los argumentos que prevalecieron en el siglo XIX. Pero el siglo XIX ya se fue.

El mundo ha destruido el capitalismo del siglo XIX y con éste las infraestructuras legales, institucionales y políticas que existían en aquel entonces. Las guerras mundiales también destruyeron el antiguo sistema imperial que existiera hasta el siglo XIX. En su lugar, las guerras mundiales establecieron lo que vino a conocerse como Nuevo Orden Mundial. El capitalismo del siglo XIX comprendía un gran número de industriales, empresarios y banqueros que competían entre ellos dentro de los confines institucionales de los Estados-Nación. Pero ese tipo de capitalismo industrial colapsó. De las cenizas de las guerras mundiales emergió una nueva clase de capitalismo transnacional, monopólico y financiero. El sistema imperial basado en el colonialismo colapsó también. En su lugar las leyes y las instituciones como Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el GATT, la OIT y otras establecieron un nuevo orden mundial que habría de facilitar el capitalismo financiero monopólico y transnacional.

El viejo colonialismo le abrió paso a nuevas formas de colonialismo controladas y dirigidas por el capital financiero localizado en los centros globales de la banca y la finanza.

Si los derechos establecían las relaciones sociales en las sociedades capitalistas y asignarían la riqueza natural y social creada por la mano de obra correspondiente a diferentes grupos sociales e individuos, entonces el Nuevo Orden Mundial exigió una reconstitución: nuevas relaciones sociales utilizando los derechos en una escala internacional.

Esto es exactamente lo que organismos internacionales como el Banco Mundial, el FMI y Naciones Unidas hicieron al terminar las guerras mundiales. Desde ahí hay una expansión de las leyes internacionales y de los organismos internacionales que legalizan e internacionalizan derechos más allá de los Estados-Nación. La internacionalización y legalización de derechos en el Nuevo Orden facilita el movimiento y las relaciones inter-estatales al interior de este orden. Cambia así el significado y el lugar de los derechos civiles y políticos.

Los derechos civiles y políticos en el Nuevo Orden Mundial. Los académicos críticos describen los derechos en términos evolucionarios como derechos de primera, segunda y tercera generación. Los derechos de primera generación son aquellos asociados con la carta de derechos fundamentales e incluye los derechos sociales y políticos. Los derechos de segunda generación son los derechos socio-económicos y los de tercera generación son los derechos colectivos y grupales, como los de los pueblos originarios.

Casi no paramos a reconsiderar cómo le está yendo hoy a los derechos de primera generación que emergieron en los siglos XVII y XVIII.

Consideremos las dos suposiciones más importantes en torno a la democracia según los entendidos de los siglos XVII y XVIII: que la democracia representativa se basa en la soberanía popular y que los gobiernos necesitan del mandato popular para gobernar. Internacionalizar estos dos derechos y extenderlos al Tercer Mundo transformó la naturaleza y el alcance de ambos derechos hasta convertirlos en su opuesto.

La democracia representativa se funda en la idea de elecciones libres y limpias, pero desde el fin de las guerras mundiales los poderes imperiales encabezados por Estados Unidos insistieron en que los Estados del Tercer Mundo debían seguir un modelo económico que le funcionaba al capitalismo financiero monopólico transnacional.

Los “campos” de la Guerra Fría se establecieron sobre el supuesto de que el llamado Mundo Libre, el mundo capitalista, era el único sistema aceptable. Tras la Guerra Fría promover la democracia fue la piedra angular de la política exterior estadounidense. Los poderes y organismos imperiales como la Fundación Nacional para la Democracia (patrocinada y administrada por el gobierno estadounidense) financió y promovió esta resurgencia de los derechos.

Uno objetivo central de la promoción de la democracia fue establecer sistemas electorales en el Tercer Mundo que obedecieran las leyes internacionales. El monitoreo internacional de las elecciones fue un elemento clave del proceso electoral en el Tercer Mundo. Naciones Unidas desarrolló unas elaboradas reglas para monitorear elecciones a nivel internacional y estableció instituciones que supervisaran el proceso. Una “industria global de elecciones” emergió proveyendo servicios electorales.

Cambridge Analytica y compañías semejantes (controvertidas por su rol en la campaña de Trump), son productos de esta industria electoral global. Hasta antes de la elección de Trump operaban sólo en el Tercer Mundo y así suponían que nadie las cuestionaría.

Desde sus inicios en 1990, 81 por ciento de las elecciones en el Tercer Mundo las monitorearon y certificaron con este régimen de monitoreo internacional electoral.

Pero qué pasa con la soberanía nacional, con los fundamentos de lo “político” democrático, cuando las elecciones las monitorean organizaciones internacionales públicas y privadas. Dónde queda el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, una consigna tan enquistada en nuestros imaginarios liberales.

El requisito de que los gobiernos cuenten con el mandato popular para gobernar presupone que la gente tenga la autoridad para revocar sus mandatos si los representantes faltan a sus obligaciones. Las democracias del siglo XVII y XVIII permitían que la gente castigara a los funcionarios públicos y a los líderes políticos de dos formas.

Primero, hacían arreglos constitucionales para que hubiera elecciones periódicas donde la gente tenía oportunidad de cambiar el gobierno. Segundo, preveían a nivel constitucional que hubiera una rendición de cuentas de los administradores y miembros del gobierno ante un aparato jurídico independiente. Las democracias, por lo menos en teoría, permitían que la gente sometiera a los funcionarios públicos y a los líderes ante la justicia si obraban mal.

La expansión del sistema de justicia penal internacional desde el final de las guerras mundiales (que culminó con el establecimiento de la Corte Penal Internacional en 2005), le arrebató autoridad a la gente para castigar a los funcionarios y los líderes políticos y la entregó a organismos internacionales controlados y administrados por poderes imperiales.

En cambio, los poderes imperiales utilizan su poder para hacer cambios de régimen; imponen sanciones económicas contra el pueblo de naciones enteras, establecen campos de tortura en bases militares por todo el mundo adonde vuelos de transporte clandestino trasladan gente del Tercer Mundo a ser torturada, en nombre de la democracia.

En el imaginario liberal de la gente, de los activistas y académicos los derechos se mantienen, fosilizados en el tiempo. Por eso los movimientos sociales deben actualizar su entendimiento y comprender los modos en que el capitalismo monopólico transnacional ha transformado el papel y el lugar de los derechos desde el fin de las guerras mundiales. El capitalismo financiero monopólico transnacional internacionalizó y legalizó los derechos de un modo que socavó seriamente los ya de por sí limitados espacios para la organización política y la movilización que tales derechos le ofrecían a la clase trabajadora en los siglos XVIII y XIX.

Un “cascarón vacío” conceptual. El concepto de derechos se usa de modo diferente en campos diversos por diversas razones. Lo invocan los movimientos sociales para lograr justicia social. Lo invocan los abogados para conseguir sus objetivos de ley según lo escrito en estatutos, disposiciones o la Constitución. Los académicos analizan derechos como concepto fundante de la moderna teoría política y social. En los movimientos sociales los derechos manifiestan sus aspiraciones. En el derecho y las instituciones, mantienen el orden y la disciplina y actúan como instrumentos de gobernanza. En la teoría política y la filosofía los derechos producen creencias ideológicas y visiones del mundo.

Los derechos juegan una variedad de roles y funciones en las sociedades modernas. Cada militancia propone ciertos supuestos de lo que son los derechos. Puesto que el lenguaje de los derechos es universal, cada militancia imagina que todo mundo entiende los derechos del mismo modo. Pero el concepto de los derechos no tiene sustancia en sí mismo. Como camaleón, los derechos asumen diferentes significados en diferentes contextos. El concepto de los derechos es como un cascarón vacío que diferentes actores pueden llenar con sus propios sentidos. Así, ocurre que los objetivos de justicia social de los movimientos se entrampan en los sentidos contrarios y los supuestos divergentes en el discurso de los derechos y eventualmente pierden el rumbo.

Los movimientos sociales y los académicos críticos arguyen con frecuencia: “nuestros derechos son mejores que los de ellos”. Tales argumentos matizados no funcionan en la práctica porque al final del día los sentidos opuestos terminan trasladados a leyes y los institucionalizan quienes controlan las instituciones.

Es esencial que los movimientos sociales y los académicos críticos tiendan conexiones históricas entre el capitalismo y los derechos, mapeen las transformaciones en el capitalismo y las transformaciones concomitantes en los derechos, y se muevan hacia sus propias metas.

Esto implica que no arrojemos la libertad y la emancipación a las ambigüedades de los derechos. Hay que ponerlas directamente en el centro del escenario donde los movimientos políticos pugnan por un cambio social.

Rhada D’Souza es catedrática en Derecho por la Universidad de Westminster, es litigante y activista por justicia social. Este trabajo es un resumen de su libro What’s wrong with rights? Social movements, law and liberal imagination (Londres, Pluto Press, 2018)


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