CEPRID

¿Cómo puede un pueblo derrotar a un invasor más fuerte o a una potencia ocupante? (I)

Miércoles 19 de junio de 2013 por CEPRID

Diarmuid Breatnach

Red Roja/CEPRID

Traducción de Miguel Huertas

La pregunta de cómo una nación es capaz de derrotar a una potencia imperialista o colonial más fuerte que ha invadido su territorio ha ocupado la mente de muchos revolucionarios – principalmente demócratas patriotas (en Irlanda, “republicanos”) y socialistas. La Historia mundial nos muestra algunas victorias en esta lucha, como la de los vietnamitas contra EEUU. No obstante, también muestra victorias parciales, en las que el poder colonial fue forzado a retirarse pero los nuevos gobernantes del país entregan la independencia que ya tenían en sus manos y se convierten en clientes del antiguo poder colonial o en una nueva potencia imperialista.

La historia de la lucha por el socialismo y la de liberación nacional, separada pero conectada de numerosas maneras, nos a entregado muchos ejemplos de los que extraer lecciones generales que puedan ser aplicadas a las luchas de la misma naturaleza en el presente, el pasado, y el futuro.

Los vietnamitas tenían a los franceses prácticamente derrotados cuando fueron invadidos por los japoneses, quienes al perder la Segunda Guerra Mundial tuvieron que devolver la mitad del territorio a los franceses, que a su vez se lo entregaron a EEUU, la nueva superpotencia imperialista que había emergido de la Guerra.

Los vietnamitas, en un país que es más pequeño que el Estado de Virginia, combatieron contra EEUU durante otros veinte años, sufriendo tremendos daños y finalmente derrotándoles. Estados Unidos contaba con el ejército mejor equipado del mundo, con la economía más poderosa y una tecnología en constante desarrollo, con una gran población de la que movilizar soldados y un gran presupuesto militar. Y aun así los vietnamitas vencieron.

Por supuesto que estaban luchando por su tierra natal, por supuesto que eran valientes, inteligentes y se adaptaban. Pero esas virtudes, por sí solas, podrían no haber sido suficientes. Tenían otros factores a su favor. Ya tenían liberado la mitad del país (Vietnam del Norte), y EEUU no podía invadir ese territorio sin arriesgarse a que China o incluso la Unión Soviética entrasen en conflicto directo con ellos. Esa parte del país permaneció durante muchos años como una retaguardia segura para los vietnamitas que combatían en las filas de la guerrilla del VietCong, y para los soldados regulares del Ejército de Vietnam del Norte, de quienes podían conseguir armas y otros materiales.

En el área de las relaciones internacionales, los vietnamitas tenían en respaldo de la República Popular de China, que podía aprovisionarles con armas y equipo.

En política internacional, todas las fuerzas anti-imperialistas les apoyaron, aislando a EEUU políticamente. Ese hecho, combinado con la tasa de mortalidad de los soldados estadounidenses junto con la progresiva radicalización de la juventud, creó un poderoso movimiento contra la guerra imperialista dentro de los propios Estados Unidos que jugó un papel importante minando la moral del personal militar de EEUU destinado en Vietnam.

Los vietnamitas también tenían el apoyo del régimen laosiano y de potentes fuerzas anti-imperialistas en Camboya, quienes proporcionaban pertrechos y rutas de escape alternativas para la guerrilla vietnamita.

El territorio de Vietnam es montañoso, con valles y planicies cubiertas de junglas y arboledas de bambú o con “pasto elefante”, una hierba de altura superior a una persona. Escondía perfectamente a la guerrilla y a unidades regulares del ejército.

Y, quizá crucialmente, el monopolio capitalista de EEUU podía permitirse perder la parte sur del Vietnam – no estaba integrado en su territorio, ni siquiera en su “patio trasero” (como suelen pensar de América Latina). La pérdida les costó prestigio, algo importante para una superpotencia mundial, así como moral en su propio país. Su clase dominante estaba decidida a no perder, y combatieron duramente para ganar, pero las consecuencias políticas y las bajas eran tan elevadas que otro sector de esa clase optaba por abandonar. Ése es el verdadero motivo del escándalo Watergate y de la acusación del presidente Nixon.

Irlanda ya no es un país boscoso, y tiene muchas más zonas urbanizadas que Vietnam; no tiene una zona liberada que le sirva de apoyo (el Estado de los 26 condados o “República de Irlanda” es hostil a cualquier movimiento anti-imperialista en su territorio), ni tiene países vecinos que quieran prestar ayuda o hacer la vista gorda ante el uso de su territorio. Tampoco tiene un buen proveedor de armamento (en realidad, el único fue brevemente la Libia de los últimos años de Gadafi). Además, no sólo Irlanda es considerada el “patio trasero” de Gran Bretaña, sino que la isla entera está considerada como un parte integral del “Reino Unido”, la base del monopolio capitalista británico.

Pero ha habido y hay otros factores que el movimiento anti-imperialista irlandés puede usar en su favor, que serán examinados aquí en el contexto de las luchas anti-imperialistas del país en el último siglo.

Primero sería necesario echar un vistazo a un breve resumen histórico de las luchas irlandesas contra el colonialismo y el imperialismo.

En el siglo XII, Irlanda estaba parcialmente conquistada y colonizada por los normandos, que habían invadido y colonizado Inglaterra y Gales cien años antes. Los gobernantes normandos de Inglaterra habían llegado a acuerdos con los gobernantes sajones previos (que a su vez habían sido invasores y colonos de ciertas partes de la Britania celta), y comenzaron a llamarse “ingleses” (en gaélico se siguieron refiriendo a ellos de la misma manera que a sus predecesores, como Sacsannaigh, esto es: sajones; y en irlandés moderno aún se sigue haciendo: Sasannaigh).

Las contradicciones se desarrollaron entre estos ingleses y los colonizadores normandos originales de Irlanda, a quienes los ingleses se referían como “viejos ingleses” (o, en ocasiones, como “ingleses degenerados”) y los irlandeses como Gall-Ghael (“irlandeses extranjeros”).

Los colonizadores normandos originales se habían mezclado con los nativos (excepto en la ciudad fortificada de Dublín y alrededores), aprendido gaélico irlandés, y adoptado muchas de sus costumbres, así como establecido alianzas mixtas. La exportación a Irlanda de la Reforma en la Iglesia de Enrique VIII e Isabel I, desde mediados del siglo XV a mediados del XVI, junto con las guerras del Parlamento contra sus reyes – Carlos I a principios del XVII y más tarde en ese mismo siglo, la liderada por Guillermo III contra Jacobo II – transformaron a los irlandeses descendientes de normandos en aliados irrevocables de los celtas nativos, y subsecuentemente ambos grupos de fundieron.

Las sucesivas plantaciones (colonizaciones masivas), dejaron muchas partes de Irlanda ocupadas por comunidades de un origen étnico diferente, de otra adscripción religiosa a la de los nativos, que hablaban otra lengua y ocupaban las mejores tierras, de las que habían sido expulsados los irlandeses. Sin embargo, los colonos continuaban siendo una minoría y eventualmente tuvieron que llegar a ciertos acuerdos con los nativos. Al mismo tiempo, estaba emergiendo una burguesía colonial (similar proceso estaba ocurriendo en lo que después serían los Estados Unidos de América) que veía sus intereses como diferentes en muchas maneras a los de Inglaterra y, como muchos de ellos eran presbiterianos, a los de la Iglesia anglicana (la Iglesia del Estado inglés) establecida en Irlanda. Estas contradicciones crecieron y se mezclaron con ideologías republicanas y antimonárquicas y, envalentonado por la rebelión de los colonos americanos (muchos de ellos presbiterianos) y la Revolución Francesa, un sector de esta burguesía irlandesa (de origen británico) se unió a los irlandeses nativos hacia el final del siglo XVIII y se declararon en rebelión abierta contra el dominio británico.

Las rebeliones republicanas de 1798 (las tres mayores en el noreste, sudeste y oeste de Irlanda) no tuvieron éxito, pero muchos de los que permanecieron en Irlanda se consideraron en lo sucesivo como un solo pueblo, los irlandeses, siendo mayoría pero no todos de fe católica.

La excepción más notable se dio en ciertas partes de Úlster, donde en las consecuencias de la derrota de la rebelión del 98, la Orden de Orange controló socialmente y más tarde dominio ideológicamente la gran mayoría de la enorme comunidad presbiteriana de allí. Las alianzas políticas de la mayoría de los presbiterianos de allí desde entonces al presente han permanecido fieles a la Monarquía Británica y su Estado. Como sus colonos en Irlanda, siempre se esforzaron por mantener Irlanda para la Corona Británica y a ellos mismos en ascendencia y, al principio del siglo XX, cuando ya no pudieron seguir haciéndolo, trataron de mantener la esquina de Irlanda donde eran más numerosos a salvo para Gran Bretaña y para sí mismos, sojuzgando a los irlandeses nativos bajo su dominio mediante la opresión sectaria y la discriminación en el empleo, vivienda, administración, política y ley.

Sin embargo, antes de esto, al principio del siglo XIX, los irlandeses (ahora una mezcla de nativos con normandos e ingleses asentados) del movimiento de la “Joven Irlanda” habían comenzado a preparar una nueva rebelión republicana. Pero la tragedia de la Gran Hambruna intervino: inanición, hambre, enfermedades y emigración masiva pusieron fuera de juego a la gran rebelión. Años más tarde, otra rebelión a gran escala fue detenida cuando las cuidadosas preparaciones de los Fenianos fueron echadas por tierra con un ataque preventivo de la policía y el ejército británico.

A medida que el final del siglo XIX se aproximaba, los irlandeses volvían a reafirmar su independentismo nacionalista, mediante medios de reforma parlamentaria, agitación agraria (más tarde también con luchas industriales), y preparativos para una insurrección armada. Mientras los Estados europeos y de más allá estaban atrapados en la Primera Guerra Mundial imperialista, los irlandeses se alzaron en una corta y fallida rebelión (Alzamiento de Pascua de 1916) que sin embargo fue seguida por una cruenta guerra de guerrillas (Guerra de la Independencia Irlandesa) en varias zonas de Irlanda.

En 1921 los británicos negociaron un acuerdo que les dejaba ocupando seis de los 32 condados de Irlanda, lo que llevó a la Guerra Civil Irlandesa en 1922 entre el recién nacido Estado irlandés y la mayoría de los anteriores rebeldes, que fueron derrotados.

El nuevo Estado irlandés estaba controlado por los representantes políticos y burocráticos de la burguesía nativa, que continuaba bajo la influencia económica y financiera de la potencia colonial, que también mantenía los seis condados bajo la administración local de la burguesía anglicana y presbiteriana con el control social de los lealistas de la Orden de Orange, y dominando a una minoría católica mediante la policía y el ejército.

El órgano de control social en los 26 condados era la Iglesia católica, conservadora y pro-capitalista.

Ningún gran cambió ocurrió hasta finales de la década de 1960, cuando la agitación comenzó por los derechos civiles en los Seis Condados, oponiéndose a la discriminación contra la minoría católica (casi todos descendientes de irlandeses y normando-irlandeses). A medida que la campaña por los derechos civiles se encontraba con la violencia desatada del Estado, más tarde respaldada por tropas de Gran Bretaña, la minoría católica continuó resistiendo mientras una parte de ella se enzarzó en una feroz guerra de guerrillas tanto urbana como rural. Esto continuó durante prácticamente treinta años, hasta que un acuerdo llevó a la mayoría de las fuerzas guerrilleras a la rendición (Acuerdo de Viernes Santo, 1998).

Ahora, poco más de diez años más tarde, la organización republicana que lideró la lucha contra la ocupación británica de Irlanda se ha incorporado a la administración local de la colonia británica de los Seis Condados y está buscando formar parte de la dirección política de la neo-colonia del resto de Irlanda. El Sinn Féin tiene Ministros en el Ejecutivo del Norte de Irlanda, que es la administración local del Estado colonial británico. El Ejecutivo lleva a cabo recortes en servicios para el pueblo de los Seis Condados, como parte de la estrategia capitalista de trasladar su crisis a la clase obrera, y también reduce los salarios. También administra las fuerzas policiales locales (PSNI), que anualmente refuerza provocativas marchas lealistas que atraviesan zonas católicas enfrentándose a la oposición de la población, y lleva a cabo el acoso tanto individual como comunitario en las áreas de resistencia.

¿Cuáles fueron las opciones de las fuerzas irlandesas de liberación nacional en algunos momentos del siglo pasado?

Las examinadas aquí son las opciones, elecciones, y consecuencias, del Alzamiento de Pascua de 1916, y las guerras de guerrillas de 1919 y 1971.

Siempre es más fácil no juzgar a los actores y las acciones del pasado, pero es necesario hacerlo para permitir que las acciones pasadas nos enseñen a la hora de llevar a cabo las acciones del presente y del futuro.

En 1914 había empezado la Primera Guerra Mundial imperialista, y para 1915 la escala de la matanza era enorme. Los socialistas revolucionarios (en oposición a los partidos socialdemócratas que habían elegido apoyar a sus burguesías nacionales), querían una insurrección que detuviera la carnicería y también brindara una oportunidad a la revolución socialista – en este sector se encontraban James Connolly y el Partido Socialista Republicano Irlandés, que colocaron en la azotea del edificio de su sindicato una enorme pancarta que rezaba: ¡NI REY NI KAISER!

También era un año después de que el Sindicato Irlandés de Transportes y Trabajadores Generales, una escisión de un sindicato británico, tratase de romper el cierre patronal de Dublín durante ocho meses. Durante ese cierre patronal, el sindicato había formado su propia milicia –el Ejército Ciudadano- para defenderse de los violentos ataques de la policía, y tal organización continuó existiendo pese al fin del cierre patronal.

Los nacionalistas revolucionarios demócratas, es decir republicanos, también vieron la oportunidad de luchar por la libertad mientras el ocupante colonial-imperialista estaba luchando contra otras potencias imperialistas. También pensaron que aquellas naciones que hubiesen ganado su independencia o al menos demostrado con fuerza su deseo de ser independientes verían su derecho de autodeterminación ratificado por las potencias emergentes tras la Guerra.

Los nacionalistas constitucionalistas, por otro lado, la mayoría se apresuraron a mostrar su apoyo por sus amos coloniales y, en el caso de Irlanda, reclutaron a sus compañeros para que se unieran a la carnicería de los campos de batalla.

En Irlanda, la sociedad secreta revolucionaria Hermandad Republicana Irlandesa y las organizaciones de los Voluntarios Irlandeses (que los anteriores controlaban tras la escisión de los Voluntarios Nacionales Irlandeses, de cual muchos se unieron al ejército británico), junto con la organización de mujeres Cumann na mBan y la organización juvenil Na Fianna Éireann, unieron sus fuerzas a la del Ejército Ciudadano (según Lenin: “El primer Ejército Rojo de Europa) en una insurrección armada contra el dominio británico. Principalmente tuvo lugar en Dublín en 1916 y duró una semana. Después de que los rebeldes se rindieran ante las superiores fuerzas británicas, la mayoría fueron enviados a campos de concentración junto con otros que fueron arrestados y condenados sin juicio. Casi todos los líderes del Alzamiento fueron ejecutados por pelotones de fusilamiento.

Planes para el Alzamiento

Hubo ciertos elementos en el plan del Alzamiento que merece la pena considerar. La insurrección había sido planeada en secreto, no sólo de cara a las autoridades, sino también de cara a ciertos líderes de los Voluntarios Irlandeses, incluido su comandante. Estaba planeado para ser una insurrección a nivel nacional, y también se había contado con que la Alemania Imperial, en guerra con el Imperio Británico, aprovisionara al levantamiento con armas y municiones.

La primera parte del plan en fallar fue la imposibilidad de encontrarse con el buque alemán para coger las armas y llevarlas a tierra firme, y su posterior descubrimiento por parte de los británicos, resultando en la captura de la tripulación y de Roger Casement, el agente de los Voluntarios Irlandeses que viajaba con ellos.

Lo segundo en desmoronarse fue el secretismo interno y que, cuando el comandante de los Voluntarios Irlandeses supo del Alzamiento y del fracaso al obtener las armas alemanas, canceló las marchas y maniobras planeadas para el Domingo de Pascua, que eran el código para la movilización de los rebeldes. El Alzamiento comenzó en el Lunes de Pascua, pero tan sólo con un millar de hombres y mujeres movilizados en Dublín, muchos menos efectivos en Galway y Wexford y sin comunicación entre esas fuerzas a excepción del correo, un proceso que tardaba días.

En Dublín, las fuerzas rebeldes fueron desplegadas débilmente y no fueron capaces de tomar ciertos edificios importantes, como el Castillo de Dublín, sede del poder colonial desde la invasión de los normandos (que además tenía en su interior a los dos oficiales británicos más importantes destinados en Irlanda), y el Trinity College, que establecía el canon para la altura de los edificios y desde cuya azotea los francotiradores británicos hostigaban a los insurgentes, matando a algunos de ellos (a parecer, la toma de este edificio no era parte del plan original).

El plan original del Alzamiento ha sido analizado por varias autoridades –algunas de ellas militares-, y se ha debatido sobre él largo y tendido.

Sin embargo, una movilización de efectivos que puede ser cancelada o muy debilitada por una sola persona, que además no es parte del plan pero puede suponerse que se enterará tarde o temprano, es una debilidad monumental. Si tal acuerdo es contemplado, al menos se debe tener un plan alternativo en caso de que esa persona decida echar abajo la operación, y que cuente además con líneas de comunicación rápida entre las diversas unidades que se quieren movilizar.

Otra debilidad del plan es no haber bloqueado el río Liffey (por ejemplo, hundiendo barcos en él), lo que permitió a un acorazado británico navegar cauce arriba y bombardear la ciudad. Se dice que James Connolly, comandante del Ejército Ciudadano, había pensado que los británicos no llegarían a los extremos de destruir propiedades capitalistas. Esto no fue finalmente un factor fundamental, pues los británicos emplearon también otros cañones para atacar Dublín… pero podría haberlo sido.

También parece que no hubo planes para la destrucción de puentes o vías de ferrocarril, probablemente debido a que se había contado con esas vías de comunicación en el plan original de movilización de los insurgentes.

Pero incluso contando con estos elementos y con una supuesta movilización total de efectivos, ¿qué probabilidades de éxito tenía el Alzamiento? Irlanda es una isla, y la superioridad naval de las fuerzas británicas hubiese permitido que desembarcasen tropas a voluntad en prácticamente cualquier lugar, aunque es cierto que en ese momento el Imperio Británico estaba combatiendo a otras potencias imperialistas y había comprometido la mayor parte de sus efectivos en esa lucha. Pero, ¿es probable que estuviesen dispuestos a sacrificar una posesión tan cercana a su tierra natal, que es una parte misma del Reino Unido, y además tan cerca de su flanco occidental? ¿No es más probable que hubiesen decidido perder un territorio más alejado?

Lo más seguro es que, en el caso de haberse dado un alzamiento exitoso en la mayor parte de Irlanda, los británicos hubiesen respondido con el desembarco de tropas en varios lugares del territorio y, aunque sin duda tras cruentos combates, hubiesen tomado todas las ciudades controladas por los insurgentes. Hubiesen salido victoriosos porque eran superiores numéricamente, en armamento, en entrenamiento, y en poder naval y aéreo (de los cuales los insurgentes carecían por completo), y porque hubiesen estado combatiendo en una guerra convencional en la cual estos elementos son cruciales.

Después, se hubiesen desplazado de esas ciudades insurgentes al medio rural de los alrededores para eliminar a las unidades rebeldes aún en activo. En ese tipo de operaciones hubiesen tenido el apoyo de la policía y las fuerzas armadas destinadas allí que no hubiesen sido capturadas por los insurgentes, y de las milicias lealistas (de número substancial) en la parte norte del país. El control británico de los mares hubiese prevenido que los insurgentes irlandeses se beneficiasen de cualquier ayuda extranjera.

El coste para los británicos hubiese sido elevado: tanto en la ventaja que hubiesen tenido sus enemigos en la guerra como en consecuencias políticas y quizá en la moral de sus propias tropas. ¿Pero quién puede dudar que se hubiesen arriesgado a todo ello?

Incluso podrían simplemente haber tomado las ciudades en manos de los insurgentes y haber asegurado que el norte del país permanecía leal hasta después de la guerra, y entonces haberse ocupado de los insurgentes que quedasen con más tranquilidad.

Lo que realmente ocurrió, como sabemos, fue que el Alzamiento fue derrotado en una semana, se declaró la ley marcial, los principales líderes fueron ejecutados, y se produjeron subsiguientes incursiones por todo el país, así como arrestos e prisión sin juicio.

La Guerra de la Independencia y el alejamiento de los objetivos marcados

Tres años más tarde, los nacionalistas revolucionarios volvieron a la lucha, esta vez sin milicias obreras ni un liderazgo socialista efectivo como aliados, y comenzaron una estrategia de lucha política combinada después con ataques de guerrilla en zonas rurales que pronto se extendieron a ciertas zonas urbanas (principalmente las ciudades de Dublín y Cork).

La lucha política movilizó a miles de personas y también resultó en una mayoría absoluta en Irlanda de su partido en las elecciones generales (en Reino Unido, del que Irlanda era parte). La lucha en Irlanda y la respuesta británica estaba generando mucho interés y comentarios críticos en círculos políticos, intelectuales y artísticos de la propia Gran Bretaña. Además, muchos revolucionarios, socialistas y nacionalistas, estaban obteniendo inspiración de esa lucha anticolonial tan feroz, que tenía lugar tan cerca de Inglaterra, dentro del propio Reino Unido.

El desmantelamiento por parte de las fuerzas nacionalistas, mediante amenazas y acciones armadas, de la red de control de la policía colonial británica, que consecuentemente también desmanteló la mayoría del servicio de Inteligencia de contrainsurgencia, llevó a los británicos a formar dos nuevos cuerpos especiales que ayudasen a combatir la insurgencia irlandesa. Estas dos fuerzas se ganaron a pulso una siniestra reputación, no sólo entre los nacionalistas sino también entre los lealistas pro-británicos.

Estas fuerzas especiales de paramilitares recurrieron cada vez más y más a la tortura, el asesinato y el incendio provocado pero, no obstante, en ciertas zonas de Irlanda como Dublín, Kerry y Cork, tuvieron que ser reforzados con soldados británicos regulares dado que no eran capaces de combatir de forma efectiva a los insurgentes, que se volvían más confiados, más decididos y más experimentados cada semana que pasaba.

Sin embargo, dos años después del comienzo de la guerra de guerrillas, una mayoría dentro de liderazgo irlandés del movimiento nacionalista revolucionario apostó por la partición del país, con cierta independencia para una de las partes, siempre dentro de la Mancomunidad Británica de Naciones (Commonwealth).

Se ha debatido mucho acerca de los eventos que condujeron a este momento. Se suele decir que el Primer Ministro británico Lloyd George chantajeó a la delegación diplomática irlandesa con la amenaza de “una guerra terrible y total” si no aceptaban el acuerdo. La delegación fue forzada a responder a la propuesta sin tener la posibilidad de consultar a sus camaradas.

Algunos dicen que el Presidente del partido político nacionalista, Éamonn de Valera, envió a un delegado sin experiencia política, Michael Collins, sabiendo que acabaría aceptando un mal trato, del cual De Valera pudiese distanciarse.

Michael Collins, encargado del abastecimiento de las guerrillas, dijo posteriormente que disponía tan sólo de unos pocos cargadores más para cada combatiente, y que el IRA, el ejército guerrillero, no podría combatir en el tipo de guerra con la que amenazaba Lloyd George. También dijo que ese Tratado era un paso adelante en la total independencia de Irlanda en un futuro próximo.

Ninguna de esas razones me parecen convincentes.

¿Cómo pudo el liderazgo de un movimiento en el punto álgido de su éxito derrumbarse de ese modo?

Desde luego, los británicos amenazaban con una guerra más dura, pero ya habían hecho amenazas antes, y el pueblo irlandés las había enfrentado sin miedo. Si el IRA se encontraba en tal difícil situación con respecto a las municiones (no estoy seguro de que exista ninguna prueba de ello aparte de la afirmación de Collins), hubiese sido una razón válida para reducir la actividad militar, no para retirarse y aceptar un Tratado cuando estaban tan cerca de conseguir aquello por lo que estaban luchando. El IRA era, después de todo, una guerrilla de combatientes voluntarios, la mayoría de ellos a tiempo parcial. Podría haberse retirado de las operaciones ofensivas y muchos de sus luchadores haberse mezclado con la población o, de ser necesario, haberse “dado a la fuga”.

Si la situación de los suministros militares de los nacionalistas irlandeses era tan terrible de cara al mejor equipo y experiencia de los soldados británicos, ¿realmente es eso lo único a tener en cuenta? Un ejército necesita más que armas y municiones para ir a la guerra, sino que hay otros factores que afectan a su habilidad y efectividad.

La situación precaria de los británicos

En 1919, al final de la Guerra, los británicos, aunque eran la parte victoriosa, estaban en una situación precaria. Durante la misma guerra había habido graves motines en el ejército (durante los cuales los oficiales y suboficiales habían muerto a manos de sus soldados), y cuando los soldados fueron desmovilizados de vuelta a la vida civil y sus viejas condiciones de vida, había una extendida insatisfacción. Las huelgas en la industria habían sido prohibidas durante la Guerra (aunque algunas se habían producido igualmente), y el movimiento sindical era prácticamente clandestino.

En 1918 y nuevamente en 1919, la policía se puso en huelga. También en 1919, los trabajadores del ferrocarril hicieron huelga, al igual que otros sectores, en una oleada que se llevaba organizando desde el año anterior. En 1918 las huelgas ya habían costado 6 millones en días laborales. Esta cifra se elevó a 35 millones de pérdidas en 1919, con una suma diaria de aproximadamente cien mil trabajadores en huelga.

Glasgow presenció en 1921 una huelga con piquetes de 6.000 personas que combatieron a la policía. La unidad local del ejército británico fue encerrada en sus barracones por sus propios oficiales, y unidades especiales armadas con ametralladoras, tanques y obuses, fueron movilizadas desde otras partes del país.

James Wolfe, en su trabajo ‘Motines en los Estados Unidos y Fuerzas Armadas Británicas en el siglo XX’( Mutiny in United States and British Armed forces in the Twentieth Century http://www.mellenpress.com/mellenpress.cfm?bookid=8271&pc=9), incluye los títulos de los siguientes capítulos:

4.2 Los motines en el ejército en Enero/Febrero de 1919

4.3 El motín de ‘Val de Lievre’.

4.4 Tres motines en la Royal Air Force (Real Fuerza Aérea), Enero de 1919.

4.5 Motines en la Marina Real — Rusia, Febrero a Junio de 1919.

4.6 Los motines navales de 1919.

4.7 Disturbios de desmovilización 1918/1919.

4.8 Los disturbios del campamento de Kinmel Park 1919

4.9 “No es un país para héroes” – los disturbios de los veteranos en Luton.

4.10 El descontento en curso –Mediados de 1919 a Fin de Año.

El Gobierno británico temía que su policía fuese insuficiente a la hora de reprimir a los trabajadores, y preocupado sobre la confianza en su ejército si era usado de esa manera.

Ya se habían producido manifestaciones, disturbios y motines en las Fuerzas Armadas acerca de los retrasos en la desmovilización (y también en protesta al ser enviados a combatir la Revolución Bolchevique en Rusia).

Los demás lugares del Imperio Británico eran también inestables. Los árabes estaban enfurecidos ante la negativa británica de darle la libertad, tal y como habían prometido, a cambio de combatir a los turcos, y las rebeliones estallarían y se continuarían a lo largo de los siguientes años.

Los británicos también se estaban enfrentando al descontento en Palestina al estar reubicando allí a judíos que habían comprado tierra árabe. Una rebelión contra los británicos tuvo lugar en Mesopotamia (actual Iraq) en 1918 y de nuevo en 1919. La Tercera Guerra Afgana se produjo en 1919; Ghandi y sus seguidores comenzaron su campaña de desobediencia civil en 1919 mientras que en la región Malabar de la India se levantó en armas contra el dominio británico en 1921.

Comunicados secretos (pero ahora accesibles) entre Winston Churchill, Lloyd George, y el Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Británicas revelan serias preocupaciones acerca de la capacidad y disposición de sus soldados a la hora de reprimir futuras insurrecciones y acciones en la industria en Gran Bretaña e incluso, si los soldados en servicio activo demandaban su desmovilización, si tendrían suficientes soldados a lo largo del Imperio para enfrentarse a las tareas que tendrían que enfrentar.

Los nacionalistas revolucionarios irlandeses estaban en una posición muy fuerte para continuar su lucha hasta ganar su independencia, e incluso para ser catalizadores de una revolución socialista en Gran Bretaña y la muerte del Imperio. Pero retrocedieron, dándole al Imperio el respiro que necesitaba para ocuparse de las ascuas de rebelión en otros lugares y para prepararse para el enfrentamiento con los militantes sindicalistas británicos durante la Huelga General de 1926.

Así, los partidarios del Tratado volvieron sus armas contra aquellos que habían sido sus camaradas en una cruel Guerra Civil que comenzó en 1922. El nuevo Estado ejecutaba a los prisioneros del IRA (incluso sin juicio) y la represión continuó con dureza incluso cuando ya habían derrotado al IRA en la Guerra Civil.

Si los nacionalistas revolucionarios irlandeses no tenían conocimiento de todos los problemas a los que se enfrentaba el Imperio Británico, sí que conocían muchos de ellos. La huelga de hambre en 1920 de McSwiney, el Lord Mayor de Cork, había captado la atención internacional, y los nacionalistas indios se habían puesto en contacto con la familia de McSwiney. La presencia de enormes comunidades de trabajadores irlandeses en Gran Bretaña, de Londres a Glasgow, daban la oportunidad de mantenerse al día de los conflictos industriales, incluso si a los nacionalistas irlandeses no les importaba establecer lazos de unión con los sindicalistas británicos. Sylvia Paknhurst, de una importante familia de sufragistas y una revolucionaria comunista, publicaba cartas en ‘La Voz del Trabajo’, el periódico del Sindicato Irlandés de Transportes y Trabajadores Generales (IT&GWU- Irish Transport & General Workers’ Union).

La presencia de un número importante de irlandeses todavía dentro del ejército británico también era una fuente de información.

Las mayoría de los líderes del movimiento nacionalista revolucionario irlandés tenían un trasfondo pequeño-burgués y no tenían un programa de expropiación de industriales y grandes terratenientes. No buscaban representar los intereses del pueblo trabajador irlandés, e incluso algunas veces le demostraron hostilidad, impidiendo que campesinos sin tierra se estableciesen en grandes fincas y se dividiesen después el terreno. Históricamente, la pequeña burguesía se ha mostrado incapaz de compaginar una revolución con sus propios intereses como clase, y en Irlanda era inevitable que los nacionalistas acabasen siguiendo los intereses de la burguesía irlandesa. Los socialistas irlandeses eran demasiado pocos y débiles como para ofrecer un bando alternativo. La burguesía irlandesa había sido revolucionaria por última vez en 1798, y no iba a cambiar en ese momento. Originalmente, junto a una Iglesia Católica con la que tenían muchos intereses en común, se habían negado a apoyar al nacionalismo revolucionario pero decidieron unir fuerzas con él cuando vieron que había una posibilidad de mejorar su posición, y también cuando parecía que la derrota de los británicos era inminente.

Ante estas evidentes posibilidades es difícil evitar la conclusión de que el sector del nacionalismo revolucionario irlandés que optó por el Tratado ofrecido por Lloyd George, lo hizo debido a que lo preferían a las alternativas. Prefirieron rendirse a cambio de un solo pedazo en lugar de luchar por todo el pastel. Y la burguesía irlandesa se beneficiaría del Tratado, a diferencia de la mayoría del pueblo irlandés. Las palabras de James Connolly que decían que la clase obrera era la “incorruptible heredera” de la lucha irlandesa por la libertad tuvieron un corolario: que la burguesía irlandesa siempre comprometería la lucha. También es posible que la alternativa que la burguesía nacionalista temía no era tanto la “guerra terrible y total”, sino la posibilidad de una revolución social en la que perderían todos sus privilegios.

El siguiente reto al Imperio por parte del nacionalismo revolucionario no ocurriría hasta cincuenta años más tarde, y tendría lugar principalmente en los Seis Condados ocupados.


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