CEPRID

La violencia política en India (I)

Lunes 30 de marzo de 2009 por CEPRID

Alberto Cruz

CEPRID/HUMANIA DEL SUR

Los atentados de Mumbai (Bombay en castellano) han puesto sobre la mesa una realidad poco conocida en el mundo: la violencia política en la India de hoy. Al ir dirigidos contra los símbolos de la élite económica india despertaron una ola de inquietud en el mundo que no se había producido en otras ocasiones, cuando atentados similares ocurrieron en la misma ciudad, con un número de muertos similar y que afectaron a las clases populares. La oligarquía india se había visto afectada directamente y eso era algo nuevo para la gran mayoría de analistas y medios de comunicación. Sin embargo, la violencia política en India no es un fenómeno contemporáneo. Traspasa el país como un eje sobre el que pivota toda su historia sin que el pensamiento gandhiano de la no violencia la haya permeado, a pesar de ser uno de los tópicos que con más insistencia se repiten en el mundo occidental junto a la categorización como “terrorista” de toda lucha contra la injusticia, por la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos que suponga una amenaza estratégica para el capitalismo. La violencia política, ahora caracterizada como “terrorismo”, ha pasado de ser una amenaza interna en ciertos Estados a la cuestión dominante a nivel mundial para un determinado tipo de sistema político, social, económico e, incluso, cultural.

Cualquiera que no haya arriado la bandera de la honestidad intelectual podrá definir “terrorismo” cuando un grupo, tenga o no el poder gubernamental, está dispuesto a alcanzar un conjunto de objetivos políticos y/o ideológicos por métodos que no sólo violan o ignoran lo que estipula el derecho –nacional o internacional-, sino que además espera tener éxito principalmente mediante la amenaza o uso de la fuerza. Por lo tanto, hay que hablar, también y tal vez sobre todo, de terrorismo de Estado. De eso ha habido mucho en todo el mundo, de forma especial en América Latina en los últimos años del siglo XX y sigue habiendo aún ahora, en la primera década del siglo XXI, en países como Colombia. Tampoco conviene olvidar que EEUU denominó a su campaña de bombardeos contra Bagdad antes de la invasión de Irak de marzo de 2003 con el nombre de “Conmoción y pavor” con el evidente propósito de lograr la capitulación por el terror antes de la entrada de sus tropas en la capital iraquí, o que en la guerra de Israel contra Líbano en 2006 se bombardearon con profusión objetivos civiles –como antes había hecho la OTAN en Yugoslavia y continúa haciendo en Afganistán- y que se llegó a una macabra perfección en diciembre de 2008 y enero de 2009 en la guerra contra Gaza donde la totalidad de los gobiernos “democráticos” occidentales aplaudió la matanza que realizaba Israel. Luego, a la hora de hablar de “terrorismo” hay que matizar, y mucho. Por el contrario, no pasa nada por hablar de violencia política y eso es lo que está a la orden del día en la India de hoy.

Sin que se pueda hablar de una violencia generalizada en India, sí se puede considerar que vive una situación de guerra de baja intensidad en la que la insurgencia maoísta, el enfrentamiento interreligioso entre hindúes y musulmanes –con la deriva de éstos hacia ejercicios evidentes de terrorismo- y el independentismo de origen étnico se entrecruzan y ante las que el Estado sólo puede enfrentarse con un cambio de política, fundamentalmente económica, que saque de la miseria absoluta a las tres cuartas partes de la población.

1.- El concepto gandhiano

Hablar de violencia política en India es como hablar de la nieve en invierno o del sol en verano: es una obviedad aunque parezca, por ser uno de los tópicos que más han cuajado en Occidente, que en este país todo el mundo es un ferviente seguidor de las tesis no violentas de Gandhi. Al Occidente que aprobaba la declaración de los Derechos Humanos pero negaba a los pueblos sometidos a su dominio en África y Asia –uno de ellos, India- esos mismos derechos, le interesaba potenciar la práctica no violenta de Gandhi comparándola con la lucha, casi siempre violenta, anticolonial y por la independencia de esos pueblos. También en India.

Se hizo una reducción interesada que nunca tuvo en cuenta, por interés, que la violencia en India está muy arraigada incluso en términos religiosos. Se ha contrapuesto el concepto gandhiano al Himsa, la violencia, el mal que debe ser evitado sin tener en cuenta que la tradición religiosa hindú se fundamenta en el Mahabharata, el libro sagrado que incluye entre sus textos el Gita y en éste se hace una encendida defensa del uso de la violencia como forma de combatir la injusticia. En este libro, Krishna, el principal dios hindú, anima a Arjuna, un guerrero del clan de los Pandavas que es su más fiel devoto, a la guerra contra el clan Kaurava al afirmar que toda persona tiene que asumir su dharma (deber) por difícil que sea. Pero, también, Krishna mantiene que toda persona, aún en las peores circunstancias, debe mantenerse sin odio, rencor, deseos de venganza o de ira.

Durante mucho tiempo el Gita (El Canto del Bienaventurado) fue el texto religioso más popular en India –como los evangelios para los cristianos o el Corán para los musulmanes- y de ahí que Gandhi también se sirviese del Gita para atacar la violencia aunque no fue su utilización del texto sagrado lo que le llevó a una defensa intransigente de la no violencia sino su fuerza moral. Para Gandhi la moralidad no consistía en hacer lo correcto, sino en hacerlo porque uno creía con firmeza que eso es correcto. Gandhi llevaba a su máxima expresión el adagio latino de que la mujer del César no sólo debía parecer que era honrada, sino serlo. El sobrenombre de Mahatma (Alma Grande) Gandhi viene de aquí y era un reconocimiento a su liderazgo.

Un hecho desconocido en Occidente es que Gandhi coincidía en muchos extremos con los partidarios de utilizar la violencia para conseguir la independencia, como en el hecho de considerar que el parlamentarismo o la presión electoral eran ineficaces en India, aunque discrepaba de la forma de respuesta que había que dar al colonialismo británico. Para él, la violencia nunca proporcionaba resultados duraderos porque aunque pareciese que se lograba un éxito inmediato éste no era más que un objetivo específico pero nunca se consolidaba a largo plazo porque la gente se acostumbraba a este tipo de actos y se hacía insensible a ellos. Gandhi decía que “el éxito aparente inicial [de un acto de violencia] oculta su fracaso final” (1).

No obstante, en el pensamiento de Gandhi había una gran contradicción porque si en la lucha independentista coincidía con quienes practicaban la violencia –afirmaba que India había sido “hipnotizada” y se la había obligado a aceptar una civilización extraña, destruyendo el orgullo por su pasado y obligándoles a adoptar un modo de vida extraño a su carácter- discrepaba de ellos porque quienes utilizaban la resistencia armada contra el colonialismo británico lo que planteaban era sólo la expulsión de los colonizadores pero no de la civilización británica como la industrialización a gran escala, la centralización de la economía, el individualismo y el Estado moderno. Por lo tanto, en una situación así se seguiría siendo dependiente de Gran Bretaña y lo que él planteaba con su lucha por la independencia no violenta era el retorno a la regeneración del carácter y civilización indios.

La tríada del pensamiento y de la acción no violenta de Gandhi eran la no cooperación, la desobediencia civil y el ayuno. Argumentaba que ningún gobierno puede durar ni un día sin la cooperación de sus súbditos y que eso les hacía moralmente responsables de las acciones de ese gobierno. Por el contrario, si un ciudadano cree que el gobierno es injusto tiene el deber moral de no cooperar con él y eso llevaba a la desobediencia civil. Si ésta fracasaba, como medida más drástica se imponía el ayuno, llegando hasta la muerte si era necesario con un doble objetivo: por una parte, la expresión máxima de rechazo a vivir en un mundo en el que existía el mal concreto [la colonización británica] y, por otra, “un último y desesperado intento de conmover la conciencia adormecida de sus oponentes” [los británicos] y los llevase a un cambio radical de sus posiciones (2).

Gandhi se preguntaba si la violencia no tendría más que ver con la civilización burguesa-industrial –sobre todo en lo que se refiere a la explotación de la naturaleza (hay que recordar que él lo que planteaba era un retorno a la forma tradicional de vida de los indios), a la búsqueda de la gratificación instantánea, el individualismo y la codicia- que con una búsqueda verdadera del cambio social, entendiendo esto como una lucha contra la injusticia.

Gandhi ha sido aceptado demasiado acríticamente no sólo en la India actual, sino en todo el mundo y se le considera el artífice de la retirada británica en 1947. Sin embargo, el movimiento gandhiano no hubiese sido posible sin el apoyo, o la lucha llevada en paralelo, por importantes organizaciones armadas tanto durante la etapa de Gandhi como antes. Hubo terrorismo y violencia política para lograr la independencia sí, pero incluso juzgado desde los patrones occidentales que consideran que cualquier lucha por la liberación nacional y/o social es terrorismo, fue bastante sobrio y moderado. Quienes lo practicaron nunca se sintieron atraídos por el baño de sangre y ponían como ejemplo que sin la lucha violenta las peticiones y apelaciones populares no habrían sido escuchadas porque a la dominación británica, que se basaba en el terror y la represión implacable de los independentistas, no le interesaba lo más mínimo hacer ni siquiera una autocrítica sobre su papel colonial. Los británicos habían logrado que los indios se sintiesen inferiores e impotentes frente al hombre blanco, al colonialismo, por lo que sólo demostrándoles que se les podían devolver los golpes podían cambiar su actitud colonial. Por eso, a partir de 1930 hubo una evolución en la postura de Gandhi respecto a la violencia. O mejor dicho, respecto a la idea de violencia. Llegó a decir que si la mayoría de los miembros de su comunidad no creía en la violencia, era su deber como líder y buen ciudadano votar por el entrenamiento militar (3).

Se estaba ya en plena guerra mundial, la segunda, y había aparecido en India una organización armada, el Ejército Nacional Indio, sin cuya aportación –debilitó considerablemente a los británicos, inmersos en varios frentes de batalla durante la II Guerra Mundial- no hubiera sido posible la independencia. En la India contemporánea, se está restituyendo la figura de Subhas Chandra Bose –el principal dirigente del ENI, pese a que contó con el apoyo del Japón imperial y de la Alemania nazi para la formación y armamento de sus soldados- e, incluso, hay estatuas suyas en muchas ciudades. La bandera que enarboló el ENI durante el efímero Gobierno Provisional que declaró es la actual de India y el aeropuerto de Calcuta lleva su nombre. Bose es visto como un héroe nacional, aunque a nivel académico hay quien le cataloga como un pro-fascista y simpatizante del eje Berlín-Roma-Tokio. Sin embargo, para la gran mayoría de intelectuales indios Bose era un patriota que intentaba aprovechar las contradicciones ínter-imperialistas en beneficio de la independencia nacional.

Merece la pena mencionar que tanto Gandhi como Bose eran miembros del Congreso Nacional Indio, una organización que por aquel entonces incorporaba elementos del socialismo fabiano –hoy mantiene planteamientos del centro derecha- y que viene gobernando India prácticamente desde la independencia.

Con la variación de Gandhi respecto a la idea de violencia estamos ante un aspecto no menor del pensamiento gandhiano, convenientemente ocultado por el pensamiento occidental, porque Gandhi muchas veces dijo, y escribió como se ha mencionado antes, que la no violencia podía ser ineficaz para eliminar una injusticia y eso requería una penosa elección entre perpetuarla o recurrir a la violencia. Él tenía clara cuál era la postura correcta –ejercer la no violencia- pero, al mismo tiempo, pensaba que sería culpable de un acto “inmoral” si dejaba indefensa una buena causa simplemente porque ello no podía hacerse de modo no violento (4). Y llegó a decir que si tenía que elegir entre la verdad y la no violencia, prefería la primera. Por lo tanto, en ciertas circunstancias, podía justificar la violencia aunque él no la ejerciese nunca. Por ejemplo, cuando la violencia fuese defensiva y no ofensiva (5).

Hay, pues, una gran ignorancia del pensamiento gandhiano promovida por el occidente que no duda en utilizar la violencia frente a manifestaciones populares o movimientos de gobiernos no deseados. Gandhi era un independentista y un reformador social muy moderado (a excepción del tema de la abolición del sistema de castas y costumbres sociales como el matrimonio infantil o el sistema de la dote para casarse, por ejemplo), por eso militó en un partido como el Congreso Nacional Indio y no en otro. La historiografía de India afirma que Gandhi tuvo éxito en la estrategia de unir a las distintas clases sociales en el objetivo común de la independencia, así como lograr que la mujer se incorporase a las movilizaciones y que éstas fuesen realmente masivas. Dice, además, que era plenamente consciente de la existencia de desigualdades socioeconómicas, aunque ello lo achacaba únicamente al mantenimiento de la economía colonial y no a la estructura feudal de India. Por ejemplo, cuando adoptó la estrategia de no pagar impuestos en un tema como la sal, que afectaba sobremanera a los más pobres puesto que su producción era una de las principales actividades para subsistir.

Esta es una diferencia apreciable. De hecho, Gandhi no tuvo ningún reparo en dejar solos a los trabajadores de las fábricas textiles de Ahmedabad, su ciudad natal, cuando plantearon una huelga en rechazo al acuerdo alcanzado entre él y los dueños de la empresa porque esos trabajadores consideraron dicho acuerdo insuficiente para sus aspiraciones.

El movimiento obrero indio, junto al campesino –ambos influenciados por el pensamiento marxista e impulsados por el trabajo de los comunistas indios-, se estaba recuperando del descenso sufrido en los últimos años como consecuencia de la represión británica. Había disminuido el número de huelgas, se había debilitado la actividad sindical y las revueltas campesinas habían sido aplastadas sin piedad por los británicos, restituyendo el poder de los terratenientes –británicos e indios- en los lugares sonde su poder había sido amenazado. Sin embargo, y al calor de la nueva lucha impulsada por Gandhi, el movimiento obrero y campesino se revitalizó incluyendo entre sus métodos de lucha acciones que sobrepasaban las tesis de la no violencia gandhiana. Se gestaba una incipiente lucha de clases que no gustaba al Congreso Nacional Indio. Gandhi, por lo tanto, y su movimiento de no violencia –no hay que olvidar nunca que se enmarcaba dentro de las estrategias políticas del Congreso Nacional Indio- se vieron, en cierta forma, obligados a actuar ante el auge de la lucha de masas contra el colonialismo británico.

2.- El movimiento naxalita (maoísta)

Es evidente que los planteamientos comunistas y socialistas en India nunca pudieron rivalizar con el nacionalismo burgués que representaba el Congreso Nacional Indio, por lo que su aportación al proceso de independencia fue secundario pero en modo alguno irrelevante. Conscientes de su debilidad ante el movimiento de masas no violento impulsado por Gandhi, adoptaron una postura pragmática e inteligente: reconocer el liderazgo de la lucha del Congreso Nacional Indio en pro de la independencia y, apoyados en ese reconocimiento, impulsar acciones que permitiesen una radicalización de los planteamientos políticos de dicha organización. Esta estrategia tuvo éxito puesto que el CNI se fue “socialdemocratizando” progresivamente con la aparición de nuevos dirigentes como Jawaharlal Nehru o Bose, quienes se enfrentaron más de una vez a Gandhi por cómo había que afrontar la lucha contra los británicos. Y en esta “socialdemocratización” del CNI también jugó un papel importante un histórico dirigente comunista, Manabendra Nath Roy, que había ingresado en el CNI tras abandonar el PCI.

Sin embargo, la influencia que iba consiguiendo el movimiento comunista desapareció casi de un plumazo cuando en plena guerra mundial dio un giro a su estrategia anticolonial y adoptó una política de colaboración con los británicos para derrotar al fascismo, relegando, por lo tanto, la lucha nacional. Los británicos recompensaron al PCI con la legalización mientras que el CNI pasó a la clandestinidad. Esta postura comunista pasó factura al conseguir la independencia, puesto que el CNI se convirtió a los ojos de los indios en el partido anticolonial por excelencia pese a que tras la finalización de la guerra prácticamente colaboró con los británicos para impedir el auge que comenzaba a tener el movimiento obrero y la recuperación del PCI como organización de vanguardia.

Con el triunfo aliado en la segunda guerra mundial, el PCI cambió su postura y pasó a apoyar abiertamente a los combatientes del ENI que estaban siendo juzgados por los británicos. Los comunistas propusieron que las manifestaciones de rechazo popular a estos juicios fuesen subiendo de tono y en Calcuta (hoy Kolkata, la capital de uno de los estados gobernados por los comunistas en la actualidad) se desató una importante movilización, acompañada por enfrentamientos violentos con la policía y el ejército colonial, que duró dos días y que causó decenas de muertos. Los británicos tuvieron que dar marcha atrás y anunciar que sólo se enjuiciaría a los miembros del ENI acusados de crímenes y maltratos a los prisioneros de guerra, al tiempo que inició un proceso de negociación con el CNI y la Liga Musulmana para la formación de un gobierno provisional. Pero eso no fue suficiente y el PCI contraatacó haciendo un llamamiento a la huelga general que paralizó todas las industrias de Calcuta. Ya no había marcha atrás y el movimiento por la independencia se comenzaba a mezclar con reivindicaciones de clase, lo que provocó que ahora las críticas del CNI y la Liga Musulmana fuesen dirigidas con más dureza contra los huelguistas que contra los represores británicos. Ambas organizaciones consideraban vital robustecer su representatividad política para mantenerse como los principales interlocutores de los británicos de cara a la independencia. Y ésta se aceleró ante el auge de las movilizaciones de masas y las expresiones de carácter revolucionario que comenzaban a aparecer en las diferentes acciones en marcha.

La independencia de India se proclamó el 15 de agosto de 1947, sólo dos años después del fin de la segunda guerra mundial. Que los británicos aguantasen su permanencia en India durante toda la guerra (cinco años) y que decidiesen abandonarla en sólo dos tras su finalización se debe, fundamentalmente al miedo a una revolución que no pudiesen controlar y que se aliase con la Unión Soviética. La guerra fría ya estaba en marcha y no se iba a permitir un nuevo peón de los soviéticos.

A pesar de todo, el Partido Comunista de India adoptó una línea política de pragmatismo y colaboración con los nuevos dirigentes de la India independiente. Así, en una resolución de su Comité Central, consideró que Nehru –el presidente del nuevo país- era la persona capaz de guiar con éxito el movimiento democrático en la India y le expresó una “plena cooperación” no sólo en esta andadura independiente, sino en la política hacia Pakistán pensando que así se podría unir a la izquierda del Congreso Nacional Indio y de la Liga Musulmana. Esa “plena colaboración” se demostró con varios hechos que fueron sembrando el rechazo a la dirección comunista y preparando el camino para la escisión unos años más tarde. Uno de estos hechos fue la retirada del PCI del Movimiento Tebhaga (aparceros) en Bengala, un movimiento muy fuerte de alto contenido revolucionario en el que participaron campesinos de 2.500 aldeas del sur del país, y el llamamiento a que los campesinos no iniciasen ningún tipo de acción directa contra el gobierno para darle tiempo, sin la presión de las movilizaciones de masas, de que cumpliese sus promesas.

Esta era la postura de los Frentes Populares que, desde antes de la segunda guerra mundial, impulsaba la URSS. El PCI seguía fielmente las tesis impuestas por el Partido Comunista de la Unión Soviética, que daban prioridad a la defensa de las democracias burguesas en contra del fascismo sobre la base de una serie de frentes conectados: el frente unido de todas las organizaciones de trabajadores; el frente popular con la pequeña burguesía, y el frente antiimperialista con la burguesía nacional. Aunque la tesis del frente popular en contra del fascismo había sido suprimida después de la segunda guerra mundial, los otros dos seguían vigentes y, de forma especial, el último y que justifica el papel jugado por India en la creación del Movimiento de Países No Alineados unos años más tarde junto a Egipto y Yugoslavia.

El sector de descontentos y críticos con estos planteamientos de la dirección del PCI consideraba que eso suponía un compromiso con los grandes intereses comerciales de los magnates indios y la rendición ante las clases dominantes indias, lo cual significaba, en la práctica, ir en contra de la revolución. Para evitar la división del partido, se hizo un llamamiento a la lucha armada en 1948 en Bengala, pero fue un intento fallido puesto que los campesinos se enfrentaron a los terratenientes y al Ejército con poco más que hoces, arcos y flechas.

El hecho de que el vigésimo congreso del PCUS (1956) diese preferencia a las formas de lucha legales y parlamentarias sobre las ilegales –abogando en la práctica por su abandono- influyó de forma definitiva en los comunistas indios, al igual que prácticamente los del resto del mundo, para que a partir de entonces expresasen su convicción de que era posible una transición pacífica al socialismo. Se apostaba por una versión diluida de la estrategia del frente popular y el objetivo de una revolución agraria antiimperialista con la pretensión de obtener un estado democrático nacional que expresase los intereses comunes de todas las clases sociales –especialmente del proletariado, los campesinos y la pequeña burguesía- con apoyo de parte de la burguesía nacional. Eso parecía posible en India, donde el PCI obtuvo el gobierno del Estado de Kerala en las elecciones de 1957, siendo el primer gobierno comunista en todo el mundo que había sido elegido democráticamente, y lo fue en un estado donde la mayoría de su población no era hindú, sino cristiana y musulmana.

Pero el debate dentro de los partidos comunistas no había hecho sino comenzar. A las conclusiones del XX Congreso del PCUS respondió el Partido Comunista de China en la primavera de 1960 con una denuncia abierta de la nueva línea política y estratégica que había sido adoptada en dicho congreso. En un esfuerzo por acercar unas posturas que se anunciaban ya irreconciliables entre los principales referentes comunistas a nivel mundial, en noviembre de ese mismo año se celebró una conferencia en Moscú con representación de 81 partidos comunistas de todo el mundo, también el de India. El debate fue duro. Los chinos argumentaban que si bien era cierto que había que llevar a cabo la revolución socialista por medio de transiciones pacíficas no había que dejar de transitar “el sendero de la lucha armada” porque era el camino más efectivo para lograrla. En cualquier caso, argumentaban los chinos, los partidos comunistas tenían que “caminar sobre dos piernas” siguiendo la estrategia leninista de prepararse simultáneamente tanto para la insurrección armada como para el camino parlamentario hacia el poder. Esta tesis china resultó derrotada a favor de la transición pacífica al socialismo “excepto en aquellos casos en los que las condiciones locales hagan de la lucha armada la única alternativa viable”.

La dirección del PCI adoptó las tesis soviéticas, y ponía como ejemplo que gobernaban en Kerala por lo que la lucha armada no era viable, pero el germen de la división ya estaba creciendo en el interior del partido. En 1964 se produjo la escisión, dando lugar al Partido Comunista de India (marxista) aunque el motivo no fue la realización de la lucha armada, sino un conflicto fronterizo entre India y China en 1962. La mayoría del PCI adoptó una postura claramente nacional mientras que la minoría consideró esta posición un apoyo a la burguesía india (también la URSS se posicionó a favor de India en este conflicto, proporcionando aviones MIG al Ejército indio).

Esta minoría estaba fascinada por las transformaciones que se estaban produciendo en China, especialmente por la colectivización del campo, que consideraban el modelo a seguir para los países pobres y superpoblados. Sin optar por la lucha armada –se mantenían sobre la primera de las piernas de Lenin, la legal- el ya nuevo partido comunista dio un giro significativo hacia la izquierda en sus análisis y en su práctica política, afirmando, por ejemplo, que India no era un país verdaderamente independiente sino solo semi-feudal y semi-colonial y que había que romper cualquier tipo de colaboración con el gobierno. Esto último también le diferenciaba del PCI, puesto que dicho partido participaba de la mayoría de gobierno que hegemonizaba el Congreso Nacional Indio.

No obstante, el amor del PCI (m) por China duró poco. Cuando en el período álgido de la Revolución Cultural los dirigentes chinos decidieron dar su apoyo a los pequeños sectores comunistas que sostenían que la otra pierna de Lenin, la lucha armada, era la que debía sostener el cuerpo revolucionario y comenzar una perspectiva de guerra de guerrillas de base campesina, la relación se rompió definitivamente.

Notas:

(1) “Non-Violent Resistance””, articles recogido en el libro The Collected Works of Mahatma Gandhi, Publication Division of the Government of India’s Ministry of information and Broadcasting, Delhi 1984. Las notas 2, 3 y 4 también pertenecen a la recopilación de artículos que recoge este libro.

(2) “Young India”, 17 de abril de 1930.

(3) “Harijan”, 9 de marzo de 1940.

(4) “Young India”, 1 de junio de 1923.

(5) “Conversations of Gandhi”, Vora, Mumbai, 1994.

Alberto Cruz es periodista y politólogo. Este artículo será publicado en el número 6 de la Revista Humania del Sur del Centro de Estudios de África y Asia “José Manuel Briceño Monzillo” de la Universidad de Los Andes (Mérida - Venezuela) y forma parte de un libro de próxima publicación.


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