CEPRID

La ruptura existe, y empieza en India

Lunes 22 de febrero de 2021 por CEPRID

Alberto Cruz

CEPRID

India es, en sí mismo, casi un continente. Con alrededor de 1.400 millones de habitantes, tantos o más que China, es el otro grande del mundo actual en cuanto a población y fuerza económica. Sin embargo, aquí terminan las semejanzas. Mientras en el primero el año 2020 terminó con tres grandes éxitos (vencer la pandemia, erradicar la pobreza absoluta y ser el único país que recupera su economía) en India estos tres parámetros van cuesta abajo. Y, de repente -para nosotros- asistimos atónitos a la impresionante movilización de los agricultores indios, que había sido precedida por una huelga general histórica, que pone de manifiesto que cuando se lucha, la ruptura con el pasado existe.

En Occidente seguimos aferrados a la idea de “volver a la normalidad”, tratando de cimentar al futuro con los moldes del pasado y negándonos a aceptar que ese mundo ya no va a volver. Porque si algo está dejando el claro la pandemia es que el capitalismo, al menos en su vertiente neoliberal, está muerto. La reunión del Foro Económico Mundial de finales de enero de este 2021 lo vino a certificar, para consternación de sus propios integrantes, cuando incluso un chico Rothschild como el presidente francés, Macron, se atrevió a decir que “el modelo capitalista ya no puede funcionar” aunque matizando un poco luego tan demoledora opinión y apostando más bien por una especie de “capitalismo humanitario o inclusivo”.

Los gurús del capitalismo mundial, sin olvidar al Club Bilderberg, tienen claro que históricamente las pandemias han obligado a la humanidad a romper con el pasado y pretenden prepararse para ello mientras nosotros seguimos aferrados a lo antiguo. Pero hay otros lugares donde han decidido dar un paso adelante y plantear que es posible acelerar, al margen del capitalismo, ese tránsito. Uno de esos lugares es India. Y como nada es posible sin lucha, allí lo hacen.

Como es habitual, en Occidente hablamos con sorpresa de movilizaciones como la de la huelga general o la de los agricultores, las dos en India, sin entrar a diseccionar qué es lo que pasa. Cómo en un país, una unión de Estados, un país federal con casi 1.400 millones de habitantes, es solo un poco más de un centenar de familias las que controlan la economía. Es algo común a otros países, cierto, como lo es que la polarización social se ha incrementado durante la pandemia. Pero en India es la demostración evidente de que “la mayor democracia del mundo”, como les gusta a los llamados medios de comunicación, sale muy mal parada si se compara (algo que nunca han hecho) con su vecina China: mientras en China primó el valor social y sanitario, en India lo es el individualismo y el neoliberalismo que, además, se incardina en una simbiosis entre capital y casta. O lo que es lo mismo, supremacía económica y dominación política. Un proyecto político muy diferente del socializante, que no socialista, de los primeros tiempos de la independencia y que combina lo antes dicho con el nacionalismo hindú y una involución hacia una forma de fascismo indio promovido por su capital monopolista con el consentimiento de Occidente y con el afán de separar tanto a India de los BRICS como de que haga de contrapoder asiático a China.

Eso es lo que se visibiliza en la lucha agraria contra una legislación destinada a destruir los elementos de regulación estatal de producción y distribución agrícola con el fin de allanar el camino a la agroindustria y que no es más que la constatación de que en India hay un conflicto social que, para el poder, es una verdadera guerra contra una parte sustancial e importante de la población. Porque los agricultores son tratados como un enemigo interno, a quienes se está aplicando la Ley de Enmienda de la Ciudadanía que se aplicó a toda la población, sí, a toda la población de Cachemira durante un año y medio cuando se suspendió la autonomía de esa zona y pasó a control del gobierno central (como ocurrió en el Estado español con Cataluña). Y a los más díscolos se les acusa de sedición (como en el Estado español con Cataluña).

La rebelión campesina no se circunscribe solo a los tradicionales bastiones de este tipo de lucha (Tangana, Maharashtra, Karnatak y Rajasthan) sino que se extiende a todo el país y llega hasta la capital, Delhi. Lo que piden es simple: derogar las tres leyes que componen el paquete que fue aprobado en septiembre de 2020 por el parlamento sin discusión alguna y que, aunque fueron suspendidas por la Corte Suprema hace año y medio, han sido recuperadas por el gobierno y enfurecido a los campesinos. El primero, dice que solo las reformará, los segundos dicen que solo aceptarán su retirada.

Es una histórica lucha que viene desde hace tiempo, casi desde la desaparición de la URSS en 1991 y el envalentonamiento del capitalismo a nivel mundial. Ya por entonces en India se produjo el primer intento de desregulación de los mercados agrícolas con el argumento de “resolver las imperfecciones del mercado y proteger los intereses de los agricultores” pero que, en la realidad, lo que se pretendía y pretende es la penetración del sector empresarial privado en al comercialización agrícola. Eso cuajó en 2001 en una ley que eliminaba las subvenciones de ciertos productos básicos en aras del “sistema de libre mercado”. La resistencia campesina impidió esa ley, aunque el gobierno de entonces, también del mismo partido que ahora, el Bharatiya Janata Party (Partido del Pueblo), volvió a la carga en 2003 con una nueva ley que insistía en lo mismo y que no avanzó porque perdió las elecciones.

Fue un periodo de calma hasta 2014, donde el BJP volvió al poder y a sus intentos de “liberalizar el comercio agrícola” que culminan en 2016 con la elaboración del proyecto de las leyes que están ahora en cuestión. Ni qué decir tiene que los estados donde el BJP gobierna están aplicando sus propias leyes en esta línea, pero la resistencia a nivel central no se había producido con la envergadura de la que se ve ahora. Hay quien habla de proceso revolucionario, pero es una afirmación muy prematura aunque los agricultores y campesinos indios llevan ya casi dos meses de lucha y movilizaciones, desde que el 26 de enero dejasen su tarjeta de visita en Delhi. Lo que sí se puede decir es que hay una resurrección de loa vieja democracia campesina de los panchayats, una especie de “socialismo rural” donde las estructuras municipales están bajo en control de una Asamblea General Popular. Porque lo primero que han hecho es expulsar a los militantes y representantes de la milicia fascista Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS) - Organización Nacional de Voluntarios -, que dependen del BJP, y a este partido con algo que en India es determinante: desterrarles de la vida social y comunal.

Este gesto va mucho más allá del símbolo, le quita el poder al BJP y a su política de primacía de lo hindú sobre cualquier otra religión y/o pueblo. Esto está ocurriendo ya en los estados de Madhya Pradesh, Rajasthan, Haryana, Uttar Pradesh, Uttarakhand, Himachal, Bihar, Chhattisgarh y Jharkhand. En la medida en que la lucha campesina se vuelve política, y en la medida en que se extiende por todo el país, el BJP pierde no solo poder local, sino nacional.

Aún es pronto para saber si este movimiento va a lograr algo más, como borrar las sub identidades religiosas y de casta (como expresa Arundathi Roy en el artículo que también ofrece el CEPRID en esta entrega), pero sí está estableciendo las bases para ello. De hecho, en los comunicados se habla con mucha más frecuencia que antes de “trabajadores del campo”, sin entrar en otras subdivisiones. Que sea una evolución táctica o estratégica es lo que hay que vislumbrar ahora. Si es lo primero, es un intento de acercarse al movimiento obrero clásico industrial, que justo antes de esta movilización campesina protagonizó una sonora huelga general. Si es lo segundo, es definitivo y el augurio de un amplio movimiento de ruptura cocial y política en India.

Alberto Cruz es periodista, politólogo y escritor. Es autor de “La violencia política en la India. Más allá del mito de Gandhi”. Su nuevo libro es “Las brujas de la noche. El 46 Regimiento “Taman” de aviadoras soviéticas en la II Guerra Mundial”, editado por La Caída con la colaboración del CEPRID y que ya va por la tercera edición. Los pedidos se pueden hacer a libros.lacaida@gmail.com o bien a ceprid@nodo50.org También se puede encontrar en librerías.

albercruz@eresmas.com


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