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Egipto: la revuelta de la clase media (y el comienzo de una nueva lucha)

Sábado 19 de febrero de 2011 por CEPRID

Alberto Cruz

CEPRID

El entusiasmo que ha despertado en el mundo la revuelta árabe en Túnez y Egipto hay que matizarlo, y mucho. En estos dos países se han logrado algunos triunfos, como la retirada de sus presidentes y el inicio de una etapa constituyente o la disolución del Parlamento, pero no se puede hablar de una derrota de la clase dominante puesto que en ambos países el estamento militar mantiene su control sobre el poder y los recursos. En Túnez y Egipto hemos asistido a una revuelta de la clase media, cada vez más empobrecida y sin perspectivas de promoción política y profesional, no de los trabajadores.

En el caso de Egipto, un país de mayor importancia geopolítica que Túnez, se puede hablar, incluso, de un intento de esa clase media de tomar el poder al verse privada de “sus derechos” como consecuencia básicamente de dos factores: el fraude electoral que dejó sin escaños no ya a los islamistas, prohibidos, sino a cualquier otra opción electoral de formaciones opositoras y el deterioro de la situación económica como consecuencia no tanto debido a un sistema económico que no es cuestionado por esa clase media sino por su depauperización como clase ante el aumento mundial de los precios de los alimentos.

En Egipto desde hace años se asistía a un cada vez mayor resquemor de la clase media ante el mantenimiento, sin perspectivas de cambio, de un sistema político y económico centralizado en las oligarquías militares que desde 1952 han venido gobernando y controlando de forma hegemónica los recursos del país. Aglutinados en o alrededor del Partido Nacional Democrático, estos sectores han impedido cualquier tipo de participación en los beneficios a una clase media cada vez más pujante, pero sin perspectivas no ya de participar en el reparto de la tarta sino de encontrar un empleo cualificado y acorde con su formación.

De hecho, el Banco Mundial elogiaba al régimen egipcio una semana antes de iniciarse la revuelta y le consideraba el país el país del Norte de África con mejores resultados macroeconómicos en los últimos años, afirmando que su crecimiento sería del 5-7% para este 2011. Macroeconomía que no llegaba a la población y que la clase media veía pasar ante sus narices sin obtener beneficio alguno para ella. No digamos la clase obrera, obligada a vivir con sueldos miserables que de menos de dos euros al día.

Por lo tanto, la revuelta sólo era una cuestión de tiempo y el ejemplo de Túnez fue el detonante. Pero una revuelta no es una rebelión y ni mucho menos una revolución. Dirigida por esta clase media, no ha habido dirección y cuando ha aparecido ha sido de jóvenes pequeñoburgueses encadenados a un ordenador sin la menor experiencia en la lucha contra el régimen. Frente al espontaneísmo había enfrente una bien arraigada y unida institución militar que durante mucho tiempo se ha limitado a ejercer de “árbitro” mientras se decantaban los acontecimientos dejando astutamente a la policía como fuerza de choque del régimen contra las “legítimas aspiraciones” de los manifestantes. Con esta actitud, alentada por determinados medios de comunicación y con una clase media presa de su discurso de “protesta pacífica”, el Ejército no se ha visto como lo que es, el verdadero enemigo si se quiere una transformación real en Egipto, por mucho que proclame la entrega del poder en seis meses y acelere el proceso para la elaboración de una nueva Constitución en la que se van a mantener incuestionables las referencias económicas actuales.

Ha sido, sin duda, una movilización popular en la que ha habido una participación cada vez más activa de los trabajadores. Pero ha sido cuando éstos han tomado un mayor protagonismo y han radicalizado sus acciones (radical, de ir a la raíz de los problemas) como ocurrió en Suez, Port Said, Asyut,  El Arish, Kafr el Dawwar y Mahalla al Kubra –entre otras localidades egipcias- con toma de edificios gubernamentales, quema de vehículos policiales y de comisarías (1), bloqueo de carreteras y con la puesta en marcha de una cadena de huelgas en todo el país que incluyeron la amenaza de cierre del canal de Suez cuando los militares han decidido que ya era suficiente y dieron el paso final de obligar a Mubarak a abandonar la presidencia pese a sus bravuconadas de mantenerse en ella hasta septiembre. El plantón en la Plaza de Tahrir se podía aguantar, una cadena de huelgas que pusieran en peligro de colapso al sistema, no.

Se puede hablar, sin recato, de golpe de Estado “blanco” por parte de un Ejército que depende como el pez del agua de la ayuda militar estadounidense –y EEUU anunció de inmediato la reanudación de la ayuda de 1.300 millones de dólares- para mantener su imagen. Una revuelta de la clase media es fácil de controlar aceptando algunas reformas políticas y sociales que no ponen en cuestión el sistema. Una revolución, no. Ya había pruebas suficientes del poder obrero en las huelgas del textil de 2007 y 2008 (2), donde no sólo se planteaban cuestiones económicas o laborales, sino políticas. La generalización de huelgas ha puesto tan nerviosos a los militares que los llamamientos a su cese y las apelaciones al “daño a la seguridad nacional” que causarían se han multiplicado con amenazas, más o menos explícitas, de intervención contra los huelguistas si no cesaban en sus reivindicaciones (3). Al menos en la combativa localidad de Mahalla los trabajadores del textil han decidido desoír las amenazas y continuar con las protestas, llegando a la retención de los directivos hasta lograr mejoras laborales y sociales.

 Los blogueros, de la mano de los militares

Y aquí se ha visto claramente los objetivos reales de la revuelta de la clase media: uno de los iconos mediáticos, el famoso bloguero Wael Ghonim, detenido por el régimen durante los primeros días de la revuelta y ensalzado hasta la saciedad por la burguesía egipcia anti-Mubarak y por los medios occidentales en pleno, publicaba en Twitter un llamamiento a poner fin a las huelgas (4) nada más conocerse el comunicado leído por el vicepresidente Suleiman –impuesto por Mubarak- anunciando el abandono del hasta ese momento presidente y la formación de la Junta Militar que dirigirá el país “de forma interina”.  Un llamamiento que él y otros blogueros han repetido unos días más tarde cuando, aupados en la cresta de la ola como “dirigentes de la protesta”, han sido recibidos por la Junta Militar para “escuchar sus demandas”.

Al igual que comenzó la revuelta, desde internet se han multiplicado los llamamientos a la desmovilización con una frase sospechosa, “objetivo cumplido” y con unos lemas abiertamente contrarrevolucionarios, si es que ha habido alguna revolución: “vamos a trabajar unidos por un nuevo Egipto, y con más fuerza” (sic). Y la desmovilización ha sido rápida sin que se haya logrado nada más que la renuncia de Mubarak. Cierto que ya no ejerce como presidente, que se han descolgado sus retratos y suspendido Parlamento y Constitución, pero su legado va a seguir intacto durante mucho tiempo: el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) se apresuró a anunciar que mantendrá de forma interina el mismo gobierno impuesto por Mubarak y que Egipto honrará todos los convenios internacionales sucritos (en referencia al acuerdo de paz con Israel y la entrega a este país de gas a precios subsidiados; el despliegue de soldados egipcios en el Sinaí, con la aquiescencia de Israel, hay que interpretarla en este sentido y para “proteger” el oleoducto, ya saboteado una vez en los primeros días de la revuelta). Es decir, los pilares que sustentan al sistema siguen intactos. La versión egipcia del “atado y bien atado” franquista. Además, sus primeras medidas anuncian tanto un “respeto a la policía”, pidiendo colaboración con ella pese al alto nivel de represión ejercido, como el mantenimiento de la política económica y financiera. Sin embargo esto, que constituye el eje vertebrados del régimen de Mubarak, ha sido convenientemente ocultado con el anuncio de entregar el poder a los civiles en seis meses, la celebración de elecciones libres –curiosamente muy cerca del mes de septiembre que siempre planteó Mubarak como fecha para su retirada- y la elaboración de una nueva Constitución que han encargado a “sabios” y de la que están ausentes de forma oficial, aunque no extraoficial, los partidos.

Se puede afirmar que la fase inicial de la revuelta ha alcanzado logros: Mubarak ha desaparecido del primer plano, hay más derechos sociales y los militares han prometido reformas y elecciones. Lo que se ha logrado es grande, pero no suficiente. Se van a hacer concesiones sin tocar la médula espinal del sistema, sobre todo en el ámbito económico. Si la clase media se conforma con ello la oligarquía militar seguirá controlando la parte del león de los recursos de Egipto. Será entonces el momento de la revolución. Pero enfrente ya no habrá una policía partidaria sino “democrática” ni un régimen odiado sino sustentado por una clase media y una burguesía que defenderán con uñas y dientes sus privilegios.  La revuelta de la clase media ha sido compartida por la clase obrera, que ha aprovechado el tiempo para crear una nueva Federación Egipcia de Sindicatos y comités en muchas fábricas. Ha habido unidad en lo mínimo –renuncia de Mubarak, derechos sociales- pero poco más. El equilibrio de poder entre clases será decisivo a partir de ahora. La lucha de clases, de la que sólo se ha atisbado su comienzo, emergerá con fuerza y veremos cuántos de los que ahora simpatizan con la “revolución” egipcia se aprestan a hacer lo mismo ante la hipótesis de un gobierno no burgués.

 Las consecuencias geopolíticas

Con las medidas anunciadas por el CSFA Israel ha respirado tranquilo por primera vez en casi tres semanas. EEUU y la UE se congratulan y hasta los muy modositos saudíes aplauden la salida que se ha dado a la crisis (su mercado de valores había caído una media del 6% desde el comienzo de la revuelta).  Aunque con otros argumentos, el júbilo también se ha extendido a otras zonas y organizaciones, como Hizbulá, a quien el régimen de Mubarak satanizó y criminalizó por intentar apoyar a la resistencia palestina cuando Gaza sufría el ataque israelí a primeros de 2009. Un dato: durante los primeros días de la revuelta hubo una fuga masiva de presos, aunque algunos han dicho que fue alentada por el propio régimen para crear el caos. Fuese así o no, el hecho es que uno de los que escaparon fue el militante de Hizbulá encargado de formar la red de apoyo a los gazatíes durante la agresión israelí –y que había sido condenado a perpetuidad-, quien ya ha podido regresar a Líbano (5).

Sin duda es en el aspecto geopolítico donde la revuelta de la clase media egipcia va a tener más repercusiones a medio y largo plazo. La primera es que, pese al alivio sentido por la decisión del CSFA de mantener el acuerdo de paz, el tiempo ya no está a favor de Israel. Si hasta ahora su principal aliado era la debilidad de los regímenes árabes y el aplastamiento de sus poblaciones, a partir de ahora eso lo va a tener más difícil una vez se ha dado el paso de una cierta liberalización política. El simple hecho que pueda haber islamistas en los parlamentos hace más difícil la sistemática política de sumisión a los designios israelo-estadounidenses y, consiguientemente, se disminuye la capacidad de la política coercitiva sionista.  Ni siquiera EEUU puede agitar otra vez el espantajo del enfrentamiento suní-shií, como ha venido haciendo en su campaña contra Irán. Los Hermanos Musulmanes de Egipto, suníes, el mejor, más numeroso y disciplinado grupo político tienen unos lazos históricos con Irán que se remontan a la década de 1970. Uno de los ideólogos de la Revolución Islámica iraní, Ali Shariati, cita con frecuencia el pensamiento de uno de los principales ideólogos de los Hermanos Musulmanes, Syed Qutb. Y cuando un comando de militantes de esta organización dio muerte en 1981 al antecesor de Mubarak, Anwar Sadat, por haber firmado el acuerdo de paz con Israel los familiares de la mayor parte de los integrantes de ese comando recibieron asilo en Irán. Además, ante el incremento de la represión del régimen egipcio contra los HM a partir de ese año, muchos de sus principales dirigentes recalaron en Irán. Por sorprendente que parezca, a EEUU e Israel sólo les queda Al Qaeda –y Arabia Saudita- para alentar este enfrentamiento interreligioso. Tampoco conviene olvidar que antes de esta revuelta de la clase media, Israel ya había perdido a su aliado tradicional turco como consecuencia de la masacre de la flotilla, Siria ha venido recuperando poder político a nivel regional (6) e Irán acrecienta su influencia en todo Oriente Próximo. Hay un nuevo equilibrio de poder en Oriente Próximo y el papel de EEUU e Israel se debilita cada día que pasa. Con la excepción de Libia, las revueltas sacuden países gobernados por aliados de EEUU y que hacen la vista gorda con Israel. Se asiste a una nueva correlación de fuerzas en las que las organizaciones de la resistencia han ganado nuevas dosis de moral y confianza. El hecho, insólito, de que el secretario general de Hizbulá, Hasán Nasralá, amenazase públicamente a Israel con “liberar” Galilea si existe una nueva guerra contra Líbano (7) pone claramente de manifiesto la debilidad de las posiciones de los sionistas y sus aliados.

Egipto mantendrá su línea económica capitalista, pero ya no será una potencia regional porque, entre otras cosas, le costará un tiempo largo al nuevo gobierno asentarse tanto a nivel interno como externo y una de sus principales piedras de toque será la actitud hacia Gaza y Hamás, así como hacia otras fuerzas de la resistencia árabe como Hizbulá. Y, en cualquier caso, si había una remota posibilidad de ataque israelo-estadounidense contra Irán, se ha esfumado como una pompa de jabón. Un ataque en esta situación socio-política tan frágil sería el fin no ya de un Egipto “moderado”, sino de toda una región al completo tal y como ahora la conocemos. Sin pretenderlo, desde luego, esta ha sido la gran contribución de Mubarak con su empecinamiento en mantenerse en el poder hasta el último momento.

Notas:

(1) Hossam el-Hamalawy, 9 de febrero de 2011. El Ministerio del Interior egipcio habla de 99 comisarías atacadas y de “decenas” de vehículos policiales incendiados, aunque no proporciona ninguna cifra exacta.

(2) Joel Beinin y Hossam el-Hamalawy: “El sector obrero egipcio hace frente al nuevo orden económico” http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article48

(3) Prensa Latina, 14 de febrero de 2011.

(4) www.arabawy.org, 11 de febrero de 2011.

(5) The Daily Star, 8 de febrero de 2011.

(6) Alberto Cruz, “Siria logra una nueva correlación de fuerzas en Oriente Próximo” http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article852

(7) As-Safir, 17 de febrero de 2011.


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