EHk 2022. Bailar el caos con armonía propia

Muerto el perro se acabó la rabia, decía el refrán. Invirtámoslo ahora: Muerta la rabia, se acabó el perro. O lo que es lo mismo, la fulminante desaparición político mediática de la pandemia Covid 19 pretende acabar con el perro de la crisis que ésta agudizó. Pero, por el contrario, la crisis capitalista se reformula y agudiza, instándonos a poner en pie respuestas organizativas y comunitarias de anhelo libertario acordes al tamaño de su desafío.

Del acontecimiento a la tensión

La aparición de lo que denominamos «acontecimiento Covid19» en 2020 nos remitía a un elemento que de forma inesperada o incluso fortuita irrumpía, alterando con esa irrupción el trazo mayormente previsible de la Historia y propiciando nuevos escenarios inesperados. Por el contrario, la invasión de la Federación Rusa de Ucrania de 2022 nos dirige al de las conocidas tensiones (frías o calientes) en el relevo en curso de la hegemonía mundial y en especial al papel secundario derivado del mismo del viejo continente y de su bloque UE. Y al belicoso panorama de las tensiones inter-imperialistas entre antiguos y nuevos bloques.

El porqué último de este penúltimo estallido residirá, claro, en episodios de la batalla por la consolidación de la nueva hegemonía mundial china y en los coletazos estertóreos norteamericanos. La esperada deriva militarista como razón última, lleva a la sucesión de conflictos entre ambos bloques, entrampando en estos a sus correspondientes aliados (en Europa: Federación Rusa y Unión Europea) e interponiendo o sacrificando a terceros (Ucrania). En el hervidero del Pacífico asiático se esperan inminentes sucesos similares.

En la zona euro, su rearme se llevará consigo, en el plano económico, importantes recursos en un bloque muy endeudado, comprometidos en su refundación Next Gen. En el plano ideológico, esto dará definitiva forma al nacionalismo europeísta, que se inventará a sí mismo como patria de los valores ilustrados, en esta ocasión escenificando peligro por amenaza externa, no ahora ya por la agresión de la civilización islámica (donde recordemos acabó con victoria talibán), sino por la del gigante ruso y sus aliados, caracterizados esta vez como las hordas del Khan.

Por concretar algunas consecuencias de la guerra en territorio ucraniano jaleada por el «amigo americano», ésta trunca la reinvención de la Unión Europea como Bloque político y económico, cohesionado mediante su endeudamiento colectivo y solidario con la crisis de 2020. La obligada ruptura con la Federación Rusa le priva de fuentes de aprovisionamiento de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas), así como de otros importantes insumos, como el uranio kazajo. Pero a su vez, aborta la expansión comercial y económica UE hacia los mercados y territorios rusos que le garantizaba un mayor empaque como Bloque. Mientras tanto, la UE vuelve a tener que abastecerse del gas licuado norteamericano, por ejemplo, invirtiendo los recursos propios en las infraestructuras necesarias para ello y reflotando en paralelo las menguadas arcas gringas.

Esta nueva realidad obliga a la UE a abandonar su anterior apuesta estratégica y, como consecuencia, a buscar ahora de nuevo el reaprovisionamiento de fuentes energéticas y de mercados en el inestable y complejo continente africano, tanto en el norte árabe como en los países subsaharianos. El sorpresivo giro gubernamental en la tradicional posición española en el conflicto saharaui, y su alineamiento con el reino de Marruecos, es de esto último, botón de muestra. En este mapa variable, la posición geográfica de la península ibérica o a nivel vasco las infraestructuras y relaciones ya creadas en el Superpuerto de Bilbao, pueden favorecer las opciones relativas locales.

Así las cosas, pretender alinearse desde el campo transformador con la nueva potencia hegemónica China, por su comunismo de Estado o con la Federación Rusa por su pasado soviético, o celebrar cada descalabro norteamericano como un nuevo episodio de «justicia poética», es sólo celebrar la impotencia. Por el contrario, conocer las nuevas dificultades en las que se enfanga el bloque UE y su proyecto político en un contexto de profunda inestabilidad y competencia inter-imperialista debe potenciar nuestras opciones.

Viejas recetas y nuevos malestares

Tras décadas anunciándose el final de los combustibles fósiles baratos que han posibilitado el ciclo industrial de la segunda mitad del siglo XX, éste ya ha llegado. La meseta en su extracción con un horizonte inmediato de progresiva mengua, supone su también encarecimiento creciente, como ya ha ocurrido. La plena dependencia del sistema productivo de estos combustibles, repercute en la práctica totalidad de sus sectores y provoca el paulatino alza de los precios al consumo, materializándose en una notable inflación que se extiende por todo el globo capitalista, también por el primero de sus mundos. Un proceso de subida constante por una inflación, común en otros periodos con menor cantidad de crudo en el mercado mundial, pero que se diferencia ahora por su carácter estructural y no episódico.

La refundación UE Next Gen, que en su paroxismo publicitario denominaba también a las imprescindibles fuentes energéticas nuclear y por gas como energías verdes para su proyecto de transición energética, ve dificultado aún más su propósito, puesto que el proceso inflacionario torpedea su endeudada economía, pendiente de los tipos de interés prestatario, y de las políticas de compra de las deudas públicas nacionales por parte de su Banco Central.

Para la mayoría de los habitantes de la zona UE, este proceso que despunta con el 2022 se traduce en mayores dificultades para vadear los gastos cotidianos, lo que acelera su paulatina depauperación. Con todo, para el tercio de población vasca que vive en bienestar, este proceso se traducirá en un menor ahorro y en la desvalorización del previo aunque podrá mantener su actual nivel de consumo. Tan solo una exigua minoría verá incrementado su patrimonio.

Como viene siendo habitual en momentos similares, y en especial recordaremos aquí a la generación que se incorporó al mundo laboral en los primeros años de la década del 2000, los malestares sociales se querrán canalizar contra ciertas élites económicas y sus personajes simbólicamente más corruptos (en el caso español el rey emérito u otros sinvergüenzas de recambio) También contra los mecanismos de recaudación más burdos de las grandes empresas, contra la derecha predadora u otros pillos de diversos colores instalados en las administraciones. Este esquema, que redirigió las insatisfacciones sociales de la crisis de 2008 que cristalizaron en las movilizaciones de 2011 hacia la crítica de las élites (élites políticas ineficientes [«casta»] / élites económicas con ganancias inmorales [ayer banca hoy eléctricas]), resolvió sin demasiados espasmos aquel malestar con el recambio de los actores políticos institucionales para 2014. Así, disparando la atención contra ese 1% de la población y su patrimonio y contra los «malos» gestores, se seguirá fabulando con que es posible mantener el mismo ritmo de producción y consumo y de que es posible también la incorporación general a ese tercio privilegiado a través del «ascensor social», para lo que solo se precisan impedir los beneficios de esas desmesuradas fortunas y poner en marcha políticas recaudatorias redistributivas a través de una gestión honrada de lo público.

Es preciso, por tanto, recordar la desigualdad social previa a la presente crisis y que ésta solo agrava. Es necesario insistir en las enseñanzas de las luchas desarrolladas en estos últimos cuatro años, que visibilizaron a la mayoría social vasca en malestar. El proceso de empobrecimiento que ahora se agranda no debe ser engullido por los cantos de sirena de la política redistributiva, ni con la agónica receta de aminorar sus peores impactos, a lo que se agarra la socialdemocracia, con lo que se contenta lo que fue llamada la «izquierda renovada», o que gestiona en su beneficio la democracia cristiana vascongada. Las progresivas dificultades cotidianas se han de traducir desde el campo transformador en articular prácticas y discursos alternativos al sistema de relación social presente, que incluyan y partan de los sectores desfavorecidos y excluidos del escaparate de un bienestar diseñado y reservado para uso y disfrute de un segmento de la población vasca.

Un panorama político esperado…

Si algo han confirmado los resultados electorales de las presidenciales al Elíseo del 22, ha sido la obsolescencia de la arquitectura política sobre la que se basaba la Unión Europea; esto es, el relevo parlamentario entre las dos opciones con sus variantes locales cuyo maridaje la hizo posible: la derecha democristiana y la izquierda socialdemócrata. Los ridículos porcentajes obtenidos por cada uno de los representantes tradicionales de estas opciones en la primera vuelta de los últimos comicios franceses lo muestran con elocuencia y sería poco riguroso encajar en este esquema binario a fuerzas con contornos propios como En Marche o La France Insoumise.

Las llamadas a la participación electoral de los censados, cada vez más exigua, o la supuesta sorpresa ante los resultados de las opciones tradicionales de la V República y fundacionales de la UE, están cortadas por el mismo rasero que las llamadas a los valores del antifascismo para apoyar a un candidato presidencial liberal galo, que se ha distinguido por su desmantelamiento del estado asistencial, como su sistema de pensiones, o en estos últimos tiempos de pandemia Covid19 por imponer la fuerza del Estado como razón última, pese a unas resistencias y disidencias sociales a sus políticas nada anecdóticas. Sería más conveniente, entonces, ahondar en la insatisfacción y la desafección mayoritaria con el orden económico y social capitalista, potenciando las prácticas igualitaristas y de confrontación presentes y las que surgirán, en un panorama de empobrecimiento creciente ante la crisis derivada del fin de los combustibles fósiles baratos, del que el levantamiento de los Gilets Jaunes desde el 18, ha sido avance.

Atendiendo al «gobierno progresista» español, aupado al poder con el 2020, éste ha ido acometiendo las tareas para las que tomara el relevo gubernamental en 2018: aminorar el impacto de las nuevas carencias y poner en marcha las renovadas orientaciones económicas que la refundación de la UE acarrea, tareas para las que la derecha tradicional española se encontraba socialmente deslegitimada, y frente a las cuales podía surgir desde la insatisfacción un nuevo movimiento de protesta, al estilo de lo que ocurriera en 2011 como consecuencia del empobrecimiento y las medidas neoliberales subsiguientes a la crisis de 2008.

Pues el guion previsto suponía la creación de un gobierno «progresista» dedicado a placar las consecuencias sociales más perniciosas de la nueva crisis, mientras desplegaba las condiciones para el nuevo modelo económico. Y de este modo, el monto equivalente a los primeros importes de la cantidad asignada por los fondos Next Gen al estado español ha sido destinado a asumir a cuenta de las arcas del Estado buena parte del encarecimiento de bienes y servicios, bien por subvenciones directas, bien por reducción de la carga impositiva a empresas y contribuyentes. Sin embargo, esta práctica, clásica bajo el patrón socialdemócrata, solo es capaz de aminorar la velocidad de empobrecimiento generalizado y trae consigo y como consecuencia, la merma progresiva de los recursos públicos. Todo ello se constituye en el caldo de cultivo idóneo para la exitosa reaparición electoral de la derecha tradicional como opción alternativa, regenerado ya su crédito social en virtud del paso del tiempo y encabezada por nuevos candidatos caracterizados por una demostrada capacidad de gestión de lo público.

En este contexto, los pequeños avances legislativos impulsados por la parte de la «izquierda renovada» del gobierno español «progresista», son el argumento utilizado por esta última para legitimar su opción de incluirse en las labores gubernativas y de gestión de la crisis. La discusión sobre las bondades y avances relativos de la Reforma Laboral del 22, vehiculada por esta opción, ilustran estas afirmaciones y colocan a las opciones transformadoras en la vieja tesitura concretada en la máxima «lo mejor es enemigo de lo bueno», con la que la izquierda renovada en labores gubernativas confronta las protestas desatadas por las insuficiencias de sus medidas reformadoras.

Fuera de las labores gubernativas españolas, tanto de gestión como de leal oposición, ha quedado la opción política de la derecha extrema, que mantiene sus resultados y cohesiona su base electoral al igual que en territorios galos. Sería conveniente atender a que el llamado «cordón sanitario» institucional más publicitado que real y que limita su aparición en algunos escenarios de representación y de expresión, puede impulsar por rebote una imagen «outsider» que haga más cercana a esta derecha extrema a las capas sociales en desafección. Por lo demás, el papel otorgado a ésta es la labor del espantajo que haga menos repulsiva la cara de la derecha gestora, destinada a ser remache de la gestión liberal francesa o en el caso español, recambio de poder; encomienda que realiza esta derecha extrema con éxito.

y un telón de fondo que cae

Si las movilizaciones del ciclo de protestas iniciado en 2018 tuvieron como virtud el visibilizar a la mayoría social vasca en malestar y destapar el entramado político y mediático que enmascaraba esta realidad, los hechos acontecidos durante 2021 en el contexto global del capitalismo y del bloque UE han terminado por derribar el decorado internacional con el que se legitimaban los gestores autonómicos vascongados y navarros.

La carestía progresiva derivada del fin de los combustibles fósiles baratos y del ciclo inflacionario que ésta desata junto con la guerra en los confines del territorio simbólico europeo, han visibilizado socialmente la dependencia energética del sistema productivo y la debilidad política y el papel subsidiario internacional de la Unión Europea. La pretendida potencia política y económica del Bloque UE que añadía consistencia al orden local, queda así impugnada por esta realidad en la que el horizonte de pauperización se hace cada vez más nítido.

Los fugaces cantos de sirena del Next Gen, que la situación del 22 ha dejado en evidencia, se suman a otras ya realidades como la carestía de la vida, la falta intermitente de suministros o componentes básicos y la rampante inflación. Si los tiempos que acompañaron al acontecimiento Covid19, con las dificultades e incluso la rotura de la cadena global de los componentes, avanzaron escenario de colapso, la presente realidad los ha incorporado en su cotidianeidad, añadiendo a la sensación de precariedad social, la de la inestabilidad del entramado económico y político internacional. No es arriesgado, por tanto, afirmar que la entelequia del sistema capitalista que padecemos queda cada vez más al desnudo.

El oasis vasco, como así se definiera a la anormalidad en los años treinta del pasado siglo de la composición social y política vasca, se repite ahora al responder todavía a la composición de las estructuras de poder al viejo esquema fundacional de la UE (democracia cristiana + socialdemocracia) cuya fórmula sigue gestionando las administraciones vascongadas y navarras. Este ya anacronismo que apoyaba su legitimidad en la escena internacional UE, queda ya socialmente desautorizado, y en esa gran brecha que se encuentra manifiesta, es tarea transformadora colocar palanca. Los esfuerzos del posibilismo de la izquierda renovada, en su versión vasquista (ahora como muleta madrileña del «gobierno progresista», en buscada competencia con el tradicional papel jeltzale en la corte) o españolista, compitiendo entre las mismas para resaltar su doble carácter de eficacia institucional y de sintonía con los problemas cotidianos, caen en el mismo saco roto de un entramado político y económico endeble y falto de legitimidad, para el que no son alternativa. Esta ha de construirse necesariamente desde fuera de sus lógicas.

Movimientos sociales vascos: dos ejemplos

Sin entrar en apología o derribo de las razones esgrimidas por sus promotores, el caso de la plataforma Bizitza es paradigmático de cómo se puede llegar a construir un movimiento social, si se atiende a las características que ha de adquirir para ser considerado como tal y que a su vez implican su potencial de éxito movilizatorio incluso en periodos y contextos de extrema dureza.

Así Bizitza, comenzó a trenzar diversas plataformas activistas que se habían propuesto ponerle cara y hacer frente a las diversas medidas sociosanitarias impulsadas por las diferentes administraciones. En un primer momento, con el verano de 2020 y el final de los confinamientos domiciliarios, las diversas iniciativas locales lucharon por hacerse visibles, por lo que se impulsaron las concentraciones en lugares públicos de las diferentes disidencias, tanto para hacer patente su existencia como para ser punto de encuentro de quienes no comulgaban con las medidas profilácticas impuestas. Las características de cada grupo local eran propias, aunque por lo general aunaban a veteranos militantes de pasadas luchas sociales, con personas de mediana edad cercanas a las terapias alternativas, así como individuos que se acercaban a estos grupos por infinitos motivos personales y que carecían de experiencia (y de apariencia) militante.

Junto a la creciente visibilidad de estos pequeños grupos y a un paralelo resquebrajamiento en la credibilidad del discurso totalitario esgrimido por las autoridades sanitarias como principal consecuencia de la falta de lógica interna de las medidas socio-sanitarias, en el primer semestre de 2021 se profundizó la campaña política y mediática que pasaba de aquel primer ninguneo contra el que se articularon las concentraciones, a una ridiculización de la disidencia y de sus propuestas, ligándolos indefectiblemente con los análisis más extravagantes, que las comunicaciones en Red posibilitan y promueven, y que también estaban presentes en aquella desacostumbrada agregación.

Frente a ello, la estrategia de respuesta interna consistió en dar consistencia teórica a aquel magma disidente, promoviendo las exposiciones de expertos alternativos. Aquellas exposiciones con pretendidos visos de respetabilidad técnica, tenían en común su visión disidente aunque sus análisis seguían siendo muy diversos. El uso progresivo también por entonces de un nombre común como paraguas político (Osasuna eta Askatasuna) y que remitía a los utilizados por los grupos disociados de la galaxia izquierda abertzale, fue otra de las estrategias para añadir visibilidad y respetabilidad movilizatoria a aquellos grupos locales, que se enfrentaban también a la incomprensión desde los ámbitos mayoritarios de la izquierda social, desconcertados por la novedad de aquella agregación activista y muchas veces por la incongruencia de muchos de aquellos análisis.

La práctica de divulgación alternativa en calles y plazas, posibilitó y potenció la coordinación paulatina de estos grupos, que ya utilizando el nombre público Bizitza, iniciaron una campaña de charlas en pueblos y ciudades vascas para los primeros meses del verano de 2021 que culminó en la marcha de Donostia a finales de julio de 2021. La etiqueta de «negacionista», que había caracterizado la campaña político mediática de ridiculización que había durado casi un año, iba cambiando junto a esta primera demostración de capacidad de movilización en «antivacunas»: el tratamiento pasaba ahora a una virulenta criminalización, como ocurría en toda Europa. Sin embargo, los elevadísimos índices de vacunación entre la población vasca, vaciaban de hipotética razón todavía más la pertinencia de imponer la inoculación a los segmentos poblacionales que la rechazaban.

Tras una marcha exitosa el 27 de noviembre de 2021, esta vez en Bilbao, vigorizando y engrosando la comunidad conseguida durante las movilizaciones del pasado semestre, Bizitza conseguía constituirse progresivamente como movimiento social. Durante aquel mes, el descontento social que se ampliaba con nuevas incongruencias de las políticas socio-sanitarias, se acrecentó con la imposición del llamado «pasaporte covid» tras vadear éste varias sentencias judiciales que limitaban su requerimiento, no ya en los viajes internacionales u otras situaciones excepcionales, sino para muchos de los actos cotidianos. Frente a la movilización de noviembre en la que todavía se desplegaba un discurso algo caótico por su complejidad y alusión a demasiadas aristas del acontecimiento Covid19, la siguiente manifestación del 22 de Enero de 2022 enfocada prioritariamente contra el «pasaporte», consiguió aunar exitosamente en ella a los diversos colectivos y a las personas en disidencia, beneficiándose de la simpatía social que generaba el malestar generalizado por la imposición del uso cotidiano del pasaporte covid.

De este modo, articulando la potencia movilizatoria alrededor de una reivindicación concreta con evidente rechazo social («pasaporte covid») y bajo una única marca (Bizitza), finalmente se consiguió visibilizar aquel magma disidente como un movimiento social: esto es, un movimiento protagonizado por diversos sectores sociales aunados por un objetivo concreto común, en cuya lucha confluyen y que son amparados por un paraguas social más amplio que no participa pero sí comprende y comparte en parte su pretensión final.

Con el tiempo, el desplazamiento de la centralidad de las políticas públicas frente a la pandemia, también ha desplazado el peso relativo de este movimiento, que intentó repetir su hito movilizatorio, focalizados esta vez contra el uso de las mascarillas especialmente en el ámbito escolar en Gasteiz en marzo del 22 con menor capacidad de convocatoria e impacto. No obstante, el éxito de este fugaz movimiento social en un contexto tan sumamente hostil es lección de que hasta en momentos aparentemente estériles, las expresiones de rechazo colectivo pueden florecer y madurar, si estas se articulan con inteligencia movilizatoria.

Como ejemplo inverso, podemos analizar también la práctica desaparición del joven movimiento contra el cambio climático y de los activos que éste había conseguido acumular en los años inmediatamente previos al confinamiento de 2020.

Dispersados unos contingentes juveniles que lograron su máxima expresión con las manifestaciones alrededor de la huelga climática de septiembre de 2019 y que se proyectaban en ascendencia con el parón de 2020, la actividad de denuncia había recomenzado con la humildad de los nuevos inicios durante 2021, protagonizados esta vez por otra nueva y jovencísima generación militante, nacida al abrigo de aquellas movilizaciones pre-pandemia, que repetía el repertorio reivindicativo, retomando las concentraciones de los viernes frente a ayuntamientos, y similares.

Sin embargo, la celebración de la COP 26, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático en la escocesa Glasgow a finales de octubre de 2021, que congregaría a las inanes élites políticas y económicas, despertó las rutinas movilizatorias creadas durante el ciclo de la antiglobalización, y cuyas consecuencias cuando la COP 25 de Madrid de diciembre de 2019, el joven movimiento a duras penas había conseguido resistir.

De este modo, la vieja izquierda anclada en sus anquilosados colectivos sectoriales, se arrogó el protagonismo de encarar el discurso contra el cambio climático, organizando diversas movilizaciones locales contra la Cumbre de Glasgow, desplazando con el despliegue de su maquinaria organizativa a los pequeños grupos juveniles que constituían la nueva savia del futuro movimiento.

Pese a las ambiciones de la vieja izquierda social, las movilizaciones vascas contra la COP 26 de Glasgow de noviembre de 2021 no llegaron ni siquiera a cubrir las expectativas que sus enemigos les otorgaban. Si estos pretendían convertir la protesta contra el cambio climático en un oportuno «lavado verde», que diera empaque al «Green New Deal» europeo para lo que se desplegara una importante cobertura mediática, la falta de convicción de los propios organizadores de las protestas y de su exigua y envejecida comunidad que fue la que desfilara en ellas pacientemente, dejó patente la carencia de ambición última y de objetivos tácticos de aquellas movilizaciones.

Convertida así la protesta contra el cambio climático en una rutina más de los desnortados colectivos de la vieja izquierda, ésta expulsó de facto de su seno a un contingente juvenil que nada tiene en común con restos encuadrados en envejecidos chiringuitos. Para que lo nuevo nazca, lo viejo no ha de morir, pero sí al menos, apartarse.

Pese a todo, las protestas contra el COP 26 han dejado claro que será el camino de la desobediencia y mayormente el de la acción directa noviolenta, el que marcará la tendencia activista contra el cambio climático. Y que el movimiento finalmente puede que no nazca de las capas más jóvenes de la sociedad, pero sí que puede florecer de las canteras activistas impelidas no solo por la amenaza a la continuidad de la propia vida planetaria por el calentamiento global, sino también de las escaldadas de la impotencia e inutilidad de las rutinas organizativas de la vieja izquierda.

No querríamos cerrar esta reflexión y repaso sobre las movilizaciones de este último año, sin dejar constancia de otros importantes fogonazos, como fueron las protestas locales contra las agresiones homófobas a comienzos del verano de 2021. Estas, lejos de reunir al elenco institucional y cohesionar el discurso buenista de lo políticamente correcto, supieron dar voz a la rabia y ser expresión de la diversidad sexual en conflicto con la heteronormatividad castrante en vigor.

Largo Declive: Malestares y Resistencias

Recientes hechos como la huelga de los transportistas no integrantes de las grandes asociaciones patronales durante el mes de marzo del 22, espejo de la previa protesta francesa, y desatada en territorio español ante el incremento inasumible de los combustibles, ha convertido en realidad la falta de suministros básicos que los portavoces gubernamentales publicitaban como consecuencia de la guerra en Ucrania iniciada en el mes de febrero. De este modo, las autoridades, jugando al catastrofismo y banalizando los temores sociales al desabastecimiento para agrandar la importancia de la ruptura de la UE con la Federación Rusa, y coincidir en el tiempo esto con las convocatorias de paro indefinido de los transportistas, provocaron un mayor impacto social de los efectos de las movilizaciones, y dejaron patente en mayor medida la dependencia alimentaria y, en general, la dependencia de factores externos de la economía productiva, pero también de la imprescindible para la supervivencia. Toda vez que la desorientación ante la interrupción del ritmo productivo y de sus relaciones sociales se encuentra todavía severamente alterado desde los confinamientos de marzo de 2020, la sensación general en los territorios continentales y peninsulares vascos de que es posible que la economía capitalista quiebre, esto es, de su colapso, se refuerza.

En este sentido, las llamadas de autoridades y personajes referenciales españoles a bajar los termostatos de las calefacciones de los hogares para moderar el consumo y así disminuir la dependencia energética exterior, chocan con la realidad de no pocos hogares que tienen que prescindir del uso de la propia calefacción ante la imposibilidad de afrontar su gasto. La publicación diaria de las tablas horarias de las tarifas eléctricas para utilizar en las mismas los electrodomésticos básicos para la gestión cotidiana de los hogares se constituye en otro ejemplo más de la pauperización progresiva en la que estamos ya inmersos en este Largo Declive cuya pendiente en descenso va tomando cada vez una mayor inercia.

Esto, que avanzábamos como tendencia, se manifiesta ya como evidencia, y los cambios y acontecimientos que se generan van tomando cada vez una mayor velocidad, acrecentando el sentimiento general de provisionalidad. Sin embargo, es esta una provisionalidad que debemos tomar como síntoma de la inestabilidad y debilidad del sistema productivo y de relaciones capitalista, y en la que nuestra lógica propia debe mostrarse firme y coherente, impermeable en lo posible a unos altibajos y cambios que, pese a alterar y complicar constantemente el campo del conflicto social, obedecen a las fallas de un sistema de dominación en franca decadencia.

La construcción de realidades alternativas que posibiliten la reapropiación de los saberes prácticos sociales ligados a la mera supervivencia a través de prácticas en conflicto, muestra en el presente contexto aún más su pertinencia. Y en este camino, se visibilizan ya en EHk también políticas y prácticas que comparten con estos propósitos ciertos tonos, algunas de ellas impulsadas por colectivos surgidos tras la implosión de lo que fuera el espacio político de la llamada izquierda abertzale, en especial los GKS, en su deseada transición de movimiento juvenil a opción política.

En algunas de estas prácticas, se han producido conflictos de matiz sectario sobre los que sería conveniente recordar algunas enseñanzas que el propio devenir de los movimientos ha dejado como poso. Recordemos así la diferencia que se establecía entre un movimiento unitario, el asambleario y el asambleísta. Este primero, el movimiento unitario, se basa en una unidad pactada para la consecución de un objetivo compartido entre integrantes de diversas corrientes ideológicas o políticas. El asambleario basa su actividad en la asamblea que es el instrumento de trabajo que vehicula su práctica y que no acepta injerencias ni objetivos externos a los planteados en la misma. El modelo asambleísta es el que hace ideología del sistema de trabajo asambleario y combate, reivindicando su práctica, a los colectivos que pretenden mediatizar el protagonismo exclusivo de la asamblea. Los movimientos unitarios, también conocidos como «colectivos», suelen tener un carácter sectorial y una mayor estabilidad en el tiempo ligado a la consecución de un objetivo de largo alcance, correspondiente a una arista concreta de la dominación social. Los asamblearios normalmente se focalizan más en conflictos concretos y por tanto son menos estables en el tiempo. Los asambleístas son pasión de cierta militancia con claras aspiraciones de transformación social general.

El caso es que, en la clásica batalla por la hegemonía en lo que fueron las experiencias alternativas y en la creación de otras nuevas, la confusión entre lo unitario, lo asambleario y lo asambleísta ha llevado a agrios choques, cuando en nuestra opinión, el arte de la política radical es, entre otras cuestiones, saber dar el espacio a cada una de estas modalidades y participar en su caso en cada una de ellas respetando sus contornos, en aras de que estas iniciativas puedan funcionar de un modo idóneo. La realidad es que después de encontronazos y tensiones en los movimientos unitarios y asamblearios durante el 20/21, el entorno GKS ha puesto en marcha en el 21/22 iniciativas propias en campos en los que el movimiento unitario o asambleario era habitual, apareciendo así versiones de Redes de Autodefensa Laboral o Centros Socialistas de propia marca, que se suman a sus colectivos sectoriales propios. En este contexto, la batalla por la hegemonía toma ya tintes en los que no es anecdótico encontrar ejemplos de prepotencia en los modos y de sectarismo en la argumentación. Es así como algunas de las taras más nocivas de los partidos consejistas vascos del final de la década de los años setenta del pasado siglo se reproducen ahora en similar contexto de crisis. El estallido entonces de aquel conglomerado organizativo y la desmovilización consiguiente de sus militantes tendría que dar de pensar a quienes en los tiempos presentes se empeñan en repetir sus errores. Así, para quienes no dudan en contemplar como propios las experiencias y los hitos autónomos pasados les sería conveniente que repasaran también las enseñanzas de sus insuficiencias.

Frente a ello, el actual contexto en el que se precipita el Largo Declive, con estrecheces y necesidades perentorias en un planeta que revienta sus costuras, precisa de la alegría creadora propia del espíritu libertario del que nos consideramos depositarios. De ese mundo nuevo que llevamos en nuestros corazones, y que no teme a las ruinas. Porque nuestra alternativa práctica ha de ser no solo socialmente creíble, sino también deseable. De poco sirve la matraca agorera que insiste en la extinción de un mundo que parece no se quiere repoblar bajo otras bases: rehabitar. No nos interesa la épica darwiniana del survivalismo sino la construcción de nuevos lazos comunitarios respetuosos con unas capacidades humanas, que sí, debemos reaprender. Y menos el mostrarse jactancioso o matón para imponer nuestro sendero luminoso de bandera roja; ejemplos de ese tipo ya hemos sufrido demasiado tiempo por las vanguardias leninistas en lo que fuera el movimiento popular vasco y así terminó. Los juegos de poder representan la peor herencia del patriarcado que queremos dejar atrás.

El escenario de presentes y futuras privaciones es oportunidad de crear resistencias y sobre estos fundar nuevas comunidades de lucha sobre las que edificar relaciones horizontales, que se han de vivir y desear gozosas. La acelerada espiral del capitalismo en este su lento pero paulatino declive repetirá situaciones para las que ya habremos aprendido a extraer sus enseñanzas y sobre las que delimitar los puntos desde los que proyectar resistencias. El cadáver de nuestro enemigo está pasando ante nuestra puerta, solo tenemos que mostrar y articular nuestras ganas de vivir la vida plena.

Jtxo Estebaranz
Mayo de 2022

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