Tres mitos, tres ilusiones y tres verdades

En medicina, el mito propagado y aceptado es creer que sin la intervención de los médicos la mortalidad sería enorme y las enfermedades tendrían una duración mayor o un fin grave. Gracias a la medicina, no hemos desaparecido como especie.

Médicos y profanos se hacen la ilusión de que las enfermedades retroceden ante los tratamientos y que todo es el resultado de la acción vigilante del médico. Todo sucede como consecuencia de los tratamientos empleados. Merced a ellos se ha evitado una complicación, se ha acortado la duración del mal, se ha hecho abortar un sistema molesto y el organismo ha podido recobrar al fin su normalidad. Los casos de muerte son casos desgraciados o manifestaciones del desarme actual de la medicina, la que, en su progreso, llegará a conquistar la eficacia que hoy tiene limitada.

La verdad es que todas las enfermedades pueden evolucionar hacia la curación sin la intervención del médico, y que en muchas enfermedades, en casi todas las infecciosas, puede prescindirse de todo tratamiento. La realidad es que el médico no hace muchas veces más que dar la sensación de que hace algo y las enfermedades evolucionan a pesar suyo y por encima del poder restringido de los medios que maneja.

El secreto está en no confundir falta de tratamiento con mal tratamiento. La evolución de una enfermedad esta prefijada por las condiciones en que se encuentra el organismo que la padece y por la integridad de sus defensas naturales. Si podéis restablecer las condiciones naturales más propicias a la vegetación de ese organismo, habréis hecho más que empleando todos los artificios terapéuticos. Esa sabiduría nos la proporcionaba el instinto, que poco a poco hemos llegado a destruir. La clave está en esto: en recuperar aquella sabiduría.

En educación, el mito aceptado unánimemente por los educadores es que el niño solo puede ser bueno si vigilamos sus pasos y los encaminamos hacia lo que entendemos por bien. Abandonado a sí mismo sería una cosa monstruosa, caótica y antisocial. Toda la felicidad nos viene del cuidado que en educarnos han puesto padres y maestros.

La ilusión está en la seriedad con que los padres, pedagogos y moralistas se afanan por modelar al niño que cae en sus manos. Olvidan que el niño es lo que por naturaleza innata le corresponde ser y lo que en él ha modelado el trato recibido en los tres primeros años de la vida, la época más propicia para influir sobre el carácter. Será bueno, a pesar de no haber sido educado en tal sentido, y podrá ser malo, pese a todas las coacciones y moldeamientos educativos.

La verdad es esta: que sin educación el hombre no sería ni mejor ni peor. No se confunda falta de educación con mala educación. En la sencillez de una vida natural y sincera, la educación es innecesaria. Y es una mala educación la que se recibe en nuestras sociedades, llena de artificios, falsedades e hipocresías, de crueldades disimuladas y de virtudes convencionales.

En política se ha confundido el mito de que sin gobierno no es posible una sociedad humana. Gracias al Gobierno y a su coacción, somos todos buenos, y es posible la convivencia. Todo debe estar legislado y sujeto a normas, si queremos evitar el desenfreno, el abuso y el salvajismo.

Los políticos practican la superchería de que se desvelan por nuestra vida ordenada y feliz. Gracias a sus sacrificios y a su dirección, se sostienen las sociedades y no nos comemos los unos a los otros. La guardia civil y la policía, los tribunales de justicia y los presidios contienen la criminalidad en límites discretos. Sin ellos, todos transgrediríamos las normas de convivencia y nos dedicaríamos al saqueo, al crimen y al pillaje.

La verdad es que si no hay más delitos que los que se registran es porque no se siente la necesidad de cometerlos. El hombre de buenos sentimientos no matará aunque se le brinde impunidad, y en cambio el perverso mata a pesar de todas las coacciones. También aquí no hay que confundir la falta de gobierno (denominada con esa palabra que asusta: anarquía) con el desgobierno.

Los tres mitos pueden reducirse a uno, como el embrollo de la Santísima Trinidad.

Creer que el artificio suplanta a lo natural es el mito. Rehabilitar lo natural frente a lo artificioso es el procedimiento para destruirlo.

Si queremos imponer a los hombres una cierta salud, una determinada educación y una determinada conducta social, precisamos de la medicina, de la educación y del Gobierno. Como necesita de la tijera de podar el jardinero que quiere imponer a los árboles una cierta forma, talla o dirección. Un arbusto no debe tener una forma geométrica. El ideal debe ser que se desarrolle conforme a su manera peculiar. No debemos pretender uniformar a los hombres según un patrón que se nos antoja perfecto. Ellos deben ser como la naturaleza y su espontaneidad los haga. Nuestro cuidado debe limitarse a evitar que se deformen, a prevenir el mal. Siempre nos ha sido más asequible y fácil prevenir que curar. Evitemos la medicina con el culto de la higiene. El retorno a la Naturaleza puede redimirnos de la pretensión de educar. La libertad sin sofisticaciones hace innecesarios todos los Gobiernos.

Isaac Puente

Artículo publicado en la revista «Estudios», marzo de 1930

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