CEPRID

HACIA LA RE-INVENCIÓN DEL “COMERCIO JUSTO” (y IV)

Sábado 17 de junio de 2017 por CEPRID

RENÉ MENDOZA VIDAURRE

CETRI

6. Las estructuras de poder y el vaciamiento del cooperativismo

En la sección anterior nos preguntamos por qué las cooperativas no superan los mecanismos infaustos. Aquí la tercera respuesta. Las cooperativas no incurrirían en esos mecanismos si sus asociados actuasen realmente como socios, si funcionasen sus órganos, y si su personal respondiese a los principios del cooperativismo y a sus órganos. La involución del CJ también se ha debido a la acción de una pequeña elite que, detrás de las cooperativas y del entramado del CJ, se ha ido apropiando de —o privatizando a— las cooperativas y del CJ. Esa elite se basa en una estructura histórica de poder que es capaz de vaciar las cooperativas. ¿Cómo?

Hay una concentración de poder (capital, cargos, información y contactos) desde donde manejan el conjunto de la cadena. Visto desde la región, las cooperativas de segundo grado concentran las inversiones gracias a buena parte de las primas, premios, diferencial de calidad, premio cooperativa y ganancias (o sobreprecios). Son la puerta a las certificaciones, a la banca, a los mercados y a los organismos del CJ; a la información y a las relaciones externas; y son quienes poseen lo que los organismos buscan: reportes, registros, actas, información. Visto desde el conjunto de la cadena, el círculo de hierro está entre la cooperativa de segundo grado, los compradores, las certificadoras y la banca social. Visto desde las relaciones de poder, si bien cada organización actúa según sus intereses, se observa una tácita colusión entre varios actores (individuos) del entramado del CJ (37)

Históricamente el patrón y el mandador vivían en la misma comunidad/zona de las familias campesinas y/o los mozos; esa cercanía generaba mayor control vertical (del patrón al mandador y del mandador al campesino/mozo) y evitaba que las familias campesinas o los mozos captasen ventajas como el pagar con menos producto o trabajar menos de lo previsto. El patrón mantenía el control en el mandador mediante reglas informales y con conocimiento de lo que pasaba en el terreno; así evitaba que el mandador captase otras ventajas a su favor. Desde la década de 1980 esa estructura varió, se globalizó: en el CJ el equivalente al mandador es ahora la estructura gerencial/administrativo, en algunos casos junto con el presidente de las cooperativas. Ellos maniobran el conjunto de la cadena porque el “nuevo patrón” del CJ se halla distante geográficamente, y porque la cadena está plagada de formalidades (leyes y normas) y desconoce la realidad local. Una constante en la vieja y la nueva estructura es que el campesinado (socio de la cooperativa) sigue excluido de esa estructura, y a la vez interioriza esa estructura, la reproduce. Y otra constante es que esta estructura informal, interiorizada, es la que gobierna la formalidad apoyada por las ideas antes descritas.

Lo que sigue ilustra lo dicho aquí. Si un inspector del CJ o de las certificadoras pretende verificar la formalidad, esta estructura lo absorbe: “Cuando viene la inspectora, nosotros en la cooperativa le preparamos a los socios a visitarse; si de la lista quiere visitar a algún socio que no hemos previsto, le decimos que está enfermo o que no se halla en su casa; la cosa es llevarlo a socios que ya los hemos preparado (presidente de una cooperativa exportadora, 2012). En una ocasión, un inspector escogió del listado sin hacer caso a nuestras sugerencias, y visitó socios que ni sabían el nombre del presidente, entonces tratamos de invitarle comida, de halagarlo, no aceptó; en ese caso tuvimos que escribirle a la organización argumentando que había discriminado a los socios, y la organización le retiró como inspector (presidente de un cooperativa exportadora, 2012)”.

Esta estructura es una institucionalidad histórica de relaciones patrón-cliente en nuestras sociedades. Esa institucionalidad dice: “Mozo y campesino no tienen derecho a pedir información; el patrón es dueño y es su derecho no compartir información”, y eso ha sido así por siglos (38). El entramado del CJ asume y recrudece esa institucionalidad: a ojos de las familias asociadas, la estructura gerencial y detrás de esa estructura los organismos del CJ aparecen como los patrones que tienen derecho a no dar información.Hay gerentes que aducen: “La información no la conoce ni mi propia madre”. Y a la luz de esos patrones, los asociados aparecen como ignorantes e incapaces de mejorar la calidad y productividad de su café. Los asociados se ven impotentes ante sus cooperativas, mismas que les parecen ajenas, nunca como “su” cooperativa.

Al interior de las cooperativas, entre los intereses individuales, también subyace la idea de que “el presidente es el que hace todo” o “el gerente es el que hace todo” en lugar de que el lado asociativo, con sus diferentes órganos (asamblea, concejo de administración, junta de vigilancia), puedan gestionar la organización. Esa creencia está institucionalizada teniendo como referente el sistema de hacienda que aludimos antes. Pero a la vez es una creencia en proceso de cambio, en algunas cooperativas con más fuerza que en otras. Esas fuerzas internas de cambio precisan justamente de ser apoyadas por el entramado del CJ, que van en coherencia con los principios del CJ, pero que más bien son bloqueadas.

Todo esto nos hace recordar que, históricamente, las familias campesinas han carecido de verdaderos aliados estratégicos. Casi podríamos concluir que los organismos han llegado para usarlos: algunos llegaron para formar bancos comunales y terminaron creando sus propios bancos dejando a las familias más empobrecidas al margen de sus políticas de crédito, y peor aun financiando a los productores grandes que van despojando a los pequeños productores de sus recursos. Otros organismos llegaron para comercializar productos con las familias campesinas, y luego que consolidaron esas intermediaciones, dejaron a las familias campesinas como proveedoras de productos. Y otros llegaron a sumarlos como guerrilleros y soldados que, después que derrotaron dictaduras, los dejaron abandonados a su suerte. Dicho figurativamente, las familias campesinas han sido como amantes para algunas noches, pero nunca como cónyuges en una alianza o matrimonio verdadero.

En estas condiciones, las cooperativas de primer grado no logran influir en las cooperativas de segundo grado. Si lo intentan aparece un muro: “CJ y la banca social dicen que no pueden cambiarme, porque está mi firma en los contratos”; si hay cambio de gerencia favorita del CJ les dicen: “Si cambian al gerente, no vamos a comprarles café”. Si alguna cooperativa se atreve a ahorrar y administrarse por sí misma y deja de ser “hija de dominio”, le va mal: “No tienes certificado de CJ ni de café orgánico y no te lo van a dar, y nadie te va comprar café porque ni conoces a los compradores”; “si no siguen juntos como cooperativa grande dirigidos por el gerente, no les puedo comprar café”. Si estudiosos comprometidos buscan información en los organismos del CJ, la respuesta es: “Solo damos información a la cooperativa” —léase al pequeño grupo que maniobra los mecanismos e impide que sus líderes y asociados conozcan los informes financieros y comerciales. Los órganos de las cooperativas se volvieron inoperantes, pues se limitan a la formalidad de hacer una asamblea anual y una reunión mensual del concejo de administración, y a levantar las actas. Todo eso explica por qué el personal técnico-administrativo adquiere tanto poder decisorio, por ejemplo, en el manejo de la humedad-pesaje del producto, la conversión APO-APS, el café imperfecto, la taza de calidad, los precios, créditos, proyectos...

Esta especie de colusión transnacional es la que ha vaciado de contenido a la mayoría de las cooperativas agropecuarias de primer grado. La mayoría de ellas ya no hacen servicios de ahorro y crédito, algunas ya ni son acopiadoras de café. Sus directivos no se reúnen mensualmente, aunque aparecen “actas” de reuniones mensuales. Sus asociados ignoran cuáles son las actividades y decisiones en sus cooperativas. Se ha interiorizado la noción de que la motivación de ser socio de una cooperativa es solo financiera y que se tiene que depender del patrón para recibir favores (crédito, proyectos). Y ello refuerza esa colusión transnacional, porque no enfrenta resistencia capaz de desafiarla. El efecto no intencionado de esto es que el CJ involuciona, y en ese camino las cooperativas caen en crisis y quiebran, o persisten como entidades privadas, mientras los asociados son despojados de sus organizaciones. Los “nuevos mandadores” son ahora “el principal”.

7. La reinvención del comercio justo

Sigamos con el mito griego: ¿Cómo auto-amarrarse para liberarse? ¿Cómo el entramado del CJ puede controlarse mutuamente para mejorar? Para burlar la muerte que la dictadura del mercado impone, el CJ precisa reinventarse a sí mismo: crear una conciencia de que lo económico, lo social y lo político forman una misma realidad, y que están presentes en cada decisión; recuperar el sentido de comercio alternativo con el que surgió es aún más importante hoy en día; recobrar el carácter de movimiento que el CJ tuvo, combinando procesos y resultados; virar su mirada hacia las múltiples realidades de las familias campesinas organizadas u organizándose; procurar que los asociados, junto con sus familias y las cooperativas de primer grado, operen con más autonomía, y crezcan en productos diferenciados. De este modo, potenciar procesos de reapropiación y transformar la estructura patrón-mandador-cliente, no tanto para que el “nuevo patrón” controle más y mejor y los asociados sean los “nuevos patroncitos”, sino para crear una relación más horizontal, una alianza de aprendizaje entre los diversos actores.

Si un pequeño grupo, atrapado en las subyacentes ideas neoliberales de las últimas dos décadas y media, fue capaz de diluir su conciencia de la justicia e involucionar al CJ, es tarea de todo el entramado del CJ — y no de un solo actor— recuperar la misión del CJ de transformar el comercio injusto en función de las mayorías. ¿Cómo hacerlo? Un grupo con conciencia creciente del CJ precisa recrear su perspectiva alternativa y reconceptualizar por qué es comercio justo. En lo que sigue proponemos dos rutas complementarias para la reinvención del CJ, re-estructurar el sistema del CJ actual, y a la vez generar un movimiento complementario desde los espacios universitarios en alianza con las familias productoras organizadas en cooperativas.

7.1 Re-pensar el entramado del comercio justo

Notemos que el entramado del CJ lidia con la producción agropecuaria, por lo tanto con el área rural o la llamada sociedad rural. Generalmente en nuestros países, esa sociedad es donde más problemas de pobreza y de desigualdad hay. A la vez, son áreas/sociedades que mayor resistencia han expresado históricamente a los sistemas políticos, al menos en toda América Latina. Es donde las políticas de los diversos gobiernos (y de los organismos de la cooperación) suelen fallar o más bien contribuir al despojo de esas sociedades. Una ilustración de ello lo describe el historiador G. Romero, con relación a Nicaragua: “Allí ha sido el terreno, desde la época de los españoles, allí nunca pudieron dominar. Por eso es que en Nicaragua solo hay dos ciudades coloniales, León y Granada, pero había una tercera ciudad que hoy se llama Ciudad Antigua, se llamaba la Nueva Segovia, y nunca prosperó allí, no surgió nunca una aristocracia. Los indígenas nunca los dejaron en paz a ese grupo de dominadores. Pasa usted a la época independiente, lo mismo, en los años 40 del siglo XIX hay movimientos armados en contra del Gobierno, el Gobierno no manda. Ahí surge la guerrilla de Sandino. Después surge la guerrilla de los sandinistas y luego la de la contra. En el norte siempre ha sido así, históricamente. (G. Romero, entrevistado por E. Cruz, La Prensa Domingo, 27 Noviembre 2016)”.

Repensar el CJ es también reconocer esa compleja y desafiante realidad rural. El CJ aun tiene la oportunidad de contribuir en su transformación. ¿Cómo hacerlo? Proponemos dos dimensiones, una que crea puentes duraderos entre el entramado del CJ y la sociedad rural, que le ayuda a entender y a la vez a ser entendido, y que le genera una fuerza emocional y de compromiso político para transformar el comercio injusto; y otra en que el CJ reduce la brecha entre su discurso y los hechos, y genera una institucionalidad de transparencia y una cultura de apertura y rendición de cuentas mutuas.

7.1.1 Construcción de puentes duraderos

Mendoza (2016b), estudiando la contribución de las cooperativas para la paz en Centroamérica, encuentra que hay un grupo de sacerdotes que entre los años de 1950 y 2010 se vincularon con las sociedades rurales. A continuación cito dos testimonios para mostrar la importancia de ese tipo de trabajo. “Era 1968, llevaba 3 años trabajando para mi mismo, pensaba hacer dinero como los ricos. Venía caminando cuando vi a un desconocido montado en mula. Me extendió su mano para saludarme: “soy el sacerdote de Santa Fé, Héctor”. No le creo, respondí, los sacerdotes saludan solo a los ricos. “Siempre hay una primera vez, le invito a una reunión este jueves”. Yo no tengo tiempo para reuniones, reaccioné bajando la cabeza. “¿No? Esa es la gente que yo ando buscando, la gente que no tiene tiempo”. Me dejó con las patas en el aire. Fui a la reunión. Nos sentamos en círculo. Lo que vi y escuché me hizo pensar diferente y cambié para siempre. J. Peña, campesino líder cooperativista, Santa Fe de Panamá. El Padre Juan, cuando veía dos grupos, uno con reales y preparados, y otro grupo de personas humildes; él, siendo una persona tan preparada, siempre iba donde los humildes. Si nos encontrábamos en el camino o en la calle, él se paraba a saludarnos. le gustaba rozarse con nosotros. Nos hacía tener confianza con él, nos daba confianza. Él quería conocer de cerca a las personas, sus problemas, y defendernos donde sea. Y a él no le gustaba que le llamáramos “padre”. “Díganme solo Juan”, nos decía. A. Maradiga, cooperativista, Jalapa, Nicaragua.”

Se ha producido un abismo entre el entramado del CJ y la población rural; de hecho ese grupo de sacerdotes y laicos inspirados en el marco de la teología de la liberación, o la apertura en la doctrina social de la Iglesia Católica a partir del Concilio Vaticano II en 1965 y la segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín en 1968, se ha reducido paulatinamente con el conservadurimo de la misma Iglesia, esta vez con la llegada del Papa Juan Pablo II y seguida por el Papa Benedicto. Al desaparecer esos puentes, la “separación” es tan profunda, que es común escuchar en buena parte del entramado del CJ que “el iletrado no tiene pensamiento”, queriendo decir que las familias campesinas no saben pensar y por lo tanto carecen de capacidad para entender los números del CJ. Sin embargo, según G. Romero en la cita de antes, esa sociedad es aquella, precisamente, que no ha sido doblegada por los sistemas dominantes. Añadimos, esa sociedad que ha sido expulsada a las montañas más altas, tiene hoy en día los cafés de mayor calidad del país, capaz de contribuir decisívamente a la re-invención del CJ. Esa sociedad, tan despojada por tantos años, abre sus ojos y su corazón cuando le dan un “trato humano” y responden en la voz de uno de sus líderes, E. López: “iletrado no es quien no sabe leer, pero quien no entiende la realidad”. En correspondencia, es necesario construir nuevos vínculos con el lado de movimiento de las Iglesias, ahora que hay cierta apertura bajo el Papa Francisco, y formar personas con sentido de misión para construir aquellos puentes entre el entramado del CJ y la sociedad rural. En el largo plazo nuestra visión sería que ese entramado del CJ sea precisamente la que construya puentes, que desarrollen el trabajo que sacerdotes como Juan y Héctor, y tantos otros, han hecho.

Otro modo complementario es que la generación de profesionales que actualmente labora en el entramado del CJ —(certificadoras, empresas compradoras, tostadoras y vendedores de café tostado), que no vivió la experiencia que sí tuvo la primera generación al enfrentarse al comercio injusto y al trabajar con las familias que se organizaban en cooperativas— tenga oportunidades de inmersión (vivir de tres a cinco semanas con las familias asociadas y en sus comunidades) para despertar y tomar conciencia de la realidad. La inmersión no hace despertar la conciencia de forma automática, pero le provee las condiciones para ello. O, así como la intermediación religiosa posibilitó el que sacerdotes como Juan y Héctor, y tantos otros, pudiesen salir de sus capillas y buscasen a Dios en los más humildes, transformando así a la misma intermediación religiosa, también la intermediación del CJ puede posibilitar el que sus miembros busquen y construyan justicia entre los más humildes, acciones con las cuales transformen a la misma intermediación del CJ.

Recordemos que el estado de bienestar social en Europa se debió a varias razones. Una de ellas fue la experiencia de algunos soldados en la segunda guerra mundial, que al entrar a las casas a reclutar jóvenes se dieron cuenta de que muchas familias vivían en la pobreza, cuando creían que ya no había pobreza en Europa. Esa experiencia despertó la conciencia de muchas personas y facilitó, después de la segunda guerra mundial, la edificación del estado de bienestar social, precisamente para no volver a padecer pobreza y guerra (39) (Ver: Drèze y Sen, 1989, y Sen, 1995). ¿Por qué traigo a colación esta referencia histórica? Porque el poder de la inmersión puede ser mucho mayor que la sola entrada por unos minutos a la casa de algunas familias; los profesionales que laboran en el entramado del CJ, al compartir por unas semanas la vida de las familias asociadas, así como algunos soldados que descubrieron la pobreza al abrir la puerta de las casas, pueden redescubrir la injusticia de la intermediación en todas sus variantes, incluso en su expresión actual del CJ.

Si estos dos modos de construir puentes se organizan y se vinculan, puede generarse un proceso que llamamos de ‘inserción’, que es repolitizar los procesos de intermediación en el CJ (40) y construir una nueva visión de CJ. Es decir, esa experiencia de inmersión vinculada a grupos de personas que trabajen de forma permanente construyendo puentes con la sociedad rural, les proveerá de mayores elementos para entender la injusticia en que viven actualmente las familias, el cómo funciona y domina el mercado, de qué ha pasado con el CJ y el cooperativismo, de cómo aprender con las familias asociadas superando la institucionalidad del “examen-juicio”, de comprender la importancia del cooperativismo en su doble rol, asociativo y empresarial, de mirar el mundo ‘desde abajo’ y en construcción de vínculos, y de que todos somos parte de esa realidad.

Este lado de ‘sentido de misión’, añadido a la formación que los profesionales del entramado del CJ tienen, podrían contribuir a que el CJ recupere su carácter de movimiento a la par de su institucionalidad ganada por tantos años, y podría hacer del entramado del CJ un mecanismo de aprendizaje al servicio de las sociedades de conocimiento para la cooperación. Esto sería un punto decisivo para la dimensión que sigue.

7.1.2 Reorganización del entramado del CJ

Provistos de ese sentido de misión, hay que ver los elementos de re-estructuración del CJ. Primero, que las tiendas solidarias y las cooperativas de primer grado (TS-C) construyan un espacio de comunicación directa, incluyendo la posibilidad de que una sea miembro de la otra. La idea es que las TS-C sean un espacio de aprendizaje —y de democratización de la información— sobre precios, créditos y certificaciones, de revisión de las políticas del CJ para asegurar que el prefinanciamiento, la prima y el premio no se atasquen y lleguen a los asociados, que los consumidores que compran café orgánico consuman realmente café orgánico, y que ese café provenga realmente de las familias asociadas en las cooperativas.

Ello es posible si la TS-C se apoya en una alianza entre un instituto de estudios del desarrollo en los países del norte y otro en los países del sur, quienes realizarían estudios sobre el conjunto de la cadena del CJ y además acompañarían a los del CJ en sus procesos de mejoramiento (innovación) y organización de su saber de forma contínua. En el sur, el instituto acompañaría a las cooperativas y a sus asociados, y en el norte el otro instituto acompañaría a los organismos, a las tiendas solidarias y a las empresas correspondientes. Un proceso estudiado permite mirar largo y despertar constantemente, y si además los actores del CJ son acompañados en sus innovaciones, será posible reducir los mecanismos de involución y ver, detrás de las adversidades, oportunidades de justicia social.

Segundo, que las certificadoras (del CJ y del café orgánico) respondan a la instancia de las TS-C, que sus auditorías y verificaciones contribuyan a las buenas prácticas en el entramado del CJ, por ejemplo, con la rotación de liderazgos, con que el lado administrativo de las cooperativas no usurpen los roles que corresponden a los órganos de las cooperativas ni viceversa, con que el sello del CJ y la certificación de café orgánico sea solo para el café de los asociados, y con que el café comercializado por las cooperativas provenga en un 100% de las cooperativas. Recordemos: los asociados solo entregan un poco más del 32% de su producción a las cooperativas, por tanto, en un contexto de cambio en que los asociados vuelvan a confiar en sus cooperativas y en el CJ, podrían entregar 40, 50, 70 y hasta más del 80% de su producción (41). En coherencia con estas prácticas, que las certificadoras, los compradores, la banca social y las cooperativas demuestren ser parte de un movimiento de comercio alternativo siendo transparentes, lo que significa que las auditorías financieras y organizacionales, los datos de certificación orgánica, los precios que los compradores pagan por el producto según consignan los contratos, los costos de procesamiento del café (beneficiado seco), los rendimientos en el beneficiado seco (grado de humedad, trillo, café imperfecto y taza de calidad), los montos de préstamos otorgados a los clientes, etc., estén disponibles en la página web. Esto supone superar el mito de que “hacer pública nuestra información es darle herramientas al enemigo”, porque los únicos afectados por esas infaustas prácticas han sido las familias asociadas, en tanto que los más beneficiados con ese mito han sido precisamente las elites que han privatizado a las cooperativas y al CJ, y también las empresas e intermediarios tradicionales.

Adicionalmente, es momento de repensar sobre la certificación orgánica. Si es solo para cumplir una formalidad, parece innecesaria y hasta contraproducente. La mayor contribución del café orgánico no es tanto a la salud de los consumidores (42), pero a la autonomía de las familias campesinas (que dependen más en sus propios recursos) y a mitigar el cambio climático. En este sentido parece fundamental que el café orgánico sea considerado un producto de mayor valor, un producto especial de nicho de mercado, y que esté mediado por relaciones directivas entre los consumidores, la industria del café y las familias productoras. Se trata de confianza, más que de formalidad mercantilizada.

Tercero, que las cooperativas de primer grado desarrollen servicios de ahorro y crédito, que incrementen sistemáticamente su capital propio, que se encarguen del acopio de su café y midan la humedad con la tecnología apropiada (p.ej., usando el ‘Determinador de Humedad’) y que decidan sobre el 100% de la prima del CJ y del premio orgánico; que cada cooperativa tenga su página web con información sobre sus áreas, volúmenes de producción, datos de su membresía desagregados por sexo, incluso sobre la herencia legada a hijos e hijas; y que la rotación de líderes en los cargos (lado asociativo) y de los gerentes (lado empresarial) sea una realidad. Que las cooperativas de segundo grado se especialicen en procesamiento del café en la medida que sus ingresos y costos lo permiten, y no como resultado de ayudas externas, que difundan información completa sobre los rendimientos, calidades y precios, que el manejo por lotes de café según zonas incluya los nombres de los asociados y que ellos sepan en qué precios se vende su café, que quienes producen café de calidad reciban el pago que corresponde a esa calidad, y que faciliten a las cooperativas de primer grado desarrollar servicios según las oportunidades de su entorno y según sus capacidades. Que la certificación de CJ y café orgánico se haga directamente a las cooperativas de primer grado, que esos servicios de certificación expresen precios razonables liberados de ideas neoliberales de ser gobernados por el dinero, que eviten discriminar a dichas cooperativas, que haya prueba de laboratorio del café de cada cooperativa con productos orgánicos, y que desarrollen una alianza con los asociados para mejorar el producto orgánico y crear una sólida conciencia ambiental.

Cuarto, que la catación del café se dé de forma triangulada y que esté relacionada a la mejoría de cafés diferenciados en micro-territorios específicos. Hasta ahora la catación la lleva a cabo la cooperativa de segundo grado que exporta y la empresa importadora-tostadora de café en los EEUU o en Europa, lo hacen cada quien de forma independiente y sin compartir la información de sus cataciones respectivas. Proponemos que haya también una catación de parte de las cooperativas de primer grado, y que las tres cataciones (el de la cooperativa de primer grado, el de la cooperativa de segundo grado y el de la empresa importadora-tostadora) compartan y reflexionen sus coincidencias y diferencias, incluyendo la identificación de los elementos requeridos para mejorar el café a lo largo de la cadena. Es decir, la catación del café, además de servir para acordar precios, también puede revelar de qué alimentos requiere el café en su plantación (de si más nitrógeno o potacio), de qué tipo de manejo en la finca y en su procesamiento. Esto implica que la triangulación de la catación a microlotes de café contribuiría a que se produzcan cafés diferenciados en determinados microterritorios con relativa homogeneidad ecológica. Ello incluiría la mejoría en su manejo, mayor participación de la familia del asociado, mejoría organizacional de las cooperativas, y mejoría en la calidad de vida (y salarios) de los trabajadores (cortadores de café y cocineras).

Quinto, además que este proceso territorializado en torno a cafés diferenciados contribuiría a la mejoría organizacional de la cooperativa de primer grado, para evitar que ésta sea controlada también por un pequeño grupo, debemos trabajar también a nivel de las familias asociadas en coherencia con lo propuesta en 7.1.1. Que ellas mejoren sus capacidades de negociar, invertir y ahorrar, que discutan sus problemas de desigualdad y encuentren sus oportunidades junto con todos los miembros de la familia. En esto recuperamos el proverbio rural: “Cuanto más fuertes son los hijos, más fuertes serán sus padres”; cuanto más fuertes sean los asociados, más fuertes serán sus cooperativas; cuanto más fuertes sean las cooperativas, más fuertes serán todos los organismos del comercio justo.

Sexto, el Estado en cada país debe incluir políticas de control sobre el pesaje (báscula), sobre la humedad de los productos, porcentaje del trillo y control de la taza de calidad. El Estado debe aumentar la transparencia informativa de las transacciones en toda la cadena del CJ. El estado debe hacer cumplir la ley sobre rotación de liderazgos y evitar que las elites hagan trucos legales de ‘reformar’ los estatutos a fin de quedarse en los mismos cargos. Todo ello contribuiría a una real reducción de la pobreza y de la desigualdad, empoderaría a las familias y a sus organizaciones, contribuiría a formar liderazgos compartidos que respondan a sus asociados, ayudaría a recuperar la profesionalidad del personal que trabaja en las cooperativas y acallaría el nuevo canto de las sirenas, que dice “para hacer dinero en el nuevo milenio hay que ser gerente de cooperativa”.

Con estos elementos, el modelo sería “te apoyo para que comercialices tu excelente café”, en lugar de “te compro tu café para venderlo yo y quedarme con la prima, los premios, las calidades y los otros pesos”. Con ese modelo, los productores recuperarían la confianza, entregarían el 100% de su café al CJ, mejorarían la calidad de su café, y los consumidores apreciarían el que consumir café de calidad y café orgánico sabiendo que están contribuyendo a las familias campesinas y a mitigar el cambio climático. Se evitarían las sistemáticas corrupciones que empobrecen a las familias productoras. Se recuperaría la dignidad y la importancia que tienen gerentes, administradores, técnicos y líderes de las cooperativas, quienes individualmente no son los causantes, pero que son arrastrados por fuerza del mercado al servicio de elites glocales. La banca social recuperaría sus créditos con menores costos, y lo “social” de la banca no sería un mero membrete, sino una realidad patente.

7.2 Gestionando la cadena del café

Paralela y de forma complementaria recuperar el espíritu del CJ de vincular a los consumidores y a los productores, proponemos gestionar el conjunto de la cadena del café con relación directa en el aprendizaje. ¿Cómo? Que en los espacios universitarios del norte y del sur, estudiantes y profesores organizados en cooperativas y familias productoras organizadas en cooperativas de primer grado, en un marco de alianza, gestionen la cadena del café y co-inviertan en cafeterías dentro de los recintos universitarios. Ello sería un espacio privilegiado de experimentación en que combinen aprendizaje, investigación y acciones colectivas de un modelo cooperativo –y de CJ– alternativo.

La experiencia de Capeltic en México, al igual que la venta de café empacados en universidades del norte, constituyen un buen inicio. Primero, que los estudiantes y profesores formen una cooperativa y se vinculen con una cooperativa de productores de café orgánico, organicen conjuntamente toda la cadena del café, y logren el apoyo de las autoridades universitarias con esa iniciativa ambiental y socialmente justas, coherente con los principios universitarios de aprendizaje, investigación y proyección social. Segundo, que ofrezcan productos diferenciados y de alta calidad de café (y sub productos) y otros productos producidos y comercializados por las cooperativas (incluyendo artesanía, miel, frijol, azucar granulada, chocolates…), que compartan las nuevas historias de vida que van generando a lo largo de la cadena del café, y que revelen cómo procesos de democracia en el conjunto de la cadena se construyen en constante pugna con procesos autoritarios internos y externos. Tercero, que el personal que atienda en esas cafeterías sean asociados de ambas cooperativas (la de los estudiantes y la de los productores), personas que venden café que a la vez son portadoras de un modelo cooperativo con cambios buenos. Cuarto, las tesis de los estudiantes socios y socias, desde cualquier disciplina académica, sea referida a alguna parte de la cadena del café en la que estén inmiscuidos, y cuyos extractos sean publicados en la página web de ambas cooperativas. Quinto, que en la medida que van multiplicándose se construya una red internacional entre este tipo de iniciativas innovadoras.

De este modo, la cafetería sea una ‘puerta’ hacia la realidad de las familias rurales en procesos de reposesión en lucha ante el despojo, al desarrollo de modelos de cooperativas democráticas con profesores y estudiantes que aun después de concluir sus estudios puedan seguir vinculados a ellos, y sea una ‘puerta’ a producir y gestionar saberes alternativos a las ideas homogeneizantes del neoliberalismo.

8. Conclusión

El movimiento del CJ y el cooperativismo son bienes públicos que pertenecen a la humanidad y cuyo rol principal debe ser el contribuir a la equidad y a los procesos democráticos que pugnan nuestras sociedades. El CJ, igual que el cooperativismo, surgió como un movimiento alternativo, pero paulatinamente tiende a expresar la “ley de hierro de la oligarquía” de que habla Michels (1915; 1911). El enemigo era la intermediación comercial como productora de desigualdad, y el desafío ha sido acabar con la usura y acceder a mercados a través de una alianza transnacional. Sin embargo, si calculamos la injusticia vía costos, vía pesaje, vía rendimiento en el beneficiado seco, vía captación de prima y premio, vía calidad, vía captación de proyectos donados…, no debería sorprendernos la gran cantidad de familias productoras que se empobrecen, ni la pequeña cantidad de familias que salen de la pobreza. Lo que nos sorprende es que lo que aquí se describe tiende a imponerse bajo el membrete del “comercio justo”. El sistema de injusticia es como una tela de araña, atrapa a los más débiles y los deja a merced de la gran araña del capitalismo, que produce desigualdad. La paradoja es que esa estructura del CJ podría estar reforzando esa intermediación que despoja a las familias campesinas de sus cooperativas y que agrava la desigualdad, y podría estar aniquilando el sentido de movimiento con el que nació el CJ y de paso esté erosionando el lado asociativo del cooperativismo. En consecuencia, el CJ y las cooperativas corren cada vez más el riesgo de “parecer justos”, como advirtió Platón, esta vez subordinados al mercado neoliberal que se presente como el que lo sabe todo, y subordinados a la institución patrón-cliente de nuestras sociedades y a las estructuras de organización jerárquicas.

¿Por qué ocurre esto? Taylor, Murray y Reynolds (2005) identifican el problema del CJ en su estructura de gobernación, de tensiones entre los órganos elegidos democráticamente con rotación de líderes y la continuidad del personal técnico en las organizaciones, y por lo tanto sugieren monitoreo y auditoría desde el CJ. Valkila (2009) argumenta, en el caso del café orgánico, que los productores más marginalizados con baja productividad están atrapados en la pobreza bajo el sistema del CJ orgánico.

En este artículo, seguimos la dirección de Taylor et al (2005), pero vamos más alla de la formalidad de la gobernanza; coincidimos con el hallazgo de Valkila (2009) y creemos que ello se explica en el conjunto del entramado del CJ. En correspondencia, encontramos que el CJ expresa sobre todo un problema organizacional en el conjunto del entramado del CJ, una estructura de gobernanza absorbida por el mercado neoliberal. En ese marco la calidad del café y el café orgánico no tienen precios diferenciados para las familias productoras, ni hacen diferencia con relación al injusto comercio convencional, que los beneficios del CJ han sido capturados por la larga intermediación glocal, y que esa estructura del CJ tiende a recrudecer las relaciones de poder más despóticas de la sociedad rural.

¿Cómo ha pasado eso? Un pequeño grupo ha ido conociendo la dinámica del CJ y se ha vuelto capaz de maniobrarlo a su favor. No es culpa individual de algún actor o actores. Cada actor obra de buena voluntad, desde el socio, el presidente, el gerente, el inspector, el director, el vendedor de café en un comedor universitario de Estados Unidos o Europa, hasta el consumidor de café. Es el sistema expresado en mecanismos y en una institucionalidad donde todo el entramado del CJ agrava la desigualdad y la pobreza, y esa institucionalidad está incrustada en reglas informales que responden a un orden social de exclusión, reglas informales que gobiernan los montones de reglas formales, y que a la vez son interiorizadas y reproducidas por los respectivos actores. Esos mecanismos y esa institucionalidad operan conforme a las ideas del “individuo racional”, del fordismo, de la hacienda y el carácter organizacional jerárquico, desde los cuales reducen lo político a una formalidad administrativa, hacen que lo empresarial borre lo asociativo en las cooperativas y borran la justicia en el CJ. Ese sistema o estructura tan antigua es desde hace dos décadas globalizada, capaz de producir una involución en el CJ. Cuando ese sistema opera, expresa lo que dice el refrán: “En arca abierta, hasta el más justo peca”, porque es un sistema que mina la efectividad de los órganos de las cooperativas, erosiona el rol de las distintas organizaciones del CJ, y mata el carácter de movimiento del CJ y el carácter asociativo de las cooperativas. Usted o yo, administrando alguna organización de ese entramado, también ‘pecaríamos’. En esas condiciones, cualquier modelo, incluso el direct-trade que ha surgido en los últimos cinco años es —y será— absorbido por ese sistema o estructura. No existe nada direct en nuestro mundo terrícola.

¿Por qué recuperar el comercio justo? Dice una expresión, “cuando una puerta se cierra, una ventana se abre”. En la coyuntura actual los actores van comprendiendo los problemas y consecuencias del CJ, y también comprenden la injusticia de la intermediación comercial. Vivimos un momento de escasez de recursos externos de la cooperación internacional, lo que impide seguir cubriendo las injusticias que ocurren en el marco del CJ y hace que los socios pregunten dónde está su prima del CJ y su premio orgánico, pregunten por qué no se les paga la calidad de su café y comiencen a preguntar qué pasa con el pesaje, con los rendimientos de APO a APS... También los consumidores comienzan a preguntar. La involución del CJ puede ser como una “puerta” que se cierra, y a la vez puede ser una “ventana” que se abre.

¿Para qué recuperar el comercio justo? Cuanto más diferenciado y reconocido es el producto (por su calidad y por ser orgánico), más familias rurales pueden mejorar sus vidas (generar más ingresos, aprender más, cooperar más y aportar más a su cooperativa). Cuanto más diferenciado es el producto, más necesario es el movimiento cooperativo (con transparencia y con efectividad en sus órganos) y más necesario es todo el entramado del CJ (con transparencia, combinando formalidad y carácter de movimiento, resultados y procesos) en un marco de ‘sociedades con mercados’. Cuanto más democrático es el entramado del CJ, más posibilidades de transformar las sociedades rurales, de reducir la pobreza y la desigualdad.

¿Cómo puede el CJ “amarrarse” a sí mismo para no enloquecer con el canto de las sirenas del fundamentalismo del mercado y la institucionalidad patrón-cliente? El CJ debe reinventarse a sí mismo recreando su visión original de ser comercio alternativo, con carácter de movimiento y re-politizando sus procesos, a la par de cultivar su institucionalidad y el volumen de sus transacciones. Concretamente, desde abajo, asociados en cooperativas de primer grado haciendo funcionar sus órganos e innovando la interacción entre lo asociativo y lo empresarial de la cooperativa; desde arriba y del medio, con una institucionalidad del CJ que vuelva a trabajar de acuerdo a los principios del CJ, superando la teoría de la modernización (o el eurocentrismo) y el fundamentalismo del mercado; y ambas, conectadas y en alianza, construyendo equidad y justicia sobre la base de erosionar estructuras glocales despóticas.

¿Qué rutas seguir? Proponemos dos dimensiones. En la primera primera dimensión, construir puentes con inmersiones organizadas de parte de los profesionales que trabajan en el entramado del CJ, inmersiones en el sur y en el norte, y atrayendo a grupos de personas como los religiosos y no religiosos que de forma permanente y con sentido misionero construyan vínculos entre la sociedad rural y el entramado del CJ haciendo que las cooperativas de primer grado sean realmente cooperativas. En la segunda dimensión proponemos dos rutas complementarias; la ruta de reelaborar una visión del CJ mirando a las familias productoras y apostando por mejorar la calidad de sus productos y sus procesos (organizacionales), creando un espacio de comunicación-aprendizaje entre cooperativas (productoras) de primer grado (en el sur) y cooperativas comercializadoras (en el norte) para dinamizar el conjunto del entramado del CJ, apoyarse en investigación permanente de toda la cadena del CJ y de sus diversas expresiones (económicas, sociales, políticas, culturales y ambientales), y hacer transparentes todas las transacciones, procurando la trazabilidad no solo del producto, sino de los actores que tienen que ver con el producto. En la segunda ruta, proponemos que el estudiantado de Universidades del norte y del sur, organizados en cooperativas, y las familias productoras asociados en cooperativas, gestionen el conjunto de la cadena de café incluyendo cafeterías en las Universidades, como espacios de aprendizaje y de alianza construyendo justicia y equidad.

Finalmente, dice la Biblia: “porque la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6.10). En esta línea, la experiencia de los Alcohólicos Anónimos (AA) es muy inspiradora en el contexto aquí descrito: “en la historia de los AA, un momento de crisis fue cuando la organización tuvo bienes, eso fue motivo de discordia. Entonces se asumió como principio no tener bienes. Por ello es que no tenemos casas propias, tampoco aceptamos donaciones” (conversación con R. García, 2016). El CJ lidia con bienes, pero los bienes tienden a responder solamente a la racionalidad del homo economicus, y erosionar al cooperativismo y al movimiento del CJ. El gran desafío es lidiar con bienes propios, bajo reglas del juego transparentes y de aprendizaje, y desgastar las injustas estructuras centenarias. Eso es reinventar el movimiento del CJ: que cambiemos como personas (des-aprender) a la par que cambiemos las nefastas estructuras creadas por los humanos. No estamos solos en esta aspiración. Caminemos.

Notas:

(37) Mendoza (2012b) analiza esta situación como estructura de gatekeepers, es decir, como un grupo transnacional que controla las llaves del poder económico, social y político, desde el cual manipulan las instituciones y estructuras y se apropian de los recursos materiales e inmateriales.

(38) Esa institucionalidad también dice: “La mujer no tiene derecho a recibir tierra en herencia, solo los hombres”, y ha sido así por siglos, incluso las “reformas agrarias” más democráticas han recrudecido esa institucionalidad, y el entramado del CJ ha sido absorbido por esa estructura.

(39) Agradezco a T. De Herdt por ayudarme a comprender esa parte tan importante de la historia europea.

(40) Mendoza (2015), basado en la experiencia de un grupo de investigadores-promotores del desarrollo y recogiendo otras experiencias, argumenta la importancia de la inmersión (convivir con las familias empobrecidas), la inserción (hacer alianzas y construir visión desde esa inmersión), la escritura (tomar notas y analizar la propia información) y el diálogo (escuchar las lógicas de cada grupo humano).

(41) De las 35 cooperativas con las que colaboramos desde el 2010, hicimos una encuesta a 6 cooperativas –todas ellas eran partes del grupo de 33 cooperativas que Mendoza et al (2011) reporta para 2011 entregaban a sus cooperativas el 32% de su café. Los resultados en la encuesta del 2016 para el ciclo 2015/2016 son: 70% del total de su producción vendieron (o entregaron) a su cooperativa, 11% a los intermediarios, y 19% fue para el consumo familiar y venta local. Esto nos muestra que más café es comercializado a través de las cooperativas cuando las cooperativas de primer grado exportan directamente y/o mejoran sus niveles de confianza interna, y ello es también reflejado en los precios del café: precio promedio para los socios-productores, según la misma encuesta del 2016, fue de 17% mayor en las cooperativas. ¡Qué diferencia! Mayor análisis sobre la encuesta que realizamos será publicado a principios del 2017.

(42) En la salud humana no hace diferencia café orgánico y café cultivado con insumos químicos, porque el proceso de tostado a 4000 F o más, cualquier pesticida, fungicida es destruido. Ni es posible determinar el tipo de suelo ni los fertilizantes usados para su producción. Ver: ‘testing coffee’ http://www.coffeeanalysts.com/faq/

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RENÉ MENDOZA VIDAURRE es Investigador asociado de IOB-Universidad de Amberes (Bélgica) y Colaborador de Wind of Peace Foundation (Estados Unidos)


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