CEPRID

HACIA LA RE-INVENCIÓN DEL “COMERCIO JUSTO” (III)

Sábado 20 de mayo de 2017 por CEPRID

RENÉ MENDOZA VIDAURRE

CETRI

5. Institucionalidad que facilita la caída de las cooperativas en los mecanismos infaustos Es factible aplicar estrategias antirriesgo para no caer en los mecanismos antes mencionados. Se puede lograr acuerdos de ‘compras cíclicas’ con los compradores de café (fijación de precios para cinco años) y/o vender café tan pronto se va comprando. Se puede comprar más café a asociados y doblar el volumen de acopio sin tener que comprar a terceros y sin tener que caer en el truco del “precio bolsa + 10”. Se puede tener mejor control en el rendimiento (conversión APO a APS), en el pesaje, medición de humedad, del café imperfecto y de la taza de calidad. Se puede garantizar una trazabilidad para que el café orgánico sea realmente orgánico y que provenga de asociados de la cooperativa. ¿Por qué no lo hacen? En este artículo proponemos tres respuestas, una, más estructural ya mencionada referida a la fuerza absorbente del mercado, la segunda respuesta va en esta sección referida a la institucionalidad del CJ, y la otra en la sección 6 referida a las estructuras glocales.

Aquí argumentamos que sería difícil que una cooperativa incurra en esos mecanismos infaustos si el entramado del CJ (certificadoras, banca social y compradores), además del rol de los asociados y de los órganos de las cooperativas, cumpliesen sus funciones con rigor, transparencia y conforme a los objetivos del CJ. Los mecanismos infaustos se evitarían si la certificadora orgánica certifica las áreas reales de café orgánico y se asegura de que el café que exporta es efectivamente café orgánico –como dicen en Guatemala, “si va al campo” y no solo certifica “revisando papeles (formatos que la misma cooperativa llena)”, y deja concejos a las familias asociadas sobre cómo avanzar en la agricultura orgánica; si la certificadora del CJ vela porque las actas de las cooperativas sean reales, que exista rotación de liderazgo en todos los niveles según los estatutos de la cooperativa, que el sello del CJ se utilice correctamente y que la prima no se “atasque”; si la banca social se asegura de que el crédito que proveen realmente es para los asociados y no para la compra de café de terceros o para ser desviados por elites emergentes; si los compradores entendiesen que están comprando café a una cooperativa y no a un individuo, y se aseguren de que los precios que pagan y los proyectos que apoyan lleguen a los asociados de las cooperativas. En este escenario, muchas cooperativas no estarían quebradas o privatizadas, los productores asociados estarían vendiendo la mayor parte de su café a sus cooperativas, y los consumidores en Europa, Japón y Estados Unidos estarían seguros de consumir café orgánico y café que proviene de las cooperativas, y de estar apoyando a los pequeños productores.

¿Por qué y cómo es que el entramado del CJ involuciona y a la vez legitima a que las cooperativas incurran en esos infaustos mecanismos? Aunque se presenta cada capa separada de la siguiente, como una cebolla, en realidad son interdependientes entre sí, cada una se sustenta en la siguiente: primacía de la formalidad legal, concepción de la cooperativa como “un individuo” que se hace más visible en razón del número de socios y el volumen exportado, perspectiva despolitizada, y relación asimétrica de lealtades.

5.1 La formalidad y la forma

La formalidad se refiere a los requisitos que tiene que cumplir una institución para acceder a crédito o a determinada certificación. La forma es el modo en que una organización opera. La certificación y el análisis sobre las cooperativas suelen reducirse a la formalidad de aspectos preparados por la estructura gerencial de las cooperativas, mediadas por una relación de juicio-examen. Ello incluye actas firmadas de reuniones mensuales del concejo de administración, registros de actividades en la finca orgánica, formatos de certificación orgánica a llenarse, documentación legal de las cooperativas, estados financieros, datos de áreas y volumen de producción, y otras informaciones de ese tipo.

Un ejemplo sobre certificación orgánica. El registro de información sobre cada finca orgánica no es analizado por las organizaciones certificadoras, ni por la cooperativa, es solo un requisito formal; igualmente lo es los formatos (cuestionario) de datos sobre cada socio y su finca, a llenarse por la cooperativa. La formalidad indica que las organizaciones son las que solicitan la inspección de las certificadoras orgánicas, por lo que suelen solicitarlas al final de la cosecha, cuando ya están listos para exportar, lo que condiciona a que la certificadora tenga que ceñirse a la formalidad de revisar el producto en el ámbito del beneficio seco y depender de los datos recibidos. En consecuencia, las certificadoras no acostumbran corroborar el origen del café expresado en el reporte preparado por el personal administrativo de las cooperativas, según el cual equis cantidad de café es de tal cooperativa y de tal socio. “Si averiguásemos a tal socio, de si de verdad entregó 40 qq a como dice el reporte, la cooperativa nos puede demandar por estar haciendo auditoría policial o puede buscarse otra certificadora y nos deja a un lado” (inspector de una certificadora de café orgánico, agosto 2016).

Al mismo tiempo, se han producido tantas leyes y normativas para asegurar que el café orgánico sea orgánico, que otros sectores con más capacidad económica pueden comprar café convencional y pasarlo como orgánico maniobrando la formalidad; mientras que las familias más empobrecidas quedan obligadas a producir café orgánico con bajos rendimientos, muchas veces sin capacidad de captar el premio orgánico: “solo nos queda la pulpa para usarla como abono, y con eso la roya afectó más al café orgánico; cuando compramos algún insumo orgánico nos dicen que primero debemos solicitar autorización, y por esos papeleos ya no hacemos nada” (socio de una cooperativa, diciembre 2015). En el marco de las relaciones de poder, un socio con poca área y de escasos recursos, y más si tiene conciencia ecológica, teme violentar las normas; mientras quienes tienen más recursos y tienen una lógica más ‘mercantil’, maniobran las formalidades para hacer pasar productos convencionales como orgánicos.

La paradoja es que cuantas más sean las normativas para garantizar que el producto orgánico sea orgánico, más ocurre que un producto convencional pasa como orgánico (ver p.ej. sección 4.2) y más acorralados quedan los productores empobrecidos (29) . Parafraseando a Anacarsis, filósofo griego, diríamos que las leyes escritas son como telas de araña, enredan a las familias empobrecidas, pero quienes tienen más recursos las rompen con facilidad.

Otros ejemplos son los estados financieros y las auditorías. Difícilmente vamos a encontrar socios que conozcan las auditorías y los estados financieros; de hecho, aun si los socios escuchasen el reporte, difícilmente comprenderán ese lenguaje contable. Es simple formalidad para, sea que la cooperativa esté bien o mal en su gestión financiera, digan que todo marcha bien y que “corrija tales recibos y sume tales ítems en el cuadro equis”. Las auditorías son una formalidad no para identificar crisis financieras o actos de corrupción, sino para que lo snúmeros cuadren y los respaldos en términos de recibos estén bien registrados. Porque se considera que lo importante es que exista ese informe financiero de cara a la banca (sea esta social o no) o ante cualquier organismo, sin que importe lo que se mueve detrás de esos números. Igual pasa con la información sobre rendimiento, calidad y precios, que es del conocimiento exclusivo de la dirección del lado empresarial de las cooperativas. Así, los compradores saben el precio que pagaron y la calidad que compraron; pero los líderes y asociados quedan en la nulidad, como si ellos no fuesen los dueños de ese café y de las cooperativas.

A esa formalidad se añade la forma de operar de los organismos, mediada por una relación asimétrica entre quien aplica el examen y el examinado, lo que hace que el personal administrativo de una cooperativa cultive una lógica de cumplir lo que piden los organismos, y que los organismos cultiven una lógica de ser como un juez que emite dictámenes (aprueba, sanciona, suspende y cancela certificaciones, aprueba o rechaza créditos). Esa misma relación ocurre cuando los organismos visitan a un socio para “verificar”; ante ello, el socio más honesto y crítico de su cooperativa se dispone a “aprobar el examen”, es decir, se apega a la orientación del personal técnico/administrativo. Todo esto indica que las condiciones de formalidad y de forma propician que el personal administrativo gobierne de facto a las cooperativas. Cada quien vela por sus propios intereses a base de cumplir la formalidad.

Este modus operandi de las organizaciones está mediada por relaciones de mercado. Algunas certificadoras de café orgánico cobran según el volumen de café orgánico exportado y/o según el tamaño de los productores, ello incentiva a que las certificadoras trabajen con organizaciones que tienen más volumen y que tienen productores que producen mayor volumen, lo que a su vez condiciona a cumplir solo con la formalidad, de “no ir al campo” porque eso requeriría de mayor tiempo, y además cualquier intento de averiguar más sobre el origen del café podría llevar a que la cooperativa (la estructura gerencial del lado empresarial de la cooperativa) prefiera contratar a otra certificadora menos exigente y más servicial, lo que sería una reducción en los ingresos de la certificadora.

Todas estas prácticas distorsionan el rol de las cooperativas y afectan a las familias asociadas. ¿Cómo lo distorsionan? Veamos el siguiente relato de un miembro directivo de una cooperativa de primer grado, quien intentó cuestionar el funcionamiento de la cooperativa de segundo grado y fue criticado por la representación del CJ: “Ustedes [socios] tienen que amar a su cooperativa [al gerente y las prácticas de centralización] porque así vendrán proyectos” –esa cooperativa que estaba defendiendo, un año después, quebró en medio de graves actos de corrupción. “Amar” parece significar callarse, obedecer y resignarse, lo que es contrario a los principios y práctica del cooperativismo, y opuesto a los principios del CJ. Esta perspectiva de dominación es detectada por algunos socios: Cuando criticamos nos callan así, que amemos a la cooperativa; cuando queremos fortalecer nuestra cooperativa de base y seguir solos sin la cooperativa de segundo grado, vienen y nos tiran “maicitos” como si fuésemos “chanchos”, y nos dicen: “si se juntan en una cooperativa grande, les compro café”. Claro que vemos que tenemos poco café, pero ¿y cómo vamos a juntarnos a quienes por años nos han negado la prima, el premio y los sobreprecios para nuestro café? (Socios de cooperativas de Centroamérica).

Los asociados son vistos como seres controlables y dependientes, igual a como miraba el patrón tradicional a sus mozos y a pequeños productores que dependían de él: “a estos los contento con una poquedad”, suele decir escuchando su propio eco. La cooperativa es vista como un medio para acopiar café, no como organización que fortalece a sus asociados, que es más que café.

¿Cómo se explica este modo de proceder? El CJ surgió como un movimiento. Todavía en la década de 1990, las cooperativas en Centroamérica se sentían orgullosas de ser exportadoras, cooperativistas, de ser productores orgánicos, y de recibir crédito en términos favorables. Recibían visitas de las organizaciones del CJ en un ambiente de compromiso social, de aprendizaje, con gran voluntad de construir relaciones horizontales, y en un contexto de crear una ruta alternativa y justa ante el comercio convencional e injusto que escondía la información y maniobraba con el pesaje, con la calidad y con los precios. Ese proceso del CJ, en un contexto de gobierno del mercado del gran capital, a medida que fue creciendo el volumen transado y que una nueva generación de profesionales ingresaba al entramado del CJ en un contexto despolitizado (ver 5.3), se institucionalizó y se profesionalizó (ser profesional es concebido como algo superior del resto de las personas que lograron grados universitarios, es ser ‘objetivo’ y sin compromiso social y político con las comunidades organizadas (30)). Las certificadoras elaboraron sus procedimientos, controles y formas de trabajo, mientras las cooperativas se volvían empresas que vendían café y ONGs que ejecutaban proyectos rindiendo informes a los organismos, y no a sus asociados. A la par, paulatinamente desapareció el carácter procesual de aprendizaje y de movimiento (31) . Así, la mayor deficiencia del entramado del CJ es no haber mantenido el proceso de movimiento desmitificando al mercado neoliberal a la par de su institucionalización y a la par de su alto crecimiento, el no haber logrado que la nueva generación combinase su capacidad profesional con procesos de inmersión para alimentar su espíritu y discernir contra qué y a favor de qué se estaba trabajando-luchando, el haber sido absorbido por ese mito del ‘mercado natural’ que redujeron las labores de seguimiento y certificación a simple formalidad de negocio, y el haber entendido el cooperativismo como si fuese una ONG o una empresa cualquiera, sin comprender su doble dimensión, de ser asociativo y de ser empresa, y sobre todo, de ser un medio para que las familias productoras pudiesen construir un sistema justo.

Esa deficiencia institucionalizada hace que los organismos del CJ no puedan detectar cuando un café convencional de terceros pasa como café orgánico y como producto de la cooperativa, porque su forma de verificación termina en el cuadro de información que el mismo personal administrativo les prepara, y porque el propio interés se reduce al rédito financiero. No pueden —y muchos no quieren— detectar cuando las actas de reuniones inexistentes se fabrican; y si quisieran cumplir su rol, la persona firmante del acta dirá que estuvo en la reunión, porque asume una actitud de aprobar un examen: dice lo que los organismos quieren oír, y muestra aquello que quieren ver, porque cree que “pasar el examen” (engañar) es “ser vivo” (listillo). Aunque sepan que hay líderes que permanecen en sus cargos violentando los estatutos de sus cooperativas, los organismos se ciñen a documentos legales donde consta que los líderes acaban de ser nombrados en sus cargos –aunque ya tuviesen 15 o 20 años en el mismo cargo. Así, en la certificación del café orgánico, no importa tanto verificar si el producto es orgánico o no, lo que importa es cumplir con la formalidad, los compradores se contentan con recibir ‘la certificación’, y así toda la cadena. No pueden percibir que la prima CJ se atasca porque su forma de proceder coincide con la formalidad, es decir, hay un acta de una asamblea anual que aprueba ese atasco. ¿Puede una persona racional imaginarse que una asamblea, que se reúne una vez al año por unas 3 o 5 horas, tome las principales decisiones de una organización para todo un año? Los organismos no pueden ponderar el que haya tiendas (o cooperativas) solidarias en Europa que prefinancian a las cooperativas de café, un dinero que se “atasca” en algún lado de la cadena de actores sin llegar a su destino, porque les absorbe la formalidad y realmente el interés económico: “eso de averiguar donde se atasca sería inmiscuirse en la vida de otras organizaciones, sería hacer investigación policial, y por eso hasta nos pueden despedir de nuestras organizaciones” (responsable de una de las certificadoras en América del Sur).

5.2 Percepción de las organizaciones asociativas como un ente homogéneo

Esa institucionalización y profesionalización conlleva dos ideas. La del homo economicus, individuo racional que maximiza sus ganancias y que erosiona el carácter procesual y de movimiento “alternativo”, movida por la idea del homo reciprocans (32) , la de los humanos que buscan la cooperación. Distinguimos entre “intereses individuales” en el que prevalecen los intereses de determinados individuos, y el de la cooperativa donde tendrían que prevalecer los intereses individuales de sus asociados –lo que es coherente con lo que Sen aboga por ‘individualismo ético’ y no ‘individualismo metodológico’ (ver Bastiaensen et al 2015). El homo reciprocans, a diferencia del homo económicus, en que basándose en los ‘intereses individuales’ entiende que esos intereses dependen de una cooperación con otros individuos, sin dar lugar a que intereses de determinados individuos prevalezcan manipulando el ‘interés colectivo’ y la organización.

El problema es que los organismos del entramado del CJ perciben a las cooperativas como si fuesen algo homogéneo, como si la cooperativa estuviese expresada solo por el lado empresarial, solo por la figura de una gerencia y como si la cooperativa solo fuese algo económico, de comprar y vende café. Esa percepción de ver una organización como algo colectivo per sé y asumir que lo económico determina todo, es la gran dificultad que ahoga los intereses individuales de la mayoría de los asociados. En correspondencia, tratan con la gerencia creyendo que con ello están automáticamente contribuyendo a la cooperativa, cuando la cooperativa está envuelta en múltiples conflictos y relaciones de cooperación interna, necesitadas precísamente de ser tomadas en cuenta por el entramado del CJ.

Junto a esa idea hay otra: la de concebir como buena organización aquella que tiene grandes inversiones físicas (33), centenares de socios y especializado a un rubro, por lo que transa grandes volúmenes de café; en esta idea subyace el enfoque del fordismo —trabajo especializado, producción y consumo en masa (Best, 1990), bastante cercano a las ideas de Taylor (1911) sobre organización—, de separar cerebro y manos para aumentar la productividad y eficiencia, y es próxima a la idea tradicional de las haciendas, en su modo de gobierno y de producción extensiva y de monocultivo (34) .

En la segunda idea se combinan ideas que explican de por qué se prioriza el volumen del café y se buscan pretextos como el cambio climático para justificar el estancamiento y empeoramiento en la calidad del producto; de por qué la escisión del CJ, en el que el FT-USA busca volumen como argumento para influir en más personas, y la FLO se queda con la “pequeña producción” pero también apostando a volumen (p.ej., con la compra de café a terceros y el que el sello del CJ sea usado (alquilado) por grandes empresas mundiales); de por qué la presión del entramado del CJ a las cooperativas de primer grado para que se sumen a las del segundo grado, que apuesta a volumen y no paga la calidad del producto que grupos de asociados y cooperativas de base producen de forma diferenciada; y de por qué los asociados son acorralados para que solo se dediquen a la producción, y las cooperativas de primer grado quedan reducidas a existir solo como membrete.

Si la percepción sobre una cooperativa es como si fuese un individuo (algo homogeneo, como “sacos de papas” según Marx), les resulta óptimo el procedimiento de formalidad y forma desarrollado por los organismos para certificar y tomar decisiones de crédito y de compra, como vimos en sección anterior. Si ante el organismo está “un individuo”, asume que solo tiene que basarse en la formalidad y quedarse en su forma; y si toda información está centralizada, esa relación se profundiza. Al equivaler la cooperativa con la gerencia, los organismos legitiman su permanencia en ese cargo, a la vez que soslayan todo el engranaje organizacional que entraña el cooperativismo; incluso algunos organismos van más allá: nombran a algunos gerentes como representantes de las cooperativas en instancias (y/o marcas) internacionales, sin que estos sean socios de las cooperativas en que laboran; otras veces los organismos nombran al mismo gerente de una cooperativa pagando su mismo salario.

Por consiguiente, cultivan relaciones solo con un individuo de la cooperativa, con la gerencia. Desde su visión, argumentan: “no nos corresponde ver cómo va la cooperativa de segundo grado, eso le toca a las cooperativas de base, nosotros respetamos eso” (Comprador CJ de café). Esa visión (idea) y ese procedimiento (formalidad-forma) de los organismos les hacen ver que la gerencia equivale a las cooperativas y a sus asociados; sin embargo, lo que ellos “respetan” es precísamente un “irrespeto”, porque vincularse con una cooperativa como si ésta fuese empresa privada, creyendo que no les “corresponde” ver sobre la situación de la cooperativa de segundo grado, es justamente intervenir a favor de su centralización y de su erosión cooperativo (35) . Según esa lógica, cuanto más un individuo concentra las decisiones y centraliza las relaciones (contactos), más les conviene a los organismos; y cuanto más se profundiza esa relación, más se vinculan con la parte de la empresa de la cooperativa, como si la cooperativa fuese solo empresa y no fuese la combinación de empresa y asociatividad. Observemos cómo el mercado va adueñándose del CJ y de las cooperativas, absorbiendo a la estructura gerencial de las cooperativas.

A la luz de esa perspectiva, ese individuo no obstaculiza el funcionamiento de los órganos y las reglas de la cooperativa, al contrario, es un héroe o heroína que se sacrifica a favor de la cooperativa, algo que las mismas personas gerentes llegan a creer: “Sin mí, la cooperativa quiebra en cosa de meses”. Y si la cooperativa compra café a terceros y se convierte en un tipo comerciante (intermediario), y si esas prácticas son cuestionadas por los asociados, los primeros en defender a la cooperativa (o sea, las decisiones de la dirección de la parte empresarial de la cooperativa) suelen ser los actores del entramado del CJ: “Es para cumplir los contratos y favorecer a la cooperativa”, “Las cooperativas promedian los precios de las ventas de café para hacer liquidación a los socios”, sin percatarse del acopio de una cantidad substancial de café de terceros, café que luego tiene prima y hasta premio orgánico, que en la mayoría de esos casos no será ni reportado a los asociados, y que más bien afecta la calidad del café de las cooperativas y afecta negativamente a los asociados. En el marco del principal/agente, pareciera que un círculo de hierro se volvió en el “principal”, y el entramado del CJ se volvió “agente” que legitima las prácticas del “principal”.

Volviendo a la mitología, el embrujo de las sirenas es que la lucha por el bienestar individual de una minoría opaca los intereses individuales de la mayorís de los socios de una cooperativa, y al buscar desesperadamente ese interés individual, todos caen en la locura, se enloquecen mutuamente. Desde el enfoque de los organismos, el mito de Ulises, los remadores y las sirenas se lee como algo individual, como acciones aisladas (la cooperativa por su lado, cada certificadora por su lado, la banca social por su lado, los compradores por su lado…), cuando en realidad ese mito habla de un arreglo colectivo que incluye la paradoja de “auto-amarrarse para liberarse”. El mercado hace leer como solo ‘la acción de Ulises’ en las cooperativas, movidos por ‘la mano invisible’ (el mercado). En cambio, en el lenguaje del CJ, la acción de Ulises y los remeros tendría que ser de controlarse mutuamente para mejorar, algo que en la actualidad no parece ocurrir; la tarea sería de tener objetividad explicitando las relaciones de poder justamente para hacer que las cooperativas funcionen como medios a favor de los asociados –aquí recordemos al premio Nobel de la paz Elie Wiesel, quien nos enseñó que la neutralidad siempre ayuda al opresor y no al oprimido.

5.3 El supuesto de la despolitización

Si la institucionalización (y la profesionalización) mató el carácter de movimiento del CJ y la idea del homo economicus hizo desaparecer la perspectiva alternativa del CJ, el tercer elemento de los organismos es su concepción de las cooperativas –y de todas las organizaciones del entramado del CJ– como organizaciones despolitizadas y donde lo político se reduce a los procedimientos administrativos —business as usual. Bajo esta idea, las cooperativas aparecen como unidades armónicas y homogéneas, mientras se soslayan los conflictos internos y la desigualdad mediados por las duras relaciones de poder. También las asimetrías y la injusticia que hemos descrito en la cadena del CJ quedan invisibles, tapadas por una formalidad donde no cabe ni lo técnico, p.ej.: para confirmar si el café orgánico de una cooperativa es realmente orgánico se requiere una prueba de laboratorio que cuesta, según las certificadoras, US$300, algo técnico y que podría ser parte de la formalidad, pero las certificadoras no suelen practicarlo, “porque esa prueba lo tiene que pagar la misma cooperativa y la cooperativa no quiere”. ¿Suena razonable que una certificadora responsable no pague US$300 cuando gana US$4,000 10,000 o 20,000? Nuestra hipótesis es que las certificadoras no quieren perder al cliente, lo que nos sugiere que las certificadoras , nacidas para garantizar que el producto orgánico sea orgánico, terminaron siendo presas de la idea que negocio es negocio. Igual pasa con la banca y las empresas; a propósito, un líder cooperativista, luego de ver la crisis financiera internacional y como los gobiernos de Estados Unidos y de Europa, en lugar de reformar las políticas financieras, mas bien premiaron a la banca, se preguntó: “¿hay algo más político que los actos de la banca de provocar crisis financiero mundial y luego ser premiados económicamente en base a los impuestos de la sociedad?” Es decir, ese algo técnico de las certificadoras y ese algo financiero de las empresas globales esconde un interés económico, y ese interés esconde una decisión política que afecta a la sociedad, a los socios y a los consumidores, contribuye a erosionar a las cooperativas y al CJ, beneficia a una pequeña elite y responde a una racionalidad economicista. De este modo, lo político tan incrustado en lo social y en lo económico, y viceversa, se presenta como lo económico que gobierna pero separado de lo social y de lo político; y lo político es negado en las cooperativas y en los organismos. “Amigo, es cosa de administrar”, se repite.

El “deber ser”, referido al tipo de cooperativa que se desea, cubre lo que “es”, aquello que realmente es cada cooperativa. “Deber ser” expresa los intereses colectivos mediados por una perspectiva de armonía, lo que abona el discurso y niega los conflictos que podrían expresar diversas rutas de desarrollo y rescatar lo alternativo. Lo que “es” refiere a la forma en que las cooperativas caen en los mecanismos y en la institucionalidad descritas, la forma en que excluyen a los asociados de las decisiones en sus cooperativas, o la forma como se omite a las mujeres. El hecho de que en una cooperativa no funcionen sus órganos (comités de educación, junta de vigilancia y asamblea general) revela conflictos y prevalencia de intereses individuales sobre los colectivos.

La cooperativa se contempla como solo lo económico, alienado de lo social y de lo político. Los actores de la cadena aparecen enfocados en el negocio de producir, procesar y comercializar café, y en los servicios de crédito. Esto es coherente con el enfoque tradicional de la economía, que dice que para aumentar la producción (output) solo hay que añadir insumos (input), consigna que también repiten los productores que consideran que con crédito (capital) mejorarían su producción, o con más proyectos dejarían de ser pobres. Atrapados en esa perspectiva, crece el protagonismo (o aumentan las responsabilidades) de la gerencia y del personal administrativo y técnico. La formalidad contribuye al ambiente en que la gerencia gana protagonismo (y más trabajo), pues los diversos organismos se vinculan por la vía de la formalidad solo con la gerencia, y por lo tanto, solo con el ámbito empresarial de la cooperativa, como si la cooperativa fuese solo el lado empresarial. Esa separación de lo económico y lo político y lo social, como la separación de lo visible (input y output) de lo invisible (relaciones de poder, capacidades humanas), hace ver que el rol de cualquier comité tiene como eje lo económico; así, por ejemplo, el comité de educación en la cooperativa se concibe como separado de lo económico y de lo político, y como algo inexistente, salvo como formalidad. No se percibe que la no funcionalidad de los comités, la mutua “no vigilancia” y la formalidad de la asamblea general expresan decisiones políticas que —en sentido figurado— desatan a Ulises y a los remeros dejándolos a merced de las sirenas. El rol marginal de los líderes —ligados a lo asociativo (lo social) y el personal administrativo/técnico ligado a lo económico—, resulta justamente de esa separación, y de la negación de lo político en sus propias acciones, lo que justamente expresa lo político, cubierto por lo administrativo.

5.4 Deslealtad moderna

Los organismos, al sentirse cómodos en su rol de emitir juicio respaldados por lo financiero, van paulatinamente siendo gobernados por la “justicia del mercado” y no por la “justicia social”. Ante los mecanismos descritos en que incurren las cooperativas, los organismos difícilmente pueden argumentar desconocimiento; al contrario, son parte principal de la legitimación de esos hechos.

La lógica de la “justicia del mercado” se impone. La banca social se afianza en su propósito de generar ganancias; en correspondencia, si antes trabajaban solo con las cooperativas, ahora lo hacen también con las empresas privadas; seguir llamándose “banca social” les beneficia como marketing para su interés económico. Coherente con la lógica descrita antes, la banca social suele proveer crédito a empresas privadas sin percatarse de que allí suelen refugiarse personas que quebraron a otras cooperativas y que siguen erosionando a las cooperativas actuales —no se percatan porque la formalidad y la forma, y su racionalidad económica, se los impide. En el caso de la FLO, su escisión puede verse además como expresión de una doble moral: surgió para trabajar solo con pequeños productores, ahora la FLO dividida, en su expresión FT-USA también trabaja con las grandes plantaciones de café (grandes empresarios), ante (o contra) quienes justamente surgió el CJ. En los compradores, por ejemplo Green Mountain se consolidó en buena medida en el marco del CJ, y ahora puede prescindir del sello CJ para dedicarse a generar ganancias, porque en la demanda de los consumidores, el sello CJ ha perdido peso —“negocio es negocio”. Así, el sello CJ, que era un medio para que los pequeños productores comercializaran su producción, se fue convirtiendo en un medio para que las grandes empresas expandan sus mercados.

Esa práctica de deslealtad hacia los ‘de abajo’ se reproduce en cascada: “hay pobres de pobres”. ‘Desde arriba’ se concibe que los ‘de abajo’ deben serles leales, sin protestar y sin salirse (36), integrados a la lógica del mercado; si una cooperativa tiene dificultades de honrar sus deudas con la banca social, los compradores se solidarizan con la banca social; si las certificadoras o la banca social certifican o proveen crédito a la cooperativa sin cerciorarse sobre el funcionamiento organizacional de la cooperativa o sin verificar si realmente el café orgánico es orgánico, nadie les reclama, nadie ve que esas acciones perjudican a la cooperativa, no hay pues lealtad con las bases de las cooperativas. Tampoco aceptan el reclamo de las cooperativas (voice) sobre los ‘de arriba’ y hacen creer a los socios y a las cooperativas de base, de que trabajar por su propia vía es como “caer en el precipicio”, “porque nadie les comprará café, nadie les certificará, nadie les dará crédito y nadie les dará proyectos”. La lealtad (o sea obediencia o subordinación) es hacia las elites y éstas al capital: “hay ricos de ricos”.

A pesar de esa realidad injusta, los asociados y las cooperativas de primer grado, persisten; aceptan que les sean ‘desleales’ y muchos creen que no tienen derecho a exigir lealtad. Una tonada popular que suena en bares y mercados parece expresar sus sentimientos: “que me la pegue, pero que no me deje”. A ello, el entramado del CJ parece responder como el típico macho latino: “Tengo derecho, porque soy hombre”. Esa lealtad moderna, en todo caso, es subordinación al capital y al mercado.

Notas

(28) Estos casos se refieren a cooperativas que por prácticas de corrupción cambiaron de gerentes y hasta de concejo de administración, por lo que la cooperativa queda tan endeudada que tiene que recurrir a otras modalidades y maniobras para seguir existiendo como cooperativa.

(29) A modo de ilustración, ver los sofisticados procedimientos de Flocert para la solicitud de certificación (http://www.flocert.net/wp-content/uploads/2014/02/CERT-Application-SOP-15-es.pdf), para el proceso de certificación (http://www.flocert.net/wp-content/uploads/2014/02/CERT-Certification-SOP-29-es.pdf) y para la auditoría (http://www.flocert.net/wp-content/uploads/2014/02/AM-Audit-SOP-17-es.pdf).

(30) La profesionalización suele concebirse como “separarse” de las comunidades, dividir entre el saber (carrera universitaria) y la ignorancia (comunidades rurales). Para una reflexión crítica sobre la prefesionalización, ver: Chambers (1993)

(31) Algo similar se experimentó en otros ámbitos. Por ejemplo, la cooperación internacional fomentó un desarrollo con métodos participativos y procesos en los que su personal tenía alto compromiso social. Eso fue cambiando. Desde el año 2000, la mayoría de las agencias de cooperación han buscado “resultados” expresados en reportes “profesionales”, números que reflejen “avances”. Ver en Chambers (2014) para una perspectiva crítica de este enfoque.

(32) Notemos que la palabra “homo” es referido al género másculino, expresando el patriarcado de hace siglos. Lo hacemos notar para levantar “el velo” de algo naturalizado en nuestras mentes.

(33) Al enterarse de una cooperativa de primer grado con 80% de capital propio en su cartera de 0.5 millones de dólares, un organismo financiero internacional se interesó en ella. La visitó y concluyó: “Cuando tengan oficina y gerencia nos avisan para negociar un préstamo a su favor” (conversación con el presidente de una cooperativa de primer grado, 2013). Dicho organismo concibe la organización como algo visible y formal: una casa grande y un personal profesional con su gerente. Por su parte, las instituciones del Estado conciben las cooperativas desde el ángulo formal: “La cooperativa es lo que dice la ley y sus estatutos; se forma una cooperativa capacitándose en esa ley, no hay más que decir”.

(34) Para una perspectiva histórica de las haciendas y su relación con las encomiendas, ver Lockhart (1969).

(35) Taylor, Murray y Reynolds (2005:203) encuentran tensiones entre lo que llamamos lado asociativo y lado empresarial, y lo que imprime el hecho que el CJ se vincule con ese lado empresarial. Dicen: “Hay una tensión fundamental entre la ‘gobernanza democrática formal’, que genera rotación de líderes, y el deseo de compromiso de largo plazo de los asesores técnicos. Comercio justo anima el compromiso de largo plazo de los compradores, lo que tiende a privilegiar el rol del personal técnico, quienes tienen más continuidad que los líderes electos.” Una diferencia que notamos con muchas cooperativas de la región, es que algunos líderes también continúan en sus cargos sea encontrando trucos legales o moviéndose de ‘asiento’, como en el béisbol, “en diferente posición pero el mismo cuadro”.

(36) Para una perspectiva teórica, ver Hirschman (1970), quien propone el concepto de salida (exit), protesta (voice) y lealtad (loyalty). Si hay posibilidad de protestar (tener voz) hay posibilidad de leatad y se puede reducir riesgos de abandonar la organización. Al revés sería: si no tienes posibilidad de protestar, entonces estás sometido, por lo que solo queda o resignarse a la situación o salir de la organización.


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