CEPRID

A propósito de un trabajo de Álvaro García Linera sobre “Estado, democracia y socialismo” (I)

Lunes 30 de marzo de 2015 por CEPRID

Alejandro Teitelbaum

CEPRID

I. Hace unos días recibimos la conferencia de Álvaro García Linera ESTADO, DEMOCRACIA Y SOCIALISMO http://rebelion.org/noticia.php?id=195607 pronunciada en la Sorbona de Paris en enero de 2015 en un coloquio de homenaje a Nicos Poulantzas.

Comienza diciendo que se va a detener en dos conceptos claves del marxismo poulantziano: el Estado como relación social y la vía democrática al socialismo.

AGL, para situarse en el tema, comienza refiriéndose al teorema de Godel (“Estado y principio de incompletitud gödeliana”).

Alejandro Teitelbaum

CEPRID

I. Hace unos días recibimos la conferencia de Álvaro García Linera ESTADO, DEMOCRACIA Y SOCIALISMO http://rebelion.org/noticia.php?id=195607 pronunciada en la Sorbona de Paris en enero de 2015 en un coloquio de homenaje a Nicos Poulantzas.

Comienza diciendo que se va a detener en dos conceptos claves del marxismo poulantziano: el Estado como relación social y la vía democrática al socialismo.

AGL, para situarse en el tema, comienza refiriéndose al teorema de Godel (“Estado y principio de incompletitud gödeliana”).

Quizás AGL no leyó “Imposturas intelectuales” (edición Odile Jacob en francés 1997 y en castellano Paidos 1998) en el que sus autores Alan Sokal (matemático) y Jean Bricmont (físico) se dedicaron a poner al desnudo la tendencia de no pocos pensadores “posmodernos” a apoyarse arbitrariamente en fórmulas y principios matemáticos para dar una impresión de rigor a sus teorías filosóficas y sociales. En el Capítulo 10 del libro (Algunos abusos del teorema de Gódel y de la teoría de conjuntos) los autores comienzan citando a Regis Debray (ese francés que habla demasiado, como lo definía Ernesto Guevara): “Desde el día en que Gódel demostró que no existe una prueba de la consistencia de la aritmética de Peano formalizable en el marco de esta teoría (1931), los politólogos pudieron, por fin, comprender por qué había que momificar a Lenin y exhibirlo a los camaradas «accidentales» en un mausoleo, en el Centro de la Comunidad Nacional”

A renglón seguido Sokal y Bricmont escriben: El teorema de Gódel es una fuente casi inagotable de abusos intelectuales. Ya hemos encontrado ejemplos de ello en Kristeva y Virilio, y se podría escribir todo un libro sobre el tema. En este capítulo daremos algunos ejemplos realmente extraordinarios, en los que el teorema de Gódel y otros conceptos tomados de los fundamentos de las matemáticas se extrapolan con absoluta arbitrariedad para aplicarlos al ámbito político y social. El crítico social Régis Debray dedica un capítulo de su obra teórica Critique de la raison politique (1981) a explicar que «la demencia colectiva encuentra su razón última de ser en un axioma lógico que carece en sí mismo de fundamento: la «incompletitud»

Agregan Bricmont y Sokal: Este «axioma», llamado también «tesis» o «teorema», se presenta de forma más bien grandilocuente…

Y afirman: “Simplemente, no hay relación alguna entre ese teorema y la organización social”. (pág. 175 ed. en castellano y 159 ed. en francés).

AGL escribe: “Cierto marxismo de cátedra sostenía que los sectores populares vivían perpetuamente engañados por el efecto de la “ilusión ideológica” organizada por las clases dominantes, o que el peso de la tradición de la dominación era tan fuerte en los cuerpos de las clases populares, que ellas solo podían reproducir voluntaria e inconscientemente su dominación. Definitivamente esto no es cierto. Pensar lo primero deriva inevitablemente en la suposición de que las clases populares son tontas a lo largo de toda su vida e historia; entonces, casi por definición, lo que constituye al menos una forma de biologizar la dominación, clausura cualquier posibilidad de emancipación. Por otra parte, la tradición tampoco es omnipresente, pues de serlo, las nuevas generaciones solamente deberían replicar lo hecho por las anteriores, y por consiguiente la historia sería una perpetua repetición del inicio de la historia”.

No sabemos si el “marxismo de cátedra” a que se refiere AGL es el que expuso Marx mismo.

En todo caso Marx no pensó que de la persistencia y reproducción de la hegemonía ideológica de las clases dominantes había que deducir que las clases populares son “tontas”, que la dominación termina por “biologizarse” y, en consecuencia, “quedaría clausurada cualquier posibilidad de emancipación”.

No será el teorema de Gödel que nos ayudará a encontrar una respuesta al problema de saber en que consiste y qué significa la hegemonía ideológica de las clases dominantes y cuáles son los caminos de su superación emancipatoria por parte de las clases subalternas.

Más bien nos ayudará el empleo del método materialista histórico y dialéctico, inicialmente formulado por Marx, basándose siempre en el análisis riguroso de los hechos.

Marx, escribió en la Ideología alemana: Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación. Los individuos que forman la clase dominante tienen también, entre otras cosas, la conciencia de ello y piensan a tono con ello; por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito de una época histórica, se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión, y, por tanto, entre otras cosas, también como pensadores, como productores de ideas, que regulan la producción y distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean; por ello mismo, las ideas dominantes de la época. Por ejemplo, en una época y en un país en que se disputan el poder la corona, la aristocracia y la burguesía, en que, por tanto, se halla dividida la dominación, se impone como idea dominante la doctrina de la división de poderes, proclamada ahora como «ley eterna».

Y en la primera página del Prólogo a la Introducción a la Crítica de la economía política, (1859) escribió Marx: ...”El resultado general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis estudios puede resumirse así: en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”.

Explicación ésta que no se puede interpretar con el esquema simplista de que la conciencia de un individuo refleja automáticamente su condición de trabajador o de burgués. Porque el “ser social” a que se refiere Marx incluye, entre otras cosas, el papel dominante que desempeña la ideología y la cultura del sistema capitalista en la conciencia de los seres humanos.

Los hechos no se perciben con la mente en blanco, sin ideas previas. La percepción de la realidad está condicionada en todos los seres humanos por conceptos anteriores, por categorías inscritas en la mente por la educación que se ha recibido, por el medio ideológico y sociocultural dominante en que se vive, etc.

Un trabajador manual o intelectual, por el sólo hecho de serlo, no siempre tiene conciencia de que es un explotado y que debe luchar por abolir la explotación.

E inversamente ese automatismo tampoco funciona cuando un individuo o grupo, cualquiera sea su clase social, alcanza a superar la conciencia espontánea que le impone la ideología y la cultura capitalista hegemónicas y logra tomar conciencia de las contradicciones inherentes al sistema capitalista y de su nefasta esencia explotadora, no sólo de los seres humanos sino del hábitat natural de éstos.

La ideología y la cultura del sistema capitalista forjan y mantienen su hegemonía mediante lo que Grossi, siguiendo a Hegel y a Marx, denominó la “sociedad civil”: el gran capital, los medios de comunicación controlados por aquél, la parte de la intelectualidad y de las diferentes organizaciones sociales al servicio del sistema dominante, funcionando junto al Estado pero fuera de él como aparatos de dominación económica, hegemonía ideológica y control social. Hegel a veces la denominaba sociedad civil y otras, más claramente, sociedad burguesa (bürgerliche Gessellschaft).

II. La ideología y la cultura dominantes

Los medios de comunicación de masa o medios masivos de intoxicación mental, a los que nos referiremos más abajo, son el instrumento visible destinado a mantener y consolidar la hegemonía de la ideología y la cultura del sistema capitalista y formidables vectores para la neutralización del espíritu crítico, la domesticación y la degradación intelectual, ética y estética del ser humano.

Son la plataforma privilegiada de periodistas obsecuentes, politólogos, sociólogos, economistas, filósofos mediáticos y otros “formadores de opinión” justificadores del sistema y del TINA ("There Is No Alternative"). En resumen, ilustres representantes de la “estupidez prestigiosa”, como decía John Kenneth Galbraith.

Como hay que guardar las apariencias, muy de tanto en tanto y muy brevemente se da acceso a dichos medios a personas intelectualmente respetables. Una gota de racionalidad en un océano de mediocridad.

Dicha hegemonía ideológico-cultural también se mantiene y consolida de una manera más sutil y menos visible a través de todas las actividades humanas, sociales, culturales, ideológicas e incluso científicas, “formateando” la conciencia de la gran mayoría de los seres humanos.

En los medios culturales, ideológicos, políticos y científicos, se produce una especie de selección o jerarquización -entre espontánea y provocada- del prestigio o renombre de determinadas personas, donde ocupan casi siempre los primeros puestos los que (dicho de manera muy esquemática) tienen en común algunas de las siguientes ideas: no cuestionar la propiedad privada de los medios de producción y de cambio; atribuir al mercado capitalista la cualidad de inherente a la sociedad humana; no cuestionar el sistema político-social elitista existente (la llamada “democracia occidental” o “democracia representativa”) y el rechazo (expreso o no) del materialismo histórico y dialéctico como método de investigación en las ciencias sociales y en las ciencias llamadas “duras”.

La razón del rechazo del materialismo dialéctico en el estudio de la economía y otras ciencias sociales es evidente: no querer admitir que el capitalismo y el mercado no son eternos y son sólo una etapa en la historia de la humanidad.

Pero ahí no se terminan los círculos de “pensadores” que son funcionales a la ideología de las clases dominantes, el que se completa con figuras mediáticas que critican los actuales efectos devastadores de la economía de mercado, o se declaran altermundialistas, o en lucha contra la pobreza, contra el “Imperio”, o proponen- bizarramente- cambiar el mundo sin tomar el poder.

Su papel – asumido o no deliberadamente - consiste en distraer con teorías socio-políticas más a menos fantasistas a quienes están sinceramente indignados, protestan, se organizan y luchan contra las profundas injusticias sociales existentes e impedirles así tomar de conciencia sobre la verdadera naturaleza del capitalismo, que los lleve a comprender que para terminar con esas injusticias no hay otro camino que quitarle el poder a las elites dominantes y establecer un poder realmente democrático y popular que tenga por objetivo la abolición del capitalismo.

El resultado es la falta de un análisis riguroso de las bases materiales y de las dinámicas y tendencias de los procesos político-sociales, incluida la relación de fuerzas de las clases en presencia.

Todo ello también contribuye a que casi no exista una respuesta argumentada y coherente al discurso neocolonialista, racista y xenófobo de la extrema derecha, que pretende “explicar” los graves problemas socioeconómicos (desocupación, etc.) y a que dicho discurso encuentre una audiencia cada vez mayor en las clases populares como se puede verificar en los resultados electorales de varios países. Aunque las mayorías electorales (las mayorías de los que votan, porque la abstención electoral no cesa de crecer) generalmente optan entre la sartén y el fuego (la derecha tradicional o la socialdemocracia).

Esa ideología y cultura dominantes funcionan como una pantalla que opaca y deforma la percepción de la realidad de la gran mayoría de la gente y dan contenido a su conciencia espontánea.

III. Las bases materiales de la expansión de la ideología capitalista hegemónica

1. En el ámbito de la producción

El taylorismo u “organización científica del trabajo” y su aplicación en la práctica, el fordismo, (que ilustró tan bien Charles Chaplin en Tiempos Modernos) se basó en la idea de hacer del trabajador un mecanismo más en la cadena de montaje: el obrero, en lugar de desplazarse para realizar su tarea se queda en su sitio y la tarea llega a él en la cadena de montaje. La velocidad de ésta última le impone inexorablemente al trabajador el ritmo de trabajo.

El primero en aplicarlo en la práctica fue Henry Ford, a principios del siglo XX, para la fabricación del famoso Ford T. Este trabajo embrutecedor agotaba a los obreros, muchos de los cuales optaban por dejarlo. Ante una tasa de rotación del personal sumamente elevada Ford encontró la solución: aumentar verticalmente los salarios a 5 dólares por día, cosa que pudo hacer sin disminuir los beneficios dado el enorme aumento de la productividad y el pronunciado descenso del costo de producción que resultó de la introducción del trabajo en cadena. Los nuevos salarios en las fábricas de Ford permitieron a sus trabajadores convertirse en consumidores, inclusive de los autos fabricados por ellos.

Los trabajadores, que no se sentían para nada interesados por un trabajo repetitivo que no dejaba lugar a iniciativa alguna de su parte, recuperaban fuera del trabajo su condición humana (o creían recuperarla) como consumidores, gracias a los salarios relativamente altos que percibían.

Esta situación se generalizó en los países más industrializados sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial y de manera muy circunscripta y temporaria en algunos países periféricos. Es lo que se llamó “el Estado de bienestar”.

Lars Svendsen escribe: [los trabajadores] “…terminaron por aceptar la relación salarial y la división del trabajo resultante. Contrariamente a lo que esperaba el marxismo revolucionario, dejaron de cuestionar el paradigma capitalista, contentándose con la ambición más modesta de mejorar su condición en el interior del sistema. Eso significaba también que su esperanza de libertad y de realización personal radicaba en su papel de consumidores. Su objetivo principal pasaba a ser el aumento de sus salarios para poder consumir más”[1].

El Estado de bienestar se terminó más o menos abruptamente con la caída de la tasa de ganancia capitalista y la consiguiente caída de los salarios reales.

Para dar un nuevo impulso a la economía capitalista y revertir la tendencia decreciente de la tasa de beneficios, comenzó a generalizarse la aplicación de la nueva tecnología (robótica, electrónica, informática) a la industria y a los servicios[2].

La introducción de las nuevas tecnologías requería otra forma de participación de los trabajadores en la producción, que ya no podía reducirse a la de meros autómatas. Había que modificar-perfeccionar el sistema de explotación, pues las nuevas técnicas, entre ellas la informática, requerían distintos niveles de formación y de conocimientos, lo que condujo a que comenzaran a difuminarse las fronteras entre el trabajo manual e intelectual.

Esas nuevas tecnologías extendieron el ámbito de la hegemonía ideológica y cultural de las clases dominantes sobre las clases laboriosas, pues hicieron necesaria otra forma de participación de los trabajadores en la producción, que ya no podía reducirse a la de meros autómatas, propia del fordismo. Había que modificar-perfeccionar el sistema de explotación, pues las nuevas técnicas, entre ellas la informática, exigían distintos niveles de formación y de conocimientos, lo que condujo a que comenzaran a difuminarse las fronteras entre el trabajo manual e intelectual.

Es así como nació el “management” en sus distintas variantes, todas tendentes esencialmente a que los asalariados se sientan partícipes -junto con los patrones- en un esfuerzo común para el bienestar de todos.

Esto no implica la desaparición del fordismo, que sigue vigente para las tareas que no requieren calificación y subsiste en lo esencial en la nueva concepción de la empresa: el control del personal – una de las piedras angulares de la explotación capitalista- que se realiza físicamente en la cadena fordista de producción, continúa –acentuado- en la era postfordista por otros medios. “Gracias a las tecnologías informáticas –escribe Lars Svendsen- la dirección puede vigilar lo que sus empleados hacen en el curso de la jornada y cual es su rendimiento” (Lars Svendsen, pág. 140).

El nuevo “management” apunta a la psicología del personal. Los directores de personal (o Directores de Recursos Humanos) peroran acerca de la “creatividad” y del “espíritu de equipo”, de la “realización personal por el trabajo”, de que el trabajo puede –y debe – resultar entretenido, (“work is fun”) etc. y se publican manuales sobre los mismos temas. Hasta se contratan “funsultants” o “funcilitators” para que introduzcan en la mente de los trabajadores la idea de que el trabajo es entretenido, de que es como un juego (“gamification” -del inglés “game”- del trabajo).

Si se les pregunta a los asalariados si están satisfechos en su trabajo muchos responderán que sí, que si no trabajaran su vida carecería de sentido. Y esto vale incluso para quienes realizan las tareas más simples.

Pero lo cierto es que sólo una ínfima minoría, que se puede considerar privilegiada- realiza su vocación en el trabajo. Porque lo que dice el artículo 1º del Convenio 122 de la OIT de 1964 sobre el empleo libremente elegido es algo que está fuera del alcance de la inmensa mayoría de los trabajadores.

En la cadena fordista la empresa se apodera del cuerpo del trabajador, con el nuevo “management” se apodera de su espíritu. Escribe Svendsen: “Las motivaciones y los objetivos del empleado y de la organización se presume que están en perfecta armonía: El nuevo “management” penetra el alma de cada empleado. En lugar de imponerle una disciplina desde el exterior, lo motiva desde el interior”.

Hans Magnus Enzensberger, poeta y ensayista alemán, escribió en el decenio de 1960: «La explotación material debe esconderse tras la explotación no material y obtener por nuevos medios el consenso de los individuos. La acumulación del poder político sirve como pantalla de la acumulación de las riquezas. Ya no sólo se apodera de la capacidad de trabajo, sino de la capacidad de juzgar y de pronunciarse. No se suprime la explotación, sino la conciencia de la misma » (Hans Magnus Enzensberger, Culture ou mise en condition ? Collection 10/18, Paris 1973, págs. 18-19).

Algunos –entre ellos el ya citado Svendsen- objetan a Marx el haber pronosticado que con el progreso tecnológico y el aumento de la productividad el capitalismo cavaría su propia tumba, pues al reemplazar a los trabajadores con máquinas, los primeros dejarían de ser asalariados y, carentes de dinero, cesarían de ser consumidores. Pero la cuestión no es tan simple.

En primer lugar es un hecho indiscutible que con el progreso tecnológico aplicado a la producción y el consiguiente aumento de la productividad, disminuye la necesidad de trabajo humano –en particular de trabajo manual- en la producción, Con menos asalariados, habría menos consumidores y el capitalismo estaría cavando su propia tumba.

La contradicción entre el aumento de la productividad y el estrechamiento del mercado consumidor en el largo plazo es inherente al sistema capitalista porque entre la producción y el consumo se interpone la apropiación de la plusvalía por parte de los propietarios de los instrumentos y medios de producción y de cambio. No obstante el aumento de la productividad, la jornada de trabajo no disminuye, los salarios reales están congelados o aumentan muy ligeramente, pues una tasa importante de desocupación permite hacer presión para rebajar los salarios de los trabajadores ocupados, etc.

La mayor parte del beneficio resultante del aumento de la productividad engrosa la renta capitalista y una mínima parte se incorpora al salario, aunque no siempre. Es así como una constante del sistema capitalista es la profundización de la desigualdad en la distribución del producto.

Y del mismo modo –y aquí volvemos al tema de las bases materiales de la hegemonía ideológica y cultural de las clases dominantes- el tiempo social liberado por el aumento de la productividad se distribuye desigualmente: el tiempo que dedican al trabajo los asalariados no disminuye, ni aproximadamente, en la misma proporción en que aumenta la productividad.

Con el “management” se procura que el trabajador de “cuello blanco”, que es –o tiende a ser- mayoritario en las países más industrializados, centre su vida como persona en el seno de la empresa y llene su tiempo “libre” fuera de ella –orientado por la moda y la publicidad- como consumidor de productos necesarios o superfluos, creados estos últimos para responder a la necesidad de la reproducción ampliada del capital y también como consumidor de distinto tipo de entretenimientos alienantes, como espectador de deportes mercantilizados, de series televisivas, como adicto a juegos electrónicos (verdadero flagelo contemporáneo), etc., en la medida que se lo permiten sus ingresos reales y los créditos que pueda obtener (y que, en tiempos de crisis no puede rembolsar).

Dicho de otra manera, el sistema capitalista en su estado actual trata de superar sus contradicciones insolubles inherentes a la apropiación por los propietarios de los medios de producción de buena parte del trabajo humano social (plusvalía) apoderándose de la mayor parte del creciente tiempo libre social (distribución desigual del tiempo libre social ganado con el aumento de la productividad) para “poner plustrabajo”, como escribe Marx en los “Elementos fundamentales para la crítica de la economía política” (Grundrisse) y apoderándose también del escaso tiempo libre particular que les queda a quienes trabajan, mercantilizándolo como objeto de consumo y de ejercicio de su dominio ideológico y cultural.

De modo que puede decirse que la esclavitud asalariada propia del capitalismo, que estuvo limitada sólo a la jornada laboral y a una parte del “tiempo libre”, ahora se extiende a TODO EL TIEMPO de la vida de los asalariados. Y así se ha ampliado también el ámbito, el tiempo y las formas en que las clases dominantes ejercen su hegemonía ideológica y cultural.

2. Este sistema de dominación tiene también una base material en el control oligopólico de la información.

La gente, para informarse más allá de su entorno inmediato a fin de conocer lo que ocurre en el mundo, tiene que recurrir a los proveedores de información, es decir a los medios de comunicación.

En la transmisión de la información a través de los medios de comunicación existen por lo menos dos niveles de subjetividad. El primero consiste en la selección y jerarquización de la información: el comunicador decide primero qué hechos son noticias y deben comunicarse y luego cuáles son importantes y cuáles no, es decir, el lugar o el tiempo que se le atribuye a cada noticia en el medio de comunicación. El segundo nivel de subjetividad es la interpretación de cada noticia: el comunicador impregna al hecho con su versión del mismo. De modo que el derecho a estar informado está mediatizado por la subjetividad (o más concretamente por la ideología) del comunicador. Pero además, por regla general, el comunicador está subordinado a los intereses de quienes tienen el control económico y/o político directo o indirecto del medio de comunicación.

La propiedad de los medios de comunicación está sometida desde hace tiempo a un proceso de concentración que se ha acentuado en los últimos decenios.

Con el desarrollo de las tecnologías de la comunicación se han formado grandes conglomerados transnacionales que abarcan la producción y utilización de los soportes materiales: editoriales, periódicos, radiodifusoras, filmes, emisoras de televisión, vídeos, satélites, medios electrónicos, etc., que dominan también las redes de comercialización y difusión.

Es cierto que en la mayoría de los países todo ciudadano o grupo de ciudadanos tiene teóricamente derecho a crear un medio de información. Pero si tal medio llega a existir su alcance es limitado y finalmente desaparece o es absorbido por los grandes oligopolios. De todos modos no pueden competir con los consorcios transnacionales, que llegan con sus productos (informativos y otros) a centenares de millones de personas y que son los verdaderos formadores (más bien deformadores) de la opinión pública.

Actualmente la concentración oligopólica de los medios de comunicación de masas (incluida la comunicación electrónica) y de los productos de entretenimiento de masas (series televisivas, música popular, parques de diversiones, juegos de vídeo, filmes, etc.) está en su apogeo. Grandes empresas, tienen el control mundial casi total de esos productos, quienes dictan a los seres humanos cómo deben pensar, qué deben consumir, cómo deben utilizar su tiempo libre, cuáles deben ser sus aspiraciones, etc. Uniformizan a escala planetaria los reflejos y comportamientos del ser humano, anestesiando en las personas el espíritu crítico y destruyendo la originalidad y riqueza de la cultura de cada pueblo. Son los vectores de la ideología del sistema dominante, que filtran la información y que tiñen la información ya filtrada de esa misma ideología y en función de sus intereses particulares.

Esas sociedades transnacionales se ocupan al mismo tiempo de las actividades más diversas, desde la fabricación de equipos electrónicos para uso militar hasta el tratamiento y distribución del agua potable y la recolección de residuos.

Es decir que de la comunidad de intereses existente entre los grandes medios de comunicación de masa y el gran capital a través del capital financiero y de los presupuestos publicitarios, se ha pasado a una comunidad concreta de intereses a través de la fusión de conglomerados industriales de diversa naturaleza que incluyen medios de comunicación de masas.

Es bastante común que tales conglomerados mediático-industriales incluyan la industria militar.

La contracara del oligopolio privado de los medios de comunicación, igualmente nefasta para el derecho a la información y la libertad de comunicación, es el monopolio o cuasi monopolio estatal y burocrático de dichos medios.

El ejercicio pleno de los derechos a estar informado verazmente, a opinar y a participar en la toma de decisiones requiere una pluralidad de fuentes, una pluralidad de medios de información y su gestión democrática y transparente, requisitos básicos que no se cumplen con la concentración monopólica u oligopólica de los medios de comunicación que acabamos de describir.

Cómo las masas populares llegan a romper con la ideología dominante es otro tema.

Notas: [1] Lars Svendsen, Le travail. Gagner sa vie, à quel prix ? Editions Autrement, Paris, setiembre 2013, pág. 140. [2] “…En toda la historia del capitalismo, desde la gran revolución industrial de fin del siglo XVIII hasta nuestros días, el sistema económico se ha desarrollado por movimientos sucesivos de inversiones y de innovaciones tecnológicas. Esos movimientos parecen principalmente vinculados a las dificultades inherentes al proceso de acumulación del capital: este, en un momento dado, se traba y todo se cuestiona: la regulación, los salarios, la productividad. La innovación tecnológica es una manera de salir de la crisis, pero no viene sola: ella afecta directamente, a veces el nivel del empleo, siempre la organización del trabajo y el control ejercido por los trabajadores sobre su oficio y sobre sus instrumentos de trabajo y por sus organizaciones sobre el nivel de los salarios, sobre la disciplina en el trabajo y la seguridad laboral…”. Alfred Dubuc, Quelle nouvelle révolution industrielle? en: Le plein emploi à l’aube de la nouvelle révolution industrielle. Publicación de la Escuela de Relaciones Industriales de la Universidad de Montreal, 1982. https://papyrus.bib.umontreal.ca/jspui/handle/1866/1772


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