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El comunismo, el socialismo y el nacionalismo en la sociedad cubana en la primera mitad del siglo XX

Lunes 30 de marzo de 2015 por CEPRID

Orlando Cruz Capote

CEPRID

En la Cuba de hoy, urge el restablecimiento crítico y constructivo de la historia del pensamiento y la práctica socialista, comunista y marxista, conjuntamente con el quehacer de los nacionalismos de variada índole, así como el de las heterogéneas izquierdas radicales y moderadas, todas actuantes con relativos aislamientos, no obstante surgir y manifestarse casi siempre mezcladas y hasta yuxtapuestas, muy pocas veces sintetizadas, e interrelacionándose e incidiendo las unas sobre las otras, en la república neocolonial (1902-1958).

Orlando Cruz Capote

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“El nacionalismo, si no se hace explícito, si no se enriquece y se profundiza, si no se transforma muy rápidamente en conciencia política y social, en humanismo, conduce a un callejón sin salida (…) La expresión viva de la nación es la conciencia dinámica de todo el pueblo. Es la práctica coherente e inteligente de todo el pueblo”. Frantz Fanon

“Los verdaderos nacionalistas son los socialistas (…) la función de la idea socialista cambia en los pueblos política o económicamente coloniales. En esos pueblos, el socialismo adquiere por la fuerza de la circunstancias, sin renegar absolutamente de ninguno de sus principios, una actitud internacionalista”. José Carlos Mariátegui

En la Cuba de hoy, urge el restablecimiento crítico y constructivo de la historia del pensamiento y la práctica socialista, comunista y marxista, conjuntamente con el quehacer de los nacionalismos de variada índole, así como el de las heterogéneas izquierdas radicales y moderadas, todas actuantes con relativos aislamientos, no obstante surgir y manifestarse casi siempre mezcladas y hasta yuxtapuestas, muy pocas veces sintetizadas, e interrelacionándose e incidiendo las unas sobre las otras, en la república neocolonial (1902-1958).

Esta visión nacional debe complejizarse con el estudio de estas problemáticas a nivel internacional y regional (Cruz Capote, 2013b: 93-103) ya que sin ese vínculo y comparación, muchas veces decisorio, es imposible realizar las propuestas y resultados investigativos en la isla. Y aunque se han realizado numerosas conferencias, talleres y eventos científicos para cumplir con los propósitos enunciados, así como han sido publicados diversos artículos, ensayos y libros, aún son insuficientes los esfuerzos y resultados por recrear de forma amplia y profunda la memoria histórica de la nación, llenando las lagunas históricas pendientes.

La perspectiva crítica, marxista revolucionaria por más señas, sin desdeñar otros pensamientos sociales críticos, debe ser recuperada hoy más que nunca, dada la aguda lucha ideológica, política y cultural que se despliega en la actualidad, tanto en el ámbito de la filosofía, las ciencias sociales como en las humanísticas, porque este enfoque crítico-dialéctico, interdisciplinario y transdisciplinario por necesidad científica, constituye un instrumento teórico y metodológico válido para todo estudioso que se apreste a revisar –sin el sentido peyorativo del término– la historia acaecida, la que transcurre en el presente y al mismo tiempo lance su mirada pronosticadora hacia el futuro, siempre con la concepción de que los aportes realizados serán sólo meras aproximaciones a la verdad histórica. Nadie tiene la verdad absoluta porque esta no existe.

Esta labor investigativa y docente debe desarrollarse sin pretensiones presuntuosas de re-escribir en forma total la historia de Cuba sin destruirla, consciente e inconscientemente, porque el fin supremo siempre será el de fortalecer sus esencias con rigurosidad, introducirle otros elementos no investigados profundamente, problematizar los hechos, procesos y personalidades para añadir interpretaciones más novedosas de acuerdo a las lecturas y relecturas que se realicen de los nuevos y hasta viejos materiales fácticos, primarios y secundarios, brindando entonces los matices adecuados y justos que merece esta rica y profunda historia nacional (Cruz Capote, 2013b:7-26).

I

Las problemáticas que abordaremos en la intensa polémica que se despliega, convocan a advertir, en primer lugar, que fueron muy variados los contextos históricos en la república neocolonial, en que se confrontaron las ideas liberales burguesas, en sus múltiples matices, con las enarboladas por las herencias –siempre en plural– de lo mejor de las tradiciones históricas-culturales de la nación, ideología mambisa incluida, más el pensamiento martiano y marxista, en infinito proceso articulador, además de las originalidades que pueden haberse tributado en específicas circunstancias. Escenarios histórico-políticos que deben ser repensados para la elaboración de una periodización, con etapas, subetapas y fases histórico-lógicas adecuadas, lo que permitiría su mejor entendimiento y compresión.

En segundo lugar, y sin remilgos científicos, añadir otras escuelas de pensamiento, así como corrientes ideológicas y políticas que se incorporaron, frontal y tangencialmente al combate por la segunda y definitiva independencia de Cuba y la conquista de una justicia social más plena, algunas de ellas aportando y desafiando a estas causas redentoras según sus posicionamientos y evoluciones socioclasistas e ideopolíticas.

En ese orden de ideas se puede citar, entre otras escuelas, al positivismo y al estructuralismo como las predominantes; al reformismo político con sus variantes nacional-reformistas de centro y de derecha, la nacional-reformista antioligárquica, la nacional-populista y la nacional-revolucionaria que se manifestaron en el seno de la sociedad civil y política cubana en distintas etapas de su decursar histórico neocolonial.

Al unísono, estuvieron presentes en los años que estudiamos, y ofuscadamente rechazadas en el necesario diálogo interactivo, aunque también fueron asimilables (a)-críticamente por el marxismo, de forma yuxtapuesta y ecléctica, el idealismo objetivo y subjetivo; el neo-positivismo; el krausismo; el materialismo científico-natural; el naturalismo; el (neo)-darwinismo social; el intuicionismo; el fideísmo absoluto (más tarde la lucha entre el fideísmo absoluto y el relativo); la filosofía de la cultura; el racionalismo critico; la defensa del sensualismo; el empirismo y el método inductivo; intuicismo irracional; la filosofía de la religión (lucha entre la religión supraestructural versus la infraestructural); la objetividad gnoseológica; la filosofía del derecho; el hegelianismo; el kantianismo (neokantianismo); el pragmatismo (estadounidense); el existencialismo; la fenomenología; el tomismo; el vitalismo; la filosofía de la vida; la axiología irracionalista; el misticismo; el naturalismo empirista; los estudios psicológicos; la filosofía pluralista, el evolucionismo; neorrealismo, etcétera. (Vitier, 1970; Guadarrama, 1998; Monal, 2007).

De igual forma, resulta oportuno señalar aquellas que se revelaron en el seno de la clase obrera, el movimiento obrero y sindical (todos con un contenido y significación diferentes), entre los que se encontraban primeramente el reformismo, el anarquismo, el anarcosindicalismo, el utopismo socialista, el socialismo y el marxismo, y más tarde, el marxismo-leninismo, denominado de esta forma dada por la división arbitraria y artificial en el diamat e hismat, por el estalinismo, el aprismo (la Alianza Popular Revolucionaria Americana-APRA) (1) , así como también el trotskismo, además de una corriente reformista muy patronal-burguesa, reaccionaria y progubernamental que estuvo presente desde el inicio de la historia de la clase obrera cubana en el siglo decimonónico, principios de la centuria siguiente, y que retomó un lugar preponderante en las dos últimas décadas de la mitad de ese siglo XX. Nos referimos al “mujalismo”, encabezado por Eusebio Mujal, una figura que provenía del partido comunista, que devino trotskista y se lanzó a la conversión burguesa más humillante.

A propósito de ese panorama ideológico y político nacional debe señalarse, por la importancia que merece en la evolución de las ideas progresistas y democráticas de la nación, al antijerencismo, al antinorteamericanismo, al antiplattismo y al antimperialismo retórico, con disimilitudes no sólo de matices, ninguna de las cuales se proponía un cambio del status quo del capitalismo, y si engarzaban directa e indirectamente con el reformismo de la gran mayoría de las agrupaciones políticas existentes.

Se involucraban en estas corrientes reformistas, aunque no lo reconocieran de esa forma, aquellas fuerzas más a la izquierda del espectro ideopolítico, donde casi todos coincidían con respecto al “fatalismo geográfico”, en realidad geopolítico, que paralizaba, en cierta medida, las acciones revolucionarias en la isla, dada la presencia a sólo 90 millas de sus costas del imperialismo estadounidense, conjuntamente con las ideas abrumadoras acerca de qué “sin azúcar no había país”; la existencia de fuertes creencias como de que “todo podía realizarse con el ejército o sin él, pero nunca en su contra”, y de que solamente “triunfando el socialismo en el vecino del Norte” podría suceder una revolución socialista en América Latina y el Caribe, incluida Cuba. Ésta última difundida por el movimiento comunista internacional, al unísono de una circunstancial corriente política conciliadora de clases y de convergencia entre los sistemas opuestos, socialista y capitalista, que se engendró en el partido comunista de los EE.UU., por su secretario general Earl R. Browder (2) , quien había fungido como vicepresidente de la III Internacional, (Internacional Comunista, IC o Comintern) (3) .

Tales despliegues temáticos agudos, se sucedieron en un cuerpo societario nacional rubricado por la vivencia, en la primera mitad del siglo XX, de permanentes crisis, conmociones y estallidos sociales, mayores o menores, al confrontarse los diversos proyectos de nación y país propuestos en la esfera económica, social, política y cultural por distintos actores sociales y políticos; por las tensiones de clases enfrentadas, fundamentalmente, entre el obrero asalariado y el capital burgués nacional y extranjero, con características diversas en las zonas urbanas y rurales, bien diferenciadas en las distintas provincias, municipios y localidades, así como el obrero manufacturero e industrial –la principal industria era la azucarera y estaba en territorio agrario– y la disímil estratificación social en el campo; por las diferencias y similitudes entre grupos de poder y de presión políticos y económicos; los fraccionamientos en clases fundamentales y subalternas, grupos, sectores, estratos, segmentos y estamentos sociales coexistentes en un país subdesarrollado-subdesarrollante, atrofiado, deformado estructuralmente y dependiente; las luchas de toda índole por los espacios asociativos ciudadanos, algunos de ellos muy excluyentes; los batallares entre los heterogéneos programas políticos e ideológicos asumidos, también, por disímiles organizaciones, agrupaciones y movimientos de una sociedad civil y política invariablemente fragmentada; los estremecimientos ante las problemáticas de las percepciones acerca de la nacionalidad, nación y el Estado-nación moderno, éste último tan requerido como nunca alcanzado en plenitud.

Problemáticas no resueltas, en cuanto a la identidad nacional, compendiada en cubanía y cubanidad, del ser responsable, consciente y comprometido, o no, ante la conformación, nunca finiquitada, de la nacionalidad y la propia nación cubana, términos desemejantes aunque asumidos como similares por ese marxismo prosoviético; los desafíos de la dependencia neocolonial hacia las élites de poder estadounidenses y la omnipresente oligarquía burgués, terrateniente azucarera, ganadera y arrocera (esta luego de la Segunda Guerra Mundial), además, de la compradora y exportadora –con bajo valor agregado–, los casatenientes, así como el surgimiento de una débil burguesía nacional, que no significó ser nacionalista en bloque, con los hacendados y colonos, el burgués industrial, bancario y financiero, a mediados de los años 30, y más consolidadas, relativamente, en los años 40 y 50, que pujaban por sus espacios en el contexto histórico cubano; encontronazos entre los métodos de lucha aplicados por las fuerzas revolucionarias para confrontar la gama de adversarios y enemigos burgueses y otros; de los fuertes intereses de una población uniétnica, pero pluriracial y multicultural, que aún procediendo de raíces histórico-culturales comunes, poseían demandas específicas en el panorama socioeconómico, político y espiritual-cultural nacional, ante las desigualdades, inequidades y diferencias abismales en la posesión de los medios de producción y la redistribución de la riqueza nacional, en el acceso a la educación, salud pública, asistencia y protección social, en las posibilidades de los grupos raciales (color de la piel) (Cruz Capote, 2011: 51-59), etarios, generacionales, de orientación sexual, etc., con el fin de obtener iguales oportunidades y alcanzar la justicia social justa.

Una compleja agitación social, inmersa en un clima eminentemente anticomunista y antidemocrático hasta 1938, año en que es legalizado el partido comunista cubano y otras agrupaciones de izquierda, en el que predominaron las censuras, los procesos “legales” contra los patriotas, revolucionarios, demócratas y fuerzas progresistas en general, bajo el manto culpable del comunismo “exportado desde Moscú”, los asesinatos, torturas y desapariciones físicas extrajudiciales, las prisiones, deportaciones y exilios obligados. Situación que varió, de cierta manera, en la antesala y luego de la aprobación de la Constitución de 1940, cuando se abrieron espacios para una democracia representativa burguesa, bien sesgada pero importante para la época, que fueron realmente efímeros para la sociedad cubana, luego de la mudanza en el escenario internacional y regional, fundamentalmente la política interior y exterior estadounidense, de lucha contra el nazi-fascismo alemán, italiano y el militarismo japonés, en fecha tan temprana como 1947, rompiéndose la ilusión democrática con el golpe de Estado militar, del 10 de marzo de 1952, después del cual se retornó al más rancio antisovietismo, anticomunismo y antisocialismo.

De tal manera que, en esos escenarios históricos y de ambiente intelectual cultural contradictorio y casi inextricable, las fuerzas de izquierdas, los marxistas, los comunistas, los nacional-reformistas, nacional-populistas y nacional-revolucionarios no lograron la unidad, ni organizativa, ni de acción, la complementación parcial en los enfrentamientos contra la dominación norteamericana, la oligarquía burguesa, así como tampoco se alcanzaron compromisos estables entre ellos y con las agrupaciones y organizaciones burguesas de centro y centro izquierda, más afines, por tanto, al entendimiento por sus posiciones nacionalistas más cercanas a la desconexión paulatina hacia la dependencia norteamericana, sin consecuencias para el status quo capitalista, y el despliegue de un país más independiente y diversificado en su economía, siempre abierta al intercambio exterior. En tales disyuntivas, o se pecó de un reduccionismo obrerista, así como el de otras clases sociales, o se extralimitaron los compromisos estratégicos más allá de las tácticas, y fueron vulneradas las líneas principistas con sus trágicas consecuencias.

La desunión, las escisión y la fragmentación entre las izquierdas fue un proceso constatado y dramático el cual no pudo salvarse cuando, en instantes precisos, se percibía la posibilidad de llegar a acuerdos dentro de un programa político de acción mínimo, dado los recelos, las disputas “sordas” internas, las ansias de protagonismos personales y grupales, así como por las des-orientaciones que llegaban de los órganos centrales y regionales del movimiento comunista internacional, más las incesantes injerencias imperialistas que colocaron innumerables zancadillas, presionantes y condicionantes, a esos procesos de unidad, en alianza con las fuerzas burguesas conservadoras internas. Esas divergencias condujeron, una y otra vez, al fracaso de la unión y la revolución.

Solo un marxismo revolucionario, no dogmático ni sesgado, sin prescindir del nacionalismo-patriótico, latinoamericanista, internacionalista y antimperialista militante, así como de un socialismo nacionalista radical, antimperialista por más señas, podían evaluar y proponerse una transformación social profunda, entiéndase una revolución social y política, contra el régimen capitalista estructuralmente deformado, distorsionado-atrofiado y sumamente dependiente del imperialismo yanqui que predominaba en el país y que destruyera, además, al mito del fatalismo geográfico con su efecto inmovilizador.

Es así que en los espacios y tiempos reales de la república neocolonial dependiente, subdesarrollada-subdesarrollante, las organizaciones de izquierda y sus líderes, en su acepción generalizadora, siempre se encontraron en la disyuntiva de combatir enemigos principales y fundamentalmente diversos como fueron las elites de poder del imperialismo estadounidense y la gran oligarquía doméstica, muy conservadora, sumisa y atada a este. De enfrentar adversarios variados, de mayor o menor cuantía, en un escenario geopolítico regional y mundial mutante. De luchar con consignas ideológicas y políticas muy “similares” aunque diferentes contra los gobiernos burgueses de turno. De combatir con estrategias, tácticas y métodos de lucha disímiles, algunos errados, contra ese entramado numeroso de organizaciones burguesas, plataformas programáticas que parecían coincidir y que al mismo tiempo se desencontraban, perdiéndose la oportunidad histórica de alcanzar la urgente unidad de las izquierdas, entre otras causas, que conllevaron a los fracasos y errores reconocidos por todos.

Solo la Revolución Cubana, victoriosa un primero de enero de 1959, bajo el liderazgo del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, hizo el milagro político de unificar bajo un solo haz a las heterogéneas fuerzas sociales e ideopolíticas, evitando que las escisiones y divisiones de antaño y las que se manifestaron en el proceso revolucionario, ahogaran el esfuerzo insurreccional armado, político-popular y antidictatorial, el cual transitó por necesidad histórica hacia un proceso nacional liberador, antimperialista y socialista sumamente radical, que continúa su desarrollo con espíritu innovador hasta nuestros días.

II

Para obtener un mapa integral y complejizador de toda la problemática abordada resulta necesario arriesgarse a proponer una breve y esquemática periodización –por razones obvias de espacio– de la crisis del marxismo y del movimiento comunista internacional desde 1924 hasta la contemporaneidad.

Los hitos histórico-políticos y cronológico-lógicos que expondremos, incompletos y cuestionables, podrían ilustrar y ofrecer algunas pistas con respecto a la azarosa y compleja introducción, evolución, recepción e interpretación de las ideas y las prácticas marxistas, socialistas y comunistas en la Cuba neocolonial, dado el impacto internacional que tuvo en la isla ese decursar complicado y difícil del movimiento comunista mundial, prácticamente rectorado desde Moscú.

La real problematización por la que atravesó el nacionalismo, el marxismo, el socialismo y el comunismo en Cuba y Nuestra América fue descrita magistralmente por Carlos Rafael Rodríguez quien militó por más de cincuenta años en las organizaciones comunistas del país. Refiriéndose a dicha cuestión él apuntó: “solo en mayo de 1969, cincuenta años después del II Congreso de la Internacional Comunista, vino a reconocerse en un texto donde se abordan colectivamente problemas del movimiento comunista, la diferencia en el desarrollo económico y social que distingue a América Latina de la mayoría de los países coloniales y semicoloniales de Asia y África” (Rodríguez, 1983: 354).

En tal sentido, la periodización a la que nos hemos referido tendría que contener los siguientes hechos y procesos históricos:

A) Muerte temprana de V. I. Lenin, en enero de 1924, lo que significó la pérdida de un genio político y teórico marxista y comunista de envergadura nacional, regional y mundial, fiel continuador de las ideas de Carlos Marx y Federico Engels en las nuevas condiciones históricas;

B) Enraizamiento del estalinismo, bajo la figura de Iosif Stalin, y del denominado marxismo-leninismo –el esquemático, dogmático y escolástico diamat e hismat– en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS-1922) y su partido comunista (PCUS), así como también en el resto del movimiento comunista mundial, una parte del movimiento obrero internacional y en algunos movimientos de liberación nacional, en las zonas periféricas del luego denominado Tercer Mundo o Sur geopolítico subdesarrollado. La celebración del VI Congreso de la Internacional Comunista (III Internacional, IC y COMINTERN, 1919-1943), efectuado en junio de 1928, cuando fue proclamado su programa, los estatutos y, además, su nominación como Partido Comunista Mundial, que convirtió a los partidos comunistas nacionales en secciones de la misma, debiendo cumplir con rigurosidad extrema el centralismo “democrático” de sus decisiones, normativas y directrices a través de la también denominada “Casa Matriz” y sus órganos regionales, que para América Latina y el Caribe fueron el Secretariado Latinoamericano, el Secretariado Sudamericano y el Buró del Caribe, entre los más conocidos. En este cónclave de la IC, se puso en vigor el reduccionismo obrerista, la tesis de “clase contra clase”, las duras limitaciones para realizar políticas de alianzas y compromisos con otras fuerzas de izquierda, entre otras teorizaciones y prácticas erróneas;

C) Las purgas en el seno del PCUS y en la Internacional Comunista contra dirigentes, miembros de los partidos comunistas y marxistas de varios países, desde finales de la década del veinte, toda la década del 30 y fatal procedimiento que prosiguió en los años posteriores. Los crímenes arbitrarios e injustos cometidos por el estalinismo, como los fusilamientos de Lev B. Kámenev, Grigori E. Zinóviev, Karl B. Rádek, Nicolás Bujarin y León Trotsky, este último asesinado en México, en 1940. La excomulgación de figuras teóricas y políticas importantes a nivel internacional, que intentaron, y algunos lograron desarrollar un marxismo que no fuera una copia mecánica de la letra sino continuador del espíritu de los clásicos, y contra la política estalinista establecida;

D) El conocimiento, relativamente público, de la colectivización e industrialización forzada en la URSS, para desarrollar al Estado multinacional de forma voluntarista, y ante la inminencia de una guerra lideradas por el imperialismo y, especialmente, por el nazi-fascismo alemán-italiano y el militarismo japonés,

E) Creación de la Cuarta Internacional Trotskista (1938) y el enfrentamiento del PCUS contra esa corriente y tendencia que alcanzó repercusión global;

F) El involucramiento, considerado por algunos autores de bajo perfil, de la Unión Soviética en la Guerra Civil Española (1936-1939). Si bien es cierto que esta envió armamento pesado y ligero, asesores militares y otro tipo de logística para apoyar a los republicanos hispanos, la división interna de estos últimos, unida a la falta de visión y voluntad política de los dirigentes de la URSS de practicar hasta sus últimas consecuencias el internacionalismo proletario, consumó la retirada gradual y, luego repentina, de esa ayuda vital. A pesar que la petición de la salida de las Brigadas Internacionales fue realizada por los propios combatientes españoles ante la debacle de su heroica resistencia, se careció por parte de la dirección soviética de una perspectiva política diáfana de lo que se decidía en tierras españolas, agredida por los fascistas alemanes e italianos. Esta batalla del pueblo español fue la antesala real de la Segunda Guerra Mundial, donde se decidió la lucha entre la democracia y el totalitarismo fascista, entre el socialismo y el capitalismo, amén de los resultados alcanzados cuando el Ejército Rojo ganó la contienda bélica en 1945;

G) El sorpresivo cambio de estrategia y táctica del Estado soviético y su partido comunista hacia el fascismo cuando se firmó el oneroso Tratado Ribentropp-Molotov (1939) entre la URSS y la Alemania nazi, orientándose de forma inmediata por los órganos de la Comintern al abandono del enfrentamiento central y frontal contra esa ideología-política reaccionaria, retornando a la prioridad de la lucha antimperialista, pero de forma muy abstracta. Este giro de 180 grados fue aceptado críticamente por los destacamentos comunistas del orbe, y tuvo un efecto catastrófico en sus estrategias y tácticas nacionales. En 1941, ante la agresión de Adolfo Hitler a la URSS, la Internacional Comunista retoma las directrices que reordenan la lucha directa contra el fascismo, porque los intereses soviéticos habían sido amenazados mortalmente, y el movimiento comunista internacional, el democrático-progresista apoyó con todas sus fuerzas posibles a la guerra antifascista de liberación de la Unión Soviética y su partido comunista (1941-1945);

H) La intervención militar soviética a Polonia y Finlandia (1939-1940) con el supuesto objetivo de fortalecer el espacio geopolítico soviético, ampliando sus fronteras limítrofes con esos países, arrebatándoles violentamente parte de sus territorios y, por ende, violando las leyes y acuerdos internacionales vigentes en el mismo comienzo de la Segunda Guerra Mundial (1939), con la agresión y ocupación alemana de Polonia;

I) Aparición en el continente americano y en otras partes del mundo de la corriente de pensamiento browderista –Earl Browder, fue Secretario General del PC de los EE.UU. y vicepresidente de la Internacional Comunista– que constituyó una vertiente ideopolítica que pretendió, por primera vez, una convergencia entre el capitalismo y el socialismo (1942-1945-1946), a raíz del inminente y seguro triunfo de los aliados, en especial, el Ejército Rojo, contra las hordas fascistas alemanas, italianas y japonesas. Carta del comunista Jacques Duclos denunciando esa posición y comienzo de una lucha contra esa corriente browderista;

J) Creación del Buró de Información o COMINFOR (1947-1956-1957), en Varsovia, Polonia, por parte de las organizaciones comunistas de la Unión Soviética, Hungría, Polonia, Francia, Italia, Yugoslavia, Rumania, Checoslovaquia y Bulgaria. Las graves y falsas acusaciones contra la Liga de los Comunistas de Yugoslavia y su expulsión del movimiento comunista internacional, luego de una aguda discusión en esta organización, de carácter consultivo, entre 1948 y 1949;

K) La creación de la Internacional Socialista (1951) que conllevó a una recomposición y reorganización actualizada de los partidos socialdemócratas;

L) La celebración del XX Congreso del PCUS y la filtración del Informe Secreto de Nikita Jruschov sobre “La crítica al culto de la personalidad” de Stalin. Esta fue la punta del iceberg de una problemática mayor acerca de las violaciones de los principios marxistas y leninistas, de las crueldades y crímenes de ese sistema anómalo socialista que trajo como consecuencia el desencanto ante el contenido y la forma del tránsito hacia el comunismo en la URSS. En esos años la dirección estatal y política soviética dio una prioridad extraordinaria a la concepción de la coexistencia pacífica entre los dos sistemas como única forma de dirimir la confrontación Este-Oeste, a pesar del desarrollo intenso de la Guerra Fría y la carrera armamentista desplegada por los EE.UU., y otras potencias imperialistas;

M) La intervención militar soviética en Hungría (1956) bajo la idea divulgada por Moscú que en ese país se desarrollaba una contrarrevolución interna, en contubernio con las agencias de inteligencia capitalistas, que podían revertir la marcha del socialismo. Es de destacar que en esa nación existía una escuela marxista –la de Budapest– que difería del marxismo-leninismo prosoviético. Entre sus miembros más destacados se encontraban Georg Lukács, Istvàn Mézáros, entre otros, momento en que los primeros mencionados abandonan su patria. La represalia desde la URSS contra el movimiento comunista y socialista, independiente y original, y el enfrentamiento a algunos de los que se oponían realmente al socialismo tuvo un impacto exterior muy negativo, especialmente en el movimiento comunista, las ideas marxistas y las organizaciones de corte socialista en Europa y otras latitudes geográficas. Es preciso recordar que en los países del campo socialista este-europeo recién surgido, existía una fuerte ideología socialdemócrata antes del comienzo de la guerra mundial y que estos socialistas lucharon contra la ocupación fascista en sus naciones;

N) El sisma sino-soviético a partir de 1957, y fundamentalmente agudizado entre 1960-1969, año este último que hubo una confrontación militar en la frontera siberiana de Manchuria, enemistad que prosiguió hasta la disolución del PCUS y la desaparición de la URSS (1991). Surgimiento de la corriente maoísta y su enfrentamiento al marxismo-leninismo y otras corrientes en boga;

Ñ) El triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, la cual signó con inusitada nueva fuerza el curso de la historia del movimiento revolucionario regional y mundial. La victoria de Cuba fue una sorpresa y una herejía teórica y práctica para el marxismo y el movimiento comunista internacional, imprimiendo desde entonces un sello particular a más de uno de los complejos acontecimientos regionales e internacionales, y que puso en crisis las concepciones teórico-prácticas de las tradicionales fuerzas comunistas, marxistas, socialistas y de izquierda, en general, en el hemisferio occidental;

O) La intervención y ocupación militar soviética Pacto de Varsovia, en Checoslovaquia (1968) denominada “La Primavera de Praga”. Profundización pública de los cuestionamientos sobre la manualística prosoviética, el intervencionismo soviético en sus denominadas “zonas de influencia europeas” y el inicio oficial de la denominada “crisis del marxismo”, anunciada por el marxista inglés Perry Anderson, en 1968. Incomprensiones de la dirección soviética y otros partidos comunistas afines a sus posiciones, acerca de la repercusión del “Mayo francés”, el “Tlatelolco mexicano”, entre otras manifestaciones populares en ciudades importantes del globo terráqueo, en ese 1968; así como ante el atizamiento de la lucha antibélica contra la guerra de Vietnam, en pleno auge del enfrentamiento de la insurrección del Vietcong contra la agresión norteamericana; el surgimiento de las nuevas izquierdas; el continuado impacto de la Revolución Cubana; la proliferación de la guerra de guerrillas en América Latina y el Caribe, en África y Asia; el proceso independentista africano; la lucha por los derechos civiles, contra el racismo y la discriminación del negro, la mujer, las minorías étnicas, entre otros, en las principales capitales del norte industrializado y zonas de la periferia subdesarrollada;

P) En esos años 60 y los subsiguientes, el PCUS anunció desacertadamente la seudoteoría que en ese país se transitaba por la fase del “socialismo desarrollado”, última etapa y antesala del comunismo, añadiendo que su país y el campo socialista este-europeo, con algunas excepciones, constituían el “socialismo real”, autodenominación exclusiva y excluyente;

Q) Surgimiento del Eurocomunismo (diciembre, 1977) determinación asumida por los partidos comunistas de España, Francia e Italia, y los pasos para su conversión en partidos de masas. Exacerbación y distorsión de las tesis gramscianas (Antonio Gramsci) que condujeron a la derrota de estos partidos de izquierda, en poco tiempo, en los espacios ganados en los parlamentos a través de las elecciones, produciéndose graves escisiones internas y deslizamientos hacia un rumbo antisoviético y socialdemócrata;

R) Inicio del proceso de reformas en Europa del Este y de la Perestroika, la Transparencia Informativa (Glasnost) y la Nueva Mentalidad en las Relaciones Internacionales en la Unión Soviética (1985-1989); S) Destrucción del socialismo en Europa del Este y la URSS (1989-1991);

S) Finalmente, el impacto pernicioso y perverso de esa demolición en el ejemplo socialista, la teoría marxista y las izquierdas mundiales hasta nuestros días.

III

El derrumbe del autodenominado “socialismo real”, en la Europa del Este y la Unión Soviética, más la desintegración de este último Estado multinacional, entre 1989 y 1991, respectivamente, coincidió con una crisis epocal civilizatoria, de ideologías y culturas, y más aun, desencadenó una crisis de la hegemónica modernidad capitalista, eurocéntrica y norteamericanizadora, del liberalismo burgués, y se resintieron referentes histórico-políticos y paradigmas teórico-prácticos en las ciencias, saberes y conocimientos, cuando se había entrado en una nueva fase de la III Revolución Industrial.

El sistema de dominación múltiple del capital, como lo denomina el filósofo cubano Gilberto Valdés Gutiérrez (Valdés Gutiérrez, 2009), o el sistema-mundo capitalista, según el intelectual estadounidense Inmanuel Wallerstein (Wallerstein, 2006) monopólicamente transnacionalizado y neoliberal, logró una hegemonía mundial impresionante. Fueron los tiempos eufóricos del pensamiento y el canal único, del fin declarado de la historia, las ideologías, las utopías, el trabajo y la confrontación de civilizaciones, entre otras teorizaciones; y esa avasallante cascada informativa de supuestos conocimientos, de un triunfalismo distorsionante y manipulador, sigue siendo sometida a la circulación reiterada por los medios de comunicación masiva (los mediáticos), partes indisolubles del primer poder, con una fuerza intimidatoria, pieza de toda una ingeniería de la persuasión invisible, mediante la publicidad, los sondeos y el marketing.

La pujanza imperialista intentó aniquilar junto al Muro de Berlín, los sueños de independencia y soberanía nacionales, las esperanzas acerca de la igualdad, equidad, libertad y justicia social, las solidaridades e internacionalismos revolucionarios. Los gurús de derecha, junto a una izquierda desdibujada y arrepentida, declararon instantáneamente la “muerte” del marxismo y el leninismo, resaltando y atribuyendo los fracasos socialistas a las elaboraciones y lecturas de esta cosmovisión del mundo, concepción materialista de la historia, metodología científica, filosofía de la praxis y guía para la acción, sin distinguir al marxismo original y creador de aquel dogmático, manualístico y vulgar que se difundió internacionalmente bajo la sombra de una práctica estalinista deformadora por un amplio período histórico. Esa misma sombría intencionalidad hipercrítica recayó también sobre el pensamiento social crítico y revolucionario, más la negación inevitable de los socialismos que sobrevivieron a la catástrofe.

Las ideas fundamentales de los centros de poder capitalistas se enrumbaron y continúan haciéndolo hacia conceptualizaciones muy especulativas y empíricas, con falencias críticas, teóricas, indicadas, revelando coyunturas paradójicas y controversiales, relativismos e incertidumbres que, si bien son signos de la etapa histórica transicional y de reconfiguración estratégica geopolítica en que se debate hasta hoy la humanidad, en parte por la mundialización capitalista alcanzada, están siendo aprovechadas y recrudecidas, oportunamente, por las guerras culturales contemporáneas de ese sistema de explotación y opresión, enajenación y alienación del ser humano, individual y colectivo.

La retórica discursiva atacó al metarrelato histórico, se propuso el relajamiento y reduccionismo del Estado, las soberanías limitadas sustituyeron a las reales, se produjo el envilecimiento de todo nacionalismo, en especial el patriótico-solidario y antimperialista, antirracista y antidiscriminatorio; se priorizaron las privatizaciones y la imposición de la ley salvaje del mercado, la mercantilización de todo lo material y espiritual; se anunció el dislocamiento y difuminación del sujeto histórico colectivo y con ello la exaltación de la individualización; las disoluciones de las identidades en las múltiples diversidades; los multiculturalismos viciados; la atomización y fragmentación de las sociedades; además del aupamiento de los separatismos nacionales y étnicos extremos. A ello se unía el esfuerzo uniformador y homogeneizante del discurso imperante acerca de cómo debía ser la “sociedad civil universal”; se habló de la neutralidad académica, del nihilismo y el apoliticismo ramplón; del fin de la lucha de clases; el imperialismo fue sustituido hábilmente por un imperio “ultraimperialista” –a lo kaustkiano–, y se llamó al descomprometimiento de los intelectuales con lo popular y las ideas revolucionarias de izquierda.

Ese pensamiento desmovilizador se tradujo a través del neolenguaje de lo “políticamente correcto” y de lo que no lo es –que incluyó al académico–, y se juzga con un doble rasero y arbitrariamente la legitimación no solo de los sistemas sociales, sino a los gobiernos, las clases, las creencias ambicionándose el control y la determinación del asunto de la autoridad moral y, por tanto, del derecho y la razón en todas las latitudes geográficas. Los tanques pensantes del capitalismo imperialista fueron participes activos de los estudios poscoloniales, los raciales, los multiculturalismos, la poshistoria, la neohistoria y los numerosos temas enunciados, entre otros, por intelectuales del denominado Sur geopolítico, entre ellos los latinoamericanos-caribeños progresistas, pero tamizaron los sentidos y símbolos, retorcieron las formas-contenidos y adocenaron las esencias hasta donde les fue posible.

El antagonismo del Norte capitalista rico e industrial contra el Sur subdesarrollado-subdesarrollante geopolítico asumió la contradicción principal en la arena internacional. Junto al eterno batallar entre el capital y los trabajadores asalariados, reaparecieron como “ave fénix”, los subestimados conflictos entre los nacionalismos encumbrados, ahora exaltados al interior y desde el exterior, los monstruos ocultos de los “fundamentalismos” religiosos (no sólo el Islam), las exacerbadas diferencias étnicas, especialmente de las minorías excluidas, que en algunos lugares constituían mayorías; así como las problemáticas pugnantes y postergadas de los derechos humanos y civiles, de toda índole, de los pueblos originarios, los indígenas irredentos, los de géneros, las temáticas sexuales, raciales, etarias, ecológicas, entre otras contradicciones, tensiones y dinámicas sociales. Realidades insoslayables que habían sido relegadas por la confrontación este-oeste.

Parecía ser la hora de poner en la palestra pública los “desastres y los naufragios” del marxismo, el comunismo y el socialismo. Algunos historiadores, filósofos, sociólogos, sicólogos sociales, antropólogos y etnólogos en el orbe, la región latinoamericana-caribeña y del propio escenario patrio, destacaron a otras figuras políticas y procesos socioeconómicos e ideopolíticos de la historia, objetivos legítimos e ineludibles para una aproximación a la verdad histórica, pero también se ocultaron, subestimaron y se criticaron fuertemente por otros estudiosos e investigadores aquellas figuras y proyectos políticos que pertenecían a las fuerzas de la izquierda más radical, incluso la moderada. Se contrapusieron personalidades y procesos, en los que algunos de ellos parecieron perder su verdadero lugar en la larga historia de las luchas emancipatorias nacional-antimperialistas, socioclasistas y por la justicia social.

IV

En la contemporaneidad, resulta una verdad de Perogrullo, que no puede existir un socialismo del siglo XXI, en el siglo XXI o para el siglo XXI, sin una investigación seria de la historia de las ideas y las prácticas del marxismo, el socialismo y el comunismo del pasado que, inexorablemente, se entrecruzan con los nacionalismos y la imperiosa necesidad integracionista latinoamericana-caribeña, los cuales se reflejan en el presente y se proyectan hacia el futuro. Cualquier abandono, por desidia e ignorancia, de lo que ocurrió y de lo que ocurre en el plano de las ideas y las prácticas socialistas (infiriendo las marxistas y comunistas) podría ser un terrible boomerang que nos golpee una y otra vez.

Los procesos revolucionarios en América Latina, con sus diferentes matices ideopolíticos, como la Venezuela bolivariana de Hugo Rafael Chávez Frías, la Bolivia multinacional del líder social Evo Morales, el Ecuador de la Revolución ciudadana de Rafael Correa y la Nicaragua sandinista de Daniel Ortega son herederos, por muchas rupturas definitorias que se pronuncien, quiéranlo o no, de las elaboraciones y la praxis socialista de las dos centurias anteriores, desde la elaboración del Manifiesto Comunista en 1848 y el primer ensayo obrero-revolucionario en el poder, la Comuna de París, en 1871; transcurriendo posteriormente por la victoria de la Revolución Socialista de Octubre rusa, en 1917, la Revolución China, en 1949, la Revolución Vietnamita (1945-1954-1975) y la Revolución Cubana, en 1959, por señalar algunos de los eventos revolucionarios más destacados del siglo XX.

Vale la pena reiterar que las lecciones, enseñanzas y experiencias históricas no están para ser obviadas sino para ser aprendidas, comprendidas y aprehendidas, además de proceder a su revisión cuidadosa y rigurosa, con la pretensión de criticarlas constructivamente, así como para re-crear y re-inventar algunas de sus partes teórica-metodológicas, hasta reactualizar y eliminar aquello que ya no nos sirve porque el tiempo y las nuevas circunstancias rebasaron los conceptos y los accionares establecidos. Lo que sería contraproducente es que nos demos el lujo de que se repitan los decepcionantes acontecimientos socialistas euro-orientales del siglo XX, por no conocer lo que sucedió realmente en aquellas experiencias históricas.

Paralelamente, en la actualidad es necesario apoderarse realmente del tan polémico debate sobre como asumir, respetar y desplegar, con toda la intensidad posible, la inevitable presencia de la emergencia de la diversidad sociocultural, nacional, clasista, étnica, racial, de género, etaria, de opciones sexuales, diferencias regionales y locales, etc., de los diferentes movimientos sociales y políticos. Porque todos ellos son signos de la complejidad del sujeto social-popular, múltiple, contemporáneo, que deviene en el posible sepulturero del capitalismo, en oposición al reduccionista obrerismo clasista que predominó durante un tiempo considerable en los programas de muchos partidos denominados marxistas y otros.

El reconocimiento de las diferencias deviene punto de partida para aceptar la diversidad, convirtiéndose la identidad en el punto inicial de aceptación de esa heterogeneidad. Y estas diferencias emergentes ya no pueden ser dicotómicas ni antagónicas, porque la mayoría coexisten y urgen de la promoción de interacciones, relaciones sociales basadas en el respeto mutuo, el razonamiento, el fortalecimiento del tejido asociativo, la aportación constructiva y la coherencia ética.

Esa ética de la articulación se construye sobre la base del aprendizaje y desarrollo de la capacidad dialógica, disposición a construir juntos desde saberes, cosmologías y experiencias de acumulación y confrontación distintas, de potenciar identidades y subjetividades hasta el infinito. Es un enfoque ético-político que reconoce la multiplicidad y diversidad del sujeto social alternativo, de sus diferentes conceptualizaciones teóricas y aquellas que se producen desde el sentido común, por la legitimidad de epistemes y de reconocer que nadie en absoluto tiene la verdad absoluta. Donde estén representados el conjunto de demandas emancipatorias y libertarias, independientemente de las tendencias cosmovisivas ensayadas, hasta confrontadas.

Las alternativas prácticas-transformativas de los tradicionales y nuevos movimientos sociales y políticos, fracasarán si no existe un pensamiento teórico alternativo para ir construyendo, en paralelo, ese socialismo necesario e imprescindible. Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario, continuaría expresando Vladimir Ilich Lenin, si estuviera hoy con nosotros.

En la actualidad, reiteramos, hace falta restaurar, recuperar y resignificar al marxismo “cálido” –tal como lo denominaba el historiador francés Marc Bloch– crítico revolucionario, sin renunciar a la centralidad de la lucha de clases en las contradicciones del sistema capitalista monopólicamente transnacionalizado y neoliberal, revalorizar los nuevos sujetos histórico-políticos del cambio revolucionario y potenciales sepultureros del capitalismo, repensar la pluralidad de las contradicciones manifestadas en la sociedad contemporánea, de los movimientos sociales y políticos, de los nuevos-viejos actores sociales, recapacitar en las alianzas posibles e imposibles, recrear la complementariedad de lo social y lo político aunque uno derive en el otro, pero sin confundirlos, retomar la problemática de la hegemonía y el frente único en su concepción leninista-gramsciana, profundizar en las relaciones entre ciudadanía política y ciudadanía social, esto es acercar más la sociedad civil al Estado, salvar al planeta de las guerras imperialistas devastadoras y el holocausto ecológico. En este sentido se necesita corregir una suerte de soberbia prometeica y acordarnos de que tal como Marx observó en los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 que, mientras el hombre es un “ser humano natural”, es parte inseparable de su nicho ecológico, la Madre Tierra.

Todo un vasto programa teórico, filosófico y transdisciplinar, que no puede avanzar sino con el aporte de nuevas experiencias de lucha, imaginería, saberes y conocimientos individual-colectivos y la organización entre las masas populares, incluidas las horizontales redes sociales, que implican también la dimensión del fenómeno del batallar contra la burocratización y la tecnocracia, tan adicta al ordeno y mando, corrupciones concomitantes, en las sociedades y sus profundas raíces en la división social del trabajo. Comprendiendo que el burocratismo del Estado, en los órganos del poder popular, el administrativo, el que se despliega subrepticia y abiertamente en las áreas del saber, los mediáticos, financieros y culturales, reproducidos con lógicas metabólicas capitalistas, son tan dañinas a las sociedades avanzadas como aquellas que denominan de retrasadas, tanto en las sociedades capitalistas como en las socialistas, siendo sólo posible el ser atajadas por el empoderamiento, la regulación y el control del pueblo.

El marxismo y el mundo urgen de una revolución ética dignificadora de la persona humana, de una nueva hegemonía cultural asentada en el trabajo libre y voluntario asociado, en una vasta asociación de productores libres e iguales.

Finalmente, no puede repetirse que los intelectuales orgánicos, de los cuales formamos parte junto al partido, para preservar la libertad de pensamiento y actividad teórica comprometida con la causa marxista y socialista, tengan que subsumir su conocimiento y saberes ante el poder, porque la historia demuestra que cuando escogieron ese camino subordinado, no solamente complementario y de no interpelación crítica honesta y constructiva, que requiere de desaprendizajes y aprendizajes de todos los involucrados, muchas veces tuvieron que sacrificar su conciencia crítica y trabajo teórico, adocenarse en aras de una razón que solo debe resolverse y demostrarse en una de las tantas verdades, siempre aproximadas y plurales, que se desarrollan en la práctica transformadora revolucionaria. Ni subordinación ni divorcio, diálogo polémico interactivo sin “contaminaciones intencionales” científicas e ideopolíticas.

Estas pudieran ser las enseñanzas y lecciones, positivas y negativas, de los procesos, hechos y personalidades históricas analizados, sometidos a una constante y diferente perspectiva crítica, para lograr los acercamientos paulatinos más acertados y poder repensar la historia con mayúsculas, y no permitir que esta sea representada con tergiversaciones y manipulaciones que tuerzan su decursar y hagan desvalorizar las mentes de los patriotas y revolucionarios cubanos. No se puede olvidar que un pueblo sin historia se convierte en un pueblo sin memoria.

Bibliografía

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Cruz Capote, Orlando (2013) b: El movimiento comunista internacional (1924-1957). Su impacto en el pensamiento ideopolítico y el acciona marxista cubano. Propuesta para un estudio, en Filosofía y Sociedad, V Jornada Científica del Instituto de Filosofia, Sello editorial filosofi@.cu, La Habana.

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Wallerstein, Inmanuel (2006): La decadencia del poder estadounidense, Capital Intelectual S. A., Ediciones Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur, Buenos Aires.

Notas

(1) Desde su constitución en 1926, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, fue una opción nacionalista-reformista al marxismo que impactó a todo el subcontinente. Víctor Raúl Haya de la Torre El antimperialismo y el APRA, IV Edición, Editorial Imprenta Amauta, S. A., Lima, 1974; 30 Años del Aprismo, Fondo de Cultura económica, México, 1956.

(2) Las ideas de Earl Russell Browder –el browderismo– giraron alrededor del colaboracionismo de clases, la convergencia entre el socialismo y el capitalismo y la pretensión disolutoria y liquidacionista de los partidos comunistas y su inserción en organizaciones socialdemócratas, reformistas y revolucionarias de otra índole.

(3) La Internacional Comunista fue creada por Vladimir Ilich Lenin, en 1919 y autodisuelta en 1943.

Dr. Orlando Cruz Capote Investigador Auxiliar Instituto de Filosofía, CITMA


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