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Mandela y el Valor radical de la reconciliación

Domingo 29 de diciembre de 2013 por CEPRID

Tamer Sarkis Fernández

DIARIO UNIDAD/CEPRID

Mucho se ha dicho, desde su muerte, sobre Mandela y el régimen de segregación racial a cuya confrontación él dedicó su vida. Todo el orgánico cántico de misa oficialista se ha reunido para recordar elapartheid como a una anomalía “fascista” ultramundana extraña a “la comunidad internacional”, solidaria con Mandela. Los medios han “olvidado” subrayar que aquel sistema fue la Herencia del Imperio holandés y luego inglés con el África Austral, al haber sido, ésta, colonia de poblamiento, como lo fue parte de Namibia, Rhodesia...

Y digo “Herencia”, pero no “antigualla”, pues el paso del viejo colonialismo de ultramar al imperialismo contemporáneo actualizaría las funciones productivas sudafricanas para con los democráticos epicentros mundiales de inversión y concentración de Capital. A esos pretendidos “avalistas demócratas” suyos les debió Mandela el no ser excarcelado durante 27 largos años. ¿O es que acaso manda marinero donde manda Patrón?; la economía sudafricana era una economía dependiente. Los carceleros no habrían podido ir de por libre.

Coetáneamente, las resoluciones de la ONU en materia de sanciones, bloqueo, expulsión de organismos internacionales..., eran vetadas una tras otra por Israel, Holanda, Reino Unido. Los Jefes no ensuciaban su imagen de haber repartido derechos civiles y coronado a Luther King: Tatcher vetaba por ellos. La misma bandera sudafricana fue una alegoría de esta estructura dependiente: bandera holandesa con un escudo central compuesto por tres banderitas: la estadounidense, la Union Jack y de nuevo la holandesa.

Los poderes “internacionales” complacientes con el pacto post-Mandela entre élites internas blanquinegras, se han dedicado a aplaudir “la gran visión reconciliadora del líder anti-apartheid”, mientras el superficial “extremismo” ha hallado, en el injusto continuismo económico y de estructura de propiedad sudafricana, motivo para acusarle a él de ser fuente de todo Mal sudafricano contemporáneo por “conciliacionista”.

Pero la reconciliación nacional no es “las cosas se quedan como están y aquí paz y aquí gloria”, sino que implica todo lo contrario. La estructura social debía ir cambiando, pues la posición de clase blanca mayoritaria (aristocracia obrera de tipo colonial) había ido sustentándose y reproduciéndose en el tiempo sobre una regulación jurídica y violenta de Casta (en concreto racial) que formalizaba privilegios. La reconciliación nacional es, como horizonte, lo radical, porque reconciliarse presupone haber demolido las bases materiales de la continua guerra: la sociedad de clases/castas raciales. No justice, no peace, gritaban los proletarios afroamericanos de Los Ángeles en revuelta (1991-92). O sea, que dándole la vuelta dialéctica a la consigna, resulta que esa población tenía claro que con justicia sí hay paz. Pues la supuesta irreductibilidad de la guerra de razas, o inter-étnica, o inter-religiosa, o inter-cultural, es un invento etnocéntrico “occidental”. Ella es “el choque de Civilizaciones” -la práctica de la división ideada por tecnócratas del Hegemonismo USA- para después proceder a juntarlo todo en un circuito mundial donde cada parte separada contribuye, por ensamblaje, a la reproducción del dominio político hegemonista: unos, habiendo sido devueltos a la Edad Media más oscura y viviendo así en una “demanda” de desarrollo dependiente que hará de ellos países-taller en el futuro; otros, haciendo de Estados-tapón; otros más, de Estados-porta-avión; y, los más, forzados vendedores de deuda a Wall Street para que, mediante su dominio sobre los mercados financieros, el Hegemonismo pueda seguir invirtiendo en alimentar su ciclópea maquinaria político-militar de control y de dominio. Combínese como se quiera esta diversidad tipológica de Estados-microchip.

El Congreso Nacional Africano profesaba una perspectiva unitaria nacional, pero, más allá de ella, también panafricana. Como Gaddafi profesó. He ahí El Peligro para el Hegemonismo yankie: la voluntad de no ser ya pieza; de corto-circuitar. Bolivarianismo, panarabismo, no-alineados... Y he ahí que en cada huelga convocada con vocación unitaria por el CNA, en cada manifestación, en cada congreso y asamblea masiva donde cultivar la razón, la comunicación, el entendimiento, la consciencia y así la unidad y la organización, irrumpía con violencia la etnicista y tribalista INKATA, “el movimiento zulú”. Rompe-huelgas, acribillando con sus lanzas y alabardas a los manifestantes. O actuando por medio de razzias (fascistas expediciones de castigo) contra los inmigrantes indios trabajadores en Sudáfrica, para dejar claro, ante el Mundo y por televisión, que la cosa iba de colores y de identidades con voluntad de adueñamiento.

Cocinado dicho mejunje relativista, la imagen en resumen proyectada era que “el negro no era mejor que el blanco” (representadas, las categorías, al modo identitario, abstracto, en total abstracción del carácter de clase antagónico respectivo de colonos y colonizados). El mensaje deliberadamente ofrecido por el espectáculo era que, paradójicamente, el epicentro sustancial de la cuestión no era otro que “el dominio”.

En Palestina, en Siria, tenemos hoy también “nuestros” INKATA, creados en el fondo por los archi-enemigos de todos los palestinos, de todos los sirios, de todos los árabes; no importa si somos opositores, pro-gubernamentales, centristas, religiosos, laicos, nacionalistas, comunistas.

Reconciliación nacional sudafricana significa que el Estado, y su Administración, burocracia y monopolios industriales o industriosos en general, dejan efectivamente -y no sólo por derecho nominal- de ser raciales. Que los bancos de las calles y las calles dejan de ser raciales. Que la nación multirracial por fin se dispuso a asumir la misión de pautar el cariz de una drástica reconversión económica que la satisfaciera. De pautar el final (al fin) de la sumisión nacional (y a fortiori de la población negra) a una economía básicamente extractiva mineral y diamantina dictada por Amberes, Bruselas, Amsterdam, La Haya, Londres, NY y Tel Aviv. De pautar el final de la nación-ghetto-microchip de extrarradio y miseria, para beneficio subsidiario de la oligarquía blanca colonial y de toda la sociedad colonial blanca parasitaria ordenada desde el vértice.

Pues el apartheid no fue una cuestión de blancos y negros “de esencia”. Porque, aunque no en forma sí por esencia, el apartheid no fue algo distinto al Gibraltar de hoy día, donde decenas de miles de andaluces abandonan cada mañana sus Bantustanes de la Línea de la Concepción para ir a hacerles la cama a los llanitos, a limpiar sus botas, a servir sus mesas, a llenarles las copas, a fregar sus suelos, a copar sus depósitos; sin llegar jamás a adquirir el Estatus de ciudadanía gibraltareña y ni siquiera un permiso de residencia expedido por las autoridades coloniales inglesas. Los negros no eran buenos para compartir un banco con un blanco en una plaza de Johannsburgo. Los españolitos no son buenos para abrir cuenta en una sucursal bancaria gibraltareña, mas sí para limpiar el Banco.

La prueba material respecto de la Mentira de “la cuestión racial” reside en que la nomenklatura negra (la nueva burguesía burocrática) que fue aposentándose en el aparato de Estado una vez finiquitada el apartheid, fue quien pactó con la vieja oligarquía blanca el camino hacia la reconstitución del inmovilismo. Sectores productivos con que armar una nueva economía independiente, no iban a ser desarrollados, en detrimento de la común nación y para gran alivio de los mercados sionistas internacionales de las piedras preciosas y de los abonos minerales agro-industriales.

Mandela siempre pensó una dimensión de Realidad por encima del espejismo concedido, por el espectáculo, al esclavo. Él había nacido en un “remanso de paz” y de “economía natural” donde el Estado colonial opresor no llegaba aparentemente. Una de esas “comunidades aldeanas” gentilicias (tribal en este caso) de que Lukacs nos habla en Historia y consciencia de clase. Pero Mandela percibió que, cuando el Todo es esclavo, la parte desintegrada y supuestamente “a salvo” estará por siempre alienada de poder cumplir con la Potencialidad común de Ser y vida (con la suya propia). Así que Mandela “salió afuera” (que era adentro), a librar combate.

Puede hacerse una analogía con lo que queda de ipsas y chibchas, blindados y “protegidos” por el indigenismo de Estado colombiano, y quienes han devenido una caricatura de sí mismos en “sus” prístinas reservas visitadas por turistas compradores de artesanías. Mientras, la oligarquía colombiana sigue, exactamente como hace 500 años, exhibiendo rasgos fenotípicos “puramente” criollos, y el grueso del pueblo oprimido colombiano ve a “los indígenas” espectacularizados como a un artilugio curioso, extraño, interesante, museístico, pretérito, extradimensional. Una vez más, división y extrañamiento del Ser común.

Más adelante en su vida (1984), el Gobierno de Pretoria le ofreció excarcelarle y entronizarle como Gran Hombre de un Bantustán, a cambio de “paz”. Mandela respondió a sus sobornadores: “La libertad es indivisible. Las cadenas que atan a mi pueblo son las que me atan a mí”.

Y, en otro punto cumbre de lucidez y dignidad, Mandela respondía a los ideólogos anglosionistas de “la sociedad abierta y el Mundo Libre”:

“No viviremos en un Mundo Libre hasta que Palestina sea completamente liberada”. Resulta casi insondable la hondura de esta respuesta, que alude implícitamente al antagonismo entre el sionismo -no importa bajo qué variante- y nuestra Especie humana. Ni Netanyahu ni representante israelí alguno acudió a su entierro.

“Tanto opresor como oprimido han sido despojados de su humanidad” (Nelson Mandela).

“Durante mi vida, me he consagrado a la lucha del Pueblo africano. He combatido contra la dominación blanca, y he combatido contra la dominación negra. He anhelado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es éste un ideal por cuya conquista espero vivir. Pero, si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir” (Nelson Mandela, hablando en el muelle de Rivonia, 20 de abril de 1964).


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