CEPRID

Palestina: Cuatro años más

Viernes 14 de diciembre de 2012 por CEPRID

Mouin Rabbani y Chris Toensing

MERIP

Traducido para el CEPRID (www.nodo50.org/ceprid) por María Valdés

La elección presidencial de EEUU de 2012 ha suscitado menos interés entre los palestinos que cualquier otra de este tipo. Mientras que la mayoría de israelíes y su gobierno en particular, expresaron una clara preferencia por una victoria republicana, los palestinos parecían resignados a la continuidad de la política exterior de los EEUU, independientemente de qué partido ganase la Casa Blanca. La razón principal era que el presidente Barack Obama, autoproclamado apóstol del cambio y ampliamente reconocida como tal en la región cuando asumió el cargo hace cuatro años, aún tiene que demostrar una distancia significativa con su predecesor George W. Bush cuando se trata del conflicto árabe-israelí. Los acontecimientos ocurridos desde las elecciones sólo han confirmado esta orientación política y, por lo tanto, la validez de la indiferencia de los palestinos. Asentamientos (1)

Hace cuatro años, bastó con escuchar a Obama para entender que la política de EEUU hacia Israel-Palestina no iba a cambiar. En el camino a la Casa Blanca tras las elecciones de 2008, ofreció apoyo incondicional -sin diluir con una sola palabra de crítica- al ataque criminal de Israel contra la Franja de Gaza, en la que unos 1.400 palestinos, la mayoría de ellos civiles no combatientes, fueron asesinados. Seis meses más tarde, en su discurso de El Cairo, sus extensas denuncias de violencia se dirigieron exclusivamente a los palestinos, al igual que había hecho Bush. Sobre la colonización israelí de los Territorios Ocupados, Obama no fue más allá de decir que Washington no reconoce la legitimidad de los nuevos asentamientos judíos, a diferencia de los ya existentes.

El plan general de Obama era revivir el "proceso de paz" de la era Clinton, de conformidad con los acuerdos de Oslo de 1993. El proceso de Oslo se había esfumado precisamente porque pospuso las cuestiones más polémicas hasta el final, no especificó una base para resolverlas (sin mencionar, por ejemplo, un fin de la ocupación o un Estado palestino), y carecía de un programa para que las partes pudiesen ser consideradas responsables de cumplirlo. Tampoco existía un mecanismo para prohibir a Israel alterar el paisaje de un futuro Estado palestino: De 1993 a 2000, el número de colonos israelíes en la Ribera Occidental [Cisjordania] y Jerusalén oriental se duplicó.

Cuando Obama llegó a Noruega en diciembre de 2009 para recibir su Premio Nobel de la Paz, su primer y hasta ahora único esfuerzo para promover las negociaciones entre israelíes y palestinos ya estaba encaminado hacia el fracaso. Ese esfuerzo fue encabezado por el enviado especial del presidente, el ex senador George Mitchell, encargado de reiniciar las conversaciones entre israelíes y palestinos sobre la base de un congelamiento en la construcción de nuevos asentamientos. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se resistió a la idea de una congelación durante meses antes de dar lo que él llamó "un gran paso hacia la paz": un parón de diez meses que no se aplicó a Jerusalén oriental o a los sitios donde las obras ya estaban en marcha. La respuesta de Mitchell: “La medida está por debajo de una congelación completa de los asentamientos, pero es más que lo que cualquier gobierno israelí ha hecho antes”. El enviado especial pasó el resto de su mandato tratando, alternativamente, de atraer o presionar al presidente de la Autoridad, Mahmoud Abbas, a la mesa a pesar de que Israel no había cumplido con los palestinos (y, aparentemente, con los EEUU) la precondición para las conversaciones. Al final, Netanyahu se negó a renovar incluso la desaceleración de la construcción de asentamientos y Obama se negó a renovar el mandato de Mitchell.

Por lo tanto, en lugar de aumentar el actual marco de Oslo con un orden del día claro, un firme objetivo y un calendario claro Obama abandonó sus proclamas de El Cairo y se conformó con la reducción temporal y parcial de Israel en su expansión colonial. En lugar de presionar al gobierno de Netanyahu, Washington intimidó a Abbas en discusiones estériles con un interlocutor que historiador israelí Avi Shlaim considera "un hombre que pretende negociar la división de una pizza sin dejar de comérsela él" (2).

Según Netanyahu, de hecho, los presupuestos de los asentamientos han aumentado constantemente, pasando de 202 millones de dólares en 2009 a casi 276 millones en 2011 (3).  Estas cifras indican el costo no sólo de la nueva construcción, sino también el mantenimiento de carreteras, la inversión en las escuelas y otras medidas de la "permanencia de los asentamientos” previstas, así como diversos incentivos para persuadir a los israelíes a poblar los asentamientos o quedarse dentro de ellos. Según el activista israelí Daniel Seidemann, a principios de diciembre de 2012, el gobierno había llamado a licitación para 2.366 nuevas unidades en la Ribera Occidental [Cisjordania], más del doble del número del período 2009-2011 (4). Esta cifra no incluye a las 3.000 unidades en E-1, cuya inminente construcción Israel anunció el 30 de noviembre. E-1 es un área que se extiende entre Jerusalén y la colonia cisjordana de Maale Adumim, su desarrollo concluirá el aislamiento de Jerusalén Este del resto de Cisjordania, mientras que divide en dos Cisjordania.

A pesar de su mala relación personal con Netanyahu y, tal vez, su resentimiento hacia cómo Israel mina de su posición [de EEUU] en la región, Obama no ha hecho nada para frenar la actividad de los asentamientos israelíes. En agudo contraste con los años de Bush, Washington llegó simplemente hacer caso omiso de los anuncios de nuevas construcciones sin incluir siquiera una protesta formal. Cuando, el 30 de noviembre, la secretaria de Estado Hillary Clinton dijo que los planes E-1 "entorpecen la causa de una paz negociada", era semejante a una excepción que confirma la regla.

Bloqueo , desunión, impunidad

Durante el primer mandato de Obama, EEUU, además, mantuvo un compromiso constante con el bloqueo de la Franja de Gaza. El respaldo de Washington a Hosni Mubarak hasta sus días finales se asentó en gran parte sobre la base de la voluntad del ex presidente egipcio para hacer valer ese bloqueo, así como otros esfuerzos de EEUU e Israel para mantener a la Autoridad Palestina (AP) dividida entre Abbas en Ramala y Hamás en Gaza, y mantener a Abbas cooperando excesivamente con Israel. El gobierno de Obama se mantuvo inequívocamente hostil a la idea de la reconciliación palestina, en la medida en que Clinton rechazó el acuerdo de Doha 2012 entre Abbas y el líder de Hamás, Jaled Meshal, que suponía que Abbas asumiese una jefatura unificada con el apoyo del movimiento islamista.

Pero la hostilidad hacia Hamas no fue acompañada con niveles equivalentes de amistad para la Autoridad Palestina. Con fervor genuino, el gobierno de Obama respaldó en Cisjordania al primer ministro palestino Salam Fayyad y su plan para desviar las energías de los palestinos hacia el desarrollo económico e institucional, en gran parte debido a la esperanza de ver triunfar a Fayyad en el timón de la AP. Pero Washington se puso de brazos cruzados mientras esos sueños se derrumban en la más grave crisis fiscal y presupuestaria palestina desde el establecimiento de la AP. Si bien invirtiendo fuertemente en la coordinación de seguridad entre Israel y Palestina, Washington dedicó mucho menos en los esfuerzos para persuadir a Israel a tomar medidas significativas, tales como revisiones del Protocolo de París de 1994, que ayudarían a transformar la economía palestina en un mercado autosuficiente libre del control israelí. Tampoco pudo proporcionar ayuda directa suficiente para que la Ribera Occidental [Cisjordania] fuese un referente económico exitoso dependiente de la ayuda [exterior]. A finales de 2012, los empleados de la Autoridad Palestina en la Ribera Occidental tenían dificultades para cobrar sus salarios, que al final recibían tarde y en diversos plazos. Y en ciertas ocasiones en el primer mandato de Obama, el Congreso incluso impuso sanciones a Ramala de forma unánime.

En la ONU, la embajadora de Washington, Susan Rice trabajó duro para frustrar las iniciativas palestinas y para proteger a Israel de siquiera una pizca del oprobio internacional. Primero fue su campaña en contra del informe Goldstone, un informe de la Operación Plomo Fundido que sugería que tanto Israel como Hamas debían ser investigados por crímenes de guerra. Rice propuso bloquear la discusión de las conclusiones de Goldstone, que ella criticó como "anti-Israel" y "profundamente defectuoso", en el Consejo de Derechos Humanos y en la Asamblea General. Más tarde llegaron sus esfuerzos, emparejados con los de Washington, para disuadir a Abbas de pedir al Consejo de Seguridad reconocer un Estado palestino en 2011 y, cuando Mahmoud Abbas puso reparos, para obtener los suficientes votos "no" y abstenciones de los miembros del Consejo. Más tarde, el 25 de octubre de 2012, llegó su ataque estridente sobre el distinguido profesor de derecho Richard Falk, relator especial de la ONU para los territorios palestinos, cuyos informes, dijo, "envenenan el medio ambiente para la paz”. Esta declaración fue la última en una larga lista de vituperios obstruccionistas que muchos no pudieron evitar recordar cuando Rice calificó de "repugnante y vergonzoso" el veto de Rusia y China a la acción del Consejo de Seguridad sobre Siria.

Finalmente, en noviembre Obama ofreció una defensa de la Operación Columna de Nube, el último bombardeo israelí de Gaza, poco distinguible de la Operación Plomo Fundido en 2008-2009. "No hay país en el mundo que tolerare misiles que llueven sobre sus ciudadanos desde fuera de sus fronteras", dijo en una conferencia de prensa en Tailandia. Pero la referencia de Obama no fue a los proyectiles que caen en lo largo y ancho de la franja de Gaza, estaba de nuevo censurando a los habitantes de Gaza sólo por disparar cohetes contra Israel y, al hacerlo, ocultando el hecho de que la violencia israelí en Gaza fue mucho mayor y más letal.

Resto del mundo

Si no hay ninguna indicación hasta ahora de que la política de EEUU hacia Israel-Palestina va a cambiar durante el segundo mandato de Obama, hay otros factores que mitigan en contra de cuatro años más de continuidad absoluta. La principal diferencia global entre Obama y su predecesor iba a ser que ese desdén arrogante de Bush por la colaboración internacional sería sustituido por diplomacia y tacto. Así Obama restauraría el prestigio y la primacía estadounidense en los asuntos mundiales. La ironía suprema, entonces, es que es la invisibilidad de Obama sobre la cuestión de Palestina, más que insolencia de Bush, la que ha empujado a los funcionarios europeos hoy para hablar en términos cada vez más abiertos acerca de hacer que Israel rinda cuentas y, si es necesario, continuar con las opciones de política que son ya no dependen del liderazgo de los EEUU. La respuesta europea sin precedentes sobre el E-1 de Israel, con promesas de medidas concretas si Israel no rectifica, es un ejemplo. Gran Bretaña, Francia y Suecia han incluso murmurado sobre el retiro de sus embajadores de Tel Aviv siel E-1 sigue adelante (5).  Los funcionarios europeos han estado hablando con vacilación menos de lo habitual sobre la posibilidad de formular iniciativas diplomáticas propias si la segunda la administración de Obama no demuestra propósitos serios dentro de 6-12 meses. Si bien antes ya ha habido “amenazas” parecidas, su impaciencia es más palpable que con anteriores presidentes.

La región que rodea a Israel-Palestina, por otra parte, está definitivamente en un estado de transformación, con un claro impacto en la dinámica de las relaciones israelo-palestinas. El emir de Qatar hizo una visita muy publicitada a la sitiada Gaza a finales de octubre, prometiendo 400 millones de dólares en ayuda a la franja costera. En la reciente agresión, los cancilleres árabes prácticamente corrieron a convocar una cumbre de emergencia, y posteriormente se mostraron excepcionalmente dispuestos a ser fotografiados con Ismail Haniye, primer ministro de la Autoridad Palestina de Gaza. Esta actitud fue un cambio verdadero respecto a 2008-2009, cuando Hosni Mubarak y el ex jefe de la Liga Árabe, Amr Moussa lideraron la campaña para evitar una respuesta árabe a un ataque israelí mucho más largo y más severo. Lo hicieron en estrecha coordinación con Arabia Saudita, que se sintió obligada esta vez a mantener el silencio desde el principio hasta el final de la crisis. Durante la Operación Plomo Fundido, los diplomáticos saudíes habían retratado a Hamas como responsable de la crisis, mientras que se abstenían de sus acusaciones habituales y rutinarias sobre la agresión israelí.

Junto con Turquía y Qatar, Egipto presionó con éxito a Washington para persuadir a Netanyahu a aceptar los términos del alto el fuego que eran considerablemente peores que las ofrecidos en la víspera de la Operación Pilar de Nube. Así, los palestinos, de conformidad con este acuerdo, tendrán acceso sin restricciones a la zona de amortiguamiento de 500 metros dentro de la Franja de Gaza, declarada unilateralmente por Israel, anteriormente una zona prohibida y donde se encuentran la mayor parte de las tierras agrícolas del territorio y donde muchos agricultores murieron por el pecado de atender sus cultivos. Del mismo modo, la zona marítima para los pescadores de Gaza se ha ampliado de tres a seis kilómetros mar adentro. Y, por primera vez, Israel formalmente y sin condiciones se ha comprometido a dejar de asesinar palestinos. Las mejores capacidades militares de Hamas y otros grupos palestinos, que Israel esta vez no pudo neutralizar, también jugaron un papel en la obtención de estos términos de Israel.

No bien los F-16 de Israel regresaron a la base, Abbas abordaba un vuelo a Nueva York con la intención de solicitar en la Asamblea General de las Naciones Unidas elevar a la condición de Estado observador a Palestina. Al igual que con su oferta de 2011 para la plena adhesión a la ONU, Washington no escatimó esfuerzos -incluyendo las amenazas de cortar la ayuda financiera de EEUU a Ramala- para disuadirlo. Pero a Abbas no le quedó más opción, en vista de la percepción generalizada de que los palestinos de Gaza se habían enfrentado con éxito a Israel, mientras que Ramala se había reducido a la irrelevancia. Y por esta misma razón, a muchos estados europeos por lo demás poco comprensivos les pareció desacertado votar en contra de la resolución. La aprobación por la ONU de la solicitud de Palestina el 30 de noviembre supone un nuevo reto para Abbas, ya que le ofrece oportunidades, como la adhesión a la Corte Penal Internacional y varias agencias de la ONU, que son contrarias a su predilección por un acuerdo negociado con Israel. (Israel, de hecho, ha vuelto a retener los ingresos aduaneros que debe a la Autoridad Palestina en virtud del Protocolo de París para castigar a Abbas por su muestra de independencia). Sin embargo, si se deja de lado estas oportunidades de cara a una mayor consolidación de la ocupación israelí, su supervivencia política puede llegar a estar en juego.

Del mismo modo, Abbas estará en apuros para continuar negándose a la reconciliación con Hamas en los próximos meses, sobre todo si el movimiento islamista muestra una mayor flexibilidad en lugar de adoptar la postura de que, a raíz de su "victoria", ya no es necesario hacer concesiones a Ramala. Sin embargo, incluso si Hamas se adhiere a los principios fundamentales del programa político de la OLP como parte de un acuerdo, tendrá una influencia en cómo se implementa este programa. Es difícil, por tanto, ver cómo Abbas puede evitar tomar una actitud más firme con respecto a las condiciones previas para nuevas negociaciones con Israel o evitar tomar posiciones más firmes durante las negociaciones. Con Hamas viene la Yihad Islámica, un movimiento que a diferencia del primero ha demostrado consistentemente un mayor interés en la búsqueda de sus principios que el poder político. Por otra parte, la integración de los movimientos islamistas en el cuerpo político palestino es probable que motive a otras facciones, especialmente a la izquierda, para comenzar a mostrar una creciente independencia de Fatah, que bajo Yasser Arafat y Abbas ha dominado la OLP y la Autoridad Palestina. Las medidas punitivas de Israel y EEUU contra a la Autoridad Palestina de Cisjordania sólo acelerará esta dinámica, ya que al mismo tiempo reducirá la influencia externa y la influencia sobre la AP, mientras que fortalecerán la posición de aquellos que buscan un acercamiento a Israel que fundamentalmente difiera del de las últimas dos décadas y, en particular, los ocho años desde que Abbas asumió el cargo. Prueba de intenciones

El presidente Obama se encuentra ante un dilema fundamental: puede renovar el enfoque de EEUU hacia el conflicto israelí-palestino o puede ver la influencia norteamericana sobre ambas partes y actores relacionados, tales como Europa y el mundo árabe, disminuir a un ritmo acelerado.

Muchos verán el curso del episodio E-1 como una prueba de las intenciones de los EEUU: si, como en el pasado, Washington limita su desaprobación a las declaraciones en conferencias de prensa, entonces otros pueden llegar a la conclusión de que los EEUU seguirán protegiendo a Israel de cualquier consecuencia de erigir más y más obstáculos a la paz. Hasta el momento, EEUU no ha especificado ninguna sanción a Israel si las viviendas de la E-1 se construyen. La declaración del Departamento de Estado del 3 de diciembre fue evasiva: "Hemos dejado claro al gobierno israelí que dicha acción es contraria a la política de EEUU". Tal reproche leve contrasta con las penas materiales que Washington mantiene sobre la cabeza de la Autoridad Palestina cuando impone "unilaterales" medidas como ocurrió en la búsqueda de la condición de observador en la ONU. Comparando esto Victoria Nuland, portavoz del Departamento de Estado, dijo tras el anuncio de la E-1: "Vamos a ser imparciales en nuestra preocupación acerca de las acciones que son provocativas, que hagan que sea más difícil conseguir estos dos partes vuelvan a la mesa”. No escapan a la atención de los europeos y otras personas que tal comprensión de" imparcialidad" equipara una legítima iniciativa diplomática palestina con un acto de expansión colonial que el Estatuto de Roma define como un crimen de guerra. Una vez más, la paciencia con la arrogancia de Washington se está agotando.

Aun así, hay personas en Europa, Palestina y el mundo árabe que nunca pierden la esperanza de que la salvación esté en una lejana elección estadounidense. Sin embargo, por una serie de razones, entre ellas la influencia del lobby pro-Israel en Capitol Hill, la poca apetitosa relación costo-beneficio de los esfuerzos de paz en Oriente Medio en la arena política nacional estadounidense, y las demandas urgentes de la crisis en Siria y en otros lugares, las perspectivas de una reorientación de la política de EEUU parece ser débil. A los ojos de muchos políticos en Washington, el alineamiento estrecho con Israel (aunque a menudo incómodo) ofrece beneficios tangibles estratégicos, mientras que un Estado palestino u otras "soluciones" a la cuestión de Palestina prometen ganancias sólo no probadas sino efímeras. Israel y sus partidarios pueden exigir un precio a las políticas que no son de su agrado, Palestina no puede y sus partidarios no lo hacen.

El resultado más probable de este atolladero es la gradual re-internacionalización de la cuestión de Palestina, su retirada de las garras de Washington y su eliminación simultánea del marco de Oslo. Se trata algo sumamente positivo y un proceso que puede llegar a ser extremadamente dolorosa, para los palestinos más que nadie.

Notas finales:

(1) En el original aparece Settlement, que se puede traducir de varias maneras: solución, acuerdo, asentamiento y colonia.

(2) Avi Shlaim: “Obama Must Stand Up to Netanyahu,” The Independent, 5 de marzo de 2012.

(3) Foundation for Middle East Peace: Report on Israeli Settlement in the Occupied Territories (September-October 2012), p. 3.

(4) The New York Times: 3 de diciembre de 2012. (5) Haaretz: 3 de diciembre de 2012.


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