El secreto de la domesticación política

Aclaración: Este no pretende ser un análisis detallado de los procesos de institucionalización de los movimientos críticos con el Capitalismo. Lo que se intenta más bien es plantear algunas reflexiones y dudas que sirvan para debatir sobre dinámicas y hábitos que solemos reproducir a menudo.

Hay épocas en que la legitimidad del modelo social entra en crisis. Suelen ser periodos de cierta conflictividad social. En esos momentos, es habitual que se pongan en marcha algunos mecanismos, tanto a nivel institucional como de los movimientos críticos con el sistema capitalista, que tiendan a canalizar la protesta dentro de los cauces normativos. La consecuencia más habitual de esto suele ser la vuelta progresiva a la paz social y el debilitamiento del tejido asociativo crítico y autónomo. La llamada Transición española, el período del 15-M al 1-O, o la actual crisis sanitaria son ejemplos de este tipo de procesos que podríamos llamar de domesticación política.

Hace ya dos siglos, Marx escribió en su tesis que «en el calendario filosófico, Prometeo ocupa el primer rango entre los santos y mártires» del proletariado. En el primer tomo de El Capital insiste en que «la ley que mantiene siempre la superpoblación relativa o ejército de reserva en equilibrio con el volumen y la intensidad de la acumulación, mantiene al obrero encadenado al capital con grilletes más firmes que las cuñas de Vulcano con que Prometeo fue clavado a la roca». En realidad, el relato de Prometeo fue utilizado antes por la burguesía del siglo XIX como símbolo de su ascenso al poder (frente a la aristocracia) y del proceso industrializador que impulsaba. Marx y Engels trataron de dotar de contenido anticapitalista al rebelde Prometeo, y con sus textos intentaron insuflar el espíritu prometéico en el movimiento obrero. Desde entonces, la figura de Prometeo y la simbología de la antorcha y las cadenas se han usado mucho en los discursos y la propaganda anticapitalistas. Da la sensación de que cierta subjetividad colectiva anticapitalista estuviese impregnada de aspectos prometéicos. Por eso aprovecharemos la estructura de este relato para desentrañar, en lo que se pueda, la domesticación política.

La versión en la que se basó Marx fue la de Esquilo. En ella, se presenta a Zeus como un dios tiránico. Prometeo desobedece a Zeus y trata de favorecer a la humanidad, por eso Zeus le impone un castigo cruel. La de Esquilo es una obra de teatro en tres partes.

1. El portador del fuego

En la primera parte, Prometeo roba el fuego del Olimpo con una especie de antorcha y se lo entrega a los humanos. Normalmente se relaciona este fuego con la cultura, las artes y la técnica.

Según la mayoría de la izquierda actual, incluyendo gran parte del entorno libertario, la adquisición de conciencia se consigue teorizando el Capitalismo, comprendiendo su evolución histórica y su funcionamiento conflictivo. La historia, la economía y las ciencias sociales (críticas) en general, serían el fuego que iluminaría la conciencia anticapitalista. El objetivo de esta teorización sería elaborar una visión del mundo que abarque todos los ámbitos posibles y pueda oponerse a la ideología dominante para sustituirla. Desde esta perspectiva se entiende que la gente común no es consciente, o tiene una falsa conciencia. Por eso la minoría consciente debe organizarse para explicar, concienciar e iluminar al resto.

La dinámica real de gran parte de la izquierda actual consiste en crear una ideología que pueda hablar para todas las personas y pretende representarlas a todas, a la sociedad en su conjunto (como la del 15-M «somos el 99%»). Sin embargo, el punto de vista que trata de abarcar toda la realidad es el propio de las instituciones y de quienes aspiran a gestionarlas. Esta visión, que pretende ser total, necesita diluir tensiones antagónicas y esto tiene como efecto indirecto que se refuerzan las estructuras de dominación y explotación. Estas ideologías, al tratar de abarcarlo todo, se alejan de las realidades concretas de cada sitio, y se llenan de conceptos abstractos, vaciados de su contenido original y desarraigados de la vida cotidiana como democracia, bienestar, sostenibilidad, etc. Además, suelen fragmentar la realidad en departamentos (¿ministerios?) siguiendo la lógica institucional como, por ejemplo, educación, vivienda, laboral, etc. Pensar que la gente común necesita que le introduzcan la conciencia desde el exterior suele llevar a formas variadas de mesianismo político, tendiendo a reproducir dinámicas evangelizadoras. La concienciación a menudo se convierte en una imposición de ideas, que suele ser la antesala de otras imposiciones peores.

Un sistema como el capitalista, que se basa en la dominación de una minoría de la población sobre el resto, genera tensiones enfrentadas también en el interior de cada persona. Desde las instituciones se fomenta la expresión de nuestros aspectos más sumisos y disciplinados y, en cambio, se reprimen los más rebeldes. La gente común, nosotres por ejemplo, somos en parte anticapitalistas, pero esa parte está enterrada bajo capas de inseguridad, falta de autoestima y miedo. Desde la infancia y durante toda la vida, la domesticación promueve el individualismo, las actitudes conformistas y el temor a la exclusión por no adaptarse a la norma.

El Capitalismo daña nuestras vidas y provoca heridas colectivas de las que brotan, a veces, gestos de rebeldía ¿No sería más interesante entonces buscar la presencia de esa rebeldía en la vida diaria? En nuestra cotidianidad confusa y contradictoria, hay impulsos de autodeterminación colectiva y de ayuda mutua no mercantilizada, que se pueden destilar y organizar. Se trataría de facilitar la erupción colectiva de la vida, de hacer consciente el anticapitalismo inconsciente que hay en cada persona, más que de introducir la conciencia desde afuera a personas o grupos. Se trataría de fomentar un aprendizaje compartido, en vez de intentar “educar al pueblo” (como suele decir la izquierda más tradicional). De esta manera, la reciprocidad horizontal sustituiría a la unidireccionalidad de-arriba-abajo.

2. Encadenado

En la segunda parte, Zeus, el dios supremo, decide castigar a Prometeo por el robo del fuego olímpico. Para eso ordena encadenarle a una roca y, allí, un águila le devorará el hígado.

La izquierda suele decir que como estamos encadenados al sistema capitalista, debemos crear una organización militante fuerte. Esta organización debe reivindicar y enfrentarse a los sectores dominantes, para crecer y hacerse más representativa. La organización debe hacerse representativa porque así tendrá más capacidad para presionar a las instituciones políticas y económicas, e influir en sus decisiones. Este planteamiento parte de la idea de que las instituciones son, hasta cierto punto, neutrales, y que su gestión depende de las intenciones de quien esté al mando. Por eso, aunque no se aspire a gobernar, se suelen construir organizaciones a imagen y semejanza de las estructuras sobre las que se quiere influir. En ellas, entre otras dinámicas, la horizontalidad se difumina y el marketing político se pone en primer plano.

La mayor parte de la actividad de la izquierda gira en torno a las instituciones: se envían iniciativas a los parlamentos, se reivindica a sus puertas y se negocia en sus despachos. Esta dinámica estado-céntrica hace difícil pensar y actuar más allá de la lógica y los límites de lo institucional. La mayoría de la izquierda tiene una perspectiva idealista sobre la supuesta neutralidad del Estado y también acerca de las posibilidades de influir en él desde dentro. El efecto habitual de esta forma de funcionar es que acaba limitándose a tratar de hacer a las instituciones más humanas, adaptativas y astutas. Prestar atención exclusivamente a lo que hacen o dejan de hacer las instituciones, hace que subordinemos nuestros ritmos a los suyos, y esto limita nuestra capacidad para decidir de forma autónoma. Además, al proyectar en ellas la iniciativa, la voluntad y la fuerza, se suelen trasvasar a las instituciones las capacidades colectivas. En el mismo sentido las llamadas políticas participativas buscan acelerar este proceso de captación..

El Estado es una parte indispensable del sistema capitalista, por eso no puede ser neutral. El Estado es, sobretodo, el proceso de sustitución de la comunidad, y lo público es una forma deformada de lo común, un sucedáneo. El Estado y lo público suponen, pues, la negación de los tejidos comunitarios. En la actual crisis sanitaria, por ejemplo, las instituciones han puesto mucho interés en presentarse como las garantes únicas de la salud y la seguridad de la población, aunque la realidad de los hospitales desbordados no encajaba con esta imagen. En lo que verdaderamente han sido eficaces estas instituciones es en fomentar el miedo, aumentar el control social y tratar de debilitar los vínculos colectivos. Una parte de la izquierda suele decir que hay que luchar contra las instituciones, pero también hay que intervenir dentro de ellas. Este pero también oculta que la fortaleza de las instituciones depende de la debilidad de los tejidos comunitarios autónomos. Las dinámicas estado-céntricas dificultan el desarrollo del apoyo mutuo y de las luchas contra y más allá de la lógica capitalista.

Si gran parte de nuestra actividad gira en torno al Estado, es normal que terminemos reproduciendo, en parte, sus dinámicas. A veces, sin darnos cuenta, acabamos organizándonos como lo hacen las instituciones y las empresas (con su estructura, franquicias, departamentos, competitividad, imagen de marca, etc.) Si el Capitalismo es sobretodo una forma de relación y la reproducimos en nuestro entorno, entonces ¿no estaremos contribuyendo a fortalecer el modelo que criticamos? En nuestra práctica diaria a menudo repetimos su lógica y su lenguaje. Es cada vez más habitual oír en ambientes críticos con el Capitalismo hablar de democracia, participación ciudadana, libertades (como sustituto de derechos), etc. Si usamos habitualmente el lenguaje institucional ¿no acabamos normalizando las estructuras de dominación? ¿No terminamos pensando como quienes lo gestionan?

Una alternativa a las dinámicas exclusivamente estado-céntricas, podría ser la de potenciar los tejidos comunitarios (familias extendidas, redes de afinidad, grupos de vecinas, etc.) para solucionar problemas cotidianos, defender los medios para el sostenimiento de la vida y potenciar nuestra capacidad autónoma de decisión. Se trataría de fomentar dinámicas de apoyo mutuo, compromiso y lealtad mas allá de nuestros círculos familiares y de amistad, como por ejemplo las redes de apoyo mutuo que han surgido a raíz de la crisis sanitaria o las asambleas contra los desahucios (en Sabadell o Manresa, por ejemplo), contra proyectos urbanísticos (como en el barrio de Gamonal) o en solidaridad con personas migrantes o presas que llevan años funcionando. Este tipo de tejidos habla en primera persona del plural y tiende a actuar sobre lo concreto. Al afrontar de forma directa los problemas y no depender tanto de las peticiones o reivindicaciones, se potencian los ritmos y tiempos propios. Se abre así la posibilidad de ampliar espacios de autonomía y autodeterminación colectiva. En los momentos de agresión institucional –o empresarial–, estos tejidos pueden dinamizar luchas que impongan vetos, desestabilicen la paz social y establezcan límites a la devastación capitalista de la vida.

La izquierda tradicional afirma que la domesticación política es provocada por la falta de conciencia, la falsa conciencia (pequeño-burguesa, reformista, infantil…) o la intervención de agentes externos en la organización. La solución suele pasar por más concienciación, más propaganda, más organización y algunas expulsiones. Las dinámicas concienciadoras y estado-céntricas son muy vulnerables a la domesticación política. En ellas el cálculo político tiende a imponerse sobre la creatividad, la espontaneidad y el cabreo colectivo. Al adoptar estas dinámicas se tiende a domar los instintos y emociones que, como el águila prométeica, nos roen las tripas. Cuando se sigue esta vía, las luchas y las dinámicas anticapitalistas suelen acabar encauzadas dentro de la lógica y los límites legales, se suelen institucionalizar. La vía concienciadora y estado-céntrica suele presentarse como anticapitalista, pero aunque sea de forma inconsciente, destina gran parte de su energía a mantener la estabilidad y continuidad del sistema.

La domesticación política es la respuesta defensiva de las instituciones cuando perciben alguna amenaza a su estabilidad. Los instrumentos de la domesticación política buscan debilitar o anular esa amenaza. Para eso a veces se ofrecen concesiones a cambio de apoyo, o de silencio cómplice. Otras veces son las subvenciones, la profesionalización de militantes o la entrada directa en las estructuras de gobierno, las que abren el camino a la doma. Se suele ofrecer la entrada en las instituciones como camino realista para cambiar las cosas. La realidad es que desde las instituciones solo se suelen cambiar aspectos puntuales (a menudo simbólicos) a costa de empeorar otros muchos. Además se refuerza la legitimidad del modelo capitalista y se debilita el tejido comunitario y su autonomía. En ocasiones se despliega una política de gestos y declaraciones institucionales que trata de contener la amenaza a su estabilidad. A menudo, la burocratización de un conflicto acaba desesperando y desmoralizando a la disidencia. Para los casos más difíciles queda la represión en sus distintos grados.

3. Liberado

En la tercera parte Prometeo pacta con Zeus, le cuenta el secreto que permitirá a Zeus perpetuar su poder, y a cambio éste le perdona y le acepta en el Olimpo.

La domesticación política trata de capturar las energías disidentes desplegadas en las luchas, para usarlas en sentido contrario. Las instituciones intentan atrapar la imaginación colectiva y recluirla en la lógica y límites estatales. Se trata de re-encantar la política institucional. Las elecciones suelen ser la vía más habitual de retorno de lo mismo de siempre como novedad. Las instituciones necesitan que haya sectores disidentes para evolucionar, como los reyes necesitaban al bufón para conocer el ambiente social. Sin esta rebeldía, se haría más difícil adaptar los mecanismos de dominación al contexto social. Es probable que por eso, los momentos de domesticación política más intensos fomenten la figura del emprendedor político, un híbrido entre el empresariado moderno y el gestor institucional. Las cúpulas de la llamada nueva política podrían ser buenos ejemplos de esta hibridación, estarían encargadas de cooptar, es decir, reconducir las dinámicas críticas hacia los cauces institucionales y de actualizar la gestión de las instituciones.

Los efectos que tiene la domesticación política sobre los tejidos comunitarios suelen ser destructivos. La captura institucional de parte de la disidencia rompe la moral colectiva y debilita la cohesión. La consecuencia habitual de estos procesos suele ser la división, la jerarquización y el aislamiento de las personas que formaban parte de esa comunidad. En el mismo sentido, cuando las instituciones atrapan la insatisfacción colectiva para desactivarla, el efecto inmediato es el desánimo general y el repliegue al ámbito privado. Esto pasó durante la Transición, ha vuelto a ocurrir en el período 15-M al 1-O y pasa cada vez que se institucionaliza un movimiento de protesta.

4. El secreto de la domesticación política

El relato de Prometeo podría ser la narración del ciclo de la domesticación política. Un ciclo que vuelve cada cierto tiempo, en el que parte de la disidencia se integra en las estructuras institucionales renovándolas, reforzándolas y reproduciendo lo que antes criticaban. Desde un punto de vista materialista, la domesticación política parece una constante que acompaña al ejercicio del Poder. Este relato también nos aporta otras pistas que podrían ser útiles.

La estabilidad del sistema parece que depende, en parte al menos, de su capacidad para domesticar a la disidencia y adaptarse al contexto cambiante. En el otro polo, el proceso de autodeterminación colectiva sería una búsqueda permanente que debe sortear obstáculos y trampas, entre ellas, la de la domesticación política. Las dinámicas cotidianas que adoptamos parece que son las que facilitan –o dificultan–, el proceso domesticador. Si usamos un lenguaje menos contaminado por jerga de las instituciones y del mercado, quizá podríamos pensar y actuar al margen de su lógica. Sería interesante, además, tratar de no reproducir las dinámicas institucionales o mercantiles a la hora de organizarnos. Si potenciamos los tejidos comunitarios autónomos y la desconfianza hacia las instituciones estatales, contribuiremos a establecer relaciones más sanas y fructíferas. Podríamos tratar de evitar que las instituciones absorban toda nuestra atención, e intentar que las rutinas solicitantes (de reivindicación de medidas institucionales) no sean nuestras únicas rutinas. Podríamos, en cambio, dedicar más atención a potenciar los tejidos comunitarios al margen de las redes institucionales, para tratar de ampliar así los espacios al margen de la lógica mercantil y estatal. Al hablar de lo comunitario nos referimos a un hacer basado en la deliberación colectiva, el compromiso mutuo y la horizontalidad, y no a una situación dada o a una etiqueta política. Estos tejidos son los que suelen tener más capacidad para oponerse, luchando, a las embestidas del Capitalismo y del Estado, y además, pueden experimentar con otras formas de vivir y hacer más allá del modelo socio-político actual.

Biblioteca social Contrabando

junio 2019 (revisado mayo 2020)

biblio_contrabando@riseup.net

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