CEPRID

El debate sobre el nacionalismo entre Hobsbawm y Nairn y el derecho a decidir en Cataluña

Jesús Sánchez Rodríguez

Martes 16 de septiembre de 2014 por CEPRID

Con la debacle del socialismo real salió a la superficie la potencia histórica que aún detentaba el nacionalismo, y que durante los pocos años que median entre el final de los procesos de descolonización y la mencionada debacle parecía haber declinado en su capacidad para esculpir la historia.

Los sucesivos acontecimientos que se desencadenaron a partir de 1989 y que aún persisten en la actualidad, nos han mostrado la vigencia de la fuerza nacionalista. El terremoto nacionalista aún sacude Europa en el año 2014 con modalidades diferentes que van desde la guerra civil en Ucrania hasta el acuerdo civilizado para celebrar un referéndum de autodeterminación en Escocia, pasando por las tensiones políticas en España debido al bloqueo de un referéndum de ese tipo en Cataluña. Sin embargo, esta situación no ha dado lugar a los debates intelectuales del tipo de los que tuvieron lugar primero en los años 70 y luego en los 90 entre pensadores de la izquierda como Eric J. Hobsbawm y Tom Nairn. No está claro si las causas de esta ausencia se encuentran en que todos los argumentos ya fueron desplegados y no hay nada realmente nuevo e importante que añadir, o en que en la izquierda no destacan ya intelectuales del calado de los mencionados para continuar el debate.

Nairn es un intelectual escocés que evolucionó desde posiciones de izquierda a nacionalistas, renegando, en su evolución, de las primeras. Hobsbawm es un respetado historiador británico que se mantuvo fiel a su adscripción marxista. Su debate tuvo que ver, por tanto, con la compleja relación que el marxismo ha mantenido respecto al fenómeno nacionalista.

El origen del debate tuvo lugar en los años 70 y su causa fue algo que ahora mismo es de actualidad en Gran Bretaña y en España, el ascenso de un movimiento nacionalista, el escocés, que podía poner en situación de crisis a un viejo Estado europeo, el de Gran Bretaña. Hoy la situación vuelve a plantearse en términos parecidos pero con más posibilidades de hacerse realidad la secesión, de manera pacífica en Gran Bretaña con el referéndum pactado de septiembre en Escocia, y de manera más conflictiva en España debido a la negativa del Estado español a permitir un referéndum similar en Cataluña.

Luego, el debate iniciado en los años 70 se retomó por ambos intelectuales en los años 90 con ocasión de la explosión nacionalista que siguió a la debacle del socialismo real en la Unión Soviética y el este europeo. Esta misma situación hizo que las posiciones, especialmente las de Nairn, hubiesen evolucionado claramente.

El punto de partida de Nairn en los años 70 era la reconocida dificultad para modificar el orden conservador de Gran Bretaña. El partido laborista y los sindicatos no habían modificado esa situación y, posiblemente, tampoco se lo hubiesen propuesto seriamente. Así que el ascenso del nacionalismo en Escocia y la perspectiva de que consiguiese la independencia abría, en opinión de este autor, la posibilidad de una revolución política para romper ese orden conservador y avanzar hacia el socialismo, al menos en una Escocia independiente.

En paralelo, Nairn expresaba de un lado, un alejamiento del marxismo en cuanto que consideraba que el desarrollo desigual a nivel mundial y no la lucha de clases era la contradicción principal en el capitalismo y, por otro lado, hacía una crítica al marxismo en relación con su posición frente al nacionalismo, en el sentido de que aquel no había sido capaz de enfocar correctamente el fenómeno nacionalista concibiendo a éste como una manifestación histórica avocada a la desaparición.

Su explicación del nacionalismo como producto del desarrollo desigual a nivel mundial del capitalismo le servía para explicar el caso de las tendencias independentistas de los nacionalismos de aquellas regiones económicamente más avanzadas que los Estados que las contienen, como es el caso de Escocia y Cataluña. Buscarían desprenderse de la rémora que las partes más atrasadas de esos Estados suponen para su desarrollo.

Hobsbawm se posicionó en el debate desde una postura ortodoxa dentro del marxismo respecto al fenómeno del nacionalismo que partía de algunos presupuestos claros. En primer lugar, recordando que “los marxistas no son nacionalistas ni en la teoría ni en la práctica”, pues el nacionalismo subordina todos los demás intereses a los de su específica nación. En segundo lugar, “los marxistas no están a favor ni en contra de la independencia, como Estado, de nación alguna”. Ahora bien, esto no significa que no deban afrontar la realidad política que representa el nacionalismo en cada caso concreto, pero se trata de una posición pragmática sometida a los vaivenes de los cambios políticos. En tercer lugar, en este posicionamiento respecto a los nacionalismos concretos el punto de referencia de los marxistas es la evaluación de si un determinado proceso nacionalista hace avanzar al proyecto socialista, si contribuye a la causa del socialismo.

A partir de estos presupuestos, Hobsbawm reconoce que, basándose en las indicaciones leninistas al respecto, en muchas ocasiones los marxistas se han asociado políticamente con movimientos de liberación nacional e incluso, en algunos casos como en China, Vietnam, etc., se han puesto a su cabeza, pero la regla general ha sido que los marxistas han ocupado una posición de subordinación o marginalidad respecto al nacionalismo no marxista.

Por otra parte, Hobsbawm constata el cambio de tendencias nacionalistas producido entre el siglo XIX y el XX. Durante el primero predominaban los nacionalismos de unificación, cuyas mejores expresiones fueron Alemania e Italia, y la esencia de estos consistía en construir Estados viables. Sin embargo, durante el siglo XX el predominio correspondió a los nacionalismos separatistas, fruto de esta tendencia fue la aparición de un numeroso grupo de Estados minúsculos, que este autor denomina “balcanización universal”, como Singapur, Bahréin, Malta, Islandia etc. Esta situación ha sido posible porque han cambiado las condiciones de viabilidad económica de un Estado, fruto de las transformaciones en el capitalismo mundial que han llevado a una pérdida relativa de la importancia del Estado y la economía nacional en el conjunto de una economía globalizada, pero también porque la situación internacional creada después de la segunda guerra mundial protege relativamente la existencia de los pequeños Estados.

Ahora bien, recuerda Hobsbawm, si estos pequeños Estados creados en el siglo XX, especialmente después de 1945, pueden conservar su independencia es porque se les protege, pero también porque se trata de una independencia muy relativa, pues la dependencia económica actual de los Estados frente al mercado mundial, las empresas multinacionales o los grandes fondos de inversión es inversa al tamaño de cada Estado, de manera que, recuerda el autor, para la economía neocolonial de la globalización la situación más favorable es aquella en que aumente al máximo el número de Estados soberanos y disminuyan al mínimo sus dimensiones y capacidades.

Hobsbawm no disimula su simpatía por los Estados grandes y por las soluciones federalizantes, con descentralización y delegación de poderes frente a las secesionistas. En primer lugar porque los Estados más grandes pueden enfrentarse mejor al mercado capitalista mundializado y todas sus expresiones, evitando doblegarse a todos los dictados de las grandes multinacionales y grupos financieros, y la experiencia de los BRICS actualmente le dan la razón al historiador británico. En segundo lugar, porque un Estado grande federal puede garantizar mejor los derechos de las distintas minorías en su seno que un Estado pequeño que tienda a una homogeneidad étnica y cultural que nunca podrá alcanzar totalmente. Y en tercer lugar porque la visión marxista de la sociedad socialista futura no es la de un mosaico de Estados-nación pequeños y homogéneos defendiendo cada uno su especificidad frente al resto, sino una asociación de naciones unidas por una base de cultura global común a toda la humanidad.

Hobsbawm respondió a Nairn sobre el caso concreto del nacionalismo escocés en los años 70 y la posibilidad de que sirviese para romper el fuerte conservadurismo de Gran Bretaña, pudiendo servir al avance hacia el socialismo al menos en Escocia. En primer lugar, Hobsbawm no veía ninguna inevitabilidad en que la independencia de Escocia y la victoria del nacionalismo fuese a ayudar a la implantación del socialismo, pero lo que si temía era que esa secesión provocase un reforzamiento del nacionalismo inglés en su versión más derechista y xenófoba.

Empleaba, pues, en este caso concreto, el punto de referencia de la contribución a la causa del socialismo para criticar las posiciones de Nairn.

¿Qué podríamos decir del actual proceso hacia la independencia en Cataluña a la vista de este debate? Primero, hay que constatar que estamos en presencia de una de las situaciones más habituales en la historia de las relaciones entre la izquierda (¿marxista?) y el nacionalismo, es decir, aquella en la que la izquierda (catalana) está en una situación de subordinación respecto al nacionalismo de derechas. En Cataluña es la burguesía (CiU) y pequeña burguesía (ERC) la que pilota el proceso soberanista, marcando los objetivos y los ritmos.

Luego, está claro que una Cataluña independiente, aunque tenga una economía más dinámica que la media del resto de España y aunque consiguiese mantenerse dentro de la UE, vería como su peso e importancia tanto en la UE como en el mercado mundial se vería drásticamente reducido, su margen de maniobra frente a los agentes del mercado mundial se vería seriamente mermado, una situación que también sufriría el Estado español tras perder el territorio de Cataluña. También, es de temer que, como apuntaba Hobsbawm para Inglaterra, se produzca un reforzamiento del nacionalismo español en su versión más derechista y xenófoba, esto es ya claramente visible con la estrategia del PP de escenificar un choque entre nacionalismos, en el que el partido conservador se presenta como adalid del nacionalismo españolista.

Finalmente, no se ve ninguna posibilidad de que la secesión catalana ayudase de alguna manera a avanzar el proyecto socialista, en todo caso, y como se apuntaba anteriormente, lo más probable es que la reacción nacionalista tanto en Cataluña como en el resto de España, fruto de la colisión de ambos nacionalismos, se traduzca en un retroceso de la izquierda en favor de las derechas nacionalistas.

En este caso, la posición de la mayor parte de la izquierda - IU a nivel del Estado español e ICV a nivel de Cataluña -, así como la socialdemocracia, se ha inclinado por la solución federalizante de la que se mostraba partidario Hobsbawm pero manteniendo, a diferencia del PSOE, también unos de los principios propios de la izquierda, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, que en el caso concreto de Cataluña se centra en la demanda del derecho a decidir. Solo faltaría por definirse el nuevo partido político de la izquierda que irrumpió con gran fuerza electoral en las últimas elecciones europeas, Podemos.

Como ha demostrado la historia, el sentimiento nacionalista ha demostrado ser más intenso que el sentimiento de clase que, además, está bastante debilitado en los últimos tiempos, por lo que aquel ha terminado por imponerse a la hora de movilizar lealtades detrás de una causa. Y esta es, aunque no nos guste, también la situación en el actual proceso independentista en Cataluña.

Bibliografía Eric Hobsbawm – Naciones y nacionalismo desde 1780 Eric Hobsbawm - Marxismo, nacionalismo e independentismo Tom Nairn - Los nuevos nacionalismos en Europa. La desintegración de Gran Bretaña Tom Nairn – Faces of nacionalism Daniel Lvovich- Hobsbawm y Nairn frente al problema del nacionalismo: dos perspectivas enfrentadas en el seno del marxismo británico.

Jesús Sánchez Rodríguez es doctor en Ciencias Políticas y Sociología. Se pueden consultar otros artículos y libros del autor en el blog:http://miradacrtica.blogspot.com/, o en la dirección:http://www.scribd.com/sanchezroje


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