PARTIENDO DEL CUIDADO

Nosotras erigimos nuestro mundo fuera de lo común y el intento por crear ese mundo soñado parece pequeño. Cada cual lo tendrá en sus sueños, siempre imaginándolo diverso y horizontal. Sin embargo, siempre nos acompaña lo vivido y lo aprendido y no es fácil apartarlo de nuestro interior y no contaminar lo nuevo con lo viejo. Diría que algo parecido pasa en nuestros grupos y militancias, aunque lo intentemos, repetimos los moldes del viejo mundo, lo diverso se nos vuelve homogéneo y la horizontalidad… ¡quién sabe!

He sido integrante de diferentes grupos, inicialmente en algunos de la izquierda abertzale, después en grupos más autónomos, en asambleas,… y también he «visitado» sectores diferentes: el movimiento estudiantil, el feminismo, el antidesarrollismo, el ecologismo, el mundo campesino… Lo que expresaré a continuación son ideas y reflexiones basadas en mis experiencias; algunas las he compartido con compañeras de lucha, a veces hemos estado de acuerdo y otras no, por lo tanto, quizás no puedan generalizarse, pero ha sido parte de los procesos que he vivido y en los que he participado.

Para empezar estoy de acuerdo con la hipótesis de E. Z., nuestro entorno está cambiando de forma significativa; así, mientras algunos modelos de militancia están desapareciendo, surgen también otros nuevos. Existen caminos diferentes para juntarse y experimentar, y es por ello que no veo el futuro tan oscuro. Eso sí, también a nosotras nos toca cambiar… Quizás a nuestro parecer esos nuevos modelos no sean acertados o no nos gusten; pero, siendo honestas, está claro que nosotras tampoco hemos acertado, o por lo menos no hemos dado muchos pasos hacia nuestros objetivos.

Analicemos los rasgos más característicos que he percibido en nuestros grupos, y sobre todo, los que necesitan algún cambio o revisión.

1. Falta de multidimensionalidad: en nuestros grupos o asambleas el «hacer» tiene un peso fundamental. La acción es lo que se valora. Eso quiere decir que no se le deja espacio a la reflexión y a los sentimientos. Un viejo lema nos decía: «Siente, piensa, actúa». Nosotras hacemos al revés… primero hacer, luego pensar o dar paso a la parte racional y finalmente si se puede, oír lo que nos dicen nuestro cuerpo y nuestros sentimientos.

2. Relaciones: «El hacer» nos proporciona relaciones basadas en la practicidad, las tomamos como una consecuencia «natural» de los procesos y nos les damos el valor que tienen.

Así, solemos escuchar expresiones como «no hemos venido aquí a hacer amigas». Pero debemos pasar muchas horas juntas y convivir en muchas situaciones, debemos tener confianza mutua, y establecer una relación no es una opción, sino algo que sucede; por tanto sería mejor si pensásemos un poco en la salud de esa relación.
Cuando los grupos se mantienen largo tiempo o cuando se dan procesos intensos (situaciones de represión, espacios de resistencia, convivencia…) las relaciones además se profundizan. Algunas vez suele ser para mejor y otras para peor; el problema es que no prevemos que tendremos relaciones intensas (sí que tenemos en cuenta una posible irrupción de la policía, la necesidad de hablar con la prensa… pero no como cuidarnos entre nosotras), y por lo tanto no nos preparamos para ello.
Además, y sin ser conscientes de ello, reproducimos las relaciones de poder que se dan en la sociedad. Algunos ejemplos:

– Patriarcado: lo vemos en el reparto de roles, en la distribución de responsabilidades, en la estructura de las reuniones y en los horarios, en la desvalorización de los trabajos invisibles… y a veces en las agresiones directas.
– Racismo: Formamos grupos monocolores, las horas y lugares para hacer reuniones, las formas de hablar, las actividades culturales que organizamos…
– Clase: ¿Dónde se hacen las reuniones? ¿Se tiene en cuenta la situación de quienes no tienen dinero? ¿Qué tipo de materiales editamos? ¿Planteamos una distribución más justa de la economía entre nosotras? ¿nos damos cuenta de la diversidad?
…y no menos importantes el adultismo, la segregación generada por el conocimiento académico, la heteronormatividad, el colonialismo,…

3. Trabajo grupal: Como no le prestamos atención a las relaciones, pensamos que surgirán sin ningún tipo de esfuerzo y que serán saludables, pero quizás estamos arrinconando de nuevo uno de esos trabajos que se hacen de forma no visible. A modo de ejemplo, aunque estamos a favor de la cohesión grupal, creemos que esta vendrá simplemente con nombrarla y no usamos herramientas para lograrla. Esto resulta más evidente cuando nos hallamos ante nuevos integrantes de los colectivos.
Tenemos interiorizados los valores sociales, pero también las inercias. Siendo «el hacer» nuestro mayor propósito, debemos ser «eficientes» y esto lleva a la reproducción de los roles, a las especialización, a una escasa transmisión de los saberes,…

Como el activismo es «sacrificado» no pensamos en las ventajas de pasarlo bien, o los beneficios que nos puede acarrear el desarrollarnos como personas… De esta forma, las reuniones se hacen de forma rutinaria, pasamos mucho tiempo dándole vueltas a pequeños detalles, dedicando escaso tiempo para los debates de importancia, no jugamos, no se puede reír…

4. Compromiso: «Todo o nada», nos gusta la militancia de 24 horas, y la valoramos y ensalzamos. Pero quizás no se amolda a la realidad que muchas vivimos en ese momento. Deberíamos tal vez hacer una gestión diferente, aprovechar cuando estamos juntos y disfrutar también del tiempo que dedicamos a otras parcelas de nuestras vidas.

Otra opción es entender que en otras facetas de nuestra vida vamos transformando nuestro mundo… o que nos empeñamos en ese intento. El feminismo nos enseñó hace tiempo que «lo personal es político», pero lo olvidamos en nuestra cotidianidad y tienen más valor aquellas personas que andan en diez reuniones, que aquellas que va a pasear al parque con sus madres.

Esta gestión interminable del tiempo genera además desventajas y jerarquizaciones. Las resoluciones que no se han tomado en las reuniones se toman en otros momentos «entre quienes están», en muchas ocasiones son decisiones importantes, pero se toman sin debate o acuerdo.

5. Conflictos: Si ya fallamos en nuestras relaciones cotidianas, esto se ve aún más claro en una situación de conflicto. Pocos grupos hacen frente a una situación conflictiva, en general tratamos de ocultarla o miramos para otro lado, sin dar pasos para tratar de preverla o solucionarla. Nos suele faltar el valor para hablar sobre lo que nos sucede y para coexistir.

En las situaciones de crisis además, surgen aspectos viscerales de cada una, y esto nos proporciona sorpresas. A veces de repente nos damos cuenta de que no coincidimos en aspectos fundamentales con nuestras compañeras, y eso hace que se tambaleen los cimientos que nos sustentan. Otras veces nos sentimos cerca de lo que antes nos sentíamos lejos o lejanas de nuestras anteriores referencias.

Si tuviésemos en cuenta en nuestros planes los espacios para analizar estos aspectos las cosas serían más sencillas. Por ejemplo: ¿que haríamos si se diese una agresión dentro de nuestro colectivo? ¿Cómo actuaríamos si supiésemos que una integrante del grupo se ha chivado a la policía? ¿Que sucedería si la mitad del grupo lo abandona?…

6. En las relaciones que mantenemos con otros grupos: Y si no nos entendemos entre nosotras… ¿cómo comunicarnos con los demás? Mas cuando siempre vemos defectos en otros grupos y opiniones, si nosotras nos sentimos especiales y únicas… Pero sería mejor si fuésemos capaces de replantear nuestras prácticas y de ser autocríticas.

7. Objetivos: Otro elemento que se suma a todo lo anterior es la guerra de las ideas. El Sistema evoluciona rápidamente y nos obliga a asumir una postura a la contra, entrando en la lógica de la destrucción. Son formas de lucha necesarias, e innegables, pero muy duras psicológicamente. Estar siempre a la contra es agotador y ello tiene un gran peso en nuestra motivación y en nuestra capacidad creadora.

Cuando se mencionan las cosas en negativo podríamos decir que cambiar implicaría poner del revés nuestra perspectiva, ¿no? Sin embargo, no es tan fácil dar la vuelta a lo que hemos construido a lo largo de los años, que de alguna manera nos ha funcionado o que se ha convertido en un espacio donde nos sentimos cómodas. Nos movemos en ese espacio de confort y sabemos qué es, cómo manejarnos; cuando nos sacan de allí o cuando decidimos salirnos nos atenaza el miedo de nuevo. Por tanto, hace falta ser valiente para afrontar nuevas propuestas, y ese debería ser nuestro primer paso.

Sin embargo no estamos solas, tal como he dicho antes, se está produciendo un cambio, por los menos en la teoría, en nuestro entorno se dan intentos por hacer las cosas de otra manera, y los podemos aprovechar, encontrar nuevas compañeras de viaje. Nuevos grupos, nuevos espacios para juntarse, nuevas formas de entender el activismo…

O tal vez estos intentos han existido desde siempre, pero han llegado a nuestras vidas cuando nos hemos aburrido o hastiado de las formas clásicas de activismo. Siendo nuevos o no, podemos tomar de allí diversas enseñanzas, o por lo menos algunas propuestas para encarar nuevos caminos.

En estas experiencias quizás el concepto principal y su pilar central es el concepto de cuidado. El derecho y la necesidad de cuidarse que cada cual tiene, el cuidado recíproco, el cuidado de los proyectos o los objetivos, el cuidado de la sociedad… y tiene unos pilares importantes, que para mí serían los cimientos de un movimiento sano y sostenible:

1. Multidimensionalidad. Si vivimos la lucha, entonces tendremos que vivirla en cuerpo, mente y alma. Deberemos escuchar y sentir todos esos lugares que nos envían mensajes. Y, de igual forma, deberemos cuidarlos todos; hasta ahora hemos usado el cuerpo, el cuerpo ha sido una herramienta, pero tal vez debamos convertirlo también en un fin. Si las ideas y los valores no se encarnan, no se interiorizan, no hay cambio. Además de hacer, deberemos sentir y pensar; además de interiorizarlo en los hechos, también deberemos cuidarlo.

2. Valoración de todos los trabajos. Es el tema de siempre, pero que todavía no hemos logrado superar. Si existe una acción hay protagonistas, y más si ha habido detenidas. Las ponemos al frente, pero no pensamos o se nos olvida que alguien tendrá que ir a hablar con sus familias, que otras han cocinado, que otras han hecho labores de prensa, preparado los materiales, transporte, compras, limpieza, pensar, sentir, hacer… y ¿cual es el más importante?

Y siempre los mismos al frente, en el hacer, en primera fila, los «protagonistas». Si valorásemos todas las labores de igual manera el intercambio de roles y que no se diera tanta especialización nos resultaría más cómodo.

3. No permitir la jerarquización entre las luchas. Si tomo parte en un grupo es porque comparto una serie de objetivos comunes, sin duda. Y esos objetivos son muy importantes para mi, de otra forma no estaría allí. Pero eso no quiere decir que debamos quitarle mérito o importancia a otras luchas. Es mas, deberíamos entender de una vez que no existen victorias parciales.

Se necesita integralidad en la lucha, porque el sistema es integral. La Historia nos proporciona ejemplos abundantes. El Sistema no se caerá sólo si el aspecto económico fracasa, deberemos derribar también otras patas; de igual forma, la igualdad entre hombre y mujeres no tiene mucho sentido si persiste la exclusión racial. O la liberación de nuestro pueblo mientras otros siguen oprimidos.

4. Poner el acento en los valores que difundimos. Por eso, la lucha no está solo en las acciones o en las posturas a la contra. Los valores se deben difundir y hacerse importantes, ellos encauzarán el cambio en el pensamiento y en las acciones. Esa plasmación, eso que atraviesa nuestras vidas y nuestros cuerpos será lo que cambiará las cosas.

En nuestros debates y en la cotidianidad, tanto en la teoría como en la práctica, nuestros valores deberían quedar claros. Los valores son el fundamento, desde ahí se construyen las ideas. El asunto parece muy cristiano, pero pensemos porqué estamos juntos, que es lo que soñamos, que es lo que no nos gusta, cómo queremos que sean las próximas generaciones… y ahí surgirán nuestros valores.

Hacer hincapié en los valores nos ayudará a no perdernos en el camino para lograr nuestros objetivos. ¿Cómo saber si lo que estamos haciendo, lo que pensamos, nuestros comportamientos o nuestras actividades nos acercan o nos alejan de los objetivos que buscamos La pregunta no es nada simple, pero uno de los indicadores debería ser si responde y está hecha-pensada-sentida desde y siguiendo nuestros valores.

5. La pedagogía del ejemplo. Ni el simple hacer ni el simple decir valen. Nuestros discursos son muy potentes a veces, con grandes palabras y frases redondas. Pero la lucha la tenemos en la cotidianidad, y es en esa cotidianidad donde plasmamos las ideas, es en ella donde deberíamos construir la diferencia

Deberíamos poner la atención al cómo hacemos las cosas y no simplemente al qué hacemos. Las relaciones entre nosotras, las vías para tomar decisiones, la forma de salir a la calle, los intercambios que generamos con otras personas… todo esto tiene un mensaje, porque también transmitimos y mostramos con nuestro ejemplo. O mejor dicho, porque nuestros ejemplos nos presentan.

6. Que los grupos se creen y desaparezcan con libertad. Los colectivos surgen porque reúnen unos determinados objetivos, pero a veces el grupo se convierte en un fin en si mismo y de ser una herramienta pasa a convertirse en un obstáculo. No somos capaces de deshacer grupos o proyectos o de generar otros nuevos, ya que siempre vemos la desaparición de un grupo o de un proceso como un fracaso.
Deberíamos desmitificar y desdramatizar los procesos. Si los procesos ha sido limpios y si las decisiones se han tomado como es debido, la desaparición de colectivos, las divisiones, la creación de nuevos grupos, el hacer más pequeño el colectivo, los descansos personales o colectivos… se pueden entender como algo positivo, necesario y edificante.

Pueden pasar mil cosas, a veces sin conflicto, a veces como consecuencia de uno; pueden surgir grupos, desaparecer otros… El camino marcará la diferencia: si desaparecemos haciendo frente al conflicto y tomando decisiones, podemos entenderlo como algo positivo y una vía para seguir adelante; si el grupo se disuelve negando el conflicto, sin una decisión consciente o sin que la comunicación funcione, tendremos una lectura más negativa.

Debemos saber cuándo empezar, pero también cuándo acabar, cuando juntarnos, pero también cuando separarnos. Separarse no quiere decir perder.

7. Nuevas dinámicas, teniendo en cuenta los deseos-voluntad-necesidades-elecciones de las integrantes del grupo. La base de los grupos es la persona, a pesar de que a veces nos disolvamos en ellos. Cual es más importante, cual se impone… este es un aspecto que quizás deberíamos discutir. El hecho es que cuando la persona desaparece o cuando la sacrificamos, el grupo también pierde. Por tanto, en nuestros grupos debemos tener en cuenta los deseos, aspiraciones, compromisos y capacidades de cada persona a la hora de planificar y de marcar unos objetivos determinados.

Tenemos trabajo, y eso quiere decir que también tenemos futuro. Ánimo pues y empecemos a soñar ese porvenir, a sentirlo, a pensarlo, a materializarlo, a probar, a comunicar, a transmitir, a recibir, a crear, a escribir, a relacionarnos, a intercambiar, a imaginar, a jugar, a cantar, a pintar, a crear…

[Esti Redondo
->mailto:estiredondo@hotmail.com]

Participante de varios movimientos sociales