NIÑOS LIBRES PARA UNA SOCIEDAD LIBRE

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El embarazo, el parto, la crianza, los primeros años de vida, son cruciales para el animal humano, pero también lo son para la clase de sociedad que construirá. Quienes queremos cambiar la sociedad en la que vivimos, tenemos que empezar por las raíces.

«Lo que designa la palabra educación es una determinada jurisdicción de poder». Carlos Lerena. Reprimir y liberar, 1983.

Llamemos a las cosas por su nombre

Centenares de familias en todo el territorio español y decenas de miles en otros países hemos decidido no llevar a nuestros hijos a la escuela. Los motivos son muchos y muy distintos, incluyendo algunos tan prosaicamente prácticos como vivir aislados en la sierra. Aquí voy a explicar los míos -que a buen seguro comparto con otros muchos padres y madres- y que son al mismo tiempo egoístas y solidarios, una aparente contradicción que es en realidad todo lo contrario como se entenderá inmediatamente.

Para empezar quiero dejar muy claro que parto de un contexto definido por la desigualdad en el que una minoría ejerce el poder sobre la inmensa mayoría: eso significa explotación, desprecio por la vida, destrucción del ecosistema, enfermedad y muerte. La situación es de tan extrema gravedad que no podemos permitirnos el lujo de perder el tiempo con artificios técnicos, de modo que seré muy directo e incluso brutal al exponer las ideas que siguen.

La educación es una herramienta de poder que las élites utilizan para perpetuar su dominio y está en la raíz de los desequilibrios y la violencia. Propongo por tanto despojarla de su actual reputación como instrumento liberador al servicio del ser humano. Una mirada al diccionario de sinónimos nos ayudará a comprobar gráficamente lo que digo. Estos son algunos de los sinónimos que nos ofrece el WordReference para «educar»: «formar, aleccionar, adoctrinar, guiar, dirigir, adiestrar, amaestrar, amansar, domar, encauzar, acostumbrar».

Para batallar contra la educación como productora de piezas para el engranaje, propongo otro concepto que implica al mismo tiempo protección de la vida y esperanza de futuro: el concepto de autorregulación.

Llevar a la práctica la autorregulación es tan sencillo y tan difícil como confiar en los niños, escucharlos, respetarlos, disfrutar con ellos, abrazarlos, estar a su lado sin imponerles nada, sin impedirles decidir, explorar, equivocarse, enfadarse, llorar o tener miedo, respetar su desarrollo natural, su curiosidad y su deseo de aprender, expandir su conciencia, desarrollar seguridad y confianza en sí mismos; capacitarlos emocionalmente para que se hagan cargo de sus vidas, de su relación con los demás y con el entorno, de una forma crítica, constructiva y solidaria.

Una herramienta de liberación

Las investigaciones de Wilhelm Reich para dilucidar el origen de los trastornos mentales lo llevaron a la conclusión de que el problema no estaba en el individuo, sino en la sociedad, nuestra sociedad, esa sociedad y esa cultura de la que están tan orgullosos los occidentales modernos. Por su parte, Bronislaw Malinowsky y Margaret Mead observaron cómo esos trastornos no aparecían en las pequeñas sociedades de las islas Trobriand o Samoa que no se basaban en la autoridad, la rigidez y la castración. Y Alexander Neill fue el primer educador que se atrevió a poner en práctica lo que él y Reich llamaron autorregulación.

Otros autores, anteriores y posteriores, aportaron ideas complementarias o profundizaron en estos enfoques: William Godwin denunciaba a finales del siglo XVIII el control dogmático que ejercían los entonces nacientes sistemas educativos de cara a producir ciudadanos al servicio del Estado; Francisco Ferrer consideraba inconcebible que un gobierno creara un sistema educativo que pudiera conducir a cualquier cambio radical —algo que les cuesta comprender a tanto colectivo autodenominado antisistema; Ivan Illich evidenció la alienación producida por la educación para destruir la capacidad de actuación del individuo, y cómo el proceso de socialización de la escuela creaba un tipo especial de carácter que se ajusta a las necesidades del poder…

La base teórica para esta gigantesca maquinaria de control la puso el Sigmund Freud de la última época que, apartándose de sus primeros descubrimientos, planteó la idea del «instinto de muerte», cargando así al individuo con la culpa de su inadaptación y confiriendo a psiquiatría, psicología y psicoanálisis la misión de devolver al redil a los descarriados.

Por el contrario, la autorregulación, la crianza ecológica, conecta lo individual con lo social: las condiciones sociales y culturales fabrican esclavos; para cambiarlas tenemos que empezar por el principio, profundizar en las raíces, remontarnos al origen.

Escuelas de padres, oficinas de planificación familiar, consultas de tocología y ginecología, paritorios, guarderías, consultas de pediatría, escuelas, institutos, universidades… no se diseñaron para liberar al ser humano y contribuir a su felicidad, sino para conseguir el dominio absoluto que garantiza la apariencia de libertad, hasta el punto de que incluso los colectivos autodenominados progresistas y antisistema no solo no cuestionan estos artefactos de control, sino que los defienden y reivindican.

Esos engranajes actúan en todos los puntos del arco vital, pero son especialmente agresivos los que abarcan la concepción, el embarazo, el parto y los primeros años de vida, precisamente porque se trata de un período crítico a la hora de condicionar el desarrollo del animal humano. La intromisión del estamento médico en lo relacionado con la concepción y el embarazo, la medicalización de los partos y las pautas pediátricas establecidas para condicionar la crianza, perturban o bloquean procesos vitales, rompen los vínculos biológicos y emocionales de las criaturas y preparan el terreno para las posteriores intervenciones psicopedagógicas, entre ellas, fundamentalmente, la escuela.

Escuela: encierro y normalización

A pesar de los interminables cambios y reformas, de lo que puedan reflejar los documentos y de lo que establece la legislación vigente, la escuela sigue siendo básicamente un centro de encierro y normalización: aburre, disciplina, fracciona el pensamiento, difunde la incultura, destruye la curiosidad natural, reprime la sensibilidad, promueve la insolidaridad y la competitividad, mata la espontaneidad y alimenta la frustración y el odio; su preocupación por la disciplina condena al fracaso cualquier intento de trasmitir auténticos valores de respeto, seguridad en sí mismos, convivencia, solidaridad, intercambio de experiencias y sentido crítico. Y todo ello cuidadosamente cubierto bajo una cínica fachada de progresía y buenos propósitos que no puede esconder el hecho de que ni siquiera cumple los objetivos mínimos de lo que se considera «instrucción básica».

Otra cosa es que haya profesionales rebeldes agazapados en este o aquel centro escolar -yo mismo fui uno de ellos hace veinticinco años- y que -en ese minúsculo espacio en el que se les permite maniobrar- hagan ciertas cosas de otro modo, suavicen los rigores de la manipulación o despierten inquietudes en esa pequeña minoría de alumnos que el engranaje escolar aún no ha conseguido doblegar o desesperar.

Pero eso no va a cambiar el sistema de adoctrinamiento global. Lo podemos comprobar claramente con solo observar los resultados: la indolencia corroe al ciudadano medio, la inmensa mayoría vive en la ignorancia de lo que se juega cada día; y los únicos conscientes de esa batalla son los de arriba, los que -precisamente por eso- llevan siglos dominando al resto.

Veo a diario los efectos de la escuela en los niños. Cada vez me cuesta más asistir a este temible espectáculo con la amarga sensación de ser cómplice de un ignominioso proceso de mutilación. Veo las largas filas de escolares caminando sin remedio hasta aquella picadora de carne que nos mostraba la película de Alan Parker a partir de las obsesiones de Roger Waters. Y veo también como los pocos espíritus libres que logran escapar a la trituradora son perseguidos y demonizados, o por expresarlo en lenguaje moderno: diagnosticados y tratados.

En la presente situación, defender el sistema educativo público es defender el modelo educativo uniformizador que lo domina y que cumple funciones claves de sometimiento del ser humano y de mantenimiento de una sociedad injusta. Paradójicamente, los padres que quieren que sus hijos crezcan de otra forma, únicamente tienen dos opciones: o mantenerlos en casa y correr el riesgo de que los denuncien por abandono, o matricularlos en un colegio privado acorde con sus ideales pedagógicos, porque únicamente fuera del control de los centros públicos puede haber lugar para la libertad y contra el sistema.

Lo que yo defiendo entonces no es la «escuela en casa» -que es como decir el enemigo en casa- y siendo más rotundo, ni siquiera la educación en casa, sino la autorregulación. El problema es que en las presentes circunstancias, con sólo unos pocos centros trabajando en ese enfoque, la única forma de proteger a nuestros hijos y de aportar a una futura comunidad ecológica las herramientas biológicas que decía Reich, es negarse a llevarlos a la escuela, la escuela del capital y de las élites -tanto da que sean públicas o privadas- y mantenernos a su lado y de su lado.

Confiar en los niños

Durante mis primeros años de clase como funcionario cometí la ingenuidad de pretender cambiar el sistema desde dentro y posteriormente me conformé con «salvar» a unos pocos alumnos entre los miles que pasarían por mis clases. Incluso llegué a presentar proyectos educativos alternativos a la administración.

En los últimos veinte años he participado también en intentos de montar proyectos al margen del sistema, pero todos fracasaron antes de empezar porque una vez superada la etapa de crítica a la escuela del sistema, llegaba el momento de ponerse de acuerdo sobre lo que íbamos a construir.

Me retiré o me negué a participar en iniciativas que pretendían montar escuelas directivas -algunas incluso más directivas que la pública a pesar de su fama de «alternativas» o libres -como las inspiradas en Waldorf, Montessori o Decroly. En el fondo, la mayoría de la gente que criticaba a la escuela convencional buscaba otra escuela, otro lugar en el que le dijeran lo que hacer y en la que encauzaran a sus hijos. Y es que por debajo de su aparente descontento, estaba esa incapacidad biológica de la que hablaba Reich: el peso abrumador de la educación que hemos recibido y que nos incapacita para la auténtica libertad, esa libertad por la que Neill luchó hasta el final y que dejó como legado y como desafío.

He conocido a demasiados militantes en organizaciones políticas, ciudadanas, ecologistas… supuestamente progresistas, pretendidamente antisistema, que tienen entre sus objetivos la creación de un mundo mejor, más justo, más libre, en el que se respete la naturaleza. Pero que, en su día a día, en la relación con sus hijos, en esa pequeña pero importante tarea en la que podrían hacer algo para comenzar a cambiar el mundo, asomaba su auténtica naturaleza represora, su condicionamiento caracterial, la coraza que les impide poner en práctica con sus hijos las ideas que esgrimen en artículos, panfletos, páginas web, talleres y conferencias.

Harán falta muchos cambios estructurales, empezando por los legales, por derogar las leyes que en estos momentos criminalizan a quienes queremos educar a nuestros hijos al margen del aborregamiento y la manipulación o que obstaculizan una crianza ecológica. Pero independientemente de lo que cada cual decida hacer en esa lucha, de las energías y del tiempo que quiera y pueda dedicarle, está esa otra lucha cotidiana que nos exige mucho más que leer libros, escribir o debatir, la que nos exige confiar en nuestros hijos.

Autorregulación: el camino de la vida

La idea de autorregulación nació a partir de las intuiciones y la confianza en la vida de Alexander Neill, quien en 1926 había creado una escuela a la medida de sus convicciones educativas: una fe inquebrantable en la bondad de los niños y la felicidad como meta final de la educación, que debía combinar lo intelectual y lo afectivo y excluir la disciplina, los dogmas y los castigos, para establecer una relación de sinceridad y respeto entre los niños y los adultos.

Los descubrimientos de Wilhelm Reich aportaron una base teórica firme a estas intuiciones: la educación represiva de la sociedad patriarcal provoca un estancamiento de la energía sexual -que Reich denominó Orgón, la energía vital primordial- provocando angustia y la formació de una coraza rígida que impide el contacto con el exterior y con uno mismo, y sentimientos de culpa que convierten al ser humano en un esclavo.

Por el contrario, la autorregulación respeta el desarrollo vital y facilita el flujo energético y la pulsación que lleva al placer y a una coraza flexible que permite el contacto en condiciones de salud y equilibrio. Es la diferencia entre el temor a la vida y la alegría de vivir, entre la inestabilidad emocional, la timidez, la agresividad y la arrogancia frente a la espontaneidad, la autoconfianza, la expansión mental y física, la estabilidad emocional y la capacidad de ser libres.

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Objeción de consciencia

Voy a finalizar comentando brevemente algunos pormenores de mi experiencia de desobediencia escolar a partir de una toma de consciencia -con s- que nos llevó a desescolarizar a nuestro hijo, en la confianza de que aportarán ideas y reflexiones a otras familias que quieran recorrer ese largo y tortuoso camino.

Nuestro hijo asistió a un preescolar medianamente satisfactorio gracias a que la maestra era una de esas excepciones que he mencionado y a la que nos unía cierta amistad. Cuando tomamos la decisión de desescolarizarlo al año siguiente ya habíamos cometido el error fundamental: permitir que entrara en el engranaje escolar.

Así que la maquinaria se puso en marcha: en enero de 2011 recibimos una llamada de los Servicios Sociales y pocos días después nos entrevistamos con la educadora que también vino a casa a hablar con la familia. El informe fue muy positivo: hasta ellos fueron capaces de ver que no se trataba de un caso de «abandono» sino todo lo contrario. Pero el engranaje continúa triturando a los que pretenden escapar: informe de los Servicios Sociales, informe de la tutora, informe del centro… y tres meses después: decreto de la Fiscalía de Menores incoando «Diligencias Preprocesales».

Tuvimos que comparecer, claro. Y exponer nuestras ideas y las decisiones que habíamos tomado. Y la maquinaria siguió: visita de la Policía Autónoma, informe correspondiente, Decreto de Fiscalía y denuncia ante el Juzgado «como autores de un delito de abandono de familia, menores e incapaces, del artículo 226 del Código Penal».

En diciembre, declaramos ante la juez: le explicamos nuestros motivos y reflexiones, y le aportamos copia del plan de trabajo que estábamos llevando a cabo con nuestro hijo, muestras de su trabajo y las fotocopias de nuestros títulos de magisterio.

Después, la juez habló con él; el Fiscal se empeñaba en preguntarle qué asignaturas daba… un mes después solicitó la escolarización como medida cautelar; presentamos un recurso de reforma, y más y más escritos llenos de razonamientos, citas institucionales, informes del Defensor del Pueblo y jurisprudencia.

Llegamos al final, que voy a resolver sucintamente por el dolor que aún me produce: ganamos la vía penal; la Juez archivó la denuncia por abandono; el Fiscal recurrió y la Audiencia Provincial confirmo el archivo de la denuncia, pero… aconsejó a la Fiscalía proceder por la vía civil, cosa que hizo pocas semanas después. Resultado: una orden de escolarización inmediata. Nos cabe el triste honor de ser el único caso en todo el estado que pone en evidencia con todo dramatismo la clase de sociedad destructiva en la que vivimos.

Jesús García Blanca
26 de noviembre, 2013.
keffet@gmail.com
http://saludypoder.blogspot.com

BIBLIOGRAFÍA
– APPLETON, Matthew. Una infancia en libertad. Murcia, Cauac, 2013.
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– WIPFLER, Patty. Escuchando a los niños. Parents Leadership Institute, 1991.

RECURSOS DE LA RED
– ALE: Asociación para la libre educación
Crecer sin escuela
– La opción de educar en casa. Blog de la abogada Madalen Goiria
Ecología de Sistemas Humanos