MOVILIZACIONES Y REIVINDICACIONES

A la hora de evaluar las movilizaciones de estos últimos años, vinculadas al proceso de reestructuración capitalista que acompaña a la crisis, es fundamental tener en cuenta los cambios cualitativos que ese mismo proceso comporta en cuanto a las formas de dominación del capital y, en primer lugar, el cambio que supone en la naturaleza de las reivindicaciones y en la forma como se expresan. Considerar esa profunda mutación en las relaciones de dominación capitalistas en sus manifestaciones superficiales, fenoménicas, como meros cambios sociológicos es lo que lleva a reivindicaciones que ya no se corresponden con la realidad de la dominación actual del capital. Llamar a la conservación del puesto de trabajo o implorar inversiones que creen puestos de trabajo, etc., denotan el profundo apego de la conciencia al capital en un momento, sin embargo, en el que cada vez tiene menos que ofrecer y a menos gente (sin margen para un nuevo pacto de bienestar), y continuar anclados en las expresiones (sindicales) correspondientes a la fase expansiva del capital y no comprender las implicaciones que comporta el cambio histórico de la dominación formal a la dominación real y total del capital; el paso de la explotación extensiva a la explotación intensiva de la fuerza de trabajo y de todos sus recursos, incluidos los que conforman la garantía de su existencia física como ser vivo (biosfera)[[Los conflictos ligados a la reestructuración -el de la minería, por ejemplo-, hay que entenderlos como expresiones terminales, residuales, capaces de provocar amplios sentimientos de nostalgia, mitificación, etc., entre el conjunto de la población asalariada, pero difícilmente irá más allá de la solidaridad emocional y simbólica si no consigue la convergencia con otros segmentos antagonistas de la población proletarizada que consolide una solidaridad práctica, real. Esa convergencia práctica y real del antagonismo en las actuales circunstancias comporta un salto cualitativo que exigiría el cuestionamiento del puesto de trabajo que se reclama (hacer qué, para qué y en qué condiciones). Ese cuestionamiento, ausente del horizonte sindical, es el que marca el cambio histórico en la naturaleza del antagonismo en la sociedad de clases.]].

Es a partir de esta premisa que podemos aproximarnos a la comprensión crítica de la conflictividad de nuestra guerra social contemporánea; una conflictividad que se caracteriza por la multiplicidad de expresiones cuya capacidad ofensiva no depende simplemente de la subjetividad de quienes intervienen activamente en los conflictos sino muy especialmente de la posición que esos mismos individuos, colectivos, etc., ocupan en el proceso general de producción y realización del capital.

Solo así pueden entenderse los aparentes «fracasos» de las luchas de la clase obrera y la incapacidad real de algunos de los nuevos movimientos (antiglobalización, indignados) para sobrepasar los límites de la oposición simbólico-espectacular al capital. Pues hay que relativizar el fracaso de la clase obrera[[El movimiento obrero posterior a la segunda guerra mundial, incluidas las tendencias autónomas, perseguía mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora dentro del capital, lo que consiguió con mayor o menor extensión en el contexto de la expansión capitalista, dentro del llamado estado de bienestar.]] como también el éxito de las movilizaciones de masas (15-M) que, si bien fueron un síntoma del profundo malestar social existente, ni siquiera fueron capaces de obtener las modestas reivindicaciones de regeneración democrática en el aparato de representación social (cambio de gobierno). El éxito mediático del movimiento no se correspondió con resultados tangibles en su proyección práctica.

Y esta es una cuestión que merece ser abordada en profundidad porque la realidad de las movilizaciones de masas en los países capitalistas desarrollados no puede desligarse de su composición social y de la función que sus propios integrantes desempeñan en el proceso general de la acumulación de capital que es, a fin de cuentas, lo que define su inserción en la sociedad del capital.

I

La reestructuración capitalista de las últimas décadas, a caballo del desplazamiento productivo (deslocalización) y de la proyección transnacional del proceso de acumulación de capital (producción y realización a escala internacional) trajo consigo una creciente especialización de la población asalariada de los países capitalistas de vieja industrialización en las funciones destinadas a la realización del capital, cuyo resultado fue una creciente terciarización (proliferación de actividades relacionadas con la gestión, administración, distribución y consumo, ocio, cultura, etc.) Esta especialización tiene implicaciones directas sobre la naturaleza de la conflictividad y las formas de contestación social que hemos vivido en las décadas pasadas. La capacidad de intervención social efectiva, es decir, la capacidad de ejercer presión real sobre el proceso del capital, está determinada por el modo de inserción de la población proletarizada en el proceso de acumulación transnacional. La terciarización de la sociedad comporta un clase trabajadora encuadrada en funciones que tienen que ver predominantemente con actividades periféricas y subordinadas al proceso de generación de valor, como la burocracia funcionarial, la producción cultural y el cuarto sector, en general, que engloban actividades asalariadas «improductivas», inductoras de empleo, sin duda, pero también de lo que podría definirse como una forma de consumo subvencionado.

Esta recomposición transnacional de la población asalariada tiene una primera consecuencia en cuanto a la desactivación práctica del potencial conflictivo de una parte de la clase obrera industrial por medio de la deslocalización y los cierres de empresas, pero también en las formas que adopta la conflictividad protagonizada por la fracción de la sociedad involucrada en la esfera de la realización del capital.
Esta creciente desactivación social es lo que caracteriza las movilizaciones de masas de las últimas décadas y su deriva hacia expresiones simbólico-espectaculares, por un lado, en el caso de las actividades «improductivas» y, por otro, a la impotencia de reclamar un puesto de trabajo “productivo” que ya no es útil a la acumulación de capital, lo que a la postre reconduce la acción reivindicativa en torno a la indemnización y prejubilación, es decir, a certificar prácticamente su extinción como sujeto asalariado (desempleo, jubilación, subsidio)[[De ahí la creciente inoperancia de las huelgas generales, convertidas en rituales de una jornada de lucha simbólica.]].

Probablemente, el caso más ejemplar en cuanto a las limitaciones históricas de las formas de contestación de masas lo proporcione el sindicalismo. El sindicato, en cualquiera de sus expresiones, es una forma de organización de la clase trabajadora (al correspondiente a la fase expansiva del capital), aunque equivocadamente se confunde con LA organización de clase. Como quiera que sea, en la práctica, el sindicalismo ha servido a los intereses de la clase trabajadora en la medida que los sindicatos desempeñaron un papel de mediación y regulación de la fuerza de trabajo. De ahí que su fase de máximo esplendor coincida con la de mayor desarrollo del capital (estado de bienestar). Sin embargo, su techo histórico se pone de manifiesto en la situación actual, precisamente porque el margen de negociación con el capital tiende a cero. La concreción en la práctica de lo anterior la encontramos, por ejemplo, en el ciclo sindical de los últimos 30 años en el estado español. Ha sido la dinámica sindical, materializada en los sucesivos pactos desde los años 80, la que ha llevado a la actual situación del mercado laboral. Es decir a la desregulación del mismo y a la precarización en todos los órdenes de la fuerza de trabajo, lo que a la postre significa la propia aniquilación del sndicalismo como forma organizativa y reivindicativa de la clase trabajadora. Las estrategias sindicales han ido cada vez más orientadas a la negociación de la propia posición y función del sindicato, de su estructura profesional, dentro del marco de de representanción institucional capitalista. Es decir, lo que se negocia «en nombre de los trabajadores y trabajadoras» es en realidad el acceso de los aparatos sindicales a las diferentes fuentes de financiación (Consejo Económico Social, Formación, etc.), pues que ya no están en condiciones de encuadrar y representar a la inmesa mayoría de hombres y mujeres que sobreviven el mercado laboral desregularizado[[Estas afirmaciones, sin embargo, exigirían ser matizadas en el caso del País Vasco, tanto por lo que se refiere a la dinámica social y política, con ritmos y líneas de evolución distintas a las del resto del estado español (la llamada transiución democrática, no siguió los derroteros del resto, por ejemplo), como en cuanto a la estructura productiva (peso d ela pyme vasca y las cooperativas).]].

El diferente impacto de los conflictos de las últimas décadas y la radicalidad del antagonismo aparente en los mismos tiene que ver con el modo de inserción de sus protagonistas en la cadena transnacional de acumulación de capital, lo que les confiere un determinado margen de maniobra en la consecución de sus intereses. Esto es algo que se hace evidente cuando se evalúan comparativamente los efectos de las masivas movilizaciones contra la guerra, contra la corrupción política, el movimiento indignado o incluso las huelgas mineras y de astilleros, por una parte, y las huelgas del transporte o de los servicios de limpieza capaces de colapsar los aeropuertos, por otra[[A veces, conflictos que apenas son una anécdota, como el de los taxistas barceloneses a comienzos del 2013, son reveladores de una capacidad de intervención de la que no se tiene siquiera conciencia. Ante el anuncio de un cambio del régimen de horarios de circulación por parte del ayuntamiento que en la práctica suponía la ruina para muchos taxistas, éstos organizaron caravanas que colapsaron los accesos al aeropuerto y organizaron desfiles de coches por el centro de la ciudad, sin ni siquiera ocupar todos los carriles de la vía principal. El desbarajuste en el servicio y el daño de «imagen» hizo al ayuntamiento retirar su decisión al cabo de dos o tres días.]].

El potencial de conflictividad y, sobre todo, la capacidad real de intervención a la hora de reconducir para sí las relaciones de clase por parte del proletariado depende de su nivel de inserción en el circuito de reproducción del capital. Solo bajo esa perspectiva podremos incorporar a la tradición antagonista (lucha de clases) una conflictividad reciente que, precisamente, porque el espacio de la contestación social ha sido colonizado por lo mediático-espectacular, no se tienen suficientemente en cuenta a la hora de articular la crítica práctica del capital. Pues la paz social aparente esconde una conflictividad difusa, en torno al puesto de trabajo, como fuera del ámbito laboral, que denota tendencias que no pueden ser despachadas desde presupuestos meramente ideológicos.

Con frecuencia se confunde la crítica con la mera denuncia y rechazo de las decisiones y situaciones creadas en la actual ofensiva de la clase dominante. De poco sirve hacer la descripción de los estragos de la crisis, así como la relación de las luchas y conflictos que la acompañan, contribuyendo a la producción de sobreinformación (aunque sea en la forma de contrainformación), si no se señalan las limitaciones de las iniciativas capitalistas y las tendencias que, en el propio desarrollo de los conflictos, apuntan en la práctica a la ruptura con el capital.
Casi podría decirse que hay que reconsiderar la historia de las luchas sociales de la reestructuración capitalista de las últimas décadas bajo la perspectiva que permita desentrañar, más allá del esquematismo de la derrota y la victoria, la transformación subjetiva (comportamientos) y objetiva (prácticas de acción directa) que se opera en el propio conflicto y que en sí mismas, independientemente de su limitación en el tiempo, definen tendencias de ruptura con las formas del capital. En la conflictividad de clase se hace patente la posibilidad de constitución de quienes han visto su humanidad reducida a la condición de mercancía (fuerza de trabajo) como comunidad de lucha que rompe con los vínculos que caracterizan la comunidad del capital en la práctica. Solidaridad, acción directa, colectivización de tareas y recursos (que comporta superación de las relaciones basadas en el valor de cambio y difuminación de roles de género), son algunos de los rasgos que con mayor o menor extensión emergen en la confrontación con el capital en cualquiera de sus manifestaciones y que son los elementos realmente relevantes y que en sí mismos conforman la alternativa como una proyección práctica y no como una categoría ideológica en la forma de programa o recetario. La radicalidad y el carácter realmente anticapitalista de un conflicto vendrá dado por ese nivel de comunidad alcanzado en la práctica y que trasciende las formas materiales de encuadramiento y de relación (negociación, normas jurídicas, ritmos, plazos, etc.) impuestas por el capital.

Sin embargo, muchas de esas prácticas y saberes generados en la lucha se pierden cuando se hacen valoraciones meramente ideológicas, espectaculares de los conflictos. Las huelgas de solidaridad real de los estibadores de diferentes puertos del mundo con los estibadores británicos (negarse a cargar/descargar barcos con origen/destino Liverpool); las huelgas rotativas de los estibadores barceloneses y la socialización del salario; las acciones de los comités de precarios/as de París contra las condiciones de trabajo en la hostelería; las ocupaciones y autorreducciones de los jornaleros andaluces, son algunas experiencias de agregación real de clase como comunidad de lucha que saltan las reglas del capital tanto en su estructura y orientación interna, como en su proyección práctica (acción directa)[[A veces, conflictos en torno al puesto de trabajo de naturaleza típicamente sindical, revisten un carácter de acción directa que sobrepasa ciertos límites ponen en evidencia la vulnerabilidad de la relación de clase. Los secuestros de directivos empresariales en Francia, como también en China no son casos excepcionales. Pero sobre todo llaman la atención algunos conflictos en el que la respuesta de los trabajadores se volvía amenaza de «atentado ecológico (Cellatex, Moulinex), lo que obligó a declarar el estado de emergencia del gobierno francés por primera vez desde la segunda guerra mundial.]].

II

Las movilizaciones masivas de los últimos años, especialmente los foros mundiales y los indignados, fueron resultado del proceso de proletarización que la deslocalización productiva y la especialización en los servicios de los países capitalistas de viejo cuño. Movilizaciones protagonizadas por nuevas capas sociales perjudicadas por la reestructuración capitalista a es cala mundial cuya politización arranca precisamente con el declive del estado del bienestar y la desvalorización masiva de la fuerza de trabajo terciarizada (precarización).

Ante una sociedad «opulenta» y con una promesa de crecimiento ilimitado que se desmorona, la reacción en un primer momento es de carácter conservador y reivindicativo de las conquistas obtenidas en el pasado (de forma similar a como ocurre con las movilizaciones obreras que reivindica un puesto de trabajo). Un conservadurismo que se traduce en movilizaciones de masas eminentemente ritualizadas, de contestación formalizada y sumisa al orden dominante (respecto al orden democrático). Son movilizaciones que, si bien son aparentemente novedosas (esponteneidad, emotividad, apertura a discursos de todo tipo, creatividad autoorganizativa, etc.), realmente permanecen en el horizonte del capital y, más concretamente, en el de su forma política: la democracia representativa.
De todos modos, puede decirse que con la extinción del movimiento indignado se ha cumplido un ciclo: el de la indignación, la denuncia y la protesta simbólica. Las grandes movilizaciones de los días festivos, las huelgas generales sindicales, no han dado resultado alguno ni siquiera en sus modestas aspiraciones de cambios formales en el sistema de representación. Sin embargo, eso no quiere decir que todo haya acabado, queda una proliferación de prácticas de resistencia y cooperación de baja intensidad que son posibilidades abiertas al futuro.

Aunque desde un cierto punto de vista, las movilizaciones en el sector terciarizado superan formalmente el obrerismo tradicional (sindicalista), reproducen en su proyección práctica la condición proletaria como una especie de sindicalismo social (ciudadanismo). La sociedad capitalista está formada por diferentes fracciones de trabajo improductivo lo que comporta una forma de conciencia ciudadanista y una sumisión al orden capitalista que, a diferencia del pacto social del bienestar posterior a la segunda guerra mundial, depende de la capacidad del capital para garantizar la paz social subvencionada. Y aquí está la clave de las contradicciones del presente y del próximo futuro, ya que este pacto de sumisión de la nueva generación de trabajo precarizado en el terciario “improductivo” se resquebraja día a día como consecuencia de la prolongación de la crisis de acumulación de capital.

Lo importante, por tanto, no es la subjetividad ciudadanista que pueda encarnar las nuevas generaciones sino la posibilidad objetiva de que el capital de satisfacción a esa aspiración de democracia y bienestar, entendidos en los propios términos de la ideología dominante. En esa desviación entre la subjetividad aparente y la realidad subyacente de la quiebra estructural de la sociedad capitalista estriba el inevitable y creciente potencial de conflictividad social. De hecho, esa enorme masa de gente encuadrada en las actividades terciarizadas se revela como un elemento de desestabilización social (por la magnitud del desempleo, por ejemplo), independientemente de su limitada incidencia sobre la estructura del capital. De ahí que la impotencia sea la forma aparente a la hora de enfrentar la quiebra de la relación social del capital (crisis). Pero esa debilidad es al mismo tiempo una oportunidad para ir más allá del capital, más allá de la condición proletaria que, a fin de cuentas, es la identidad inducida por el capital, porque real y prácticamente la mayor parte de la población ya no puede realizarse en el capital como fuerza de trabajo incursa en el régimen asalariado.

Es aquí precisamente, donde se abren nuevas líneas de conflictividad en las sociedades capitalistas desarrolladas que entraña una potencialidad real de expresión de antagonismo contra el capital, en la medida que la confrontación no se establece en torno a la condición asalariada propiamente dicha, dada la imposibilidad de someter y asalariar a toda la población, sino sobre aspectos directamente relacionados con la existencia material inmediata de la gente. Es en ese punto donde estriba el paso de la oposición formal a la oposición real perceptible en forma incipiente en los conflictos (anti Mat, oposición a la alta velocidad, a las infaestructuras….)

III

La autocrítica necesaria de las recientes movilizaciones y, en general, de las expresiones de antagonismo y de conflictividad social hace insoslayable la referencia a la experiencia de las tendencias autónomas del movimiento obrero y a los dispositivos de desactivación social que no son meramente represivos, sino que también tienen que ver con la capacidad de la clase dominante para obtener una base de adhesión mediante la gestión de recursos que a lo que se refiere la paz social subvencionada.

La experiencia de las tendencias autónomas da cuenta de la posibilidad formal y real de autoconstitución de la población sometida frente al capital, es decir, de la superación tendencial de esa relación social manifiesta prácticamente en la conflictividad misma.

Frente a las mediaciones de la relación social del capital que en los países democráticos pretenden desviar la conflictividad por medio de formalismos legales y técnicos, y la intoxicación mediática, la autonomización formal de clase se reclama de la tradición de la acción directa y de la autoorganización de clase que son los principios prácticos propios de asalariado desde los primeros momentos de su constitución como figura histórica antagonista, tal como se explicitara en la Iª Internacional. La reconducción del antagonismo de lo real simbólico hacia lo real práctico, que consiste en la delimitación de un espacio y un quehacer propio frente a las determinaciones del capital y de la economía de mercado, es en general lo que define la acción anticapitalista.

Si algún significado tiene la experiencia de la autonomía obrera es que esa tendencia de autonomización colapsa al capital, rompe la relación social del capital poniendo en el primer plano el antagonismo de clase, al contraponer reivindicaciones surgidas y expresadas desde la clase trabajadora sin consideración alguna hacia las determinaciones de la ideología política de la clase dominante expresada en las categorías económicas dominantes (IPC, situación contable de la empresa, legislación laboral, etc.).

Esa ruptura de las reglas trucadas del juego que son las negociaciones enmarcadas por la legislación dominante y que el sindicalismo acepta como condición previa de toda reivindicación, supone un acto de autonomización formal frente al capital y abre las posibilidades de transformación social en la medida que es la propia dinámica del conflicto –la relación de fuerzas, en fin- la que genera los términos de la negociación y su eventual resolución en función de la capacidad de resistencia (de lucha) del conjunto de trabajadores que intervienen en el conflicto.

Desproveer a las jóvenes generaciones de esa tradición política de lucha fue uno de los objetivos del proceso de despolitización de las décadas pasadas, propiciado por la profesionalización de la representación política y sindical, y por la promoción de la mercancía cultural y el hedonismo de la libertad de consumo (en el estado español, la famosa movida fue un caso ejemplar) como unos instrumentos, entre otros, de la paz social subvencionada.

Ahora bien, los dispositivos de desactivación social hay que entenderlos como medidas de gestión de la población soemtida por parte de la clase dominante en una coyuntura histórica favorable, definida por el cambio hacia la preponderancia de la forma del capital financiero en los países capitalistas, una vez constatados los primeros síntomas de agotamiento del modelo keynesiano del estado del bienestar. Es así como se propaló la ideología del individualismo y la promesa del enriquecimiento personal que caló entre amplias fracciones de la clase trabajadora[[En el caso del estado español, además de la generalización del crédito (vivienda, consumo), esa desproletarización aparente tuvo su base en la expansión de la actividad -y del empleo- gracias a las inversiones extranjeras y a la financiación europea (fondos de cohesión) como compensación de la reestructuración y adaptación a la Unión Europea. Fue en ese contexto que se desarrolló el tinglado socioeconómico de la paz social subvencionada y la organización de un sistema clientelar y de adhesión al sistema de representación estatal, autonómico, municipal.]] hasta su quiebra actual, de la que las movilizaciones de los últimos años son un buen exponente.

IV

Difícilmente entenderemos las contradicciones aparentes y subyacentes en las movilizaciones y reivindicaciones actuales sin tener en cuenta las condiciones prácticas, materiales, en las que se llevan a cabo la producción de la subjetividad que las protagoniza; en qué medida incorpora elementos que reproducen la relación del capital y en qué medida tensiones de ruptura.

La despolitización vino acompañada de una desproletarización aparente, gracias al encuadramiento de una parte considerable de la población en la industria cultural, el cuarto sector (ONG) y las actividades «creativas» de diversa índole. Además, una importante fracción de la clase trabajadora, que se había visto beneficiada por los aumentos salariales de las luchas sindicales del pasado, dio como resultado la disposición de unos ahorros que creó la ficción (burbuja) del llamado capitalismo popular y la emergencia de una supuesta sociedad de clases medias. Los ahorros o excedentes salariales entraron en el mercado inmobiliario (segunda vivienda) en el juego de la bolsa o en los chiringuitos financieros. Y, lo que es mucho más importante, esa forma de ahorro diferido que es la pensión ha pasado a ser pieza fundamental en el mercado financiero mundial en la forma de fondos de pensiones que acaban por repercutir sobre la economía de los países y las propias pensiones (recortes). Es la dramática paradoja que se deriva de la financiarización de la vida.
Además, la facilidad crediticia y el aumento del excedente financiero de las familias e individuos, también hizo posible establecer relaciones de asalariado con fuerza de trabajo inmigrada, especialmente, en el servicio doméstico. De manera que quien ocupa una posición subalterna como asalariado en la función pública o en la empresa privada implanta en su propio ámbito íntimo una relación basada en el valor.

La interiorización del principio de valorización subyace en el comportamiento de quien aun trabajando fuera de casa en condiciones precarias, asalaria para la realización de las labores domésticas a una limpiadora, generalmente inmigrada. Algo tan habitual como esto denota el profundo arraigo de la mentalidad capitalista incluso en quienes ideológicamente se definen anticapitalistas. Pues el fundamento de tal práctica radica en que, al menos hasta ahora, el valor/hora de trabajo de quien desempeña un trabajo asalariado convencional es superior al de quien desarrolla el trabajo doméstico, descualificado, aunque socialmente necesario. La diferencia entre el valor de la hora trabajo de ambos es la renta de ese peculiar capitalista proletario que hace funcionar una parte de su salario como capital. Desde luego, es una anécdota, pero también una práctica demasiado extendida para no ser tenida en cuenta. Y hay que hacerlo no en términos moralistas o individuales, sino como lo que realmente es, una práctica social integrada en el proceso general de reproducción social (de la mercancía fuerza de trabajo).

Sin embargo, todo ese universo de ficción de clases medias emergentese se viene abajo con la realidad de la crisis rampante del capital, del mismo modo que los mecanismos de contención social que, en general, se basaban en la transferencia de plusvalía de las multinacionales españolas internacionalizadas (banca, grandes constructoras, eléctricas, Telefónica, Repsol), la transferencia de fondos europeos y la sobreexplotación de la fuerza de trabajo (aumento de beneficios a través de la precarización del trabajo). Los recursos estatales para continuar con la política de paz social subvencionada son cada vez más escasos y su incidencia sobre el déficit público contribuye a empeorar aún más la situación. Con ello, la estructura clientelar y el consenso construidos en torno al sistema de representación política empieza a resquebrajarse (el 15-M fue un síntoma). Es una situación sin perspectiva de salida. La relativa calma social descansa cada vez menos sobre los beneficios del capital y los presupuestos del estado y más en la sobreexplotación de una fuerza de trabajo cuyo salario empieza a estar por debajo del coste de reproducción y el expolio del patrimonio familiar acumulado[[A finales de 2011, los depósitos en cuentas de ahorro y a la vista de las familias ascendía a algo más de 1,27 Billones de euros. Ese es el telón de fondo y el amortiguador de la ofensiva de la clase dominante que se intensifica en las últimas disposiciones gubernamentales sobre reducciones efectivas de salarios, pensiones, etc. Si bien esa disponibilidad de recursos explica hasta cierto punto la pasividad, no es menos cierto que se erosionan aceleradamente.]]. Eso explica en buena medida la relativa calma social: las familias se hacen cargo de hijos y demás parientes parados o infrapagados, pero también ese recurso se erosiona aceleradamente.

Simultáneamente, aparecen numerosas líneas de fracturas social no perceptibles en el contexto de la movilización de masas espectacularizada, pero cuya existencia es indicativa de los nuevos derroteros de una conflictividad social en la que el antagonismo entre población sometida y capital, una vez que las posibilidades de extracción de plusvalía son cada vez más limitadas, se realiza en torno a la expropiación y valorización del territorio y los recursos de subsistencia (agua, tierras cultivables, minerales). Los conflictos en torno a proyectos delirantes como la línea eléctrica MAT, la alta velocidad, las minas de oro, el fracking, etc., más allá de su dimensión financiera, como medio de transferencia de recursos públicos al capital privado, denotan un antagonismo real e inmediato entre valorización del capital y formas de vida. Sin duda, una forma incipiente de la respuesta a la dominación real del capital en las sociedades capitalistas realmente proletarizadas en las que cada vez un mayor número de individuos no tienen otras posibilidades de realización (de sobrevivir, en fin) que fuera -y en contra- del capital invasivo.

Corsino Vela
septiembre 2013