LA CRISIS ECONÓMICA

El último número de la revista Resquicios (abril 2009) abría así sus primeras páginas:

“No utilizaremos la palabra crisis ni una vez más. Nada confirma tanto el deterioro de la conciencia social a todos los niveles y por todas partes como los deseos explícitos de que el actual bache financiero se convierta en la etapa final del capitalismo.”

Este breve párrafo resume bien los dos aspectos que impulsan hoy el debate sobre la cuestión social en un momento de recesión económica. Por un lado, la ausencia de un verdadero deseo de analizar el contexto donde aparece la crisis, por otro lado, la ingenua esperanza de ver en esta crisis la muerte próxima del sistema capitalista. Parece que, en todo caso, hoy es imposible redactar un texto que trate de cuestiones políticas y económicas sin aludir al término impreciso de “crisis”. Como además queremos responder al debate lanzado por Ekintza, la palabra comodín tendrá que hacer su aparición más a menudo de lo que quisiéramos.

Para perfilar el problema que nos ocupa acudiremos a dos artículos aparecidos hace ya algún tiempo en Francia y en el País Vasco, y que creemos resumen de manera clara y contundente las cuestiones normalmente escamoteadas en los debates sobre la crisis a los que asistimos. El primer texto, “La crisis como momento de la dominación social”, cuyo autor es Juanma Agulles[[Juanma Agulles participa en el grupo Cul de Sac y en la revista del mismo nombre. Es autor del libro Sociologia Estatismo y Dominación social (Brulot 2010)]], apareció en estas misma páginas del Ekintza en el 2010. El segundo artículo apareció en Francia, en la revista Notes & Morceaux Choisis, en el otoño de 2009, de la mano de Matthieu Amiech[[Matthieu Amiech participa en el grupo Oblomof y en el grupo Marcuse, es coautor del libro La cauchemar de Don Quixote, de próxima traducción al castellano.]].
Estos textos, con estilos y perspectivas diversas, coincidían sin embargo en sus líneas generales, viniendo a parar en conclusiones análogas.

Para Juanma Agulles, el problema de la crisis económica apenas había sido rozado por los grupos de la izquierda anti-capitalista, centrados sobre las peores consecuencias de la debacle económica, obsesionados por la sempiterna victimización de la “clase obrera” e, inconscientemente o no, preocupados por reorientar el sistema hacia un modelo donde el Estado retomara el mando sobre la economía, devolviendo la tranquilidad a los sufridos trabajadores y consumidores. En el texto se insistía en la banalidad de un análisis que hacía de la nueva situación un desastre mientras dejaba en el tintero la crítica sin ambigüedades del capitalismo que funciona. Su autor señalaba irónicamente:

“Consolidando, por omisión, la idea de que antes de este pretendido cataclismo había algo parecido a una sociedad en pleno ascenso a la felicidad perpetua.”

Más importante aún, Agulles incidía en el hecho, por otra parte evidente, aunque parece que no para todo el mundo, de que los años previos a la “crisis”, es decir, los años de “bonanza” para muchos empleados y consumidores, no fueron otra cosa que el escenario general y habitual de miseria, explotación, violencia económica y ecológica en todo el planeta.

Por tanto, el momento de derrumbe de sectores enteros de la actividad económica, y la consiguiente debacle de las pequeñas rentas, nada tenía de particular. Todo ello formaba parte de los mecanismos del capitalismo-mundo y su economía de saqueo. Como dice Agulles: “Lo que habría que explicar, más bien, es como pudo darse a nivel del estado español un período de acumulación de plusvalía tan rápido sin ningún tipo de aumento de la productividad.”

Tras explicar los principales factores económicos y financieros que en el período anterior a la crisis contribuyeron a este crecimiento espectacular de las inversiones en el capital inmobiliario y su posterior desmoronamiento, Agulles constataba que, en efecto, una vez acabada esta operación de rápido enriquecimiento de ciertos grupos y empresas, sólo quedaba a las rentas más modestas recoger los deshechos y cargar la deuda sobre sus espaldas. Aquellos que “también apostaron en la ruleta sin querer entender el verdadero papel que tenían asignado en el juego.”

La reflexión de Juanma Agulles nos lleva hacia un necesario desvelamiento. En efecto, ¿en qué tipo de mundo material y productivo vivimos? Los voceros de izquierda y derecha nos aturden con sus análisis y ocultan el verdadero problema que está detrás de esta “crisis”.

Concluía Agulles:

“Al no plantear ninguna duda sobre las bases materiales que hacen posible tanto los períodos de acumulación de plusvalía como las crisis inflacionarias, olvidan recurrentemente el importantísimo papel que, por ejemplo, ha tenido la disponibilidad de petróleo barato en el desarrollo del capitalismo en estos últimos cien años. Por eso omiten mencionar que la desposesión creciente que ha llevado la consolidación de un mundo industrializado, hace muy difícil cualquier propuesta de reapropiación de un aparato productivo que, en muchos aspectos, se encarga también de destruir las bases sociales y ecológicas de las que surge.”

De una forma similar, Matthieu Amiech nos llevaba a considerar la actual crisis económica como el efecto de un movimiento más amplio del modo de funcionamiento capitalista en las últimas décadas: “El sistema capitalista siempre está preso entre dos imperativos, a menudo contradictorios.” Es decir que por un lado tenemos una explotación cada vez “más rentable” y eficaz de los empleados y, por otro lado, la imperiosa necesidad de la empresa capitalista de encontrar compradores para sus mercancías sin fin. Es un equilibrio endiablado que no siempre puede mantenerse y ahí está el ejemplo de la crisis de superproducción del año 29. Dice Amiech: “Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los años setenta, las empresas y los estados occidentales han practicado políticas de salarios altos, a veces masivas, siendo uno de los objetivos esenciales el impedir una nueva crisis general de superproducción al ofrecer a los trabajadores los medios de consumir las mercancías cada vez más numerosas de la gran industria.”

Amiech señala el hecho de que este pacto entre capital, Estado y trabajadores aguantó bien mientras las economías productivas permanecieron en buena medida dentro de los límites nacionales. La famosa deslocalización de la producción llevará a ajustes cada vez más duros para la vida de los trabajadores asalariados (despidos masivos, congelación de salarios, deterioro general de las condiciones de trabajo…) Los créditos para el consumo funcionaron durante mucho tiempo como parches para esas economías domésticas tan amenazadas. Como dice Amiech: “Los Estados Unidos vivían desde hace mucho tiempo sobre una pirámide de consumo que estaba posada sobre su punta (…)” Este sistema estaba condenado a derrumbarse.

Para Amiech, la explosión de la burbuja financiera no anuncia en absoluto los funerales del sistema capitalista. Amiech no niega la “realidad” de la crisis económica, como tampoco lo hace Agulles, sino que como éste, denuncia que la llamada “crisis” sirva para ocultar un problema mucho más esencial:

“En el fondo, la crisis económica en sí misma no agrava ni modera la crisis de civilización que había comenzado ya en los tiempos en que el capitalismo era generoso (en la época en que pagaba bien); es más bien la crisis de civilización la que permite que la crisis del capital no rebase un cierto punto.”

Esta cuestión es fundamental. ¿Qué entiende Amiech por esa “crisis de civilización”? En esencia se trata de la industrialización forzada del planeta: “el gran proceso de desposesión de seres humanos, la guerra de la gran industria contra la autonomía de los individuos y las comunidades (…)”

Estas palabras salen al encuentro de las de Juanma Agulles en su artículo de Ekintza:

“La división del trabajo ha hecho imposible siquiera pensar en satisfacer nuestras necesidades de otra forma que mediante el trabajo asalariado y el consumo. El desarrollismo depredador de los países más industrializados ha hecho desaparecer cualquier forma de comunidad autoregulada capaz de oponer resistencia al proceso modernizador.”

Al igual que Agulles, Amiech critica duramente a los sectores izquierdistas y anti-capitalistas que se han consagrado a su ataque rutinario a banqueros, financiero, políticos, etc. Victimizando en masa a la población empleada, como si los individuos de esta sociedad, trabajadores y consumidores, no tuvieran ninguna responsabilidad en este estado de cosas.

Amiech lamenta el hecho de que miles de trabajadores, parados y militantes se lanzaran a la calle para defender su “poder adquisitivo” y para “defender el empleo”… reacción típica de una población educada durante décadas en el modelo de vida diseñado por el capitalismo industrial.

Añade Amiech: “Más que nunca, lo que realmente reclama la izquierda y la extrema izquierda, a voz en grito, es un capitalismo que funcione (al fin) bien”

En fin, el diálogo cómplice entre los artículos de Agulles y Amiech nos podría llevar muy lejos en nuestras reflexiones. Basten por ahora los comentarios y fragmentos elegidos para dar una idea de por donde, a nuestro juicio, debería conducirse esta necesaria discusión sobre la crisis del momento actual.

Para no extendernos interminablemente, intentaremos completar estos análisis con algunas conclusiones que no pretenden ser tajantes.

El problema es ver hoy como, en efecto, los esquemas de la izquierda y la derecha están ambos conformados, y deformados, por dos siglos de industrialismo y fervor económico. En primer lugar, ya no existe un ideal que pueda orientar a las personas y grupos en la búsqueda de un horizonte que no sea el programado por este sistema y su “sociedad del bienestar”. Y por sociedad de bienestar no entendemos simplemente los frágiles mecanismos de protección social que proveen los Estados sino que hablamos de todo el conjunto de medios para satisfacer necesidades y crear otras nuevas. Siguiendo la vía reflexiva abierta por Ivan Illich, advertimos que los individuos, en nuestra sociedad del desarrollo, han sido reducidos a meros clientes, y todos sus deseos y costumbres se han convertido en el objeto maleable de servicios mercantilizados. Se nos habla de “recortes” pero se olvida el hecho mucho más grave de la dependencia que tiene cualquier persona con respecto a la maquinaria estatal-industrial cuando quiere alimentarse, mantener sus salud, aprender cosas útiles, desplazarse, beber agua potable… ¿Cómo encontrar el hilo de Ariadna que nos saque del laberinto de quejas y lamentos, de nostalgias por el “Estado social”, y nos conduzca a la raíz del problema?

Desde hace más de dos siglos que se desató la economía industrializada comenzó una gran guerra lanzada contra las formas de vida de infinidad de comunidades. No queremos decir que antes de la industrialización dichas comunidades fueran más “felices” o tuvieran una mayor “libertad política” No entraremos aquí en este tipo de discusión. Lo que nos importa ahora es ver como estas comunidades estaban más cerca de una autonomía material: todavía no habían sido redefinidos como sociedades pobres por los dictámenes de un mercado mundial de necesidades y servicios.

Como lo señalaba José Manuel Naredo en una entrevista hace unos años:

“Pero lo que fue nefasto es la generalización al mundo entero de una sola idea de los modos de vida. Y esto sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. De golpe, millones de gente en todas partes del mundo pasaron a sentirse pobres –y hoy están fuertemente pauperizados- mientras que antes, en toda la historia de la humanidad, habían vivido dignamente, en relación con los recursos locales de los que disponían y con las limitaciones que implicaba vivir en su ámbito. Todo dependía de las condiciones de un territorio concreto y de los recursos locales y cada cual utilizaba esos recursos locales, desde la arquitectura vernácula hasta la alimentación y las vestimentas.”[[“Abrir la “caja negra” del sistema económico para mostrar los flujos ocultos.” En Ecología Política.]]

El proyecto de una sociedad liberal-capitalista como la que padecemos no es llevar a los pobres a un abismo de destrucción, aunque en muchos casos éste sea el resultado, sino crear un sistema cada vez más perfeccionado de producción y consumo que pueda integrar a todas las poblaciones sin excepción[[Esta integración de las poblaciones no puede pasar por alto la integración forzosa y forzada de las poblaciones inmigrantes. ¿Cómo olvidar además la función jugada por la maltratada población inmigrante en el “despegue” de la economía española en los últimos años? Uno de los libros de Eduardo Romero, Un deseo apasionado de trabajo más barato y servicial. Migraciones, fronteras y capitalismo, Cambalache 2010, ha puesto los puntos sobre las íes en ese aspecto. Citamos: “La importancia que tanto la Unión Europea como el Estado español otorgan a la movilidad –desesperados por la escasez de fuerza de trabajo en Europa- y el estratégico papel que ha jugado la inmigración en la multiplicación del trabajo barato nos deben poner en guardia respecto a visiones idealizadas del éxodo y del movimiento. (…) En la actualidad, convendría relacionar la migración forzada de la población extranjera hacia el Estado español con el culto a la movilidad como sinónimo de mayores cotas de libertad para la población autóctona, que debe sentirse satisfecha de tener que estudiar a ciento de kilómetros de su casa o trabajar a miles de kilómetros de su familia, y que debe viajar por el planeta al menos una vez al año.”]]. Este sistema deberá estar formado por masas disciplinadas en la cultura de servicios: serán clientes dóciles, educados en la propaganda omnipresente.

Este proyecto se parece mucho a las distopías hedonistas mostradas en algunas obras literarias del siglo XX. En un ambiente de adaptación continua al medio artificializado, los individuos van abandonando su capacidad de decisión, su autonomía en el gusto y en el disgusto, y se amoldan a vivir en un sistema que les procura todo mientras les priva del riesgo de ser verdaderamente libres.

Desde finales de la Segunda Guerra Mundial este es el rumbo que han emprendido las sociedades occidentales y que quieren imponer al resto del planeta. Ahora bien, la realidad social y geográfica es esquiva. La motivación profunda del sistema capitalista, el máximo beneficio y la extensión a todos del “bienestar”, se tiene que imponer a la fuerza. Esto no se puede hacer de la noche a la mañana. Se domina y somete a las poblaciones para inculcarlas una idea pero como el cielo del capitalismo parece todavía inalcanzable para muchas de esas poblaciones, esta dominación tiene que recurrir a menudo al terror y al genocidio. El proyecto de felicidad material para todos se torna en quimera, como lo era el paraíso comunista, y muchos desgraciadamente tienen que morir y ser aplastados en sacrificio de esta quimera. Así se da la paradoja de que comunidades que antaño eran “pobres” pero autónomas, hoy sólo tienen la pobreza sin autonomía que es igual a miseria absoluta.

La otra paradoja destructiva de nuestro sistema es que su proyecto edénico choca igualmente con las exigencias ecológicas del planeta. Se da la coincidencia fatal de que las guerras contra las economías pobres y autosuficientes concluyen en una guerra total contra el entorno físico que habitan pobres y ricos, aunque sean los primeros los más afectados por este proceso. Los males se multiplican a medida que esta guerra insensata avanza. ¿Hasta cuándo?

Una de las ironías más crueles del momento de la “crisis” es que ésta sirve para la revalorización en masa del proyecto de la sociedad de bienestar. Si en momentos de “bonanza” hay sectores de la población que de una forma u otra pueden deslizarse hacia el escepticismo en todo lo que concierne el bienestar material que les vende el Estado y el mercado capitalista, por el contrario el momento de contracción o declive como el que vivimos sirve eficazmente para recordar a todo el mundo que ninguna salvación puede haber fuera del edén industrial. Por eso la crisis, sobre todo en el caso español, donde la conciencia sobre los problemas ecológicos es muy débil, borra cualquier coqueteo con la inquietud por los límites físicos y por los efectos devastadores del consumo. En estos tiempo el egoísmo y la indolencia se rearman, los desempleados pobres se sienten mucho más alienados de su responsabilidad con respecto a la naturaleza y sólo les preocupa su supervivencia diaria, en las condiciones que sean. Los burócratas de todas las esferas pueden frotarse las manos: el parado indignado que, móvil y cámara digital en mano, vocifera en la manifestación contra cualquier tipo de “recorte” pasa a ser el primer publicista del régimen del capital.

Sólo en las “periferias”, como en Nigeria, en Oaxaca, etc. el nuevo orden económico puede encontrarse con resistencias demasiado tercas.

El proyecto utópico del capitalismo industrial choca hoy contra esos dos límites, por un lado, el problema de cómo gestionar y manipular con habilidad las poblaciones más o menos descontentas, más o menos industrializadas, por otro, como frenar el desastre ecológico e integrarlo en los mecanismos de regulación de la economía.

Esos son los problemas del proyecto capitalista pero… ¿Cuáles son nuestros problemas? Hacer visible esta agonía. Mostrar que no hay solución dentro del capitalismo-mundo y su sistema industrial.

Queda pues un largo camino.

José Ardillo