Estoy en deuda con David Graeber

¿Por qué nos es más fácil pedir ayuda, consejo y apoyo a una amiga que pedirle dinero? ¿Por qué razón podemos telefonear en un estado de estrés emocional a alguien querido y vomitarle todos nuestros miedos, pero nos cuesta horrores pedirle prestado unos cientos de euros a la misma persona? ¿Por qué consideramos los cuidados algo de menor valor que el dinero? ¿Por qué no consideramos, realmente, estar en deuda con alguien cuando nos han apoyado a lo largo de una larga amistad, pero sí cuando nos prestan unos cuantos billetes para pagar el alquiler o llegar a fin de mes? ¿Por qué a la misma persona a la que hemos tenido trasnochando junto a nosotras en la sala de urgencias de un hospital no le dejamos invitarnos a una cena, un concierto o un viaje que nosotras no nos podemos permitir? Cuanto más tiempo pasa en devolver ese dinero, ¿peor nos sentimos? ¿Cuánta presión social soportamos? ¿Qué cosas podemos pedir a nuestras amigas y qué cosas no? ¿Cuáles ponen en riesgo nuestras relaciones afectivas? Insisto, ¿por qué consideramos los cuidados algo de menor valor que el dinero?

Resulta que hasta las relaciones interpersonales más íntimas, longevas y bien enraizadas, pasan por un código económico de lo cuantificable. Los cuidados y el apoyo mutuo no son cuantificables, por lo tanto no generan una presión exacta de lo que debemos devolver a la persona que lo comparte con nosotras. En cambio, el dinero es cuantificable y genera una idea exacta de lo que nos han aportado. A eso, añadámosle nuestra cultura judeo-cristiana y 250 años de revolución (?) industrial y tendremos la idea exacta de cómo la idea económica actual nos atraviesa y, también, de cómo atraviesa nuestras relaciones.

Todo esto y bastante más, me lo planteé gracias a David Graeber.

Uno de los grandes antropólogos de su generación e, independientemente del poco respeto que tengo por la academia, uno de los grandes pensadores anarquistas contemporáneos y con repercusión global que, siendo honestas, tampoco es que tengamos tantas, últimamente.

Hijo de un brigadista internacional en la guerra civil y de una madre miembro del Sindicato Internacional de Trabajadores de la Confección, suponemos que les hizo sentirse orgullosas. Cara visible del movimiento Occupy Wall Street, siendo ya una figura académica, fue despedido de la universidad de Yale y no consiguió que ninguna otra universidad estadounidense le contratara. Acabó en la LSU de Londres. Pionero en la defensa y divulgación del proceso de Rojava, sus libros son fáciles de encontrar en diferentes idiomas y muchos de sus ensayos están traducidos, maquetados y listos para ser imprimidos en fanzines y distribuidos por todas partes. La muerte le pilló de manera repentina e inesperada, su muerte nos pilló de manera repentina e inesperada. Murió en Venecia a los 59 años.

Sé que David Graeber odiaría el título de este pequeño homenaje póstumo y tendría razón. Pero desde esta terminología económica heredada a través de la cual nos comunicamos, no se me ocurre ninguna otra manera de expresar mi relación con él, con sus escritos. Supongo que puedo añadir que estoy en deuda de la manera más bonita posible.

Y también, que nunca, de ningún modo, bajo ningún concepto, pienso pagar esa deuda.

Eso le gustaría más.

Que la tierra te sea leve, compañero.

De la experiencia de la confusión moral

DEUDA

sust. 1. Suma total que se debe. 2. Condición de deber dinero. 3. Sentimiento de gratitud por un favor o servicio.

(Diccionario de Oxford de la lengua inglesa)

«Si debes cien mil dólares al banco, el banco te posee. Si debes cien millones, tú posees el banco»

Proverbio estadounidense

Hace dos años, por una serie de extraordinarias coincidencias, asistí a una fiesta en el jardín de la Abadía de Westminster. Me sentía un poco incómodo. No es que los demás invitados no fueran agradables y amistosos, ni que el padre Graeme, organizador del acontecimiento, no fuera un anfitrión encantador y amable. Pero me encontraba fuera de lugar. En cierto momento el padre Graeme intervino para decirme que había alguien, cerca de una fuente cercana, a quien me gustaría conocer. Resultó ser una joven abogada, «pero del tipo activista. Trabaja para una fundación que proporciona apoyo legal para los grupos que luchan contra la pobreza en Londres. Creo que tendrán ustedes mucho de que hablar».Y conversamos. Me habló de su trabajo. Le conté que durante años había estado implicado en el movimiento global por la justicia social («movimiento antiglobalización», como estaba de moda llamarlo en los medios de comunicación). Ella sentía curiosidad. Por supuesto, había leído mucho acerca de Seattle, Génova, los gases lacrimógenos y las batallas callejeras, pero… bueno, ¿habíamos conseguido algo con todo eso?

«En realidad», repliqué, «es asombroso todo lo que conseguimos en aquellos dos primeros años». «¿Por ejemplo?». «Bueno, por ejemplo casi conseguimos destruir el FMI». Resultó que ella desconocía lo que era el FMI, de modo que le expliqué que el Fondo Monetario Internacional actuaba básicamente como el ejecutor de la deuda mundial: «Se puede decir que es el equivalente, en las altas finanzas, a los tipos que vienen a romperte las dos piernas». Me lancé a ofrecerle un contexto histórico, explicándole cómo, durante la crisis del petróleo de los 70, los países de la OPEP acabaron colocando una parte tan grande de sus recién descubiertas ganancias en los bancos occidentales que estos no sabían en qué invertir el dinero; de cómo, por tanto, Citibank y Chase comenzaron a enviar agentes por todo el mundo para convencer a dictadores y políticos del Tercer Mundo de acceder a préstamos (en aquella época lo llamaban go-go banking); cómo estos préstamos comenzaron a tipos de interés extraordinariamente bajos solo para dispararse casi inmediatamente a tipos de más del 20 por ciento por las estrictas políticas de EEUU a principios de los 80; cómo esto llevó, durante los años 80 y 90, a la gran deuda de los países del Tercer Mundo; cómo apareció entonces el FMI para insistir en que, a fin de obtener refinanciación de la deuda, los países pobres deberían abandonar las subvenciones a los alimentos básicos, o incluso sus políticas de mantener reservas de alimentos; así como la sanidad y la educación gratuitas; y cómo todo esto había llevado al colapso y abandono de algunas de las poblaciones más desfavorecidas y vulnerables del planeta. Hablé de pobreza, del saqueo de los recursos públicos, del colapso de las sociedades, de violencia y desnutrición endémicas, de falta de esperanzas y de vidas rotas. «Pero ¿cuál era tu posición?», preguntó la abogada. «¿Acerca del FMI? Queríamos abolirlo». «No, acerca de la deuda del Tercer Mundo». «También la queríamos abolir. La exigencia inmediata era que el FMI dejara de imponer políticas de ajuste estructural, que eran las que causaban el daño inmediato, pero resultó que lo conseguimos sorprendentemente rápido. El objetivo a largo plazo era la condonación. Algo al estilo del Jubileo bíblico1.

Por lo que a nosotros concernía, treinta años de dinero fluyendo de los países más pobres a los ricos era más que suficiente». «Pero», objetó ella, como si fuera lo más evidente del mundo, «¡habían pedido prestado el dinero! Uno debe pagar sus deudas». Fue entonces cuando me di cuenta de que esta iba a ser una conversación muy diferente de la que había imaginado al principio.

¿Por dónde comenzar? Podría haber comenzado explicando que estos préstamos los habían tomado dictadores no elegidos que habían puesto la mayor parte del dinero en sus bancos suizos, y pedirle que contemplara la injusticia que suponía insistir en que los préstamos se pagaran no por el dictador, o incluso sus compinches, sino directamente sacando la comida de las bocas de niños hambrientos. O que me dijera cuántos de esos países ya habían devuelto dos o tres veces la cantidad que les habían prestado, pero que por ese milagro de los intereses compuestos no habían conseguido siquiera reducir significativamente su deuda. Podría también decirle que había una diferencia entre refinanciar préstamos y exigir, para tal refinanciación, que los países tengan que seguir ciertas reglas del más ortodoxo mercado diseñadas en Zúrich o en Washington por personas que los ciudadanos de aquellos países no habían escogido ni lo harían nunca, y que era deshonesto pedir que los países adopten un sistema democrático para impedir que, salga quien salga elegido, tenga control sobre la política económica de su país. O que las políticas impuestas por el FMI no funcionaban. Pero había un problema aún más básico: la asunción de que las deudas se han de pagar. En realidad, lo más notorio de la frase «uno ha de pagar sus deudas» es que, incluso de acuerdo a la teoría económica estándar, es mentira. Se supone que quien presta acepta un cierto grado de riesgo. Si todos los préstamos, incluso los más estúpidos, se tuvieran que cobrar (por ejemplo, si no hubiera leyes de bancarrota) los resultados serían desastrosos.

¿Por qué razón deberían abstenerse los prestamistas de hacer un préstamo estúpido? «Bueno, sé que eso parece de sentido común, pero lo curioso es que, en términos económicos, no es así como se supone que funcionan los préstamos. Se supone que las instituciones financieras son maneras de redirigir recursos hacia inversiones provechosas. Si un banco siempre tuviera garantizada la devolución de su dinero más intereses, sin importar lo que hiciera, el sistema no funcionaría. Imagina que yo entrara en la sucursal más próxima del Banco Real de Escocia y les dijera: «Sabéis, me han dado un buen soplo para las carreras. ¿Creéis que me podríais prestar un par de millones de libras?». Evidentemente se reirían de mí. Pero eso es porque saben que si mi caballo no gana no tendrían manera de recuperar su dinero. Pero imagina que hubiera alguna ley que les garantizara recuperar su dinero sin importar qué pasara, incluso si ello significara, no sé, vender a mi hija como esclava o mis órganos para trasplantes. Bueno, en tal caso, ¿por qué no? ¿Para qué molestarse en esperar que aparezca alguien con un plan viable para fundar una lavandería o algo similar? Básicamente ésa es la situación que creó el FMI a escala mundial, y es la razón de que todos esos bancos estuvieran deseosos de prestar miles de millones de dólares a esos criminales, en primer lugar».

No llegué mucho más lejos porque en ese momento apareció un banquero borracho que, tras darse cuenta de que hablábamos de dinero, comenzó a contar chistes acerca del riesgo moral, que de alguna manera no tardaron en convertirse en una historia larga y no especialmente interesante acerca una de sus conquistas sexuales. Me alejé del grupo. Sin embargo, la frase siguió resonando en mi cabeza durante varios días. «Uno debe pagar sus deudas».

La razón por la que es tan poderosa es que no se trata de una declaración económica: es una declaración moral. Al fin y al cabo, ¿no trata la moral, esencialmente, de pagar las propias deudas? Dar a la gente lo que le toca. Aceptar las propias responsabilidades. Cumplir con las obligaciones con respecto a los demás como esperaríamos que los demás las cumplieran hacia nosotros. ¿Qué mejor ejemplo de eludir las propias responsabilidades que renegar de una promesa, o rehusar pagar una deuda? Me di cuenta de que era esa aparente evidencia la que la hacía tan insidiosa. Era el tipo de frase que hacía parecer blandas y poco importantes cosas terribles. Puede sonar fuerte, pero es difícil no albergar sentimientos intensos hacia asuntos como estos cuando uno ha comprobado sus efectos secundarios. Y yo lo había hecho. Durante casi dos años viví en las tierras altas de Madagascar. Poco antes de que yo llegara había habido un brote de malaria. Se trataba de un estallido especialmente virulento, porque muchos años atrás la malaria se había erradicado de las tierras altas de Madagascar, de modo que, tras un par de generaciones, la gente había perdido su inmunidad. El problema era que costaba dinero mantener el programa de erradicación del mosquito, pues exigía pruebas periódicas para comprobar que el mosquito no comenzaba a reproducirse de nuevo, así como campañas de fumigación si se descubría que lo hacía. No mucho dinero, pero debido a los programas de austeridad impuestos por el FMI, el gobierno había tenido que recortar el programa de monitorización. Murieron diez mil personas. Me encontré con madres llorando por la muerte de sus hijos. Uno puede pensar que es difícil argumentar que la pérdida de diez mil vidas humanas está realmente justificada para asegurarse de que Citibank no tuviera pérdidas por un préstamo irresponsable que, de todas maneras, ni siquiera era importante en su balance final. Pero he aquí a una mujer perfectamente decente, una mujer que trabajaba en una fundación caritativa, nada menos, que pensaba que era evidente. Al fin y al cabo, debían el dinero, y uno ha de pagar sus deudas.

* * *

Durante las semanas siguientes la frase seguía acudiendo a mi pensamiento. ¿Por qué la deuda? ¿Qué hace que este concepto sea tan extraordinariamente poderoso? La deuda de los consumidores es la sangre de nuestra economía. Todos los estados-nación modernos están construidos sobre la base del gasto deficitario. La deuda se ha erigido en tema central de la política internacional. Pero nadie parece saber exactamente qué es ni qué pensar de ella.

El mismo hecho de que no sepamos qué es la deuda, la propia flexibilidad del concepto, es la base de su poder. Si algo enseña la historia, es que no hay mejor manera de justificar relaciones basadas en la violencia, para hacerlas parecer éticas, que darles un nuevo marco en el lenguaje de la deuda, sobre todo porque inmediatamente hace parecer que es la víctima la que ha hecho algo mal. Los mafiosos comprenden perfectamente esto. También los comandantes de los ejércitos invasores. Durante miles de años los violentos han sabido convencer a sus víctimas de que les deben algo. Como mínimo, que «les deben sus vidas», una frase hecha, por no haberlos matado. Hoy en día, por ejemplo, la agresión militar está tipificada como crimen contra la humanidad, y los tribunales internacionales, cuando se los convoca, suelen exigir a los agresores el pago de una compensación. Alemania tuvo que pagar enormes indemnizaciones tras la Primera Guerra Mundial, e Irak aún está pagando a Kuwait por la invasión militar de Saddam Hussein en 1990. Sin embargo, la deuda del Tercer Mundo, la de países como Madagascar, Bolivia y Filipinas, parece funcionar de manera exactamente opuesta. Los países deudores del Tercer Mundo son casi exclusivamente naciones que en algún momento fueron atacadas y conquistadas por las potencias europeas, a menudo las potencias a las que deben el dinero. En 1895, por ejemplo, Francia invadió Madagascar, depuso el gobierno de la entonces reina Ranavalona III y declaró el país colonia francesa. Una de las primeras cosas que hizo el general Gallieni tras la «pacificación», como les gustaba llamarla, fue imponer pesados impuestos a la población malgache, en parte para poder pagar los gastos generados por haber sido invadidos, pero también,dado que las colonias tenían que ser autosuficientes, para sufragar los costes de la construcción de vías férreas, carreteras, puentes, plantaciones y demás infraestructuras que el régimen francés deseaba construir. A los contribuyentes malgaches nunca se les preguntó si querían aquellas vías férreas, carreteras, puentes, y plantaciones, ni se les permitió opinar acerca de cómo y dónde se construían.2

Al contrario: durante el siguiente medio siglo, la policía y el ejército francés masacraron a un buen número de malgaches que se opusieron con demasiada fuerza al acuerdo (más de medio millón, según algunos informes, durante una revuelta en 1947). Madagascar nunca ha causado un daño comparable a Francia. Pese a ello, desde el principio se dijo a los malgaches que debían dinero a Francia, y hasta hoy en día se mantiene a los malgaches en deuda con Francia, y el resto del mundo acepta este acuerdo como algo justo. Cuando la «comunidad internacional» percibe algún problema moral es cuando el gobierno de Madagascar se muestra lento en el pago de sus deudas. Pero la deuda no es solo la justicia del vencedor; puede ser también una manera de castigar a ganadores que no se suponía que debieran ganar. El ejemplo más espectacular de esto es la historia de la Repúblicade Haití, el primer país pobre al que se colocó en un estado de esclavitud mediante deuda. Haití era una nación fundada por antiguos esclavos de plantaciones que cometieron la temeridad no solo de rebelarse, entre grandes declaraciones de derechos y libertades individuales, sino también de derrotar a los ejércitos que Napoleón envió para devolverlos a la esclavitud. Francia clamó de inmediato que la nueva república le debía 150 millones de francos en daños por las plantaciones expropiadas, así como los gastos de las fallidas expediciones militares, y todas las demás naciones, incluido Estados Unidos, acordaron imponer un embargo al país hasta que pagase la deuda. La suma era deliberadamente imposible (equivalente a unos 18.000 millones de dólares actuales) y el posterior embargo consiguió que el nombre de Haití se convirtiera en sinónimo de deuda, pobreza y miseria humana desde entonces.3

A veces, sin embargo, la deuda parece significar exactamente lo opuesto. Comenzando en la década de 1980, Estados Unidos, que insistió en los estrictos términos para el pago de la deuda del Tercer Mundo, acumuló deudas que dejaban en ridículo a las del Tercer Mundo sumadas, debidas sobre todo a gastos militares. La deuda exterior estadounidense, sin embargo, toma la forma de bonos del tesoro en poder de inversores institucionales en países (Alemania, Japón, Corea del Sur,Taiwán, Tailandia, los países del Golfo) que son, muchas veces, de facto, protectorados estadounidenses, cubiertos de bases militares estadounidenses llenas de armas y equipamiento pagados con ese mismo gasto deficitario. Esto ha cambiado un poco ahora que China ha entrado en el juego (China es un caso especial, por razones que se explicarán más tarde), pero no demasiado: incluso China se da cuenta de que, al poseer tantos bonos del tesoro estadounidenses, se ha puesto a merced de los intereses de Estados Unidos, y no al revés. Así pues, ¿cuál es el estatus de todo este dinero continuamente inyectado en el tesoro estadounidense? ¿Se trata de préstamos? ¿De tributos? En el pasado, a las potencias militares capaces de mantener bases fuera de su territorio nacional se las solía llamar «imperios», y los imperios solían exigir regularmente tributos a los pueblos sujetos. El gobierno estadounidense, por supuesto, insiste en que no es un imperio, aunque uno puede fácilmente argumentar que la única razón por la que insiste en tratar estos pagos de «préstamos» y no de «tributos» es precisamente negar lo que está pasando. Lo cierto es que, a lo largo de la historia, a ciertos tipos de deuda, y a ciertos tipos de deudor, se los ha tratado de manera diferente que a otros. En la década de 1720, una de las cosas que más escandalizaron a los británicos, cuando se hicieron públicas en la prensa las condiciones de vida en las cárceles de deudores, fue el hecho de que estas cárceles solían estar divididas en dos secciones. Los internos aristocráticos, que vivían su corta estancia en las cárceles de Fleet o Marshalsea como algo snob, tenían criados con librea, bebían vino y recibían visitas habituales de prostitutas. En la «zona de los comunes», los empobrecidos deudores estaban encadenados, apiñados en diminutas celdas, «cubiertos de mugre y alimañas», como rezaba un informe, «y morían, sin que nadie se apiadase, de hambre y tifus».4

En cierta manera se puede contemplar la situación económica del mundo actual como una versión a mayor escala de lo mismo: en este caso, EEUU sería el deudor de lujo y Madagascar el deudor pobre muriendo de inanición en la celda de al lado, mientras los criados del deudor de lujo le aseguran que sus problemas se deben a su propia irresponsabilidad. Y hay algo más fundamental en juego aquí, una cuestión incluso filosófica que haríamos bien en considerar. ¿Qué diferencia hay entre un gánster que desenfunda un arma y te exige mil dólares como «protección» y el mismo gánster desenfundando un arma y exigiendo que le des un «préstamo» de mil dólares? Como es obvio, en gran manera, ninguna. Pero en cierta manera hay una diferencia.

Como en el caso de la deuda estadounidense con Corea o Japón, si el equilibrio de poder cambiará en algún momento; si Estados Unidos perdiera su supremacía militar; si el gánster perdiera a sus esbirros, su «préstamo» podría comenzar a tratarse de manera muy diferente. Podría convertirse en una auténtica responsabilidad. Pero el elemento crucial parecería seguir siendo el arma. Para conseguir gobernar incluso un régimen basado en la violencia, se necesita establecer algún tipo de reglamento. Estas reglas pueden ser completamente arbitrarias. En cierta manera, ni siquiera importa lo que son. Al menos, ni siquiera importa al principio. El problema es que, en cuanto uno comienza a hablar de las cosas en términos de deuda, la gente comienza inevitablemente a preguntarse quién debe realmente qué a quién.

Ha habido discusiones en torno a la deuda desde hace al menos cinco mil años. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad —al menos, de la historia de los imperios y los estados— se ha dicho a la mayoría de los seres humanos que eran deudores.5

Los historiadores, y sobre todo los especializados en historia de las ideas, se han mostrado extrañamente reacios a analizar las consecuencias humanas; sobre todo teniendo en cuenta que esta situación, más que ninguna otra, ha causado continuos ultrajes y resentimientos. Si le dices a la gente que es inferior, raro será que le guste, pero sorprendentemente esto no suele llevar a una revuelta armada. Diles que son potencialmente iguales pero que ellos han fracasado, y que incluso lo que tienen no les pertenece, que no es suyo en justicia, y así seguro que lograrás soliviantarlos. Esto es lo que la historia parece estar enseñándonos. Durante miles de años, la lucha entre ricos y pobres ha tomado en gran parte forma de conflictos entre acreedores y deudores, de discusiones acerca de las ventajas e inconvenientes del pago de intereses, de la servidumbre por deudas, condonaciones, restituciones, recuperaciones, confiscación de ganado, apropiaciones de viñedos y venta de los hijos del deudor como esclavos. Por la misma razón, durante los últimos cinco mil años, y con una regularidad notable, las insurrecciones populares han comenzado de la misma manera: con la destrucción ritual de los registros de deudas (tablillas, papiros, libros, cualquier forma que tomaran en las diferentes épocas y lugares). Tras ello, los rebeldes solían ir a por los registros de posesión de tierras y los cálculos tributarios. Como el gran clasicista Moses Finley solía decir, todos los movimientos revolucionarios de la Antigüedad tenían un mismo programa: «Cancelar las deudas y redistribuir la tierra».

***

¿Qué significa exactamente decir que nuestro sentido de la moral y la justicia se reduce al lenguaje de un contrato económico? ¿Qué significa que reducimos nuestras obligaciones morales a deudas? ¿Qué cambia cuando unas se convierten en las otras? ¿Y cómo hablar acerca de ellas cuando nuestro lenguaje está tan modelado por el mercado?

La manera en que la violencia, o la amenaza de violencia, convierte las relaciones humanas en matemáticas surgirá una y otra vez en las páginas de este libro. Es la fuente definitiva de confusión moral que parece flotar sobre todo lo que rodea a la deuda. Los dilemas resultantes parecen tan viejos como la propia civilización. Podemos observar el proceso en los más tempranos registros de la antigua Mesopotamia; halla su primera expresión filosófica en los Vedas; reaparece en interminables formas a lo largo de la historia, y yace bajo el tejido básico de las instituciones actuales: Estado y mercado, nuestras concepciones más básicas de la naturaleza de la libertad, la moralidad, lo social, todo ello moldeado por una historia de guerras, conquistas y esclavitud en maneras que ya no somos capaces siquiera de concebir porque ya nosomos capaces de imaginar las cosas de otra manera.

Este libro es, pues, una historia de la deuda, pero emplea también esa historia para preguntarse cuestiones fundamentales acerca de cómo son o cómo podrían ser el ser humano y la sociedad, qué debemos a los demás y qué significa realmente esa pregunta. Como resultado, el libro comienza con un intento de desinflar algunos mitos (no solo el mito del trueque, que se trata en el primer capítulo, sino también mitos rivales acerca de deudas primordiales con los dioses o con el Estado) que de una manera u otra forman la espina dorsal de nuestras concepciones acerca de la naturaleza de la economía y de la sociedad. Desde ese punto de vista de sentido común, Estado y mercado se erigen sobre todo lo demás como principios diametralmente opuestos. La realidad histórica revela, sin embargo, que nacieron juntos y siempre se han encontrado entrelazados. Lo que todas estas concepciones fallidas tienen en común, como veremos, es que tienden a reducir todas las relaciones humanas a intercambios, como si nuestros lazos con la sociedad, e incluso con el cosmos, se pudieran imaginar en los mismos términos que un contrato.

Texto extraído del libro En deuda. Una historia alternativa de la economía. David Graeber.  Ed. Ariel (2014)

NOTAS:

1. En la tradición hebrea, cada cincuenta años se celebraba el Jubileo, un año de celebraciones religiosas en el que todas las deudas quedaban automáticamente saldadas. Esto modificaba radicalmente toda compra, puesto que se entendía que ninguna adquisición era para siempre, sino que quedaba cancelada en el siguiente Jubileo.

2. Con el predecible resultado de que, en realidad, no se construyeron para facilitar los movimientos del pueblo malgache en su propio país, sino para transportar productos de las plantaciones a los puertos, a fin de obtener divisas del extranjero con las que pagar los edificios y carreteras.

3. Estados Unidos, por ejemplo, solo reconoció la República de Haití en 1860. Francia insistió obstinadamente en su demanda y finalmente se obligó a la República de Haití a pagar el equivalente a 21.000 millones de dólares entre 1925 y 1946. Durante la mayor parte de ese tiempo estuvo ocupada por el ejército de EEUU.

4. Hallam, 1866, V: 269-270. Como al gobierno no le parecía apropiado pagar el mantenimiento de los prisioneros, se esperaba que estos corriesen con todos los gastos de su estancia en prisión. Si no podían, sencillamente morían de hambre.

5. Si consideramos la responsabilidad de pagar impuestos como una deuda, se trata de la abrumadora mayoría. En cualquier caso, ambos conceptos van íntimamente ligados, dado que la necesidad de juntar el dinero para pagar los impuestos ha sido la causa más frecuente de endeudamiento.

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