Trabajo y cambio climático

[Texto originalmente publicado en el suplemento «Apuntes de Clase» de La Marea1.]

Iberdrola anuncia el cierre de sus dos últimas centrales térmicas en Asturias y Palencia. CCOO y UGT hablan de la pérdida de empleos, de agonía económica en la región, de una «demagogia excesiva contra el carbón». Los grupos ecologistas lo celebran y piden más pasos en esta dirección, comentando que sólo la planta de Lada, la de Asturias, genera el 20% de las emisiones de centrales térmicas en la región. Viendo esto se podría pensar que existe una contradicción insalvable entre el ecologismo y el sindicalismo en ciertos sectores económicos. Si así lo parece se debe a que hace ya unas cuantas décadas perdimos una batalla importantísima.

No demos rodeos: es verdad que elegir entre mantener tu puesto de trabajo o cerrar una central térmica enormemente contaminante es una elección complicada. Imposible. Absurda. De hecho, y aquí está parte del problema, la gran victoria política del capitalismo en las últimas décadas ha consistido en trasladar el eje del debate ecologista a una dimensión personal, sectorial en el mejor de los casos. Todos somos más o menos responsables de la cuestión ecológica, como «ciudadanos del mundo», y por lo tanto todos debemos sacrificarnos. Aquí, como pasa tantas veces, hay un grano de verdad oculto en un campo de mentiras. Es cierto que vamos a tener que cambiar de manera profunda la manera en la que vivimos, y que eso atravesará nuestros hábitos y preferencias personales. Pero es todavía más cierto que la responsabilidad ecológica hoy en día no recae en todo el mundo por igual. La diferencia es tan enorme que como explica Connor Kilpatrick2 en la década de los 70 los asesores de grandes grupos empresariales comentaban alarmados que la cuestión medioambiental podía «convertirse en la base para un ataque general contra todo el sistema industrial… la base para un ataque universal contra las instituciones empresariales privadas»; la fuerza del mensaje ecologista estaba precisamente en que «la mayor parte de la «culpa» de la contaminación se podía atribuir a un pequeño grupo de «villanos» cuya riqueza y poder les convertían en excelentes cabezas de turco».

Esta oportunidad dorada para un ataque universal contra el capital se acabó redirigiendo con éxito notable hacia una batalla dentro de la propia clase trabajadora, una batalla entre su aspiración por vivir de su trabajo y su aspiración a no morir envenenada. Una batalla, por cierto, que la derecha y sus medios son capaces de instrumentalizar con una precisión quirúrgica. No hay más que pensar en el falso debate del que se nos informa de manera machacona cada vez que las buenas gentes de Madrid deben, supuestamente, elegir entre la asfixia o utilizar su coche en una sociedad construida de arriba a abajo alrededor del motor de combustión. Es una estrategia exitosa. Se pinta a la izquierda como moralista, alarmista, con ganas de entrometerse en la vida privada de los demás, de coartar su libertad. La derecha y el capital son los amigos del hombre de la calle, que ya tiene suficiente con mantener su trabajo de mierda como para que ahora le digan que se preocupe del cambio climático o de buscarse la vida para llegar a la hora sin usar el coche. La verdadera raíz de la desidia o el negacionismo ante la crisis ecológica no es la ignorancia, o no únicamente, es el verlos como una amenaza contra nuestra ya precaria seguridad económica. No es que a nadie le importe, o que nadie esté dispuesto a luchar. Es que nadie quiere arriesgarse, perder todavía más, y no parece haber manera posible de ganar desde una perspectiva individualista y atomizada.

Es fácil proponer la solución en abstracto: la única salida pasa por hacer que el sindicalismo, y en general toda lucha social y política, haga de la cuestión ecológica un tema central. A esto se le podría sumar la cuestión de género, la precarización del trabajo, el impacto de las nuevas tecnologías o el peso creciente de sectores olvidados por el sindicalismo tradicional. Los retos son muchos y complicados, y casi se puede entender que algunos elijan atrincherarse en sus reinos menguantes antes que reinventarse para volver a estar a la cabeza de la batalla laboral. Sin embargo el problema específico de lo ecológico es incluso más dramático: cada año se hace más evidente que nos dirigimos a un callejón sin salida. El capitalismo requiere de un crecimiento ilimitado cuyo efecto colateral es la devastación medioambiental y la eliminación progresiva de puestos de trabajo necesarios. Cada vez habrá menos trabajos estables, peor pagados, más alienantes. Cada vez será más difícil la elección entre la supervivencia colectiva a largo plazo y el llegar a fin de mes. Las derrotas colectivas generan debilidad, y la debilidad genera la falta de confianza y combatividad que a su vez llevan a nuevas derrotas. Es un círculo vicioso del que es difícil salir, pero del que tenemos que salir a toda costa.

Si las respuestas en abstracto suelen ser fáciles las soluciones concretas suelen ser mucho más complejas. Las reivindicaciones concretas variarán sin duda según el lugar de trabajo, pero Daniel Tanuro3 propone ciertas líneas generales en positivo en una entrevista reciente: la reducción de la jornada laboral sin pérdida salarial, la creación o potenciación de empresas públicas en ámbitos directamente relacionados con la cuestión climática como el transporte público, la energía renovable, la renovación urbanística y de ecosistemas, el control colectivo y democrático de la producción, etcétera. También hay aristas complejas que no podemos obviar: los trabajos «problemáticos» en lo que se refiere al cambio climático (minería, automóviles,…) suelen tener mayor tasa de afiliación sindical y mejores condiciones laborales, todo lo contrario que los trabajos que en teoría van en la buena dirección (energías renovables, cuidados,…) En última instancia hay una serie de trabajos que literalmente deberán dejar de existir, y otros que debemos conseguir que existan o se potencien enormemente. El sindicalismo que necesitamos no puede dejar de lado a los trabajadores y las comunidades que dependen de los tipos de trabajo a extinguir, ni puede aparcar indefinidamente la cuestión climática para conseguir victorias puntuales. ¿Cómo podemos conseguir esa unidad de clase y lucha contra el cambio climático? La próxima vez que alguien intente enfrentar a «trabajadores» y «ecologistas», a «conductores» y «peatones», podemos decir lo siguiente: tenemos más en común que los que nunca aparecen en el debate. El capital va a hacer todo lo posible para que el trabajador de una central térmica en Asturias y la conductora frustrada por las restricciones de tráfico en Madrid perciban a la cuestión ecológica como una amenaza. No lo es. La amenaza es el sistema que les hace elegir entre su trabajo y su vida. Todo lo que podemos esperar de las mejores intenciones del capitalismo por mitigar el cambio climático son ayudas públicas para la compra de un coche eléctrico y un panel solar en nuestra tumba. No es suficiente. Combatir el cambio climático necesita de todo nuestro esfuerzo productivo, de nuestro ingenio y dedicación. Habrá que tirar abajo las barreras artificiales que mantienen a millones en el paro, los incentivos suicidas que nos obligan a fabricar sin parar basura que nadie necesita ni puede permitirse. Habrá que cambiar cómo vivimos, cómo trabajamos, cómo nos relacionamos, cómo planeamos nuestro futuro. Y aquí sí veremos la verdadera contradicción insalvable, la que hay entre la inmensa mayoría y los que acabarán con todo por defender su derecho sagrado al beneficio económico. No es fácil dar un giro radical a esta situación, si no ya estaría hecho, pero no podemos esperar más para ponernos en marcha.

NOTAS:

1. https://apuntesdeclase.lamarea.com/%20analisis/trabajo-y-cambio-climatico-hacer-sindicalismo-como-si-nos-fuese-la-vida-en-ello/

2. https://www.jacobinmag.com/2017/08/victory-over-the-sun

3. http://iparhegoa.eus/index.php/es/talaia-2/sindicalismo-y-cambio-climatico/75-entrevista-daniel-tanuro

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