Contracultura y movimiento libertario en la Transición

Un breve comentario sobre contracultura y movimiento libertario en la Transición (a partir del libro «La Transición en Rojo y Negro.  CNT (1973-1980)», de Reyes Casado Gil

Como ya hiciera Dolors Marin en su obra Anarquismo. Cien años de historia del movimiento libertario en España (2010), Casado Gil concede un cierto protagonismo al movimiento de la contracultura dentro del renacimiento libertario durante los años de la Transición. Como lo dice esta historiadora al comienzo de su libro: «La renovación estética, formal e ideológica que vivió esta filosofía politíca [el anarquismo] en las postrimerías del franquismo bebió directamente de este movimiento underground y su reconocimiento permite una correcta comprensión del ulterior proceso no de reorganización pero sí de desarrollo de la CNT»

El libro de Reyes Casado Gil supone un reconocimiento al hecho de que la contracultura formó el substrato que facilitó la extensión de una sensibilidad libertaria entre la juventud de la época. Ahora bien, esta sensibilidad libertaria podía ser a la vez un estímulo y un obstáculo para el desarrollo de un movimiento político que pudiera encuadrarse en una organización sindicalista de corte tradicional como era la CNT. Este aspecto apenas lo desarrolla Casado Gil porque, de todas formas, no constituye el tema central de su investigación. Sin embargo la cuestión no deja de tener su miga y cobra hoy una luz inesperada. Como Casado Gil lo expone, el estallido social y político de la contestación juvenil que se propagó desde California, Amsterdam, Londres o el París de las barricadas de mayo del 68 llegó también a las ciudades españolas e impregnó la oposición juvenil al franquismo de un espíritu heterodoxo y antiautoritario. La contracultura contagió igualmente a muchos radicales ibéricos su espíritu experimental y subversivo. El deseo de construir una sociedad alternativa y de integrar en la crítica social aspectos hasta ese momento marginales a las luchas obreras, como las drogas, la ecología, la música rock, el feminismo, el movimiento gay, las comunas, el orientalismo o la anti-psiquiatría fue penetrando rápidamente diversos sectores de una juventud que se sentía atraída por el prestigio histórico que podía tener una organización como CNT. Este anhelo, que permitió un efímero idilio entre contraculturales y ciertos sectores cenetistas entre los años 1976 y 1979, tuvo su manifestación más clara en la evolución de la revista Ajoblanco y en la celebración de las Jornadas Libertarias Internacionales de Barcelona en el verano de 1977. Para simplificar bastante la cuestión, podríamos decir que la reconstrucción de la CNT se enfrentaba a dos problemas principales. El primero de tipo más interno provenía de los conflictos propios derivados de las diversas corrientes que dentro de la CNT se debatían para tomar las riendas de la reconstrucción y orientación de la organización anarcosindicalista. Este problema es abordado por el libro de Casado Gil. El segundo problema, que queda fuera del enfoque del libro, sería justamente el derivado de esa ola expansiva de la contracultura que se sentía atraída a la órbita del anarquismo y que formaba un tercer elemento perturbador dentro de los enfrentamientos internos que vivían los cenetistas.

El simbolismo de las Jornadas Libertarias, su ambiente festivo y contracultural, sirvió de piedra de toque para revelar el alcance de esa perturbación. Los sectores ortodoxos de la militancia de la CNT denigrarían los aspectos más escandalosos del evento. Las declaraciones de Luis Andrés Edo un año después en las páginas de Ajoblanco, agosto de 1978, provocarían una cierta controversia. Según Edo: «Así y todo, pienso que la existencia de esa nebulosa tan contradictoria formada por pasotas, ácratas, gais, feministas, autónomos, etc., obligó a la CNT a reconsiderar su política. Sin ellos, la CNT hubiera estado en el Pacto de la Moncloa y hubiera aceptado la unidad sindical».

Estas declaraciones, que apuntaban justamente al hecho de cómo la influencia contracultural había cumplido una función de radicalización de la CNT, serían matizadas por Josep Alemany en un largo artículo de la revista Nada (dirigida por el inefable Carlos Semprún Maura), número 3, invierno de 1979, donde el autor, considerando a Edo más bien como un «obrerista», negaba que la integración de los movimientos marginales o contraculturales dentro de la CNT hubiera sido nunca un proyecto de los llamados «apaches» (anarcosindicalistas más irreductibles, entre los que Alemany situaba a Edo). Alemany, en su artículo, sí que aceptaba la idea de que ciertos sectores de la CNT hubieran querido derivar hacia lo que podríamos llamar un cierto «globalismo» o «integralismo», es decir, el deseo de englobar dentro de la CNT todas esas luchas o movimientos sociales, como la ecología, las luchas de barrios, el feminismo, estrategia con la cual, de todas formas, él discrepa para declarar más abajo: «Una acusación que se oye a menudo contra el sector radical anarcosindicalista [el de los apaches] es que está sustentado por pasotas: tal aserto es una exorbitancia. Lo que pasa es que el fenómeno pasota -que agrupa a un abigarrado mosaico compuesto por contraculturales, rockeros, drogadictos, gays- ha sido un satélite ruidoso de la CNT en algunas de sus actuaciones públicas -como en las Jornadas Libertarias- y en algunos momentos se ha movido en su órbita, en su periferia. Pero de eso a ser la base de la CNT radical media un abismo; además los pasotas (sin comillas) que se dejaron caer por los sindicatos al principio de la irrupción pública de CNT han desaparecido hace tiempo de los sindicatos, se marcharon por su cuenta; (…)».

Las dos principales corrientes que se disputaban el control de CNT por entonces, «paralelos» (considerados marxistas, partidarios de un sindicalismo reformista) y «apaches» (partidarios de un anarcosindicalismo revolucionario de cuño tradicional) tenían en general una actitud de desconfianza y rechazo hacia los «pasotas»: eran un poco los apestados y nadie sabía adonde podía conducir su marginalidad, su «vivencialismo», su escaso amor por cualquier forma de organización o burocracia1. En definitiva, la semilla contracultural, ese substrato subversivo que pedía sobre todo cambiar la vida, no parecía encontrar su lugar en la reconstrucción del anarcosindicalismo.

El llamado «pasotismo», según Alemany, estaba a las alturas de 1979 practicamente eliminado, pero ¿qué decir del «integralismo»? ¿No sería ese integralismo una deriva un poco más elaborada de la propuesta contracultural, es decir, el deseo de convertir la CNT en una organización de lucha que afrontara todos los terrenos de la vida cotidiana? En su libro Relanzamiento de la CNT. 1975-1979 (1984) Gómez Casas designaba a los partidarios de esta tendencia como «integrales» y da cuenta de su presencia en el célebre V Congreso de diciembre de 1979: «Los integrales, esparcidos un poco por todas partes, especialmente en Aragón, Cantabria y Galicia, proponían una proyección general de la CNT en todos los aspectos de la acción revolucionaria pluriforme, desde la puramente sindical hasta la relacionada con la ecología, los barrios, la cultura, los marginados, los presos, el antimilitarismo, etc. Es decir, una CNT para todo, con una acción diversificada que abarcaría todo el campo posible de la acción revolucionaria y testimonial»

Es fácil advertir que el proyecto de los «integrales» se enfrentaba a obstáculos practicamente infranqueables. ¿Una organización como la CNT podía dar cabida a ese movimiento multiforme, contestatario, que quería integrar la crítica de todos los aspectos de la cultura y la vida social, herencia reconocible de la contracultura? El idilio había terminado y comenzaba la desbandada, manifestada en la gran ola de desafiliación del sindicato y, en general, en el ambiente de desencanto político de aquellos años.

Pero la prueba de que todo esto no constituye una polémica trasnochada y amarillenta es que hoy seguimos confrontados a los mismos problemas. El desencuentro entre lo más valioso de la contracultura y el movimiento libertario sigue siendo, al fin y al cabo, nuestro desencuentro. Por decirlo de otra manera: la eterna cuestion de cómo armonizar las necesidades de una organización colectiva con la insobornable libertad de la persona.

José Ardillo

NOTA:

1. En la entrevista titulada «Crisis en CNT», publicada en Ozono nº 46, julio 1979, dos cenetistas del sector «apache», insisten, en la línea de Alemany, rechazando la idea de que las palabras de Edo sean representativas del sindicato, sino más bien el producto de una manipulación interesada de los «paralelos».

 

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