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Bolivia - Poder constituyente y nueva CPE: apuntes crítico-reflexivos del proceso (I)

Sábado 21 de marzo de 2009 por CEPRID

Juan Carlos Pinto Quintanilla

CEPRID

Las marchas de la Constituyente Plurinacional…

… Beni, corría el año 90, cientos de indígenas y pueblos originarios iniciaron una gran marcha denominada por la dignidad y el territorio… “Estamos presentes en la historia de este país” gritaban las imágenes que la prensa difundía, mientras en las cumbres altiplánicas se producía otro gran encuentro con los aymaras y quechuas del occidente del país, para luego ingresar a la ciudad de La Paz, unidos en la consigna de una Asamblea Constituyente para Bolivia, para ser visibilizados en una historia que los ignoró, los pisoteó y convirtió en una curiosidad folklórica en el país más indígena del continente.

… Sucre, capital de la República, engalanada como todos los años para recibir los honores, para recordar y reafirmar las razones de la patria acordada hace ya 181 años, se apresta a vivir un momento nuevo en la historia luego de 15 años transcurridos de esa primera marcha. Las graderías recubiertas de símbolos patrios bolivianos, el circunspecto protocolo que custodia los edificios históricos, los palcos y espacios rodeados de mallas para que el populacho no ose interferir en los rituales y se reafirme la distancia del poder, tienen su continuidad en las asambleístas de pollera elegidas y que no pudieron alojarse en el hotel Plaza, las que tampoco pudieron ingresar a recoger sus credenciales porque no estaban “investidas de poder” y sí de polleras y sombreros…

… Bolivia, historia de contrastes que combina símbolos y rituales que son parte de los preparativos de una forma de ser Estado, recubierto de formas excluyentes y con la permanente reafirmación de que el poder sólo puede comportarse de una manera, la que inventaron los que siempre estuvieron en él… pero esta vez el escenario era otro, aún con las exclusiones rituales y organizativas, los discursos de llamados a la inclusión indígena, a la participación revolucionaria contrastaban permanentemente con un pueblo apiñado en las esquinas buscando ver a su presidente Evo Morales Ayma; también contrastante con los titulares de las tribunas donde ponchos y ojotas, plumas y sombreros contrastaban con los que vestían de traje y corbata. Algunos de ellos acostumbrados a estos actos de representación escénica, otros simplemente con sus mejores galas en un momento único en su vida y en la existencia del país.

… Cientos, miles de indígenas, pueblos originarios orgullosamente pasaban frente al palco oficial para decir una vez más, “estamos presentes y ahora más vivos que nunca” para sentirnos parte constructora de este país…delegaciones de todo el país habían llegado, con el orgullo de ser convocados por primera vez a una marcha de orgullo y dignidad, por primera vez no eran objeto de tan sólo curiosidad folklórica para los turistas, sino portadores de la nación… así lo decía la prestancia de los ancianos que encabezaban muchas de las delegaciones, con la mirada llena de dignidad y orgullo de representar lo que son para este país…

… Pueblos indígenas y originarios compuestos por Aymaras y Quechuas, Chiquitanos y Ayoreos, Guaraníes y Moxeños… y decenas más, orígenes y raíces del verdadero país, de los 36 pueblos originarios que se multiplicaban por muchos más en las diferentes regiones del territorio nacional… había un sentimiento de enorme dignidad pero también de abandono, de recuerdo largamente olvidado, donde muchos ya desaparecieron y otros están al punto de la extinción… trajes rituales y de fiesta, otros improvisados, otros más en su traje de migrantes urbanos que sin embargo no impidió que cientos de jóvenes obligados a camuflarse en el mestizaje, hoy se sientan parte orgullosa de los pueblos indígenas de Bolivia…

… En los palcos, autoridades y visitantes extranjeros, se sentían impresionados de tanta diversidad, de tanto orgullo junto, de tanta historia olvidada que apenas empieza a aparecer… más que miles de discursos sobre exclusión, sobre multinacionalidad, sobre olvido y explotación, se hacía patente la realidad de los que resumían al país con su presencia, en el momento más significativo de la República, su fundación, aquella que en 1825 los había olvidado y excluido deliberadamente, la que con los años sólo buscó parapetarse para proteger los intereses de unos pocos, la que instrumentalizó el discurso de la vergüenza por el color de la piel, del apellido o de no saber el castellano… en fin aquella que hasta hace muy poco hizo del poder su patrimonio y de la riqueza del país su propiedad…

… Una nueva historia es la que se demanda desde la presencia indígena, una nueva participación, una forma distinta de ser Estado, una forma equitativa y recíproca de ser país… por eso este acto tan significativo expresa lo que el país demanda, nuevas formas de encuentro entre los bolivianos, a partir de los olvidados de siempre que son la mayoría, para demostrar que en su inmensa sabiduría indígena, las minorías no serán excluidas, serán parte del proyecto nacional de construir un verdadero país donde todos tengan cabida.

… No cesaron sin embargo las voces de quienes reivindican el pasado colonial, el de los doctores que gobernaron, las de aquellos que como minorías también son parte de la Asamblea Constituyente, que insisten en que la costumbre del poder y el conocimiento académico son los únicos méritos posibles para la reorganización del Estado… son aquellos que pretenden olvidar que esas personas con sus grandes méritos y sus incalculables recursos son los que sostuvieron la colonización moderna e hipotecaron el país a los poderes transnacionales…

… Existe otra forma posible de ser país, a partir de los diversos, de los que a pesar de los años de exterminio y exclusión siguieron siendo solidarios y recíprocos… la nación o más bien la plurinacionalidad está presente y es tiempo de vernos en el espejo de las realidades para descubrir cuanta exclusión hemos creado, pero también cuanta inclusión democrática seremos capaces de crear, para realmente hacer de este país la “casa de todos y todas”… empieza el tiempo del Proceso Constituyente, de la deliberación de los miles, millones de bolivianos que somos los protagonistas de una nueva historia…

El país del desencuentro…

Bolivia es un país mayoritariamente indígena, en el que existen 37 culturas distintas: tres grandes y 34 pequeñas. Los mestizos el 38%, los aymaras el 25%, los quechuas el 30% y los pueblos indígenas del Oriente y Chaco el 7%. (Datos del INE, Censo 2001) Según estos mismos datos, el 62% de los ciudadanos que asumen ser parte de una identidad indígena de nuestro país, lo hace a través del autoreconocimiento, lo que quiere decir y expresar que en el último tiempo, el orgullo de ser diferente en el país ha crecido y se reinicia en los hechos, un proceso de interpelación al Estado por el reconocimiento de la multiculturalidad.

En este contexto, la crisis de representación es la expresión del fracaso de una forma de impulsar ciudadanía de un Estado excluyente que pretendía que por decreto todos podamos vernos iguales en las leyes como bolivianos, aunque en los hechos seamos tratados diferente, vivamos diferente, sintamos la exclusión de nuestra diversidad de forma distinta y tengamos una visión de nuestra cultura y del país que nunca ha sido tomada en cuenta.

Pero además, todo este proceso histórico que ha transcurrido paralelamente, ha creado dos sistemas económico-políticos que a pesar de estar obligados a la convivencia, han desarrollado formas excluyentes de coexistencia. Existen pedazos de Bolivia que tienen una lógica liberal que toma sentido a través del mercado de intercambio y la propiedad individual junto a una Democracia representativa que se expresa a través de la libre concurrencia en comicios electorales donde los partidos son los principales actores, y existe aquella otra que ha permanecido en la semiclandestinidad y sobreviviendo a pesar de la represión, la persecución y la imposición autoritaria, es decir la lógica comunitaria de la convivencia y de la toma de decisiones, que arranca en la forma primaria de los ayllus y comunidades pero que se ha impregnado en la forma gregaria en la que gran parte del pueblo boliviano toma sus decisiones; nos referimos a la junta de vecinos, asociaciones o gremios que son otra forma de identidad política no reconocida y que hoy empieza a recuperar el protagonismo político directo, sin intermediaciones partidarias.

El temor al desmembramiento territorial y particularmente a que la diversidad indígena pudiera avasallar la autoridad de un Estado descentralizado ha hecho que históricamente los sectores dominantes se decidieron por un Estado centralizado que mantuviera el monopolio de los hilos del poder. Así incluso en la guerra de 1899 que enfrentó al Sucre conservador con La Paz liberal, aunque parte de las consignas de los vencedores liberales se dirigían a la federalización del país, el levantamiento y demandas propias del movimiento indígena a través de Zárate Willka los convenció de que finalmente debían coincidir con los conservadores en mantener un Estado centralizado que los protegiera de la “turba indígena” (Chivi).

Esta excesiva concentración del poder ha impedido que el desarrollo nacional sea equitativo en todas las regiones del país, ha generalizado la corrupción en el funcionamiento estatal y ha privilegiado nuestra relación dependiente primario exportadora con el mundo. Pero además ha ocasionado que la excesiva concentración aún geográfica de los poderes del Estado, genere una falsa visión de que en el occidente se encuentran los conflictos junto al poder de decisión centralizado y en la parte oriental la productividad vinculada a la globalización a través del mercado y las transnacionales, que han hecho al discurso de las oligarquías locales de la llamada “media luna”, constituida por los departamentos del oriente del país. Estos grupos de poder regional alientan un posible quiebre geográfico del poder que enfrente al conjunto nacional, en el que ellos puedan ser los únicos beneficiados además de disponer de los recursos naturales estratégicos que son de todos.

Estos son algunos de los temas que históricamente se incubaron en la estructura excluyente del Estado y que irrumpieron en la vida del pueblo a través de las políticas neoliberales de los gobiernos que se sucedieron a partir de 1986, profundizando las contradicciones y la miseria en el pueblo. Entonces el movimiento indígena encabeza las movilizaciones desde el año 2000, expresando el agotamiento de la propuesta política económica neoliberal e interpelando en las calles y las comunidades a los regimenes centralistas que optaron por la represión y la muerte antes de que el pueblo lograra arrojar a los presidentes que pretendieron salvar la estructura de poder vigente, dándose curso de forma democrática a la victoria electoral de Evo Morales junto a la convocatoria a la Asamblea Constituyente como señal de cambio revolucionario en Bolivia.

Las exclusiones del camino recorrido…

La fundación de la República contó en el proceso de independencia con muchos pueblos originarios que ofrendaron su vida pero que no serán recordados como los protomártires, porque los nacientes libertadores soñaban con una república criolla, sin indios… y así se vio reflejado históricamente desde la primera Constitución Política del Estado de 1826, hasta el año 1956, cuando recién se instituye el voto universal en Bolivia. A lo largo de esa historia republicana, encontramos que las Constituciones Políticas del Estado, modificada a gusto y capricho de caudillos y políticos conservadores o liberales, mantuvieron la constitucionalización de la exclusión. Los llamados ciudadanos no alcanzaban el 2% de la población en el país y eran aquellos que siendo nacidos en el país, eran hombres, mayores de 21 años o casados, sabían leer y escribir y “no estaban sujetos a otro en calidad de servidumbre”. Bajo argumentos que provenían de la Europa esclavista y que en la colonia se habían institucionalizado, se negaba a los pueblos originarios su calidad de ciudadanía y de personas en la perspectiva de asumirlos como menores de edad, que necesariamente debían estar bajo el tutelaje de un patrón que decida por ellos. Las condiciones de ciudadanía solo podían ser llenadas por el criollaje, que consideró que sólo la continuidad del régimen colonial respecto a los pueblos originarios preservaría sus intereses como nuevos dueños de la República. Por tanto, en el pueblo más indio del continente, la lucha por la autodeterminación de los pueblos indígenas y originarios ha sido una demanda permanente contra la colonización, que se mantuvo más allá de la colonia misma, se hizo parte de las estructuras republicanas y definió la relación del Estado con el conjunto popular. Las luchas, los levantamientos, las insurrecciones pero también las masacres y la estructural exclusión de la mayoría se hizo parte de nuestra historia que parecía no tener retorno en el contexto liberal y la globalización, pero si en la memoria ancestral de los pueblos originarios de nuestro país.

No fue casual por tanto, que cuando en los años 90, los pueblos indígenas del Oriente organizaron ese gran acontecimiento de marchar cientos de quilómetros desde sus comunidades hasta La Paz, en realidad estaban detonando un proceso acumulativo de abandono y explotación que ha sido una constante en la vida republicana de este país… La Asamblea Constituyente como consigna apareció y empezó a erigirse como símbolo de cambio más allá de la comprensión técnica de su significado. Los sectores dominantes del país, desde entonces y como siempre lo habían hecho a lo largo de la vida republicana, se negaron a aceptar que la Asamblea Constituyente fuese una posibilidad de mayor democratización para el país…ni siquiera tomando en cuenta el contexto latinoamericano, pues casi todos los países vecinos habían buscado la constitucionalización de este recurso como una manera de recuperar la legitimidad del sistema sin perder el poder. Históricamente en nuestro país las élites habían realizado más de 18 transformaciones constitucionales a través de Asambleas o Convenciones Nacionales, la ausencia fundamental estuvo en la representación y consulta del pueblo; que se constata en la historia de exclusiones y colonialismo que hasta ahora ha vivido Bolivia.

A lo largo de este proceso, siempre cruzado por las luchas populares e indígenas, los temas de Estado fueron un asunto exclusivo de los sectores dominantes que a través de gobiernos militares o de la naciente democracia liberal, instituida constitucionalmente, sólo optaron por realizar la reforma constitucional del 94, propuesta por “notables” pero que, a más de frenar la creciente resistencia al neoliberalismo, tuvieron que institucionalizar formalmente, demandas y reclamos que hacen a la identidad profunda de la república.

La reivindicación de los Pueblos Originarios presente a lo largo de nuestra historia, toma forma política en los últimos 5 años, ante la crisis sin salida del neoliberalismo como sistema económico y de la crisis de representación política de partidos y gobernantes que no gestaron un proceso democrático incluyente. Nuevos liderazgos y movimientos sociales que en algunos casos asumieron formas institucionalizadas de participación política, fueron los cursos nuevos que de forma convergente sitiaron al Estado, que sólo acudió al recurso de la represión y la muerte. El 18 de Diciembre del 2005, con la elección democrática de Evo Morales, se concentran todas esas energías de cambio, descolonización y la construcción de un nuevo país; y una de las primeras tareas, mientras se busca institucionalizar una nueva forma de gobernar, fue la de marcar las nuevas reglas de funcionamiento para el Estado y el conjunto de la nación a través de la Asamblea Constituyente.

Las razones de la historia…

En esta historia, tanto los unos como los otros le otorgan continuidad desde su propia perspectiva, los unos, los vencedores convierten la suya en la versión oficial y se la cuentan así a las nuevas generaciones buscando crear, héroes y mitos de la gloriosa república enfrentada con los españoles y con los países vecinos; en definitiva se mitifica a la república y a quienes han sido sus portadores. Son los personajes “importantes” los que en realidad hicieron una historia ausente de pueblo.

La historia oficial se muestra como continuidad de la historia universal donde las leyes y la forma de ejercer el poder son parte de un gran legado histórico depositado en los escogidos, los privilegiados, los que en definitiva hicieron posible la república y su relación con el mundo. Discurso colonizador que exalta la relación con el mundo a pesar de los muertos y el genocidio, no importando la condición de dependientes, subordinados y sometidos en el orden mundial. Discurso renovado pero no creado por el neoliberalismo que por sobre la ciudadanía y su bienestar sobrepuso la relación con el mercado mundial. Los otros, los nadies en la historia oficial, sin embargo, no dejaron de contar su propia historia desde los vencidos, y en permanente resistencia ante quienes los habían invadido, y no sólo eso, sino que históricamente se empecinaron en mostrar históricamente su “otredad”, el carácter subordinado y racista que tenía el acceso al poder. En definitiva no sólo encontramos la continuidad de la guerra plenamente expresada en el conflicto de clases, sino en el de identidades que han hecho este país. Los unos sometidos y rebeldes, sosteniendo su identidad subterránea e insurrecta, los otros buscando el sometimiento sin proyecto de país para todos.

La historia clandestina de los muchos se afirmará en la exclusión de la que son parte, en la forma histórica de vivir el conflicto desde abajo, pero también en su peculiar forma de ser y pervivir en el espacio, en su relación con los otros. Este proceso de enfrentamiento, en el que al enemigo se lo ve todos los días hace de la política el peculiar espacio en el que se van definiendo de manera todavía más marcada las identidades propias respecto a la sociedad que se quiere… los muchos, los pueblos sojuzgados en transmisión oral y de habitus, hacen sentir al conquistador republicano que no son parte de su mundo inventado, que las leyes no son suyas y sólo las sufren los oprimidos y que los proclamados cambios son en realidad ninguno.

En el siglo XX sin embargo la guerra silenciosa se hace cada vez más visible por las contradicciones que no pueden ser ocultadas, y representantes indígenas empiezan a aparecer en la historia oficial, la historia olvidada empieza a ser socializada y compartida, entonces, en palabras de Foucault “…el papel de la historia, por tanto, será el de mostrar que las leyes engañan, que los reyes se enmascaran, que el poder genera una ilusión, que los historiadores mienten. No será entonces, una historia de la continuidad, sino una historia del desciframiento, del develamiento del secreto, de la inversión de la artimaña, de la reapropiación de un saber tergiversado o enterrado. Será el desciframiento de una verdad sellada…”

Este camino emprendido desde la misma colonia, se hace perspectiva política que suma y enfrenta desde los movimientos sociales, la posición colonizadora de la minoría en el poder… son los Tupak Katari, los Zárate Willca, y tantos otros liderazgos indígenas las que marcaron la identidad propia en el enfrentamiento, en la evidencia de la diferencia en la condición de guerra, y tantos otros que no sólo se confrontaron sino que además marcaron la diferencia que los separaba de quien los asumía como al enemigo interno.

Ni tan siquiera los intentos ciudadanos de la revolución del 52, de la democracia liberal por su incorporación, pudieron desbandar los ejércitos en pugna; ni las múltiples masacres sufridas, ni las arremetidas militares dispersaron a la mayoría que envolvía permanentemente a quienes desde el Estado pretendían sostener la institucionalidad de un Estado que en su raíz se había construido sin la mayoría nacional.

Este es el contexto en el que debemos entender el proceso que vivimos en el país, donde los aprestos de guerra en realidad han sido permanentes en la historia, y han ocasionado en los últimos años, el desgaste completo del discurso conciliador y republicano, vía neoliberalismo, en tanto no sólo se hizo evidente el deterioro de las condiciones de vida del conjunto nacional, sino sobre todo la incapacidad política de los sostenedores del poder, de emitir un discurso hegemónico capaz de seguir inventando ilusiones de vida y de incorporación política. Junto a esto, el crecimiento cualitativo de esa mayoría silenciosa que dejó de serlo para plantear en todas las aristas estatales, la principal reivindicación de ser ellos mismos y en definitiva que la mayoría de quienes son este país, tengan el poder de reorganizarlo para la convivencia de todos los bolivianos.

El contexto del Proyecto Político… Bolivia ha recorrido un largo camino histórico para llegar al momento reconstitutivo marcado por la Asamblea Constituyente. Ha sido a diferencia de lo ocurrido en los países vecinos latinoamericanos, un proceso de construcción desde abajo y donde el resultado buscado por los actores sociales no es precisamente la modificación constitucional formal, sino una perspectiva todavía más amplia y estructural que tiene que ver con el cambio revolucionario que vive el país.

El dilema en esta perspectiva es que el actual proceso está sustentado en sucesivas victorias democráticas, con pleno respaldo electoral y no en la desarticulación del poder vigente a través de un proceso revolucionario. Tal situación plantea algunas vicisitudes que es necesario tomar en cuenta. En un sentido positivo, tenemos la perspectiva de lograr un cambio real para el país en condiciones democráticas con el respeto pleno a la formalidad de la mayoría absoluta impuesta en las urnas. Además el proceso visto de esta manera implica el tomar en cuenta a las ahora minorías reales en el país, para lograr que participen en una adecuada proporción en las decisiones fundamentales.

En otro sentido, el de las hegemonías en construcción, encontramos que los movimientos sociales han sido capaces de lograr coherencia política en el proceso a través de su articulación en torno al liderazgo nítido de Evo Morales, que más allá de un proyecto político para el país, expresaba una reivindicación ético-política de comportamiento ante el poder junto a la plena reivindicación del derecho de los excluidos a ser parte de la representación de este país.

Esta situación ha sido paradigmática en tanto, la victoria plena en las urnas, se convierte en el gran reto de la gobernabilidad posible. Los siempre excluidos encabezados por un liderazgo y no precisamente por un aparato político que sostiene un proyecto, son los que asumen el gobierno en medio de un conjunto de expectativas de los nadies, los siempre olvidados y pisoteados por el poder. Sin embargo la parafernalia del poder coloca a los actores sociales ante la disyuntiva crucial de desmontar las estructuras organizativas de una forma de poder que ha sustentado a los sectores dominantes desde la colonia; o bien servirse de las mismas estructuras y de sus operadores y formas de hacer las cosas para “ponerlas al servicio de la causa” en la transformación que vive el país.

La propuesta conservadora de los pocos…

Luego de sucesivas derrotas militares de los sectores dominantes, y de la declinación de sus lideres junto al discurso hegemónico neoliberal, la confrontación dio lugar a una derrota simbólica de unos por los otros, cuyo desenlace se expresó en un marco institucional en las elecciones, donde las mayorías escogieron a uno de los suyos para su representación y ganaron la representación del país… al propio tiempo como tarea fundamental propuesta por los movimientos sociales, el nuevo gobierno asume la responsabilidad de la organización de la Asamblea Constituyente.

Una vez más se repite la representación, cuando es la mayoría silenciosa la que tiene acceso a la Asamblea Constituyente. Sin embargo esta salida pacifica a los conflictos que históricamente nos han separado como país, se da una vez más en el marco de la confrontación y la guerra que separa a los que nunca se vieron la cara sino en la misma guerra. Por eso la primera confrontación será sobre el carácter de la Asamblea, para los unos, las minorías del poder de siempre, no existe otro camino sino el de la continuidad histórica incorporando “algunos indios” pero dejando el mensaje claro de que ellos son los dueños del país y los poseedores del conocimiento. Para los muchos, la Asamblea es originaria en tanto es un quiebre histórico con lo anterior, es el momento fundacional de un país con todos y desde la perspectiva fundamental de la mayoría.

El debate posterior no difiere mucho en el proceso, por cuanto, las minorías en la Asamblea a través del debate sobre los 2/3, pretenden asumir plenamente el papel de mayorías cuando hablan y declaran a nombre de los bolivianos como siempre lo han hecho, bloquean el proceso tergiversando su propia creencia liberal en tanto pretenden asumir el mismo poder que la mayoría en la Asamblea, utilizando los medios de comunicación y el temor de la población para convencer del “autoritarismo”.

Pero aún más su propuestas sólo son retoques a la tradición constitucional de la república, por cuanto ellos creen en la continuidad y de lo que se trata en definitiva es de incorporar algunos cuantos indios, sin afectar al poder y la propiedad que “la república desde su creación les ha encomendado”. Por eso, esas minorías ya tienen preparada su propia “Constitución Política del Estado”, que es en realidad un recalentado de la actual en vigencia, por cuanto no pueden elaborar un discurso integrador si no lo sienten.

Para ellos en definitiva la política de “lo posible” es asimilarse lo más posible al discurso democrático- liberal, aunque el señorialismo sea más bien el habitus del poder que prefieren. Los derechos individuales y la propiedad privada, son su punto de partida y de llegada para proteger sus intereses frente a “la indiada alzada” y apelan a recursos autonomistas y regionales, frente al propio Estado centralizador que ellos mismos han creado, como una forma de reconstitución política para convencer a las clases medias y a sectores populares regionales de que el enemigo es el centralismo autoritario del gobierno.

Luego de terminar arrinconada, asumió como estrategia el desgaste y el aprovechamiento de los errores, junto a una estructural posición racista de mostrar el posible fracaso de las medidas gubernamentales, no sólo como la falla de un liderazgo sino como la incapacidad de los pueblos originarios representados por el liderazgo de Evo Morales. Los medios de comunicación como punta de ataque, vierten cotidianamente el discurso racista y de arremetida oligárquica, junto a la acción coordinada de la reacción con sus representantes prefecturales y cívicos. Sin embargo, su única estrategia es la oposición y la inercia de un modelo de organización social y económica que no funciona; en definitiva la reacción carece de proyecto propio más allá del mercado que ya probó sus consecuencias a los sectores populares.

Apelan una vez más al olvido y la pérdida de memoria de quienes siempre han estado subordinados, para reinventar la ilusión de que ahora sí la identidad regional y su defensa permitirá repartir los recursos a los más pobres. Realizan grandes movilizaciones en defensa de la tierra y la propiedad privada, encabezadas por quienes no tienen ni un metro en propiedad; hacen grandes discursos sobre la identidad departamental y regional subyugada, encabezados por políticos de profesión defenestrados en los anteriores gobiernos por la corrupción y el acaparamiento ilícito de bienes estatales. En la asamblea constituyente, sus representantes, hacen gala de demócratas convencidos cuando algunos de ellos han sido parte de dictaduras, de masacres y de estafas fiscales; mientras acusan de autoritarismo al cambio. Creen sinceramente que “la plebe” recuperará la cordura y los volverá a elegir en nuevas elecciones.

Juan Carlos Pinto Quintanilla es Coordinador Nacional de Deliberación Pública y Difusión de la REPAC


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