CEPRID

Triunfo del MAS en Bolivia… ¿Y ahora qué?

Lunes 2 de noviembre de 2020 por CEPRID

Alejo Brignole

Red en Defensa de la Humanidad - Argentina

El momento que vive Bolivia tras el claro triunfo del Movimiento Al Socialismo (MAS) el 18 de octubre pasado, resulta de una riqueza singular. La brillante derrota impuesta a la rancia derecha paceña y oriental –con más de un 55 % de los votos– despejó un horizonte tenebroso e hizo emerger un sinfín de valiosas lecturas insertas en la propia coyuntura. Quedó demostrado que un partido ferozmente perseguido por diversas vías pudo convocar al pueblo, incluso acorralado por una dictadura que no supo aprovechar su escaso tiempo de gobierno ilegítimo para crear un polo de poder genuino, a excepción de su propia naturaleza represiva, sus persecuciones y desvaríos jurídicos.

El MAS también demostró su capacidad de aglutinar a sectores dispersos, manipulados mediáticamente y confusamente decepcionados con el llamado Proceso de Cambio. En las peores condiciones posibles y con sus cuadros en la diáspora, encarcelados o refugiados en embajadas para evitar la cárcel  (como los exministros Hugo Moldiz o Eduardo Zavaleta, Juan Ramón Quintana y Wilma Alanoca, entre muchos otros asilados en la legación mexicana de La Paz), y con las bases sociales sometidas a severas represiones, no exentas de torturas y masacres en áreas campesinas, el MAS supo sortear barreras y perfilar una oposición capaz de ganar en las urnas.

Sin embargo, la principal riqueza de este histórico momento consiste en que el presidente electo, Luis Arce, y su vice, David Choquehuanca, poseen lo que Evo Morales no tuvo durante sus últimos años de gestión: un mapa real, preciso y confirmado de dónde están  los enemigos y quiénes son los traidores. Este mapeo de vital importancia para la gobernabilidad, quedó expuesto de forma clara y contundente en el transcurso del golpe de Estado de 2019 y en los meses posteriores.

Hoy Arce y el MAS saben que es necesaria una profunda reforma de las Fuerzas Armadas y policiales, que demostraron ser poco permeables al giro doctrinal llevado a cabo por más de una década por Evo Morales y su Escuela Antiimperialista Juan José Torres. A pesar de una cierta mejoría en los estándares democráticos de las Fuerzas Armadas bolivianas –históricamente genuflexas al Pentágono– el golpe demostró que son lábiles y siguen dispuestas a perpetrar masacres a cuenta de los intereses de Washington.

Luis Arce y Choquehuanca también comprobaron que no puede sostenerse ningún proceso revolucionario o de transformación profunda sin un continuo fortalecimiento del poder popular bajo formas orgánicas de participación, lucha y debate constructivo. Aspectos que fueron paulatinamente relegados bajo el último gobierno de Evo, que se abandonó a una peligrosa relajación y que a la postre resultó suicida. La pérdida de mística revolucionaria, antiimperialista y antioligárquica fue evidente en el último lustro del Proceso de Cambio, una vez consolidada la eficaz y valiente nacionalización de empresas y recursos bolivianos.

El aislamiento progresivo de Evo Morales de las masas que lo llevaron al poder, fue otro proceso lento y acaso sutil que concluyó en una desconexión inorgánica y en un disenso cada vez mayor entre las bases indígenas y el propio Gobierno que, sin embargo, jamás llegó a rupturas insalvables. Ni siquiera la oposición de  “El Mallku” Felipe Quispe se constituyó en una fractura que pudiera arrastrar a los más amplios sectores indigenistas fieles a Evo. Sin embargo, el MAS de los últimos años comenzaba a mostrar síntomas de transitar una metamorfosis y corría el riesgo de convertirse en una superestructura cada vez más disociada de sus bases y de la retórica socialista primigenia. Discurso que fue agonizando entre los éxitos económicos de un capitalismo de Estado que sepultó bajo sus fastuosos índices de crecimiento y bienestar, la construcción de una vía al socialismo boliviano, el cual, por otra parte, jamás estuvo en la agenda real del binomio Evo-García Linera.

Ahora, en esta nueva etapa que comienza, el Gobierno entrante estará en condiciones de evaluar el verdadero alcance que tuvo la transformación cultural tras 14 años de Revolución indígena, sabiendo que los nichos más retrógrados de la sociedad boliviana colonial permanecieron latentes y casi intactos. Que su histórico racismo no disminuyó –y acaso se incrementó– esperando el momento de expresarse con furia renovada y genocida. Y si Luis Arce y David Choquehuanca hacen un diagnóstico coherente y frío a la luz de estas señales claras que emergieron con el golpe y la usurpación de Jeanine Áñez, llegarán a la conclusión que el bienestar material y la movilidad social ascendente de una nación resultaron insuficientes para sostener esa gran Revolución liderara por Evo. Incluso a riesgo de convertirse en un factor contraproducente –es decir, contrarrevolucionario– si esas mejoras vitales e inclusión social no van acompañadas de un proyecto político docente que otorgue herramientas de pensamiento crítico a una sociedad súbitamente enriquecida y elevada materialmente.

La inclusión económica y el acceso a nuevos estándares de vida, además de un poderoso avance industrial nacional, pueden devenir en lastres significativos si no son correspondidos con una nueva ética social, una estética revolucionaria y una escala de valores transformada, alejada de los paradigmas totalizadores que impone el capitalismo. Por eso muchos de los bolivianos pobres que ascendieron a las capas medias y disfrutaron de complacientes formas de consumo y bienestar, comenzaron a renegar de sus orígenes. Se sintieron incómodos con su condición mestiza o indígena y se pretendieron parte de una clase emblanquecida que fue seducida por la estéril y falaz lógica capitalista.

Podríamos decir, sin ánimo de contradecir los maravillosos logros humanistas del Proceso de Cambio, que la gran Revolución indígena que lideró Evo Morales fue –en sus últimos años– una fábrica de desclasados. Una maquinaria de bienestar que nutrió los viejos paradigmas capitalistas enquistados en una sociedad históricamente sometida y marginada, expuesta desde siempre a esos postulados e ideas trituradoras. Ideas que le costaron a Bolivia cientos de miles de muertos, decenas de golpes de Estado y saqueos imponderables. Pero a pesar de esos registros fúnebres de la historia, los nuevos ricos y clases medias buscaron refugio en los decadentes valores del capitalismo más abyecto: el racismo blanco, la aporofobia y un consumismo autista y alienante. Deriva grave del Proceso del Cambio, considerando que la propuesta original era concebir a un hombre nuevo y una nueva mujer bolivianos: socialistas, internacionalistas y actores descoloniales contra toda forma de imperialismo y racismo sometedor.

Evo, Arce y Choquehuanca

Sin dudas Evo Morales, más allá de algunos errores y ciertas autocomplacencias en las que incurrió, quedará como una figura ineludible de la historia grande regional. Como un parteaguas que supo guiar a su pueblo hacia nuevas concepciones de sí mismo, dotándolo de formas renovadas de conciencia descolonial e igualitaria. Evo Morales cumplió su misión y su destino de forma innegable a los ojos de su tiempo y de la historia continental, en la cual quedará inscrito con letras de oro. Sus ambigüedades y reiterados devaneos con los poderes burgueses, quizás deban verse como el agotamiento natural que es inherente al poder prolongado, que desgasta irremisiblemente y aletarga las mejores conciencias, según hemos visto en el decurso humano y leído en las enciclopedias. Quizás una de las mejores pruebas de esa miopía producida por el desgaste es la propia fórmula Arce-Choquehuanca, que Evo siempre tuvo frente a sus ojos y jamás utilizó. Evo pudo propiciar una sucesión armoniosa del poder y evitar esta disrupción violenta que no debió producirse.

Debido a este cúmulo de circunstancias, Evo Morales probablemente no tendrá espacio decisional en la etapa que se avecina, en tanto presidente derrocado sin haber resistido y socialista que declinó profundizar en una revolución posible. Pero más acá de estas deudas, Evo disfrutará un lugar indiscutible como garante del pueblo si el nuevo Gobierno de Arce descarrila ideológicamente en el feroz mercado de la geopolítica. Mientras Evo Morales viva, no habrá mucho lugar para nuevos traidores al uso de Lenín Moreno.

A pesar de lo inacabado de la obra, el período que ahora se inicia estará sujeto a otros paradigmas, quizás alejados de toda aspiración ideológica ligada al socialismo, pero sin dudas de sesgo nacional y popular. Una versión capitalista-estatal como la de Evo, acaso más atenuada.

El perfil de Luis Arce es el de un tecnócrata –dicho en la acepción más laudatoria del término– que posee una consumada experiencia como economista y administrador del Estado que planificó y ejecutó uno de los procesos nacionalizadores de empresas más eficaz y complejo de la historia moderna. Ello otorga a esta nueva etapa firmes garantías de desarrollo económico y crecimiento sostenido, pero no de una vía boliviana al socialismo.

Arce proviene de una matriz burguesa y quizás por ello encajó perfectamente en un Proceso de Cambio que jamás abandonó dicha matriz en la gestión del Estado. A pesar de una cierta redistribución de la riqueza –dato que podríamos debatir si analizamos los índices concentradores de las oligarquías bolivianas durante los 14 años de Gobierno del MAS– Bolivia nunca horadó los mecanismos que son propios del sistema capitalista (financiero, productivo y castrense). Antes más bien, adaptó el Estado Plurinacional para articularlo con esa matriz burguesa-capitalista, dándole una nueva dimensión social, pero no socialista en términos estrictamente marxistas, con todo lo que ello implica: la propiedad y colectivización de los medios de producción.

Hubo, sí, experimentaciones con el cooperativismo a gran escala y planificaciones productivas campesinas cuyo origen y etiología se correspondían, en realidad, más a la organización comunitaria aymará o quechua, que a una praxis marcada por el marxismo-leninismo clásico u otras formas de experimentación marxista. El Estado diseñado por el MAS y su Constitución de 2009 le otorgó rango jurídico a estas formas ancestrales de producción comunitaria, a las que Álvaro García Linera llamaría “capitalismo andino-amazónico”1 y que fue, en el mejor de los casos, una transposición del esquema comunitario ancestral, vigente en el Altiplano desde hace de mil años. E incluso más.

Por ello no debemos esperar del Gobierno de Luis Arce una profundización del modelo construido por Evo. Más bien será una réplica de ese capitalismo de Estado, pero llevado ahora a una escala mucho más técnica y tal vez despojada de toda mística revolucionaria, pero no por eso menos eficaz a la hora de crear una sociedad inclusiva y más justa. Bolivia seguirá caminando hacia una vía soberana y quizás alcance nuevos e interesantes capítulos de confrontación con el Norte rico y sus instituciones económicamente colonizadoras. Luis Arce será –probablemente– un presidente memorable, aunque no adscriba a ninguna forma de socialismo real.

En este sentido, el binomio Arce-Choquehuanca resulta sin dudas prometedor por la sencilla razón de que existe entre ambos una interesante sinergia, una complementariedad casi antitética: el tecnócrata eficaz pero de visión humanizada, y el indígena de sólida formación política, cuya mirada jamás se desvincula de la Pachamama, del Ethos que le es propio.

David Choquehuanca es un hombre profundamente místico –aunque bien dispuesto para el análisis pragmático de la realidad– y probablemente esté llamado a dotar a esta nueva etapa de Gobierno, de los elementos aglutinantes que requieren los sectores indígenas, que son, en definitiva, los depositarios, pero también los sostenedores de la recuperación de Bolivia para el ciclo progresista iniciado por Hugo Chávez dos décadas atrás. Ciclo que nunca se detuvo, a pesar de los reflujos neoliberales de Macri, Lenín Moreno, Piñera o Lacalle Pou, entre otras insalubres marionetas.

Los desafíos

Luis Arce heredará una Bolivia con grandes asignaturas pendientes entre ellas la salud, un sistema previsional casi inexistente, una enorme economía sumergida  y gran precarización laboral. Pero también hereda un país organizado, una sociedad movilizada y un Estado fuerte que el interregno golpista de Jeanine Áñez no logró desarticular, aunque haya hecho mellas considerables a la economía y a la correlación de fuerzas estratégicas a nivel geopolítico. El retorno a los créditos del Fondo Monetario Internacional (FMI) en abril de 2020 fue uno de ellos, aunque el daño pudo haber sido mucho mayor. Fueron apenas 320 millones de dólares. Poca cosa si se comparan con los 57 mil millones de dólares que el organismo desembolsó para Argentina en los cuatro años del gobierno de Mauricio Macri, en una clara maniobra estratégica de sujeción y dependencia económica diseñada por Washington para todo el siglo XXI. Lo mismo pudo haber pasado en Bolivia, pero el Banco Mundial (BM) y el FMI prefirieron esperar a un gobierno de consolidación para inundar de deuda a largo plazo al país andino. Por fortuna para todas y todos los bolivianos, hubo un análisis táctico fallido por parte de los organismos multilaterales, que acaso no esperaban un retorno del masismo en el corto plazo.

A la sombra del Covid-19 y sus secuelas recesivas, los desafíos naturales que deberá enfrentar el nuevo gobierno será el desempleo masivo que trepó del 4.2% a finales del 2019, hasta el 7.4% en octubre de 2020. Cifras que resultan dudosa si se miran con lente de aumento las estadísticas que emergen de esa economía fuertemente informal. Otro frente para el gobierno de Arce será el leve proceso inflacionario que fue inaugurado por Jeanine Áñez tras 14 años de gran estabilidad en la moneda boliviana. El BM, por su parte, pronosticó que la recesión en Bolivia puede provocar en 2020 una caída del 5.9% del Producto Interior Bruto (PIB).

Sin embargo, estos desafíos económicos ligados al crecimiento, la productividad y los índices macroeconómicos y domésticos, no serán medulares para un técnico del calibre de Luis Arce, entrenado en las más tensas coyunturas y curtido en escenarios desfavorables desde una perspectiva economicista.

Los verdaderos desafíos que Bolivia deberá asumir y que serán capitales para su subsistencia como Estado soberano y encaminado hacia su propia realización, serán de orden político, institucional y sobre todo geopolítico. Arce presidirá un país que se pronunció claramente contra el neocolonialismo y la sumisión fascista, pero lo hizo a través de una unión endeble, sosteniéndose en una base de consenso popular que, en realidad, está muy fragmentada bajo el barniz opositor a la dictadura. Cuando el nuevo gobierno asuma el poder, las viejas grietas de una clase media que supo odiar a Evo, pero que se asustó aún más con el fascismo de Áñez, volverán a proclamar sus disensos. Algo semejante harán muchos colectivos indígenas que se hicieron fuertes en la oposición al MAS en los últimos años y que han dado una tregua para derrotar a los golpistas en las elecciones, pero llegado el momento también reclamarán sus espacios de poder y sus reivindicaciones. Todo ello sin olvidar a una oposición de centro-derecha escorada hacia un golpismo que permanecerá más o menos latente, encabezada por Carlos Mesa. Oposición que no logra aglutinarse, pero que si se pusiera de acuerdo arrastraría a casi la mitad del electorado. Ellos serán, a partir de ahora, los voceros y agitadores a cuenta de los intereses de las oligarquías y el poder corporativo, que no dudará en conspirar con un Ejército que ­–ya se sabe– es capaz de retornar a las viejas prácticas mercenarias.

Por eso el capítulo castrense será para Arce una piedra angular en la consolidación de un proyecto de país descolonial. Las recientes declaraciones de Evo Morales sobre la búsqueda de consensos y ausencia de revanchismos2,en realidad no se condice con la necesidad ineludible de identificar, enjuiciar y castigar a los que subvirtieron el orden institucional en Bolivia. Arce deberá dar un mensaje claro ­–y fundamental para el resto de América Latina­– de que los golpistas terminan en la cárcel y los cuadros militares antidemocráticos deben responder con todas las consecuencias que el sistema dispone para ellos. No hacerlo sería un crimen de omisión que América Latina puede pagar muy caro en el futuro. En este sentido, cualquier gesto tibio puede convertirse, a la postre, en una complicidad histórica imperdonable. Dicho de otro modo, Arce debe comprender que resultará indispensable purgar de elementos filogolpistas y proestadounidenses las Fuerzas Armadas y policiales. Ello incluye congelar las carreras escalafonarias de cualquier oficial o cuadro medio que haya cursado prácticas con becas norteamericanas en el último año, o pueda ser identificado como promotor de paradigmas afines a los intereses del Pentágono. Ello debe ser acompañado, sin dudas, con un viraje estratégico hacia China y Rusia, tanto en el orden comercial bilateral como armamentístico, adquiriendo de esta manera un rol más activo y definido en la nueva Guerra Fría Este-Oeste que está gestándose. La Nueva Ruta de la Seda china, que tiene en Bolivia a unos de sus puntos estratégicos3, debe ser nutrida con alianzas y una paulatina reconversión de acuerdos comerciales, defensivos y tecnológicos que signifiquen un obstáculo a los planes del Occidente rico sobre nuestro hemisferio. Bolivia no es un país determinante en el equilibrio de fuerzas geopolítico, pero eso puede cambiar, sobre todo desde una mirada que considere sus yacimientos de litio como un peso específico notorio dentro de la geopolítica industrial.

Combate actual del capitalismo desaforado en que estamos inmersos

Otro aspecto axial que Bolivia deberá reconstruir en su política exterior, será restablecer los vínculos orgánicos con los gobiernos y plataformas bolivarianas de Latinoamérica y el Caribe. Algo que Evo Morales descuidó de manera incomprensible en los últimos años, cometiendo inexcusables desatinos de enorme significación política que perjudicaron a naciones ferozmente acosadas como Venezuela. El cierre intempestivo y la amenaza de acorralar los fondos del Banco venezolano PRODEN que Evo autorizó a finales de 2019, a pedido de funcionarios estadounidenses, fue un gesto doloroso para la ya endeble arquitectura bolivariana tras el repunte derechista del 2015. También la falta de asistencia económica a Caracas en sus años de mayor asfixia, fue un capítulo mezquino que no puede repetirse si se quiere, en verdad, una construcción regional desligada de la tóxica tutela norteamericana.

Luis Alberto Arce deberá recomponer esas heridas y mellas, tendiendo puentes que hagan posible restaurar la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), fortalecer la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). Sin esa articulación latinoamericana, que es de naturaleza recíproca y autodefensiva, Bolivia corre el riesgo de sucumbir  otra vez en soledad, tal y como sucedió en 2019.

Por último, en esta nueva etapa no podrá faltar una especial atención al poder popular, no solo político, sino de orden cívico-militar, según los inteligentes esquemas planteados por Hugo Chávez Frías. Serán estos dispositivos de presencia civil en la defensa nacional e institucional los que evitarán un nuevo episodio grotesco como el protagonizado por Luis Fernando Camacho y sus golpistas, que entraron al Palacio Quemado, no por su fuerza ridícula y despreciable, sino por la ausencia de una defensa adecuadamente articulada y dirigida, producto de una acefalía estratégica incomprensible en un país como Bolivia, que osó desafiar a los poderes fácticos del mundo. Abandonar toda ingenuidad y posicionamientos espurios será de enorme importancia para la supervivencia del Estado Plurinacional en este siglo XXI, que ya transcurre lleno de nubes negras semejantes a la muerte, a los genocidios y a las persecuciones, siempre venidas desde el Norte.

Y aunque Luis Arce será un presidente más próximo al gusto del establishment mundial y algo más potable para las burguesías locales, el presidente-tecnócrata no deberá olvidar jamás que las personas no son el objetivo, sino las fastuosas riquezas bolivianas que están y estarán en la hambrienta mira de los países centrales. Y habrá que defenderlas sin tibiezas democratoides o falsos consensos que la derecha no entiende -ni le interesan- cuando se trata de satisfacer sus ambiciones de clase. Los muertos de Sacaba y Senkata así lo demostraron. Y la infame Organización de Estados Americanos (OEA) de Luis Almagro lo confirmó.

Notas

1. El “capitalismo andino-amazónico”, Álvaro García Linera, Le Monde Diplomatique, enero de 2006. Y también, véase: https://rebelion.org/un-capitalismo-andino-amazonico/

2. Morales invitó a “todos los partidos, empresarios, trabajadores, obreros a hacer un gran encuentro, un pacto de reconciliación” por Bolivia. “No somos vengativos, no somos revanchistas, los invitamos a trabajar”, https://www.elcordillerano.com.ar/noticias/2020/10/19/97252-evo-morales-luego-del-triunfo-del-mas-no-somos-vengativos

3. Véase la Declaración Conjunta entre China y Bolivia sobre el establecimiento de una asociación estratégica, firmada en Beijing entre 18 y 19 de junio de 2018.


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