CEPRID

Cuba.- La innovación en nuestro Socialismo (I)

Viernes 23 de agosto de 2019 por CEPRID

Luis A. Montero Cabrera

Cubadebate

En diciembre de 2012, la Academia de Ciencias de Cuba terminó el informe denominado “Análisis del estado de la ciencia en Cuba de cara al cumplimiento de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución”. Se hizo llegar entonces al Ministerio de Ciencias, Tecnología y Medio Ambiente para canalizarlo a todas las instancias de gobierno del país. Allí se recomendaba, entre muchos capitales aspectos: “Estimular al máximo, en función de la innovación, los vínculos de las empresas de uno u otro tipo con las universidades y centros de investigaciones, para lo cual existe un amplio menú de opciones. Ninguna de ellas tiene eficacia universal y todas son válidas en determinados casos, por lo que se requiere máxima flexibilidad, siempre que se garantice una rigurosa evaluación técnica y económica de los proyectos, así como el adecuado control y uso de los recursos. En el caso de las universidades y otros centros presupuestados estas actividades pueden generar ingresos que complementen al obtenido del presupuesto o los proyectos estatales y estimulen a los participantes.” (1)

Por nuestra parte, en el número 69 (enero– marzo de 2012) de la revista Temas (2) apareció un artículo donde se pretendió dejar constancia de que la ciencia en Cuba, logro indiscutible de la Revolución Cubana, debería atenderse. En particular señalábamos acerca de las conexiones de la ciencia con la vida económica del país que: “El éxito de una dependencia [estatal en la Cuba de ese momento] se mide mucho más por su disciplina en el cumplimiento del plan y las indicaciones del nivel superior que por su agresividad y progreso. El que prácticamente no existan espacios significativos para las nuevas iniciativas en instancia alguna y mucho menos para la competencia es una consecuencia nefasta. Una actividad de evidente riesgo —como la introducción de las investigaciones, el conocimiento y la innovación en la producción de valor— queda sin lugar en este esquema.”

Al cabo de más de siete años exhibimos una tendencia descendente, que ni siquiera existía entonces en cuanto a los indicadores internacionales de innovación. El número de patentes autóctonas solicitadas es mínimo y decreciente, de 62 en 2011 a 32 en 2016, según nuestra Oficina Nacional de Estadísticas.

Por otra parte, a partir de la mayoría de las informaciones que aparecen en nuestra prensa se hace evidente que la innovación para el sector productivo sigue viniendo de la mano de inversiones extranjeras o importaciones de equipos y “plantas completas”, donde se compra a precio de oro muchas veces hasta su diseño.

Acciones, productos y servicios novedosos cubanos suelen comenzarse a implementar, cuando se logra, solo después de muchos años de gestión por parte de los propios innovadores. Casos paradigmáticos de este esfuerzo de los investigadores, y no tanto de la demanda de los empresarios, son el de la producción de cemento de bajo carbono desarrollado con tecnologías de punta por especialistas de la Universidad Central de Las Villas y el “Biobras 16” de la Universidad de La Habana que estimula el crecimiento de las plantas más de un 15%. Este último se aplicó primero en el extranjero en los últimos años del pasado siglo, que en Cuba.

Gracias a la Revolución de 1959 somos hoy, indudablemente, un pueblo culto, con altos niveles de educación. Nuestros dirigentes muestran una clara conciencia y esgrimen, constantemente la exhortación en favor de la ciencia, la tecnología y a la innovación en su gestión de gobierno, vinculándola sobre todo al potencial científico determinante del país que está en nuestras universidades. Hemos demostrado además una increíble capacidad innovadora para supervivir muchas décadas de bloqueo, acoso y castigo externo por desear preservar nuestra independencia. Deberíamos poder exhibir muchos más hechos innovadores en la tecnología, en los servicios y en la producción de bienes que pudieran asombrar al mundo y al mercado. Las razones de tipo endógeno por las que aún no logramos esto las podemos corregir precisamente innovando en nuestra gestión del socialismo.

En la primera parte de esta serie de artículos debemos introducirnos en lo que puede ser el proceso de innovación y sus paradigmas.

Se innova creando algo nuevo. Si lo que se crea, que puede ser un objeto virtual (como un servicio de taxis a pedido por internet) o material (como un nuevo plástico), suple una necesidad por parte de las personas, entonces se posiciona inmediatamente y alcanza un valor de cambio por dinero, o precio: se mercadea. La formación de este valor es un proceso complejo y muy dependiente de como se ha generado la innovación, de su propia esencia y de la sociedad en la que se vive. Marx le dedicó a este asunto mucho espacio en su obra cumbre El Capital.

El valor de un par de zapatos y el de un robot que haga una cirugía del corazón tiene muy diferentes formaciones y precios de mercado, que aparecen ante el consumidor determinados por lo que conocemos como “la oferta y la demanda”. La formación del precio del par de zapatos tiene mucho que ver con el trabajo realizado para fabricarlo, el costo de los materiales y el de ponerlo a disposición del cliente. Pero en este caso la oferta suele proporcionar muchas opciones, porque en este mundo son muchos los capaces de producir zapatos. Eso influye mucho en precios que puedan ser relativamente bajos.

El precio del robot es diferente. En este caso, su formación está determinada por la oferta, ya que solo contados fabricantes pueden hacerlo. Un robot no se encarece esencialmente por el valor del material con el que está fabricado, sino por el trabajo intelectual que pocos en este mundo pueden realizar para producirlo. Es el alto costo del saber, en términos de mercado. La sabiduría y el saber hacer son mucho más escasos que el cuero con el que se fabrican los zapatos.

En nuestro socialismo el robot y la cirugía que realizaría no tienen precio alguno para el cliente, que somos los cubanos, porque son sufragados por toda la sociedad. Si lo produjéramos nosotros mismos, con nuestros saberes, solo cubrimos sus costos materiales y la debida retribución a nuestros sabios y tecnólogos. Si además es tan innovador y efectivo que resultara competitivo en el mercado internacional entonces lograríamos ingresos mayores que si vendiéramos su peso en oro. Si lo importamos o lo adquirimos de cualquier empresario privado, el pueblo de Cuba pagará su precio de mercado para beneficio de otros. Resulta así obvio que una política de promoción de la innovación puede actuar a favor de nuestra economía urgida de eficiencia y crecimiento.

La ciencia puede producir innovación en su proceso de búsqueda incesante de lo desconocido. Resulta que nuestros sentidos están seleccionados para percibir lo que está a nuestro alcance directo y no un átomo o una molécula, que son demasiado más pequeños. La naturaleza es como es, independientemente de nosotros. Los que vivimos en las dimensiones del metro y los segundos tenemos que adaptar nuestra capacidad de comprensión si queremos entenderla fuera de esas escalas. Por ello nos cuesta aceptar que la materia tiene al mismo tiempo lo que para nosotros es masa, como la de nuestro cuerpo, y lo que para nosotros es la frecuencia de una radiación electromagnética, como la de la luz. Resulta algo paradójico en estos tamaños que habitamos del universo: las antenas de radio aparecen así como transmisores o receptores de pequeñísimas “bolitas” o fotones que se manifiestan también con una frecuencia de oscilación, y nuestro propio cuerpo tendría además de su masa, claramente palpable, una tal frecuencia de radiación que no podemos detectar.

Uno de los descubrimientos conducentes a innovaciones más trascendentales y actuales en este sentido es el llamado “entrelazamiento cuántico”, y es una consecuencia de esta propiedad de la materia de ser al mismo tiempo onda y tener masa. Resulta que es posible generar artificialmente sistemas de dos o más partículas, como los electrones o el fotón de la luz, de forma que aún separados espacialmente se manifiesten tan asociados que compartan sus propiedades. Así el conocido científico austriaco Anton Zeilinger, que nos visitó en Cuba hace unos pocos años, y su grupo en la Universidad de Viena lograron en 1997 un experimento trascendental (3). Cambiaron la forma en la que vibra un fotón de luz (su “polarización”), que se dice estaba en una orilla del Danubio, al mismo tiempo que la de otro que le estaba entrelazado, pero a distancia, probablemente en la otra orilla. Todo fue tan simultáneo como la velocidad de la luz.

Así, los dispositivos que están resultando de los estudios acerca del entrelazamiento cuántico serán innovaciones producidas indudablemente por la investigación científica de un grupo relativamente pequeño e independiente de académicos. Y después de una investigación donde se usó más talento e iniciativa que recursos materiales. Los que más se mencionan hoy en día son las llamadas “computadoras cuánticas”, que ya se producen comercialmente en los EE.UU. y Canadá. China es particularmente activa en este campo y parece que pueden tener sistemas entrelazados entre la tierra y satélites artificiales para trasmitir información codificada de forma casi instantánea y a distancias siderales.

La iniciativa individual o de colectivos pequeños como los que lograron el entrelazamiento antes descrito es decisiva. Se trata de una regularidad en los procesos innovadores más exitosos. La innovación y las nuevas ideas suelen comenzar con hallazgos científicos y experiencias aisladas e independientes. Su implantación práctica no tiene un espacio fértil en un esquema centralista, donde cualquier nuevo proceder, cambio a introducir o nuevo producto a generar debe pasar por muchas aprobaciones antes de poderse siquiera experimentar al nivel tecnológico.

Se percibe que las transformaciones profundas que han venido ocurriendo en nuestra economía como producto de la actualización del sistema económico no han abandonado, y en algunos casos puede que hayan han reforzado, prácticas de gestión centralizadoras. Esto ocurre incluso a pesar de pronunciamientos explícitos a favor de la descentralización que aparecen en los documentos acordados en los congresos del PCC.

Un buen ejemplo sería que después de la reestructuración de nuestro sistema cañero– azucarero a principios del siglo, cualquier importante fábrica como puede ser el central Uruguay, solo quedó como una unidad empresarial de base dependiente de una empresa provincial que responde a la división político-administrativa del país, en lugar de la geografía cañera. La posibilidad real de que un administrador de algún central emprenda una iniciativa de innovación tecnológica que pueda incidir, con los riesgos y posibilidades de éxito inherentes, de alguna forma en su plan trazado centralmente es cuestionable, al menos como el fenómeno corriente que debe ser.

Paradójicamente, para que una innovación producida por la idea de un científico o grupo de investigadores individualizados pueda usarse en la práctica, casi siempre se requiere de cooperación. La conexión entre diversos actores es decisiva para que la implantación de la innovación sea exitosa. Con el trabajo de Zeillinger solamente no se hubiera llegado a aplicación alguna del entrelazamiento cuántico.

Las relaciones “horizontales” entre entidades muy diversas se deben aquí potenciar y es un momento en el que se requiere un facilitador o entidad que ayude al científico y al sector económico productivo para encontrar sus pares adecuados de interconexión en la compleja trama de cualquier país. Los ingenieros de diseño y experimentación tienen aquí un espacio decisivamente protagónico desarrollando las tecnologías. Para ello, deben poder acceder al resultado científico y entenderlo, asociarse con diferentes especialistas de diferentes campos, tener rápido y eficiente acceso a la información de experiencias similares en cualquier parte del mundo, poder conseguir los componentes, estén donde estén y comprarlos con la moneda que sea y en el momento en el que son necesarios, o fabricarlos en donde sea conveniente. Con mayores o menores cambios es este el proceso de innovación conducente a productos punteros y que pueden cambiar la economía de un país. Un ejemplo de cómo esto se puede implementar en un país como Cuba se puede tomar de cómo se obtuvieron muchos de los logros del otrora Polo Científico del Oeste de Fidel.

En nuestro caso más reciente, al intentar favorecer nuestro sistema de investigaciones científicas, solo se han experimentado hasta ahora transformaciones en la estructura y subordinación de los centros de investigaciones. Esto es el producto de la implantación de un Lineamiento del VI Congreso del PCC. Recientemente se ha aprobado una política e informado de ésta a los académicos y en este momento se elaboran sus normas legales. Sin embargo, en la práctica y reconociendo notables avances con el establecimiento de laboratorios y proyectos conjuntos entre el consorcio BioCubaFarma, algunos ministerios y las universidades, las acciones prácticas en todo el universo de la economía y la sociedad cubanas siguen estando esencialmente lastradas por los mismos esquemas restringidos de relaciones económicas de hace años. Sin embargo, se ha ganado mucho en comprensión y la nueva constitución, así como las medidas que va tomando nuestro gobierno apuntan a que podamos realizar los sueños de los convencidos de que nuestro futuro está en las producciones intelectuales, como nos dijo Fidel.

Notas:

(1) Análisis del estado de la ciencia en Cuba de cara al cumplimiento de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución; Academia de Ciencias de Cuba: La Habana, 2012; p 32. (2) Montero Cabrera, L. A. Temas 2012, (69), 4-11. (3) Bouwmeester, D.; Pan, J.-W.; Mattle, K.; Eibl, M.; Weinfurter, H.; Zeilinger, A. Nature 1997, 390, 575-579.

Luis A. Montero Cabrera es Doctor en Ciencias. Preside el Consejo Científico de la Universidad de La Habana. Miembro de mérito y coordinador de ciencias naturales y exactas de la Academia de Ciencias de Cuba.


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