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¿Quo Vadis Partido Comunista chileno?

Miércoles 10 de septiembre de 2008 por CEPRID

Hernán Montecinos

CEPRID

Ha sido público y notorio que la actual dirección del Partido Comunista chileno está gastando toda su pólvora en conseguir, algunos escaños en el parlamento. Cabeza de puente para ello ha sido, primero, conversaciones con la elite política de los conglomerados de la Alianza y la Concertación, y segundo, acordar un pacto político acotado con la Concertación, para las próximas elecciones de alcaldes. Por cierto que este es un objetivo que, políticamente, no puede ser condenable. Mal que mal, desde el punto de vista marxista, políticamente, la lucha parlamentaria se inscribe dentro de aquel prurito de que todas las formas de luchas son válidas si es que queremos posibilitar la transformación (revolucionaria) de las estructuras capitalistas de la sociedad.

Eso, claro está, en lo teórico, en el papel, pero como en todas las cosas de la vida, siempre hay excepciones, lo que para el caso, en las condiciones actuales en que se desenvuelve la política chilena, la izquierda debe tener particular cuidado en ponderar bien cuales, políticamente hablando, van a ser sus aliados electorales. Sobre todo, cuáles van a ser sus efectos, no sólo en lo inmediato, sino que más fundamentalmente a mediano y largo plazo.

Ahora bien, frente al nuevo cuadro que se abre, me surge una duda razonable, en cuanto a que, alcanzado tal objetivo (escaños parlamentarios), los representantes comunistas puedan orientar, desde dicha tribuna, a trabajadores y movimientos sociales en pos de una línea que convoque a la transformación de las estructuras de la sociedad capitalista, y no quedarse pegados en los regazos de la pura reforma. Razonable duda, atendida la actual línea política seguida por la dirección del partido comunista, la que, de un tiempo a esta parte, se ha estado mostrando complaciente con la elite política de la Concertación, la cual, como sabemos, ha terminado por desplazar a la derecha política en su tradicional papel de ser gendarme y administrador del sistema neoliberal imperante. En mi opinión, de proseguir en tal línea, el Partido comunista corre el riesgo de terminar, poco a poco, siendo cooptado por los partidos de la socialdemocracia chilena (Concertación), si es que ya no lo está, como así lo aseguran no pocos militantes y ex militantes.

Estos temores no dejan de tener razón si observamos lo que ha pasado recientemente con el comunismo europeo, los que en incestuosas alianzas con la socialdemocracia en el poder, -incluso, algunos de ellos formando parte del gobierno-, terminaron por caer en el más estrepitoso de los fracasos. Lo sucedido hace pocos meses con los comunistas de Italia, Francia y España dan cuenta del colapso de aquellos otrora partidos comunistas los que, en su época, llegaron a ser los más numerosos y poderosos del mundo occidental. Es el precio que tuvieron que pagar por aliarse políticamente con quienes no debieron. Los trabajadores y movimientos sociales, terminaron por pasarle la cuenta dejándolos reducidos, electoralmente, casi a cero. Una dramática experiencia, que bien vale la pena examinar y atender por los comunistas criollos, para que algo semejante no se repita acá en su propio cuerpo.

A esto se me podrá responder que no todas las situaciones en todos los países son iguales. . Y si bien esto no deja de tener razón, el propósito de esta nota es advertir que no se puede echar al saco otras experiencias vividas en otras partes del mundo, más sobre todo, cuando éstas se han repetido y reiterado con una regularidad que asombra. Así y todo, como sabemos, el partido comunista chileno insiste en repetir acá, una experiencia de alianza repetidamente fallida, allí en donde ésta se ha querido implementar.

Suponen ingenuamente, que aquí en Chile la cosa tendría que ser diferente. Parten del supuesto que los partidos de la Concertación son distintos a los de la socialdemocracia europea. Y si bien tienen razón, me atrevo a asegurar, que lo distinto acá en Chile se está dando pero al revés, toda vez que los partidos de la Concertación han demostrado, sobradamente, ser más vendidos, más canallas, más traidores y más corruptos que sus congéneres de la socialdemocracia europea e, incluso, -agregaría yo-, más neoliberales que los propios países centrales que hicieron carne de esa ideología en países de la periferia como el nuestro.

A este respecto, no olvidemos que nuestro país está viviendo el neoliberalismo más feroz que se ha implantado en la región , y con ello también, convertido en el Estado más represivo de este subcontinente. En efecto, mientras en el resto de los países empiezan haber claros indicios de hacerle un párele a la parafernalia neoliberalista, en el nuestro sucede todo lo contrario: la Concertación se ha encargado muy diligentemente de alentarla y profundizarla más aún. Prueba de ello son sus sostenidas políticas neoliberales que, entre otros, han llevado a la desnacionalización del cobre, mayor flexibilidad laboral, profundización de la mercantilización de la salud y la educación, entrega de los servicios básicos de agua, luz y teléfonos a las multinacionales, privatización de vías urbanas y rurales, aumento de la brecha social entre ricos y pobres, etc.

Para reafirmar esta idea, no hay que soslayar la fuerza que tiene el mensaje dejado, en su momento, por los empresarios, cuando uno de sus más representativos voceros declaró públicamente, “los empresarios amamos a Lagos”, a lo que ahora, a la luz de las últimas leyes patrocinadas desde la Moneda y los diarios apaleos a mapuches, pescadores y estudiantes, entre otros, agregaría yo: “Los empresarios también amamos a la Bachelet”.

Alianza o Concertación: preservar los intereses de clase Creo que no andaba equivocado Alfredo Jocelyn Holt cuando en el periodo de la campaña presidencial denunció que la Sra. Bachelet era “la candidata tapada de los milicos”. Se comenta en corrillos de empresarios, que se han sentido muy cómodos con los sucesivos gobiernos de la Concertación. Y esto tiene una explicación lógica, pues si con la Concertación han estado ganando más dinero que nunca y, además, ésta ha estado cumpliendo celosa y eficientemente su papel de guardián del neoliberalismo en nuestro país, concluyen que, políticamente, más vale dejar las cosas así tal como están. A decir verdad no muestran mucha preocupación si el gobierno lo ocupe la Alianza o la Concertación, uno y otro les dan lo mismo para el fin de preservar sus intereses económicos y de clase. Incluso más, ellos se sienten más cómodos que sea la Concertación la que esté haciendo el trabajo sucio por ellos, y no la derecha política.

Esto en un sentido general. Ahora si nos adentramos en detalle en la caracterización de cada uno de los partidos integrantes de la Concertación, el resultado no puede ser más desastroso. Debemos recordar, en primer lugar, al partido socialista, que bajo la misma premisa que hoy impera en el partido comunista (estar adentro para desde allí lograr los cambios que queremos), terminó por ser cooptado, pasando a ser hoy uno de los más entusiastas administradores del neoliberalismo. Si hasta, incluso, llegaron a borrar de su léxico la palabra revolución y también la palabra marxismo. Ese es otro dato de la causa que el autismo de la dirigencia comunista parece no haberse dado cuenta. De la democracia cristiana, ni hablar, sólo decir que políticamente nada hay menos parecido al partido comunista que la democracia cristiana. Por su parte, el PPD una bolsa de gatos, que pasados ya varios años, no se sabe que es lo que son y a que responden, salvo su afán por los pitutos y copar espacios de poder. Y el inefable partido radical, partido bisagra que estará siempre presente allí donde el oportunismo le traiga mayores réditos. Bueno, con estos aliados dudo que el partido comunista vaya a llegar a buen puerto.

Es que hay una gran verdad en lo dicho en su momento, por Radomiro Tomic: “cuando se pacta con la derecha, es la derecha la que gana”. Claro, como los tiempos han cambiado, hay que decir ahora, a la luz de la experiencia política más reciente, que “cuando se pacta con la socialdemocracia, es la socialdemocracia, la que gana”. Una verdad que se hace carne cuando, tanto los partidos de la socialdemocracia europea, como su símil aquí en Chile, los partidos de la Concertación, han venido a reemplazar a la derecha tradicional en su papel de gendarme y administrador del sistema neoliberal imperante.

Ahora bien, pensemos un poco bajo la actual lógica de la dirección del PC chileno. Convengamos que su alianza le permite obtener tres escaños parlamentarios que “generosamente” le quiere ceder el sistema, acomodando la ley electoral a tal propósito. Llegado a este punto me veo en la necesidad de aclarar que, no es que no esté de acuerdo con que el partido comunista tenga escaños parlamentarios. Eso de ningún modo, Es más, ha sido de injusticia que ya no los haya tenido antes. Eso está fuera de toda duda. Si, difiero en dos puntos: primero, que esa entrada debe hacerse por la puerta ancha y no por la puerta trasera y, segundo, que esa entrada debe hacerse de la mano con sus aliados naturales, los partidos y organizaciones de izquierda, y no con los que son nuestros adversarios políticos. Ahí está todo el quid del asunto, el lado feo de la cosa.

Entiendo por adversario político hoy a quienes bajo distintas formas alientan y sobrellevan políticas que favorezcan al neoliberalismo imperante. Es en este punto donde reivindico que un partido que se dice de la izquierda “marxista” no debe mostrar debilidad política, ni menos debilidad ideológica sobre el tema. En mi opinión ese es un asunto que, desde la visión marxista, no hay por donde perderse. Esa es mi alerta, mi crítica, a la actual conducción del partido comunista chileno.

Ahora bien, definir la izquierda es algo no fácil hoy. Liberales, socialdemócratas y hasta entusiastas neoliberales recurren al apelativo de izquierda para identificarse políticamente ante los trabajadores y movimientos sociales. Por esas peculiaridades del uso del lenguaje, ese término se ha prestado para los más absurdos acomodos. Todos los juegos que se han hecho a través del malabarismo del lenguaje han servido para hacer una confusión de imágenes en el quehacer político que impiden saber, a ciencia cierta, políticamente, quien es quien. Esa ha sido la causa del porqué, en un principio, la mayoría de la izquierda chilena y del progresismo, creyó que la Concertación era su referente que los interpretaba como tal. Sin embargo, pasado ya 18 años, ese mismo cuento muchos ya no están por tragárselas.

Pero, volvamos al punto. En su modo más simple, en mi opinión, ser de izquierda hoy en Chile, por las condiciones que hoy están viviendo los trabajadores, pobladores, juventud, movimientos sociales, etc, pasa, necesariamente, antes que nada, por ser anti neoliberales. Y si más aún, al sujeto izquierda le agregamos el predicado marxista, la definición asume una connotación más precisa y acotada. En dicho sentido, no basta sólo decir anti neoliberales a secas, sino que precisar que nuestra lucha contra aquello lo vamos hacer para alcanzar un objetivo transformador (revolucionario), entendiendo como tal, un cambio de las estructuras de la actual sociedad y no su mera reforma.

La revolución, la reforma, el aceite y el vinagre

En efecto, revolución y reforma son materias de distintas naturaleza, son, por decirlo de algún modo, como el aceite con el vinagre que, por más que tratemos de juntar dejará al descubierto sus propias cualidades físico-químicas, haciendo inútil tal esfuerzo, puesto que siempre seguirán siendo lo que cada uno es, materia ajena la una de la otra. En este sentido, el ser de la política de la socialdemocracia es la reforma, en tanto el ser nuestro (marxistas) es la transformación, (revolución). Desde esta óptica, para mi gusto, resulta un contrasentido acordar pactos electorales con los actuales sostenedores del neoliberalismo, justamente de aquello contra lo cual nosotros tenemos que comprometer nuestra lucha.

Ahora bien, teniendo presente este cuadro, surge la pregunta… ¿Un partido de izquierda marxista haciendo pacto electoral con la Concertación?... ¿Qué consistencia ideológica y política puede haber para privilegiar esta vía?... No parece ser suficiente, la obtención de tres o cuatro escaños parlamentarios. Pensarlo así caeríamos en un oportunismo, un interés de corto plazo, pero cuyos alcances a mediano o largo plazo podrían acarrearnos efectos más profundos y dañinos para la credibilidad de la esencia de nuestro ser de partido de izquierda marxista.

En mi opinión, doctrinariamente, el partido comunista debe necesariamente, antes que nada, cautelar el mantenimiento de sus principios teóricos más proclamados. Todo lo que directa o indirectamente atente contra aquello, indefectiblemente derivará a un descreimiento ante los ojos de la izquierda y sus propios militantes. El partido comunista si quiere seguir atribuyéndose la calidad de ser un partido marxista debe, primero que nada, cautelar y preservar el “Ser” de su política, no entendido este Ser como condición ontológica o al modo metafísico platónico o heideggeriano, sino que atendiendo al modo y forma de hacer su vivencia política, esto es, el carácter revolucionario de su accionar, entendido esto como su irrenunciable propósito de transformación y no de reforma, y consecuentemente con ello privilegiar sus políticas de alianzas con aquellos que tengan a la vista estos fines y propósitos

En razón de estas y otras razones, es que el pacto por omisión para la elección de alcaldes, según entiendo, ya semi cocinado entre el partido comunista con la Concertación, es inconveniente y más que eso, impresentable, para la credibilidad en el futuro más inmediato de la razón y ser del partido comunista chileno. De seguir por esta equivocada senda, tengo la presunción de que, a poco andar, el PC chileno terminará por declararse “no marxista” y también borrará la palabra revolución de su léxico, tal como lo ha hecho el otrora partido marxista que existía en Chile, el partido socialista, y también el eurocomunismo de los países europeos.

¿Quo Vadis partido comunista chileno?. Es la pregunta que deben hacerse bien en serio los militantes del partido comunista chileno, y también aquellos que, sin necesariamente ser militantes, de uno u otro modo pertenecemos a lo que se reconoce como cultura comunista, o mundo comunista.

Como refrendación y agregado a lo dicho, no olvidemos que antaño nuestras alianzas electorales siempre fueron con aquellos partidos y movimientos que resultaban ser, inequívocamente, nuestros aliados naturales, es decir, pertenecientes al mundo de la izquierda, Tales lo fueron, primero el FRAP, y después, la Unidad Popular, Más adelante lo fueron el “PAÏS, el “MIDA”, hasta llegar a la elección pasada con el PODEMOS. En esta elección, en cambio, el partido comunista, rompiendo con su línea de alianza tradicional, nos sorprende hoy al privilegiar un pacto electoral con la Concertación, es decir, ya no con nuestros aliados naturales de la izquierda, sino con los que sustentan políticas neoliberales que contrarían los deseos de esa izquierda.

Pero toda alianza que nace espuria tiene su costo. Y ese precio ya se avizora. ¿Qué dirán los militantes comunistas cuando se vean forzados por su actual dirección para votar por el demócrata cristiano Jaime Ravinet para la alcaldía de Santiago? Resulta, por decir lo menos, algo kafkiano, trágico-cómico en el escenario político de la sociedad chilena, más sobre todo, cuando fue ese partido el que se involucró hasta los codos en la intentona golpista que terminó con el derrocamiento del gobierno de Salvador de Allende del que los comunistas formamos parte. No debemos olvidar tampoco la pertinaz política de la democracia cristiana para que nuestro país de su voto en contra de Cuba en las Naciones Unidas. Y para que decir del hostigamiento en contra de Chávez y la Revolución Bolivariana. Su actual apoyo en contra de la píldora del día después, su reciente apoyo en el parlamento de una ley educacional que consagra el lucro en la educación, etc. Bueno en fin, por donde quiera que se le mire, como lo dije, nada hay más de lejano que un comunista con la democracia cristiana. Ese es otro dato de la causa que la dirección del PC chileno parece no haber medido sus consecuencias.

Como última referencia, y a modo de conclusión, el partido comunista debe concordar sus políticas de alianzas electorales con aquellos que pertenecen a su propio mundo, a lo que es la esencia de su propio ser de partido marxista. Una alianza con la izquierda, que no necesariamente tenga que ser marxista pero que, en lo medular, en las condiciones actuales, se muestre inequívocamente anti neoliberalista.

Pactar electoralmente con la Concertación hoy, es negar estos presupuestos políticos básicos, es decir, pactar con aquellos que son, precisamente, lo contrario a eso.

Si políticamente con este anuncio el partido comunista ha logrado algo, es traer confusión a las filas de la izquierda, y con ello una virtual división y también un inmenso daño en su seno.

Si hay algo que valoramos los que adscribimos a la izquierda marxista, es tener firmeza ideológica en nuestros principios. El partido comunista chileno hace rato ya que anda de tumbo en tumbo, mostrando una debilidad ideológica extrema, impropia de un partido que se declara marxista, pero que en su práctica política es incapaz de crear y sostener una política que le sea propia, dejándose llevar sólo por los vaivenes de ésta.

Hernán Montecinos Escritor-ensayista / Valparaíso, Chile


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