CEPRID

La desaparición de las URSS 25 años después: Algunas reflexiones (y III)

Jueves 18 de agosto de 2016 por CEPRID

José Luis Rodríguez

Cuba Contemporánea

VI

Como se señaló anteriormente, el debate en torno a la necesidad de estabilizar a economía para poder llevar adelante las reformas, se agudizó notablemente entre 1988 y 1989. A partir de los resultados económicos de 1987, resultaba evidente que el país se abocaba a una crisis producto del desequilibrio financiero interno unido al vacío que comenzaba a manifestarse en la dirección de la economía.

Al propio tiempo, las contradicciones en el seno de la dirección del país se manifestaron con fuerza en la esfera política. Surgieron dos escenarios de intenso debate interconectados: por un lado, se desarrollaba una intensa campaña que cuestionaba el papel del PCUS en la sociedad soviética, y por otro lado, se criticaba con fuerza la inefectividad de la reforma económica aplicada hasta ese momento. En este proceso cabe destacar el enfrentamiento de Gorbachov y Yeltsin en noviembre de 1987, que llevó a la separación de este último de sus cargos en el PCUS, aunque ocuparía un cargo ministerial de segundo orden posteriormente, hasta resurgir como líder de la oposición en 1989.

El enfrentamiento y la división en el seno del Partido se conocerían públicamente en el Pleno del CC celebrado en enero de 1988, cuando la dirección de los llamados reformistas radicales acusó al propio Partido de oponerse a la perestroika, tendencia que acabaría por imponerse en la XIX Conferencia del PCUS celebrada en junio de ese año, donde -además- se aprobó liquidar el papel del Partido en la dirección de la gestión económica del país.

Se produjo así una reformulación de la línea política aprobada en el XXVII Congreso, y se consagró la necesidad de un cambio en el sistema político soviético para transformarlo en un régimen presidencialista, con un parlamento al mejor estilo de las democracias burguesas. Esto se materializó durante el primer semestre de 1989 al elegirse en mayo el nuevo Congreso de Diputados Populares y el Soviet Supremo de la URSS. El Congreso tendría 1 500 diputados elegidos para un período de 5 años, de ellos 750 asientos serían reservados para el Partido y las organizaciones afines. De entre los diputados se elegiría una suerte de Soviet Supremo bicameral como órgano permanente que debía rendir cuentas al Congreso.

En medio de estas polémicas, el debate económico enfrentó dos tendencias: por un lado, aquellos que abogaban por una rápida implementación de las reformas y por otro, los que expresaban la necesidad urgente de estabilizar la economía previamente.

En estas discusiones preponderó el criterio de ir a la búsqueda de la estabilidad mediante una mayor liberalización de la economía. De tal modo, en mayo de 1988 se aprueba una nueva ley de cooperativas no agropecuarias, que –a partir de las consecuencias que genera en el crecimiento de la especulación- sería modificada en octubre de 1989; en el mes de julio de 1988 se limita el pedido estatal a las empresas restringiendo así seriamente la capacidad del plan estatal para disponer de producciones y servicios con vistas a ser utilizados de acuerdo a los intereses sociales; y en el verano del propio año se aprueba por primera vez el arriendo de tierras de propiedad estatal para ser explotadas por trabajadores individuales o cooperativas, proceso que apunta cada vez más a la privatización de la propiedad pública.

Al año siguiente, ante las enormes dificultades en el mercado interno, se racionan los productos de primera necesidad y se establece una regulación de los precios en noviembre de 1989, pero ambas medidas no cumplen los objetivos previstos a partir del debilitamiento del Estado para su implementación frente a las medidas que fortalecen cada vez más los mecanismos de mercado. Esta tendencia se fortalece adicionalmente por la aprobación que se produce de arrendar bienes o empresas estatales por entes privados o cooperativos.

Sin embargo, el elemento que marcó formalmente el inicio del fin de la economía socialista fue la aprobación en noviembre de 1989 de la primera propuesta integral de tránsito a una economía de mercado regulada. En esta propuesta se incluía una denuncia inequívoca de la planificación central y una defensa del mercado; se abogaba por el pluralismo en las formas de propiedad; y se reclamaba un cambio radical en el sistema económico, mediante un proceso gradual de introducción de la economía de mercado a partir de 1991.

Parejamente en el ámbito político se produjo un desplazamiento del poder real del Partido y el Estado al Congreso de Diputados Populares y al nuevo Soviet Supremo electos en mayo de 1989, iniciándose así la reconfiguración del aparato estatal de acuerdo al modelo de Occidente.

De no menor gravedad resultaba el incremento de los conflictos inter- étnicos, como el desatado en Kazajstán en 1986 y el enfrentamiento armado en 1988 entre Armenia y Azerbaiyán por el enclave de Nagorno-Karabaj. Al mismo tiempo daba inicio un proceso secesionista de Letonia, Lituania y Estonia –que declaran su soberanía entre mayo y julio de 1989- al que seguiría la insubordinación frente al poder central del resto de las repúblicas de la Unión.

La evolución de los indicadores socioeconómicos de estos años marcó el último período de crecimiento de la URSS. Así el ingreso nacional se incrementó 4,4% en 1988 y se desaceleró a 2,4% en 1989; la industria creció respectivamente 3,9 y 1,7%; el sector agropecuario aumentó 1,7 y descendió en su avance a solo 1% en 1989; mientras que la deuda externa se elevó de 43 000 a 54 000 millones de dólares. Ya en 1989 la pobreza afectaba al 15% de la población soviética.

Esta situación crítica no pasó inadvertida por una parte de la clase obrera que –por primera vez- en julio de 1989 desató extensas huelgas en el sector de la minería que estallaron en Ucrania, Rusia y Kazajstán, encabezadas por grupos independientes al margen de los sindicatos oficiales, dando inicio a una serie de protestas sociales que ya no desaparecería hasta el fin de la URSS.

Por otra parte, durante estos años en la esfera de las relaciones internacionales la posición soviética sufriría un deterioro marcado ya visible en el fracaso de la cumbre Gorbachov-Reagan en Reykjavik celebrada en octubre de 1986, a lo que seguiría el inicio de un proceso de desarme unilateral de la URSS frente a la resistencia y beligerancia occidental.

Como parte de este proceso se produciría simultáneamente la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán, hecha pública en febrero de 1988; el anuncio en diciembre de 1988 de la reducción unilateral de 500 000 efectivos militares en el ejército soviético y la retirada de seis divisiones de tanques de Europa oriental; así como la declaración de julio de 1989 de que las naciones miembros del Pacto de Varsovia eran libres de seleccionar su propio camino al socialismo, lo que significó en la práctica, el principio del fin de la alianza política con las llamadas democracias populares europeas y sus gobiernos. Esto último se expresaría dramáticamente en las posiciones de Gorbachov frente al gobierno de Erich Honecker en la RDA.[2]

La desconexión soviética de lo que comenzó a ocurrir en Europa oriental a partir del derrumbe del socialismo en Polonia, donde las elecciones del verano de 1989 llevaron al poder al Sindicato Solidaridad frente al POUP y hasta la reunificación alemana en octubre de 1990, fue un proceso negativo en todos los aspectos para la dirección de la URSS, la que –sin embargo- no hizo otra cosa que replegarse frente a estos acontecimientos, sin reaccionar ante lo que ese enorme cambio en la correlación de fuerzas en Europa significaba para la política internacional del PCUS.

VII

Los años 1990 y 1991 mostraron una Unión Soviética en una crisis política terminal.

Una rápida sucesión de acontecimientos en 1990 marcó -con toda claridad- el rumbo definitivo hacia la destrucción del Partido y el Estado multinacional. De tal modo, el Pleno del CC del PCUS de febrero –dominado por las fuerzas de derecha- aprobó la renuncia del Partido a ser la fuerza dirigente de la sociedad soviética; Gorbachov fue electo presidente en marzo, tratando de concentrar todo el poder posible en sus manos y gobernando por decreto, en tanto que Yeltsin resurgía como presidente de Rusia en mayo, encabezando el bando de los “demócratas” e iniciando una confrontación en todos los órdenes con el gobierno central. En medio de estos acontecimientos, en julio se celebró el XXVIII Congreso del PCUS, que confirmó la capitulación de sus dirigentes y reveló el surgimiento de distintas facciones en el Partido, [3] en tanto que el centro de la discusión fue como transitar a una economía de mercado.

Durante 1990 los debates económicos en el aparato estatal se concentraron en cómo acelerar el tránsito al capitalismo. Surgen así el “Plan de los 400 días” en febrero; el “Plan de los 500 días” en julio y el llamado “Plan del Gobierno” en septiembre. Después de un intenso debate parlamentario en el otoño de ese año, se adoptó el plan presentado por Gorbachov, conocido como el “Plan Presidencial”, resultado de múltiples compromisos políticos y donde se recogían los postulados fundamentales del “Plan de los 500 días”. Previamente se había otorgado total legalización a la propiedad privada en marzo y en octubre se había liberalizado totalmente la inversión extranjera.

También cabe apuntar que estas transformaciones no involucraban solo a la URSS. Así en junio de 1990 el gobierno soviético decidió unilateralmente que a partir de 1991, los intercambios comerciales en los marcos del CAME se realizarían a precios del mercado mundial y en divisas libremente convertibles, terminando así de un solo golpe, todo el esquema de colaboración que había venido funcionando durante más de 40 años al acabar con los precios preferenciales y el pago en rublos transferibles.

Esta decisión tendría una fuerte incidencia en nuestro país y –luego de infructuosas comunicaciones[4] con la dirección soviética- Cuba se vio obligada a proclamar el inicio del Período Especial el 29 de agosto de 1990.

Los resultados económicos de 1990 fueron desastrosos: la renta nacional cayó un 4%; la industria un 1,2%; el sector agropecuario un 2,3% y la pobreza golpeó al 27,6% de la población.

Las medidas económicas y las decisiones políticas adoptadas en 1991 revelaban un estado de desesperación en la dirección del gobierno. De este modo, ante el creciente separatismo de las repúblicas soviéticas, se aplicó un plebiscito en marzo de 1991 donde la población mayoritariamente votó por mantener la URSS, lo que no frenó la tendencia a la desintegración, aunque Gorbachov dedicó todo su esfuerzo infructuosamente a la firma de un nuevo tratado de la Unión.

En el ámbito de la economía, se implementó en marzo una reforma monetaria y de precios que elevó los mismos sin que se compensara adecuadamente a los estratos más vulnerables de la sociedad. Todo ello provocó un fuerte rechazo de la población y determinó el fracaso de las medidas propuestas.

En abril el gobierno aprobó un paquete de medidas de emergencia que avanzaba en el proceso de desestatización y privatización, aunque dejaba en manos de las repúblicas su implementación.

En la medida en que transcurría el año se hizo cada vez más evidente la lucha del gobierno por conservar el poder, aún a costa de mayores concesiones a Occidente, partiendo del supuesto absurdo de los gobiernos burgueses estarían interesados en ayudar a la URSS en su transición al capitalismo, pero bajo las banderas de un socialismo reformado, al menos formalmente.

Un ejemplo de esas posiciones fue el viaje a los Estados Unidos de los economistas Evgueni Primakov y Gregor Yavlinsky en mayo de 1991 para discutir el programa de reformas con especialistas norteamericanos, incluyendo al secretario de Estado James Baker. La petición de recursos financieros con ese propósito se fijo entre 150 000 y 250 000 millones de dólares.

Como resultado de esas consultas y contando con el supuesto apoyo occidental, en junio de 1991 se aprobó un nuevo plan de transición al capitalismo conocido como “Plan Yavlinsky”.

Formando parte de este plan y ante la ausencia de una respuesta clara, Gorbachov se dirigió a la Cumbre del Grupo de los Siete que se celebró en Londres en julio de 1991. No obstante, el dirigente soviético no alcanzó ninguno de los resultados que se esperaban. No fue siquiera invitado oficialmente y recibió la callada por respuesta a su mensaje contenido en una carta de 23 páginas enviada a cada uno de los mandatarios allí reunidos.

El fracaso de esta misión fue una gran humillación para el gobierno soviético y las contradicciones en el seno de los distintos grupos de poder presentes en la dirección del país estallaron el 18 de agosto de 1991, cuando un grupo de ministros y miembros del Comité Estatal para Situaciones de Emergencia[5]–encabezados por el vicepresidente Guennadi Yanáev- trataron de revertir la situación mediante un golpe de Estado.

Ante todo debe señalarse que estos elementos no estaban en contra del tránsito a la economía de mercado. Más bien se resistían a aceptar la forma en que el mismo venía transcurriendo, especialmente al señalar en el Llamamiento que emitieron, entre otras críticas: “Solamente gente irresponsable puede confiar en cierta ayuda desde el extranjero”.

Este último intento de frenar la forma en que se estaba dando la transición al capitalismo fracasó y no contó ni con el apoyo del ejército ni de la población. De hecho tiempo después se ha sabido que los golpistas habían consultado a Gorbachov para que se pusiera al frente del golpe y enfrentara a Yeltsin desde posiciones de fuerza.

Todavía hoy el significado de lo ocurrido en agosto de 1991 permanece sin aclarar en muchos aspectos. Sin embargo, ha quedado claro que los líderes del golpe –entre los que se encontraban el jefe de la KGB[6] Vladimir Kriuchkov y el ministro de Defensa Dimitri Yazov- pensaban que Gorbachov estaría de su lado y así se lo habían asegurado a Yeltsin, pero cuando Gorbachov rechazó las proposiciones de los principales dirigentes del CESE, cundió el pánico, puesto que no tenían absolutamente ningún plan para la toma del poder.

Tras el intento de golpe de Estado, sobrevino un vacío donde el presidente de la URSS perdió de hecho todas sus facultades y Boris Yeltsin emergió como el “defensor de la democracia” pasando a detentar el poder real desde su posición como presidente de Rusia.

A partir de aquí prácticamente todas las repúblicas se declararon independientes. En septiembre se ilegalizó el PCUS[7] y se disolvió el Congreso de Diputados Populares, creándose estructuras políticas provisionales que regirían durante el período de transición que se abrió hasta fin de año.

El desastre económico del último año de existencia de la URSS reflejó una caída del 15% de la renta nacional; disminuyó un 7% la producción industrial; y se redujo un 9% la producción agropecuaria. A finales de 1991 el 31% de la población soviética vivía en la pobreza.

Bajo la dirección efectiva de Yeltsin el 21 de diciembre se constituiría la Comunidad de Estados Independientes con 11 de las 15 repúblicas federadas,[8] el 25 de diciembre Gorbachov renunció y el 31 de diciembre de 1991 desapareció oficialmente la Unión Soviética.

VIII

Como se ha señalado en trabajos anteriores, la desaparición del socialismo en la URSS fue motivada por múltiples causas, que se engendraron durante un largo período de tiempo y donde el papel de las diferentes personalidades políticas en su devenir histórico contribuyó de diversa forma al desenlace final.

Un primer factor esencial en el derrumbe fue la ausencia de una verdadera cultura socialista, lo que no aseguró la motivación ideológica capaz de lograr que el hombre identificara su proyecto de vida personal con los intereses más altos de la sociedad, lo que a su vez suponía la participación democrática y consciente del mismo en la toma de decisiones apropiadamente consensuadas entre todos sus miembros. (9)

Un elemento clave para entender la complejidad de la situación lo destacaba Lenin en sus últimos escritos cuando se señala que el reto esencial era, lograr más eficiencia en la empresa comunista en relación a la capitalista, sobre lo que se apuntaba “…o pasamos esta prueba con el capital privado o fracasamos por completo. Para ayudarnos a salir bien de esta prueba tenemos el poder político y una serie de diversos recursos económicos y de otro tipo; tenemos todo lo que quieran, menos capacitación (…) lo que nos falta es cultura en el sector de los comunistas que desempeñan funciones de dirección.” (10)

Esa cultura –que puede también entenderse como el conocimiento indispensable para construir el socialismo- nunca se logró crear plenamente. En su lugar frente a las inevitables contradicciones de este proceso, surgió la imposición autoritaria y la represión del disenso por parte de una élite dirigente divorciada de las masas y burocratizada hasta la médula que olvidó las enseñanzas de Lenin, cegó las potencialidades del socialismo como sistema y contribuyó al colapso de ese modelo.

Tras la muerte de Lenin “Stalin fue el rostro visible y la figura representante de la nueva capa dirigente que fue rompiendo gradualmente vínculos con la dirección genuinamente revolucionaria (con mayor énfasis después de la muerte de Lenin), y se fueron deshaciendo de los mecanismos endebles de control político de las masas.” (11)

“A los cargos administrativos principales fueron ascendiendo figuras de relieve secundario dentro de la revolución, motivado esto, entre otros factores, porque muchos antiguos combatientes perecieron durante la contienda civil, o se iban separando de las masas con promociones o cargos de menor relevancia, o porque sencillamente el cansancio de los duros años de combate y las circunstancias hostiles en que se vivía hacían mella en la resistencia de algunos hombres. Esta fue una de las fuentes de donde se nutrió la casta en gestación.” (12)

A lo anterior se sumaría la tradición burocrática del estado zarista, muchos de cuyos integrantes fueron utilizados como personal técnico especializado, pero que también portaron el germen del proceso de burocratización del estado socialista desde el inicio mismo de la Revolución.

En ese contexto, la imposición de decisiones desde los niveles superiores de dirección, sin gestar el apoyo político indispensable para su aplicación, condujo a fenómenos como la colectivización forzosa de la tierra a inicios de los años 30 y a un proceso de industrialización a marchas forzadas, que dejó sus huellas en más de una generación de soviéticos.

Adicionalmente y al contrario de lo ocurrido bajo la dirección de Lenin –que siempre, aun en las circunstancias más difíciles estimuló el debate interno sobre diversos aspectos de la construcción socialista-, en los años 30 Stalin enfrentó la oposición a sus ideas y para ello desató un proceso de purgas internas dentro del propio aparato del partido y el estado soviético que llevó a la liquidación físicamente de su dirección histórica, proceso que culminaría con el asesinato de Trotsky en México en 1940.

Aún hoy cuesta trabajo evaluar el enorme impacto negativo que estos procesos tuvieron para la dirección de la Unión Soviética (13), la construcción del socialismo y las ideas del marxismo en general.

Estas tendencias negativas solo fueron críticamente analizadas de forma parcial por la dirección del PCUS durante un corto período de tiempo –de 1956 a 1961- y los efectos de los errores cometidos no fueron superados por los sucesivos gobiernos soviéticos que existieron hasta la desaparición de la URSS en 1991.

No obstante, si bien los aspectos políticos tuvieron un peso decisivo en la evolución del socialismo soviético, también los errores en el ámbito de la economía tendrían una significativa participación en la misma. En este caso se trata especialmente de la incorrecta interpretación de las relaciones monetario-mercantiles y el papel del mercado en el socialismo, al asimilarlos como una simple técnica para la asignación óptima de recursos en la microeconomía, lo que –al generalizarse- dio pie al llamado socialismo de mercado, que generó un impulso a tendencias economicistas y tecnocráticas, dejando a un lado la necesidad indispensable de compensar los negativos efectos sociales de la economía mercantil.

Otros muchos errores derivaron de estas causas esenciales. Entre ellos cabe señalar la subestimación del consumo; el atraso secular de la producción agropecuaria; la compartimentación de la ciencia limitada al ámbito del complejo militar-industrial, no aplicando sus resultados a la producción y los servicios de la esfera civil; y la expansión excesivamente gravosa del gasto militar.

Los métodos de dirección aplicados y sus efectos nocivos propiciaron también la aparición de la corrupción, el enriquecimiento ilícito y la expansión de la economía sumergida en la sociedad soviética, especialmente en los últimos 20 años de su existencia. A ello se sumaría una conciencia social penetrada por prácticas consumistas y la ausencia cada vez mayor, de un compromiso real con la sociedad socialista entre una parte creciente de la población.

Sin embargo, a pesar de todos los errores y contradicciones, la sociedad soviética mostraría avances incuestionables que elevaron el nivel de vida y la fortaleza del estado soviético en base al enorme esfuerzo de su pueblo.

El riesgo de la simplificación en los análisis de procesos históricos tan complejos siempre ha estado presente. Es por eso indispensable en este punto señalar que en la interpretación de la historia del llamado socialismo real, la mayoría de los análisis contrastan lo ocurrido con lo que teóricamente debía haber sucedido, a lo que se añade la tendencia de muchos autores a no tomar en consideración las condiciones en que transcurrieron realmente esos procesos y su impacto en el desarrollo de los pueblos, al compararlos con la alternativa que hubiera ofrecido el capitalismo para su desarrollo.

Ciertamente no se trata de justificar a posteriori los resultados del experimento socialista soviético a toda costa, pero muchas veces se expresan criterios que únicamente reflejan los ángulos más oscuros del socialismo y se desecha hasta el más modesto reconocimiento a lo que puede haber dejado de positivo esta experiencia.

En este sentido, además de considerar todas las agresiones que debieron enfrentar el pueblo soviético y sus dirigentes, no es posible olvidar que las nuevas relaciones sociales a crear debían ser conscientemente asumidas por los trabajadores, en un proceso de acelerada adquisición de conocimientos y asimilación crítica de la realidad, que suponía simultáneamente la superación de los hábitos de la sociedad mercantil y la implantación de la solidaridad social.

Este proceso –inédito en la historia- suponía un desarrollo político e ideológico de adaptación a las nuevas condiciones sociales que no podía transcurrir sin atravesar complejas circunstancias y profundas contradicciones, especialmente si se tiene en cuenta la tradición que durante siglos llevó al ser humano a enfrentarse a sus semejantes para lograr la supervivencia.

En la medida en que los factores subjetivos no se desarrollaron suficientemente como para permitir una comprensión de esta compleja transición, fue hasta cierto punto lógica la aceptación primero y la asimilación acrítica después de todo el arsenal de ideas del sistema capitalista, cuyas armas melladas –como había advertido el Che- no podían servir para la construcción de la nueva sociedad.

La visión política y el coraje necesario para transitar hacia el socialismo en medio de las enormes dificultades que este proceso planteaba, se expresó claramente en las valoraciones de Lenin y los compañeros bolcheviques que siguieron sus huellas. Pero su genialidad y sacrificio no los eximió de cometer errores, a lo que se sumaría después la debilidad humana de los dirigentes que a nombre del socialismo no pudieron o no quisieron desarrollar sus potencialidades como sociedad superior en la lucha entre los dos sistemas.

Solo faltaría la gestión de una persona como Mijail Gorbachov, que combatiendo supuestamente las deformaciones del socialismo soviético, terminó alimentando las tendencias anticomunistas y pro capitalistas presentes en la dirección del país, contribuyendo así decisivamente a la aceleración del proceso de destrucción de la URSS.

IX

Al producirse la desaparición oficial de la URSS en diciembre de 1991, una parte de los antiguos dirigentes del PCUS –en los que se sintetizaron muchas de las carencias y errores del socialismo soviético- pasaron a encabezar la transición al capitalismo al frente de los nuevos estados que surgieron entonces.

Fueron los casos de Boris Yeltsin en Rusia, que gobernó el país entre 1991 y 1999; Islam Karimov, que preside Uzbekistan desde 1992 y hasta el presente; y Nursultan Nazarbaev que ha presidido Kazajstan en ese mismo período. También la continuidad de antiguos dirigentes soviéticos ocurrió en los casos de Azerbaiyan con Gueidar Aliyev, que fue dirigente del país entre 1993 y 2003; en Kirguiztan donde Askar Akayev gobernó el país entre 1990 y 2005 y en Georgia con Edward Shevardnadze, que fue presidente entre 1992 y 2003.

En el caso de Rusia el gobierno de Yeltsin no solamente se caracterizó por la aplicación de una terapia de shock de un enorme costo económico y social para el pueblo ruso, sino que dio lugar a lo que algunos autores han denominado como el “capitalismo delincuencial” o “capitalismo criminal”, considerando su actuación al margen de la ley y su estrecha vinculación con la oligarquía o la mafia rusa.

La actividad de los grupos mafiosos se manifestó claramente a través de connotaros escándalos durante los años 90 y varios de sus principales representantes ocuparon posiciones oficiales de importancia. Nombres como Boris Berezovski, Mijail Khodorkovski, Vladimir Potanin, Roman Abramovich, Vladimir Gussinski y Oleg Deripaska son representativos de la nueva oligarquía rusa integrada por personas que se enriquecieron rápidamente mediante la corrupción, el soborno y el crimen, ocupando además personalmente cargos de importancia en el aparato estatal.

Si alguna prueba resultase necesaria para demostrar lo que del socialismo se perdió en sus 74 años de existencia de la URSS, bastaría con examinar los resultados de la proclamada transición al capitalismo real.

En efecto, la desaparición del socialismo como sistema no produjo un avance en el desarrollo de la sociedad, sino todo lo contrario. Todas las repúblicas que integraban la URSS –en diferente medida- transitaron hacia el más brutal modelo neoliberal, cuyos costos y consecuencias aún hoy se están pagando.

Baste señalar que solamente en Rusia durante los años 90 no se logró recuperar el nivel del PIB de 1991 –esto solo se alcanzaría en el 2004, 13 años después-; se redujo la población de 148 a 140 millones de habitantes; la esperanza de vida entre los hombres bajó de 65,5 a 57,3 años; emigraron más de 200 000 científicos a Occidente; el salario real bajó un 68,3% y las pensiones mínimas reales un 67%; el coeficiente GINI –que mide la desigualdad en la distribución de ingresos- subió de 0,27 0,48; el rublo –que antes de 1991 se cotizaba por encima del dólar de EEUU-, hoy un dólar equivale a 64 246 rublos de aquel entonces; a finales de los años 90 se calculaba que el 50,3% de la población estaba en la pobreza, en tanto que la tasa de homicidios se triplicó y Rusia se ubicaba entre los 20 países más corruptos del mundo.

A pesar de haber ganado las elecciones de 1996 –destacadas como fraudulentas por todos los observadores- el desgaste político de Yeltsin se aceleró, a lo cual contribuiría la crisis económica de agosto de 1998, que marcó el punto más bajo en el desempeño de la economía rusa postsoviética, a lo que se sumó el deterioro de la propia salud del mandatario. De tal modo, en agosto de 1999 Yeltsin nombró primer ministro a Vladimir Putin.

Putin provenía de los servicios de inteligencia soviéticos, donde alcanzó el grado de teniente coronel. Entre 1991 y 1996 trabajó en el equipo de Anatoli Sobchak, alcalde de San Petersburgo. En 1996 se trasladó a trabajar en la administración del Kremlin y en julio de 1998 fue nombrado jefe del Servicio Federal de Seguridad.

La selección de Putin para suceder a Yeltsin sorprendió a muchos analistas. A pesar de no haber figurado hasta entonces en el centro de la política rusa, mostró capacidad dar continuidad y –al mismo tiempo- desarrollar múltiples iniciativas para recuperar la indispensable estabilidad del país y comenzar una gradual recuperación de su economía.

En cuanto a las estructuras políticas, en el 2001 Putin fundó el partido Rusia Unida que desde entonces ha mantenido mayoría de votos en el parlamento ruso, permitiéndole gobernar –junto a Dimitri Medvedev- sin grandes dificultades internas.

Durante su mandato –y especialmente a partir del 2007- las posiciones nacionalistas de Putin se han ido fortaleciendo, enfrentándose son mayor fuerza a los intereses hegemónicos de Occidente y prestando especial atención a la recomposición del poderío militar del país. Todo ello le ha valido un gran apoyo popular, con políticas que también han mejorado gradualmente las condiciones de vida de la población.

Actualmente los indicadores socioeconómicos de Rusia no muestran los desastrosos resultados de la época de Yeltsin, pero aun la economía no ha cambiado en lo esencial su estructura productiva y las crisis impactan en la misma con mayor fuerza en relación a otros países desarrollados. Se trata así de una sociedad capitalista “de segundo orden” a la que –además- en el orden militar Estados Unidos busca destruir.

Notas

[1] Para este trabajo el autor se ha apoyado en el capítulo I de su libro “El derrumbe del socialismo en Europa” Ruth Casa Editorial y Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014 y en el ensayo “La perestroika en la economía soviética (1985-1991)” incluido en el libro de Serguei Glazov, Kara-Murza y Batchikov “El Libro Blanco de las reformas neoliberales en Rusia. 1991-2004” Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007. También se recomienda el capítulo I del libro de Ariel Dacal y Francisco Brown “Rusia Del socialismo real al capitalismo real” Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005, así como los capítulos 4 y 5 del libro de Roger Keeran y Thomas Kenny “Socialismo Traicionado. Tras el colapso de la Unión Soviética 1917-1991” Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2013.

[2] Sobre esto puede verse el libro de Hans Modrow “La perestroika: impresiones y confesiones” Cuba Sí Edición Ost, Berlin, 2013, capítulos 4 y 5.

[3] Ya para esa fecha habían renunciado al Partido 250 000 militantes.

[4] Esta situación dio lugar “…a numerosas comunicaciones, intercambios, cartas mías al jefe del gobierno, cartas mías compañero Gorbachov, presidente de la URSS, intercambio de comunicaciones, gestiones de todas clases, porque era incierta la situación de 1991: qué acuerdos íbamos a hacer, que mercancías íbamos a recibir. Y como resultados de todos estos intercambios y conversaciones se logró un acuerdo para 1991 (…) Este acuerdo significaba una pérdida de más de 1 000 millones de dólares para Cuba…” Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en la inauguración del IV Congreso del Partido Comunista de Cuba, en IV Congreso del Partido Comunista de Cuba Discursos y documentos, Editora Política, La Habana, 1992, p. 28.

[5] Según diversas interpretaciones, el CESE se había formado en el propio año 1991 ante la pérdida de gobernabilidad del equipo de dirección frente a la creciente beligerancia de Boris Yeltsin y en su seno habían tenido lugar varias polémicas con Gorbachov, que habían ido elevando el tono de las discrepancias con este. No obstante, se ha apuntado como eje de las contradicciones principales fenómenos de pérdida de áreas de influencia y corrupción, tesis que se mantiene en el campo de la polémica. Ver Keeran y Kenny, Op. Cit. p. 269 a 278. Ver también una interpretación diferente en el libro citado de Serguei Kara-Murza capítulo 26.

[6] Siglas en ruso del Comité de Seguridad del Estado.

[7] Este proceso se inició en Rusia. En otras repúblicas el PCUS se extinguió.

[8] No integraron la CEI Letonia, Lituania y Estonia.

[9] Véase nota 1.

[10] V.I. Lenin “Informe político al undécimo congreso del partido” en La última lucha de Lenin. Discurso y escritos (1922-1923) Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 2011, pp. 55 y 69.

[11] Lenin había percibido los peligros que entrañaba la personalidad de Stalin y desde su lecho de enfermo se pronunció al escribir: “Stalin es demasiado rudo, y este defecto, aunque del todo tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el puesto de secretario general. Por eso propongo a los camaradas que piensen en una manera de relevar a Stalin de ese cargo y designar en su lugar a otra persona que en todos los aspectos tenga sobre el camarada Stalin una sola ventaja: la de ser más tolerante, más leal, más cortés y más considerado con los camaradas, menos caprichoso, etc.” V.I. Lenin Carta al congreso del partido, Op. Cit. pp. 232-233. Desde luego en ese documento Lenin se pronunciaría también críticamente sobre otros miembros del buró político, pero alertando especialmente sobre el peligro de escisión por el enfrentamiento entre Trotsky y Statin, cosa que la historia se encargaría de confirmar poco tiempo después.

[12] Dacal y Brown Op. Cit, pp. 4 y 5.

[13] Baste el siguiente ejemplo “El Comité Central del Partido Comunista electo en 1934 tenía 71 miembros. A principios de 1939 quedaban 21. Tres murieron de muerte natural, uno (Serguei Kirov) fue asesinado, otro se suicidó, 9 fueron reportados como fusilados y otros 36 desaparecieron.” G.D.H. Cole Historia del Pensamiento Socialista Tomo VII Socialismo y Fascismo 1931-1939, Fondo de Cultura Económica, México 1963, p. 233.


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