Tiempos modernos

Si no hemos nacido en la ciudad es probable que cuando nos acerquemos a una se nos presente hostil, sin belleza, lóbrega, como un monstruo desesperanzado. Incluso si siempre hemos vivido allí llegaremos a sentirnos expulsados por su dureza. Es justo odiarla, pues, aunque solo sea desde un punto de vista visceral.

«La destrucción de la ciudad» podría ayudarnos a entender mejor ese mundo urbano, dado que rastrea algunos de los caminos que ha transitado hasta nuestros días, ya sea desde una perspectiva histórica, social, arquitectónica o a través del prisma de la posmodernidad, a lo largo de sus seis capítulos. En el transcurso de la lectura se dejan intuir vestigios de otras maneras de entender el mundo y de estar en él. Juanma es un enamorado de la ciudad y quizás por eso, en su empeño por encontrar los motivos de su destrucción, nos muestre algunas de las razones por las que valdría la pena defenderla. Puede que no nos contagie su aprecio por ella, pero al menos podremos odiarla con conocimiento de causa y, seguramente, reafirmar nuestros anhelos de permanecer juntos.

En «La vida administrada», bajo la forma metafórica y a partir de un símil con la conocida novela de Melville, Moby Dick, va desgranando uno a uno algunos de los engaños que se nos ofrecen para amortiguar nuestro contacto con la realidad. Así, la tripulación estafada del Pequod sigue remando en dirección al abismo, sin ser capaces de vislumbrar la doble vertiente de nuestra desposesión: mientras que nos hemos vuelto dependientes del barco y su capitán para poder sobrevivir en altamar, se nos ha privado de los medios para escapar.

La violencia organizada adopta la apariencia benefactora y proteccionista del Estado, así como la destrucción organizada adopta la forma mediatizada y seductora de la Tecnología. Bajo los eslóganes de igualdad y más riqueza, se lleva a cabo un espolio sistemático en pro de la ganancia inmediata. La obediencia de la tripulación al mandato demencial del capitán se camufla bajo la forma fantasmal de la participación y la riqueza que se nos ofrece, solo sirve para paliar la escasez previamente producida. Llegados a este punto, será justo preguntarnos si las viejas revoluciones que hablaban de sustituir al timonel o lanzar al capitán por la borda para tomar el control de la nave, sirven realmente a los intereses colectivos y a la causa de la libertad. Quizás, echar mano de los botes salvavidas y buscar pequeñas islas habitables sea lo más sensato, caso que la catástrofe en curso no haya convertido cada archipiélago en un mero espejismo de un páramo seco e inhabitable.

Juanma Agulles

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