HÁBITOS DE LIMPIEZA

En el S. XIX se produjo una revolución en Europa en cuanto a la Salud. Varias instituciones promovieron de forma coordinada ciertos aspectos de higiene pública que posibilitaron una sensible mejora de la salud de la población. Elementos tan básicos hoy en día como el agua corriente, la antisepsia, el wáter, la recogida de basuras o el alcantarillado tienen su origen directo en este período de la historia.

Los hábitos de limpieza de hoy en día también son en gran medida heredados de esta iniciativa del S. XIX. Pero paradójicamente durante los últimos años hemos empezado a padecer los perjuicios de limpiarse cada vez más frecuentemente, como explicaremos a continuación.

La higiene privada

Los baños eran cosa corriente entre griegos y romanos, pero no usaban jabón para la limpieza corporal. En lugar de ello, empleaban una mezcla de aceite de oliva y arena, con la que frotaban el cuerpo para después retirarlo raspando con el strigilis, una especie de hoz que dejaba la piel limpia y aceitada. Limpia y aceitada, habéis leido bien; pese a que parece una contradicción según las costumbres actuales. Y es que los conceptos “limpio” y “sucio” son algo más relativos de lo que se cree.

En las culturas orientales, los hammam o baños turcos se conocen y practican desde hace milenios. Son básicamente baños de vapor empleados para limpieza tanto ritual como higiénica, y podemos encontrar equivalentes en muchas culturas: la sauna del norte de Europa, el temazcal de México…

En la Baja Edad Media (en torno al S. VII) todos los estratos sociales usaban los baños. Los villanos se bañaban en instalaciones públicas, en familia y sin distinción de sexos. Los nobles lo hacían en tinas colocadas en sus cocinas; y los monjes tenían sus recintos colectivos con bañeras.

Pero a medida que la Edad Media avanzaba se recrudecieron los conflictos religiosos. Esto trajo que en Europa, entre otras cosas, se quisiera remarcar la diferencia con el Islam, por lo que comenzó a estar mal visto que alguien se bañara con frecuencia. Además con la Reforma protestante y la Contrarreforma católica (S. XVI) los baños públicos se denunciaron por inmorales. Consecuencia de esto fue que en los siglos XVI y XVII la higiene de la población descendió a los niveles más bajos que se conocen en la Historia. Para complicar más la cosa, en esa época las ciudades crecieron rápidamente. Y aunque en las antiguas ciudades del Imperio Romano y Asia el alcantarillado y los sistemas de saneamiento estaban bastante desarrollados, las ciudades europeas del S. XVI no estaban preparadas para albergar a tanta población: se defecaba y orinaba en cualquier lugar, los desperdicios de mataderos, mercados, curtiderías, animales de carga… se acumulaban por toneladas en todas partes.

En el S. XVIII se prohibió arrojar desperdicios domésticos por las ventanas; en las ciudades se prepararon zonas para depositar la basura; se construyeron alcantarillas y proliferaron los comunes, o retretes conectados a éstas.

Pese a su mala imagen, los baños públicos persistieron hasta el S. XX, ya que a pesar de que en las casas había retretes no existían instalaciones para bañarse. A pesar de ello, el sueño de todo el mundo era contar con un cuarto de baño privado, como los ricos; esto fue cada vez más accesible a medida que el agua corriente fue llegando a las casas.

Así, desde una perspectiva histórica podemos apreciar en la higiene una clara tendencia a la privacidad. Tendencia, por otra parte, que no se ha detenido; ya que cada vez es más normal que existan varios cuartos de baño en una misma vivienda…

La higiene pública en Europa

En el S. VI a.C se extendieron dos teorías sobre la salud:
– La isonomia de Alcmeon de Crotona (iso = igual, nomia = ley) contemplaba la salud como un equilibrio de todos los elementos corporales.
– La teoría de Empedocles predicaba que el cuerpo humano se compone de cuatro elementos (agua, tierra, fuego y aire), cada uno de ellos con su propiedad (el agua, humedad; la tierra, sequedad; el fuego, calor; y el aire, frío).

En tiempos de Hipócrates (460-370 a.C) se fundieron ambas teorías dando lugar a la llamada teoría humoral, siendo cada humor una mezcla de cuatro elementos:
Sangre (compuesta de fuego y agua).
– Flema (aire y agua).
– Bilis negra o melanobilis (agua y tierra).
– Bilis amarilla o atrabilis (fuego y tierra).

La salud consistía en el equilibrio de estos cuatro humores, y la enfermedad surgía al predominar uno sobre los otros. Además se creía que cada persona tendía a desequilibrarse siempre en el mismo sentido. Así, se describían cuatro temperamentos:
– Sanguíneo.
– Flemático.
– Melancólico.
– Atrabiliario.

Por ejemplo, una persona de temperamento sanguíneo (esto es: fuego y agua) enfermaría con más facilidad en verano, dado que su humor predominante (la sangre) crecía con el calor y la humedad. La solución vendría por practicar una sangría al paciente, y así con cada humor. De todas formas, los hipocráticos daban también mucha importancia a un modo de vida equilibrado y una alimentación adecuada.

En la época de Galeno (131-201 a. C.) seguía vigente el método de Hipócrates. El problema es que en aquella sociedad esclavista las teorías higiénicas sólo podían ser aplicadas por la gente acomodada. La gente de a pie bastante preocupación tenía con conseguir el pan de cada día…

Esta higiene hipocrática-galénica pervivió durante 1.000 años en Europa, con buenos resultados sobre las enfermedades conocidas hasta el S. XIV (sarampión, lepra, malaria…). Pero en esa época confluyeron fatalmente un gran aumento de población (300% desde el S. X) e importantes cambios climáticos, produciendo:
– La pérdida de las cosechas, con la consiguiente hambruna e inmunodeficiencia de la población.
– La proliferación de insectos y roedores.
– El bacilo yersinia pestis, proviniente del este de China fue introducido en la India por los invasores mongoles; posteriorimente llegó a Europa a través de los mercaderes de la Ruta de la Seda, dando origen a la peste negra.

La población europea no tenía defensa alguna frente a la peste bubónica. La masacre comenzó en 1348, y los primeros 3 años fueron los peores: la Muerte Negra se llevó al 40% de la población.

La medicina hipocrático-galénica se encontró perdida frente a la peste negra, ya que en la Edad Media se ignoraba que el bacilo yersinia pestis era transmitido por las pulgas. Se formuló la “teoría miasmática”, según la cual el origen de la enfermedad se encontraba en las partículas putrefactas de la tierra (miasmas) que envenenaban el aire, contaminando a las personas y animales. De entonces data el término malaria (mal aire). Los enfermos de peste bubónica se aislaban para evitar los contagios, pero la Muerte Negra no se detenía porque los insectos y ratones campaban a sus anchas…

En el S. XV, aparte de la peste negra había varias enfermedades en Europa que no podían curarse con las teorías humoral y miasmática. En esta situación se desarrollaron toda suerte de supersticiones relacionadas con la salud, por ejemplo:

El agua contaminaba el cuerpo al entrar por los poros de la piel. Por eso, había que limpiarse sin agua, frotando con una toalla las partes visibles del cuerpo; no era necesario limpiarse las partes cubiertas.

Las ropas, por el contrario, había que lavarlas lo más frecuentemente posible. Aunque hay que decir que en Europa estaba bien visto que la camisa blanca se ennegreciera, pues esto indicaba que había “absorbido” la suciedad y no era necesario limpiar la piel.

La regla anterior sólo era aplicable a las ropas exteriores, esto es: estaba bien cambiar frecuentemente de camisa, pero la muda interior podía esperar más tiempo: una vez al mes, por ejemplo.

Otra creencia muy extendida era que una capa de suciedad sobre la piel protegía de las enfermedades.

El S. XVI fue funesto en cuanto a higiene y salud, por lo que es comprensible la fama de matasanos que adquirieron los médicos de entonces. Valgan como ejemplo los siguientes versos compuestos por Francisco Quevedo:

Pues me hacéis casamentero,
Ángela de Mondragón,
escuchad de vuestro esposo

las grandezas y el valor.

Él es un Médico honrado,
por la gracia del Señor,
que tiene muy buenas letras
en el cambio y el bolsón.

Quien os lo pintó cobarde
no lo conoce, y mintió,
que ha muerto más hombres vivos

que mató el Cid Campeador.

En entrando en una casa
tiene tal reputación,
que luego dicen los niños:

«Dios perdone al que murió».

Y con ser todos mortales
los Médicos, pienso yo
que son todos veniales,
comparados al Doctor.

Al caminante, en los pueblos

se le pide información,
temiéndole más que a la peste

de si le conoce, o no.

De Médicos semejantes
hace el Rey nuestro Señor
bombardas a sus castillos,
mosquetes a su escuadrón.

Si a alguno cura, y no muere,
piensa que resucitó,
y por milagro le ofrece
la mortaja y el cordón.

Si acaso estando en su casa

oye dar algún clamor,
tomando papel y tinta
escribe: «Ante mí pasó».

No se le ha muerto ninguno
de los que cura hasta hoy,
porque antes que se mueran
los mata sin confesión.
 
De envidia de los verdugos
maldice al Corregidor,
que sobre los ahorcados
no le quiere dar pensión.
 
Piensan que es la muerte algunos;

otros, viendo su rigor,
le llaman el día del juicio,
pues es total perdición.
 
No come por engordar,
ni por el dulce sabor,
sino por matar la hambre,
que es matar su inclinación.
 
Por matar mata las luces,
y si no le alumbra el sol,
como murciélago vive
a la sombra de un rincón.
 
Su mula, aunque no está muerta,

no penséis que se escapó,
que está matada de suerte
que le viene a ser peor.
 
Él, que se ve tan famoso
y en tan buena estimación,
atento a vuestra belleza,
se ha enamorado de vos.
 
No pide le deis más dote
de ver que matáis de amor,
que en matando de algún modo
para en uno sois los dos.
 
Casaos con él, y jamás
viuda tendréis pasión,
que nunca la misma muerte
se oyó decir que murió.
 
Si lo hacéis, a Dios le ruego
que os gocéis con bendición;
pero si no, que nos libre
de conocer al Doctor.

En el S. XVII todavía moría mucha gente de peste bubónica y tifus; las calles eran verdaderos basureros, los cadáveres se enterraban dentro de las iglesias, cientos de perros y gallinas escarbaban el suelo… En 1607 se dictaron las primeras normas para la limpieza de las calles, que buscaban la eliminación de las “miasmas”; fueron los primeros pasos dados en la dirección correcta.

En el S. XVIII se producen ciertos descubrimientos que tendrán gran importancia en el tema que nos ocupa: C. W. Scheel descubre el cloro; C. Berthollet mezcla éste con sosa cáustica, consiguiendo hipoclorito de sodio (más conocido como cloro o lejía); y A. Labarraque describe las propiedades desinfectantes de este producto.

En el S. XIX L. Pasteur refuta la “teoría miasmática”, atribuyendo las infecciones a las bacterias. Por otra parte, los médicos comienzan a promover medidas generales de higiene (p. ej. lavarse las manos con agua y jabón diariamente). Por aquella época las epidemias de cólera, tifus… se cobraban gran número de víctimas, y estas medidas básicas de antisepsia redujeron considerablemente la mortandad, sobre todo perinatal y quirúrgica. Además las instituciones sanitarias comenzaron a inspeccionar y llevar un control de las infraestructuras públicas: mercados, mataderos, alcantarillas… La traída de aguas a los domicilios particulares también data de esta época.

En el S. XX, las medidas higiénicas que venían desarrollándose desde 300 años antes comenzaron a llegar al pueblo llano. Valga como muestra el caso de Eibar (Gipuzkoa) localidad bastante importante a la sazón donde el alcantarillado, los lavaderos públicos y el agua corriente no llegaron hasta 1910, y fueron promovidas por los médicos locales Ciriaco Agirre y Niceto Muguruza.

La principal forma de difusión de las nuevas normas de higiene fue la escuela. Gracias a estas simples medidas las tasas de mortalidad –sobre todo infantil- han descendido radicalmente en los últimos 100 años. Pero se ve que a los humanos nos cuesta tomar las cosas en su justa medida; actualmente ya estamos conociendo los problemas derivados de la hiperlimpieza.

La cultura mexica

Inmersa en la época más sucia de su historia, Europa emprendió la conquista de América. Paradójicamente, había llamativas diferencias entre las costumbres higiénicas de los “civilizados” conquistadores y las de los “salvajes” americanos.

“Desde su nacimiento criaban a los niños en la pobreza y casi desnudos, no por falta de ropa sino para que se fortalecieran” (Torquemada).

Además, los niños mexicas contribuían disciplinadamente a la limpieza doméstica; se limpiaban la boca con una pasta a base de resina (tzicli); los habitantes de Tenochtitlan, niños y mayores, se bañaban en los lagos y canales, siempre en agua fría; lavaban su ropa frecuentemente con sucedáneos vegetales de jabón (saponarias); practicaban una ceremonia parecida a la sauna (temazcal) con fines terapéuticos y rituales…

El concepto de Higiene de las antiguas civilizaciones americanas promovía la limpieza y la fortaleza físico-mental de las personas. Los mexicas alimentaban a los niños sin excesos, obligándoles a ayunar de vez en cuando; los aztecas tenían grandes escuelas donde los pupilos tomaban baños fríos a medianoche con fines gimnásticos e higiénicos…

La colada y el jabón

El jabón apareció en torno a 1900 (junto a la sosa cáustica) y revolucionó el modo de vida de nuestras abuelas. Hasta entonces la operación de limpieza de la ropa se realizaba mediante el fatigoso proceso denominado “colada”. Si según los arqueólogos el ser humano comenzó a elaborar tejidos hace alrededor de 4000 años, puede decirse que nuestros ancestros pasaron cerca de 3900 años lavando la ropa mediante el sistema que describimos a continuación:

– 1. Llenar una gran tina con agua de la fuente, y poner la ropa a remojar.
– 2. Colocar sobre el tremix (gran piedra labrada en forma de plato, con un pitorro) una canasta o caldero con la base agujereada.
– 3. Colocar una sábana vieja en el fondo del recipiente; sobre ella ir colocando la ropa remojada, empezando por la más sucia; finalmente cubrir todo con las puntas de la sábana vieja o un trapo blanco.
– 4. Sobre este trapo blanco, poner ceniza de hogar pasada por el tamiz, así como hojas de laurel.
– 5. Hervir agua en una olla; agua que ha de verterse poco a poco sobre las cenizas con un cazo. A medida que este agua se filtre irá pasando al tremix, por cuyo pitorro se recogerá en otra olla.
– 6. Volver a hervir la mezcla de agua y ceniza, y repetir el proceso una y otra vez.
– 7. Al finalizar, cubrir la canasta o caldero con tablas y dejarla enfriar durante toda la noche.
– 8. Al día siguiente, llevar la ropa al río; de rodillas, frotar todas las prendas contra una piedra de lavar y aclararlas una por una.
– 9. Traer la ropa a casa, donde se extenderá sobre la hierba para secarla.

La colada era, sin duda, el trabajo doméstico más pesado. Solía requerir la dedicación exclusiva de todas las mujeres, jóvenes y niñas de la casa durante dos días. Pero hay que tener en cuenta que ésta no era la única tarea de aquellas amas de casa; además debían cuidar de los niños, hacerse cargo de la cocina, trabajar el huerto, traer agua, hacer pan, arreglar los dormitorios, alimentar a los animales, hacer hilo, tejer en el telar, ordeñar el ganado, vender la leche, rezar, cuidar la tumba familiar… Con esto se comprenderá que la colada no se realizara más que una vez al mes (y en algunas casas, solamente un par de veces al año).

Con la llegada del jabón lavar la ropa se simplificó en gran medida. A partir del S. XIX el largo y pesado proceso de la colada quedó relegado a las amas de casa más pobres; ya que quien tenía un poco de dinero podía comprar jabón y acudir a los lavaderos públicos, donde jabonaba la ropa para frotarla en la piedra y aclararla en el pilón. ¡Un lujo asiático!

Problemas de la hiperlimpieza

Tal como hemos mencionado antes, las medidas de antisepsia que se vienen promoviendo desde el S. XIX han supuesto un gran avance para la humanidad. No obstante, por primera vez en la historia estamos conociendo los problemas del exceso de limpieza. Estos problemas se derivan de dos aspectos:
– 1- Inmunitario: eliminar demasiado frecuentemente el sudor y la capa exterior (células muertas) de la epidermis favorece la proliferación de bacterias y su entrada en el organismo. Además perdemos capacidad de adaptación a la temperatura ambiente.
– 2- Estético: con la eliminación de su protección natural, la piel pierde agua y se seca. Además pueden darse respuestas alérgicas o irritativas: alergias, granos, dermatitis, grietas, eczemas…

Para contrarrestar estos efectos caemos en una paradoja: por un lado usamos productos que cada vez contienen menos jabón (productos de limpieza que no limpian); y por otro lado después de limpiar el cuerpo lo volvemos a ensuciar con aceites, hidratantes, mascarillas, acondicionadores… Aun así, con esto únicamente atajamos el problema estético; el perjuicio inmunitario se produce de igual forma, con las consiguientes alergias (cutáneas, digestivas, respiratorias…). Los niños que son bañados diariamente crecen en un ambiente aséptico que no permite desarrollarse a sus defensas, convirtiéndose así en las víctimas idóneas para las bacterias. Asimismo, abrigarlos en demasía produce que su organismo no aprenda a hacer frente al frío, haciéndolos más vulnerables ante cualquier cambio atmosférico.

Otra consecuencia de la hiperlimpieza puede ser la irritación crónica de la piel del ano. Hace relativamente poco tiempo que lo corriente era defecar en la cuadra y limpiarse el culo con papel de periódico. Más próximamente en el tiempo muchos de los lectores recordarán el famoso papel “Elefante”, similar al de estraza y, tal como el papel de periódico, de capacidad de absorción prácticamente nula. Y es que el actual papel de celulosa permite, sí, una limpieza mucho más exhaustiva; pero siendo la piel anal bastante fina, un exceso de celo limpiador puede traducirse en una escoriación que, si no media el suficiente tiempo para regenerarse, puede cronificarse y producir diversas molestias como picores o supuración.

Aún así, deberemos reconocer al menos una ventaja a la hiperlimpieza: la diversificación de las relaciones sexuales. Y es que con las antiguas costumbres higiénicas es de suponer que no tendrían mucho lugar prácticas corrientes hoy en día como el sexo oral. Con sólo pensar en la de requesón que habría acumulado por ahí abajo…

Criterios para una higiene racional

Para empezar debemos ser conscientes de que la limpieza es un concepto cultural, y no es necesario irnos a civilizaciones exóticas para comprobarlo: en la Europa del S. XIX se consideraba que un hombre como es debido debía oler a “licor, sudor y tabaco”. Hasta hace unos 300 años no era corriente lavarse más de una vez al año; y antes – durante unos 149.700 años- nuestros antepasados pasaban toda su vida sin bañarse una sola vez. Y debemos saber que el hecho de no lavarse no afecta de forma particular a la salud humana (quizás produzca problemas estéticos o sociales, sí; pero ése no es el objeto de este artículo).

Por supuesto que no estamos defendiendo el no bañarse nunca: lo dicho únicamente pretende romper los dogmas imperantes sobre la limpieza (como por ejemplo que hay que ducharse todos los días) y que los hábitos de higiene hay que adecuarlos al modo de vida de cada cual, según lo que sigue:
– Oficio: evidentemente, un obrero metalúrgico y un oficinista no tienen la misma necesidad de asearse.
– Alimentación: una dieta “sucia” genera más residuos en sangre, que al ser expulsados darán mal olor.
– Tóxicos: contaminación, drogas (tabaco, café…) también ensucian la sangre, con similar resultado odorífico.
– Ropas: el mal olor aparece antes en las fibras sintéticas.

Las axilas, los genitales y los pies tienen un olor más fuerte que otras partes de la piel; si los mantenemos limpios no oleremos mal, aunque lavemos con menos frecuencia el resto de las zonas del cuerpo.

A la hora de escoger los productos de higiene, tenemos mucho donde elegir. No obstante, se oye mucho que “el jabón puro es lo mejor”. Algo de verdad hay en esto, pero hay que precisar: una persona que se lave con frecuencia debe escoger productos suaves (con poco jabón), y después aplicarse algo para hidratar o aceitar la piel; otra persona que, en cambio, se duche una o dos veces a la semana podrá usar jabón “Lagarto” o similares sin problemas. Y es que hay que recordar que el jabón puro tiene un gran poder abrasivo y elimina las capas exteriores de la epidermis, cosa que no se debe hacer con excesiva frecuencia.

Otra rutina común hoy en día es la limpieza diaria del cabello; cosa difícil cuando en las casas no había agua corriente, e imposible cuando no existía el jabón. ¿Debemos suponer por ello que nuestros ancestros no se limpiaban el pelo? No, por cierto: en el S. XVIII el cabello se mantenía aseado a base de polvos y cepillo. Algunos aún recordarán que hasta que se puso de moda la permanente, las ancianas solían llevar el pelo largo y liso recogido en un moño, que diariamente soltaban y cepillaban. Es una forma excelente de mantener limpio el cabello, que puede alternarse con los lavados a base de jabón.

Resumiendo: en torno a 1980 lo normal en las familias era bañarse una vez a la semana; los europeos de 1900 (incluyendo a los ricos) se bañaban una vez al año; sobre 1850 el baño era practicado únicamente por los enfermos y los que se iban a casar. Y hoy en día… mucha gente se siente “sucia” si no se ducha todos los días. ¿Qué es lo correcto? Como en todos los aspectos relativos a la salud, debemos buscar la respuesta en la moderación y el sentido común.

Oier Gorosabel Larrañaga