EUSKAL HERRIA, TIEMPO DE INCERTIDUMBRES

Preámbulo

El propósito de este escrito es tratar de analizar algunos aspectos del proceso de transformación política que se está viviendo en Euskal Herria, así como plantear ciertos hechos sociales que pueden ser significativos en los próximos tiempos y aventurar algunas modestas orientaciones para el actuar colectivo. Todo ello como parte de una reflexión colectiva, que asume carencias en el análisis derivadas de la dificultad de abordar procesos tan dinámicos, complejos y llenos de matices, en los que además existen factores no visibles, pero que son de gran importancia.

Quizás la primera constatación del actual momento político de Euskal Herria es la percepción de que hemos entrado en una fase histórica de cambio político cualitativo en el llamado “conflicto vasco”. El agotamiento o atascamiento del modelo de la lucha armada llevada a cabo por ETA[Según el ex preso Josean Aguirre: “ETA, el conjunto de la Izquierda Abertzale y muchas otras organizaciones fueron entendiendo, sobre todo a partir del proceso de negociación y de acumulación de fuerzas que se dio en el año 1998 (el proceso de Lizarra-Garazi) que si de alguna manera para el Estado español era imposible acabar con la resistencia armada de forma policial y militar (…), también constataron que esta especie de empate infinito con el Estado en la confrontación directa, en la confrontación armada, imposibilitaba, era una especie de tapón, para que se liberasen de alguna manera todas las potencialidades y energías que en todos estos años de lucha se habían ido generando en Euskal Herria, para dar un salto en lo político, en lo organizativo y un salto a la hora de articular todas esas fuerzas que realmente apuestan por un marco democrático y que también apuestan, desde el punto de vista social, desde un punto de vista de izquierdas, progresista, por articular un nuevo Estado.” (video: Euskal Herria: nuevo escenario, agosto de 2011, Catia TV / Fundación Pakito Arriaran)]] y la apuesta de la Izquierda Abertzale por las vías políticas y por “sacar el conflicto de las calles y llevarlo a la mesa de negociación y diálogo”[[Ver texto de la propuesta de Batasuna, ‘[Orain Herria, Orain Bakea‘, presentada el 14 de noviembre de 2004 en el Velódromo de Anoeta, Donostia.]] configuran un panorama inédito dentro del periodo democrático abierto tras la muerte de Franco y quizás prefiguran, si no desde luego el fin del conflicto, sí quizás un impulso de normalización política, el comienzo de una “segunda Transición” que sólo el tiempo irá definiendo en cuanto a sus características y a su profundidad.

Sin embargo, en la actual coyuntura histórica sería un error considerar los cambios que se van producir únicamente en clave de negociación política y cambios institucionales. En este sentido, hay que valorar que las transformaciones políticas se van a materializar –al margen de las especificidades locales- en un ambiente social marcado por una crisis económica “sistémica” y por las políticas globales de desmantelamiento del denominado “estado de bienestar”, de la lucha mundial por los recursos y de la guerra permanente. Así, en el caso de Euskal Herria, frente a un conflicto político que se daba en el seno de una sociedad que disponía de una economía relativamente acomodada (sobre todo en comparación con otras zonas del Estado), se produce ahora una cierta paradoja: la del comienzo del encauzamiento, desactivación o pacificación del conflicto y una apuesta por la institucionalización política en un contexto de crisis y decadencia económicas sin horizonte que parece augurar importantes tensiones sociales a futuro.

El devenir de la Izquierda Abertzale

No es el objeto de este apartado analizar en profundidad la evolución política de la Izquierda Abertzale (IA), sino más bien resaltar aquellos aspectos que tengan o puedan tener relación con los escenarios y las formas de lucha presentes y futuras. En este sentido, los análisis o críticas a realizar parten del reconocimiento previo de la importante y decidida apuesta política realizada por la Izquierda Abertzale durante varias décadas, con un muy alto coste represivo y de sufrimiento para el sector social que representan. Esta apuesta, que durante largos años ha mantenido firme el pulso social y la tensión político-militar con el Estado español, ha sido, a juicio de muchos, finalmente derrotada por una eficaz estrategia represiva y de endurecimiento penal (con su secuela de detenciones, torturas, muertes, encarcelamientos, largas condenas y duras sanciones económicas) y por un cerco político derivado tanto de sus propios desaciertos y contradicciones (ej. escisiones, errores militares y políticos, etc.) como, sobre todo, por una exitosa Ley de Partidos y la ilegalización de diversas organizaciones[[Herri Batasuna, Euskal Herritarrok, Batasuna, AuB, Herritarren Zerrenda, Udalbiltza, Ekin, Jarrai, Segi, Haika, Xaki, Gestoras pro Amnistía, Askatasuna, Aukera Guztiak, Josemi Zumalabe, EHAK, ANV, Iniciativa Internacionalista, Sortu,.. entre otras.]]. Esta acción represiva vehiculada judicial, policial y mediáticamente, como sabemos, modificó los diques de la propia legalidad democrática con una ampliación del entorno criminalizable hacia áreas hasta entonces en teoría “sagradas” desde el punto de los derechos fundamentales (clausura, por ejemplo, de diarios Egin y Egunkaria) y cada vez más amplias y difusas. Esta situación represiva ha sido un elemento fundamental puesto que ha acelerado el cambio de estrategia de la IA dentro de un largo proceso interno hacia la normalización política y la conjunción de las fuerzas abertzales (Lizarra-Garazi, mitin de Anoeta, propuesta Zutik Euskal Herria, Acuerdo de Gernika[[El denominado Acuerdo para un escenario de paz y soluciones democráticas (Gernika, 29 de septiembre de 2010)[] fue suscrito por la IA, Aralar, EA, Alternatiba, AB, los sindicatos ESK, Hiru, ELB, EHNE y STEE-EILAS y varias organizaciones sociales. Este acuerdo emplazaba a ETA y al Estado español a “configurar un escenario de no violencia con garantías y de normalización política progresiva.” Entre sus puntos incluía la petición a ETA de “la declaración de un alto el fuego permanente, unilateral y verificable por la comunidad internacional”, el reconocimiento de los derechos civiles y políticos permitiendo la actividad y el desarrollo de todos los proyectos políticos, la derogación de la Ley de Partidos y de la ley antiterrorista, de la Audiencia Nacional, el cese de “todo tipo de amenazas, presiones, persecuciones, detenciones y torturas contra toda persona por razón de su actividad o ideología política”, el acercamiento de presos a sus lugares de origen, medidas de libertad para presos gravemente enfermos, la eliminación de la doctrina Parot y una revisión de los procesos judiciales.]], etc.). En relación con esta cuestión habría que pensar que la normalización política del sistema parlamentario español también le interesa al propio Estado, ya que en él se inscriben los propios límites del juego democrático.

El proceso de paz o salida negociada al conflicto se impone, por tanto, como una necesidad y como la herramienta para recomponer la estrategia política ofreciendo una salida que pueda percibirse como esperanzadora o incluso “victoriosa” a futuro.
En este sentido, se ha producido una importante movilización social y un acercamiento progresivo entre diferentes sectores del nacionalismo en torno a la defensa de los derechos humanos, civiles y políticos y la reivindicación soberanista.
Ni que decir tiene que en este terreno la cuestión de los presos, su protagonismo y la búsqueda de una salida a su difícil situación se ha tornado como un elemento troncal[[En este sentido, destaca la iniciativa “Egin Dezagun Bidea”, iniciada en abril de 2011, cuyo punto culminante fue la masiva manifestación celebrada en Bilbao el 7 de enero de 2012.]]. Por otro lado, se ha tratado de internacionalizar el conflicto, tanto a través de la vía judicial (recursos al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo), como por medio de diversas iniciativas que buscan tanto la solidaridad y apoyo externo, como la intervención de expertos foráneos en resolución de conflictos[[Por ejemplo, la Declaración de Bruselas realizada el 29 de marzo de 2010 por veintena de líderes internacionales en resolución de conflictos y procesos de paz.]] o la realización de conferencias internacionales[[Por ejemplo, la “Conferencia Internacional para promover la resolución del conflicto en el País Vasco”, organizada por el movimiento Lokarri en Donostia, el 17 de octubre de 2011.]] u otras iniciativas.

Finalmente, en el terreno partidario el nuevo escenario se orienta claramente hacia el abandono de la radicalidad política y una estrategia de alianzas en clave prioritaria de construcción nacional “democrática” y “progresista” entre las distintas fuerzas abertzales de distinta tendencia. Esto se concreta en el plano electoral en la exitosa confluencia en coaliciones como Bildu y Amaiur.

Muchos interrogantes

Estamos, por tanto, en un momento de opción y de transformación que irá definiendo el panorama social a futuro y los escenarios y posibilidades de conflicto.
El camino que ha elegido la IA es, como hemos visto, el de las vías exclusivamente políticas para tratar de vehicular un proceso de acumulación de fuerzas en torno a la propuesta soberanista y a un programa político de izquierdas o progresista. Si -como parece deducirse de los acontecimientos- la IA va a afianzar progresivamente su proceso de institucionalización, la cuestión a definir es cuál será su papel social en y al margen de las instituciones. La vía de la participación democrática y la de ejercicio concreto de las responsabilidades de poder (algo a lo que no es ajena la IA) conduce inevitablemente hacia la gestión del modelo, hacia el realismo, el pragmatismo y la política del contrapeso[Un ejemplo de ello sería el papel desarrollado por Bildu durante la negociación de la fusión de las cajas de ahorro vascas. Otros dos casos polémicos son los de gestión de la construcción de la estación intermodal de Donostia (y su enlace con el TAV) o la aceptación de la imposición de la macrocárcel de Zubieta.]]. Eso sin tener en cuenta que en momentos de distensión política y de posibilidad de acceso a las instituciones o a otro tipo de prebendas son propicias para la aparición de toda clase de trepas que, en una situación real de riesgo físico, suelen permanecer en segundo plano. Por otro lado, se intensificará la reivindicación identitaria[[ Para el análisis de la línea estratégica en torno a la constitución del ideario de construcción nacional consultar “[Nabarra y el igualitarismo del Tercer Milenio”, Jtxo Estebaranz, Ekintza Zuzena, nº 37, 2010.]] y de construcción nacional tratando de generar una corriente social mayoritaria que tenga la capacidad de cuestionar el status quo de la configuración territorial del reino de España. Dicha estrategia de construcción nacional parece configurarse como el cauce fundamental dentro del cual otras temas serán, en principio, secundarios o subordinados.

Por otro lado, está la cuestión de la socialización de las determinaciones políticas. Cualquier cambio de gran calado no deja de generar tensiones y heridas internas y más si en la balanza se colocan décadas de esfuerzo y sufrimiento[[Cabe mencionar, por un lado, la necesidad creciente de dar salida al drama de los presos y de sus familiares, de los deportados y refugiados, así como ir aliviando otro tipo de situaciones represivas. Por otro lado, estaría la valoración de quienes piensan si la actual salida supone un exiguo resultado o incluso una “rendición” tras un la lucha de tan largo recorrido.]]. Las opciones escogidas pueden considerarse como victorias o derrotas, como estrategia de supervivencia temporal ante una situación determinada o como un camino sin retorno. En el caso de Euskal Herria se parte de una situación política con mucho desgaste y deterioro, que es interpretada oficialmente por la IA, sin embargo, en clave de relativa victoria[[“En este momento el Estado español tiene la sensación de que militarmente ha vencido, pero ahora está interiorizando que políticamente empieza a perder y empieza a perder de forma definitiva, de forma estratégica, que es la peor sensación que puede tener un estado que lleva cinco décadas tratando de combatir de todas las formas imaginables a la disidencia, a la resistencia vasca” (Josean Aguirre, video: Euskal Herria: nuevo escenario).]], lo cual es un mecanismo habitual de la política, para mantener la moral interna y para justificar y legitimar las decisiones tomadas. Los matices del debate interno quedan delimitados por la línea oficial, que cuenta sin duda con la disciplina y la aquiescencia mayoritarias, sobre todo en circunstancias donde están en juego aspectos muy sensibles (ej. los presos y su posible liberación a corto o medio plazo). Esta fidelidad interna ha sido una característica fundamental de la IA, tanto a nivel subjetivo como de estructura orgánica que organiza la base social. Su carácter de “piña”, de “comunidad” ha servido tanto para resistir mejor los embates represivos y mantener su cohesión interna como para limitar las disidencias y homogenizar los planteamientos colectivos. A ello no ha sido ajeno el escaso nivel de democracia y debate internos[[Condicionados por la presencia de ETA como rector de la línea política.]], entendidos no como un proceso jerárquico de “bajada de línea” [[“Bajar línea” es una expresión que se emplea en Latinoamérica y se suele identificar, vulgarmente, con la orientación que los jefes políticos transmiten a sus afiliados y militantes, para que estos la adopten y, a su vez, la propaguen.]], sino como un proceso participativo real.

Pero la IA no es solo una estructura organizativa, sino una amplia y compleja realidad humana que ha ido conformado a través de varias generaciones una red que abarca casi todos los espacios sociales. Una base social con importante implantación en muchas zonas, activa políticamente y cuyo actuar cotidiano construye tejido e influye en el entorno, las relaciones y las prácticas sociales. Un movimiento de masas que trasciende el ámbito de la disciplina partidaria para interiorizarse, extenderse y convertirse en una cultura social en la que se entrelazan aspectos políticos, educativos, culturales, económicos, familiares, emotivos, deportivos, identitarios, etc. y que configuran lo que podríamos denominar como una forma de izquierda social vasca, a la vez plural y homogénea, con diferentes grados de definición (conviviendo desde el tradicional discurso de clases hasta sectores de la burguesía) y con una serie de valores y prácticas compartidas en mayor o menos medida. Estos sectores constituyen una suerte de territorio medio entre la línea militante dura, orgánica, referencial (e importante también numéricamente) y otros grupos sociales o políticos de diverso tipo. Este ha sido además un colectivo que se ha movilizado constantemente en todos estos años (grandes manifestaciones, actos reivindicativo-festivos, procesos electorales, etc.)

Hasta el momento actual la IA ha aplicado una línea de hegemonización de la contestación social, no sólo por su amplitud y grado de implicación, sino también como estrategia de control, cooptación, inclusión/exclusión, neutralización o desprecio hacia otros sectores políticos de izquierda o radicales, por otra parte bastante minoritarios. Esta estrategia ha llevado tanto a constituir múltiples organismos políticos propios en diferentes terrenos (ecología, exclusión social, euskara, trabajo, etc.) como a orientar y conformar espacios y culturas militantes más asamblearias (ej. gaztetxes y gazte asanbladas, asociaciones vecinales, comisiones de fiestas etc.). En este sentido, se ha producido una situación en cierto modo contradictoria entre el poder de generación de una estructura en cierto modo “protectora” frente a la represión y generadora de espacios sociales de lucha y de desarrollo político y militante y su afán de control político, lo que ha condicionado negativamente diversas luchas sociales y que ha llevado a relaciones en muchos momentos conflictivas con sectores más autónomos o asamblearios. Es lo que algunos llamarían la teoría del colchón[[Cuando se coloca un colchón por encima de nosotros, éste nos protege, pero a la vez nos ahoga.]].

Por lo tanto, un proceso de institucionalización política y de “democratización” abre muchas incógnitas sobre su repercusión sobre el tejido social y en qué medida, se va a producir un reflujo o un proceso de desactivación o desmovilización del conflicto social en la línea apuntada en el documento de Anoeta en 2004 y su direccionamiento hacia la apuesta estratégica actual de la IA. En cierto modo, se puede decir que el mayor capital político con el que ha contado la IA hasta el momento ha sido precisamente su capacidad movilizadora y el poder de desestabilización y condicionamiento que posibilita el sector social que representa.

La cuestión de la violencia

La violencia[[Vamos a utilizar qué este término en el sentido de todo aquello que es considerado como tal desde el Poder.]] es uno de los ejes fundamentales que ha definido el conflicto vasco desde su inicio. Su uso sistemático en diversas formas (atentados, sabotajes, secuestros, chantajes,…) y, sobre todo, la utilización habitual del asesinato político ha generado un clima de tensión social en el que el Poder ha ido apretando las tuercas represivas que otorga el Estado de Derecho, en una incesante espiral victimista, criminalizadora y punitiva que nos ha llevado a la situación actual. Por otro lado, se ha realizado todo un trabajo sistemático de deslegitimación social de la violencia, en el que se ha empleado amplio arsenal mediático, educativo y movilizador[[En este sentido ha sido fundamental el protagonismo político y mediático de la cuestión de las víctimas del terrorismo.]], que ha permitido generar además (en el propio País Vasco) una cada vez más amplia corriente social de cuestionamiento rechazo de una práctica que se ha asociado casi indisolublemente a la IA. Esto no quiere decir que el cuestionamiento del tipo de violencia empleado por la IA solo se pueda ver a través de la labor represiva del Estado. La IA ha utilizado la lucha armada y otras herramientas en muchas ocasiones con criterios meramente instrumentales, estratégicos, sin cuestionamiento éticos (ej. atentados indiscriminados, asesinato de concejales, socialización del sufrimiento, etc.), lo que ha favorecido su propia deslegitimación y aislamiento. El abandono que la IA hace de esta estrategia va a posibilitar su incorporación al “marco democrático” y a su vez le va a situar en una nueva posición a la hora de valorar unas hipotéticas nuevas violencias que puedan ir surgiendo. Todo esto en un escenario en buena medida de “tierra quemada”, que condiciona a futuro cualquier debate sobre la compleja concepción de la violencia y su uso político. Un conflicto social que pueda salirse de lo establecido se encuentra mucho más solo ante la espada de Damocles de la criminalización de un aparato jurídico-represivo bien aceitado y la estigmatización social (aún más cuando el sector que ha hegemonizado hasta ahora el estigma de la violencia reniega de ella).
Por otro lado, desde algunos sectores también existe una mítica de la violencia y a menudo se convierte en un fetiche o en una forma de identidad más que en una herramienta de la que el Estado pretende arrogarse su uso exclusivo y legítimo.

Los movimientos alternativos y antiautoritarios y las nuevas expresiones de descontento social surgidas en los últimos tiempos (ej. movimiento 15M), además de introducir elementos innovadores en la cultura política, parten en buena medida con el tabú más o menos interiorizado del uso de la violencia y este será sin duda un elemento que tendrá que abordar y clarificar (superar el debate viciado) en función del desarrollo del propio movimiento y de las circunstancias que vaya propiciando el deterioro del Sistema.

La cuestión nacional

“Hablar de naciones opresoras y de naciones oprimidas es una falacia. Existe una opresión nacional que se manifiesta desde la marginación del idioma hasta la interiorización de un patriotismo estatista, pero es erróneo globalizar toda la comunidad nacional como opresora u oprimida. Dentro de cada comunidad nacional existe el antagonismo social, de tal manera que el estado central no es la expresión de la supremacía de una nación sobre otras, sino que es el instrumento de todas las clases dominantes que se encuentran dentro del estado, para mantener su dominación.” Por la Independencia Total (Buruz Buru, 2004)

Desde un punto de vista libertario o antiautoritario hay una negación de las formas sociales autoritarias, cuya concreción suprema es el Estado. Esta postura, que es una de las ideas fuerza del anarquismo, ha tenido diferente encaje cuando de lo que se ha tratado es de valorar las denominadas “luchas de liberación nacional”. En este sentido, en ocasiones se ha optado por negar sin matices cualquier tipo de nacionalismo, con el riesgo de naturalizar de facto situaciones de dominación previas. Por otro lado, también se ha difundido en ambientes antiautoritarios una especie mística relacionada con la liberación nacional que se ha movido en la ambigüedad y en la aceptación acrítica de ideas o mitos del nacionalismo en tanto fuerza política hegemónica disidente (es decir, una fuerza –todavía- no estatal en lucha contra otro nacionalismo estatal más poderoso).

Vivimos en un país donde la cuestión nacional es una constante en el debate público, donde además desde sectores del nacionalismo se reivindican formas propias de organización que podrían hoy en día considerarse como afines a lo libertario como el batzarre o el auzolan, a lo que se añade la propia ambigüedad de un abertzalismo de corte combativo y popular. A ello se suma toda una labor de contrapoder realizada durante décadas y dentro de la cual la tarea de construcción y afirmación identitaria ha sido fundamental. En este debate inacabado entre nación (como conjunto o comunidades de individuos de una misma etnia, idioma, etc.) y Estado (forma organizativa de poder) queda por ver de qué manera se puede crear un discurso y una práctica libertarias que sean conscientes de su necesidad de arraigo cultural y social, sin que por ello pierdan su capacidad para dilucidar hasta qué punto desde el nacionalismo se inventa y mistifica la historia para crear una idea de nación y convertirla en un arma ideológica de construcción de poder estatal. Por otro lado, sería necesario hacer un ejercicio de concebir la complejidad de lo que podría ser una Euskal Herria constituida como “unidad” cultural o como voluntad colectiva sin la presencia de un Estado.

Algunos puntos para el debate

Una crítica que se suele hacer a la IA desde posiciones más radicales es que su supuesta construcción del socialismo poco tiene de tal, y que, al margen de una retórica más o menos revolucionaria, combativa o estratégico-etapista, los límites marcados por el Sistema son claros y, como mucho, puede o quiere aspirar a realizar una gestión progresista de lo existente. Por otro lado, un hipotético éxito del proceso de instauración de un marco democrático de “construcción nacional” dentro de la Europa del capital se inscribe abiertamente en una lógica de constitución como un estado homologable con el resto de los países.

Siguiendo estas consideraciones hay que admitir, sin embargo, que hoy en día la misma idea del cambio revolucionario se presenta casi como inconcebible dentro de la complejidad del propio sistema y de sus interrelaciones globales. Al margen de las revueltas, protestas y proyectos alternativos minoritarios que puedan darse actualmente existe límites claros: el poder represivo y adoctrinador de las estructuras de dominación (físico e ideológico) y la propia alienación de los seres humanos. Es decir, no podemos eludir que somos parte de lo que criticamos y que reproducimos a diario formas de vida, valores, pautas de consumo, ideas, inercias, condicionamientos, etc. que permiten la reproducción del Sistema. Por tanto, la crítica práctica es muy limitada y las contradicciones constantes. Las soluciones realistas, progresistas o ciudadanistas aparecen, por tanto, de manera natural ¿Qué es entonces lo que diferenciaría a unos sectores políticos y sociales de otros? Algunos elementos a considerar serían, por ejemplo, las prácticas concretas, la concepción ideológica, los valores o las lógicas organizativas.

En el caso de Euskal Herria, hay que partir de su contexto occidental y del rol que desempeña en la división global del trabajo. Cualquier intento por cambiar de manera radical el rumbo social se va a encontrar con fuertes miedos, resistencias e inercias internas y externas, por más que haya una mayor o menor conciencia de la necesidad urgente de dichos cambios. Partimos de una sociedad que es mucho más progresista en lo político que en lo económico y en la que es muy complejo ver más allá de lo posible. El espacio para algo distinto es exiguo y está contaminado de diversas formas. La tarea que se presenta es tanto individual, subjetiva y ética como colectiva y organizativa. En ese empeño, la interacción entre lo personal (como base) y lo colectivo (como proyección) es fundamental, para establecer una suerte de corriente que, al margen de su dimensión, pueda servir de referencia social. Las ideas o las ideologías precisan de complementos que los doten de verdad, de corporeidad para que logren su inserción social. ¿En qué se concretaría todo esto si hablamos de crear algo diferente? Por un lado, es preciso establecer una apuesta más ética, abierta y honesta que estratégica y unos valores profundos e interiorizados que respondan al reto establecido. Junto a ellos el desarrollo de prácticas y experiencias que cuestionen lo establecido y que, a la vez, sirvan de ensayo y ejemplo sociales en todos los terrenos en que sea posible (educación, economía, cultura, modos de vida, relaciones personales,…) Finalmente, se debe establecer las formas organizativas y de actuación que sean lo más coherentes posible con los fines buscados. Una sociedad que aspire a ser libre e igualitaria tiene que tiene que dotarse de formas organizativas antiautoritarias y hacer de ellas su línea troncal. Por su puesto, todo ello requiere un esfuerzo y un trabajo interno y externo, difícil y dubitativo y que se encuentra además –como ya hemos dicho- con estructuras fuertemente establecidas, que limitan y tratan de minar o absorber las corrientes disidentes.

El panorama actual nos dice que las prácticas alternativas, no sólo en Euskal Herria, sino en general, son muy minoritarias y en muchos casos contradictorias, pero de ellas hay que partir, sabiendo que una lógica de construcción diferente va a conllevar un largo y difícil camino, lleno de retos, en el que las circunstancias exteriores van a jugar un papel importante.

En el contexto vasco existen, por ejemplo, prácticas o culturas asamblearias y formas de lucha antiautoritarias, además de pequeñas experiencias en diversos terrenos. Los retos con los que se enfrenta un movimiento alternativo son, por un lado, clarificar su proyecto y dotarse de una entidad propia y de una cierta “irreductibilidad”. En la actualidad existe un tejido social complejo en el que se mezclan muchos factores y hay que plantearse cuáles sirven y cuáles no. El tipo de conflicto llevado en el país durante varias décadas ha generado rupturas éticas y “cortinas de humo” frente a otro tipo de posibilidades de lucha. Por un lado, se han justificado en muchas ocasiones ciertos autoritarismos, utilitarismos y relativismos éticos que han emponzoñado el clima social. Por otro lado, los fines perseguidos han justificado todo tipo de medios, mantenidos como incuestionables por razones estratégicas o por dinámicas e inercias históricas. Estamos en un momento propicio para hacer críticas y autocríticas y para ver qué han generado las experiencias políticas que hemos tenido en los últimos tiempos y sus consecuencias sociales.
Podemos analizar el efecto de las formas de organización verticalistas que han predominado políticamente, del gregarismo militante, de la despolitización, superficialización o folclorización de las luchas o de las distintas formas de corrupción surgidas en estos años y ponerlos en contraste con los posibles valores positivos generados por una determinada cultura de lucha, por la formas de entender lo comunitario o la defensa de determinados valores individuales y colectivos.
También es un buen momento para que los grupos que han generado planteamientos y prácticas al margen de la IA valoren sus logros y también sus muchas miserias y deficiencias. Sin ese esfuerzo de sinceridad y valentía es difícil salir de las dinámicas estériles, o de la soberbia y ceguera ideológicas que impiden ver la realidad.

Para finalizar

El fin del conflicto vasco en su forma de enfrentamiento armado abre expectativas e incertidumbres de diverso tipo. Por un lado, pone ante la posibilidad de que nuevas formas de conflicto se abran paso en un momento además en el que el sistema presenta cada vez más grietas, pero que, al mismo tiempo, se muestra cada vez más autoritario. Estos conflictos van a adquirir seguramente una nueva significación y van a liberarse quizás de algunos lastres y estigmas históricos que hasta ahora había venido condicionando casi todas las luchas. Por otro lado, se presenta muchas incertidumbres en cuanto a la soledad o a la capacidad generar apoyos y de nuclear una fuerza social para aquellos proyectos que cuestionen la totalidad del sistema. La definición de este nuevo panorama precisa su tiempo y la conflictividad va a seguir presente, teniendo presente que la fuerza hegemónica que representa la IA en cuanto a contestación social va a evolucionar sin por ello perder, por lo menos a medio plazo, su capacidad de agregación social[[La unidad de fuerzas abertzales que hegemoniza la IA se ha convertido tras las elecciones del 20 de noviembre en la segunda fuerza electoral del País Vasco, a poca distancia del PNV.]]. A los sectores o personas que no se sientan identificados con la propuesta de la IA les corresponde la labor de juntarse, generar nuevas experiencias, defenderlas y, en todo caso, sobrevivir en un ambiente social difícil que va a sufrir cambios notables en los próximos tiempos.