EL VIAJE PRODUCTIVO

El Bárbaro de ayer es el Turista de hoy (N. Mitford: «The tourist», Encounter, nº 13, octubre 1959, p. 3).

Si exceptuamos a la aristocracia, antes del siglo XIX los aventureros se acercaron mucho a la idea del viaje por el viaje en sí mismo, pero fueran hombres o mujeres, ricos o pobres, soldados o marineros, casi todos eran ajenos a la idea de consumir experiencias sin un enfoque productivo hasta que los avances de la Revolución Industrial comenzaron a crear el caldo de cultivo propicio para ese fenómeno moderno llamado «tiempo de ocio». No es ninguna coincidencia que hasta mediados del siglo XIX, cuando comenzó a desarrollarse el concepto de turismo que hoy conocemos, la edad de los descubrimientos estuviera casi agotada; más que para conquistar, el resto de la gente comenzó a viajar para ver cosas.

Esa ampliación clasista del viaje supone el paso de la idea de desplazamiento y del romanticismo del viajero a una concepción comercial y mercantil de las mismas, creando empresas cuyo fin ya no radica exclusivamente en el transporte, sino también en la ocupación publicitada del tiempo de ocio. Así se entiende que el desarrollo acelerado del turismo comenzara a partir de la segunda mitad del siglo XIX, y para ello fue necesario que se constituyera una clientela algo más extensa, capaz de disponer de ahorros y excedentes para dedicarse al ocio: la burguesía occidental. Además, sólo a partir de la década de 1930 en que la clase obrera occidental conquiste las vacaciones pagadas se hablará de turismo de masas del que cabe recordar que es algo más que el simple incremento de visitantes y significa el aumento espectacular del volumen de servicios y negocios de un mercado altamente capitalizado y un compromiso administrativo de gran alcance.
Dicho de otra forma, los turistas serían apenas viajantes si no existiera todo un conjunto de equipamientos y servicios turísticos. El turismo presupone la existencia de infraestructura turística (hoteles, restaurantes, carreteras, aeropuertos) y de atractivos, que sin la intervención de los planificadores turísticos serían apenas recursos brutos. A su vez, los servicios turísticos no tienen mucha razón de ser sin un recurso apto para ser transformado en lo que técnicamente se llama «atracción turística» y sin turistas que lo visiten. Turistas, atracciones, recursos, servicios son interdependientes pero autónomos. Los viajes se han convertido, pues, en un elemento de la vida social, económica o psicológica de la sociedad generadora en que se inscriben, pero entran en juego nuevos elementos artificiales que convierten al turismo producto de ese acto de viajar en un objetivo en sí mismo, en un negocio englobado en una historia general del desarrollo económico occidental en la cual el ocio revierte en explotación industrial y adquiere una importancia económica y sociocultural considerable para la economía de los países tanto emisores como receptores.

El turismo, más que el mero desplazamiento ocioso de un componente importante de la población trasciende las naciones que lo originan, a las que lo reciben y a su propio proceso de desarrollo, implicando territorios, economías, identidades y culturas, afectando a procesos de sostenibilidad, conservación y recreación del patrimonio y transformación de la totalidad del espacio geográfico, humano y de la totalidad de ecosistemas. Por todo ello constituye un magnífico ejemplo de las transformaciones que el capitalismo ha realizado en los últimos doscientos años, incluidas las medioambientales. Incluso si el análisis se circunscribe a uno de los actores de esta práctica, ese producto humano específicamente moderno que es el turista, comprobaremos que posee características que anticipan los procesos fundamentales del consumismo y que hacen del turismo el caso paradigmático de aquel: el hecho de «soñar despierto» y de imaginar la búsqueda del placer. Además, si el acto de viajar ocupa ahora hasta el 40% del “tiempo libre” del que se dispone, ocurrirá que la gente que no viaje llegará a perder su estatus social. El viaje turístico se convertirá así en el marcador, entre otros, de dicho estatus. Es pues un elemento crucial de la vida moderna sentir que los viajes y las vacaciones son actividades del todo necesarias. «Necesito unas vacaciones» supone el mejor reflejo de un discurso muy actual basado en la idea de que la salud física y mental se restaurará por sí misma si quien la emite puede acceder a «salir» de vez en cuando.

Por otra parte, desde una perspectiva macroeconómica, el turismo genera o refuerza las tendencias inflacionistas y supone una presión sobre recursos cuya oferta es inelástica, especialmente algunos tipos de alimentos y del territorio sobre el que dicha industria se asienta. Así, mientras que el turismo beneficia con frecuencia a las minorías locales que participan directamente de dicha industria, puede causar dificultades para el resto de la población. Por otra parte, el desarrollo de una industria turística a menudo implica la penetración de intereses financieros procedentes del exterior de la comunidad en que se asientan, ya sean extranjeros o nacionales. Este proceso a menudo conduce a una pérdida de control local sobre dicha industria.

Más allá de estos puntos de acuerdo general, los resultados varían mucho. El turismo genera los efectos más graves de dislocación a cambio de la obtención de unos relativamente pequeños beneficios destinados a una minoría local, mientras que los beneficios son mucho mayores para los grandes inversores gracias a las economías de escala y la rápida introducción de instalaciones de alto nivel. El resultado es entonces la dependencia en lugar del desarrollo. En tales condiciones, el crecimiento desproporcionado del sector turístico no genera vínculos con otros sectores locales desplegados por el territorio, en particular con la agricultura, sino que provoca trastornos, institucionalizándose así un subdesarrollo estructural. Variados estudios antropológicos y sociológicos han venido a confirmar que la dependencia económica del turismo en las comunidades locales reprodujo las relaciones existentes durante la época colonial, llevando a una dependencia política y cultural. Los habitantes locales pasaron a hacer todo lo que se esperaba de ellos para que agradasen al tipo de turistas que querían ver reproducida la supuesta sociedad local cuando estaban de vacaciones. También se verifica que el turismo introduce la cultura del desperdicio en sociedades de escasez. Y sobre todo, dada su depredación espacial, el turismo genera irreversibles problemas derivados de la venta de tierras destinadas a plantar alimentos desencadenando una cultura migratoria entre los jóvenes del campo. La sensación general en todos estos estudios es la de una acusación: la industria del turismo sería una actividad que desarticula la estructura social, territorial y administrativa. Las formas tradicionales de producción, la pesca, la agricultura y la producción cultural artesanal relacionadas con ellas desaparecieron cuando el turismo pasó a considerarse un factor de progreso por la sociedad local y la tierra cambió de significado para ocupar el lugar del capital dentro de los factores de producción.

Cabe pues concluir que el turismo moderno se ha convertido en un auténtico sistema ecológico, económico y político complejo y global, propio del capitalismo contemporáneo; a medida que madura, se alcanza un mayor grado de separación de dicho fenómeno respecto del resto de la sociedad. En efecto, el sistema industrial turístico se caracteriza por una tendencia centrífuga, ya que constantemente se expande a nuevas áreas, ya sea siguiendo un espontáneo patrón «orgánico» como resultado de un impulso interno, o bajo una forma patrocinada e inducida a través de los esfuerzos de las autoridades nacionales o agentes multinacionales.

Mario Domínguez