BEBÉS ABANDONADOS

“¡Nada se da; todo se construye!”
Gaston Bachelard

Pensad por un momento en esa criatura recién parida. Tratad de comprender lo que nos dice, lo que nos pide. Mejor: tratemos de hacerlo juntos de la mano de unas cuantas personas admirables que comenzaron a desentrañar los misterios de la vida: Wilhelm Reich, Michel Odent, Leboyer, Konrad Stettbacher, Alice Miller…

La mayoría de los mamíferos lamen a sus crías nada más nacer y no precisamente para asearlas, sino porque es necesario para estimular el desarrollo de ciertos órganos internos y del sistema nervioso. Por supuesto, esta necesidad también la tiene el ser humano. De hecho el masaje que recibe el feto, en un parto “de verdad” durante su recorrido por la vagina, cumple una parte de esa función, el resto queda en manos de la madre.

El animal humano tiene un nacimiento excesivamente prematuro en relación con otros animales. Aunque el bebé ha salido ya del vientre, su dependencia del cuerpo de la madre es tan absoluta que habría que continuar considerándolo como un feto hasta el primer año de vida y durante ese tiempo necesita el contacto permanente -corporal, afectivo y epidérmico- con la madre.
En primer lugar está la necesidad de integrar las funciones biológicas básicas: conexión de lo emocional y lo racional, maduración del sistema nervioso, del funcionamiento enzimático y de la inmunidad, entre otras.

Además, durante el primer año de vida el contacto permanente permite el correcto desarrollo de diferentes órganos vitales: tracto respiratorio, venas y arterias, cubiertas de mielina que protegen las células nerviosas, metabolismo del cerebro, regulación de las pulsaciones del corazón… y todo ello unido a una serie de procesos que es necesario respetar (aunque casi nunca se hace): control espontaneo de esfínteres, desarrollo del habla, capacidad para caminar erguidos…

La piel se forma en el embrión en el ectodermo junto con el Sistema nervioso y el cerebro, y esa conexión íntima continuará toda la vida. Como dice Deane Juhan, “la piel es la superficie del cerebro”. Por ello, el contacto corporal -piel con piel- del bebé y la madre es absolutamente necesario para un completo desarrollo del Sistema nervioso y de todo el organismo.
Como es fácil suponer, las consecuencias de una separación prematura son trágicas:

El bebé reacciona primero con llantos y gritos de protesta, después la desesperación lo domina al percibir la separación como algo absoluto y permanente debido a la falta de noción del tiempo; finalmente un mecanismo de defensa vital acabará hundiéndolo en la indiferencia, en la trágica renuncia al vínculo biológico.

Por supuesto que no estamos hablando aquí de un proceso mental, de un trauma psíquico (puesto que no hay todavía una estructura psíquica formada). Hablamos de una agresión mucho más simple y por ello más profunda y terrible: alteraciones de la energía vital, de la respuesta sexual, del desarrollo del sistema nervioso central, malformaciones en la glándula pituitaria que segrega hormonas necesarias para las reacciones del stress, depresión de la inmunidad… hablamos de un encogimiento biológico de todo el organismo, de un acorazamiento muscular y del carácter que reducirá para siempre la capacidad para el placer y predispondrá a la enfermedad, a la dependencia, a la sumisión… estamos, a fin de cuentas, explicando el auténtico origen de la perversidad humana.

Preguntémonos por ejemplo: ¿quién gana con el abandono de los bebés? ¿acaso podemos llamar progreso humano a un comportamiento antivital, ignorante y deformador de la realidad como este? ¿puede esta ultrajante agresión contra la infancia formar parte del movimiento de liberación de la mujer o de cualquier otra lucha reivindicativa? Por supuesto que no. Y lo que hay que dejar bien claro es quien gana realmente esta perversa partida: a corto plazo, el mundo laboral, el empresario, el Capital a fin de cuentas, gana un obrero: la madre manipulada; a largo plazo, se perpetua un sistema injusto que sirve básicamente a los propósitos de mantener una cantidad suficiente de dóciles irresponsables contribuyentes borregos, cómplices del asesinato de los niños y las niñas… del asesinato de la vida.

Tomando como base estos y otros conocimientos sobre los mecanismos básicos de la vida podemos comenzar a reflexionar de nuevo sobre una gran cantidad de fenómenos y procesos en los campos tan íntimamente relacionados de la salud y la educación. Y, lo que es más importante, podemos intervenir de forma radical para cambiar el rumbo destructivo en el que estamos atrapados.
Desde estas páginas nos proponemos aportar respuestas concretas a este problema global con infinitas ramificaciones. Tiempo habrá de discutirlas con profundidad, pero apuntamos aquí algunas medidas urgentes:

Arrebatar a la medicina el control del embarazo y el parto y devolverlo a las mujeres dejando a los médicos el justo papel de colaboración que deben tener, siempre bajo control de los ciudadanos como usuarios de la salud.

Dar información veraz a las futuras madres y a los profesionales de la medicina sobre los fundamentos de la vida, en especial sobre los descubrimientos que han puesto de relieve la importancia de la autorregulación en el animal humano.
Iniciar una reforma radical de instituciones sanitarias y educativas: humanizar los paritorios y las consultas, poner en evidencia las mentiras urdidas para insensibilizar a las madres: “el llanto es algo normal”, “los bebés no entienden ni sienten”, la tiranía del chupete y otras atrocidades y disparates por el estilo.

En cuanto al asunto de las guarderías, vaya por delante un no rotundo a utilizarlas antes de los doce meses; ya sé que la tendencia es la contraria y conozco las razones, pero no se puede estar en misa y repicando. La alternativa es muy sencilla: bajas maternales de un año. A partir de los dos o tres años -y siempre en función de las necesidades, el desarrollo y la voluntad del niño- puede considerarse la posibilidad de echar mano de un lugar que cumpla unas mínimas condiciones: profesionales capacitados humanamente para comprender las expresiones emocionales de los niños; grupos reducidos (entre 6 y 10 niños según la edad); adaptación gradual bajo deseos del niño, encuentro frecuentes educadores-padres, espacios adecuados (aire libre, lugares que permitan intimidad y relajación…).

No sólo hemos demostrado, como decía amargamente Reich, ser incapaces de construir nuestro propio futuro; aún peor: la humanidad está arrebatando el futuro a las próximas generaciones. Con la esperanza de dar la vuelta a esta situación, propongo que estos sean los límites de nuestra libertad: el compromiso con los niños y las niñas. O nos replanteamos radicalmente la forma de concebir, criar y educar a nuestros hijos, con urgencia y sin concesiones; o estamos condenados a una catástrofe de dimensiones incalculables.

Lecturas recomendadas
• Leboyer, F. Por un nacimiento sin violencia. Daimon, 1974.
• Montagu, A. El sentido del tacto. Aguilar, 1981.
• Odent, M. El bebé es un mamífero. Mandala Ediciones, Madrid, 1990.
• Reich, W. Los niños del futuro. Orgone Energy Bulletin, vol. II, 1952.
• Serrano, X. Contacto-Vínculo-Separación. Publicaciones Orgón, Valencia, 1994.
• Serrano, X y Sánchez Pinuaga, M. Ecología infantil y maduración humana. Publicaciones Orgón. Valencia, 1997.

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