CEPRID

Cui prodest

Lunes 12 de abril de 2010 por CEPRID

Rafael de Águila

La Jiribilla

“cui prodest scelus, is fecit" Séneca

(Medea, acto I, escena I, versos 500-501)

Lucio Casio Longino Ravilla fue tribuno de la plebe en el 137 ane, más tarde cónsul y después censor. A él se atribuye la frase latina Cui prodest. Literalmente, ¿quién se beneficia?; ¿quién sale beneficiado? Lucio Anneo Séneca nació en Córdoba en el año 4 ane, la frase extraída del acto I, escena I de su “Medea” alcanza a traducirse como: aquel que se beneficia es el autor del crimen. Marco Tulio Cicerón fue asesinado en Fornia en diciembre del año 43 ane. Desde sus dotes de orador en el foro romano popularizó la frase, especialmente a partir de sus discursos. ”Pro Milone” y “Pro Roscio Amerino”. Todos ellos vivieron (y murieron) hace ya más de dos mil años. Fueron políticos, moralistas, filósofos, escritores, oradores. No habrá quien se atreva a negarles inteligencia. No habrá quien se atreva a acusarles de izquierdistas. De antimperialistas. De procubanos. Nada de eso. Fueron romanos. Otro mundo, otros hechos. No habrá quien llame a desatar sobre ellos todo el inmenso poder de la “prensa libre”. A ellos, sin embargo, se atribuye el empleo de la frase, principio según el cual la persona (o grupo) culpable de cometer un delito debe hallarse entre aquellos a los que el delito beneficia. Parece sencillo. Tan sencillo que por fuerza derivó al Derecho Romano. Y del Derecho Romano a la Criminalística. Dos mil años han transcurrido y urge reconocer que la vida se ha complicado un tanto. Longino Ravilla, Séneca, y Cicerón están muertos. Nos legaron, en cambio, esa frase, ese principio del Derecho Romano. Y nosotros, ya lo escribió alguna vez el argentino Jorge Luís Borges, somos romanos en el destierro. Apliquémoslo, pues.

He ahí un país que expulsó hace más de 50 años a un tirano sangriento. Que lo hizo después de 58 años de desgobierno, soberanía esquilmada, vapuleo y sangre. No faltó la sangre. Un país que ejerció su derecho a la revolución. Derivada de condiciones que nadie se atrevería hoy a negar. Un país que recuperó su soberanía. Que entre furibundos y continuos ataques de unos y yerros propios la ha mantenido. Y he ahí que desde ese instante asomaron los dimes y diretes contra ese país. Ese país lleva sobre los mapas un nombre de cuatro letras: Cuba. Y he ahí que los dimes y diretes sobre Cuba acumulan ya medio siglo. Innumerables los que en medio siglo los han orquestado. Grupos mediáticos, televisoras, cadenas radiales, diarios, revistas, gobiernos (y uniones de gobiernos), partidos (y uniones de partidos), presidentes (y grupos de presidentes), ex presidentes (y grupos de ex presidentes), políticos, senadores, escritores, artistas, filósofos, teóricos, moralistas (y no tan moralistas). No se olvide incluir asesinos, terroristas, traidores, afiliados a la mitomanía, anhelantes de fama y deseosos del salarium falaz del enemigo. Son muchos (y variopintos) los que han aportado a esas campañas. Algunos, unos pocos, lastimosamente, han aportado lo suyo desde la amistad, desde la izquierda. Honestos y dignos han dicho lo que creen honesto y digno. Y lo han hecho sin el conocimiento real y ponderado de los hechos. Sin comprender cabalmente sus consecuencias. Sus matices. Sus blancos y sus grises. No han atendido al Derecho Romano, al precepto latino, a la frase de Longino Ravilla, Séneca y Cicerón. Cui prodest. ¿A quién benefician? Es normal el disenso. Es normal, incluso, que los amigos disientan. Que digan lo que piensan. Todos, no solo los amigos, deben decir lo que piensan. Recordemos a Martí: un hombre que no dice lo que piensa no es un hombre honrado. En no pocas ocasiones en nuestra vida personal asoman desacuerdos y faltan coincidencias con nuestros hijos o nuestros padres. No son pocas las ocasiones en las que ello acaece con los amigos más fervientes. O con el ser que se ama. O con el Gobierno que nos representa. Eso sucede, ha sucedido y sucederá siempre. A todos. A usted que lee este texto. A mí que lo escribo. Y puede uno, desde luego, despotricar en mensajes urbi et orbi sobre hijos, padres, amigos, amores y Gobiernos. Puede uno abjurar de ellos. Acusarlos. Errar y buscar contra ellos el apoyo de vecinos. Contribuir a dimes y diretes. Firmar manifiestos. Sin mayor detenimiento. Sin toda la verdad. Sin los matices todos. Sin la debida comprensión. Sin detenerse a pensar a quién benefician. Sí, porque es precisamente en esas situaciones en las que debe forzosamente asomar ese principio del Derecho Romano, esa tesis de la Criminalística, esa frase latina, la frase de Longino Ravilla, Séneca, y Cicerón. Cui prodest. ¿A quién (quiénes) beneficia? Por supuesto, así han errado los amigos. Los enemigos no. Los enemigos saben muy bien aplicar la frase, saben muy bien a quién (quiénes) benefician. Para eso trabajan. Para eso despotrican. Para eso mienten. Para eso aprovechan ciertas tristes verdades. Para eso alientan dimes y diretes. Y los publican. Primeras planas. Urbi et orbi. Día tras día. Y todo eso durante medio siglo. Y los que resten.

La derecha más rancia y acérrima ha comandado esos dimes y diretes, los ha orquestado. Desde ficciones que no les sonrojan. Desde la obcecación y el desatino. Desde la mirada imperial o la sombra de esa mirada. Desde la hipocresía. Los que al centro militan lo han hecho sin importar de los raseros las múltiples dobleces. Tráhit sua quemque voluptas, escribe Virgilio en sus Églogas (II, 65), pululan las aficiones que a cada uno arrastra. Alcanzan esos dimes y diretes a atiborrar miles y miles de folios. Millones quizá. En ellos no faltarán los especimenes más disímiles: mentiras furibundas y verdades cercenadas, mentiras disfrazadas y verdades ataviadas, mentirasverdades y mentirasmentiras. Y verdades. Debidamente parceladas, editadas y recontextualizadas. Oh, sí. No es honesto ocultar o negar eso. Recomponer verdades es recurso antediluviano. Mixturar verdades y mentiras también. Tamizar todo cuanto existe y sucede en función de cazar y magnificar ciertas verdades dañinas también. Son esos, no se dude, recursos efectivos.

¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) que seres humanos decidan no ingerir alimento con el fin, fatídico y terrible, de perder la vida? ¿A quién (quiénes) beneficia alentarlos a emprender y llevar a infeliz término semejante propósito? ¿A quién (quiénes) beneficia la verdad, terrible por demás, de esos fallecimientos? No al Gobierno cubano, desde luego. No al pueblo cubano, por supuesto. No a los desdichados seres que mueren. No a sus adoloridas familias. No a ellos. A ninguno de ellos. ¿A quién (quiénes), pues, beneficia? Eche mano a la frase latina, al precepto del Derecho Romano, al principio de la Criminalística, a la sentencia rotunda, sabia y profunda de Longino Ravilla, Séneca y Cicerón. Cui prodest.

¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) publicitar con mayor fuerza e insistencia las caminatas de una decena de mujeres por la capital cubana en lugar de la muy humana maratón de casi un millar de médicos cubanos que voluntaria y solidariamente salvan vidas y mitigan el dolor de millones de hermanos haitianos? Tiene Cuba el extraño privilegio de ser el único país del mundo del cual la gran prensa internacional se desbanda a grandes titulares en función de publicitar la caminata, anodina e intrascendente, de unas decenas de seres. ¿A quién puede beneficiar el bullicio alrededor de esas decenas frente a esa otra marcha, silenciosa en la prensa internacional, de once millones de cubanos? Una decena de mujeres desea caminar. Los cardiólogos se extienden acerca de las ventajas de ese ejercicio. Que caminen, pues. Cui prodest.

¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) que unas decenas de cubanos (siempre unas decenas) reciban recursos, capitales e instrucciones de una potencia extranjera, recursos destinados a subvertir el orden constitucional en Cuba, hecho que el Gobierno de los Estados Unidos de América no oculta? Tales capitales se asignan, públicamente, por ese Gobierno. Aquellos que los reciben en Cuba no lo niegan. El propio John Kerry, Jefe del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, llama ahora a revisar esos recursos. Se trata de cuarenta millones de dólares que los Estados Unidos de Norteamérica asigna anualmente a la disidencia cubana. ¿A quién beneficia que unas decenas de cubanos (¡¡¡¡otra vez unas decenas¡¡¡¡) que recibieron recursos, aliento, capitales e instrucciones de una potencia extranjera con el objetivo de subvertir el orden constitucional en Cuba hayan sido, por tan flagrante violación de la Ley, juzgados y guarden prisión? ¿A quién puede beneficiar (o beneficia) esas prisiones? Parece maravillosamente tramado. Véase sino: un Gobierno extranjero alentó, conminó, instruyó y pagó a esos cubanos para violar la Ley. La gran prensa internacional, la Unión Europea, toda la cohorte que suele unirse contra Cuba, nada dijo de eso. Una vez invocada la Ley se ha pasado a acusar de ilegal… ¿a quién? A la Ley, precisamente a la Ley. Un retruécano, un absurdo. Y, Europa, corre, ahora sí, a adoptar una Posición Común. ¿Por qué Europa no decide adoptar una Posición Común y comunica al Gobierno de los Estados Unidos de América que en lo adelante no tolerará que ese Gobierno pague, aliente e instruya a ciudadanos cubanos para violar la Ley en Cuba? ¿Por qué Europa no decide aplicar una Posición Común y comunica al Gobierno de los Estados Unidos de América que no tolerará en lo adelante la continuidad del embargo? ¿Por qué las “posiciones comunes” solo se esgrimen contra Cuba? ¿A quién puede beneficiar eso? No existe país en el mundo que halle legal que sus ciudadanos reciban pagos, aliento, recursos e instrucciones de Gobiernos extranjeros con el objetivo manifiesto de subvertir la Ley y el Orden internos, echar por tierra la Constitución y destruir el Gobierno de la nación en cuestión. Leyes de esa naturaleza no existen únicamente en los cuerpos jurídicos cubanos. Que los versados en Derecho Comparado busquen la nación que semejantes hechos permita. (1) ¿Qué sucedería si el Gobierno cubano destinara parte de su presupuesto anual a pagar, apoyar, sostener e instruir a grupos de ciudadanos de los Estados Unidos de Norteamérica en función de trastocar el Gobierno de ese país o incinerar la Constitución legada a esa nación por los Padres Fundadores? ¿Qué sucedería si en el Ministerio de Relaciones Exteriores cubano existiera una Sección o Departamento destinado a conspirar contra el Gobierno, la Constitución o las Leyes de los Estados Unidos de Norteamérica o de cualquier nación de la Unión Europea o del Mundo? ¿Qué sucedería si el Gobierno cubano destinara parte de su prepuesto anual a subvertir el orden legal y constitucional en esas naciones? Aventurémoslo. El país que a tanto se atreva estaría loco. De atar. El país que en tales hechos incurriera sería salvajemente bombardeado, ferozmente invadido, tristemente ocupado. Sin remedio. Pues el Departamento de Estado de los Estados Unidos de América creó una Comisión para Cuba, comisión destinada a alterar el orden constitucional en la Isla. Esa Comisión existe hoy, sesiona, trabaja. Para esas actividades se asignó a la susodicha Comisión 59 millones de dólares. Anuales. Públicamente. ¿Qué sucedería si el Gobierno cubano creara una Comisión para subvertir el orden en los Estados Unidos de América?) ¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) que tales hechos e inferencias no asomen la testa jamás en la gran prensa internacional? A todo humano le asiste el derecho a disentir de su Gobierno. De resultar mayoría se alcanza a cambiarlo. Por la vía que sea. Eso no lo logran, por supuesto, no pueden lograrlo, unas decenas de caminantes ni unas decenas de asalariados. Tampoco se logra si algún ser decide, tristemente, ayunar hasta morir. De resultar mayoría aquellos que reciben recursos, capitales e instrucciones de la potencia extranjera, aquellos que caminan o ayunan con extrema facilidad alcanzarían a trastocar el orden constitucional cubano, a derribar su Gobierno, a entregar a Cuba otra vez a esa potencia extranjera. Con extrema facilidad retornaríamos los cubanos a tener procónsul yanqui. Soy ingenuo, quizá. No logro entender. No logro entender cómo puede un cubano sin sonrojos por (y para) disentir recibir capitales, recursos, instrucciones y aliento de una potencia extranjera. La misma potencia extranjera que nos robó la independencia a fines del siglo XIX. La misma potencia extranjera que nos ocupó militarmente en dos ocasiones a inicios del siglo XX. La misma potencia extranjera que gobernó nuestros designios y nuestras riquezas durante los primeros 58 años del siglo XX. La misma potencia extranjera que nos agredió en Bahía de Cochinos en 1961, que nos bombardeó, que nos apuntó con cohetes nucleares en 1962, que durante años en la sexta década del siglo XX armó y entrenó bandas armadas en el Escambray, que armó y entrenó a terroristas para atentar contra nuestra economía, que armó y entrenó a terroristas para asesinar a figuras de nuestro Gobierno, que fraguó desde el Potomac o Virginia esos magnicidios. La misma potencia extranjera que durante los últimos 50 largos años ha lanzado sobre Cuba y los cubanos el mayor caudal de agresiones que registra la historia patria. No lo entiendo. No pueden entenderlo la mayoría de los cubanos. Disentir, derecho inalienable, no es obligatoriamente sinónimo de traicionar. Para estos cubanos, tristemente, lo ha sido y lo es.

¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) la existencia de leyes made in USA que impiden a las autoridades de salud cubanas adquirir medicamentos producidos por filiales norteamericanas ubicadas en terceros países, medicamentos sin los cuales un niño, un bebé de apenas seis meses, podría morir hoy mismo? El bebé existe. No es un bebe hipotético. Lucha ahora mismo por su derecho a la vida en la sala de cuidados especiales de un hospital habanero. A él no acuden los periodistas. Ni los Presidentes. Ni los grupos mediáticos. No provoca ese bebé alguna Posición Común. O la declaración de algún Departamento de Estado. Su respiración agónica no se publicita. Su carita azulada y sufrida no aparece en la prensa extranjera. Cui prodest.

¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) un “embargo” cuyo dramático y malsano impacto cae con peso demoledor sobre millones de niños, mujeres, ancianos, enfermos, sobre todo un pueblo, sobre millones de cubanos, embargo (sostienen los beneficiados), crimen desnaturalizado (sostenemos los bloqueados) que se ha prolongado un decenio tras otro, que ha sido condenado y repudiado año a año por la abrumadora mayoría de la humanidad sin que ello tenga el menor de los efectos? Cui prodest.

¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) que no falten entre los cubanos los esquizofrénicos o los desvergonzados traidores que soliciten y apoyen y vociferen en favor de una intervención armada del US Army en Cuba, y clamen por el bombardeo, y doblen campanas por el crimen, y vitoreen por la muerte, la tortura, y llamen a que buenos chicos de Oregón o Idaho hagan de las suyas en los pueblos y ciudades de Cuba? Cui prodest.

¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) no citar en la gran prensa internacional los 200 muertos que causara el Golpe de Estado en Honduras o la fosa común de 2 mil cuerpos recién descubierta en Colombia y llenar todos los espacios con el lamentable y triste fallecimiento de un hombre en Cuba, un hombre que en el ejercicio de su sano juicio hubo de decidir suicidarse negándose a ingerir alimento, un ser humano al que, infortunadamente, nuestros médicos no lograron salvar?

¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) que se coloquen bombas en hoteles cubanos, artefactos que al estallar causen la muerte a jóvenes turistas extranjeros? La bomba no es hipotética. Estalló. El turista no es hipotético. Murió. ¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) colocar bombas en aviones comerciales cubanos y asesinar a decenas de jóvenes deportistas? El avión no es hipotético. Estalló. Los fallecidos no son hipotéticos. Murieron. Fueron 73 personas. Los asesinos no son hipotéticos. Pasean ahora por Miami. Ofrecen conferencias de prensa. Recientemente la entrevistadora de una popular televisora norteamericana, la conocida María Elvira, se emocionó ante uno de esos asesinos confesos, uno de los más viles, y le endilgó, impúdicamente, ante las cámaras, el título de patriota. He ahí la máxima desde el salmo de David (XLI, 8), abyssus abyssum invocat, un crimen lleva al otro. Los autores materiales (e intelectuales) de tales crímenes (vergonzosa e impúdicamente confesos ante la propia prensa norteamericana), aquellos que los apoyaron (y apoyan), aquellos que los aplaudieron (y aplauden), los asesinos, en fin, los asesinos disfrazados de patriotas, los “patriotas” prestos a asesinar, todos ellos, de la mano, hombro a hombro, marchan ahora en Miami. No han sido perseguidos por la justicia norteamericana. No han respondido ante tribunales federales. No purgan culpas en penitenciarías. Desfilan. Tranquilamente. En Miami. En apoyo a la decena de féminas que caminan en Cuba. Y las caminantes en Cuba no se horrorizan que tales seres acudan, caminata mediante, en su apoyo. Y a los caminantes en Miami se les publicita. Oh, sí, desde luego. Y su eco llega urbi et orbi. Y se benefician. Malsanamente se benefician. Se benefician de esos otros seres que pierden dramáticamente la vida en huelgas de hambre. Sin el menor recato. Y rezan padrenuestros. No precisamente por las almas de los fallecidos. Rezan padrenuestros por… más fallecidos. Cui prodest.

¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) que grupos mediáticos, televisoras, cadenas radiales, diarios, revistas, gobiernos (y uniones de gobiernos), partidos (y uniones de partidos), presidentes (ex presidentes y grupos de presidentes), políticos, senadores, escritores, artistas, filósofos y teóricos, moralistas (y no tan moralistas) unan sus voces a dimes y diretes contra Cuba, coloquen una inmensa lente sobre la Isla, glorifiquen mentiras furibundas y verdades cercenadas, mentiras disfrazadas y verdades ataviadas? Cui prodest.

¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) silenciar nuestras verdades más rotundas, enlodar nuestros hechos más dignos, relegar nuestros actos más humanos, ocultar toda nuestra luz, no hablar de ella, o hablar, sí, a media voz, a medias tintas, alguna que otra vez, allá, en aquella pequeña esquina, con aquella letra pequeñita, una voz o una letra que no haya quien la escuche o no exista quien la lea? Cui prodest.

¿A quién (quiénes) podrían beneficiar (o benefician) incluso nuestros errores, las cuitas de nuestros juicios y los juicios de nuestras cuitas, los deslices, la culpas, nuestros no llegar o nuestros pasarse, a quién (quiénes), en fin, benefician las faltas que hemos cometido los cubanos, las que cometemos hoy, las que cometeremos sin dudas mañana, el mes próximo, los años que se avecinan, faltas y errores de los que en modo alguno estamos a salvo, humanos al fin, los cubanos? Cui prodest.

El 80 % de lo que a diario acontece en el mundo llega hoy a cada terrícola desde los insanos tentáculos de un vasto pool mediático. Un pool detentado por unos pocos, pocos a los que suelen animar intereses espurios. No ideas, intereses. Que el mundo moderno ha hecho eclipsar las ideas, todas las ideas, en nombre de intereses, solo de intereses. ¿A quién (quiénes) podría beneficiar (o beneficia) ese sacrosanto dominio mediático, ad captándum vulgos, dominio que apunta al control del pensamiento, las ideas, los deseos, las motivaciones, los intereses, oh, sí, sobre todo de estos últimos? ¿A quién (quiénes)? Preguntémonos una vez y otra: Cui prodest.

Beneficia, digámoslo sin tapujos, a la derecha más rancia y furibunda. Beneficia a los que detentan intereses espurios. Beneficia a grupos mediáticos, televisoras, diarios, revistas, gobiernos (y uniones de gobiernos), partidos (y uniones de partidos), presidentes (y uniones de presidentes), políticos, senadores, moralistas (y no tan moralistas) que defienden intereses contrahechos. Beneficia a la maldad. Beneficia a los hombres de mala voluntad. Beneficia a los que por casi cinco décadas han deseado (y desean) rendir por hambre a millones de cubanos. Beneficia a los que destinan vastos capitales y nunca menguados recursos con el objetivo de subvertir el orden constitucional en Cuba. Beneficia a aquellos que colocan bombas en hoteles y aviones comerciales. Beneficia a los que impiden que el bebé que por la vida lucha en un cardiocentro habanero tenga acceso a equipamiento y medicinas, medios que le asegurarían gran parte del éxito en esa lucha por la vida, éxito por el que todo hombre de buena voluntad rezaría. Beneficia a los que desean que esta Isla sea bombardeada por imponentes bombarderos invisibles, impactada por cohetes teleguiados, rodeada por enormes portaaviones de la IV Flota, invadida por los soldados de la 82 División, esos buenos chicos de Idaho u Oregón, esos buenos chicos que asesinan, violan, torturan, como lo han hecho en Abu Grahib, como lo han hecho en Guantánamo, como lo han hecho en cárceles secretas, en otros muchos sitios, como están dispuestos a hacerlo en 60 oscuros sitios del mundo. Beneficia a los que glorifican las manchas y silencian la luz. Audácter calumniare: Semper aliquid haeret. Adelante, calumnien, que algo queda, sostiene ese otro sabio precepto latino. Versados en política, urge reconocerlo, eran los antiguos romanos. He ahí esa otra frase que nos legara Virgilio: Ab uno disce omnes, (Eneida II, 65), por uno solo se conoce al resto, para la muestra baste un botón. Pues a todos ellos beneficia. No beneficia a los cubanos. Nunca podría beneficiar a los cubanos. Y si ellos, los beneficiados, arman su jaleo urge que los no beneficiados expongan lo suyo. Con franqueza. Con toda la verdad. Con el ponderado empeño además de no beneficiar a quien no se debe. A quien no lo merece. No beneficiar al enemigo. Que entre el sepia y el níveo siempre el matiz más cercano al níveo. Soporta y abstente, divisa de los filósofos estoicos, no debe en este caso ser la máxima. Releguemos el sústine et ábstinea a los estoicos. Contrahegemonía, le llamó un día Gramsci. Palabra esa sacra en este nada sacro mundo de hoy. Y si a latines echamos mano pues abusus non tollit usum, el abuso del vituperio no excluye, no puede excluir el uso de la verdad, el despotismo de la palabra no excluye, no, no puede excluir su virtud, su empleo justo.

Aquellos a quienes beneficia no renunciarán a dimes y diretes. Han incurrido en ello por 50 años. En ello seguirán incurriendo. Los animan intereses. No se olvide eso. No abrazarán la máxima de Juvenal (Sátiras, IV, 91) vítam impéndere vero, no, no dedicaran su vida a la verdad. Aqua et igne interdictos, o lo que es igual, peras únicamente al peral. Y están los amigos. Esos que dignos y honorables se apresuran. Esos que de los hechos (algunas veces) solo los grises. Que del sol (unas pocas veces) las manchas. Que de las verdades disfrazadas (en reducidas ocasiones) el disfraz. Se apresuran. Olvidan que en el arte de juzgar urge escuchar a las partes litigantes, a todas las partes litigantes, audi álteram pártem / audiátur et áltera pars, reza otro precepto latino. Y declaran. Y firman manifiestos. Unen infortunadamente su diáfana voz a la alharaca cloacal. Y todo eso sin valorar ese criterio del Derecho Romano, ese principio de la Criminalística, la docta frase de Longino Ravilla, Séneca y Cicerón. Cui prodest. ¿A quién (quiénes) benefician?

A los cubanos nos entristece la muerte. Nos repugna toda muerte. Cierta vez el autor de estas letras hubo de asistir a un curso internacional. Alguien, una europea (la ética impide mencionar la nación), alegó que se permitía proponer un brindis, un brindis porque al cubano (y ese era yo) le asistían motivos para brindar. ¿No ha leído usted la prensa?, quiso saber ella. No, no la había leído yo. Pues hoy a muerto un enemigo suyo, uno de los peores, anunció ella. Todos en la sala me miraron. Hoy a muerto el señor Mas Canosa, acotó ella, sonriente. Todavía hoy ignoro si allí latía la insana maldad, la burda provocación o la desmedida amistad. Me inclino a pensar en lo último. Y de la mano de la amistad, huelga decirlo, de bruces se iba al desatino. Ya estaba ella de pie, ya llenaba mi copa. Debía hacer yo algo. Y pronto. Lo siento, pero no puedo brindar. No puedo brindar por la muerte de un hombre. Ni siquiera por la infortunada muerte de un enemigo. Lamento su muerte, como lamento la muerte de todo hombre. Desde niño se nos inculca a los cubanos la idea de la fraternidad humana. Discúlpeme usted, pero me es imposible brindar. Eso dije, de pie. Y todos los colegas, latinoamericanos y europeos, conmovidos, se acercaron a abrazarme. En el mismo espíritu que años atrás me llevaron a pronunciar aquellas palabras ruego hoy porque mis compatriotas no mueran en huelgas de hambre. Y si mueren lo deploro. Profundamente. Y manifiesto mi dolor. Sin tapujos. Y aplico el precepto latino, el principio del Derecho Romano, la frase rotunda de Longino Ravilla, Séneca y Cicerón. Cui prodest. ¿A quién (quiénes) podrían beneficiar esas tristes muertes?

Hace más de dos mil años, en la segunda guerra medica, unas pocos griegos batallaron por siete días en las Termópilas. Unos pocos se esforzaron en detener la invasión de un ejército persa conformado por 300 mil hombres. Eso salvó las ciudades estados griegas. Los cubanos hemos luchado los últimos dos siglos por nuestra soberanía. Y en los últimos 50 años hemos aprendido a vivir, perennemente, allí, en las Termópilas. Se nos ha obligado a eso. Los persas de turno. No es agradable eso. No somos masoquistas. Deseamos vivir en paz. En armonía. Necesitamos afanarnos en nuestro presente y nuestro futuro. Los cubanos. Que solo a los cubanos compete semejante empeño. A nadie más. No compete eso a los persas de turno. No compete eso a “Posiciones Comunes”. El siglo XXI, han dicho muchos, merece un cambio de mentalidad. No la cambien y la mayoría de los cubanos se mantendrán allí, en las Termópilas.

Los cubanos tenemos una historia que hacer. Una patria que defender. Una soberanía que salvaguardar. Millones de vidas que cuidar. Muertes que evitar. Bloqueos que ver caer. Un Estado que perfeccionar. Faltas que enmendar. Nuevos logros que obtener. Muros que demoler. Un pasado del que somos deudores. Un presente increíblemente complejo. Un futuro que merecemos, futuro que juzgará nuestros yerros y alabará nuestro tino. Los cubanos tenemos intereses limpios animados por ideas limpias. Ideas e intereses propios. Sí, los cubanos tenemos ideas. Para el presente, y muy especialmente para el futuro. Ideas de los cubanos. Para beneficio de los cubanos. De todos los cubanos. Con todos y para el bien de todos, que cuando del Apóstol se trata enmudecen y se ahuyentan los latines. A los enemigos (esos que se benefician), los hemos enfrentado. Y los enfrentaremos. A los amigos (aquellos dignos que se apresuran) no hemos cerrado y no cerraremos las puertas. Los errores, los nuestros, los enmendaremos. Nadie dude eso. Y los del futuro, esos que nadie puede eximirnos de cometer, procuraremos evitarlos. Los cubanos tenemos que ser lo suficientemente sabios para, de entre el sepia y el gris, elegir el matiz más cercano al níveo, al blanco. Esa elección avala el presente y el futuro. Especialmente el futuro. Ese futuro que irradia (e imanta) desde la catequesis de la frase martiana. Los cubanos tenemos que ser lo suficientemente sabios para echar mano del precepto latino. ¿A quien beneficia lo que hace el enemigo, lo que hacen los amigos, lo que hacen los compatriotas que disienten, compatriotas que para disentir no ven otra salida que cobijarse en las judaicas monedas que les procura una potencia extranjera, en las instrucciones que les procura una potencia extranjera, a quiénes beneficia lo que hemos hecho, hacemos y seguramente haremos nosotros mismos, nosotros mismos a lomo de nuestros errores, nosotros mismos nunca a salvo de confundir tonos y modulaciones, esos entre el níveo y el sepia?

Los cubanos, huelga decirlo, tenemos que ser lo suficientemente sabios para echar mano a la frase de Séneca en Medea, al precepto de Cicerón ante el foro, a la sentencia del hoy casi desconocido Lucio Casio Longino Ravilla, tribuno de la plebe en el 137 a.n.e. Cui prodest, carajo, cui prodest.

NOTAS:

1. Todas las naciones contemplan en sus cuerpos jurídicos, Constituciones y Códigos Penales elementos que tipifican y sancionan estos delitos. Los propios Estados Unidos de América los tienen. Véase sino el Artículo III de la Constitución, Sección III. Véase el Código Penal, Capítulo 115, Sección 2381. Se tipifica como traidor a los USA a cualquier persona que se asocie a sus enemigos ayudándolo dentro o fuera de los USA. Las penas varían, de acuerdo con la Constitución tiene en ello el Congreso la jurisdicción. De acuerdo al Código Penal las sanciones contemplan muerte, cárcel, inhabilitación para ocupar cargos públicos, multas.


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