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Causas y manifestaciones del racismo en Bolivia: a propósito de la Ley Antirracista

Lunes 22 de noviembre de 2010 por CEPRID

Carlos Guillén

Pukara

El tema del racismo ha adquirido nueva notoriedad en Bolivia a raíz de la reciente aprobación de la «Ley contra el racismo y toda forma de Discriminación». Esta Ley ha motivado una fuerte oposición, atrincherada en la condena de periodistas y dueños de medios de comunicación, que pretenden ver en esta Ley una arremetida contra la libertad de expresión y un paso más en el esfuerzo del gobierno por acallar a los medios.

¿Es cierta esta aprensión? Para entender este debate hay que identificar primero qué es el racismo y luego cómo y por qué se manifiesta en nuestro país.

El racismo es la discriminación por motivos raciales, es decir por el color de la piel o por otros características físicas externas de la persona. El racismo no es el etnocentrismo propio a todo pueblo o cultura, es una elaboración más reciente y particular al mundo europeo.

Toda cultura antigua manifestó rechazo hacia otros pueblos y hacia los extranjeros, como afirmación de su naturaleza humana, al comprobar su diferencia con el mundo natural y considerarse propia y específica. Esta es, empero, solamente una reacción cultural, sin repercusiones sociales y políticas de dominación. El racismo tal como lo conocemos ahora, es un concepto moderno originado en Europa y cuyas primeras manifestaciones se dieron en las colonias españolas en América. A la concepción natural de cada pueblo de considerarse particular y específicamente humano, lo que es un proceso de humanización y socialización interno insoslayable, viene el racismo como una teoría funda-mentada en el prejuicio de que habría razas superiores e inferiores, identificadas estas por el aspecto biológico externo. Esta ideología necesaria-mente conlleva una justificación del dominio de unos pueblos sobre otros. El racismo tiene pues manifestaciones y justificaciones sociales, económicas y políticas.

El racismo como ideología va siempre acompañado de la discriminación racial, que es el acto que materializa esa ideología. Esta discriminación significa que ciertos aspectos de la vida social son «reservados» a los integrantes de una raza, siendo los otros excluidos de ella.

El racismo, como es un elemento de dominio político, establece un orden jerárquico entre los grupos raciales y servirá para justificar los privilegios o ventajas de las que goza el grupo dominante.

Indicábamos que el racismo tuvo inicio en el sistema colonial español en las Américas.

Aquí España estableció una doctrina llamada de la «limpieza de sangre» para establecer roles sociales que puedan garantizarle su poder. Se consideraba de «sangre pura» al ibérico blanco, mientras que tenían la sangre «impura» o «manchada» los mestizos, cholos y mulatos. Los indios estaban totalmente fuera de consideración, pues incluso se discutía si tenían o no alma para ser considerados humanos. Indios y negros, sólo podían ser los nefastos que por mala razón podían manchar la sangre ibérica.

Esta doctrina de pureza de sangre, empleada inicialmente para perseguir a los judíos y segregar a los musulmanes en tierra europea, sirvió en el continente americano para establecer jerarquías sociales permitiendo o no el acceso a funciones de administración y mando, a colegios, monasterios y posiciones militares, según se podía demostrar la «pureza de sangre». Esta estrategia de marginación demuestra la relación inequívoca entre la noción de «sangre» y la de «raza» para establecer una sociedad colonial.

Contrariamente a lo que muchos afirman, el régimen colonial español buscaba evitar el mestizaje, desvalorizando a las personas que eran producto del «cruce» de razas.

El sistema colonial español formó una sociedad caracterizada por una gran separación de una aristocracia blanca española (peninsulares y criollos), de los mestizos, los negros y los indios. Esa separación continuó duran-te la república y persiste hasta nuestros días. Por ejemplo, aun cuando el actual gobierno boliviano quiera pre-sentar como «descolonizador» el hecho de que los policías de a pie tengan ahora en el costado de su hombro la bandera boliviana y la wiphala juntas como emblema, la realidad es que en la policía y en el ejército, pilares de cualquier estado, se presenta la clara pirámide racista: el alto mando (la cúspide de la pirámide) es blanco y la tropa (la base de la pirámide) es india.

La actual sociedad boliviana se estructuró pues sobre las bases racistas que dejó la colonia española. En muchos casos la perfeccionó. La «independencia de Bolivia» fue obra de los criollos para su propio beneficio, excluyendo a indios y mestizos. ¡Los criollos, sin haber intervenido en las luchas independentistas, se acomoda-ron como gobernantes en el nuevo régimen! Lógicamente, para perpetuar su poder afinarían y serían más drásticos con la discriminación racial.

Toda la ideología política republicana estuvo teñida de racismo. Todo su pensamiento político fueron argucias para apartar y seguir dominando al indio. Así, el programa del Partido Liberal a inicios del siglo XX indicaba: «con una población de cerca de dos millones, apenas podemos poner en pie de guerra quince o veinte mil hombres porque la raza indígena que forma la mayor parte de aquella es inepta para las armas…».

Siguiendo ese razona-miento el ejército debía ser reserva del hombre blanco, siguiendo el prototipo racial alemán, francés o norte-americano, según el gusto del ocasional gobernante. Nuestro ejército ahora, en tiempos de «descolonización», sigue con esos criterios.

En consecuencia, el orden político en Bolivia se construyó con criterios racistas. Nicomedes Antelo sostenía que había que eliminar al indio y al mestizo para que Bolivia surgiese. Para él, el cerebro indígena era celularmente incapaz «para concebir y entender la libertad republicana».

Con estos antecedentes, ¿habría que extrañarse que hace pocos años en Sucre hicieron desvestir, arrodillar a indios quechuas y besar el suelo, cuando esa ciudad quería protestar contra el actual gobierno humillando a los indios? ¿Es raro que en la Asamblea Constituyente que se reunía entonces en esa ciudad, una Constituyente criolla, Beatriz Capobianco, interrumpiera y agrediera a la Constituyente quechua Isabel Domínguez, apostrofándole «¡que hable cuando aprenda el castellano!»?

Evidentemente, no nos extrañan esas actitudes. Si debería haber extrañeza es hacia la displicencia de entonces del actual gobierno, que permitió agresiones y humillaciones sin defender para nada a quienes eran ultrajados por su culpa.

Se podría argüir que el racismo es cosa del pasado y lo que muchos denuncian es sólo antagonismo político, especialmente las recientes agresiones a indios en Sucre. Sin embargo, eso no es así. Algunos disfrazan su racismo como noble oposición política a la actual administración. En recientes publicaciones bolivianas de conocidos medios aparecieron notas de las cuales extractamos unos párrafos: «No me extrañaría que los nuevos gobernantes abandonasen a sus cholas y birlochas para unirse a nuevas mujeres más instruidas y finamente perfumadas.» y «Veo a Evo Morales sin haber bebido un trago 48 horas antes, pues te encontrarás con un mestizo normal, bastante regordete, con pelos que le cubren hasta la frente y mostrándote una sonrisa de cholito próspero… mientras si se ha tomado unos tragos pensás que el candidato del MAS es un cholo feliz.». ¿Es esto o no racismo, bajo un cubierto de crítica política, que lo quiere hacer respetable?

Entonces ¿la discriminación va unida siempre y sólo a condiciones político partidarias?

No, nuestro cotidiano está lleno de racismo. Valga un ejemplo: Recientemente un conocido columnista boliviano, Fernando Molina, se declaró víctima de racismo y discriminación porque no le permitieron entrar al local Gitana, un bar restaurante ubicado en una zona residencial de La Paz. Este local es uno de los muchos que rechazan a sus clientes según su apariencia o el color de su piel. En Gitana, impidieron la entrada de Fernando Molina y en cambio dieron vía libre a sus amigos extranjeros.

Estos negaron ese privilegio y una de ellas al alejarse les gritó: «son unos racistas de mierda». Este suceso es conocido porque lo repercutió BBC. Pero es el pan cotidiano en Bolivia de quienes no obedecemos a los criterios raciales «blancos».

Después de mucha indolencia ahora el gobierno pretende atacar el problema racista y lo felicitamos. Contrastando con un pachamamismo inmovilizador y distraccionista, el actual gobierno ha promulgado una Ley contra el Racismo y toda Forma de Discriminación.

Sólo se puede transformar una sociedad con cambios estructurales y sociales y con una panoplia legal que la haga posible. En este sentido esa Ley es bienvenida y puede poner en marcha otras disposiciones y acciones que vayan en coherencia.

La oposición a esta ley ha equivocado su rumbo, al querer asimilarla a un esfuerzo para acallar y controlar la libertad de expresión y los medios de comunicación. La resistencia proviene esencialmente al Artículo que indica: «El medio de comunicación que autorizare y publicare ideas racistas y discriminatorias será pasible de sanciones económicas y de suspensión de licencia de funcionamiento, sujetos a reglamentación». En nuestra opinión el término «autorizare», como condición lógica al «publicare» determina una intencionalidad y justifica la aplicación de la ley, volviendo superflua cualquier motivación de querer utilizar el antirracismo como pretexto para acallar la libre expresión.

Por otro lado, ¿cómo un medio de comunicación podría oponerse al antirracismo? Un medio de comunicación que retransmite opiniones racistas fomenta el odio y de esa manera incita al crimen. Quien actúa de esa manera no puede abrigarse, en realidad, en las garantías de que goza un medio de comunicación.

Una posición acertada es más bien tomar acta de un hecho, que esta Ley aunque llega algo tarde, puede ser determinante para marcar nuevos rumbos y características del conjunto de nuestra sociedad.

Sobre racismo, se cita preferentemente lo que escribieron algunos hace años. En nuestros días existen perlas que es conveniente citarlas. Ahí va una:

«Hoy podríamos navegar en el diccionario y encontrar miles de palabras que hilvanadas podían decir mucho de la alegría que tenemos los que creemos en un Estado binacional, los que creemos que es inviable la Bolivia como la plantean los collas malparidos, engendro de llama en piedra.

Prueba de esto que estoy diciendo es que nuestras calles, nuestras plazas están abarrotadas de collas expulsados del imperialismo, por ausencia de Estado boliviano que defienda a esas pobres bestias que vienen como animalitos a pasar lo que venga.

Este Gobierno es el más deplorable y criminal de todos los gobiernos que pasaron por la plaza de la ignominia, por la plaza del narcotráfico, por la plaza donde se asesinó y se construyó la cultura del odio, esa plaza Murillo, ¡pobres bolivianos!, bolivianitos de mierda, reaccionen que aquí la Bolivia camba, la Bolivia valiente, la Bolivia de los productores tiene una visión diferenciada a la aymara quechua, que sabe solamente mirar el mundo con odio, con rabia, con sentimiento. Villanos de verdad, sin escrúpulos, porque están nutridos con la plata de los narcotraficantes. Los collas malditos son una punta de mediocres, delincuentes y maleantes que están en función de Gobierno».

Luís Arturo Mendivil, radialista, Radio Santa Cruz

Fuente: http://www.cambio.bo/noticia.php?fecha=2010-09-22&idn=28452


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