LIBERTOS VERSUS LIBERTADORES

Los libertadores y las independencias nacionales de América, lejos de liberar a los seres humanos de la desigualdad social impuesta por la colonización, ayudaron a desarrollar un sistema basado en la propiedad privada y el trabajo asalariado.

El capitalismo siempre ha sido antagónico a los intereses de las comunidades indígenas y cimarronas, de ahí la resistencia.

En la actualidad, el rol de defensa y gestión del capital, entre otros, lo desempeñan presidentes indigenistas y de izquierda a quienes les interesa recordar las gestas independentistas para afianzar la unidad nacional y, por lo tanto, la paz social entre explotados y explotadores.
Entre 1960 y 1970, surgieron distintos grupos armados que revitalizaron la simbología de libertadores y de indios, negros y gauchos, para presentarse en la vida política y criticar al imperialismo.

RUPTURA DE LA COMUNIDAD Y RESISTENCIA

«Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan»

Como en otras partes de América, la irrupción del sistema colonial alteró la vida de los indígenas que habitaban al este de los ríos Paraná y Uruguay (hoy territorios argentinos y uruguayos).

La economía cambió radicalmente, pasó de ser autónoma y suficiente a estar limitada por las condi¬ciones que impusieron los colonos. La introducción del caballo y el ganado vacuno; la instalación de chacras y de estancias y la forma¬ción de pueblos guaranís por misioneros transformaron el territorio oriental y, por lo tanto, el hábitat indígena.

La tierra que era colectiva y estaba ligada a las migraciones estacionales de los indios, en muchos casos, no fue defendida al invasor, que se fue apropiando de tierras.

El sistema capitalista, que empezaba a imponerse en el mundo entero, violentó a grupos regidos por valores y formas de producir donde el interés común era la base social.

«No tienen ni leyes, ni costumbres obligatorias, ni recompensas, ni castigos, ni jefes que mandarlos -escribía el español Félix de Azara sobre los charrúas-. Tenían otras veces caciques que no ejercían ninguna autoridad sobre ellos. Todos son iguales, ninguno está al servicio del otro, a no ser alguna mujer vieja, que por carecer de recursos, se reúne a una familia o se encarga de amortajar y enterrar a los muertos».

La primera resistencia que encontró dicho sistema fue la de los indios. Más tarde, cimarrones y gauchos también lo rechazaron y se autoexcluyeron.

Similar a la Araucanía chilena, la Pampa y la Banda Oriental de los ríos Paraná y Uruguay fue una tierra de «indios bravos» que lucharon por mantenerse libres de la dominación española y, por lo tanto, de la explotación económica de colonos y autoridades.

Cuando los colonizadores españoles y portugueses empezaron a controlar tierras y ganado el indio estuvo condenado a sobrevivir a base de «pillaje», de la prestación de servicios al europeo y de actividades ocasionales.

En este contexto, las cuatrerías indígenas -por ejemplo de ranqueles y charrúas- se convirtieron en un estorbo para el comercio cristiano y oligárquico, y fueron perseguidas en nombre de la civiliza¬ción y el progreso. Debido a su diestra actitud para la lucha, se les pidió colaboración para la recupera¬ción de territorios, pero finalmente fueron engañados y exterminados a sangre y fuego.

En el caso de los charrúas -cazadores recolectores y nómadas, al menos en la época de la conquista-, el invasor, europeo primero y criollo después, los fue desalojando de sus espacios itinerantes y por tanto de su libertad y los fue arrinconando en las zonas menos desea¬das, y de mayor riesgo, por ser fronterizas. Ante estos hechos, los charrúas nunca dejaron de luchar. Su primer acto de resistencia se produjo en 1515, al matar al conquistador Solís y el último en 1832, cuando fueron exterminados por el ejército de la nueva República del Uruguay. Entre esas dos fechas, la batalla contra el invasor fue constante. En el siglo XVI, destruyeron fuertes y pueblos. Más tarde, cuando aprendieron a montar a caballo y fueron más efectivos en los combates, cercaron Montevideo y atacaron aldeas de misioneros y de indios sometidos.

Las tribus más agrícolas y sedentarias del área fueron pronto acultura¬das por el conquistador. Guaraníes y arachanes, realizaron trabajo servil en las encomiendas religiosas, estuvieron al servicio de los ejércitos reales y fueron mano de obra en agricultura, ganadería y construcción, pero también fueron desapareciendo debido al brusco cambio de costumbres.

A los charrúas también se les trató de domesticar -con mucho menos éxito que a otras tribus- mediante la crea¬ción de reducciones: asentamiento fijo, cuya vida política y civil estaba tute¬lada por sacerdotes y protegida por corregidores españoles. La reducción india estaba obligada a tener alcaldes y regidores, imponiéndole una organización política más efectiva para mantener el nuevo orden social que tantos privilegios otorgaban a sus beneficiarios. Un orden que no sólo rechazaban la mayoría de los indios sino otros explotados que, de tanto en tanto, intentaban formar comunas o sociedades alternativas.

Los esclavos de origen africano también protagonizaron levantamientos. A veces se sublevaban en los barcos que los transportaban, otras, en los barracones donde se los hacinaban en el puerto de Buenos Aires, en la bahía de Montevideo o Colonia, o finalmente ante sus amos.
Llegaron a ser el veinticinco por ciento de la población de la Banda Oriental y una seria amenaza para la consolidación del sistema clasista en la región.

Los zambos, hijos de la unión entre negros e indias, o viceversa, también constituyeron un grupo importante en la región y en la resistencia contra el colonialismo.
Las autoridades tomaron distintas medidas para sofocar las rebeliones: «se prohíbe a los negros libres y esclavos el uso de todo género de armas […] y pronunciar discursos sediciosos tanto a libertos como a esclavos».

El acto de rebeldía de los negros orientales más importante fue la huida en masa que realizaron esclavos negros y libertos de Montevideo, en 1803, para instalarse en los bosques de las islas del río Yí y allí crear una especie de «república dos palmares» platense. Según el Cabildo de Montevideo, que construyó un patíbulo para la ocasión, la fuga se produjo gracias a las «doctrinas subversivas de los marineros negros (haitianos) que venían en barcos franceses y anclaban en el puerto de Montevideo».

En Haití en 1801, dos años antes, se había abolido la esclavitud, se realizó una reforma agraria y se constituyó la primera república independiente latinoamericana. No obstante, la desigualdad social y las penurias para los asalariados fueron, y siguen siendo, enormes. Entre otras cosas porque aquel incipiente movimiento revolucionario fue canalizado hacia meras reformas, luego que fuera derrotada la revolución social en Francia. En Haití los revolucionarios habían puesto demasiadas ilusiones y expectativas en el proceso francés. Ver al respecto la película Queimada, dirigida por Gillo Pontecorvo y protagonizada por Marlon Brando.

El filme que recomiendo -por no haber otro- para hacerse una idea de la importancia de «La república dos Palmares» es Quilombo, titulada así porque en Brasil era como denominaban a sus comunidades los esclavos fugados.
El fenómeno del indio indomable o del esclavo fugado se dio por casi toda América, sin embargo la rebeldía solitaria del gaucho es propia de la pampa y de la Banda Oriental de los ríos Uruguay y Paraná. No fue el único caso, pues hubo similares, como el de los llaneros del chaco, hoy venezolano.

La organización del ganado y el cercamiento de los campos provocaron la desocupación masiva de quienes se empleaban en el manejo y cuidado del ganado. Ese fenómeno, sumado a algunos desertores del sistema colonial que ya vivían libres por los campos, dio origen al «hombre suelto» que, al faltarle el jornal, solventó su manutención de otra forma, abatiendo vacunos y extrayéndole el sebo y el cuero, de forma clandestina, para cambiar por yerba mate, tabaco, aguardiente y cuchillos.

«Aventureros libres, valientes, baqueanos, resistentes al sufrimiento físico, ariscos, bravos y lúcidos como el yaguareté al que le codiciaban su guarida. Ásperos y hospitalarios, ágiles y vivaces a la vez que socarrones. Rápidos en el cuchillo, se jugaban la vida en cualquier eventualidad con un desprecio fatalista hacia la muerte. La misma capacidad del indio como jinete y su misma habilidad para manejar la boleadora. El mismo enemigo que para el indio, el orden y la ley del hombre blanco. Pero unidos únicamente para vaquear y faenar. O tal vez buscar refugio en su toldería en caso de persecución».

Serafín J. García (1905-1985), claro exponente de la poesía gauchesca, ilustró en «El Orejano», que Jorge Cafrune popularizaría con voz y guitarra, la vida y pensamiento del gaucho.

«Porque a mis gurises los he criado infieles
aunque el cura chille que irán al infierno,
pues de nada valen los que solo saben
estar todo el dia pirichando el cielo.

Porque aunque no tengo donde caerme muerto
soy más rico que esos que ensanchan sus campos
pagando en sancocho de tumbas resecas
al pobre peón que deja los bofes cinchando

Por eso en el pago me tienen idea,
porque entre los ceibos estorba un quebracho,
porque a tuitos eyos le han puesto la marca
y tienen envidia al verme orejano.

Y a mi que me importa, soy chucaro y libre!
no sigo a caudillos ni en leyes me atraco
y voy por los rumbos clareaos de mi antojo
y a naides preciso pa’ hacerme baqueano».

Debido a la miseria de muchos hogares, a las deserciones de guerras absurdas y a las ansias de libertad de muchos mozos, ese grupo social fue creciendo y mezclándose con los indios libres o negros fugados, sin reconocer gobierno ni ley. Fenómeno que la sociedad basada en el trabajo asalariado no podía tolerar.

«Convenía mucho al servicio de Dios, del Rey y del común -aseguraba el gobernador de Córdoba, 1795- el establecer una partida volante […] que persiguiese y arrestase a los muchos malévolos, desertores y peones de todas las castas, que llaman gauchos y gauderíos, los cuales sin ocupación alguna y sin beneficio, sólo andan vaqueando y circulando entre poblaciones […] viven de lo que pillan, ya en changadas de cueros, ya en changadas de caballada robadas, y otros insultos para el tráfico clandestino, sin querer conchabarse con los trabajos diarios de las estancias, labranzas, ni recogidas de ganados, por cuya razón se halla todo en suma decadencia, y sin temor a nadie, ni a las justicias».

Iniciativas como las de este gobernador -que conducían a los gauchos a enrolarse a la fuerza en los ejércitos reales y nacionales, a los calabozos o entre la peonada de las haciendas- sumadas a una nueva transformación del campo, acabaron con el gaucho como «hombre suelto».

Además, en tales circunstancias, para constituir familia, la mayoría no tenía más remedio que pasar al estado de peón.

Las estancias con corrales, tranqueras y alambrados hicieron innecesario el mozo de caballo, lazo, boleadoras y cuchillo.

Igual que hicieron con Artigas1, estancieros y autoridades enterraron al gaucho pero enseguida le levantaron un monumento y, años más tarde, lo convirtieron en símbolo de la independencia nacional.

PRIVATIZAR LA TIERRA, LIBERAR EL MERCADO

La gestión de la propiedad y la explotación de la tierra, y demás recursos naturales, también fue determinante para el pasaje de la sociedad colonial a la creación de naciones como Argentina, Uruguay y Paraguay.

Cuando se fundan las ciudades, como es el caso de Montevideo en 1726, la Banda Oriental estaba habitada por unas cincuenta mil personas, de ellas treinta mil vivían en ciudades, por lo tanto era una sociedad muy urbanizada. En el campo vivían los indígenas libres y los miles de indios agricultores de las misiones. Se calcula que eran más de dos mil los hombres sueltos, gauchos, cimarrones, contrabandistas, desertores y matreros. Luego estaban los agentes del orden, los comerciantes y la población que trabajaba en las chacras.

En la sociedad colonial de lo que hoy es Argentina y Uruguay, no había una aristocracia como en Perú o Chile, ni contaba con una nobleza de origen peninsular. Había un núcleo de poderosos latifundistas residentes en Buenos Aires, algo más de un centenar de familias, que eran originariamente funcionarios civiles y militares. Por debajo de ellos estaban los medianos comerciantes –dueños de pulperías y chacras- y universitarios, curas y militares.

El reparto de la tierra si bien al principio se intentó hacer con pequeños estancieros y colonos, pronto la acapararon latifundistas, muchas veces ausentistas que vivían en España, Buenos Aires o Montevideo. El mismo Cabildo de Montevideo confesaba en 1789 que faltaban tierras libres para darlas a los hijos y nietos de los fundadores de la ciudad. En sesenta años ya no había posibilidad para todos los colonos de ser propietarios, lo que creó una diferencia de clase notable.
Un número elevado de campesinos se establecían como «ocupantes» o «denunciadores de tierras» lo que provocaba pleitos y un endurecimiento de las leyes frente a los transgresores de la propiedad.

La privatización de las tierras, la imposición del trabajo asalariado y la persecución a quienes no aceptaron dicho proceso fue un fenómeno histórico que se produjo a nivel mundial y que sirvió de base del capitalismo de hoy en día.
En América, igual que en el resto del planeta, los habitantes libres, que no conocían la propiedad privada ni obtenían ganancias del trabajo ajeno, comían de lo que cazaban, recolectaban o plantaban en tierras, también, libres.

Debido a la generalización de la propiedad privada, del cercamiento y el alambrado y de la sentencia: «esto es mío y está defendido por la ley y las fuerzas del orden», aquellos seres humanos libres se vieron obligados a arrinconarse en parajes más inhóspitos y a no poder seguir obteniendo frutos de los lugares en los que, repentinamente, alguien había «demostrado» que se trataba de una propiedad privada.

HECHA LA LEY, HECHA LA TRAMPA

La resistencia a la imposición de la explotación del hombre por el hombre no nace con la divulgación de tesis de un teórico socialista, ni se expande en América con la llegada de ideas igualitarias venidas de Europa. Surge en el mismo momento que un ser humano pretende sacar beneficio de otro, el mismo día que un propietario cerca un predio, en cuánto se persigue a una tribu que no respeta la organización colonial.

La lucha por la comunidad y la tierra libre estuvo presente en América mucho antes de la llegada de revolucionarios europeos. Si bien apenas tenemos escritos o declaraciones de los luchadores anónimos de tiempos antiguos, sería absurdo pensar que la lucha y pensamiento por el socialismo, comunismo y anarquismo fueron exportados de Europa a América.

Antes, durante y después de los procesos de independencias nacionales, que lejos de significar una verdadera liberación significaron una nueva vuelta de tuerca del sistema social clasista, hubieron movimientos y líderes que esbozaron las teorías de igualdad y justicia social, de una manera precomunista. Hidalgo y Morelos en México, a inicios del siglo XIX, son un ejemplo.

A pesar de no haber documentos escritos de la mayoría de los habitantes de América que se enfrentaron a las Colonias y a las oligarquías locales, por los actos que realizaban se puede intuir el pensamiento liberador y antagónico al esclavismo y a la sociedad de clases en general. Ganga-Zumba, uno de los líderes del mayor quilombo del continente, es un ejemplo. La resistencia de los indios de los Estados Unidos sería otro.

LOS MOVIMIENTOS DE INDEPENDENCIA

La necesidad de controlar a indios libres, cimarrones y gauchos; la crisis de la España colonial y las pugnas con franceses, portugueses e ingleses; más la llegada de las ideas de la ilustración y las noticias de los movimientos burgueses liberales triunfantes -Estados Unidos 1776, Francia 1789- crearon las condiciones para el surgimiento de los movimientos de independencia victoriosos.
La invasión napoleónica de la península, entre 1808 y 1814, fue aprovechada por las clases superiores criollas para desarrollar sus ansias de independencia. Como afirma Carlos Rama:

«Especialmente la burguesía urbana y los latifundistas, entendían hacer la revolución contra España o Portugal para aumentar sus derechos y posibilidades sociales; pero nunca para alterar la jerarquía de las clases sociales coloniales, ni la estructura de que se favorecían».

En definitiva, con las crisis de las colonias surgieron distintos proyectos independentistas -federalistas o centralistas, respetuosos con los indígenas o genocidas, esclavistas o abolicionistas- pero ninguno rechazaba la explotación del hombre por el hombre, la propiedad y por lo tanto la desigualdad. Huérfanos de teóricos y líderes, europeos o criollos, la igualdad y la comunidad se defendió desde la resistencia indígena, desde el rechazo al trabajo forzado o asalariado, desde la creación de sociedades cimarronas; fueron, en todo caso, movimientos de resistencia más que revolucionarios.

A mediados del siglo XIX, ya empiezan aparecer escritos en los que se defiende el anarquismo y comunismo revolucionario. Por ejemplos los de Roig de San Martín en Cuba, Rafael Barret en Paraguay o Francisco Zalacosta y los hermanos Flores Magón en México.

El título de esta artículo, Liberto versus Libertadores, ilustra lo poco que tenían en común los seres libres -de alambrados, leyes y dinero- con quienes luchaban por liberarse, únicamente, de un país, un rey o un gobierno.

Los primeros -indios, gauchos, cimarrones o antagonistas a la sociedad capitalista en general-, en su práctica, cuestionaron todo un sistema socioeconómico, los segundos -los famosos libertadores-, abrazando y apoyándose en el liberalismo burgués, se enfrentaron, únicamente, a un aspecto político, de gobierno.

Además, no son pocos los libertadores que tuvieron una política contraria a los intereses de los indígenas y cimarrones y llena de matanzas, arrinconamientos, traiciones, explotación y miseria.

Rodrigo Vescovi
(Barcelona)