PENDIENTES DE UN HILO

Introducción

A quienes llevamos ya un tiempo participando en luchas y grupos de carácter libertario o antiautoritario a veces nos parece hasta cierto punto un “pequeño milagro” que determinadas ideas y prácticas sobrevivan en un medio social tan hostil y en el que hay tantos condicionamientos y contradicciones. También nos afecta el hecho de que, en buena medida, este tipo de luchas y de espacios (con sus excepciones y particularidades) parezcan ir asociados mayormente a una determinada franja de edades, por encima de la cual y según avanza en reloj vital, se aprecia una presencia militante cada vez más escasa y “extraña”.

El motivo de este texto es reflexionar modestamente (desde la experiencia y a modo de aproximación) sobre las rupturas y continuidades ideológicas y generacionales que se dan dentro del ámbito de intervención política que podríamos denominar asambleario, antiautoritario, libertario, etc[[Aunque partamos de un marco de referencia cercano, como el vasco, seguramente algunas de estas reflexiones se podrían aplicar a otros contextos geográficos.]]. Se trata de un análisis que no pretende ni ser exhaustivo, ni totalizante ni unívoco y que parte de la inquietud por tratar de comprender cómo se desarrolla o se dificulta el trasvase generacional de determinadas ideas y luchas.

Una primera cuestión que se nos presenta es la de definir algunas de las expresiones concretas que podrían integrar ese espacio político y qué características podrían atribuírseles. En este sentido, nos referiremos a aquellos ámbitos donde se dan en general prácticas organizativas o líneas políticas antiautoritarias o libertarias al margen de las instituciones[[Esto excluiría a las ONGs y a otro tipo de grupos dependientes o favorables a las ayudas públicas por una cuestión política y filosófica, sin por ello negar que en su interior se den prácticas de utilidad social.]], más allá de sus contradicciones o de la asunción explícita o no de una determinada etiqueta ideológica. En este sentido, podríamos mencionar desde entidades con cierta dimensión y un amplio recorrido temporal (como podrían ser, por ejemplo, las organizaciones anarcosindicalistas), a toda una pluralidad de pequeños grupos y asociaciones de todo tipo (colectivos editores, publicaciones, radios libres, distribuidoras alternativas, fundaciones, editoriales, grupos que trabajan cuestiones de género, de liberación animal, libertarios, antimilitaristas, antidesarrollistas, culturales, etc., sin olvidar determinados espacios (bibliotecas, gaztetxes, centros sociales, ateneos, etc.) o luchas coyunturales o con una cierta duración (acampadas reivindicativas, coordinaciones asamblearias ante determinados conflictos, etc.) Un abanico amplio y heterogéneo de realidades, entre las que, sin embargo, se pueden establecer algunos aspectos comunes.

Las rupturas

Dejando a un lado el caso de las organizaciones de mayor entidad antes mencionadas (sobre las que hablaremos un poco más adelante) y otros casos particulares, una característica común a muchos espacios y luchas antiautoritarias[[Por aligerar la redacción, utilizaremos el término antiautoritario de forma más general referido al conjunto de expresiones políticas y espacios a los que hemos aludido.]] es la ruptura generacional o la falta de permanencia o de convivencia entre personas de distintas edades y generaciones[[En el caso de los gaztetxes esto parece ser una característica intrínseca, al definirse como “casas de jóvenes”, aunque ello tenga que ver –además de con necesidades propias de aprendizaje, relación y organización colectivas- con estrategias de “sectorialización” desarrolladas en el curso del conflicto vasco.]]. Podemos citar múltiples ejemplos en los que vemos que la continuidad de un proyecto no lleva necesariamente a la acumulación y convivencia de una pluralidad de realidades vitales. Lo que se produce más bien es una renovación periódica que abarca una franja de edades cuya frontera superior suele situarse en torno a los 40 años. Por lo tanto, dicha renovación aparece a menudo lastrada o condicionada por una escasez de referentes de cierta edad que puedan ejercer una labor de socialización directa de la experiencia militante y de enganche generacional. Esto puede verse mitigado por un “escalonamiento” que permita una cierta continuidad entre los veteranos que se van y la gente que accede a un determinado ámbito, aunque también puede que dicha escalera tenga uno o varios peldaños rotos. Por otro lado, la propia fugacidad e inestabilidad que a menudo se dan en espacios y hornadas militantes también contribuyen a propiciar una cesura no solo entre distintas generaciones, sino incluso entre personas de la misma generación o de vivencias y referencias similares[[Podríamos citar ejemplos concretos como el de grupos que, manteniendo las mismas siglas, surgen y desaparecen en un espacio temporal más o menos corto y en el mismo ámbito geográfico sin prácticamente ninguna conexión entre si.]].

Este “juvenilismo”, ampliamente extendido dentro del mundo antiautoritario, consiste en la pertenencia o adscripción a determinadas luchas o espacios durante un periodo de la vida que coincide con el de una juventud más o menos prolongada. En este sentido, se puede producir una especie de “eterno retorno”, que reproduce formas identitarias delimitadas (por edad, por estética, por intereses, etc.), así como determinadas inercias y dinámicas reiteradas en el tiempo que pueden suponer un desgaste y un choque con las expectativas políticas y de maduración personal de los integrantes más veteranos (quienes seguramente cuentan con el componente de aprendizaje, de evolución y crítica que suelen otorgar los años). Dichas personas pueden percibir estos proyectos como cada vez más extraños y anquilosados y sentirlos finalmente como excluyentes[[Esta percepción también puede suceder cuando gentes de cierta edad (y con una experiencia política previa mayor o menor) se acercan por primera vez a espacios que pueden percibir como muy guetizados o endogámicos.]]. Sin embargo, esta ruptura puede no solo proceder de la percepción de una cierta inmadurez crónica o “caducidad” de determinadas prácticas o espacios, sino también de la propia evolución política y vital de las personas, de sus decepciones, de la crisis de su “utopía personal”, de la adaptación y acomodación a lo existente, del cambio de la situación laboral o familiar, o de la búsqueda de referentes considerados de “más entidad”, “mas serios”, “realistas”, “pragmáticos” o ligados a otras necesidades.

En otros casos, las rupturas vienen asociadas al final de conflictos o periodos de grandes cambios políticos y sociales (ej. los años de la Transición) en donde se han producido momentos organizativos importantes, cuya decadencia o desaparición priva de referentes directos a las nuevas generaciones, o hace necesario un lapso temporal que permita digerir y reflexionar sobre las experiencias pretéritas para que estas puedan servir de germen a nuevas luchas y aprendizajes.

Un factor de ruptura interesante a analizar es el de los contextos de socialización o formación política o el de las referencias que se puede tener mayor o menor vigencia en cada época[[Así, por ejemplo y simplificando, una generación libertaria ha podido formarse leyendo a Malatesta o Bakunin y otra a través de la música u otro tipo de experiencias.]]. El desencuentro generacional y la ruptura pueden venir por esa falta de elementos de diálogo común, al margen de que ambos se definan genéricamente con la misma etiqueta. La arrogancia o la soberbia pueden darse en ambas direcciones, bien por la ignorante osadía que puede adquirir la falta de experiencia y formación, o bien por un desprecio conservador y paternalista hacia las nuevas aportaciones.

Otro elemento a considerar es el de las personas significadas que sirven de referentes intelectuales o teóricos de las luchas. No suele ser demasiado habitual que existan personas que durante su militancia activa reflexionen sobre la misma y sobre las luchas en las que participa, posibilitando una conexión personal y política en base a un proyecto presente y compartido. En este sentido, y ante la falta o escasez de gentes implicadas activamente en movimientos que puedan reflexionar sobre la labor desarrollada al margen del mero activismo, se toma a menudo como referentes a personas con un cierto nombre o prestigio que, o bien han tenido un protagonismo militante en otro momento histórico y que en el momento actual realizan fundamentalmente una labor teórica, o bien son estudiosos de determinados temas, pero no tienen una ligazón concreta con un movimiento, o si la tienen responde a un contexto cultural o geográfico ajeno.

Finalmente, la precariedad de determinadas estructuras asamblearias, que se basan en esfuerzos exclusivamente militantes o en modestas iniciativas económicas influye también a menudo en la continuidad de las iniciativas, bien por las circunstancias personales de sus impulsores (que a menudo son cambiantes e imprevisibles) o por otras razones de otro tipo (políticas, ideológicas, económicas, etc.) que llevan a la disolución, surgimiento o resurgimiento de proyectos, en una especie de Guadiana político, al que van confluyendo nuevos afluentes, a la par que otros desaparecen o vuelven a aflorar tras un periodo en el “subsuelo”.

Las rupturas en el movimiento libertario

El movimiento libertario[[Se utiliza esta referencia asumiendo su ambigüedad y su difícil concreción como un conjunto de prácticas, referencias organizativas, ideas y sentimientos que de alguna manera establecen una cierta forma de comunidad política muy heterogénea y difusa, pero a la vez con marcados rasgos comunes.]] vasco merece un acercamiento como ejemplo quizás de lo que puede ser este proceso de ruptura generacional. En este sentido, no se puede entender su presente sin ser conscientes de los condicionantes históricos que ha tenido. En primer término, y a diferencia de otros lugares de la península, el anarquismo y el anarcosindicalismo tuvieron un protagonismo notablemente menor que otras corrientes como el socialismo o el nacionalismo. Aun así, la referencia libertaria fue significativa (en especial durante el periodo bélico 1936-1939) y logró sobrevivir durante el franquismo, para resurgir con nuevos bríos en la llamada Transición. Este renacimiento no solo se dio en torno a los referentes clásicos (como el de la CNT), sino también en base a otras luchas asamblearias que se habían ido gestando en diferentes ámbitos populares (obrero, urbano,…) y en un clima de fuerte conflictividad social. A ello hay que sumar la irrupción de la autonomía política, la posterior difusión de prácticas juveniles herederas de espíritu rebelde y autogestionado del punk, la pervivencia de determinadas formas organizativas comunitarias o la existencia de iniciativas asamblearias y antiautoritarias destacadas como la insumisión o las luchas antidesarrollistas.

Sin embargo, y a pesar de esta cierta efervescencia política en clave antiautoritaria, en estos años no lograron afianzarse las organizaciones y grupos explícitamente libertarios y el movimiento anarquista siguió débil, inestable y fragmentado. Podemos citar (además de las mencionadas anteriormente) algunas otras razones de esta situación:

– Conflictos, crisis y traumáticas divisiones internas en el seno anarquista, como los que llevaron a la escisión dentro de la CNT y el surgimiento de CGT.
– Falta de adaptación al nuevo tiempo histórico.
– Carencias o deficiencias importantes en cuanto a espacios de encuentro, referencias culturales, formativas y de memoria histórica.
– Actitudes de autoaislamiento, endogámicas y sectarias.
– Falta de desarrollo organizativo y presencia habitual de activismo voluntarista y deslavazado.
– Fuerte ligazón ideológica y militante a espacios políticos más informales e inestables (gaztetxes, centros sociales, luchas asamblearias, pequeñas asociaciones de diversos tipo).
– Influencia de la cultura política y organizativa abertzale como fuerza hegemónica y referencia combativa.

Vemos pues que existen debilidades manifiestas, pero, por otro lado, se puede concluir que, aun siendo relativamente minoritaria la influencia organizativa libertaria explícita, existe, sin embargo, una continuidad histórica de ese “espíritu” antiautoritario que se manifiesta de diversas formas y con una mayor o menor heterodoxia.

Las continuidades

Existen muchas estrategias para tratar de asegurar la continuidad de los proyectos, siempre sometidos a los vaivenes de la propia condición humana, a sus ritmos y vicisitudes individuales y colectivas. En este sentido, las sociedades crean sus estructuras para asegurar continuidad social de diversas formas (Estado, escuela, medios de comunicación, familia, etc.)

Si nos situamos en el terreno político, existe una apuesta por la continuidad que opta por establecer estructuras jerárquicas o autoritarias que privilegien la eficacia y la sumisión o el adoctrinamiento por encima de otros valores. Personas liberadas, cuadros situados en puestos estratégicos dentro del organigrama social, creación de redes clientelares, de estructuras económicas, de asociaciones de diversos tipo, financiación estatal, etc. suelen ser algunas de los medios utilizados para afianzar la estructura de la que se dota un determinado entorno político y social, como un mecanismo que trata de aceitar los engranajes de una maquinaria que tiene como base un conjunto social o un proyecto determinado. No nos extenderemos demasiado en las críticas a este modelo y a sus posibles contradicciones, ya desarrolladas desde un punto de vista antiautoritario[[Algunas de estas críticas podrían ser la de la conversión de los medios en fines, la corrupción, la jerarquización, la generación de intereses corporativos al margen de la base social, la pérdida de autonomía o la generación de formas de dependencia, entre otras.]].

En buena medida, y por supuesto con sus claroscuros, el mundo antiautoritario busca formas de continuidad que se basan en otros parámetros y que explican tanto por qué perviven determinadas prácticas o ideas, como por que se dan sus crisis y sus rupturas. En el caso que nos ocupa, podríamos establecer una pluralidad de posibles vías que permiten asegurar esta continuidad.

Un elemento muy importante es el de las referencias organizativas “fuertes” y estables, que en el caso del movimiento libertario podríamos ejemplificar en entidades como CNT o CGT. La propia duración en el tiempo de estas agrupaciones por su estructura y funcionalidad les otorga un rol destacado a la hora de posibilitar una cierta conexión intergeneracional que es mucho más débil o inexistente en otros espacios libertarios. Este tipo de organizaciones proporcionan seguridad, un proyecto definido, sentido de pertenencia, herramientas de diverso tipo y un apoyo material efectivo. Esto no quiere decir ni que estas sean los únicos colectivos que mantengan o puedan asegurar esa continuidad y convivencia generacional, ni que dentro de ellos no se produzcan rupturas, vaivenes y crisis. El hecho es que una organización duradera y con unas funciones y estructura definidas adquiere una inercia y una visibilidad social que le permite servir de referencia constante. Como contrapunto, el rol individual de las personas, aun siendo muy importante, pierde peso frente la lógica orgánica. En este sentido, los conflictos y miserias internos y los errores o injusticias que hayan podido afectar a personas o grupos concretos se acaban de alguna manera “olvidando” con el tiempo frente al peso de una organización que va renovando sus componentes parcial o totalmente, mientras que los disidentes (y sus críticas, no necesariamente siempre acertadas) acaban siendo integrados, expulsados o ninguneados y se termina finalmente por imponer el relato “oficial”. Para la gente joven o recién llegada, además, esos “rencores” o “batallitas” pueden aparecer con invisibles, ininteligibles o absurdos, en definitiva ajenos a sus necesidades inmediatas, aunque dichos conflictos hayan sido la manifestación de problemas de fondo que pueden resurgir posteriormente, generando nuevas rupturas.

Otro aspecto que sirve para mantener esa continuidad es el de las luchas que, aunque tengan una duración determinada, se enlazan con conflictos posteriores en los que se establece una filosofía política y organizativa similar[[Un ejemplo de esto serían las luchas con carácter antidesarrollista: autovía de Leizaran, Tren de Alta Velocidad, Proyectos de ordenación del territorio, etc.]]. Evidentemente, las luchas no son entes abstractos y deshumanizados. En este sentido, es de destacar el rol que juegan personas que por su larga militancia van aportando su experiencia y sirviendo de enlace entre diferentes generaciones y luchas. Cuando esto no existe, las referencias tienen que ver más con los materiales y reflexiones escritas o de otro tipo surgidos de luchas anteriores.

No se pueden olvidar las distintas formas de comunidad como elementos fundamentales y vertebradores de la experiencia. La pervivencia de elementos de todo tipo (culturales, ideológicos, tradiciones, etc.) pueden facilitar que determinadas formas de actuar o de concebir la realidad se vayan trasvasando generacionalmente de una forma “natural”, sin que tenga que haber necesariamente el proceso de “ruptura” que se puede dar en otros contextos sino que se establezca una interrelación entre determinados valores apreciados, defendidos e inculcados por la comunidad y las nuevas vivencias e influencias que se van incorporando tanto por evolución interna como por influjos externos.

En otros casos, la continuidad temporal de los colectivos y, por tanto, de su legado, tiene que ver precisamente con su pequeñez, dado que responde en buena medida a empeños personales, a asumir el compromiso a desarrollar como una parte fundamental o vertebradora de la propia vida. A veces, esto se combina con pequeñas estructuras comerciales, en las que la existencia de formas (aunque sea precarias y parciales) de sustento económico pueden una mayor consistencia, durabilidad y visibilidad al proyecto. Esto, sin embargo, no asegura de por sí la continuidad, ya que en muchos casos está condicionada por factores de otra índole (personales, de contexto social, etc.)

El momento vital o los intereses asociados o no a la edad también pueden resultar igualmente reveladores en cuanto a cómo se pueden enlazar diferentes experiencias. La edad, las influencias, el carácter, etc. pueden determinar, por ejemplo, la adscripción a espacios más activistas, más dinámicos, más combativos, más hedonistas o más informales en un periodo juvenil para después, con cierta edad, buscar sitios más “tranquilos”, asociados a la investigación, el impulso de iniciativas culturales o de formación, de experiencias comunitarias, etc. En algunos casos, esta transición (u otras diferentes que puedan darse) sirve para conectar realidades y experiencias diversas. En otros, puede suponer una ruptura entre formas de entender la participación o entre filosofías de vida que no logran establecer puentes entre sí.

Otro elemento importante, a la hora de establecer continuidades es el de las “vías de acceso” a un determinado espacio o lucha. Los aprendizajes, las relaciones, las prácticas, las referencias o las vivencias que nutren el itinerario de cada uno determinan a menudo la percepción que las personas tienen de su devenir político. En muchos casos, tomar una u otra opción puede determinar, por ejemplo, una experiencia más o menos fructífera y satisfactoria tanto a nivel individual como colectivo. Esa experiencia determinará también la duración y la riqueza de matices que tenga el recorrido a realizar, y que tipo de “veneno” pase a formar una parte profunda de nuestro ser. Esto es especialmente interesante en el caso de la gente más joven, que puede percibir su acercamiento al mundo de la política como una ventana abierta al mundo que le permita complejizar la realidad e ir -no sin dudas, zozobras e incertidumbres- aprendiendo y mejorando. En otros casos, ese acercamiento implica un aprendizaje más estéril o banal, que puede fomentar tanto la superficialidad e irresponsabilidad, como formas de radicalidad sectaria, autorreferencial y endogámica[[Más de una vez hemos observado prácticas que, desde el refuerzo de códigos y lazos identitarios desarrollan una agresiva radicalidad teórica y una reafirmación ideológica constante por oposición a otros. A menudo el recorrido de este tipo de proyectos, una vez alcanzado su culmen (y a la vez su límite) suele ser el de la implosión.]]. En cualquier caso, y aunque todas nuestras experiencias dejen su huella y nos condicionen, de ellas siempre se puede aprender y sacar conclusiones sin que en principio esté necesariamente determinado que escoger uno u otro camino nos lleve indefectiblemente a un lugar concreto.

Por otro lado, en un ámbito como al antiautoritario donde -como hemos dicho- existe a menudo una cierta fugacidad organizativa, es interesante reflexionar sobre otros aspectos que otorgan continuidad, y uno de ellos es el de las propias “ideas”[[Estas ideas se pueden transmitir de muy diversas maneras y a través de variados soportes (libros, revistas, fanzines, música, charlas, ámbitos de socialización, etc.)]] y “sentimientos”. La existencia de referencias ideológicas atractivas, de mitos, de grandes valores y deseos o de heroicos hechos históricos donde la humanidad ha mostrado lo mejor de si misma, toca una tecla que va más allá de lo explícitamente “político” y parece apelar a algo fundamental que se resiste a morir. El atractivo de estas ideas permite que, al margen de ejemplos organizativos concretos y cercanos, puedan surgir experiencias personales y grupales imbuidas de una filosofía de rebeldía frente al poder o de búsqueda de formas de libertad. Esto es claro dentro de ámbitos libertarios o antiautoritarios, donde la “idea” tiene vida propia y es en si misma fuente de un deseo (bastante humano, aunque sometido a siglos de condicionamiento) de tratar de desarrollarse en libertad y de romper las diferentes formas de dominación. En ese sentido, la filosofía libertaria resulta atractiva como referente político y vital. Esto no quiere decir que estos valores no puedan ser subvertidos, devaluados o convertidos en un producto más dentro del mercado[[El Sistema, a través de su aparato propagandístico nos vende constantemente ideas de libertad basadas en el sometimiento al consumo.]]. Ni que no se produzca una superficialización de las ideas o una realidad esquizofrénica entre teoría y práctica dentro del mismo campo antiautoritario. Es más bien una puerta abierta que nos lleva, según optemos, más o menos hacia su interior.

Algo similar podemos decir respecto a los espacios físicos y a las necesidades concretas, que pueden constituir la base para la permanencia o renovación de diferentes prácticas o personas. Un espacio, por ejemplo, asegura como “continente” una posibilidad, una referencia física que permite desarrollar determinadas actividades, aunque se produzcan usos u orientaciones diferentes en función de los cambios que se produzcan en la gestión interna. Por otro lado, la existencia de necesidades de diverso tipo (políticas, culturales, económicas, etc.) es una forma de continuidad en si misma, ya que dichas necesidades siempre van a estar presentes y, por tanto, requerirán de gente que se organice para tratar de satisfacerlas, aunque las personas y las orientaciones cambien según el momento histórico.

Finalmente, podemos citar otras vías de conexión o de ruptura que se establecen actualmente y que tienen que ver con los profundos cambios sociales que hemos vivido en las últimas décadas. Uno de ellos sería el de la irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación, que ha sido un extraordinario elemento dinamizador y propagador de ideas, de acceso a contenidos informativos, documentales y formativos. Ha servido asimismo para el establecimiento de formas de relación más horizontales y universales. Por otro lado, han proporcionado conocimiento sobre otras realidades, hechos y formas de lucha, lo que ha contribuido a difundir y ampliar perspectivas y renovar prácticas. Esto, por supuesto, ha tenido también diversos contrapuntos y efectos no deseados (por lo menos desde un punto de vista contrario al poder). Entre ellos podíamos citar las nuevas formas de dominación global que establecen las tecnologías modernas y los problemas que paradójicamente generan en cuanto a un acceso al conocimiento fundamentado y contextualizado, lo que puede establecer formas de ruptura en cuanto a la transmisión de las experiencias anteriores[[Espectacularización, banalización, superficialidad, mitificación, acriticismo o falseamiento pueden ser algunas de las consecuencias de estas formas de conocimiento degradado]]. Por un lado, la mediación tecnológica, puede relegar el contacto personal y grupal, el conocimiento y contraste directo de otras experiencias cercanas y establecer pequeñas islas de un saber un tanto naufrago. Por otro lado, puede potenciar una cierta soberbia y un sentimiento de autosuficiencia arropado por una supuesta satisfacción global de las necesidades formativas y activistas que otorga internet.

Conclusión

Para finalizar quizás merezca la pena reflexionar brevemente sobre el sentido y la necesidad de la transmisión generacional. No todo lo que perdura es necesariamente algo bueno y fruto de una “decantación” dentro del proceso de lucha social. A menudo hay problemas enquistados o inercias de diverso tipo que pasan de generación en generación sin que se logre su superación. Por otro lado, es normal que se establezca siempre una dialéctica entre lo “nuevo” y lo “viejo”, entre las prácticas e ideas heredadas y las que surgen o imperan en un tiempo determinado, sin que a menudo haya respuestas concluyentes. Es labor de quienes participan en las dinámicas sociales (con su trayectoria o bagaje particular) el tratar de establecer formas de comunicación, debate e intercambio que permitan comprender el proceso histórico y sus enseñanzas y tratar de plantear respuestas a los retos que se dan cada momento. Para ello, es necesario un esfuerzo de (auto)crítica y comprensión que ni es fácil ni gratuito, y que nos pone ante el dilema de afrontar la exigente realidad o de dejarnos llevar por la comodidad, por el dogmatismo o por el miedo.

Son muchos los matices (a veces casi imperceptibles) que hacen que algo permanezca en el tiempo. En el caso de las prácticas y las ideas antiautoritarias estas perviven, quizás y a pesar de todo, porque son necesarias, porque aún no se ha cerrado el ciclo de la dominación y todavía hay la necesidad de soñar y de experimentar. Dichas ideas y vivencias recorren a veces caminos sinuosos, laberínticos y a menudo duros y desalentadores, pero tienen la capacidad de seguir contagiándose de generación en generación, preservando las brasas (y de vez en cuando el fuego) de la rebeldía. Forman un hilo que nos une de alguna manera con quienes lo pensaron o lo intentaron antes y con quienes hoy en día también lo intentan y se proyectan hacia el futuro. Un hilo fino que no se rompe.

Argia Landariz

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