Recuperar nuestra historia es una tarea más de la actividad militante

Entrevista con Rodrigo Vescovi

Rodrigo Vescovi Parrilla, historiador, escritor y docente. Es Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona, donde ha coordinado distintos seminarios: «Momentos insurreccionales»; «Grupos y redes de resistencia»; «El bandidaje social como respuesta a la marginación y la pobreza»; «Piratas, cimarrones y bucaneros»; «Minorías, etnias y sexualidades perseguidas»;«Malditas, arrinconadas y luchadoras sociales». Además de colaborar en radio, cine (En la puta vida) y televisión (Ácratas), ha publicado la novela Ladrones de la infancia, el cómic Bandidos generosos y los ensayos Momentos insurreccionales: revueltas, algaradas y procesos revolucionarios y Anarquismo y acción directa. Uruguay, 1968-1973.

Ekintza Zuzena: ¿Cuáles serían las principales características de una historia militante o alternativa frente a la denominada historia oficial?

Rodrigo Vescovi: Toda actividad revolucionaria parte de la posibilidad de transformar de raíz esta sociedad, en este sentido, recuperar nuestra historia, es una tarea más de la actividad militante. La necesidad de vivir de otra manera, de construir otro modelo social, antagónico al actual, nos tiene que llevar a interesarnos por las maneras con que, en el pasado, se intentó abolir el capitalismo. Y no hacerlo desde la ideología de la derrota, desde la cantinela de que si tantos fracasaron en el pasado también fracasaremos nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos; que no hay cambio radical y total posible y debemos conformarnos, únicamente, con sobrevivir dignamente y con gestos subversivos que recuerden que no todo el mundo se conforma con este modelo social.

A la hora de elaborar una historia y una antropología que no esté al servicio del sistema considero que es muy importante afirmar que el ser humano puede vivir sin desigualdades materiales, jefaturas ni estado. Demostrando que la propiedad, el dinero y las clases sociales apenas existen desde el último cinco o diez por ciento de lo que es la historia de la humanidad. Durante decenas de miles de años los seres humanos fueron capaces de vivir en comunidad. Con un sentimiento orgánico con los demás miembros de su tribu y con la naturaleza en su conjunto.

La historia militante no es una tarea individual ni universitaria si no una acción fundamental del conjunto de tareas que tienen los revolucionarios y, por eso, es mucho mejor contribuir a ella en grupos de estudio y debates. Una labor esencial es poder relacionar las luchas concretas con la Revolución, las consignas inmediatas con las históricas y, sobre todo, saber qué hacer en plena fiesta revolucionaria, qué medidas lanzar y qué prioridades tener, si llegamos a vivir un proceso revolucionario. En otras palabras, una reapropiación programática que nos permita afirmar, por ejemplo, que la revolución no tiene patria ni se hace mediante referendums ni frentes populares.

No obstante, realizar un buen análisis del pasado no solo es necesario para proyectarnos en un futuro revolucionario si no que también es fundamental para entender el presente.

Otra de las principales características tendría que ser el de denuncia de la memoria que hace hoy la clase dominante, para consolidar su dominio. Del relato edulcorado que se apoya en un amplio sector de historiadores o mejor dicho de funcionarios del olvido, que lavan el pasado y presentan una historia de reyes y progreso.

Es importante denunciar como historia oficial no solo a la de los victoriosos o a la de los sectores de derecha, la izquierda también ha falsificado elementos cruciales de la historia presentando, por ejemplo, la intensificación del trabajo como algo revolucionario o presentando la lucha contra el capitalismo, que se desarrolló en España en la década de los treinta, como una guerra entre el fascismo y el antifascismo.

Por último, la historia militante, no está reñida con la acción. En este sentido recuerdo a militantes de Argentina cambiando el nombre de la calle General Falcón por el del vindicador Simon Radowitzky o las más recientes acciones en Barcelona, en el lujoso Hotel Ritz, recordando que fue expropiado y hecho comedor popular en julio de 1936; en la Telefónica, para explicar los sucesos de mayo de 1937, o en más de veinte iglesias para rememorar la quema de edificios religiosos en 1909, durante la Semana Gloriosa o Roja, «Trágica» para la burguesía. También me vienen a la memoria las conmemoraciones de La Comuna de París en localidades como Sulemania (Irak), previas a la insurrección de 1991, o los combativos 11 de septiembres en las calles de Santiago de Chile.

EZ: ¿Qué críticas generales se podrían hacer a la historia alternativa?

RV: Que a veces peca de eurocentrista, nominalista y formalista. Me explico, La Comuna de París de 1871 fue muy importante, e influyó mucho en las luchas posteriores, y por eso hay que estudiarla, pero no puede ser que no sepamos nada de La Comuna de Chalco, en México que, por esos mismos años, también fue muy radical, con fracciones que lucharon claramente contra la propiedad privada.

Con historia nominal me refiero a que lo que pasó no es lo que los protagonistas dicen que hicieron. Por ejemplo, durante el periodo colectizador de 1936, algunos testimonios aseguran que en determinadas localidades de Aragón abolieron el dinero, hay incluso comunicados de la época que lo afirman y entonces los historiadores alternativos escriben que en tal y cual pueblo se abolió el dinero. No, eso era la voluntad de los protagonistas, la realidad es que el dinero y la dictadura del valor seguía existiendo, ya fuera con el papel moneda o con bonos de trabajo que sustituían los billetes. La abolición del dinero es una relación social, algo mucho más complejo que un decreto o una voluntad, de ahí la dificultad de transformar la sociedad.

Otras veces, la historia alternativa se queda en las consignas de un movimiento y no ve más allá, no ve la práctica real que ejerce. Lo defendido en los hechos, en calle, coincide muy pocas veces con las banderas de un movimiento social. El hecho de que miles de proletarios se enfrenten contra la policía y griten «abajo el tirano de turno» no se puede encerrar en una mera demanda contra ese cuerpo de las fuerzas del orden y ese gobernante en concreto. Puede tratarse de una expresión contra el capital en su conjunto; más si las movilizaciones vienen acompañadas de saqueos, repartos, asambleas y grupos que tratan de prolongar la lucha y coordinarla.

Además, hay que tener muy en cuenta cómo se denominan las cosas, no fue lo mismo el movimiento revolucionario de La Comuna que el Gobierno de La Comuna, que lo que decretó fueron reformas republicanas y respetó a la propiedad privada, Banco Central incluido. Sin embargo, cuando los historiadores alternativos hablan de La Comuna no se sabe de qué movimiento hablan si del proletario o el burgués.

Algo parecido pasa con los historiadores que se quedan en las grandes organizaciones formales sin ver las contradicción Revolución-Contrarrevolución en su seno. En la denominada Guerra Civil Española hablan de discrepancias entre CNT y PC pero no de las contradicciones determinantes en el seno mismo de la CNT o del POUM. Eso cuando directamente no hacen desaparecer a todos aquellos que no estaban en las grandes organizaciones o estaban, afiliados a ellas pero militaban de forma autónoma, contradiciendo los postulados colaboracionistas.

Tenemos que intentar hilar muy fino para no reproducir esa forma de historiar, porque el Estado nos prepara para eso: para la historia formal, la historia de las organizaciones formales, de jefes y grandes personalidades.

EZ: ¿Es posible una historia sin nombres propios?

RV: Sí, pero tampoco se si es lo aconsejable o lo más fidedigno. Ni la realidad ni la comunidad de lucha son totalmente horizontales y de gente anónima. Una cosa es relativizar la importancia de tal o cual dirigente, o encerrar todo el movimiento en una organización determinada, y la otra es hablar solo de anónimos cuando hay trayectorias que son determinantes.

Por ejemplo, cuando hablo de los bucaneros de la Isla de la Tortuga, del siglo XVII, no suelo dar nombres propios porque cuando los hay es porque la Cofradía está dando paso a capitanes piratas no rotativos, que se quedan con más botín que el resto o que poseen un barco, en vez de navegar en una embarcación de la colectividad.

No hay que tenerle miedo a los nombres propios, si no lamentar que se conozca más a Lenin que a Fanni Kaplan o Majno; a Trostky, más que a Miasnikov o Vera Figner, a Federica Montseny más que a Ada Martí o Pepita Not. Incluso quizá a Espartaco que a Crixo, quien propuso marchar sobre Roma cuando esta estaba desguarnecida, porque las centurias estaban defendiendo el Imperio lejos de la capital. De todas formas sí, es un poco injusto que, de aquella magnífica revuelta contra la esclavitud que pervivió del 77 al 79 a. J., solo conozcamos el nombre de Espartaco o, a lo sumo, de Varinia o Crixo y, casi nada, de los otros setenta mil rebeldes. De los cientos de oprimidos que se escondieron en el bosque de Shervood, para evitar ser enrolados en Las Cruzadas o cosidos a impuestos, solo se escucha hablar del Robin Hood que, inventado o no, para colmo se le relaciona con la nobleza «buena» y el rey «bueno». De los miles de cimarrones que de 1544 a 1710, murieron en la resistencia de lo que se conoció como El Quilombo de Palmares, solo se rememora la muerte de Zumbi, uno de sus tantos líderes. Sin desmerecer la importancia, en momentos concretos de líderes, matriarcas o consejeras, como las que había en Palmares (Acoutirene, Acoultune, Dandara…), los anónimos de la historia quedan reducidos a números y, para colmo, la fuerza dinámica y contagiosa queda diluída por el discurso o el pacto del dirigente.

Lo mismo pasa con el asociacionismo proletario y las coordinadoras o nucleamientos del movimiento más combativos, solo se conoce las estructuras más formales, por ejemplo, se conoce a los Tupamaros pero no a la Tendencia Combativa que, en Uruguay, fue una expresión más radical y numerosa que la guerrilla.

Además, las mujeres, los viejos y los niños suelen desaparecer en los libros de historia, hecho que, en los últimos años, se ha venido subsanando.

EZ: Dado que la historia habitualmente la suelen escribir los vencedores, también son estos los que nos trasladan su visión o su interpretación de hechos o personajes que, en determinados momentos, cuestionan el orden social o se rebelan contra determinadas injusticias. En este sentido, tratar de elaborar una visión distinta parece encontrarse con diversas dificultades como, por ejemplo, la cuestión de las fuentes de las que beber (falta de documentos, historia oral, etc.)

RV: Es verdad, ni los esclavos que se enfrentaron al Imperio Romano, ni los cimarrones que se rebelaron después, no dejaron nada escrito. Los vencedores escribieron sus hazañas, las plasmaron en informes militares, crónicas judiciales o mapas de las «guaridas rebeldes». Hasta hace, relativamente, poco todo lo escrito era de los dominadores, la resistencia de los dominados se iba conociendo, de forma desvirtuada por los vencedores. En el caso de provenir de los vencidos los relatos llegaban en forma de cuentos y canciones, casi siempre evaporadas por el viento y el paso del tiempo.

En el caso de la resistencia a la conquista en América, encontramos frases célebres de los cronistas religiosos o militares que nos dan una idea de la vida, antes de su llegada, y de la participación de mujeres en la resistencia. Me viene a la cabeza aquella del jesuita escandalizado «Se pasan el día haciendo el amor. No tienen ni Dios, ni verdadero ni falso» y del portugués que atacó el Quilombo de Palmares y en sus escritos habló de «mujeres que encabezaban batallones y arengaban a la tropa, lanza en mano».

Con respecto a la historia oral, casi siempre nos encontramos con una dificultad y es la de encontrar testimonios de militantes anónimos y radicales. Algunos porque, con razón, no confían en que los gobernantes y la policía del momento no los vayan a perseguir por acciones del pasado. A otros no les parece tan relevante dar su testimonio, ni aparecer como individuo separado al movimiento que integró. Nada de personalismos. Cuando he buscado protagonistas del proceso revolucionario en España (1934-1937) y de las luchas en América Latina, durante la década de los setenta, me solían recomendar que entrevistase a líderes o personas que ya habían publicado su testimonio.

EZ: ¿Cómo habría que entender la lectura de la historia hecha desde el presente? En muchos casos en los que se habla de hechos vividos (ej. memorias militantes), parece que se vuelve habitual realizar una reinterpretación fruto de la evolución ideológica o vital de la persona. Otra cuestión es cómo interpretar el pasado y los riesgos de las valoraciones descontextualizadas o los juicios morales o ideológicos desde el presente…

RV: Es verdad que se suele hablar del pasado desde el presente, desde la moderación del contexto actual. Pocas veces los entrevistados pueden volver a sentir en su piel, en sus argumentos, la radicalidad y frescura de una época violentamente polarizada en la que lo dieron todo por la lucha. Por eso es importante que el entrevistador recuerde aquélla atmósfera y apoye sus investigaciones con octavillas, actas y artículos de la época de estudio.

Por otro lado, me parece que en alguna medida es inevitable que se cuenten sucesos, reinterpretándolos, porque la presión es muy grande. Temas como el racismo y el machismo, que ahora se tienen tan asumidos, son ocultados al hablar de militantes o episodios concretos. En otro sentido, no quiero ni imaginar la lectura que se haría ahora de la historia de amor y lucha entre América Scarfó y Severino di Giovanni, que se inició cuando ella tenía catorce años y él era un hombre casado que le doblaba la edad.

La violencia revolucionaria tan reivindicada en el pasado es hoy edulcorada. La dictadura democrática actual, hace mentir a exguerrilleros latinoamericanos, que tomaron las armas con la intención de transformar la realidad y hoy aseguran que lo hicieron para defender la democracia ante los ruidos de sable en los cuarteles de entonces y rumores de golpe de estado.

EZ: ¿Qué es para ti o que debería ser en tu opinión la recuperación de la memoria histórica en el contexto actual?

RV: Algo que no tuviera nada que ver con lo que se denomina en, la actualidad, Recuperación de la Memoria Histórica, que tiene como objetivo la reconciliación nacional y la victimización de la lucha, dando argumentos a la ideología de la derrota.

Se suele ahondar en los aspectos represivos y en el sufrimiento de los luchadores, y está bien recordar las largas condenas y terribles torturas, más cuando se hacían en periodos considerados democráticos, pero lo que nos falta es saber que se puede vencer, explicar episodios que ilustren la fortaleza de los de abajo, los momentos donde los oprimidos estaban convencidos, por el contagio y potencia arrolladora, que podían liberarse.

A veces se abusa en estudios que hablan de la represión estatal en defecto de otros que describan la fuerza que tiene nuestra clase cuando se sabe unida y se enfrenta al orden establecido. Es necesario saber que se puede poner en jaque al Estado sin necesidad de enfrentarse a todo su arsenal militar y además describir las formas de lucha y organización que sirvieron en el pasado.

La verdadera recuperación histórica tendría que ser una memoria rigurosa y respetuosa con las fuentes y la forma de historiar, que dignifique a los compañeros del pasado y, sobre todo, de la que extraigamos enseñanzas para aplicar en el presente y, de esa manera, seamos rotundos en nuestra negativa a aliarnos con un Estado, «pequeño u oprimido», o con una burguesía antifascista por temor a los denominados nuevos fascismos. Tendría que alejarse de esa manera de historiar con hipótesis preconcebidas en el que los acontecimientos se van encajando para que reafirmen unas tesis previas. Tendría que ser desmitificadora, no solo de los idealizados piratas o bandidos llamados sociales, si no de personajes que aun parecen intocables. Hay militantes, como el Ché Guevara y Buenaventura Durruti, que son muy difíciles de criticar, que parecen intocables y si bien, parte de sus trayectorias son respetables es importante conocer su falta de ruptura con el reformismo, el antimperialismo o el antifascismo. Otros, como los bolcheviques, por suerte, ya están desmitificados, ya se habla sin prejuicios de la represión que ejercieron contra el movimiento proletario y de las medidas procapitalistas que impusieron.

EZ: ¿Se está generando una nueva Historia, pero dentro de esta historia de quienes perdieron también hay olvidos… es viable incorporar nuevos nombres, nuevos relatos a esta nueva Historia?

RV: Sí, claro. Es importante destacar el papel de sectores de la población como mujeres, ancianos o niños que, en muchos episodios, no estaban en primera línea de batalla, pero que hacían posible esa barricada y establecían criterios y lazos fundamentales para la vida del movimiento.

Además, en el caso de las mujeres, en muchas ocasiones, fueron las que encendieron la mecha, pienso en La Comuna de París, cuando el 18 de marzo de 1871 se plantan ante los soldados que, al tenerlas a ellas delante, dudan en disparar. También en el proceso revolucionario en Rusia, cuando el 8 de marzo de 1917, caminan desde los barrios más pobres y llegan al centro de Petrogrado. Por temor a los tumultos, el gobierno había levantado los puentes que unían el centro de la periferia pero, ese día, las mujeres pudieron pasar porque las aguas del río Neva estaban congeladas.

¿Y cuánto han aportado a la lucha los viejitos? Personas que habían luchado en las revueltas de 1848 en Francia, 23 años después, jugaron un papel de preparación y maduración durante en La Comuna de París. ¡Qué importantes esos viejitos que vivieron luchas fundamentales y nos las transmitieron!

Con respecto a los niños, mi primera publicación fue un artículo que narraba sus vivencias durante las contradicciones sociales en el Uruguay de los setenta. A través de mis propios recuerdos, y de muchos otros, transcribí la forma en la que los más pequeños vivieron los allanamientos, las visitas a la cárcel, el intercambio de cartas y dibujos y las pequeñas complicidades entre madres, padres e hijos.

Para olvidados también, los afrodescendientes, los gitanos, las personas con discapacidades, los transexuales que por suerte se van uniendo a los relatos de la resistencia, de la vida.

Por último, os voy a poner un ejemplo de recuperación de la memoria que supera la historia oficial, formal, localista y que además trata de un sector olvidado en la mayoría de libros de historia alternativa. Me refiero a los estudios sobre los marineros que, durante el esplendor del comercio marítimo -siglos XVII y XVIII- y gracias a su movimiento, en más de una ocasión, denunciaron y se rebelaron contra las terribles condiciones a la que eran sometidos; y no solo ellos, sino los proletarios en Londres, los esclavos cazados en África y los desertores de la marina inglesa. Cofradías de pajes, grumetes, marineros, estibadores y cargadores que, junto a prostitutas, taberneras y limpiadoras, conspiraron en muelles y tabernas contra el sistema colonial.

EZ: ¿Se puede construir un relato histórico coherente o deberíamos pensar en 3 Historias? (la Historia de quienes han ganado, de quienes han perdido y de las personas olvidadas) ¿Deberíamos acaso dejar de decir Historia y decir Historias, en plural? ¿O producir una nueva forma de historiar para recuperar a gente olvidada, como las mujeres?

RV: La historia del movimiento histórico contra la explotación, del ser humano por el ser humano, es una. Hombres y mujeres oprimidos, blancos y negros oprimidos, migrantes y no migrantes oprimidos, tendrían que ir de la mano, solucionando sus contradicciones, unidos frente al Estado patriarcal y al enemigo de clase, sin fomentar la división ni considerarse entes separados con memorias, necesidades y sueños fragmentados.

Celebro la aparición de monográficos que sirven para profundizar en la realidad de un sector concreto (las kellys, las prostitutas, los inmigrantes…), yo mismo he escrito en este sentido, pero eso no significa que los distintos sectores de oprimidos tengan diferentes intereses emancipatorios. Las afrodescedientes mirando de reojo a las mujeres blancas; las blancas, a los mulatos por ser hombres; los mulatos, a los proletarios europeos… La contradicción fundamental hoy sigue estando entre los que quieren mantener este sistema social (machista y capitalista) y se benefician de él y los que, en su cotidianidad o con gloriosas jornadas, se rebelan y anhelan otro mundo.

Algunos relatos, con la voluntad de centrarse en lo femenino, sostienen que lo que denominan «política primera o primaria» (todo lo que tiene que ver con la cotidianidad y el cuerpo) fue abarcado en el pasado casi, exclusivamente, por mujeres. La suya sería una lucha más prolongada y menos irruptiva. Según la misma teoría, los hombres se dedicarían a la política segunda, general, violenta, de arriba o de barricada. Sin embargo, aunque en épocas pasadas se haya tendido a estar más en un espacio concreto de la resistencia según el género, esa separación es más ideológica que histórica. La ligazón entre luchas inmediatas y luchas históricas, entre lo global y lo concreto, el cuerpo y la comunidad, es inherente al ser humano oprimido, más allá de su género. Un ejemplo de esto lo tenemos en la camaradería amorosa anarquista de inicios del siglo pasado o en las pintadas de 1968, hechas tanto por hombres como por mujeres –«la consigna debe ser pan y orgasmo, de lo contrario, aunque la revolución resulte victoriosa no merecerá la pena»; «los que hablan de revolución sin referirse a la vida cotidiana, tienen un cadáver en la boca». Por otro lado, sobran ejemplos de mujeres en primera línea, en las barricadas, dirigiendo revueltas y no por eso vamos a decir la barbaridad de que «estaban luchando como hombres» ni a los hombres que curaban heridos o escondían ancianos que «cuidaban como mujeres». En cada estallido revolucionario han habido ejemplos de ruptura de roles, de unificación de los dos sexos en un objetivo revolucionario común: cómo no acordarse de que durante La Comuna algunos se sorprendían al ver a hombres con bebés en los brazos, en espacios públicos, por primera vez en la vida o la intensificación y la apertura de las relaciones amorosas y sexuales en el otoño ruso de 1917 o el verano español de 1936.

Otros ejemplos, son la resistencia cotidiana, la ayuda mutua para vivir mejor en el presente que puede ir desde formar clínicas clandestinas para poder abortar, a enseñar a los demás a pinchar la luz o robar en los supermercados, o formar espacios de educación libertaria para la chiquillada o de autoconciencia, donde hablar del poco reparto de tareas y de la sexualidad. Y es comprensible que, en alguno de estos espacios, puedan sentirse más cómodos los seres humanos de un mismo sexo y prefieran negarle la entrada a los demás, en momentos puntuales.

Sobre lo de si hay una sola historia o varias pienso que solo hay una pero lo que pasa que hay muchos aspectos de un mismo acontecimiento: culturales, artísticos, de cambios en la vida cotidiana, de transformaciones sociales. Por ejemplo, el vínculo entre la esposa del Zar (la emperatriz Alejandra) y Rasputín forma parte de la misma historia de la denominada Revolución Rusa. La relación entre ambos, seguramente, influyó en la crisis de la cúpula imperial y caída de los zares, pero nosotros no vamos a profundizar por ahí, es más prioritario analizar porqué la política bolchevique gubernamental no hizo más que reproducir capital, intensificar el trabajo y ahogar el proceso revolucionario encerrándolo en un solo país.

Como he dicho antes, es necesario seguir con el rescate de la memoria de las mujeres, de las luchadoras sociales, pero sin dejar de hablar de acontecimientos fundamentales. Por ejemplo, el Pleno de la CNT, celebrado el 21 de julio de 1936, es una de las reuniones más importantes de la historia del movimiento revolucionario (o contrarrevolucionario en este caso). Desgraciadamente, en él, apenas hubieron mujeres, y no por esto dejaremos de hablar de él y nos centraremos en el grupo de militantes que esaban convirtiendo una iglesia de Barcelona en guardería. Y eso, a pesar de que unos estuvieran frenando la revolución y otras tratándola de impulsar sin permiso. No vamos a rehacer la historia ni ha dejar de profundizar en episodios claves. Eso sí, tenemos que luchar para que, en tomas de decisiones tan importantes como esas, haya cada vez más mujeres.

Es tarea de todos rescatar del olvido a nuestras compañeras ninguneadas, por no estar en primera línea de fuego ni en los principales cargos, pero sin por eso hacer una historia separada o exclusivamente de mujeres. Justo ayer una amiga me enseñó el esbozo de un cartel de una exposición sobre la mujer durante la República; con una foto hermosa en la que hay muchachas, muchachos y niñas, sonrisa en sus bocas y actitud fraternal. Cuando le comenté que me gustaba, ella me contestó: «pero los hombres que había en la foto desaparecen, las personas responsables de la exposición los borrarán».

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