SALIR DE ESTA SOCIEDAD SIN DEJARLA EN PAZ

Presentamos aquí dos textos aparecidos en los números 5 y 6 -febrero y mayo de 2002- del boletín ácrata francés A trop courber l’échine[[Este boletín ácrata se titula De tanto doblar el espinazo… porque intenta combatir la resignación, la sumisión y la falta de esfuerzo por pensar que caracteriza al movimiento revolucionario actual. Para nosotros, eso pasa por la consideración de los problemas en relación con el desarrollo de la sociedad industrial y de su tecnología, que caracteriza al capitalismo moderno. Ningún revolucionario puede ignorar pues la importancia del combate contra todos los daños que produce esta sociedad. No sólo criticamos los efectos de esta sociedad sino también las razones, confesadas o disimuladas, sobre las cuales se apoya. Por consiguiente, este boletín combate todo lo que puede alejarnos cada vez más de nuestra emancipación: reformismo, movimiento ciudadanista, elecciones políticas y sindicales, reinvindicaciones parciales y todo lo que contribuye al acondicionamiento de nuestra supervivencia. Dir.: STA B.P. 1021 • 76171 Rouen cedex (Francia). Este libro se puede encontrar en castellano, editado por Muturreko burutazioak (2002).]]… Nos parece que la difusión de este tipo de ideas y propuestas en los medios libertarios y anarquistas del Estado es cada vez más necesaria.

SALIR DE ESTA SOCIEDAD SIN DEJARLA EN PAZ (1)

¿HACIA LA REVOLUCIÓN?

“Y como no somos ni queremos ser animales domésticos, posiblemente chocáramos con quienes no debiéramos chocar: con los que, mal o bien, son nuestros aliados.”
Un “Incontrolado” de la Columna de Hierro, marzo 1937.

Reformista o revolucionario, hay que elegir

Un buen número de organizaciones anarquistas o anarco-sindicalistas exhiben pretensiones relativamente ambiciosas. No obstante, es necesario constatar la distancia aberrante entre esas pretensiones y las cosas realmente conseguidas. Para un observador atento, el deslizamiento de un discurso y de prácticas de ruptura con el sistema de dominación hacia una especie de “reformismo radical” es fácilmente perceptible. Este neorreformismo es más o menos asumido y puede tomar diversas formas, pero siempre conduce a las mismas consecuencias desastrosas: el enfangamiento, tanto individual como colectivo, en aparentes y parciales luchas; Un fatalismo y una sumisión insidiosa que va en aumento; la perdida de principios elementales como la solidaridad y el esfuerzo de pensar, etc.

La confianza en modos de organización y de intervención totalmente superados e ineficaces (empezando por el sindicalismo) es uno de los principales fenómenos sobre el que se basa esta crítica. Es verdad, esta confianza no tiene la misma intensidad en unos y otros. Si algunos se adhieren todavía a un sindicato sin demasiadas ilusiones, otros ocupan puestos de representantes sindicales en su empresa o permanentes en las centrales sindicales. Si algunos aceptan las críticas que se hacen al sindicalismo, otros las rechazan totalmente.

Es necesario recordar que el sindicalismo es una forma de asociación muy encuadrada jurídicamente. Si en sus comienzos el movimiento sindicalista ha podido ser portador de las aspiraciones emancipadoras del proletariado, hoy ya no es el caso. El Estado, la patronal, pero también los sindicalistas mismos, lo han transformado en una institución, en un agente social. Por lo tanto, actuar en tanto que sindicalista no es posible sino en un marco muy preciso cuyos límites no puede ser traspasados. Siempre es posible asociarse a aquello que tiene la forma legal de un sindicato, con la voluntad de hacer otra cosa diferente a la cogestión que es hoy la tarea del sindicalismo. Pero esto no es hacer sindicalismo, aunque eso disguste a los anarcosindicalistas de las diferentes CNTs. Es fácil ver que se trata más de un problema de denominación, pero hace falta ser preciso en las propuestas y en las prácticas. Incluso si se está animado por esta voluntad de dar un contenido revolucionario al sindicalismo, la realidad nos viene a recordar los famosos límites que no se pueden franquear. Quiero poner por ejemplo los recientes hechos que conciernen a mis amigos del sindicato CNT-AIT de Correos de Amiens. Estos militantes anarcosindicalistas no se hacen ninguna ilusión sobre lo que es hoy el sindicalismo. Han elegido intervenir en sus empresas en el día a día y lo han hecho siempre de manera coherente y sin concesiones de cara a su jerarquía. También han conseguido ganarse la confianza y la estima de una buena parte de los trabajadores del Centro de Apartados Postales de Amiens, lo que les permite actuar limitando los riesgos de represión sobre ellos. Sí pero… Después de años de prácticas muy molestas tanto para la dirección como para los sindicatos tradicionales, su local ha sido cerrado y uno de los miembros del sindicato ha sido agredido por un jefe antes de ser suspendido por varios meses y trasladado a otra oficina de correos. Yo no sé que conclusiones generales sobre la práctica sindical pueden sacar estos compañeros de tales hechos. A mi juicio, ilustran perfectamente el control total que tienen aquellos que gestionan el sistema. En estas condiciones, toda práctica sindical está abocada al fracaso en su tentativa de hacer emerger de forma durable análisis y acciones que rompan con la dominación que sufrimos.

Se nos querría hacer creer que sólo se abre una alternativa ante nosotros: bien luchar en el día a día, aprovechando el margen de maniobra que la autoridad consiente en concedernos, ¡o bien no hacer nada! Creo que intentar aprovecharse de los medios que nos ofrece todavía el sistema de dominación es una pura ilusión (estos medios son las elecciones políticas y profesionales, las subvenciones, etc. instrumentos todos ellos completamente ilusorios). La experiencia muestra claramente que estas vías llevan a un callejón sin salida. ¿Quiere decir esto que no hay nada que hacer? No. La primera tarea a realizar por l@s revolucionari@s sería denunciar las formas impuestas por el poder cuando queremos reivindicar algo. Esto pasa, en primer lugar, por un ataque en toda regla a la cogestión organizada, al monopolio de la palabra y a los privilegios concedidos a las organizaciones sindicales y a los partidos que se consideran nuestros defensores y protectores. Es necesario comenzar por la deslegitimación de todo lo que contribuye legalmente y formalmente a impedir nuestra expresión autónoma.

Los pretendidos “intereses inmediatos”

“La producción de mercancías produce a la vez lo insoportable y a los hombres capaces de soportarlo.

Miguel Amorós, ¿Dónde estamos?

La mayor parte de las concesiones hechas al poder lo son en nombre de la defensa de nuestros intereses inmediatos. Estos llamados intereses son la lucha contra los despidos, salarios lo más elevados posibles, mejores condiciones de trabajo, etc. Estos intereses no son propios únicamente de los individuos si no permiten también el mantenimiento de un estatus quo social (¿quién puede creer todavía que un aumento de salario es una victoria sobre el capitalismo?). Estas reivindicaciones no conllevan la lucha de clases, que pretendía la abolición de las causas de la separación de la humanidad en clases. Todo este proceso no va más allá de la gestión, del acomodamiento, de la reglamentación de la sociedad de clases. No niego el hecho de que esta lucha haya podido contribuir a mejorar nuestras condiciones de existencia, ni que sea preferible trabajar 35 horas semanales que 60 o más. Pero eso no cambia fundamentalmente la naturaleza de la sociedad y no perjudica en nada los intereses del poder dominante. Vivimos en un momento en que todo se organiza para mantener al individuo dentro de la sociedad de consumo, alejándole de lo que es la producción real. Así, participar en una apariencia de lucha para la reglamentación de nuestras condiciones de supervivencia no es otra cosa que participar en la alienación generalizada. Y es hacer abuso del lenguaje hablar de lucha cuando todo acaba finalmente por ser negociado. Estos intereses no son nuestros intereses reales y forman parte de esas falsas necesidades que la sociedad de la mercancía ha producido para desviarnos de nuestras preocupaciones esenciales que son la libertad y la vida. En cuanto a su carácter de inmediatez, es más bien la dominación económica quien la decreta. Es la eterna urgencia que impide tomar decisiones a largo plazo, encerrándonos en el consenso, es decir, en la sumisión a los dictados del poder. Existe, no obstante, otra urgencia de una necesidad implacable, que es la que exige el abandono de estos falsos problemas y el retorno a un verdadero movimiento que ataque a las bases de la opresión y se preocupe de la puesta en marcha de otra sociedad.

La cuestión de saber cómo hacer para llegar a esta ruptura fundamental sigue en pie. No creo que debamos abandonar totalmente el terreno del mundo del trabajo. Es la naturaleza de nuestro mensaje al mismo tiempo que su forma, lo que debe ser cambiado. Lo que dicen los revolucionarios es incompatible con las leyes que rigen esta sociedad. Nuestras intenciones, abolir el capital y el Estado, son ilegales. A partir de ahí, se trata de seguir siendo prudentes y de no hacer cualquier cosa, sobre todo cuando las condiciones y la relación de fuerzas son tan desfavorables. Hay un montón de cosas a realizar, de pistas que pueden ser exploradas para demostrar la pertinencia y la viabilidad de nuestra concepción de la vida, pero también para mostrar la capacidad y la fuerza de cada un@ a la hora de poner en práctica tales pretensiones.

Fetichismo de la organización, imbecilidad de los hábitos ideológicos

Cambiar el contenido y la forma de las intervenciones de los revolucionarios en los lugares de trabajo implica el abandono de viejos reflejos paralizantes. Cuando todos los pretendidos revolucionarios hayan roto con el apego imbécil a algunas siglas y a la disciplina del partido, quizá entonces empecemos a ver un poco más claro. Resulta aberrante constatar como una crítica, por mínima que sea, puede ser sentida como un ataque dirigido a hacer daño o a destruir. Es aún más aberrante constatar ese fenómeno en libertarios que son, aparentemente, capaces de reflexionar sobre ellos mismos y sobre su organización; que son, aparentemente, conscientes de los problemas que origina cualquier agrupamiento de seres humanos. Este amor estúpido y ciego por la organización a la que se pertenece tiene como consecuencia inmediata que una multitud de grupúsculos entren en competencia. Es decir, la división. Tod@s pretenden lamentarlo, pero todos son incapaces de tomar la menor decisión que permita la puesta en marcha de una unión de revolucionari@s. La base de tal unión exige es la reflexión individual y colectiva y la puesta a debate de esta reflexión. Estamos todavía muy lejos.

Este cambio de actitud implica igualmente desechar un montón de reflejos ideológicos. No tengo en absoluto la intención de pasar revista a todas las tradiciones que paralizan el pensamiento revolucionario de hoy; esto sería fastidioso. Lo importante es socavar todo lo que contribuye a empujar el movimiento revolucionario hacia ese reformismo radical que no tiene otro resultado que dorar un poco más los barrotes de nuestra celda.

Entre las reivindicaciones que ilustran esta atrofia del pensamiento está la de la autogestión. Para muchos, la revolución significa la reapropiación de medios de producción actualmente en manos de capitalistas. La crítica de los fundamentos de la producción e incluso del trabajo en tanto que actividad, el análisis de la utilidad de esta producción y de este trabajo sólo son pobremente abordados. Y ese es el punto esencial del pensamiento revolucionario: desmenuzar el trabajo y la naturaleza de lo que se produce; volver a poner en el centro de nuestras preocupaciones la defensa de una vida no artificializada que permita la extensión de las libertades. Gestionar lo que ya se ha hecho, aunque se hiciera de la manera más libertaria posible, contribuiría a mantener la alienación. Esto es lo que ningún revolucionari@ consecuente puede desear.

Salir de esta sociedad sin dejarla en paz

El apego tanto a formas de organización estériles como a hábitos ideológicos no son las únicas cosas que hay que abandonar. Es desconsolador constatar cómo la sumisión a la voz de orden de la dominación se extiende cada vez más lejos. De discusión en discusión, a menudo me doy cuenta de que los militantes justifican sus concesiones gracias a los fantasmas, a las fobias y a un miserabilismo descorazonador. Así, el miedo al paro y a la pobreza económica detiene a más de un@, que parece pensar que eso es ciertamente lo peor que puede ocurrirle. La consecuencia directa de este miedo, paradójicamente, es la falta de confianza, en un@ mism@ y en l@s compañer@s, así como el abandono de la solidaridad más elemental. No se conciben otros medios de subsistencia diferentes al del trabajo asalariado existente. Un@ se contenta con lo que viene. Y para rematar, se saca un argumento digno de Cáritas: “A un tío con mujer y tres críos no se le puede decir nada si trabaja en una fábrica de armas, ¡no puede elegir!”. Esto se lo he podido escuchar a un militante anarquista en el curso de un encuentro reciente. A este paso, se van a defender cosas que nos alejarán cada vez más de la realización de nuestras aspiraciones.

No obstante, en nuestro combate cotidiano contra la dominación se pueden explorar otras pistas. Unirse para crear condiciones de vida “alternativas” es una de ellas. Se trata de asociarse a fin de poner en común las experiencias para satisfacer nuestras verdaderas necesidades. Tejer una red que favorezca la apropiación por los individuos de conocimientos y saberes prácticos (en la agricultura, el artesanado, etc.) puede ser ya una solución. No se trata de dejarse engañar: no podemos aceptar el recrear comunidades aisladas del mundo ni acabar en el negocio alternativo, si es bio aún mejor. Se trata más bien de investigar y transmitir técnicas adaptadas a nuestra concepción de la vida. Es bien evidente que estas experiencias tienen que tener un carácter ejemplar. Es necesario tanto comenzar por salir un@ mism@ de esta sociedad invivible como de incitar a los otros a hacerlo mostrándoles que esto es posible.

Por eso dije más arriba que no era cuestión de abandonar el terreno del mundo del trabajo asalariado. Que las personas se reagrupen y lleguen a constituir tales experiencias puede ser realizado en paralelo con la lucha en el seno mismo de la sociedad, es decir en el seno de las empresas, de los lugares donde se vive, etc. Si llegamos a cubrir nuestras verdaderas necesidades de la forma más autónoma posible mientras llevamos una lucha enfocada a socavar los fundamentos mismos sobre los que reposan el trabajo asalariado y el consumismo, se habrá dado un gran paso. Para lograr esto, el requisito previo indispensable es el debate. Este debate ya ha comenzado, porque no hemos esperado a que los eternos indecisos se pongan en marcha. He podido encontrarme con muchas personas y me he escrito con otras. Juntos reflexionamos sobre las condiciones modernas que rigen nuestras vidas. Antes de pasar a un estado superior que sería la puesta en práctica más amplia posible (pues existen ya personas que tiene un modo de vida adecuado a nuestra visión del mundo) de alternativas combativas, la reflexión se centra entonces sobre la sociedad industrial, la tecno-ciencia y la dominación.

Este pensamiento crítico se ha revelado posible a partir del momento en el que hemos sabido superar los viejos clichés progresistas en los cuales chapoteaban las vanguardias revolucionarias. No tengo vergüenza en confesar que yo mismo me monto en un tren en marcha. No es menos cierto que esta crítica representa a mis ojos el punto de apoyo a partir del cual se puede redesplegar el movimiento revolucionario. Para que un proyecto como éste pueda tener oportunidad de dar fruto, el abandono de “mezquinas inquietudes y sórdidas esperanzas” (para retomar las palabras de Jaime Semprun en su última obra Apología por la insurrección argelina2) que caracterizan al ciudadano-consumidor occidental “de base”, se convierte en un imperativo.

Se trata, en primer lugar, de difundir lo más ampliamente posible todas las consideraciones de cara a combatir la dominación tecnológica e industrial en una perspectiva revolucionaria.

SALIR DE ESTA SOCIEDAD SIN DEJARLA EN PAZ (2)

LO NECESARIO Y LO POSIBLE

“No sería del todo aberrante buscar hoy causas tecnológicas a lo trastornos del alma”.
Günther Anders, L’obsolescence de l’homme

La primera objección que se nos plantea cuando afirmamos nuestra voluntad de acabar con el capitalismo y el Estado, es la imposibilidad de dicha tarea. ¿Vivir fuera de la sociedad industrial? ¡Pero eso es imposible! Este sistema ha extendido su poder por todas partes: las infraestructuras tecnológicas recubren la casi totalidad del planeta y los valores vehiculados por el capitalismo moderno parecen integrados por la inmensa mayoría de la humanidad. Sería entonces inútil, se nos dice, tan sólo imaginar poder vivir de otra manera. Tales propuestas son mantenidas por cualquiera, con el tono de suficiencia que autoriza la propaganda publicitaria y estatista. Después de haber machacado durante años con lo de “que en Francia, el 75% de la electricidad es nuclear” (se entiende que todo el mundo se beneficia de ello y que, por tanto, nadie puede estar en contra), la EDF (Electricité de France) proclama ahora, en el marco de su campaña a favor de un “desarrollo sostenible” que “producir más energía es una necesidad” ¡Y con esto parece que basta! Nunca se nos dice por que eso es necesario. En consecuencia, no se cuestionará si esta situación debe perdurar, si las consecuencias desastrosas generadas por este sistema, largamente perceptibles para todo el mundo, deben ver sus causas suprimidas.

El argumento de la imposibilidad no es más que una prueba de la colonización de las mentes por la tecnología

En el transcurso de discusiones cotidianas con compañer@s de trabajo, de comidas familiares o de reuniones entre amig@s, vuelve este mismo argumento. Y si retorna, es siempre para atajar toda discusión.

Pero ¿qué demuestra tal un comportamiento? Simplemente que la cuestión de la posibilidad o de la imposibilidad de una cosa se juzga ahora desde un único punto de vista técnico. Como si la tecnología representara una especie de escala maestra para medir la debilidad de tal o cual proyecto. En definitiva. Para persuadirnos de que no podemos pasarnos sin la sociedad industrial ¡se nos dice que eso es técnicamente imposible!

Esta es sin duda la razón por la cual algunos de nosotros nos sentimos empujados a querer demostrar, a contrario, todas las posibilidades técnicas que permiten producir las cosas indispensables para nuestra supervivencia, todo ello “preservando nuestra salud y el equilibrio ecológico”. Al hacer esto, seguimos confinados dentro del debate técnico, lo que no puede sino complacer a nuestros enemigos.

Es necesario abandonar este falso debate en el cual corremos el peligro de atascarnos. Cuando alguien nos dice que no se puede salir de esta sociedad industrial, entiende ciertamente esta salida como un gigantesco desmantelamiento de las infraestructuras existentes. Nosotros entendemos mucho más que esto. Si demostrar la viabilidad técnica de nuestro proyecto social no es en definitiva sino secundario, es porque lo esencial reside en la crítica de los fundamentos de la sociedad actual.

Falsas necesidades y sentimiento de impotencia

“Las fuerzas que ella (la economía autónoma) ha desencadenado suprimen la necesidad económica que ha sido la base inmutable de las sociedades antiguas. Cuando la reemplaza por la necesidad de un desarrollo económico infinito, ella no puede más que reemplazar la satisfacción de las primeras necesidades humanas sumariamente reconocidas por una fabricación ininterrumpida de necesidades falsas que se encaminan a la única falsa necesidad del mantenimiento de su reino”.
Guy Debord, La société du spectacle

La forma actual de la sociedad no es en absoluto necesaria (en el sentido de algo natural) independientemente de la voluntad humana. Dicho de otra manera, si esta sociedad es la que es, se debe al desarrollo histórico que la ha producido; es el resultado de la dominación de una parte de esta sociedad sobre el conjunto de ella misma. El argumento -debería decir mejor la justificación- sobre la imposibilidad de vivir de otra manera, no indica sino la extensión de esta dominación. La permanencia de esta sociedad se debe en gran manera a su capacidad técnica de represión. Pero es, también y sobre todo, permitida por la ilusión que produce en cuanto a su inalterabilidad. Este sistema mantiene el mito de su poder total. Aquellos que pretenden que no se puede hacer nada contra él confiesan más su sentimiento de impotencia y su pérdida de autonomía que la invulnerabilidad de dicho sistema.

A menudo, cuando hablamos de revolución con nuestros afines, surgen cuestiones angustiosas: ¿cómo haremos sin Estado? ¿sin jefes? ¿sin dinero? Las posibilidades de organización, diferentes de las que gobiernan nuestro día a día, parecen inquietantes, es decir, imposibles. Aquí vemos la marca de una creencia en la inmutabilidad de esta sociedad, el signo de un engaño inmenso sobre sus capacidades. Esta creencia se apoya sobre los hábitos de sumisión -conseguidos más eficazmente por la participación activa en este sistema que por la coacción y la fuerza. También sobre la esperanza mantenida sobre la perfectibilidad del sistema (mañana será mejor que hoy) y de la cual la medicina nos ofrece los más inquietantes ejemplos.

Para combatir esta verdadera religión de la economía y de su tecnología, podemos apoyarnos sobre sus resultados nefastos así como sobre sus promesas imposibles. Si el reino de la economía parece perdurar tan fácilmente, es porque pretende garantizar el confor. Pero ¿qué confor? ¡Aquí tenemos de nuevo un inmenso engaño! Se nos habla de confort cuando la vida de este planeta no se había vuelto jamás tan precaria. Podríamos enumerar todas las catástrofes pasadas, actuales o por venir. Esto se ha hecho ya numerosas veces sin gran resultado. A menudo, para perderse en los callejones de la falsa contestación dirigida por el poder y sus esbirros. El sentimiento de impotencia se traduce entonces necesariamente en una impotencia real. ¿Cómo salir de ella?

Afirmar nuestra concepción de la vida

No somos ni pesimistas ni optimistas. A pesar de las circunstancias desfavorables, seguimos defendiendo nuestra concepción de la vida y nuestros valores. Como ha escrito Jacques Philipponneau: “incluso aunque estos valores no vencieran nunca, debemos asegurar su perennidad durante nuestro tiempo aquí, pues es así como amamos vivir, así como transmitirlos a la posteridad, como otros lo hicieron antes que nosotros”.

Permanecer en una constante amargura no resolverá nada. Contemplar el desastre para caer finalmente en el pesimismo tampoco. Sería contradecirnos y renegar de nosotros.

Nosotros que rechazamos este mundo, no debemos renunciar a querer cambiarlo. Somos conscientes de que ninguna fuerza de contestación al capitalismo está en condiciones de producir un revés a este sistema. ¿Qué hacer de estas condiciones? ¿Podemos hacer algo desde el momento en que la inmensa mayoría de seres humanos parecen preferir -o al menos aceptar de más o menos buen grado- las condiciones de supervivencia dictadas por la tecno-ciencia y la industrialización a una verdadera libertad? No vamos a hablar en nombre de otr@s. Lo mejor que podríamos hacer es tratar de aplicar nuestra concepción de la vida y la libertad desde ahora. Podemos aplicarlas tanto en nuestra crítica permanente del mundo como en nuestras tentativas de organización. Creo que no se trata de criticar esperando ver lo que esta crítica producirá. Ni se trata de replegarnos sobre nosotros mismos en comunidades autárquicas, lo que acabaría en un deseo de huir ilusoriamente de un mundo que por los demás, deberíamos afrontar.

Nos rebelamos contra esta sociedad porque somos libres y queremos continuar siéndolo. La tecnología pretende siempre deshumanizar a los seres, reificarlos. En tanto que estemos en condiciones de oponernos a ella, de criticarla, probaremos que no solamente la dominación no ha alcanzado sus fines, sino que el “factor humano” permanece irreductible. Al hacer esto, echamos abajo el mito del poder omnímodo de la tecnología.

La cuestión que concierne a la emergencia posible de “comunidades” o de “retaguardias” está en el corazón de los debates que hoy mantienen los enemigos de la sociedad industrial. Algunos han creído que yo pensaba que la constitución de tales reagrupamientos (en el campo y nada más) era la única solución. Lejos de mí esta idea. Creo que, por lo pronto, los individuos decididos a vivir de otra manera pueden y deben federarse. Soy favorable a la idea de tejer redes que permitan la conservación y la creación de modos de vida, de técnicas, de experiencias, etc. de acuerdo a nuestra filosofía de la vida. Es decir, enfocadas a obtener la mayor autonomía posible, sin hacerse ilusiones sobre la realidad de nuestras capacidades. Es importante intentar hacerlo sin la sociedad industrial. Pero esto no es fácil. Una salida de esta sociedad -en el sentido pleno del término- significaría una revolución total y radical. Es entonces importante hacerlo contra esta sociedad. En definitiva, la constitución de retaguardias es necesaria, pero no creo que sea suficiente. Se pueden hacer otras cosas. Ya he dicho que para mí estaba fuera de propósito hacer una separación entre l@s que actúan y l@s que “no hacen”, ni entre aquell@s que intentan vivir de otra manera desde ahora y aquell@s que siguen “integrad@s” (la expresión no es afortunada, pero no sé cómo explicarme) y sobrevivir del trabajo asalariado o de ingresos diversos. Conviene, sin embargo, insistir sobre lo evidente: cuanto más integrad@s estamos más difícil nos es liberarnos de esta sociedad. Saber crear por sí mism@s las bases materiales de la autonomía -siendo conscientes de que esto sigue siendo relativo, vistas las condiciones dominantes- no es una cuestión a desdeñar. Sea cual sea el punto de vista sobre esta cuestión, conviene reunirnos de forma permanente, debatir, y reflexionar sobre nuestros medios de acción directa contra esta sociedad. Es necesario tejer entre nosotros, más allá de las diferencias y las fronteras, lazos de apoyo mutuo y de solidaridad, que nos permitan resistir pero también, en la medida de lo posible, pasar a la ofensiva.

Tales tentativas tendrán sentido en la medida que en den testimonio de una ruptura con el capitalismo, de un rechazo radical, de una descalificación de sus valores y principios. Al mismo tiempo tales tentativas serán la manifestación de una voluntad de crear condiciones de vida que permitan la expresión de la libertad humana. Nuestra crítica, tanto en palabras como en actos, debe ser la afirmación de nuestros valores. Ponemos siempre por delante la experiencia frente a cualquier ideología. Actuando así, intentaremos restablecer la verdadera relación dialéctica entre las necesidades reales de la vida y la libertad, la relación entre la naturaleza (que no se trata evidentemente de idealizar ni de divinizar) y la humanidad.
Esta sociedad no tiene nada de necesaria en sí misma. No solamente es posible salir de ella sino también necesario, si queremos seguir siendo libres e intentar escapar al desastre que lleva dentro de sí. La única esperanza está en la capacidad y la voluntad de los dominados para apropiarse de todo ello.

F.F.
(Traducen: Los Amigos de Ludd)