José Fernando Mota Muñoz

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José Fernando Mota Muñoz – juliol de 2022


18 de agosto de 2006

por José Fernando Mota Muñoz


Esta mañana tenemos una cita con la protesta. Acudimos a la concentración que cada viernes organizan de 13 a 14 h., en lugares céntricos de diferentes ciudades israelitas, las Mujeres de Negro, uno de los grupos pacifistas de los que no habló Sergio. En Jerusalén la cita es en la plaza de París. La primera impresión cuando llegamos es desoladora. Encontramos cinco mujeres muy mayores con una pancarta contra la ocupación y en sus manos carteles con el mismo mensaje en hebreo, árabe e inglés. Poco a poco el grupo va creciendo hasta llegar a agrupar a una treintena de personas, casi un tercio de ellos extranjeros como nosotros. Nos entregan un cartel a cada uno y nos distribuimos alrededor de la plaza bajo un sol de justicia.

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Concentración de Mujeres de Negro contra la ocupación

Enfrente tenemos una contramanifestación de tres personas, mayores también, con una bandera de Israel y carteles. En el que está en inglés se lee "unidos por Israel".

Los primeros minutos son bastante duros, al calor hay que sumar la sarta de insultos que recibimos. Por la plaza pasan más coches que transeúntes y es desde algunos vehículos que se nos vilipendia, según deduzco por la expresión de la cara y por las peinetas que acompañan los insultos, ya que gritan en hebreo. La mayoría de ocupantes de los coches hacen algún gesto de disgusto o simplemente pasan de nosotros. Durante la hora de concentración sólo percibo dos o tres gestos positivos desde los automóviles, la mayoría de palestinos.

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Aguantando improperios sionistas

Los mayores momentos de tensión se producen cuando algún peatón se encara, cuando los insultos y gritos los recibes en pleno rostro. Cuando la cosa se pone demasiado caliente interviene la policía que vigila la protesta. Se llevan al peatón indignado aparte y tratan de tranquilizarlo con gestos amistosos. ¡Por primera vez en mi vida la policía me protege en una manifestación!.

Es después de la experiencia que valoras la valentía de estas mujeres, su capacidad de resistencia. Son capaces de aguantar cada viernes un ambiente hostil, recibir todo tipo de improperios -y ellas si que los entienden- para realizar un simple gesto simbólico contra la ocupación.

Después de la tensión acumulada decidimos dedicar la tarde a alguna actividad relajante. Nos pegamos una pateada bajo el sol hasta la estación de autobuses. Nuestro objetivo es coger un autobús hasta la playa pública de Ein Gedi, en el Mar Muerto. Pero, maldición, no hemos caído que a partir de las 19 h. da comienzo oficialmente el sabbat y en esta ciudad, con un gran peso del judaísmo más fundamentalista, durante esta celebración no puede circular ningún tipo de vehículo, ni público, ni privado, ni grande, ni pequeño. Las compañías de autobuses paran sus servicios hasta la noche del sábado. ¡Para flipar!

Volvemos a la zona árabe de la ciudad. En la estación de autobuses no hay ningún servicio para el Mar Muerto pero después de unas arduas negociaciones, y 375 sheqels, conseguimos alquilar todo un autobús de línea para los seis que somos. Pronto se añaden a la excursión dos hijos del chofer que pasamos a recoger por su pueblo.

La bajada desde Jerusalén al Mar Muerto es espectacular. Un paisaje desértico, y el aumento de la temperatura, nos indica que estamos a más de 400 metros por debajo del nivel del mar. Sólo algunos entoldados y sombrajos para el ganado rompen la monotonía del árido paisaje. Nos acercamos al mar. A lo lejos vemos unas cuevas escarbadas en las rocas, las ruinas de Qumran.

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Paisaje desértico camino del Mar Muerto

El chofer trata de pirulearnos. De nuevo la sensación de ser un dolar con patas. Nos ha engañado diciendo que nos llevaba a una playa cercana, que encontramos cerrada porque ya es demasiado tarde, y además no quiere acercarse a la pública, porque dice que está demasiado lejos. Finalmente encontramos una playa privada, de las tres que hay, que está abierta las 24 horas. Se trata de una especie de camping con bungalows y restaurante. Preferimos pagar, aunque estemos poco tiempo, ya que el chofer nos apremia con la vuelta, que irnos sin experimentar las aguas del Mar Muerto.

El cabreo y el esfuerzo han valido la pena. La entrada en este mar es un choque, el agua está caliente y es como más densa. Flotar en ella es una experiencia divertida, sobre todo al inicio, y relajante cuando te acostumbras. La paz sólo la rompe la aparición de una pareja de militares que patrullan la zona. Hay que recordar que toda la costa cisjordana del Mar Muerto es zona militar israelí.

También pasamos por el típico embadurnamiento de barro con efectos exfoliantes, o eso dicen. La hora que estamos sabe a poco, pero se agradece el haber ido en un horario prudencial de la tarde, con el color rojizo que toma el paisaje con la caída del sol y sin sufrir el infierno que debe ser este lugar al mediodía. Relajados y con la piel suave -al final va ser cierto lo del efecto exfoliante- nos volvemos para Jerusalén.

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La ribera jordana del Mar Muerto

Por la noche conocemos a unos italianos que han estado esta mañana en la manifestación de Bil’in, que se hace cada viernes en protesta por la construcción del muro. Hace dos semanas la policía israelí dejó en coma a un manifestante con una bala de goma, un eufemismo para hablar de una bola de plomo cubierta con una capa de un milímetro de goma. Por lo que nos cuentan este viernes se han limitado a lanzar agua con colorante azul y gases irritantes.


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