CEPRID

Paisaje después de la derrota. Hacia la reconfiguración de nuestro esquema conceptual y operativo (II)

Jueves 12 de junio de 2014 por CEPRID

Equipo Kollontai

CEPRID

3.- TRAS LA DESTRUCCIÓN DE LAS COMUNIDADES PROLETARIAS Y DE LA MEMORIA: OXIGENAR LO SOCIAL, RECONSTRUIR LO COMUNITARIO

“Deambulamos entre espectros de lo común: los media, la escenificación política, los consensos económicos legitimados, pero también las recaídas en lo étnico o en la religión, la invocación civilizadora basada en el pánico, la militarización de la existencia para defender la “vida” supuestamente “común” –o, más precisamente, para defender una forma-de-vida llamada “común”-. No obstante, sabemos bien que esta “vida” o esta “forma-de-vida”, no es realmente “común”, que cuando participamos en esos consensos, esas guerras, esos pánicos, esos circos políticos, esos modos caducos de asociación, o incluso en ese lenguaje que habla en nuestro nombre, somos víctimas o cómplices de un secuestro”. (Peter Pál Pelbart)

Si no hay ni timonel ni punto de llegada en la actual “ruta” de la Unión Europea (reducida a un terrible coctel entre tecnocracia, burocracia, privatización del poder de decisión y arrogante realismo cínico), que sigue confundiendo el medio con el fin y …el euro con Europa, la única alternativa que tiene sentido proponer es la salida de la hegemonía privatista, poniendo en el centro del escenario la lucha a favor del procomún y en contra de la acumulación concentrada e institucionalizada de la riqueza.

El desafío es, en una época donde una vez más se avizoran oleadas de guerras y revoluciones, que los damnificados por este sistema tomemos la iniciativa en la “construcción de un frente, de un bloque alternativo antimonopolista que comprenda todos los trabajadores y productores víctimas de esta oligarquía de los monopolios generalizados, del que hagan parte la clase media, los agricultores y las pequeñas y medianas empresas” (Amin, 2012). En este momento histórico, hace falta recuperar la audacia (sí, somos de las que pensamos que hasta que la gente no esté dispuesta a ir a la cárcel por una causa, ésta nunca podrá prevalecer…), y en los países Europeos y en lo que se ha venido llamando “el Norte”, se dan las condiciones objetivas para aislar el capital de los monopolios. Hay que salir pues de la lógica europea del “mejor que nada” o de “lo menos malo”. Como recuerda también Samir Amin, “Mais aller de moins pire en moins pire, c’est en arriver in fine au ´plus pire´”.

La dictadura financiera, consolidada en las últimas dos décadas también a través del perverso mecanismo consumista, ha vuelto a la mayoría de la población materialmente impotente o psíquicamente sometida. Una engreída Unión Europea, por su parte, ha realizado una contribución política e ideológica muy fuerte en esa transformación de los ciudadanos en “consumidores” (hay una poderosa Dirección General de Consumo que generosamente lubrifica esos diabólicos mecanismos de pacificación social que son las políticas para consumidores), de los que consigue pasividad, aislamiento y participación en la retorica dominante. La conciencia del rol real desempeñado, el mismo auto posicionamiento de clase, ha sido pervertido debido a que se ha desplazado la identificación hacia la esfera del consumo, vendida por la omnipresente publicidad. Pero, ahora, el “emperador está desnudo”, el juguete se ha estropeado. Europa en el mundo “manda” cada vez menos y la mayoría ya no puede consumir tan alegremente…

Como recuerda el profesor Ugo Mattei, “esta Europa producida por el dominio del positivismo científico y del pensamiento liberal que ha colonizado también a las fuerzas supuestamente de izquierda, ha estructurado un orden fundamentado sobre la tutela de la propiedad privada como derecho fundamental tanto de las personas físicas como -hecho mucho más grave- de las jurídicas para la acumulación ilimitada de recursos. Este modelo, sostenido por aparatos represivos que crecen en violencia y brutalidad en modo directamente proporcional a la disparidad social, trocando forzosamente todo intercambio social en la forma falsamente neutral del contrato y del intercambio de mercado (lugares donde, evidentemente, gana siempre el más fuerte)” (Mattei, 2011).Es esta la estructura compleja que arrasa la misma soberanía pública y la representación política (a su vez privatizada) sometida al poder cada vez más inmenso de las corporaciones (personas jurídicas) que, siendo inmortales, pueden ejercer su derecho de propiedad a la acumulación de una manera infinita, creciendo (si resulta ganadora frente a “la competencia”) en dimensiones de riqueza y de poder sin límite alguno. Estos pocos “patrones artificiales” se convierten así en entidades cada vez más poderosas, económicamente y políticamente, de cara a los agregados sociales y a las personas físicas, que nos habían enseñado que eran el pueblo soberano y que en cambio han sido reducidos a una condición de servil impotencia.

El proceso comporta también un mecanismo, tal vez ya irreversible, de privatización de bienes y de los espacios comunes no sólo de naturaleza física (medio ambiente, territorio, agua) sino también relacionales (cultura, trabajo, servicios sociales, sanidad, bienestar) constitucionalizado en cada Estado miembro (condicionante ahora de la misma participación a Europa).

Sin forzar o romper estos mecanismos jurídicos y constitucionales no tiene sentido ni siquiera hablar de cambio de rumbo. Ningún “contra movimiento” parece en la actualidad haber tomado realmente forma con fuerza. Se podrían, de todas formas, vislumbrar elementos significativos en una gran diversidad de entidades diferentes: lo que queda con vida o se va reconstruyendo de los sindicatos de clase y de las organizaciones de trabajadores y trabajadoras; el movimiento alimentario y las organizaciones campesinas de resistencia; los profesionales y técnicos (sobre todo los desocupados y los maltratados en los servicios sanitarios, educativos y de investigación); los gobiernos de “izquierda ” de América Latina; los y las militantes que han madurado en las cenizas del movimiento altermundista; los grupos de militantes “memorialistas”; las pocas ONG que están comprometidas con la justicia y el cambio social; los indignados e indignadas concienciados tras el 15 M y el 25 S; las organizaciones vecinales, las plataformas que luchan para la defensa de la salud, de la educación, del trasporte público y el procomún; los académicos y académicas críticas; lo que quede o se vaya reconstruyendo en sentido anticapitalista de la izquierda -parlamentaria o no- Europea.

Ocupemos y defendamos los espacios comunes “La intención originaria del dominio espectacular era la de hacer desaparecer el conocimiento histórico en general; y en primer lugar la práctica totalidad de las informaciones y todos los comentarios razonables sobre el pasado más reciente. (…) El espectáculo organiza con destreza la ignorancia sobre lo que sucede e, inmediatamente después, el olvido de lo que, a pesar de todo, ha llegado a conocerse.(…) Por eso la historia era la medida de una verdadera novedad; y a quien vende la novedad le interesa hacer desaparecer el medio de medirla. (…) La valiosa ventaja que el espectáculo ha conseguido de este colocar fuera de la ley la historia, de haber condenado a toda la historia reciente a pasar a la clandestinidad y de haber hecho olvidar, en general, el espíritu histórico, es, en primer lugar, la ocultación de su propia historia: el movimiento de su reciente conquista del mundo. Su poder nos aparece ya familiar, como si hubiese estado ahí desde siempre. Todos los usurpadores han pretendido hacer olvidar que acaban de llegar”. GUY DEBORD Comentarios sobre la sociedad del espectáculo 1988 (en español editada por Anagrama, Barcelona.1999).

Si conceptualizamos el mundo como un inmenso common, un gran bien común de recursos finitos, y la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Banco Central Europeo (BCE), la U.E. como las instituciones que limitan la capacidad de los Estados de controlar al menos, en parte, los flujos de capital, parafraseando al biólogo Garret Hardin, parecer ya imposible evitar la “tragedia” de la privatización absoluta. (Hardin, 1968). La impotencia del derecho global parecería dar la razón a este autor, cuando afirma que el común es “lugar de no derecho” y las corporaciones, en este common pastan mucho más allá de los límites de la sostenibilidad.

La idea de la imposibilidad de lo común y de la superior eficacia de lo privado, de matriz esencialmente económica del neomalthusiano Hardin, ha sido sin embargo puesta en discusión por la recién fallecida investigadora estadounidense Elinor Ostrom, quien, en el año 1990, publicó el libro “Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action”. En este texto se evidencia que tanto la gestión autoritario-centralizada de los bienes cuanto su privatización, no constituyen la solución ni evitan problemas. En el ensayo, partiendo del estudio de datos empíricos, en los que se demuestra que los individuos reales no están irremediablemente condenados a quedar atrapados en los problemas que surgen a la hora de explotar en común un recurso, se pone sobre todo en discusión la idea de que existan unos modelos aplicables de forma universal.

Al contrario, en muchos casos, cada comunidad parece conseguir evitar los conflictos improductivos y alcanzar acuerdos sobre una utilización sostenible en el tiempo de los recursos comunes, a través de la elaboración endógena de instituciones destinadas a su gestión. A pesar de que existan por doquier, los bienes comunes son difíciles de definir, procuran subsistencia, seguridad e independencia pero… no son mercancías. Normalmente es la comunidad local la que decide quién puede utilizarlos y cómo. Las teorías de Ostrom han tenido desarrollos en muchas direcciones: por ejemplo en el campo del estudio de las comunidades virtuales y globales de Internet y de Wikipedia, del open source, de la ecología, de las teorías sobre la economía del don y de la reciprocidad, y aquellas sobre la propiedad. Ostrom indica que la concepción jurídica tradicional concibe la propiedad esencialmente como derecho a vender el bien privado para sacarle beneficio; sin embargo la científica nos enseña derechos alternativos “de propiedad” relativos a los bienes compartidos que a lo mejor no pueden ser comercializados como son los de acceso, de utilización de bienes comunes, de exclusión y de gestión. Como Marx, Ostrom ha nadado contracorriente, ha criticado las teorías dominantes, el fundamentalismo del mercado y el autoritarismo del Estado. Ha puesto el acento sobre la cooperación, el autogobierno y la iniciativa directa y desde abajo. A diferencia de Marx, sin embargo, Ostrom era una reformista y no una revolucionaria. Pero lo realmente actual e importante y “Lo que está en cuestión, de hecho, es una nueva relación entre el mundo de las personas y el mundo de los bienes, desde hace tiempo sustancialmente confiada a la lógica del mercado, es decir a la mediación de la propiedad, pública o privada que fuera. Ahora el acento hay que ponerlo no ya sobre el sujeto propietario, sino sobre la función que un bien tiene que desarrollar en la sociedad. Partiendo de esta premisa, se puede dar una primera definición de los bienes comunes: son los bienes funcionales al ejercicio de los derechos fundamentales y al libre desarrollo de la personalidad, que deben ser salvaguardados sustrayéndolos a la lógica destructiva del breve periodo, proyectando su tutela en el mundo más lejano, habitado por las generaciones futuras” (7).

Intentemos también una somera clasificación, que sea operativa al menos en el contexto de este trabajo:

a) Una primera categoría de bienes comunes comprende el agua, las tierras, los bosques y la pesca, es decir los bienes de subsistencia de los que depende la vida (Bienes de merito). En particular la vida de los agricultores, de los pescadores y de los nativos que viven directamente de los recursos naturales. A esta categoría de bienes comunes pertenecen también los saberes locales, las semillas seleccionadas a lo largo de los siglos por las poblaciones locales, el patrimonio genético del ser humano y de todas las especies vegetales y animales, la biodiversidad.

Sin embargo, por bienes comunes no se entienden solo los recursos naturales en cuánto tales, sino también los derechos colectivos de uso, por parte de una determinada comunidad, el gozo de los frutos de aquel recurso, derechos que denominamos usos cívicos. Lo que caracteriza tanto los bienes comunes como los usos cívicos, es la particular forma de propiedad y de gestión de los mismos, forma que es comunitaria, y, por lo tanto, ni pública ni privada. Contrariamente a lo que se puede creer (y si este gobierno y “depredador Cañete” o las cospedales de turno no lo remedian…) los usos cívicos y las tierras colectivas existen todavía y son importantes también en nuestros países industrializados: en España, a pesar de la nobleza saqueadora, desamortizaciones, caciquismo, franquismo y ultra liberalismo, sigue habiendo amplias extensiones de tierra y vías pecuarias colectivas y multitud de usos cívicos y fueros.

b) Una segunda categoría de bienes comunes comprende los bienes comunes globales: la atmosfera, el clima, los océanos, la seguridad alimentaria, la paz, y también todos aquellos bienes que son fruto de la creación colectiva, como las patentes, Internet (8), etc. Estos bienes solo recientemente se han percibido como bienes comunes globales, desde el momento en que han sido invadidos, expropiados, mercantilizados, cercados, contaminados y su acceso está cada vez más amenazado. En esta lógica, la información veraz también debería de ser contemplada como un bien común y un derecho, ahora secuestrado por parte de unos medios de deformación de masas, que en realidad venden espacios publicitarios e ideología dominante y no noticias ni comunicación social.

c) una tercera categoría de bienes comunes es la de los servicios públicos procurados por los gobiernos en respuesta a las necesidades esenciales de la ciudadanía, necesidades que, obviamente, varían en el tiempo. Se trata de servicios como la distribución de agua potable, la electricidad, el sistema de transportes, la sanidad, la seguridad alimentaria y social, y la administración de la justicia. Los procesos de privatización de muchos de estos servicios que distribuyen los bienes comunes ponen en riesgo su accesibilidad universal. Frente a la ideología dominante del crecimiento infinito, lo que hace falta hoy es encontrar el rumbo de una ideología comunera, cooperativa y solidaria y de unas prácticas capaces de sustituir “la ideología de la muerte de las ideologías”. El incremento de la sensibilidad para los bienes públicos y los bienes comunes en peligro, a lo mejor, puede ofrecer las primeras bases para esta nueva ideología que, lejos de negar teóricamente la “tragedia de los bienes comunes” sólo a través de ejemplos bucólicos y “recuerdos”, se haga cargo de estos planteándose con urgencia la elaboración política de instrumentos adecuados.

En síntesis, la lucha por un derecho del común y contra la acumulación institucionalizada de la riqueza debe regresar al centro del escenario español, europeo y mundial, desenmascarando los aparatos ideológicos de la vieja hegemonía. No derechos de los consumidores, sino derechos sociales y combate contra la exclusión y la desigualdad; rechazo de la propiedad privada como derecho fundamental; superar la retorica de la “lucha contra la pobreza”, desconectada con respeto a la “lucha contra una riqueza amoral” (9); replanteamiento urgente de la “personalidad jurídica” y de su protección institucional; elaboración política y jurídica de un espacio común que sirva de límite infranqueable a la extensión del mercado; fuerte compromiso en la difusión de la alfabetización ecológica; activación de nuevas formas de economía localizadas, re-socializadas y volcadas al bien común; nueva fiscalidad altamente progresiva y recuperación inclusiva de las inversiones militares y represivas dirigidas a la exclusión… Todos estos son los elementos constitutivos mínimos (conjuntamente a la necesidad de redescubrir colectivamente el odio contra la explotación, la intolerancia contra la injusticia y ayudar al reconocimiento de sus propios y antagonistas intereses a los explotados y sometidos) de esa ideología renovada que, mediante tipos de luchas muy diversos y vinculadas muy profundamente a sus contextos, debe intentar la hegemonía entre los pueblos de Europa- y del mundo-, trazando, por primera vez en la historia, una ruta consciente.

Más allá del “alter mundialismo” y del “sociedad-civilismo”: reanudar la senda roja interrumpida

“Omnia sunt communia” (Ottilie Von Gersen y Thomas Müntzer)

Insistimos en la vinculación a los contextos porque el fracaso del llamado movimiento antiglobalización o “altermundista” de la pasada década nos ofrece útiles enseñanzas. Los años ya transcurridos nos permiten arriesgar un juicio histórico-político, habiendo respetado la precaución metodológica que prevé también un aspecto temporal. Este movimiento a la postre se ha caracterizado por ser peticionista, ritualista, políticamente correcto y, por ende, “endosistémico”. Es decir, totalmente interiorizado por el sistema del que representaba la conciencia infeliz del neoliberalismo, el desahogo permitido de las clases medias occidentales. Una especie de “oposición de Su Majestad” tanto formal como sustancial.

Un movimiento no se puede juzgar solo sobre la base de la “buena fe” o las “buenas intenciones” de sus participantes. A diferencia de lo que piensan los ingenuos, el moderno capitalismo post-burgués, no es una dictadura mono ideológica, es decir con ideología fija. Tiene una gran capacidad de metabolización; incluso necesita de una oposición que señale problemas no resueltos o mal resueltos: lo único que no puede permitir es que se constituya una verdadera oposición incompatible.

El altermundialismo ha sido estructuralmente desprovisto de memoria histórica e incapaz de balance histórico porque ha adoptado de forma acrítica la interesada teoría que presenta el siglo XX meramente como siglo de la violencia, de las dictaduras, del fordismo y del comunismo, para así podérselo dejar tras las espaldas y olvidarlo sin realmente “superarlo”. Insuficiencia histórica que se suma a una penosa insuficiencia filosófica puesto que no hay que olvidar que un concepto que no se determina, no es verdaderamente un concepto, y si algo no es un concepto no puede pretender orientar un movimiento real (ejemplo de no concepto: “otro mundo es posible”).

Lo más sangrante de su producción ideológica, probablemente, haya sido el alegre abandono (desprenderse) de conceptos como la soberanía nacional, el rechazo a enfrentarse al problema del estado y de la soberanía popular frente al vertiginoso despliegue de la llamada globalización en el nombre de una imaginaria “globalización alternativa” desprovista de cualquier enraizamiento y concreción. Lo que lo ha convertido en presa fácil de cualquier sugestión cosmopolita imaginaria suministrada por el imperialismo mientras arrasaba militarmente uno tras otro, países como Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia, Siria, Líbano o el “malo malísimo” de turno; no paraba de tramar contra otros (Cuba, Venezuela, Irán, Chad, Zimbabue, Ecuador, Honduras…); avanzaba en desolidarización y deslegitimación de la guerrilla en Palestina, Irak, Colombia, Kurdistán y de la lucha armada y popular en todo el mundo y dejaba indefensa a la población europea frente a la rapiña financiera y a la destrucción de sus sectores productivos.

Definíamos este movimiento antiglobalización como “peticionista” porque asumía la forma política de las peticiones a los poderosos de la tierra. El hecho que a principios del siglo XXI las peticiones se hagan con conciertos rock o raperos y no con minuetos o gavotas es relevante solo en el plano estético. El circo de contestación que se montaba en Davos delante de los potentados representaba tristemente, creemos, esa tragicomedia occidental que se vuelve a estrenar periódicamente desde los años 70 del pasado siglo y que ve en escena la contestación en lugar de la revolución, cumpliendo de forma definitiva el pasaje de época de Karl Marx a Guy Debord, varándose en la realidad amarga de la sociedad del espectáculo. Si a esto le añadimos el carácter “ritualista”, el juicio se va cerrando aún más. Hemos tenido años y años de manifestaciones ritualizadas todas iguales y que, en la mayoría de los casos han representado una forma particularmente degradada de ceremonialidad impotente institucionalizada. Jóvenes con las caras pintadas, familias felices con banderitas, ecologistas vestidos de ecologistas en acción con zancos o artefactos de papel maché o plásticos reciclados supuestamente creativos, casta política de izquierda exhibicionista y, a la cabeza del cortejo, algún inmigrante extracomunitario pintoresco. A los lados, o al final de la manifestación un pequeño drama satírico que se desarrolla simultáneamente a la comedia: unos chavalotes vestidos de oscuro y con pasamontaña que rompen unos escaparates (más que asegurados) y justo donde más los esperan sus fornidos coetáneos disfrazados de policía-robokops. Mientras tanto, inevitablemente, la casta política exhibicionista y los portavoces de las asociaciones “responsables” recitan el mantra: “los violentos no tienen nada a que ver con el movimiento”.

Los últimos Foros Sociales Europeos han sido solo inocuas ferias de productos políticos semialternativos, confirmando una vez más que era absurdo pensar que el movimiento altermundista, era algo estructural. Enseñanza: en realidad no existen movimientos en sí, sino solo formas o prácticas políticas que contrastan a otras.

A veces, siendo algo maliciosas, cabría pensar que un solo piquete de Stop desahucios, que un solo pueblo que defiende su agua de la privatización; que una sola huelga del sindicato de base del metro o de la sanidad pública; que un solo barco de petróleo que el gobierno de Venezuela manda a Cuba; que una sola decisión que ponga en práctica el sumak kawsay (Buen Vivir (10)) del Gobierno de Evo Morales en Bolivia, o que un solo resistente palestino contrarrestan más al sistema imperial tardo capitalista que mil artículos, conferencias o mesas redondas de Adela Cortina, Ramonet, Toni Negri, Naomi Klein o la acción filantrópica de todas las ong españolas juntas.

Diciendo esto, obviamente no es nuestra intención afirmar que el llamado Movimiento anti Globalización era únicamente un astuto instrumento de las oligarquías capitalistas. Algunas de sus dirigentes informales lo fueron ciertamente, sin embargo muchísimas personas en todo el mundo tuvieron la ocasión de una primera politización en las estructuras de la kermesse no global. Y eso es un hecho importante que no se puede infravalorar. Permite una esperanza; la esperanza, que en estos días podemos ampliar a los restos del 15 M, que desde dentro del espontaneísmo y sabiendo defenderse de las manipulaciones mediáticas y políticas, pueda abrirse el camino, poco a poco, un sector anticapitalista y revolucionario. Que es lo que la nueva realidad requiere con urgencia.

Lo Común, auto sostenibilidad y democracia participativa “Dicen que somos unos soñadores. Los verdaderos soñadores son los que piensan que las cosas pueden seguir yendo al infinito de esta manera. Nosotros no somos unos soñadores. Nos hemos despertado de un sueño que se ha trasformado en pesadilla. Nosotros no queremos destruir nada. Tan solo somos testigo de como el sistema se está destruyendo a si mismo. Todos conocemos las clasicas escenas de los dibujos animados. El carrito de la compra llega hasta el borde del precipicio, sin embargo, continua caminando ignorando el hecho de que debajo no hay nada. Solo cuando uno mira hacia bajo y se da cuenta, entonce cae en el abismo. Esto es lo que estamos haciendo”. (Slavoj Zizek) (11)

El matrimonio entre democracia y capitalismo ha acabado. O, en palabras de un burgués inteligente como Mayor Zaragoza: “Cuando el mercado invade, sale la democracia”. (Mayor Zaragoza, 2012)

Nos damos cuenta que por mucho tiempo hemos permitido que nuestro activismo politico estuviese sub-contratado. Queremos recuperarlo.

Austeridad, “estabilidad presupuestaria” obligatoria, “abismos fiscales”, más privatizaciones, subordinación completa del trabajo a las exigencias del mercado, se nos siguen indicando como las recetas a seguir. Según la tecnocracia imperante, la democracia es ya un obstáculo fastidioso al cual deberíamos renunciar a causa del estado de emergencia decretado por los bancos. Exactamente estas medidas no solo han causado la crisis, sino que reiterarlas agravará la situación de manera irremediable. Debemos darnos prisa para retomar en mano el timón de nuestro destino, ya que los efectos sociales pueden llegar a ser mucho más devastadores. La casta dirigente con sus poderosos medios de manipulación intriga cada día más peligrosamente para dividir: llega a “acusar a ciertos grupos desfavorecidos de serlo menos que otros, de ser un poco menos maltratados. Considerar privilegiados, incluso vividores, a los que aún tienen trabajo, aunque sea mal pagado. Por consiguiente, para la casta dominadora la norma es no tenerlo. Indignarse ante el egoísmo de los trabajadores que se resisten a compartir su trabajo con los que no lo tienen “Se intenta enemistar a una parte del país contra otra, calificada de favorecida (los funcionarios públicos de baja categoría), mientras que a los verdaderos favorecidos se les califica de “fuerzas vivas de la nación” y declaran que esa “fuerzas vivas”, esos ejecutivos de multinacionales son los únicos que corren riesgos (...)”. (Forrester, 2000)

La crisis que nos han organizado no es solo económica y financiera. Es, al mismo tiempo, cultural, energética, alimentaria, migratoria y ecológica. Mientras, el enfrentamiento interno al capitalismo ocupa el espacio tradicional de la geopolítica y da lugar a una ulterior centralización de los poderes que deciden el destino del planeta (el 1%), la vida y el destino de las poblaciones (el 99%) desplazan su atención sobre la creación de miseria y paro, sobre la destrucción irreversible de la biosfera, sobre los destinos comprometidos de la reproducción, sobre la cara de la renovada opresión de género, además de la de clase, puestas otra vez, obscenamente, en el orden del día de este sistema (12). Se masca, incluso, la posibilidad de un nuevo “eclipse de la razón”.

Con toda probabilidad se hace necesario un alejamiento (cierta desconexión) de las sociedades locales de las redes de las finanzas y de la tecno-ciencia hacia una auténtica auto-sostenibilidad social, ambiental y cultural. La “sostenibilidad” introducida hace años por Rio 92 y por el informe Brundtland ya es un mero adjetivo que se ha ido pegando para justificar la perpetuación del modelo vigente de presunto crecimiento ilimitado, intentando limar o encubrir sus excesos y puntos más críticos. Serge Latouche ha ya desarrollado de forma definitiva esta crítica (Latouche 2012).

El concepto de auto-sostenibilidad (que puede referirse territorialmente a diferentes complejidades) diverge radicalmente: pone en juego todas las variables del modelo del crecimiento global, ese modelo que requiere en su paradigma de desequilibrios regionales, dumping salarial y ambiental, enorme huellas ecológicas y gran centralización de mando financiero, técnico y político. Nuestra auto-sostenibilidad es un paradigma que lleva hacia la autosuficiencia energética (un territorio local que deviene productor de energías renovables, integradas sin destruirlo puesto que rige el autogobierno); la soberanía alimentaria; el cierre local de los ciclos del agua, de la basura, de la comida, de la relación entre producción y consumo; la peculiaridad de los sistemas productivos fundamentados sobre la identidad y peculiaridad de los patrimonios locales. No se trata de proponer unas autarquías globales de cada región, sino de refundar un modelo económico que retome en sus manos la definición social de las diversas y concretas necesidades de producción y de vida.

“Pero, sobre todo, en el concepto de auto-sostenibilidad, se trata de la capacidad de cada región de producir “vida”, cosa que hoy en día está completamente arrebatada a cada territorio. En este recorrido veo un fuerte movimiento de reducción de la huella ecológica al nivel global y capaz de producir intercambios entre regiones del mundo que sean de tipo solidario y no de explotación y de desequilibrio.” (Magnaghi, 2012)

Sobre todas estas cuestiones sigue habiendo, sobre todo en el Reino de España, un prevalente encefalograma plano en las instituciones, mientras se están manifestando algunos fermentos positivos en la sociedad. Renace una posible cultura beligerante y no decorativa necesaria para derribar, al menos, paradigmas vetustos, patriarcales y opresivos. Multiples formas de acción social nos pueden ayudar a redescubrir un renovado y potente paradigma que conjugue el pararle los pies a la dictadura capitalista con una “economía nueva”, solidaria y social y con la necesidad de cierto “decrecimiento feliz”, y la gestión colectiva de los bienes comunes. Lo que, por supuesto, también nos indica cómo podría ser el posible transitar de la sociedad de la posesión a la del ser, de la competición a la cooperación, del saqueo a la preservación, de la opulencia/escasez a la suficiencia, a la frugalidad y a la sobriedad. Y esto no por angelical “franciscanismo”, sino porque desmarcarse de las constricciones productivistas y consumistas es, en última instancia, bello y liberador. Cuidar las cosas públicas nos identifica como pertenecientes a una comunidad y además aumenta las ocasiones de ocupación. Las luchas políticas por los bienes comunes definieron las condiciones de vida de las sociedades en el pasado. De hecho, con algo más de sofisticación, también regulan las nuestras.

Trabajar en esta línea, supone ir a una recuperación de los modelos de coparticipación y de decisión basados en la democracia directa, realmente participativa para todos aquellos ayuntamientos, comarcas, comunidades, grupos y redes ciudadanas, sujetos individuales o colectivos (y, ¿por qué no?, cooperativas y pequeñas empresas) que sean conscientes de la imposibilidad de seguir perpetuando un modelo tan irracional, devastador y despiadado como el vigente. Estas luchas también van a definir los derechos de las generaciones futuras.

En este contexto podemos entender, al menos en la perspectiva de medio alcance y todavía dentro del capitalismo, la potencia teórico-práctica de “La economía del bien común” tal como la conceptualiza Christian Felber de la Universidad de Viena en su libro publicado en España en el año 2012:

“La economía del bien común reposa sobre los mismos valores que hacen florecer nuestras relaciones humanas: confianza, cooperación, aprecio, co-determinación, solidaridad y acción de compartir”. Aclarando, además, que “En la economía del bien común el marco legal experimenta un giro radical al pasar de estar orientado según los principios de la competencia y avidez de lucro a los de cooperación solidaridad. El significado de éxito empresarial cambia de beneficio financiero a contribución al bien común” (13). (Felber, 2012).

Bien Común y Bienes comunes

En cualquier caso, está bien no confundir el concepto de “bien común”, sin más determinaciones y el de “bienes comunes” (commons) que siempre va referido a entidades específicas y limitadas, aún en los casos de ser bienes globales o difusos: como lo son, por ejemplo, el agua o el atmosfera, la información, los saberes, la educación… Bien común, desde San Agustín en adelante, nos remite a una concepción armónica y unitaria de la sociedad, de sus fines últimos, de sus intereses y de la convivencia. El tema de los bienes comunes refleja, sin embargo, conflicto: contra la apropiación, o el intento de apoderarse de algo que así se sustrae al disfrute o a la fruición de una comunidad de referencia. Una comunidad que no incluye nunca a todo el mundo, sino que se opone de todas formas a quien o quienes ­–privado o articulación del Estado- pretenden sacar de ese bien ventajas particulares, excluyendo a los otros. En esta acepción, la relación con los bienes comunes implica (tanto en la reivindicación como en el ejercicio de un derecho adquirido) formas de control compartido y de participación democrática en su gestión. Sabemos que el proceso de implicación de los sujetos potencialmente interesados en la gestión compartida de un bien común, puede dividirse analíticamente en tres estadios. “El último, y más definido, es el de la democracia deliberativa. Se decide según reglas claras la dirección que hay que dar a la gestión del bien y, si el bien es formalmente de propiedad pública, tiene que ser asumido por la autoridad o la administración competente, bajo el control de los sujetos que han tomado parte a la deliberación y de otros que se puedan añadir después. El estadio intermedio es el de la puesta en común de las diferentes hipótesis y soluciones. La dificultad estriba en que no estamos acostumbrados a hacerlo: siglos de expropiación del poder deliberativo nos han vuelto intolerantes e incapaces de recurrir al arma de la persuasión. La verificación más grotesca de este hecho son, para quien ha tenido esa experiencia, las asambleas de condominio. Desde este punto de vista, la participación en un proceso de gestión compartida de un bien, o incluso solo a su reivindicación, es para todos una escuela de democracia y de tolerancia. Sin embargo, la primera fase es la más difícil. Muchos sujetos, de repente implicados en un proceso de participación, y acostumbrados a considerar su propia exclusión una condición “natural”, no consiguen durante un tiempo más o menos amplio ceñirse al tema: tienen necesidad de desahogarse de “vomitar” en público sus propias frustraciones, de sentirse acogidos y respetados. Sería terrible considerar esta fase una pérdida de tiempo, es un requisito indispensable de la democracia participativa” (Viale, 2012).

No hay atajos: la participación de quien reivindica o intenta llevar a cabo una gestión compartida de un bien común es, en la sociedad actual, un proceso conflictivo y así seguirá siendo durante mucho tiempo. Dará lugar a enfrentamientos cotidianos e intensos contra quien aspira a la apropiación privada o a una administración puramente formal de ese bien, o la haya alcanzado y la pretende mantener. Los procesos participativos y las luchas son pues el terreno donde se construye y se consolida la fuerza y la organización para oponerse a una gestión privada o excluyente.

En los procesos participativos, hasta cuando no haya sido formalizado y aceptado un sistema de reglas, no se vota. Nunca van a participar la totalidad de las personas interesadas y quienes participan no puede pretender representarlas. Participan porque tienen una idea, una experiencia, una competencia, un saber hacer que quiere poner en valor y a disposición de los demás. Si no se alcanza el consenso de una amplia mayoría, será mejor volver a proponer el debate partiendo de una base más extensa de carácter territorial (implicando otros sujetos) o sectorial (introduciendo nuevas temáticas), para así alterar las alineaciones pre-constituidas. Si tampoco así se alcanzase el acuerdo, se abre el conflicto sobre el que las diferentes tesis en campo intentaran hacer valer sus razones fuera del contexto participativo, hasta cuando la modificación de las relaciones de fuerza permitirá que se reabra el debate sobre diferentes bases. La democracia participativa y la gestión compartida de los bienes comunes se construyen sobre saberes técnicos y sociales difundidos entre la población, aunque son al mismo tiempo una extraordinaria escuela para profundizar, promover y difundir estos saberes. La reapropiación compartida de un bien común, incluso el más general y difuso, como la atmosfera –para preservarla de la sobrecarga de gases efecto invernadero- o la cultura –para garantizar su acceso a todo el mundo- es un proceso que requiere y al mismo tiempo promueve la “territorialización” de los procesos; el acercamiento entre producción y consumo, entre usuarios y gestión.

Notas

(7) La cita corresponde a Stefano Rodotá, jurista y uno de los autores de la Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea.

(8) Muy útiles, para profundizar en la concepción de Internet y las tecnologías sociales como Bienes Comunes son los trabajos del argentino Ariel Vercelli (Vercelli, 2010).

(9) El banco Credit Suisse tiene el buen gusto de informarnos del hecho de que solo en el último año de “crisis” aguda vivida en el mismo Estado español los millonarios, es decir aquellos que poseen más de 1.000.000 de dólares, aumentaron un 13%. Esto supone que esa lista exclusiva se ha incrementado en 47.000 personas, alcanzando para mediados de 2013 la cifra de 402.000 millonarios. 30 familias manejan más de 32.000 millones de euros. http://www.naiz.info/eu/iritzia/articulos/crisis-lo-que-nos-ensenan-los-datos

(10) Nada que ver con ese bien estar que sólo los estados (del bienestar) y el buen estado de los indicadores económicos pueden aportar a sus súbditos. ‘Estar’ se está en establos, la ‘buena vida’ sólo podemos dárnosla nosotros a nosotros mismos. La propia expresión castellana lo dice: “Darse la buena vida”. Recomendamos el análisis de Enmanuel Lizcano sobre las metáforas de la crisis (Lizcano, 2009).

(11) Este texto es un extracto de la traducción del speech que el filosofo esloveno Slavoj Zizek mantuvo con los manifestantes de Occupy Wall Street. El discurso integral se halla en la web http://www.occupywallst.org.

(12) Aunque el cuadro sea de por sí muy nítido en su violencia, la llamada opinión pública no consigue hacerse de ello una opinión clara y sobre todo no consigue entrever vías de salida. Bascula entre angustias apocalípticas y esperas confiadas de hombres providenciales, colgada del molinillo de cifras que le es propinada de forma cotidiana. La prima de riesgo, los índices bursátiles, las tasa de cambio y de interés, los miles de millones son los números mágicos de la cábala posmoderna. Si hay un elemento característico de la actual fase política, esto es la potencia determinante del sistema mediático, totalmente subordinado al financiero y al Ibex35. Cuando hablamos del 1% y del 99%, de por sí no salimos de un relato, de un bonito relato y, sin embargo, engañoso. Es cierto que la inmensa mayoría está descontenta y asustada, pero, sobre todo, está confusa y desorientada. Una de las claves de nuestro tiempo (tratarla sería otro trabajo) consiste en la “captura” cognitiva de los cuerpos sociales, encerrados en una jaula que deforma su visual y le impide ver la situación en la que se hallan. Como resalta Etienne Balibar “el combate no es entre dos grupos preexistentes (grandes y pequeños, explotadores y explotados, detentadores y víctimas del poder), sino que los antagonismos, las contradicciones y los conflictos atraviesan los modos de vida, los modelos de actividad y de consumo, los intereses y las formas de conciencia de los grupos sociales”.

(13) La llamada Economía del Bien Común ya está siendo aplicada por cientos de pequeñas y medianas empresas de Austria, Alemania, Italia y por diversas municipalidades de esos países. En España se están dando los primeros pasos y creando “centros energéticos” en Cataluña, en el País vasco y en el País Valenciano. Siendo una propuesta análoga (sólo que aplicada a los “balances” de la empresa privada), al avance desarrollado por NN.UU. con el Índice de Desarrollo Humano frente a la mera medición del PIB de los Estados, podemos desde ya ver sus límites. En cualquier caso, constituye sin duda un “dispositivo analizador” de calado para dejar en evidencia tanto la denominada “Responsabilidad Social Corporativa”, impostura ideológica que pertenece de lleno al campo del marketing de las trasnacionales, como la imposibilidad de reforma ética del capitalismo.


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