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SOY PÚBLICA...Y MUCHO MÁS

Miércoles 1ro de febrero de 2012 por CEPRID

Mailer Mattié

Rescoldos/CEPRID

Los pueblos del planeta estamos atravesando un momento crítico para el devenir de la humanidad que exige superar el ámbito de las reivindicaciones; rumbo que parecen seguir cada día más los nuevos movimientos sociales que, como el 15M en el Estado español, han decidido romper las murallas que atan la realidad al marco conceptual de las ideologías y sus banderas. Los graves problemas sociales y medioambientales que ha creado la economía industrial, dan la pauta del compromiso y la creatividad a los que estamos obligados todxs para lograr construir nuevas oportunidades individuales y colectivas. El mercado sin límites se ha apropiado de cada uno de los aspectos de nuestra vida social. Como bien puntualizó Iván Illich (1926-2002) en los años setenta del siglo pasado, en la sociedad industrial la medicina enferma, el transporte paraliza y la educación atonta. Atrapados en el ámbito de la reivindicación, hemos sujetado, además, nuestra participación en los asuntos públicos a los intereses de los partidos políticos, ignorando que se han transformado de medios en fines y que su principal objetivo es crecer y mantenerse en el poder. Hemos permitido, pues, que la sociedad delegue en instituciones al servicio de los mercados el cuidado de nuestra salud, la libertad de movilizarnos y la educación de las personas, actividad vital que ha quedado reducida a la escuela (pública o privada) y a la escolarización obligatoria. Con tales características, sin duda, la educación es más un instrumento que contribuye a la opresión social y menos un medio al servicio de la libertad de los individuos. Transformar la educación a favor de los seres humanos y no de las necesidades del mercado y de la sociedad industrial requiere, entonces, mucho más que exigir determinadas reivindicaciones. Como sabemos, la economía ha determinado también el carácter de las necesidades humanas, creando uno de los grandes mitos del mundo moderno al hacernos creer que las necesidades de las personas son infinitas, mientras sus satisfactores son siempre escasos. En este sentido, puede resultar útil para la reflexión sugerir que una educación alternativa debe estar asociada a un modelo también alternativo de las necesidades humanas.

Meses antes de morir, la joven filósofa francesa Simone Weil (1909-1943) escribió en Londres un conjunto de ideas sobre una nueva sociedad posible, publicadas después bajo el título “Echar raíces”. Fiel a su personal búsqueda de la verdad, a la que vinculaba sin dudar con la justicia y con la belleza, una de sus certezas de mayor alcance es la definición de las necesidades humanas como “necesidades terrenales del cuerpo y del alma”; la noción, tal vez, que mejor expresa la esencia de su pensamiento sobre la vida y el mundo social. El cuerpo humano –afirmó- necesita sobre todo alimento, calor, sueño, higiene, reposo, ejercicio y aire puro; las necesidades del alma, no obstante, se ordenan por parejas complementarias. Así, el alma humana necesita igualdad y jerarquía; obediencia consentida y libertad; verdad y libertad de expresión; soledad y vida social; propiedad personal y colectiva; castigo y honor; participación en tareas comunes e iniciativa personal; seguridad y riesgo. Pero ante todo –enfatizó-, el alma humana necesita arraigo, echar raíces en un medio natural que permita sentir a la persona que forma parte del universo. Siguiendo este camino superó, de hecho, el discurso de la modernidad al renovar el significado de ciertos conceptos que han sido usualmente asumidos como contradictorios y excluyentes unos de otros.

La satisfacción de las necesidades terrenales, sin embargo, la concibió sujeta a determinadas condiciones y limitada solo por la carencia de los demás. Así pues, las jerarquías habrán de ser legítimas, en referencia a una escala de responsabilidades y ajenas a las que se derivan del poder político o económico; una autoridad es legítima porque cuenta con el reconocimiento moral de la colectividad y, en consecuencia, no reclama imposición. Solo las jerarquías legítimas –decía Weil- pueden gobernar en un ambiente saludable que no priva a los individuos de obediencia consentida.

La verdad, por su parte, exige que todos los miembros de una comunidad tengan acceso al conocimiento para defender el bien y la justicia y protegerse a sí mismos de los errores, de la manipulación y de la mentira. La libertad, por su lado, significa múltiples posibilidades de elegir, restringidas sólo por las normas que establecen las jerarquías legítimas; si no hay libertad para pensar –escribió-, los límites al pensamiento se traducen en límites a la libertad. El trabajo colectivo, la responsabilidad y la iniciativa satisfacen, asimismo, la necesidad que tiene el ser humano de ser útil; en la sociedad moderna, tal satisfacción se circunscribe casi exclusivamente al mercado de trabajo, y fuera de él las personas deben enfrentar graves consecuencias morales y materiales. Los seres humanos necesitan igualmente un grado de seguridad que proporcione protección ante la vulnerabilidad y la violencia en todas sus manifestaciones; no obstante –afirmó Weil-, el riesgo constituye un incentivo indispensable en el desarrollo de la vida. El honor, por su parte, otorga consideración en el espacio social donde se vive y la propiedad colectiva ofrece sentido de pertenencia al grupo social; las personas, además –pensaba-, deben poseer su propia casa y un pequeño trozo de tierra de cultivo a su alrededor.

Aunque es probablemente el arraigo –afirmó-, la mayor necesidad vital de los seres humanos; es decir, su participación en una red de vínculos sociales definida por elementos comunes en referencia a la cultura, la lengua, el pasado histórico y las perspectivas de futuro; un pasado común que sustenta a los miembros de la comunidad, a la vez que inspira y orienta su porvenir. De hecho, consideraba criminal todo aquello que pudiera desarraigar a una persona e impedirle echar raíces, como la destrucción de las tradiciones de un pueblo, la guerra, la dominación económica y el dinero, al que recomendaba desacreditar porque reduce las iniciativas humanas a la codicia y el poder. Pensaba, además, que también la educación puede llegar a constituir un instrumento de desarraigo, cuando se dirige a la vulgarización de los conocimientos y de la cultura y siembra en las personas la indiferencia hacia la verdad; es decir, la indiferencia hacia la justicia y el bien. Weil creía, asimismo, que las limitaciones del mundo moderno para satisfacer las necesidades humanas tenían una de sus causas en la insuficiencia del sistema de derechos, al no contemplar como punto de partida las obligaciones. El derecho desvinculado de las obligaciones –escribió-, está ligado solo a cuestiones personales, conduce a la noción de persona y excluye a la colectividad. Es decir, remite a la propiedad privada, la igualdad y la libertad excluyendo, en consecuencia, sus complementos como la propiedad colectiva, la jerarquía legítima o la obediencia consentida. Su definición del carácter complementario de las necesidades terrenales permite deducir, por tanto, que el fin último de una organización social es garantizar que todos sus miembros puedan satisfacerlas, para lo cual se requiere el desarrollo de múltiples y diversos medios e instrumentos donde la educación jugaría un papel fundamental. Un aspecto que le permitió también superar el modelo de la sociedad moderna que confunde los medios y los fines; el sistema político y la economía –afirmó-, se conciben como fines, cuando en realidad deberían ser medios al servicio del bienestar humano. Según Weil, pues, solo un orden social que contemple esta metamorfosis puede considerarse apropiado y convenir al pleno desarrollo humano de las personas, convertido en una verdadera alternativa a todas las manifestaciones de la injusticia, de la opresión y el desarraigo.

Mailer Mattié es economista y escritora. Este artículo ha sido publicado originalmente en la revista RESCOLDOS Nº 25 de la Asociación Cultural Candela, Madrid, diciembre de 2011.


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