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SIMONE WEIL: SUBORDINAR AL AMOR LA INTELIGENCIA

Domingo 18 de septiembre de 2016 por CEPRID

Mailer Mattié

Instituto Simone Weil/CEPRID

En el LXXIII aniversario de su muerte

Para subordinarse a la facultad del amor, las demás facultades deben encontrar ahí cada una su bien propio; y particularmente la inteligencia, que es la más valiosa después del amor. Simone Weil (Carta a un religioso, 1942)

La espiritualidad –para la que Weil exigió el tratamiento riguroso de un concepto científico- es la conciencia de la verdad sobrenatural: una condición de la inteligencia que determina la diferencia infinitamente pequeña entre la conducta humana y la conducta animal.

El mundo moderno ha desestimado esta conciencia, cuyo profundo anhelo, sin embargo, es imposible de satisfacer consumiendo servicios y mercancías “espirituales” que fomentan la ignorancia y el fanatismo, manteniendo a las personas apartadas del auténtico conocimiento.

Tal como Weil expuso al sacerdote dominico Jean Couturier en 1942 (Carta a un religioso), una sed insaciable de espiritualidad caracterizó también al Imperio romano, un régimen totalitario y materialista centrado en la adoración al Estado, la esclavitud, el uso de la fuerza y la conquista. Una apremiante necesidad que surge, pues, cuando la verdadera espiritualidad es reemplazada por la idolatría que es su contrario: es decir, por el culto a las instituciones, al líder, al dinero, al prestigio y a las ideologías próximas siempre a la mentira y el error.

La ausencia de espiritualidad, por tanto, tiene también sus raíces en la hegemonía de las religiones que no son auténticas, sino idólatras, incluyendo el cristianismo que –a criterio de Weil- perdió sus fundamentos originales cuando se integró oficialmente al Imperio romano.

De hecho, para comprender la trascendencia del pensamiento weileano -su complementariedad como crítica a la sociedad moderna e inspiración para construir una civilización digna de ese nombre-, resulta imprescindible, en efecto, tener presente siempre su perspectiva acerca de la religión cristiana.

A su juicio, en realidad, poco quedó del cristianismo inicial después de su adopción como religión del Estado en Roma, en la medida que supuso la desaparición de antiguas tradiciones que formaron parte de su contenido anterior a la vida de Cristo. Weil, en particular, hizo referencia al exterminio de los druidas tras la invasión de la Galia y a la supresión de los Misterios de Eleusis, cuyo origen se remonta a 1500 a.C. durante la época micénica en la región del Egeo.

Los druidas fueron extinguidos, efectivamente, durante el mandato del emperador Claudio (año 41 al 54 d.C.); el emperador Teodosio, por su parte, con el objetivo de desmantelar la resistencia pagana a la imposición del cristianismo como religión imperial, ordenó por decreto en 392 d.C. el cierre de los santuarios de los Misterios de Eleusis -a 30 Km. de Atenas-, incluyendo probablemente también el Eleusión, un edificio ceremonial situado en la Acrópolis.

Para Weil, ciertamente, la renuncia voluntaria de Dios, su aparente ausencia de este mundo –la descreación-, constituía una de las ideas primordiales derivada de esas antiguas tradiciones que nutrieron el cristianismo primigenio; es decir, una idea adversa a la idolatría. Así, escribió al padre Couturier: Las religiones que han concebido esa renuncia son la verdadera religión, la traducción a lenguas distintas de la gran revelación. Las religiones que presentan a la Divinidad ejerciendo su dominio allí donde puede hacerlo, son falsas. Aún cuando sean monoteístas, son idólatras.

El espectáculo de este mundo –reiteró- es todavía una prueba más segura de esa ausencia, porque el bien puro no se encuentra aquí en ninguna parte. Además, otra demostración de que el contenido del cristianismo auténtico era anterior a Cristo –concluyó-, es que no ha habido desde entonces cambios muy considerables en el pensamiento humano.

Weil, de hecho, otorgó enorme significado a la reflexión sobre estas cuestiones, al considerar, sobre todo, la urgencia de resolver la separación que existe, desde hace al menos veinte siglos, entre la vida profana y la espiritualidad en el mundo cristiano; una solución práctica, sin duda, de importancia capital que implicaría una verdadera revolución en tiempos modernos.

En su opinión, pues, la distancia entre la Antigüedad (druidas, griegos, egeo-cretenses, egipcios, etcétera) y el cristianismo, es la misma que existe entre nuestra vida pagana –como idólatras- y nuestra vida espiritual; separación, por otra parte, que impide al cristianismo impregnar el orden social y profano como debiera, puesto que la desconexión entre las instituciones civiles y la vida religiosa es un crimen, principalmente en relación con la satisfacción de las necesidades del cuerpo y del alma de los seres humanos.

Nacemos y vivimos, entonces, castigados, en la mentira –escribió en La fuente griega-; del mundo no vemos más que las sombras y las apariencias; nacemos y vivimos en la pasividad, no nos movemos y las imágenes pasan ante nosotros como en el cine; no elegimos nada, no tenemos ninguna libertad y amamos, además, semejante ignominia.

Nacemos y vivimos, en fin, en la inconsciencia; vale decir, no sabemos que estamos sumergidos en la mentira y que somos pasivos; los errores nos hacen creer que las sombras son reales: nos alojamos, pues, en una caverna, noción cuya raíz probable identificó Weil precisamente en la tradición de los Misterios de Eleusis, también al considerar a Platón más que un filósofo, discípulo de antiguos conocimientos adquiridos no solo en Atenas.

II

Junto a la degradación de nuestra inteligencia por la acción de la idolatría que impide acercarnos a la verdad sobrenatural, la civilización contemporánea ha corrompido igualmente la virtud del amor, cuyos objetos más inmediatos identificó Weil como las únicas cosas de este mundo donde puede ser percibida la presencia del Creador, aunque de manera velada.

En el ensayo “Formas del amor implícito a Dios” (1942), en efecto, además de las ceremonias religiosas y de la amistad pura, Weil definió el amor al prójimo y a la belleza del mundo como maneras complementarias de amor indirecto a Dios; ambas presentes en otras épocas, en expresiones y grados distintos, que han alcanzado, sin embargo, un elevado nivel de degradación en los últimos tiempos.

Hoy día, en realidad, la facultad del amor en todas sus manifestaciones ha devenido, en el mejor de los casos, principalmente en sentimentalismo: degeneración, por lo demás, a la que tanto han contribuido en conjunto la ciencia, la literatura, el cine, la educación, la música y la tecnología.

Así, por ejemplo, el sentimentalismo orientado al prójimo se limita habitualmente al ámbito de quienes comparten nuestro origen, nuestra posición social, nuestros ídolos o nuestras opiniones y creencias; fuera de ese espacio, en general se expresa en términos que suelen ocultar velados intereses políticos y económicos como “solidaridad”, “tolerancia”, “ayuda humanitaria” o “cooperación”, cuya definición, de hecho, excluye siempre las múltiples fuentes de la injusticia.

Profunda degradación que constituye, indudablemente, una significativa pérdida de lo humano, pues nuestra sensibilidad –como nos recuerda Weil- ha sido concebida para percibir no solo la desdicha, sino también la sublime y prodigiosa belleza del universo del que formamos parte.

III

Un aspecto de la degeneración de la virtud del amor al prójimo es, desde luego, el notable énfasis que se confiere cada vez más a las diferencias, a la alteridad que implica la aceptación de la existencia del “otro” como un no prójimo, distinto y lejano; énfasis, por lo demás, favorecido por determinados criterios académicos e ideológicos en beneficio de los sempiternos intereses de los Estados y las economías dominantes, en su cruzada permanente para instalar en este mundo el desarraigo.

Nos mantenemos, por tanto, ajenos a la certeza de la integridad de la familia humana: conformamos una unidad -escribió Nikola Tesla a comienzos del siglo pasado-, aún cuando la ciencia no haya desarrollado todavía un método que pueda demostrarlo.

El amor al prójimo, no obstante, es la virtud que permitiría expresar la unicidad de nuestra especie.

Hemos recibido, de hecho –escribió Weil-, el poder de hacer bien y mal no solo al cuerpo, sino también al alma de nuestro prójimo; en consecuencia, solo la conciencia de nuestra integridad podría inspirar la práctica virtuosa de la verdadera justicia en la vida social.

Weil estimó, en efecto, que no debería existir distinción alguna entre el amor al prójimo y la justicia, pues solo su plena identificación podría lograr que la compasión y la gratitud acontecieran en medio del respeto absoluto a la dignidad humana, evitando así sus formas serviles y humillantes.

En su opinión, entonces, el verdadero significado del amor al prójimo supone que cualquier ser humano debe ser tratado con justicia –no solo con bondad- y superar, de este modo, los límites del sistema jurídico que excluye la obligación para quien posee de dar.

De tal manera –expresó-, podría hacerse de la justicia algo auténticamente bello.

IV

El orden del universo es sagrado porque es ajeno al error y a la falsedad, no admite nada contrario a la verdad; su propósito, además, es la belleza y amarla, por tanto, es una forma de amar la verdad: el complemento del amor al prójimo que es amor a la justicia.

Para Weil la belleza del mundo representaba, asimismo, la imagen del “renunciamiento creador” de Dios; la única prueba de su existencia, aunque ninguna facultad que no sea el amor puede llegar a reconocer al Creador. La belleza que proviene, pues, de aquello que los estoicos llamaron “logos”, cuyo significado original era “relación”, “proporción”: es decir, la mediación entre Dios y su obra; en otras palabras, la armonía que surge de la unión complementaria de los opuestos (día/noche, prisa/lentitud, invierno/estío, femenino/masculino, etcétera).

El estoicismo griego, en realidad –puntualizó-, fue, junto a la obediencia y la humildad, casi exclusivamente amor a la belleza del mundo –Amor Fati-; virtud que ocupó ciertamente un lugar muy importante en el pensamiento antiguo, impregnando la vida individual y social de “maravillosa poesía”: el universo –escribió- equivale a una patria porque es hermoso y puede ser amado; es nuestra única patria en esta vida.

Una virtud que suponía para Weil, además, el amor a todas aquellas cosas hermosas susceptibles de ser destruidas, entre las cuales destacó las obras auténticas de la ciencia y del arte. Incluyó también las antiguas ciudades que reflejan de algún modo la armonía de la Creación; no obstante –advirtió-, cuanto más forma de nación adquiere un espacio social, cuanto más pretende ser patria, más deformada será la imagen que ofrezca, puesto que la nación es contraria a la belleza del mundo.

Una virtud, en fin, ausente en la tradición cristiana y en general en el pensamiento moderno –una “terrible laguna”-, a tal punto que casi hemos perdido enteramente nuestra sensibilidad a la belleza a causa del desarraigo en el que vivimos.

V

Sin la inspiración del amor al prójimo y a la belleza del mundo –“aún cuando sea un amor limitado, pues es raro que exista en forma pura”- Weil dedujo que la humanidad continuaría completamente extraviada, dado que es la única facultad que podría encauzar la práctica de la auténtica justicia y aproximarnos a la verdadera espiritualidad, en lugar de permanecer hundidos en el error y en la idolatría; es decir, inmersos en el profundo malestar de la inteligencia que se deriva de la imperiosa necesidad de subordinarla al amor.

Subordinación que supone, desde luego –igual que en determinados momentos de la Antigüedad-, la traducción del pensamiento en acción virtuosa que reivindique la certeza de la integridad de nuestra especie y atenúe, asimismo, la desdicha y el mal que provienen de la injusticia.

Se trata, en fin, de orientar la inteligencia al bien, teniendo en cuenta que aquí en la tierra, en ausencia de Dios, solo es posible el bien que es limitado, el que se agota, cuya matriz es el amor, pues únicamente mediante la justicia y la verdad es posible limitar el mal.

Las cadenas caen –escribió Weil- si nos damos cuenta que la irrealidad –ese arsenal de errores y de mentiras que anida en la parte mediocre del alma- de la caverna donde reinan las sombras no es todo, que hay algo mejor y que es preciso buscarlo.

Mailer Mattié es economista y escritora. Este artículo es una colaboración para el Instituto Simone Weil de Valle de Bravo en México y el CEPRID de Madrid.


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