CEPRID

LA DEGRADACIÓN DE LAS ASPIRACIONES

Jueves 30 de noviembre de 2017 por CEPRID

Mailer Mattié

Instituto Simone Weil/CEPRID

La humildad consiste en saber que en eso que llamamos “yo”, no hay ninguna fuente de energía que permita elevarse. Ya no se sorprende uno entonces de las bajezas humanas, incluso las propias, del mismo modo que no nos sorprende el hecho de no ver a los hombres caminar sobre los lagos; y sin embargo, se sabe que la vocación propia del hombre es caminar sobre los lagos. Simone Weil (Cahiers, II)

Acomete la dificultad por su lado más fácil. Ejecuta lo grande comenzando por lo más pequeño. Lao-Tse (Tao Te King)

El gran desarrollo neuronal y de la mente en el curso de la evolución humana aconteció, sin duda, unido a la pasión y al intenso anhelo de nuestros ancestros por la supervivencia. Tal vez porque la sede de las emociones es la estructura más antigua de nuestro cerebro, lograron alentar ese profundo entusiasmo, uno de los dones más preciosos que la naturaleza concedió a nuestra especie.

Una pasión, desafortunadamente, ajena a las aspiraciones de la vida moderna, rebajadas al nivel del dinero, del poder y del orgullo. De hecho, el lento perfeccionamiento del lóbulo frontal durante un período de tiempo probablemente imposible de calcular, determinó el diseño final del Homo Sapiens, cuyo rastro más antiguo, descubierto en Etiopía, data de unos 195 mil años. La única especie de Homo que perdura, desde la desaparición del hombre de Neandertal hace 28 mil años.

Un privilegio que dotó a nuestros antepasados de libre albedrío, voluntad de aspiración (1), espiritualidad de la inteligencia y anhelo de verdad, cualidades indispensables para superar la sumisión al mero instinto animal –cazar, comer, dormir y reproducirse requiere una estructura cerebral más simple- y, por tanto, para ejercer el control de las emociones y emprender la práctica de aquellas destrezas – manuales e intelectuales- al servicio de la pasión por sobrevivir en medio de condiciones muy severas. El paso más trascendente de la especie humana –el acontecimiento culminante, en palabras de Lewis Mumford- (2), no obstante, fue la creación de la mente a partir de la estructura biológica y perecedera del cerebro; una relación que la ciencia no ha alcanzado a comprender todavía, según confirma la investigación neurológica. Al poseer un órgano tan complejo como el cerebro –dice Mumford-, la especie humana tuvo que aprender a utilizarlo. Es decir, precisó cultivar la facultad de comprender y organizar el mundo que habitaba, construir la memoria colectiva y transmitir generacionalmente la experiencia y el conocimiento mediante el ritual y el lenguaje, la técnica, la ciencia o el arte, superando así las limitaciones biológicas que impone la brevedad de la existencia individual.

La imperiosa necesidad, por lo demás, de establecer un nexo entre pasado y porvenir, el vínculo que los pueblos de la Antigüedad consideraron imprescindible para construir un orden social orientado al equilibrio, a la armonía, al júbilo que imprime a la vida colectiva la satisfacción de las auténticas necesidades humanas, las del cuerpo y las del alma.

Sin nuestra capacidad para otorgar significado al mundo –sin nuestra mente-, entonces, nada existiría; una habilidad que atribuye a los seres humanos obligaciones superiores ineludibles.

II

Notables hazañas -relacionadas en mayor medida con aspiraciones inmateriales y menos con otras motivaciones-, ciertamente, pusieron de manifiesto el grado de desarrollo del cerebro y el potencial de la mente humana.

Prueba es, sin duda –siguiendo a Mumford-, la lenta evolución técnica de la humanidad respecto a la fabricación de herramientas – transcurrieron unos 50 mil años entre el hacha de piedra y la invención del arco y la flecha, por ejemplo-, frente a las tempranas y significativas innovaciones en referencia al orden social y a la conducta moral, aun cuando no dejaron huella material como en el caso de los instrumentos de trabajo.

De hecho, las necesidades físicas –alimento, sueño, calor, ejercicio, etcétera- no limitaron las actividades y los esfuerzos de nuestros ancestros. En realidad, la voluntad de aspiración cristalizó con intensidad en la creación de orden –esa necesidad del alma-, símbolos, cosmovisiones y cultura.

Así –explica Mumford-, el fundamento original de un orden social estable y equilibrado fue el ritual; la innovación que permitió controlar el comportamiento individual, promover la ayuda mutua, proteger y mantener unido al grupo y transmitir la experiencia y el conocimiento conservando, de este modo, el pasado.

El trabajo manual, por otra parte, además de aparejos e instrumentos, proporcionó pronto a los humanos tenacidad y disciplina para la creación. Trabajando la piedra –sostiene Mumford-, el hombre primitivo aprendió a respetar el principio de realidad; es decir, la necesidad de realizar un esfuerzo intenso y persistente para obtener una recompensa lejana en el tiempo; contrario al principio del placer que predomina en la vida contemporánea, sustentado en la obediencia a caprichosos impulsos momentáneos y la espera de una respuesta inmediata a cualquier labor, aun insignificante.

III

De esta manera, entonces, sin las grandes gestas que tuvieron lugar durante cinco mil años de cultura neolítica (8000 a.C.-3.500 a.C.), por ejemplo, el desarrollo posterior de la civilización no habría sido posible.

En efecto, la domesticación en conjunto de plantas y animales empleados como alimento y materia prima –prácticamente todos los que conocemos provienen del neolítico-, la regeneración del suelo para la agricultura, la construcción de viviendas y aldeas que se esparcieron por el mundo y la implementación de formas de auto gobierno a través de jerarquías legítimas en los ancestrales Consejos de Ancianos, pusieron a disposición de la humanidad no solo enormes recursos materiales, también una percepción de orden y seguridad nunca antes experimentada.

Teniendo en cuenta, asimismo, que la domesticación de plantas y animales se llevó a cabo con un escaso desarrollo de las herramientas –el arado no se conoció hasta la Edad de Hierro, 1400 a.C.-, la cultura neolítica fortaleció, sin duda, el principio de realidad en torno al trabajo considerado como una actividad vital prolongada, tenaz y continua para el beneficio de las generaciones futuras.

La proeza de alimentar a un gran número de personas en áreas pequeñas y la posibilidad de habitar en el mismo lugar durante todo el año, consolidó, en fin, el sentimiento y la satisfacción del arraigo, otra de las necesidades del alma.

Las figuras del arte neolítico que representan a mujeres y diosas pródigas y exuberantes, halladas en regiones del Mediterráneo, el Atlántico, el Egeo o el Mar Negro, rememoran, probablemente, aquella fecundidad y abundancia: el júbilo del libre albedrío, del anhelo de supervivencia y del triunfo de las aspiraciones en un mundo ajeno aún a la escritura y a otras formas de expresión simbólica.

No obstante, para rendir culto al progreso, traicionamos cada día ese legado de múltiples maneras. Así, por ejemplo, a la vertiginosa desaparición de numerosas variedades de alimentos y fuentes naturales de materias primas durante el último siglo, hay que agregar las consecuencias de la propagación por todo el planeta de los cultivos modificados genéticamente -la homogenización y pérdida de calidad de la alimentación humana y la aparición de riesgos impredecibles, entre otras-.

A partir de la degradación de nuestras propias aspiraciones, hemos consentido, pues, que la avaricia de los monopolios industriales de la agricultura y la alimentación destruya, impunemente, una parte vital del legado procedente de la inventiva y la tenacidad de nuestra especie.

En la medida en que la actual civilización degenere, sin embargo, tal vez el sufrimiento nos obligue a reconocer, por vez primera –como esperaba Mumford-, el verdadero significado de la cultura neolítica y su valor como una fuente inestimable de inspiración.

IV

La aldea neolítica dio paso a la ciudad y la fertilidad de la tierra se transformó en producción de excedentes. A partir del tercer milenio a.C., en efecto, surgió una nueva cultura, favorecida por la aparición del lenguaje escrito y apoyada en las nuevas instituciones negativas que servirían de base al desarrollo de lo que conocemos como la “civilización”.

Mumford asoció su origen precisamente con el crecimiento del cultivo intensivo de cereales –principalmente trigo y cebada- en Egipto y Mesopotamia, gracias sobre todo al empleo de abono orgánico, del riego y a la cuidadosa selección de las semillas.

Es decir, la organización social que nació al amparo de la monarquía –la innovación que sustituyó a la estructura democrática de la aldea neolítica- y su alianza con las élites religiosas que monopolizaban el conocimiento, cuyos rasgos generales han permanecido constantes desde entonces: la centralización del poder político, la estructura jerárquica de la sociedad, la división del trabajo, la mecanización de la producción, el uso de la fuerza y el poder militar, la explotación y opresión de los trabajadores, la guerra y la conquista.

Un orden, en consecuencia, que subordinó al individuo a la colectividad y donde los medios para la satisfacción de las necesidades –la política, la economía y el conocimiento, entre otros- se convirtieron en fines; las leyes que han regido la continuidad de la historia humana hasta hoy, anulando nuestra voluntad de aspiración.

Una cultura, por tanto, diferenciada de las necesidades humanas que se extendió por el mundo, desde el Lejano Oriente hasta América Central, llegando al norte de Europa unos dos mil años más tarde.

Un modelo autoritario que impuso, además, un cambio de escala y de ritmo en todos los ámbitos de la vida social, expresado en obras como la construcción de grandes templos y ciudades, en el formidable crecimiento de la producción y en las nuevas formas de organizar el trabajo colectivo.

La mayor empresa de la creatividad negativa de esta primera civilización, de hecho, fue la creación de lo que Mumford denominó la máquina arquetípica o mega máquina, de la cual son expresiones la máquina laboral y la máquina militar; es decir, la organización mecanizada del trabajo y de la conquista, la destrucción y la guerra.

La máquina laboral, por ejemplo, podía integrar entre 25 mil y 100 mil individuos, cada uno encargado de una tarea específica, con el objeto de construir obras inmensas como las pirámides, el paradigma que demostró a la perfección las singulares propiedades y el poder de aquel complejo técnico y social.

Trabajadores pasivos, con una mente condicionada mecánicamente para ejecutar cada tarea siguiendo el más estricto cumplimiento de las órdenes recibidas; capaces, por lo demás, de sobrellevar una intensa monotonía que anticipaba –en palabras de Mumford- el supremo aburrimiento universal de nuestro tiempo.

Seres humanos –subrayó- tremendamente dóciles para soportar ese régimen, o suficientemente infantiles para disfrutar de él.

Con el desarrollo de la mega máquina, en suma, la división del trabajo a gran escala entre funciones y oficios –entre trabajo intelectual y manual, entre quienes ordenan y quienes ejecutan-, se extendió a todas las tareas; una organización laboral incapaz de admitir cualquier tipo de información que alterara las órdenes recibidas a través de la burocracia, otra de las instituciones negativas que aún perduran.

La invención de la mega máquina, en realidad, convirtió el trabajo en un castigo, en un instrumento de la subordinación del individuo a la colectividad, en un fin. En consecuencia, la convicción de que el trabajo era degradante para el espíritu humano, envileció todas las ocupaciones manuales.

V

En el transcurso de los siglos IX a VI a.C., no obstante, se produjo en Europa, Asia y Oriente Medio una significativa reacción contra los postulados y las instituciones de este orden social infrahumano.

Una revuelta del pensamiento, de la espiritualidad de la inteligencia, que amenazó con destruir el sistema de poder de la monarquía, cuestionando radicalmente las formas de idolatría que condicionaban el libre albedrío y generaban una profunda división entre los seres humanos.

Es suma, una rebelión de origen espiritual contra la subordinación del individuo a la colectividad y la degradación de las aspiraciones; una sublevación –como la definió Mumford- del hombre interior contra el mundo exterior, imposible de ser reprimida con la fuerza.

Un movimiento, en fin, que consiguió desacreditar –a juicio de Mumford-, no solo las instituciones negativas y los fracasos de aquella primera civilización; también sus proezas que envilecían a la humanidad y mancillaban el espíritu, aspirando a construir una nueva era, un mundo donde el trabajo ya no fuera un castigo, sino el medio que pone en contacto a los seres humanos con los prodigios del universo.

Entre las voces más importantes que proclamaron las nuevas aspiraciones, Mumford cita a Hesíodo, Amos, Lao-Tse y a Buda Gautama.

Amos, pastor y profeta del siglo VIII a. C., originario del sur de Jerusalén, consideraba que servir a Dios significaba practicar la justicia social, no los sacrificios humanos.

Hesíodo, también pastor, agricultor y poeta, vivió en Grecia a mediados del siglo VIII a. C.; autor de Los trabajos y los días, predicaba que Zeus había dado al hombre el don de la justicia para vencer la aniquilación y el abuso de poder. Así, atribuyó exclusivamente al ser humano la responsabilidad del mal en el mundo, considerando el trabajo un valor para superar la aberración social y la decadencia de la humanidad.

Lao-Tse, pensador chino del siglo VI a.C., autor del Tao Te King –El libro del camino y de la virtud-, advirtió que el individuo erróneamente percibía solo la confrontación de los contrarios, ignorando su complementariedad -el Tao que los concilia, la máxima aspiración de satisfacer las necesidades del alma-.

Buda Gautama -El que despertó- nació en el actual Nepal, aproximadamente en 560 a. C.; vivió y predicó sobre todo en el noroeste de la India. El nuevo desafío se extendió, entonces, desde Persia, Palestina, Grecia y la India, hasta llegar a Roma, forjando una nueva conducta general hacia la vida, incluyendo el desprecio hacia la civilización y el desdén y la irreverencia para sus líderes (3).

Surgió así un tipo diferente de personalidad, liberada de la ostentación materialista y asociada con las humildes vocaciones del trabajo campesino, artesanal y manual –imitando la práctica de los mismos profetas y los sabios; solemos olvidar, por ejemplo, que Jesús de Nazaret fue artesano y carpintero-; individuos partidarios de restituir la dimensión humana a la vida social.

Es decir –subrayó Mumford-, frente al dominio de la monarquía y de la falsa religión, era necesario manifestar el poder de la personalidad de cada ser humano viviente.

La autenticidad de este movimiento, sin embargo, desapareció cuando fue absorbido por las instituciones a las que había desafiado - igual que sucedió con el Cristianismo original en Roma en el siglo IV-, allanando el camino a una nueva forma de civilización, cuyo núcleo sería el desarrollo de nuevas instituciones, del Estado y de los fundamentos en general de la civilización contemporánea.

VI

Durante milenios, pues, la principal tarea de nuestros ancestros consistió en convertirse en seres humanos plenos, colmando de humanidad el mundo con sus obras y sus grandes hazañas, como el lenguaje, la creación y el orden social.

Proezas, no obstante, ausentes en la memoria del individuo contemporáneo, adoctrinado para menospreciar el pasado, salvo en lo que concierne a la falsa grandeza que atesta de mentiras la historia.

En realidad, carecemos de conciencia acerca de las obligaciones que nos exige la asombrosa configuración neuronal que poseemos, atareados en cuestiones de menor interés, ignorantes de nuestro libre albedrío, temerosos de nuestra propia sombra y privados cada vez más de voluntad de aspiración verdadera.

La obligación urgente, por ejemplo, de reencontrar aquello que es eterno e inmutable, porque está inscrito en nuestro cerebro; es decir, el deber de aprender de nuevo a ser plenamente humanos, de aprender otra vez a caminar sobre los lagos.

La obligación de emprender, en fin, un verdadero esfuerzo de transposición, el término que utilizó Simone Weil en referencia a la necesidad de expresar las verdades eternas siempre, en cada época.

Un arte que consideró esencial y difícil de practicar al mismo tiempo, al que consagró el trabajo y el pensamiento: su particular hazaña de traducir a la modernidad lo que es eterno.

Notas:

(1) Utilizo el término en sentido weileano. Para Simone Weil, la voluntad de aspiración inherente al individuo, implicaba ausencia y no simplemente afán de alternativas a lo que existe: es decir, se anhela aquello que está ausente, principalmente el bien.

(2) Mumford, Lewis. El mito de la máquina. Técnica y evolución humana. Pepitas de Calabaza, editorial. Logroño, España, 2013

(3) Simone Weil supuso –como expresó en la carta dirigida a Déodat Roché el 23 de enero de 1941- que, antes de la conquista romana, un mismo pensamiento se mantenía vivo en los mejores espíritus de los países mediterráneos y de Oriente Próximo, expresado en formas distintas en los misterios y las sectas iniciáticas de Egipto, Tracia, Grecia y Persia. Una tradición de la cual las obras de Platón constituían la exposición escrita más perfecta que poseemos; algo, sin embargo, que consideró muy difícil de demostrar por la escasez de fuentes que pudieran probarlo. Un muy elevado pensamiento, en su opinión, donde los principios de la auténtica filosofía y de la religión no dogmática se confundían en uno solo, del que surgió muy probablemente el Cristianismo original. Weil sostuvo, además, que nunca fue tan necesario como en el mundo actual un desafío que resucitara esas fuentes de inspiración.

Mailer Mattié es economista y escritora. Este artículo es una colaboración para el Instituto Simone Weil de Valle de Bravo en México y el CEPRID de Madrid.


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