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No hay glamour para una escritora borracha

Lunes 22 de abril de 2019

Las autoras alcohólicas, como Jean Rhys, Patricia Highsmith o Marguerite Duras, no llevan consigo el aura de malditismo canallita que sí se les concede a ellos. Mary Karr y Leslie Jamison hablan también de eso en sus memorias de vida y bebida

Begoña Gómez Urzaiz 16-04-2019 CTXT

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Café de noche en Arlés, 1888 Paul Gauguin

Los camareros los reconocen: llevan la Lonely Planet en una mano y, a veces, los más preparados, una copia de Bajo el bosque lácteo en la otra. Se hacen un selfie en la puerta de la White Horse Tavern, en Hudson con West 11, entran y piden un chupito de whisky, 17 menos de los que al parecer se bebió Dylan Thomas en ese mismo sitio antes de salir, desplomarse en la acera y ser trasladado al hospital St. Vincent de Nueva York, donde murió de neumonía y mala vida.

No se sabe de ningún groupie literario que haya hecho algo parecido en La Rotonde o La Coupole, los bares en los que bebía Jean Rhys en París, ni existen placas dedicadas a Patricia Highsmith en ningún local del mundo, parecidas a las doscientas que hay celebrando las tajadas de Hemingway. En parte porque la autora de la saga de Tom Ripley fue sobre todo una bebedora solitaria. Mientras estudiaba en Barnard, a menudo se levantaba, tomaba siete martinis y dos copas de vino y se metía en la cama a las cuatro de la tarde con una botella de ginebra cerca. No es un plan que a un estudiante letraherido le apetezca recrear.

Las escritoras alcohólicas (Elizabeth Bishop, quien, literalmente, bebía colonia cuando se le acababa el licor, Marguerite Duras, Anne Sexton, Maya Angelou, Lucia Berlin, Carson McCullers, Shirley Jackson o Jane Bowles que siguió bebiendo tras sufrir una hemorragia cerebral a los 40) lo han sido con vergüenza y sin leyenda. Su adicción, por lo general, no tuvo nada de romántico en vida y a nadie se le ha ocurrido adornarla después de muertas, quizá con una única excepción, la de Dorothy Parker, a la que sí se suele retratar con un martini en una mano y un cigarro con boquilla en la otra.

“Cuando una mujer bebe”, escribió Duras en La vida material, “es como si bebiera un animal o un niño. El alcoholismo es escandaloso en una mujer y una mujer alcohólica es un asunto raro y serio. Es un insulto a lo divino de nuestra naturaleza”.

Mary Karr, que ya escribía memoirs antes de que lo hiciera todo el mundo, era consciente de esta tradición cuando abordó su propio alcoholismo en Iluminada. También Leslie Jamison, la autora del libro de ensayos biográficos El anzuelo del diablo, que publicó el año pasado The recovering, an intoxicaton and its aftermath sobre su propio proceso de desintoxicación. Tanto Karr como Jamison son borrachas atípicas, bebedoras de altísimo rendimiento. Mientras consume alcohol a litros, Mary Karr consigue escribir poesía, trabajar en el sector financiero, sostener a su familia, criar a un hijo, participar como madre voluntaria en la guardería y alcanzar un contrato editorial para su primer tomo de memorias. Dos décadas después, Jamison se gradúa en Harvard y se doctora en Yale. La admiten en el taller de escritores de Iowa, hace voluntariado en Nicaragua y publica una novela antes de cumplir los 30. Va de triunfo en triunfo mientras bebe a escondidas y se autolesiona. ¿Cómo casan esos perfiles con la idea de la alcohólica fracasada? Ambas tienen además parejas compensivas, sad young literary men que las apoyan cada lunes que dicen que van a dejarlo. Normal que cuando van a reuniones de Alcohólicos Anónimos haya gente (gente que se ha despertado en hospitales con miembros amputados después de perder la conciencia en la calle, que ha perdido trabajo y familia) que las mire raro. También ellas al principio sienten que no pertenecen a ese ambiente. Cuando Karr acude a una de sus primeras reuniones, escucha a una mujer “con traje de Chanel rematado con botones dorados […] que parece sacada de la páginas de una revista de ocio para ricachones”. La mujer solía esconder una botella de vodka dentro de un pavo que guardaba siempre en el congelador. Mientras cocinaba, sacaba la botella y echaba un lingotazo. En una ocasión, se había formado tanta escarcha en tono a la carne cruda que no pudo sacar la botella y tuvo que levantar el pavo y beber a morro. “Como yo nunca he bebido vodka de un ave congelada, me digo que a esta puta loca no le llego ni a la suela de los zapatos”, escribe Karr. En esa misma reunión, otro hombre cuenta que intentó ahorcarse pero iba tan borracho que no tuvo éxito.

Y, sin embargo, las dos, Jamison y Karr, acaban siendo creyentes y evangelistas del sistema de Alcohólicos Anónimos, del que muchas veces se ha dicho que es menos efectivo para las mujeres, y también que sus textos sagrados son inherentemente sexistas. El camino de Karr va también acompañado de un encuentro con la espiritualidad. He aquí el giro inesperado del libro, cuando esta malhablada texana acaba bautizándose en la fe católica, para su propia sorpresa: “Si me llegan a decir que acabaría susurrando mis pecados en un confesionario o rezando el rosario de rodillas, me habría meado de risa. ¿Pasatiempos menos improbables? Bailarina de striptease. Espía internacional. Mula. Asesina a sueldo”.

Jamison, a quien solo hace falta leerle dos párrafos para darse cuenta de que es amenazadoramente inteligente –en un largo perfil sobre ella que se publicó en la revista New York, la autora del artículo escribió que incluso ataba a su bebé con un pañuelo de manera especialmente sofisticada–, admite: “la idea de ser demasiado lista para Alcohólicos Anónimos inmediatamente resonó en la parte de mí que encontraba sus aforismos demasiado reduccionistas o sus narrativas demasiado simples. Pero también me daba cuenta de que ser demasiado lista para AA podía convertirse en una alarma para el ego […] Incluso era consciente de que mi rechazo a ese ego trip era, de alguna manera una versión de él: estaba orgullosa de no sentirme demasiado lista para AA, como si me mereciese una medalla por resistirme a esa arrogancia”.

The Recovering empezó como la tesis doctoral de la autora y conserva algo de ese poso académico (incluido un índice muy útil) pero también tiene una parte memorialística, en la que habla de su propia vida y sus dos intentos por mantenerse sobria y otra en la que habla de la relación entre “el whisky y la tinta”, la cuestión de si se puede escribir sobrio.

El libro también está pensado para funcionar como una reunión de Alcohólicos Anónimos y Jamison quería incluir más historias de adicción al margen de la suya, de manera que habla de Raymond Carver, John Berryman, Amy Winehouse y Billie Holliday. También de sus predecesoras, las escritoras alcohólicas. “[Jean] Rhys nunca se vio a sí misma como un genio en bruto, como sí hacían los escritores borrachos de su generación. En su lugar estuvo obligada a verse siempre como una madre fallida”, escribe.

Rhys sí que hubiera generado respeto y estupor en una reunión de AA, aunque es bastante improbable que se le hubiese ocurrido pasar por allí. Cuando vivía en París con su marido, el periodista y espía belga Jean Lenglet, en una habitación de hotel cerca de la Gare du Nord, dejaron a su bebé, William Owen, dormir en un moisés al lado del balcón en el que bebían vino todas las noches. A las tres semanas de vida, el niño se puso “de un color extraño”. Lo llevaron al hospital y allí le diagnosticaron neumonía. Lenglet llevó allí dos botellas de champán. “Para cuando se acabó la primera botella, estábamos todos riendo”, escribió Rhys, que pasó el resto de su vida explorando su culpa. A la mañana siguiente, el hospital llamó para decir que el niño había muerto a las 7.30 de la tarde. “Él estaba muriéndose, o estaba ya muerto, mientas bebíamos”, apuntó la autora. Más tarde, Lenglet y ella tuvieron otra hija que sí sobrevivió, una niña llamada Maryvonne, pero Rhys nunca fue capaz de ocuparse de ella. La niña vivió en un convento y algunas temporadas con su padre. Cuando tenía seis años, Maryvonne describió así a su madre: “mi madre trata de ser una arista y siempre está llorando”.

Sus novelas, que escribió siempre alcoholizada (emborronando así la tesis que Jamison intenta transmitir en el libro: la de que los escritores borrachos escribieron sus mejores libros estando sobrios) también están llenas de antiheroínas borrachas, “montando un espectáculo, llorando. Estas mujeres no son solo un desastre, pero su desastre es horrendo, un dolor para los ojos, siempre buscando la pena de los demás, su amor, sus carteras, y degradadas por esa ansia constante”, dice Jamison.

Si entres los autores alcohólicos varones la bebida es un antídoto a su propia e insoportable sabiduría, argumenta la autora, para las mujeres ni siquiera tiene ese efecto beneficioso. “Es autoindulgencia, melodrama, histeria, una aflicción gratuita”. Si no estaban bebiendo como niños (como decía Duras), estaban bebiendo en lugar de ocuparse de sus propios niños. Una mujer que se escapa a la bebida es una mujer que no está cumpliendo con sus obligaciones, ni con su casa ni con su familia”.

Después de décadas de feminismo teórico y práctico, Karr también es implacable consigo misma cuando retrata escenas relacionadas con su hijo, al que dedica el libro (“gracias por la luz”) y con las veces que lo cuidó estando borracha o los días que pasó internada en un psiquiátrico tras estrellarse con su coche. Tampoco Lucia Berlin, que crió a cuatro hijos, se perdona en esos relatos en los que va a la licorería y luego vuelve a casa y da a los niños de desayunar antes de llevarlos al colegio.

En otras autoras que no fueron madres, como Highsmith o Elizabeth Bishop, la vergüenza tiene otros orígenes y otros destinos. Ninguna de las dos vivió con completa comodidad su lesbianismo y ambas tuvieron relaciones desastrosas con sus madres. La de Highsmith solía contarle que había intentado abortarla bebiendo trementina (un detalle biográfico que comparte con otro escritor alcohólico, gay y consumido por la vergüenza: John Cheever), la de Bishop se quedó viuda y tuvo varios brotes hasta que quedó permanentemente internada en un psiquiátrico.

Es natural que estas biografías de mujeres brillantes no se lean de manera distinta a lo que son, enciclopedias completas de la desgracia. Quizá lo que no resulta tan comprensible es esa otra aura de malditismo, de canallismo extreme que todavía rodea a algunos escritores varones. Tanto Karr como Jamison hablan en sus libros de cómo la bebida es parte del currículum académico en los talleres de escritura. “Las clases duraban todo el día. Las fiestas, hasta el amanecer, y me dieron la oportunidad de escuchar a narradores de primer orden poniendo en práctica su arte”, admite la primera en Iluminada. Jamison se explaya en torno a su experiencia en Iowa, que fue doble (acudió primero como alumna y más tarde acompañando a su novio): “No éramos las primeras personas en emborracharse en Iowa. Lo sabíamos. Los mitos sobre el alcohol en Iowa City corrían como ríos subterráneos bajo nuestra propia ingesta de bebida. Surgían como cuentos de la disfunción: Raymond Carver y John Cheever derrapando a primera hora de la mañana en los parkings de las licorerías para reabastecerse; John Berryman abriendo cuentas en los bares de la cale Dubuque y parloteando sobre Whitman hasta el amanecer, Denis Johnson emborrachándose en el Vine y escribiendo relatos sobre emborracharse en el Vine. Nosotros también nos emborrachamos en el Vine aunque ahora era otro edificio. Esto también lo sabíamos: cómo de imprecisos éramos a la hora de ocupar esas historias antiguas, cómo las capturábamos sólo en forma de réplicas imperfectas”.

Al contrario que el famoso Vine, la White Horse Tavern, en la que también bebieron Kerouac, Norman Mailer y Hunter S. Thompson, sí sigue estando donde estaba, de momento. Hace unas semanas la compró un grupo de empresarios del ladrillo, junto con un edificio cercano, por catorce millones de dólares. Ya hay una comisión ciudadana que pide que se la designe lugar histórico protegido, para que los fans puedan seguir yendo al lavabo a hacerse una foto con la nota que le escribieron al autor de En la carretera, que vivía a la vuelta de la esquina: “Jack, vete a casa”.

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