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Una plantación de odio y metralla

dimecres 20 de setembre de 2006, per  atom

Los artificieros de Naciones Unidas calculan que hay un millón de bombas de racimo sin desactivar en Líbano. La mayoría fueron arrojadas 72 horas antes del alto el fuego

FERNANDO GUALDONI (ENVIADO ESPECIAL) - Majdal Selem
EL PAÍS - Internacional - 20-09-2006

Unas 375.000 minas quedan aún activas de todas las guerras que ha vivido la región
14 personas han muerto al pisar estos artefectos desde que acabó la guerraTom Wyles lleva 17 años desactivando explosivos, casi la mitad de su vida, y nunca había visto nada igual. "Hay tantas bombas de racimo que parece que en vez de arrojarlas las hubieran cultivado", comenta Wyles mientras hace gala de su humor negro británico. Por ejemplo, cuando pide que se pise donde él pisa y se pone a saltar con los pies juntos de un lado a otro. Sería un juego de niños si no estuviese botando sobre un terreno donde el Ejército libanés ya ha limpiado 200 bombas de racimo y el propio Wyles y su equipo otras 150 en apenas tres días. "Este trabajo es serio, muy serio, pero te aseguro que si no te lo tomas con cierta ironía te vuelves loco", se justifica el artificiero. "A propósito, mira bien por donde caminas, porque si pisas una de esas bombas como mucho perderás las extremidades, pero si les das un puntapié, olvídate de ser padre", dice entre carcajadas. Wyles explica que una vez que hallan las bombas las neutralizan y las apilan para hacerlas explotar. En la mañana que llevan trabajando, él y su equipo ya han juntado unas 60.

Bactec, la empresa británica que emplea a Wyles desde que dejó el Ejército hace 10 años, es una de las compañías contratadas por la ONU para limpiar el sur de Líbano de bombas de racimo, minas y otros explosivos. Al equipo de Bactec se le ha asignado la limpieza del poblado de Majdal Selem, al sureste del país; y "descontaminar" cada finca les toma entre tres y seis días. Aún no saben cuántas bombas encontrarán en la localidad pero se imaginan que tendrán trabajo para varias semanas. "En estos días sólo tenemos cinco equipos trabajando porque varios expertos están dedicados a formar a nuevos artificieros libaneses", explica Dalya Farran, portavoz del Centro de Coordinación de Acción contra las Minas para el Sur de Líbano (MACCSL, según sus siglas en inglés) de la ONU, son sede en el puerto mediterráneo de Tiro. "Teniendo en cuenta los equipos y los fondos de los que disponemos, la prioridad es limpiar las zonas habitadas", añade Farran.

La casa de Alí Sabra sí que es prioritaria. Tiene mujer y dos hijos pequeños y al regresar a su casa tras la guerra encontró bombas de racimo en el patio de entrada, en el de atrás y en el techo. Ha acomodado a su familia en la primera planta y accede allí directamente por una escalera exterior. No tiene electricidad ni agua y no se atreve a moverse por ningún otro sitio de la vivienda. En cuanto ve a los de Bactec se abalanza sobre ellos para preguntarles cuándo revisarán su casa. El Ejército libanés ya hizo una primera limpieza, pero él no se fía, quiere otra. En la casa de al lado, el albañil Hasan Raeh, contratado para hacer obras, reclama a los artificieros: "Hemos removido tierra para apuntalar los cimientos de la casa y temo que alguna bomba pudo haber quedado enterrada".

Majdal Selem tiene unos 2.000 habitantes y es un pueblo como muchos en la zona montañosa del sureste del Líbano: tiene un centro urbano pequeño y muchas casas, la mayoría grandes, dispersas por el resto del municipio. Los lugareños traducen el nombre de su pueblo como Terrazas de Paz. La primera palabra es muy apropiada viendo las casas construidas en escalones. La segunda, contemplando la destrucción y la bomba que acaba de hallar uno de los artificieros libaneses de Bactec, le sobra.

Abbas, que tiene unos 60 años, se encarga de distribuir agua por el poblado conduciendo un tractor con un remolque. La angustia que refleja su rostro es indescriptible cada vez que da marcha atrás para descargar y se sale por un instante de la carretera. Sabe que a los lados de los caminos aún quedan muchas bombas de racimo israelíes, la mayoría arrojadas en las 72 horas previas al cese del fuego del 14 de agosto. En este pueblo de momento sólo una persona, un hombre joven, ha sufrido heridas por una bomba de racimo. Los vecinos cuentan que topó con el explosivo cuando abrió la puerta de su casa al regresar tras el conflicto.

Los equipos de artificieros de la ONU no saben con exactitud cuántas bombas de racimo hay dispersas por el sur del Líbano, pero calculan que más de un millón, si se tiene en cuenta que Israel ha arrojado o disparado unas 1.800 cabezas con 644 bombas del tamaño de un móvil dentro de cada una. Ello, sin incluir las 375.000 minas que quedan activas de todas las guerras que ha vivido la región, aunque la mayoría fueron dejadas por los israelíes durante la ocupación de 1982 a 2000.

Ahora, la prioridad son las bombas de racimo de esta última guerra, que han matado ya a 14 personas y herido a 84, de los cuales 23 eran niños, según los últimos datos de la ONU. Hay dos áreas peligrosas: una es la de los alrededores de la ciudad de Nabatiye, al este de Sidón; y otra, la de los pueblos del sureste cercano a la frontera con Israel. En ambas áreas no sólo hay bombas de racimo, sino que también existen campos minados y potentes obuses y bombas convencionales sin explotar, como la que se podía ver en un terreno baldío del centro de la ciudad de Taibé el mismo día en que llegaban las tropas españolas.

"No hay día en que no ingrese un herido por una de estas bombas", dice el cirujano Abdul Nasser Farran, del hospital Jabal Amel e Tiro, el centro sanitario más importante del sur del país. "Llegan, por lo general, con fragmentos de metal del tamaño de una púa para tocar la guitarra incrustados en las extremidades y el tórax y si viven o no depende de qué órganos han dañado esas púas", añade. Hasan Mohamed Fadad, de 22 años, tuvo suerte. La bomba que estalló bajo sus pies sólo le produjo tres fracturas en cada una de sus piernas y una en un brazo. Varias esquirlas se le incrustaron en el pecho, pero ninguna llegó a dañar un órgano vital. "Estaba trabajando en el taller junto a mi casa en Rishknaniyah, en una zona que ya habían limpiado los militares libaneses. Iba cargando con ambos brazos un pequeño motor y no veía por donde caminaba, por eso pisé la bomba", relata Fadad en el hospital de Tiro.

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