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Construir cultura gitana es resistir

Domingo 17 de mayo de 2020

Mª Ángeles FernándezMª Ángeles Fernández 16-05-2020 Pikara

Este texto forma parte de una iniciativa conjunta de medios aliados de Rromani Pativ, El Salto, Pikara Magazine y CTXT, y la colaboración de La Directa, con ocasión del día internacional de la resistencia rromani.

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Imagen del espectáculo Roma Armee.

“¿Por qué estudiamos en los colegios la vida de los pueblos esquimales y nada del pueblo gitano?”. La pregunta aparece en uno de los recesos que tienen los congresos entre charla y charla. Bruno Jiménez es profesor de música en Navarra y lamenta el desconocimiento absoluto que se tiene de la historia de su pueblo. Porque no se estudia. Porque se ignora. Porque se oculta. “La ausencia de la cultura gitana en la educación es una decisión política, y es la marginación total. Es la falta de rigor en la educación”, apunta el sociólogo Nicolás Jiménez.

La activista gitana Silvia Agüero está dedicando parte de sus días de confinamiento, el poco el tiempo que le queda después de trabajar en las redes de emergencia antirracista, a escribir para su hija cuentos protagonizados por gitanas. Después de comprar libros que se suponen que visibilizan a heroínas poco habituales en los relatos más mainstream su enfado por la ausencia de referencias gitanas se ha transformado en creatividad.

La falta de referentes del pueblo gitano en la producción cultural (desde películas, a series, pasando por la literatura, los programas de televisión y el teatro) o, más bien, la carencia de referentes no estereotipados o que no cumplan con el imaginario payo habitual es una de las luchas de diversos colectivos. Verse, conocerse y reconocerse en los productos habituales de socialización es una necesidad.

Celia Montoya es actriz y activista en contra del antigitanismo. Tiene claro cuáles son sus líneas rojas a la hora de aceptar trabajos, “yo no hago papeles de gitanas estereotipadas”, dice, y cuál es el camino que hay que seguir y por el que hay que luchar: “Nuestra historia la tenemos que contar nosotras y quieren que no tengamos nada que aportar, nos quieren usar como títeres”. Con un discurso rápido y lleno de referencias y ejemplos, Montoya ofrece casos negativos, pero señala también muchas propuestas que aplaudir y consumir.

Recuerda, con cierto enfado, cuando la rechazaron en dos convocatorias a unas becas un proyecto para hacer teatro sobre la memoria del pueblo gitano y al año siguiente sí financiaron un proyecto similar en el que participan gitanas, pero la dirección y la dramaturgia estaba en manos de personas payas.

“En un momento en que Europa corre el riesgo de caer en el neofascismo, un grupo de actores está pidiendo un ejército romaní con el fin de defenderse. Una fuerza de intervención rápida para luchar contra la discriminación estructural, el racismo y el antigitanismo, pero también como emancipación de un papel internalizado de las víctimas”. Así explica la web del berlinés Maxim Gorki Theatre la obra de teatro vanguardista Roma Armee, que Celia Montoya vio en directo y referencia constantemente.

Vídeo: Roma Armee (Trailer)

“Si en España se trata mal a la cultura, imagina cómo se trata a la cultura gitana”, lamenta la actriz, quien nombra la película Gipsy Queen, que tiene como protagonista a una gitana boxeadora. Por este trabajo, la rumana Alina Kerban estuvo nominada en 2019 a los premios del cine alemán como mejor actriz.

Giuvlipen es la primera compañía de teatro independiente feminista romaní en Rumania, otra de las referencias de Montoya. “Los temas de nuestros espectáculos son diversos, pero tienen una cosa en común: hablamos abiertamente temas que a veces la historia, a veces la mentalidad y las restricciones sociales o políticas han silenciado. En cada show nuestro objetivo es reivindicar el arte, la historia y la identidad cultural romaníes, a través de historias contadas por nosotros, los artistas y artistas romaníes”, explica la compañía en su web.

“En Europa se están haciendo cosas muy interesantes, se está dando valor a las propuestas gitanas, algo que en España no está pasando. Las asociaciones gitanas deben usar su fortaleza para sacar nuestros espectáculos adelante”, clama Celia Montoya, también cantante y quien colabora en el programa ‘Gitanos. Arte y cultura romaní’, de Radio Nacional de España (RNE), donde recupera partes de la historia y aportaciones que han hecho las mujeres gitanas.

Desde junio de 2017, Berlín acoge la sede del Instituto Europeo de Arte y Cultura Gitana. El 0,01 por ciento de las obras de arte expuestas en los museos de Europa son de artistas gitanos, se contó en la inauguración del espacio cultural.

Para hablar en primera persona creó Estrella Jiménez a la Princesa Chaborrí. “En la literatura los referentes gitanos ficticios los fabricaron autores que no eran gitanos, utilizando esa parte bohemia tan distinta y especial de vivir que teníamos para reforzar intereses de la sociedad mayoritaria, apoyando y estereotipando según la necesidad de la época”, apunta.

La Princesa Chaborrí es un personaje adolescente que narra la historia del pueblo romá, desde su llegada a la península ibérica hasta nuestros días, deteniéndose en las fechas más significativas desde la perspectiva del pueblo gitano. “Creé la exposición ‘La Princesa Chaborrí, conóceme’ para dar una respuesta correcta y real de la historia del pueblo gitano en España y de cómo colaboró en su construcción cultural a lo largo de los siglos. También para que la sociedad mayoritaria entienda por qué estamos en desigualdad hoy en día a pesar de llevar tanto tiempo aquí. Y otro de los motivos es que los niños y adolescentes gitanos tuvieran un referente creado por una autora gitana para dignificar la verdadera historia”, explica Estrella Jiménez, que trabaja como agente de salud y diseño gráfico en la Plataforma de Asociaciones Gitanas de Cantabria, la Plataforma Romanés.

La otredad

“En la cultura popular no hay personajes gitanos, no ya personas, sino construcción de personajes en ninguna de las artes. El sujeto gitano ha ido perdiendo posición de manera que, en los últimos 50 o 60 años, ha sido encasillado exclusivamente en lo marginal. Y eso no permite una épica, es difícil construir personajes en torno a esos silenciamientos; a veces sí se da un encanto bohemio o quinqui. La gente cada vez está más limitada en su imaginario”, sostiene Jiménez, uno de los impulsores del blog ‘Pretendemos gitanizar el mundo’

Tal vez pueda de servir como ejemplo el caso de la actriz Alba Flores. “Es cierto que los dos papeles, en Vis a vis y en La casa de papel, he hecho de delincuente: eso a mí no se me escapa. A ver si ahora consigo tener otros papeles que den un reflejo más diverso del mundo, porque si no parece que caemos sin parar en estereotipos”, responde en una entrevista con El Salto, cuando le preguntan si ser una actriz racializada, leída como gitana, le limita el tipo de papeles que puede hacer. “Cuando alguien que escribe un guion se pone a pensar en un personaje gitano, siempre tiene que ver con drogas y eso tiene que ver con los estereotipos”, añade Jiménez.

Otro ejemplo. La premiada película Carmen y Lola, que narra la relación de dos lesbianas gitanas, desaprovecha la oportunidad de contar la diversidad de las mujeres gitanas para caer en los habituales arquetipos. Celia Montoya hizo el casting para esta película, a la directora le gustó su interpretación, cuenta, pero le pidió cambiar su habla de gitana de Madrid: “Tienes que ensuciar el acento porque hablas como una profesora de Valladolid”, rememora que le dijo. “A mí eso me pareció un insulto”, cuenta la actriz por teléfono.

“La directora nos presenta todos los estereotipos que tenemos los payos de la comunidad gitana, pero además con esa mirada antropológica del que se ha colado en una comunidad extraña y nos la muestra ‘desde dentro’. La directora abusa de esa mirada documental, ‘antropayológica’ la llama un amigo mío gitano, de pasen y vean el mundo gitano”, escribía Javier Sáez en Pikara Magazine al respecto. Una mirada que define también programas de televisión como Gipsy Kings, donde el punto de vista payo es el que define al pueblo gitano, a pesar de que el formato sea tipo reality en primera persona.

“Si la directora no cuestiona su posición de privilegio en su lenguaje, ni en su enfoque, se puede caer en una mirada colonial, de hablar desde un lugar de poder (blanco, payo, cis, etc.) sobre una comunidad oprimida, sin interpelar ese lugar de enunciación privilegiado”, publicaba también Sáez.

Esa mirada privilegiada que enseña ‘al otro’ es también identificable en un reciente ejemplo mediático: MasterChef, el programa de cocina de la televisión pública. La última edición incluía como concursante a una mujer trans gitana, Saray Carrillo, todo un ejemplo de interseccionalidad y una típica historia de superación personal muy estrujada en el día de estreno, cuando se presenta a la gente participante. «Me he equivocado. Mi intención era meter a alguien trans para normalizar, pero no ha sido así. Lo bonito de la integración es tratar a todo el mundo por el igual y MasterChef es un programa estupendo para dar visibilidad. Saray no lo ha utilizado», se afirmó desde la productora, explicaciones tras la expulsión Carrillo recogidas por El País, en un artículo que titularon ‘Gitana y trans en MasterChef: cuando la apuesta por la diversidad sale mal’. Twitter no tardó en llenarse de respuestas a esa postura, recordando que la concursante no debía hacer pedagogía y que esa petición es paternalista y condescendiente.

El espacio que el pueblo gitano tiene en los medios de comunicación, una de las herramientas de culturalización fundamental, es otra lucha de diversos colectivos. “Tenemos que exigir, porque tenemos derecho a ello, un espacio en la tele pública hecho por gitanos porque la televisión entra en todas las casas, no podemos quedarnos únicamente en hacer cosas para internet y en dar charlas en las universidades”, reclama Montoya.

“Los medios de comunicación son en general replicantes del sistema, construyen una realidad que interesa al poder”, afirma Nicolás Jiménez. La identificación recurrente con lo miserable y lo marginal es una de las críticas habituales de la antropóloga Teresa San Román. “La mayoría de las veces solo se habla de lo gitano para afianzarlo en una visión esterotipada”, ha denunciado por su parte el periodista Joan M. Oleaque.

El proyecto Rromani Pativ, que además de apuntar las malas prácticas informativas ofrece recursos para enfrentar el antigitanismo desde los medios, denuncia de manera recurrente la irresponsabilidad de algunos medios en el tratamiento de la información de los colectivos racializados. “Siguen esta línea colocando al pueblo gitano y a lo gitano en los lugares comunes de la otredad, la pobreza, la exclusión social, lo pintoresco o la criminalidad…”, denuncia Rromani Pativ en su último informe.

En la última edición en papel de Pikara Magazine, Silvia Agüero escribe: “Recuerdo perfectamente cuando en el instituto, con 13 años, me obligaron a leer La Gitanilla de Cervantes. Recuerdo el dolor de estómago de la vergüenza que sentía por ser gitana”.

“Resistencia es construir cultura gitana y apoyar a los artistas gitanos”, cierra Montoya.

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