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Confinamiento: miedo, privilegio, enojo y esperanza

Miércoles 25 de marzo de 2020

Marusia López 23-03-2020 Pikara

En esta pandemia global, también hay esperanza en los grupos de apoyo mutuo y cuidado colectivo que se van creando en muchos territorios.

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Ilustración de Feministas Salvadoreñas.

En 2009, estando embarazada, viví por primera vez una situación de confinamiento por un virus que parecía amenazarlo todo. La influenza H1N1 vació muchas calles de la ciudad de México y llenó de mascarillas las calles. Después de unos días de alarma, el virus se quedó y todas lo olvidamos. Ahora, viviendo lejos de mi tierra, nuevamente un virus desata una crisis o, para ser precisa, un mundo en crisis se enfrenta a un virus, pero todo parece indicar que las dimensiones del impacto en nuestra vida serán mucho más profundas. El miedo, el privilegio, el enojo y la esperanza se confunden en mi cuerpo, van y vienen sin sentido ni lógica.

Miedo ante una situación que amenaza la vida, del impacto en mi pequeño que no entiende por qué esto es necesario, miedo por mi familia que está tan lejos, por mi propia salud mental viviendo con este tipo de desasosiego nunca antes había experimentado. Pero más miedo aún de estar siguiendo órdenes y recomendaciones que no comprendo del todo, de policías regulando la vida diaria, de toneladas de información contradictoria circulando.

Privilegio porque tengo derechos laborales, un lugar tranquilo y amoroso para vivir. Porque soy migrante en situación regular, por el color de mi piel, porque no debo pagar alquiler, porque tengo agua, por que tengo comida y recursos para el mundo virtual con todas sus conexiones y evasiones posibles. Porque la fortuna me acercó personas maravillosas para hacer red de uno y otro lado del océano y así poder apoyar a las personas que amo y a compañeras de lucha.

Enojo porque, en este maldito sistema podrido de capitalismo racista y patriarcal, las crisis destruyen una y otra vez la vida y la dignidad de millones. Enojada y angustiada por compañeras y amigas cercanas que están sufriendo, la que está confinada en un cuarto con su madre y su hija con un maltratador en casa, la defensora que no tiene para cubrir los gastos más básicos y fue despedida por ser trabajadora doméstica sin papeles, la que se quedó sin poder estar cerca de su familia en riesgo, la que espera con angustia que no la desahucien de su casa cuando esto pase, la trabajadora sexual obligada a no salir que se va quedando sin lo mínimo. Enojo por las malditas empresas que ganan millones sobreexplotando todo el año y ahora tienen infamia de despedir masivamente a trabajadoras y trabajadores (Burguer King, Domino’s Pizza, Starbucks, Zara, Vips y contando…).

Enojo de quienes piden más control policial/militar, más confinamiento pero no ofrecen alternativas reales para evitar el autoritarismo y el sufrimiento a quienes estas medidas les arrebatan sus medios de subsistencia y les pueden poner en mayor riesgo de violencia (como las miles de mujeres, niños y niñas, viviendo encerradas con sus maltratadores). Enojo de que mientras solo hablamos del coronavirus, un incendio mató a personas en un campamentos de refugiados en Grecia que desde hace mucho está en condiciones de miseria y acosado por grupos fascistas, porque las empresas extractivas y de la guerra siguieron sus negocios de muerte con la tranquilidad de que estamos mirando para otro lado, porque cada día siguieron asesinando mujeres sin que ninguna emergencia fuera decretada. Rabia porque los poderes fácticos que desmantelaron la sanidad y muchos otros servicios públicos ahora se frotan las manos pensando en cuánto ganarán con esta crisis y cuánto control más conseguirán sobre la sociedad y los gobiernos.

Pero, sí, en medio de todo también hay esperanza. Porque muchas mujeres y comunidades de pueblos originarios saben el camino que debemos seguir para salir de este sinsentido: el camino de la autonomía, de la colectividad, del respeto a la red de la vida. Esperanza en los grupos de apoyo mutuo y cuidado colectivo que se van creando en donde vivo y en muchos otros territorios. De las iniciativas de las trabajadoras domésticas, de las comunidades afectadas por el racismo institucional y social que se organizan para enfrentar las necesidades apremiantes que los Estados no están atendiendo.

Esperanza en las muestras de gratitud que desde los balcones se hacen cada día a quienes están en los centros de salud haciendo lo imposible y de la oportunidad de que nuestras ventanas y balcones sean un amplificador de la rabia contra las injusticias. Esperanza de re-conocernos en nuestros barrios y comunidades cercanas; en una semana, al menos, pude conocer a mis vecinas en una calle casi vacía por culpa de Airbnb y otros especuladores inmobiliarios. En una semana recibí muchas palabras amorosas y de aliento, disfrute de la capacidad de reírnos de nosotras mismas y de esta situación y de imaginar formas creativas de hacer llevaderos estos días con un pequeño en casa.

La esperanza en que toda la rebeldía multiplicada en los últimos años por los feminismos, por los pueblos hartos de desprecio neoliberal, la crisis ambiental y la represión social es una energía vital que seguirá dándonos fuerza y esperando el momento para volver a ocupar las calles, las instituciones y la vida. Y sobre todo, esperanza por la puerta que esta crisis abre a que lo cambiemos todo si somos capaces de contagiarnos de rabia por este sistema, de solidaridad y cuidado mutuo y de certeza de que otro mundo es posible incluso en estos días inciertos.

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