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La lengua que piensa cuando habla, pero en masculino

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Ante la creativa propuesta de dotar a la Constitución Española de lenguaje inclusivo planteada por la Vicepresidenta del Gobierno del país, el director de la Real Academia de la Lengua (RAE) se ha mostrado extrañado de que <>. También ha advertido de que <> en el informe que la RAE está preparando sobre la cuestión, insinuando que la opinión de la institución será negativa sobre la reforma lingüística del texto constitucional.

No es la primera vez que la RAE se muestra contraria no sólo a cualquier medida legislativa diseñada para aligerar de carga patriarcal a la lengua española, sino que la Academia y algunos académicos se vienen caracterizando por ser beligerantes ante cualquier insinuación de que el uso del español pueda ser machista. Con buena voluntad podría interpretarse que esta negación de la materialización patriarcal del lenguaje, con invisibilización activa de la mujer y preponderancia totalitaria del género gramatical masculino, se debe a la ignorancia: por muy docta que sea la RAE en filología podría ser nula en sensibilidad de género; no en vano está integrada mayoritariamente por masculinos, igual que el lenguaje.

Un mantra que a menudo aduce la Academia sobre estas y otras cuestiones atinentes a la lengua es que la RAE no modifica el lenguaje, ni siquiera lo conforma, sino que se limita a ejercer de observadora y de notaria del uso que la población hablante del español hace de la lengua. Precisamente ése es el problema que con terquedad inasequible al desaliento quiere ignorarse: que la lengua expresa las representaciones mentales de la sociedad, que en lo que a género se refiere son representaciones en masculino. Hasta el momento el mundo representado en nuestras mentes se define por el lenguaje mayoritariamente mediante la anulación o la subordinación de lo gramaticalmente femenino, que en el sistema patriarcal refiere a la mujer.

De este modo y siguiendo la lógica de la RAE habría que esperar a que la sociedad utilizara el lenguaje inclusivo para que la Academia se limitara a recoger y anotar sus nuevos usos y costumbres. Es decir, que la sociedad dejara de ser patriarcal para que la RAE ya no fuera machista, porque los hablantes del español habrían llegado a un punto de educación en igualdad que habrían adoptado el lenguaje inclusivo y la Academia habría actuado de notaria de ese cambio. Eso sí, sin comprometerse institucionalmente con el cambio social, simplemente anotando que se ha producido.

siguiendo la lógica de la RAE habría que esperar a que la sociedad utilizara el lenguaje inclusivo para que la Academia se limitara a recoger y anotar sus nuevos usos y costumbres. Es decir, que la sociedad dejara de ser patriarcal para que la RAE ya no fuera machista,

Lo que ocurre con la RAE es similar a lo que sucede con el sistema de cuotas de género. Tanto las personas detractoras del lenguaje inclusivo como las opuestas a las cuotas arguyen similar cantinela: que es la sociedad la que tiene que llegar “naturalmente” a incluir a mayor número de mujeres en los espacios de poder, o que es el lenguaje el que evolucionará “naturalmente” hacia la inclusividad de género, sin necesidad de intervenir con medidas correctoras ni en los unos –los espacios de poder- ni en la otra –la lengua.

Todos –la mayoría hombres- y todas –algunas mujeres- que opinan así argumentan que no debe darse preferencia a la mujer por su condición sexual, porque –dicen- de ese modo sí que se las estaría discriminando, infantilizando y sobreprotegiendo. Igual se postula sobre el lenguaje: no es necesario modificarlo, “violentarlo” hacia lo femenino, porque así se hace “flaco favor” a las mujeres, que no son disminuidas sociales sino ciudadanas perfectamente capaces de ejercer sus derechos. La inconsistencia de estos pensamientos detractores de la igualdad es que dan la espalda a la realidad o, por mejor decir, se encaran hacia la misma realidad dominante de siempre: el patriarcado.

El patriarcado es la propia realidad que los discursos patriarcales rechazan e intentan minimizar con las típicas estrategias de machismo benévolo de intentar hacer creer a las mujeres que la igualdad ya se ha logrado, que ellas tienen las mismas oportunidades y juegan con fuerzas sociales equilibradas respecto de los hombres: no hay techo de cristal, no hay privilegios masculinos en todos los órdenes sociales, no hay sobre-representación del hombre en espacios de poder, el idioma español no invisibiliza a la mujer… es decir, que la mujer no tiene más presencia en espacios de poder, no accede a una posición más equilibrada en cuidados y tareas con respecto a los hombres, no ingresa lo mismo por igual trabajo y no se ve reflejada en la Constitución Española, sencillamente, porque no quiere, puesto que las condiciones estructurales para la igualdad ya se dan en la España democrática. Todo este machismo benévolo retrasa el avance en igualdad casi más que el neomachismo.

Que no, que la sociedad hispanohablante no se expresa en masculino por economía del lenguaje, ni por optimización filológica: lo hace porque piensa en machista, porque se representa individual y colectivamente el mundo en código patriarcal; y como piensa en modo machista se expresa abusivamente en masculino.

Que no, que la sociedad hispanohablante no se expresa en masculino por economía del lenguaje, ni por optimización filológica: lo hace porque piensa en machista,

Si fuera como dicen los defensores de la “neutralidad del lenguaje”, ¿por qué no ocurre a la inversa, por qué la Constitución Española no dice en su preámbulo <> utilizando una gramática femenina inclusiva, en vez de masculina?; ¿o por qué no afirma, en su artículo 2, <>? Tranquilos…. ya sé la respuesta, no muy distinta de la que aportará la RAE: por economía del lenguaje y de modo natural el hablante utiliza el masculino… y bla, bla, bla.

Desconozco si en la Academia ocupará un sillón alguna o algún profesional especialista en psicología del lenguaje y, de hacerlo, si podrá realizar aportaciones o comentarios al informe solicitado sobre el lenguaje inclusivo de la Constitución Española. Presiento que no. Si lo hubiera, no le costaría demasiado trabajo argumentar, con base en el saber acumulado y siendo tan neutral como en la Academia gustan de ser, que la lengua es un mecanismo bidireccional con el pensamiento, que reproduce –en una dirección- y produce –en la otra- representaciones mentales sobre la realidad, sobre el mundo que nos rodea. Si pronunciamos el mundo en masculino lo estamos pensando en masculino.

Y aunque sea inconscientemente, producto de la socialización e incluso atribuyendo buenas intenciones al hablante, si la estructura social está definida por un sistema normativo patriarcal que dota al hombre de privilegios abusivos sobre la mujer, pensar y expresarse en masculino refuerza bidireccionalmente –tanto en la producción de pensamientos como en su reproducción- esa estructura social de dominación y hace mucho más complicados los esfuerzos para cambiarla.

Que quede claro: no estamos en modificar el lenguaje; estamos en modificar la sociedad, dejando atrás el patriarcado y avanzando hacia la igualdad de género; y para llegar a ese cambio final hay que ir realizando un número muy significativo de correcciones sociales que compensen el desequilibrio sistémico imperante de hombres sobre mujeres. También en el lenguaje.


Fuente: Tribuna Feminista


2018-07


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